Las noticias de la guerra húngara

Altona, 13 de marzo. Austria ha formulado en Copenhague, poco más o menos, la siguiente declaración, mediante un despacho dirigido por el ministro de Asuntos Exteriores al encargado de negocios austríaco allí acreditado: «El gobierno imperial se adhiere por entero a las declaraciones de Rusia y Francia respecto a la diferencia sobre Schleswig-Holstein. De por sí se comprende que Austria se pronuncie por la justa causa del rey contra sus subditos rebeldes. Sus circunstancias no le permiten, por cierto, sumarse a los pasos que aquellas potencias están resueltas a dar para proteger los derechos de Su Majestad; mas espera poder contribuir a impulsar la buena causa mediante las serias representaciones que hará ante la corte de Berlín y ante el poder central provisional de Frankfurt.»
(D. Z.) !!! Frankfurt, 17 de marzo. Asamblea Nacional.
Orden del día: las mociones de Welcker.
Esta firma había llenado ya desde temprano todas las galerías hasta lo más apretado.
Antes de la sesión se produce, alrededor del secretario y a causa de las inscripciones en la lista de oradores, una escena de lo más regocijante que casi degenera en una trifulca.
Simson abre la sesión hacia las 10 en punto.
Zimmermann, de Stuttgart, interpela acerca de la investigación que hace cinco meses está pendiente contra Zitz, Schlöffel, Simon de Tréveris (el de la Pfingstweide) y pregunta si, antes de que el Parlamento se disgregue, va a saberse por fin, al cabo, el resultado de dicha investigación.
El ministro de Justicia, Mohl, responderá en la próxima sesión.
Gagern contesta a la interpelación de Raumer, de Dinkelsbühl, sobre si Austria ha respondido a las negociaciones que el presidente del Consejo de Ministros ha entablado con aquel gobierno según su programa, y qué ha respondido. El contenido principal de la respuesta, rica en frases (elaborada por Bassermann), consiste en que Austria nunca entrará en una Alemania a cuya cabeza esté Prusia; que, por tanto, ni siquiera es pensable un gobierno directorial en el que Austria desempeñase un papel de iguales derechos con Prusia. Quien de verdad quiera la unidad de Alemania, dice Austria, sabrá disponerlo de modo que Austria pueda permanecer en Alemania sin poner en peligro ni modificar su existencia. Austria, así concluye la nota en cuestión, quiere «¡una Alemania rica en fuerza y en honores!». Austria no entrará en el Estado federal que se ha puesto en perspectiva (desde el Parlamento). La configuración de un Estado unitario no le parece al gobierno imperial y real realizable para Austria, ni deseable para Alemania. (Compréndase que esta interpelación se conteste tan larga y tendidamente antes del debate sobre las mociones de Welcker, para salvar al rey de Prusia todavía los votos de algunas almas vacilantes. Ya varios, que desde siempre habían sido dubitativos en este asunto, se han vuelto traidores a su partido, según acabo de oír: así Schoder, Hildebrand, que quieren votar por