CO LO NIA, ENERO. M IEN T R A S QUE EN ITA LIA A SISTIM O S YA AL
primer contragolpe provocado por la contrarrevolución del
verano y el otoño pasados, en las planicies húngaras se da
cima a la última batalla para reprimir el movimiento surgido direc
tamente de la revolución de Febrero. El nuevo movimiento italiano
es el preludio del movimiento de 1849; la guerra contra los magia
res, el epílogo del movimiento de 1848. Es probable que este epílo
go se enlace todavía con el nuevo drama que silenciosamente está
preparándose.
Este epílogo es también heroico, a la manera de las primeras
escenas de la tragedia revolucionaria del 48, representadas en rápi
da sucesión, como la caída de París y Viena, bienhechoramente
heroico tras las escenas en parte grises y en parte mezquinas del
intermedio de los meses de junio a octubre. El acto final de 1848 se
enlazó con el primer acto de 1849 por medio del terrorismo.
Por primera vez en el movimiento revolucionario de 1848, por
vez primera desde 1793, se atreve una nación cercada por la supre
macía contrarrevolucionaria a oponer a la cobarde furia contrarreEn este artículo, como en otros (por ejemplo en el titulado “El paneslavismo demo
crático”, de Engels), se manifiesta una clara oposición a las diversas formas de la ideología
nacionalista de los pueblos eslavos. Marx y Engels pensaban en ese entonces que el desarro
llo de estos pueblos tenía que ir de acuerdo con el desarrollo histórico de Austria y postula
ban la idea (igualmente válida, según su criterio, para otros países, como México) de que los
pequeños países serían absorbidos por las grandes naciones desarrolladas.

volucionaria la pasión revolucionaria, a oponer a la terreur blanchea
la terreur rouge} Por primera vez desde hace mucho tiempo se alza
ante nosotros un temperamento verdaderamente revolucionario,
un hombre que osa levantar en nombre de su pueblo el guante de
una lucha desesperada y en quien se hermana, dentro de su nación,
las personalidades de Danton y de Carnot en una sola: Ludwig Kossuth.
La superioridad de fuerzas es enorme. Toda Austria, con 16
mill[ones] de eslavos fanatizados por delante, contra 4 millones de
magiares. En la Hungría armada, organizada e inflamada de entu
siasmo por Kossuth volvemos a encontrarnos con la insurrección
en masa, la fabricación nacional de armas, los asignados, los proce
sos sumarios contra cuantos intentan obstruir el proceso revolu
cionario, la revolución permanente, en una palabra, con todos los
rasgos distintivos del glorioso año 1793. Esta organización revolu
cionaria, que debe ponerse en pie, por así decirlo, en término de
veinticuatro horas si no se quiere perecer, es la que faltó en Viena,
la que, de haber existido, jamás habría dejado el paso libre a Windischgrátz. Vamos a ver si logra entrar en Hungría, desafiando a
esta organización revolucionaria.
Veamos un poco de cerca cómo está planteada la lucha y cuáles
son los partidos contendientes.
La monarquía austríaca surgió del intento de unificar a Alema
nia bajo una sola corona, a la manera como habían logrado hacerlo
los reyes de Francia, hasta llegar a Luis XI. El intento se estrelló con
tra el lamentable localismo de los alemanes y de los austríacos y el
congruente espíritu de pequeños tenderos de la casa de Habsburgo.
En vez de recibir a Alemania entera, los Habsburgos obtuvieron
solamente aquellos territorios del sur de Alemania que se hallaban
en pie directo de lucha con algunos grupos dispersos de origen esla
vo o en los que la nobleza feudal y la burguesía alemanas coligadas
sojuzgaban a los pueblos eslavos. En ambos casos necesitaban los
a Terror blanco.
b Terror rojo.

