Querido Fred:
Muchas gracias por las £ 10.
Tussychen y Jennychen están, por desgracia, ambas muy indispuestas: inflamación de garganta y vómitos. Si la cosa no mejora hoy, tendré que llamar a un médico. Nuestro Allen está desde hace una semana súbitamente paralítico, de modo que no puede salir de casa.
Vésinier está armando cizaña aquí en la French branch contra Dupont y Jung, a quienes tilda a ambos de «bonapartistas». Durante mi ausencia, asistió a una sesión del Central Council (a lo que no tiene derecho) y ha escrito un informe fantástico en la «Cigale» (periódico de Bruselas). Precisamente se discutía la sede del Congreso.
Lafargue no puede firmar en modo alguno, por ser francés y, además, mi yerno. Que firme A. Williams o algo por el estilo. Lo mejor sería que firmara Sam Moore.
Salud.
Tuyo
K. M.

Ayer, por casualidad, me cayó en las manos un hermoso pasaje de A. Smith. Después de declarar que el trabajo es el costo primo, etc., y de decir aproximadamente, aunque con constantes contradicciones, lo correcto; después de declarar asimismo: «Las ganancias del capital, podría quizá pensarse, no son sino un nombre diferente para los salarios de una especie particular de trabajo, el trabajo de inspección y dirección. Son, sin embargo, completamente distintas, están reguladas por principios totalmente diferentes y no guardan proporción alguna con la cantidad, la dureza o el ingenio de ese supuesto trabajo de inspección y dirección»; de pronto da un viraje y quiere exponer los salarios, la ganancia y la renta como las «partes componentes del precio natural» (para él = value). En ello se encuentra, entre otras cosas, lo siguiente:

«Cuando el precio de cualquier mercancía no es ni más ni menos que lo suficiente para pagar la renta de la tierra, los salarios del trabajo y las ganancias del capital empleado en criarlos, prepararlos y llevarlos al mercado, según sus tasas naturales, la mercancía se vende entonces por lo que puede llamarse su precio natural. La mercancía se vende entonces exactamente por lo que vale, o por lo que realmente le cuesta a la persona que la lleva al mercado; pues aunque en el lenguaje corriente el costo primo de cualquier mercancía no comprende la ganancia de la persona que ha de revenderla, sin embargo, si la vende a un precio que no le permite el tipo ordinario de ganancia en su vecindad, evidentemente pierde en el trato, ya que, empleando su capital de cualquier otro modo, habría podido obtener esa ganancia. (¡La existencia de la ganancia en la «vecindad»! ¡como fundamento explicativo de la misma!) Su ganancia, además, es su renta, el fondo propio de su subsistencia. Así como, mientras prepara y lleva las mercancías al mercado, adelanta a sus obreros sus salarios, o su subsistencia, de la misma manera se adelanta a sí mismo su propia subsistencia, que por lo general guarda proporción con la ganancia que razonablemente puede esperar de la venta de sus mercancías. Por consiguiente, si éstas no le rinden esa ganancia, no le reembolsan lo que con toda propiedad puede decirse que le han costado.»

Esta segunda manera de meter la ganancia en el costo primo —porque ya se la ha comido de antemano— es realmente hermosa.
El mismo hombre, en quien el órgano de la micción y de la generación también coinciden espiritualmente, había dicho antes:
«Tan pronto como el capital se ha acumulado en manos de personas determinadas… el valor que los obreros añaden a los materiales… se resuelve en dos partes, de las cuales la una paga sus salarios, y la otra las ganancias de su patrono sobre el capital total de materiales y salarios que ha adelantado.»