el Prusiano.) El ministerio, dice Gagern, no alberga la idea de que Austria vaya a querer impedir la formación de un Estado federal más estrecho (la Pequeña Alemania) en el cual ella misma no puede entrar. A semejante paso no le asiste a Austria ningún fundamento jurídico. (Bravos desde el Centro.) La política de la futura Pequeña Alemania no tendrá nada hostil hacia Austria. (Eso me lo creo. Estado de sitio aquí, estado de sitio allá.) La elaboración del ministerio, que abarca al menos diez pliegos, termina sin aplauso.
Schlöffel, Wigard y consortes presentan la moción de que, ante la gran afluencia de oyentes, los espacios de las galerías, castrados, se abran hoy al público.
El ministro Gagern observa, al parecer en contra de la moción, que esto incumbe al presidente de la Asamblea Nacional.
Wigard ruega a la Asamblea que lo conceda.
El presidente Simson otorga el permiso, con excepción del espacio en el que se halla la biblioteca del Reich.
Los oyentes se precipitan sin aliento en los espacios vacíos, lo cual ofrece un aspecto sumamente cómico.
Hacia las 11 se pasa al orden del día.
El presidente Simson lee las enmiendas a las mociones de Welcker; entre otras, Sommaruga, Heckscher y numerosos austríacos han presentado la siguiente moción:
«La Asamblea Nacional establece como condición de entrada para Austria que ésta entre con todo el complejo de sus países, envíe la Cámara de los Estados desde todos sus países, la Cámara del Pueblo desde los países alemanes, etc. — La Asamblea Nacional dispone una diputación que transmita a Austria estas declaraciones y aguarda luego cuatro semanas la respuesta.»
Radowitz presenta, entre otras, la moción de no proceder a la elección del emperador hasta que se conozcan las declaraciones de todos los gobiernos alemanes.
Lassaulx propone pasar sin más al orden del día sobre las mociones de Welcker, puesto que si Alemania recibiese un emperador, éste tendría que ser el de Austria. (Murmullos y risotadas.)
Linde, de Maguncia (ultramontano), propone el orden del día motivado.
Eisenstuck propone, entre otras cosas: la constitución otorgada por Austria no es vinculante para las provincias germano-austríacas, y la constitución del Reich alemán debe ser impuesta por todos los medios en la Austria alemana, por el poder del Reich. (¡Ah!) Las mociones se las enviaré a usted todas impresas a su debido tiempo, ya que se debatirá durante tres o cuatro días, sin duda.
La lista de oradores es la siguiente:
En contra de la moción.
Neuwall, Hermann, Vogt, v. Radowitz, M. Mohl, Eisenmann, Ahrens (Salzgitter), Buß, Fröbel, Marck, Berger, v. Nappard, Linde, Grundener, Förster, Wigard, Weber, Möhring, Stein, v. Pretis, Zimmermann (Stuttgart), Nauwerk, Frisch, Mölling, Döllinger, Schlöffel, G… rören, Stracher, v. Heiden, Pfetzer, H. Simon, Kreuzberg, Reichensperger, Schaffrath, Thinnes, Nagel, Wiesner, Bergthaler, Lewisohn, Funk, Max Simon, v. Dieskau, v. Maifeld, Würth (Sigmaringen), Riehl, Schuler, Schulz (Darm-