alemanes de cada provincia ser apoyados desde fuera. Dicha ayuda
les fue prestada mediante la asociación en contra de los eslavos, aso
ciación que se estableció agrupando a las provincias en cuestión
bajo el cetro de los Habsburgos.
Así surgió la Austria alemana. Basta con leer en cualquier com
pendio de historia cómo nació la monarquía austríaca, cómo se
desintegró y volvió a aglutinarse, siempre en lucha contra los esla
vos, para comprender cuán ajustada a la verdad es esta imagen que
trazamos.
La Austria alemana linda con Hungría. En Hungría libraban los
magiares la misma lucha que los germanos en la Austria alemana.
La cuña alemana incrustada entre los bárbaros eslavos en el archi
ducado de Austria y Estiria tendía la mano a la cuña magiar del Leitha, incrustada también entre bárbaros eslavos. Así como en el Sur
y en el Norte, en Bohemia, Moravia, Carintia y Carniola, la nobleza
alemana dominaba y germanizó a las tribus eslavas, arrastrándolas
así al movimiento europeo, en el Sur y en el Norte, en Croacia, Eslavonia y las tierras cárpatas, vemos cómo la nobleza magiar impuso
su dominación a otras tribus eslavas. Los intereses de ambas noble
zas aparecían identificadas y sus adversarios eran aliados naturales.
La alianza entre los magiares y los alemanes austríacos respondía a
una necesidad. Y para que esta alianza se hiciera indisoluble sólo
faltaba que se produjera un hecho grande, que se desencadenara un
ataque importante contra ambos. Este hecho sobrevino con la con
quista del Imperio bizantino por los turcos. Los turcos amenaza
ban a Hungría y, en segunda instancia, a Viena, y Hungría se incor
poró indisolublemente, por siglos, a la casa de los Habsburgos.
Pero los enemigos comunes de Hungría y Austria fueron per
diendo vigor, poco a poco. El Imperio turco cayó en la impotencia
y los eslavos no tenían ya la fuerza necesaria para levantarse contra
los magiares y los alemanes. Más aún, una parte de la nobleza ale
mana y magiar que dominaba los países eslavos adoptó la naciona
lidad austríaca, con lo que las mismas naciones eslavas quedaban
interesadas en el mantenimiento de una monarquía cada vez más

obligada a defender a la nobleza contra la población alemana y
magiar que iba desarrollándose en sus territorios. Las contradiccio
nes nacionales desaparecieron, y la casa de los Habsburgos cambió
de política. La misma casa de Habsburgo, que se había encaramado
sobre el trono imperial alemán sobre los hombros de los filisteos
alemanes, se convirtió más resueltamente que cualquier otra dinas
tía en la representante de la nobleza feudal, en contra de la burguesía.
En este sentido participó Austria en el reparto de Polonia. Los
grandes estarostas y voivodos de Galizia, los Potockis, los Lubomirskis y los Czarioryskis traicionaron a Polonia para entregarse a
Austria y se convirtieron en los más firmes puntales de la casa de
Habsburgo, la que, a cambio de ello, les garantizaba sus posesiones
contra los ataques de la baja nobleza y la burguesía.
Pero la burguesía de las ciudades iba adquiriendo cada vez
mayores riquezas e influencia, y la agricultura, cuyo progreso cre
cía en la industria, asignaba a los campesinos una posición distinta
frente a los terratenientes. El movimiento de los burgueses y los
campesinos contra la nobleza se tornaba cada vez más amenaza
dor. Y como el movimiento de los campesinos, que son en todas
partes portadores de la estrechez local y nacional, es necesariamen
te, por ello mismo, un movimiento local y nacional, con él resur
gían al mismo tiempo las viejas luchas nacionales.
Así las cosas, hizo Metternich su jugada genial. Con excepción
de los barones feudales todopoderosos, arrebató al resto de la noble
za toda influencia en la dirección del Estado. Despojó de su fuerza
a la burguesía atrayéndose a los más poderosos barones de las finan
zas, como no tuvo más remedio que hacer, pues la obligaban a ello
las exigencias financieras. De este modo, apoyada en los grandes
señores feudales y en la alta finanza, a la vez que en la burocracia y
el ejército, alcanzó con mayor perfección que todos sus rivales el
ideal de la monarquía absoluta. A los burgueses y los campesinos
de cada nación los tenía a raya con la nobleza de la misma nación y
los campesinos de las demás, y a la nobleza de cada nación por el
miedo a los burgueses y los campesinos de ella. Los diferentes inte
i*

reses de clase, limitaciones nacionales y prejuicios locales, por muy
complicados que fuesen, se contrarrestaban unos a otros perfecta
mente y dejaban al viejo bribón de Metternich la más completa
libertad de movimientos. Cuán lejos llegó en esta política de azuzar
a los pueblos unos contra otros lo demuestran las matanzas de Galizia,407 donde Metternich logró reprimir mediante los campesinos
de la Rutenia,408 guiados por el fanatismo religioso y nacional, el
movimiento democrático polaco, iniciado en interés de los propios
campesinos.
El año 1848 comenzó creando en Austria el desbarajuste más
espantoso, al dejar por un momento en libertad a todos estos dife
rentes pueblos, que hasta ahora había logrado Metternich que se
esclavizaran unos a otros. Alemanes, magiares, checos, polacos,
moravos, eslovacos, croatas, rutenos, rumanos, ilirios, servios, se
enredaron en conflictos unos con otros, al paso que en el seno de
cada una de estas naciones luchaban también entre sí las diferentes
clases. Pero pronto se hizo el orden dentro del caos. Los conten
dientes se dividieron en dos grandes campos: de una parte, al lado
de la revolución, los alemanes, los polacos y los magiares; de otra,
al lado de la contrarrevolución, los demás, todos los eslavos, excep
tuando a los polacos, los rumanos y los sajones de Transilvania.
¿De dónde arranca esta división por naciones; sobre qué hechos
descansa?
Esta división responde a toda la historia anterior de los pueblos
de que se trata. Es el comienzo de una decisión a vida o muerte
sobre todas estas grandes y pequeñas naciones.
Así lo demuestra toda la historia anterior de Austria hasta nues
407 En febrero de 1848 dieron inicio, en los territorios polacos, levantamientos populares
de apoyo al movimiento de liberación nacional. El movimiento tomó auge en Cracovia y
Galizia, donde tuvo lugar una sublevación campesina. Las autoridades austríacas aprovecha
ron el odio de los esclavizados campesinos ucranianos contra las incursiones de los polacos,
logrando así, en la mayoría de los casos, azuzar a los campesinos levantiscos contra las tro
pas polacas.
408 Rutenos: término difundido por la etnografía y la historia burguesas del siglo xix para
la población ucraniana de Galizia y de los territorios de los Cárpatos y Bukovina.

