5, Lansell’s Place, Margate.  

Mi querida Cacadou:  

¡Muy buenas noticias, en verdad! Prefiero a la señora Grach antes que a la madre de todos los Gracos. Me alegro sobremanera de haberme alojado en una casa particular y no en una fonda u hotel, donde difícilmente escapa uno de que lo importunen con la política local, los escándalos del concejo parroquial y los chismes de vecindad. Pero así y todo no puedo cantar, con el molinero del Dee, aquello de “nadie me importa y a nadie le importo”. Pues ahí está mi patrona, que está sorda como una tapia, y su hija, aquejada de una ronquera crónica, pero son gente muy amable, atenta y nada intrusa. Por lo que a mí respecta, me he convertido en un bastón ambulante: me paso la mayor parte del día correteando, oreándome, me acuesto a las diez, no leo nada, escribo menos aún y, en suma, voy poniendo mi mente en ese estado de nihilidad que el budismo considera la cima de la felicidad humana.  

Con todo ello, no voy a convertirme el jueves en ese dechado de belleza que el digno By Bye, en su vena fantástica, parece esperar.  

El dolor de muelas en el lado derecho de la cara no ha desaparecido aún del todo, y ese mismo lado está aquejado de una inflamación en el ojo. No es que se le note mucho, sino que ese ojo ha adquirido la viciosa costumbre de derramar lágrimas por cuenta propia, sin la menor consideración a los sentimientos de su amo.  

De no ser por este estado de cosas, ya me habría hecho la fotografía, pues aquí dan 12 tarjetas de visita por 3 chelines y 6 peniques, y 48 tarjetas por 10 chelines. Mümmelchen me hará el favor de dirigirse a Mr. Hall y encargarle que prepare una solución de zinc (él sabrá la composición del remedio) para mi ojo, la cual espero encontrar lista a mi llegada a Londres. Este maldito ojo me perturba el descanso nocturno. Por lo demás, estoy volviendo la hoja.  

Cuando uno se aleja un tanto de la orilla del mar y vaga por los campos vecinos, dolorosamente le recuerdan la «civilización» unos cartelones que le miran a uno desde todas partes, encabezados con la leyenda «Enfermedad del ganado» y empapelados con una proclama del gobierno, fruto de la desaforada embestida que la casta de los vacunos, lores y plebeyos, lanzó contra el gobierno al abrirse el Parlamento.  

¡Oh, oh, rey Wiswamitra,  
qué necio de buey eres,  
que tanto porfías y tanto sufres,  
y todo por una vaca!  
Pero si el honrado Wiswamitra, como buen indio, se mortificó por la salvación de la vaca Sabala, estos caballeros ingleses, a la usanza de los mártires modernos, sangran al pueblo para resarcirse de los achaques de sus vacas.  

¡Que la peste cornuda caiga sobre ellos! ¡El cuerno, el cuerno, como el discreto By Bye lo pregona con tanto vigor (?)!  

El domingo decidí marchar per pedes a Canterbury. Lástima que sólo concebí tan grandiosa resolución después de haberme medido durante dos horas la longitud y la anchura de los muelles y demás. Así que ya había gastado demasiada energía física cuando emprendí el camino hacia la sede del arzobispo —o el see, como más te guste—. Y de aquí a Canterbury hay dieciséis millas cumpliditas. De Canterbury regresé a Margate en tren, pero me había excedido y no pude pegar ojo en toda la noche. Miembros y lomos no estaban cansados; fueron las plantas de mis pies las que resultaron ser unos bribones de corazón tierno. En cuanto a Canterbury, tú ya lo sabes, naturalmente, todo acerca de ella, y más de lo que yo puedo alardear, por ser la fuente acreditada de saber de todas las Evas inglesas. (En tu compañía no puedo evitar los malos juegos de palabras. Pero fíjate. Thackeray lo hizo peor, jugando con Eves y Ewes.) Afortunadamente, estaba demasiado cansado, y era demasiado tarde, para salir a buscar la célebre catedral. Canterbury es una ciudad vieja, fea, de aire medieval, que no mejora con unos grandes y modernos cuarteles ingleses en un extremo y, en el otro extremo de la ciudad, una lúgubre y árida estación de ferrocarril: una cosa avejentada. No queda en ella huella alguna de esa poesía que se encuentra en las ciudades continentales de la misma época.  

El pavoneo de los soldados rasos y de los oficiales por las calles me recordó un tanto a la «Vaterland». En la fonda, donde mal me aprovisionaron con unas lonchas de rosbif frío, pesqué el último escándalo. Según parece, el sábado por la noche la policía se llevó detenido al capitán Le Merchant por haberse dedicado, metódicamente, a aporrear las puertas de todos los ciudadanos más respetables. Y se va a presentar una denuncia contra el capitán por este inocente pasatiempo. El temible capitán tendrá que inclinar la achicada cabeza ante la majestad edilicia. Ahí tienes todo mi paquete de «Cuentos de Canterbury».  

Y ahora, Cacadou, dale mis saludos a Elly, a quien escribiré uno de estos días y cuya cartita me fue muy grata. En cuanto a Möhmchen, tendrá noticias mías de paso. Ese condenado muchacho de Lafargue me acosa con su proudhonismo, y no parece que vaya a darse por satisfecho hasta que yo le haya propinado un buen apaleamiento en esa cabeza criolla que tiene.  

Mis mejores deseos a todos.  

Tu amo.  

¿Ha recibido Orsini la carta que le envié?