[1403/0003]
stadt), Neubauer, Raus, Herz (Wien), Gritzner,- Müller von Damm, Hartmann (Leitmeritz), Schreiner, Phillips, Wurtke, Rönner, Arnds von München. Por la propuesta de la comisión. Welker, Beseler (Schleswig). Münch, Reh (Darmstadt), Wydenbrugk, Waiz, Wurm, Zittel, Bauer (Bamberg), Mathy, Arndt (Bonn), Bassermann, Reden, Wedekind, Grävell, Gravenhorst, Rümelin, Wichmann, Bernhards, Makowiczka, Mittermaier, Schneer. Por la propuesta. Ritze, Ekkert (Bromberg), Schürrmeister, Schubert (Königsberg), Henkel (Kassel), Sauken. En total, 59 en contra y 28 a favor.

Ustedes ven que Reh (apóstata), Wydenbrugk, Gravenhorst, Mittermaier han abandonado a la izquierda en favor de Federico Guillermo IV. Tras cierta disputa, toma primero la palabra Welker: Hay que captar el gran todo de la situación y actuar con audacia (!) y vigor (!). Repite ahora lo que ya había dicho antes, que votará con alegría por el emperador hereditario prusiano tan pronto como Austria haya salido. — En su día votó por necesidad a favor del Directorio, que Welker califica hoy de la peor forma de Estado. Pero hoy está claro que Austria no se puede ganar para el Estado federal alemán. — En media hora ha forjado su propuesta, por temor a ser nuevamente avasallado por sus sentimientos. Austria no sólo ya no quiere, sino que ya no puede entrar, por la palabra imperial (tamerlanesca) que se ha interpuesto y por la constitución octroyada. En su última nota, Austria se ha declarado decididamente en contra de una «Cámara del Pueblo», quiere, pues, aniquilar la Constitución federal alemana, obra de diez meses de esfuerzos, y no obstante entrar. Habría que enrojecer cuando se mira a Viena. (¡Ah, sí! Pero el señor Welker no enrojecía en octubre, cuando era el momento.) — Y habría que unirse con las nacionalidades austríacas totalmente reacias, italianos, polacos, checos, etc. — De este modo se entregaría de antemano a Austria la mayoría en la Cámara de los Estados. Y las nacionalidades extrañas de Austria estarían bajo un emperador hereditario; pero a Alemania se le quiere negar ese derecho (el de unirse bajo un emperador hereditario). Austria quiere negarlo. — Si todo el complejo territorial de Austria (según la última nota y la propuesta de Sommaruga y de los austriacos) entra en la Confederación de Estados alemana, en la Cámara de los Estados estarán representados 38 millones de austriacos frente a 31 millones de alemanes. — A los 7 millones de austroalemanes que perderíamos trataremos de reemplazarlos mediante el desarrollo interior. (Risas en la izquierda.) Se estaría uno arrojando al barro si se iniciasen ahora nuevas negociaciones con Austria. — Señorías, o bien renuncian a ese infeliz pensamiento de la unión con Austria, o bien abandonan la Paulskirche y devuelven sus mandatos al pueblo traicionado. (¡Y bien traicionado, precisamente por gentuza como Welker, etc.!) (La izquierda: ¡Sí! ¡Sí! ¡Así es!) Por último, ante el peligro de guerra con Dinamarca y Rusia, ante el peligro de una constitución octroyada también para nosotros, aprueben ustedes la obra. (Es decir, ¡para precaverse del peligro de una octroi, hay que entregar la Constitución de Alemania a las manos de quien primero ha octroyado! ¿Qué les parece esa afirmación?) Sigue ahora una arenga contra la república. Si ustedes (la izquierda) se oponen, provocarán revueltas y combates en las distintas regiones de Alemania, y yo veo que vendrán. Pero esas revueltas serán aplastadas junto con los republicanos, y vendrá el régimen del sable. (Escándalo en la izquierda.) Señorías, dice a los austriacos, están ustedes a punto de impedir nuestra obra y de hacer lo que no pueden justificar ante Dios y el mundo. — Voten contra nosotros, pero, por Dios eterno, con eso no crean lazo alguno entre Prusia y Austria. — La historia anotará los nombres de ustedes, los nombres de quienes quieren arruinar la patria, así como los nombres de quienes la salvaron.

v. Radowitz. Hasta ahora, en nuestras luchas políticas, las relaciones de tribu han pasado a segundo plano; ahora, al final, pasan a primer plano. En nuestros partidos ha entrado la ofuscación de no querer conceder ya al partido enemigo lo que se concede al propio. — De todo corazón habría querido que la vieja y cara comunidad entre Alemania y Austria hubiese permanecido intacta. Esto habría podido suceder, al alto precio de que Alemania se hubiese limitado en su centralización y Austria en sus condiciones federativas. No ha sucedido. El peligro de la patria es doble: primero, no haber llevado a cabo una constitución y no haber hecho más que derribar; segundo, poner a Alemania en una situación tal que el extranjero se considere con derecho a una intervención. — Habría considerado una gran ventaja que se hubiese cortado este último pretexto. — Pero ¡ay de quienes llamen en su auxilio al extranjero! La historia universal, que es el tribunal del mundo, pronunciará su juicio sobre ellos. — Ha de ser nuestra tarea llegar a la meta con las mínimas heridas y los mínimos cambios. Considero admisible aceptar la Constitución (según la propuesta de Welker) de una sola vez, pero, aunque no compartan la opinión de mi partido de someter esta Constitución a la aceptación de los gobiernos alemanes, convendrán conmigo en que hay que preguntar a los gobiernos de Alemania si quieren adherirse al Estado federal bajo la condición de esta Constitución o no. — Votaré por toda propuesta que lleve a término nuestra Constitución. — Señorías, muchos de entre ustedes no han aprendido aún, y muchos de entre ustedes han olvidado, desde hace 34 años, lo que significa desatar la guerra civil sobre Alemania.

