Londres, 3 de octubre/2 de noviembre de 1868

Mi querido señor:

Aún no he logrado encontrar en una montaña de manuscritos el documento de Estado relativo al título del Zar. Espero dar con él en unos días. Mientras tanto, permítame algunas observaciones sobre la Ley de Peel de 1844 y su funcionamiento en 1866.

1) La carta de Gladstone del 11 de mayo de 1866 suspendió la Ley bajo las siguientes condiciones: En primer lugar: que la tasa mínima de descuento se elevara al 10%; En segundo lugar: que si el Banco sobrepasaba la limitación legal de su emisión de billetes, los beneficios de dicho exceso de emisión se transfirieran del Banco al Gobierno. Por consiguiente, el Banco elevó su tasa mínima de descuento al 10% (lo que significa del 15 al 20% para el común de los comerciantes y fabricantes), pero no infringió la letra de la Ley en lo tocante a la emisión de billetes. Como le dije, recogían por la noche billetes de sus amigos banqueros y de otras conexiones en la City, para volver a emitirlos por la mañana. Infringieron, empero, el espíritu de la Ley al permitir, al amparo de la carta del Gobierno, que la Reserva se redujera a cero, y esa reserva, conforme a los artilugios de la Ley de 1844, constituye los únicos activos disponibles del Banco frente a los pasivos de su departamento bancario. La carta de Gladstone suspendió, por tanto, la Ley de Peel de tal modo que perpetuaba e incluso exageraba artificialmente sus peores efectos. Ni la carta de C. Lewis de 1857 ni la de Russell de 1847 se prestaban a la misma censura. El Banco mantuvo la tasa mínima de descuento del 10% durante más de 3 meses. Europa consideró dicha tasa como una señal de peligro.

2) Una vez creada por Gladstone esa sensación malsana de desconfianza en la solvencia inglesa, sale a la palestra Clarendon, el hombre de la conferencia de París, con una carta aclaratoria, publicada en el Times, dirigida a las embajadas inglesas en el Continente. Dijo al continente, sin más rodeos, que el Banco de Inglaterra no estaba en bancarrota (aunque realmente lo estaba, según la Ley de 1844), pero que, en cierta medida, la industria y el comercio ingleses sí lo estaban. El efecto inmediato de esta carta fue una «corrida», no de los cockneys contra el Banco, sino «una corrida (en busca de dinero) de Europa sobre Inglaterra». (Expresión que en aquel entonces utilizó el Sr. Watkins en la Cámara de los Comunes.) Cosa que fue absolutamente inaudita en los anales de la historia comercial inglesa. Se enviaba oro de Londres a Francia, mientras que, simultáneamente, la tasa oficial mínima de descuento del Banco era del 10% en Londres y del 3½ al 3% en París. Esto prueba que la retirada de oro no era una transacción “comercial” normal. Era simplemente el efecto de la carta de Clarendon.

3) Mantenida así la tasa mínima de descuento del 10% durante más de 3 meses, sobrevino la inevitable reacción. Del 10%, la tasa mínima retrocedió a pasos rápidos hasta el 2%, que sigue siendo el tipo bancario oficial. Entretanto, todos los valores ingleses, acciones ferroviarias, acciones bancarias, acciones mineras, toda clase de inversión interna se había depreciado por completo y era esquivada con ansiedad. Incluso los Consols bajaron. (¡En un día, durante el Pánico, el Banco se negó a conceder anticipos sobre los Consols!) Había sonado entonces la hora de las inversiones extranjeras. Se contrataron empréstitos de gobiernos extranjeros, y se siguen contratando, en las condiciones más fáciles en el mercado de Londres. A la cabeza figuraba un empréstito ruso de 6 millones de libras esterlinas. Este empréstito ruso, que meses antes había fracasado miserablemente en la Bolsa de París, era ahora recibido como un regalo del cielo en la Bolsa de Londres. Apenas la semana pasada, Rusia ha salido de nuevo con un nuevo empréstito por 4 millones de libras esterlinas. Rusia se encontraba en 1866, como ahora, al borde del colapso bajo dificultades financieras que, como consecuencia de la revolución agrícola que atraviesa, han adquirido un aspecto de lo más formidable. Esto, sin embargo, es lo de menos que la Ley de Peel hace por Rusia: mantener abierto para ella el mercado monetario inglés. Esa ley coloca a Inglaterra, el país más rico del mundo, literalmente a merced del gobierno moscovita, el gobierno más en bancarrota de Europa. Supongamos que el gobierno ruso hubiera depositado, a nombre de una firma privada, alemana o griega, de 1 a 1½ millones de libras esterlinas, a principios de mayo de 1866, en el departamento bancario del Banco de Inglaterra. Mediante la retirada repentina e inesperada de esa suma, habría podido obligar al departamento bancario a suspender pagos de inmediato, aunque en el departamento de emisión hubiera más de 13 millones de libras esterlinas en oro. La bancarrota del Banco de Inglaterra podría entonces haber sido decretada por un telegrama desde San Petersburgo. Lo que Rusia no estaba preparada para hacer en 1866, puede disponerse a hacerlo —si no se deroga la Ley de Peel— en 1875 o 1876.

Suyo sinceramente,
Karl Marx