Wurm (el flexible hamburgués) [habla] a favor de las propuestas de la comisión, por las que votará porque desea (¡textualmente!) poder morir tranquilo. — Exclama con patetismo:
«¡Pueblo, vuélvete al fin más sabio
y elígete un emperador!» —
Espera que el rey de Prusia cumpla con su deber. (Sólo cabe preguntarse qué llama Wurm deber.) No les doy más de sus hanswurstiadas;

Römer, de Wurtemberg, recibe la palabra fuera de turno para refutar la ridícula afirmación de Wurm, como si Wurtemberg hubiese ofrecido el año pasado al rey de Prusia la dignidad de jefe supremo de Alemania. Siguen unas cuantas rectificaciones al señor Wurm que provocan contradicción en la derecha. Römer rechaza debidamente a la derecha, por lo cual las tribunas aplauden vivamente. Wurtemberg, dice R., merece más bien elogio que censura por parte de la Asamblea Nacional. Ha promulgado los primeros los derechos fundamentales. Pero el gobierno de Wurtemberg opina naturalmente que ha de formarse la unidad de toda Alemania, no de media Alemania. (Prolongados aplausos en la izquierda y en las tribunas.)

v. Herrmann (Múnich). Se pronuncia en el sentido austriaco. Tan bien como Prusia ha entrado con todo su territorio en la Confederación, así podría entrar toda Austria. (Riesser, el ponente en la cuestión que nos ocupa, se ha sentado al lado de Bassermann en la mesa de los ministros, y ambos se afanan en tomar notas a porfía. ¡Dios nos libre de tal ponencia!) Herrmann opina que en Viena se le ha asegurado (viene de allí junto con Heckscher y Sommaruga) que Austria se adherirá con todo su territorio a la Unión Aduanera tan pronto como se restablezca una relación estatal unitaria entre ella y Alemania. La unión íntima de estos dos grandes imperios garantizará entonces la paz mundial. H. resalta las ventajas de una unión aduanera con Austria. No puede convencerse de que sea absolutamente imposible llegar a un acuerdo con Austria. Propone hacerle a Austria representaciones acerca de la Cámara del Pueblo y la introducción de los derechos fundamentales. Eventualmente, H. propone la elección de una nueva comisión para examinar la nota austriaca más reciente. Los diputados austriacos regresarían a casa con un sentimiento amargo si ustedes les dedican palabras suaves. ¿Y con qué sentimiento entrarán en la Confederación los Estados del sur de Alemania sin Austria? (En el centro: ¡con el de la sumisión!) Cuando se marchen los diputados austriacos, también se irán algunos otros. Se nos ha enviado aquí para hacer una Constitución para toda Alemania.

Münch (de Wetzlar). La propuesta de Welker le alegrará aún en su hora de muerte. Recomienda como único (!!) medio salvador «al emperador prusiano inviolable, irresponsable y hereditario». — Alcen la mirada hacia lo que allí está escrito (señala hacia arriba, sobre la Germania):
«¡La grandeza de la patria, (¡sin Austria!)
La dicha de la patria, (¡con estado de sitio prusiano!)
Oh, creadlas, devolvedlas
al pueblo!»

Vogt (de Gießen). El tocino con que el señor Welker quiere cazar ratones parece haber sido encontrado realmente. — Quiero creer que no es cierto lo que dicen las hojas públicas, que Welker, después de haber encontrado ese tocino, ha presentado reclamaciones de indemnización por sus pérdidas anteriores. (¡Fuera! en la derecha. Risas en la izquierda.) Al abordar las propuestas de Welker, pregunta en primer lugar dónde está la «intromisión extranjera» de la que Welker se indigna tan profundamente en su 1ª propuesta. La amenaza de Rusia no carece, ciertamente, de fundamento, pero ha sido traída por los pelos con demasiada fuerza para arrastrar al emperador hereditario. — Esa amenaza de Rusia, si ésta es la «intromisión extranjera», ha sido provocada por ustedes, y entonces tendrían que indignarse consigo mismos hasta el extremo, lo que sería pedir demasiado. (Bravos y risas.)
La política del Poder Central nunca ha sido otra que intrigar en el interior a favor de Prusia y no hacer nada hacia el exterior. (Fuertes aplausos en la izquierda y en las tribunas. Simson llama a Vogt al orden.)
La observancia de su sistema de ceder siempre frente a los gobiernos particulares los ha empujado ahora a un acto que llaman salvador, pero que será funesto. — La propuesta 2 del señor W. exige aceptar la Constitución en bloque. Y no precisamente la Constitución tal como la ofrece la primera lectura, sino tal como la ha modificado la comisión constitucional, con desprecio de la mayoría, según su propio arbitrio (y con soberbia de catedráticos). Votaremos a favor de la propuesta de pasar al orden del día sobre las propuestas de Welker. Y si sus propuestas llegaran a prosperar, propondremos que, por lo menos, se vote artículo por artículo sin discusión. — El meollo de la propuesta de Welker es cortar de un golpe a la mayoría los párrafos que disgustan a la comisión constitucional, como la no heredabilidad y el veto suspensivo. No creo que los príncipes alemanes vayan a octroyar una constitución, pero no porque, como dice Radowitz, no serán tan osados – osados sí lo serían si pudieran ponerse de acuerdo entre sí. —
Cuando examino la política que ha seguido el gabinete de Prusia desde el comienzo de la revolución, no encuentro que haya merecido una «lugartenencia» alemana ni, mucho menos, una «dignidad imperial hereditaria» alemana. —
El punto 4 de la propuesta de Welker (véase ésta), la invitación a los príncipes alemanes a hacer declaraciones patrióticas, es ridiculizado por Vogt en lo posible. (Risas generales en la tribuna.)
Vogt recuerda la interpretación de los derechos fundamentales en Prusia mediante los dos nuevos proyectos de ley relativos a la prensa y al derecho de reunión. ¿Acaso por eso, por esa clara confesión del absolutismo, se ha merecido la corona imperial alemana? — El resultado de un imperio prusiano sería que Alemania tendría que disolverse en Prusia. — A esto se opondrían decididamente algunos príncipes, y ello conducirá a la guerra civil.

— Hombres audaces y verdaderamente valientes, en tiempos en que la patria está realmente en peligro, nombran un dictador y permanecen unidos, mientras que ustedes se dispersan y pretenden arruinar el futuro de la patria mediante un emperador hereditario. (Prolongados ¡bravo!). — Como razón de la imposibilidad del ingreso de Austria se han aducido la palabra imperial de Francisco José y la constitución impuesta. Esa es una razón medieval. ¡Muchas palabras de emperador y de rey se han quebrantado ya, y se quebrantarán todavía! (¡Bravo! ¡Bravo!). Contra las exigencias de la nota austríaca tiene que sublevarse, ciertamente, el sentimiento político de todo alemán... pero ahí ven ustedes precisamente el error que cometieron cuando, según el programa del señor Gagern, se ataron ustedes mismos las manos frente a Austria. Por último, querrán ustedes saber mis propuestas. No tengo ninguna. Las encuentro en su propio campamento. El señor Wurm, Waitz, el conde Deym, las formulan por mí. Siguen pasajes del discurso de estos señores, según los cuales Alemania debe permanecer en todo caso unida a Austria, y la Austria alemana debe ser apoyada por Alemania. Si el gobierno de Austria no se aviene, entonces iremos, como dice el conde Deym, «¡a buscar a Austria!». Pero entonces no habrá un duelo entre la casa de Hohenzollern y la casa de Habsburgo, sino una guerra de los pueblos, del pueblo y la cultura alemanes contra el absolutismo ruso y austríaco. No es ninguna hazaña transferirle a otro la hazaña. Nombren ustedes un dictador cuando haya peligro, pero no empeñen el honor de nuestra patria al emperador hereditario. — Se ha dicho que no debemos arrojar la tea del incendio en la casa del vecino (Austria). ¡Sí! Pero cuando el vecino construye su casa con cadáveres y la enmasilla con sangre, hay que arrojar debajo la tea de la libertad, para que de esas cenizas surja el fénix de la libertad alemana... (estrepitosos aplausos).
Después de que la izquierda hubo presentado aún una protesta contra la llamada al orden que el presidente Simson había dirigido a Vogt, se aplazó (pasadas las 3) la continuación del debate hasta el lunes.