í*
tros días, y el año 1848 ha venido a confirmarlo. De todas las nacio
nes y nacioncitas de Austria solamente tres, los alemanes, los pola
cos y los magiares, han sido factores de progreso, han tenido una
participación activa en la historia y siguen siendo todavía hoy
naciones dotadas de vitalidad. Por eso mantienen actualmente una
actitud revolucionaria.
Todos los demás grandes y pequeños pueblos y tribus no tienen,
por encima de todo, otra misión que la de perecer en la tormenta
revolucionaria. Por eso son actualmente contrarrevolucionarios.
Por lo que se refiere a los polacos, nos remitimos a nuestro ar
tículo sobre el debate de Francfort acerca de ellos.c Para refrenar su
espíritu revolucionario, ya Metternich hubo de recurrir a los rute
nos, pueblo que se distingue de los polacos por su dialecto algo dis
tinto, y sobre todo por la religión ortodoxa griega, que siempre
había formado parte de Polonia y de la que Metternich ha hecho
creer que los polacos son sus opresores. ¡Como si en la vieja Polo
nia no hubieran vivido oprimidos los propios polacos, ni más ni
menos que los rutenos, como si, bajo el yugo austriaco, no fuese
Metternich su opresor común!
Eso, por lo que se refiere a polacos y rutenos, pueblos, por lo
demás, a quienes la historia y la situación geográfica mantienen tan
aparte de la Austria propiamente dicha, que lo primero que hemos
tenido que hacer aquí ha sido dejarlos a un lado, para poder poner
en claro el resto del embrollo existente entre estos pueblos.
Pero digamos, antes de seguir adelante, que los polacos dan
pruebas de gran penetración política y de auténtico sentido revolu
cionario cuando ahora se alian a sus viejos enemigos, los alemanes
y los magiares, contra la contrarrevolución paneslavista. Solamente
así puede demostrar su vitalidad y asegurarse con ello el porvenir
un pueblo eslavo que antepone la libertad al eslavismo.
Y ahora, pasemos a hablar de la Austria propiamente dicha.
Austria, situada al sur de los Sudetes y los Cárpatos, el valle alto,
del Elba y la cuenca media del Danubio, es un país que en la alta
c Véase supra, pp. 227-292.

Edad Media se hallaba poblado exclusivamente por eslavos. Por su
lengua y sus costumbres, estos eslavos pertenecían al mismo tronco
étnico que los eslavos de Turquía, los servios, los bosniacos, los búl
garos y los eslavos de la Tracia y la Macedonia: al tronco de los lla
mados sudeslavos, por oposición a los polacos y los rusos. Aparte
de estas ramas eslavas afines, el inmenso territorio que va del mar
Negro al bosque de Bohemia y a los Alpes tiroleses se hallaba pobla
do solamente al sur de los Balcanes por algunos griegos y en las tie
rras del bajo Danubio por tribus sueltas de valacos de habla romá
nica.
En esta compacta masa eslava se incrustaron en forma de cuña,
por el Oeste, los alemanes, y por el Este los magiares. El elemento
germano conquistó la parte occidental de Bohemia y avanzó por
ambos lados del Danubio hasta más allá del Leitha. Fueron germa
nizados el archiducado de Austria, una parte de Moravia y la mayor
parte de Estiria, quedando así los checos y los moravos separados
de los carintios y los de Carnolia. La Transilvania y el centro de
Hungría, hasta la frontera alemana, quedaron también totalmente
libres de eslavos y fueron ocupados por magiares, que aquí separa
ron a los eslovacos y a algunas zonas de la Rutenia (en el Norte) de
los servios, croatas y eslavones, logrando someter a todos estos pue
blos. Finalmente, siguiendo el precedente de los bizantinos, los tur
cos sojuzgaron a los eslavos establecidos al sur del Danubio y del
Save, con lo que la misión histórica de los eslavos del Sur había que
dado liquidada para siempre.
La última tentativa de los sudeslavos para intervenir por su
cuenta en la historia fue la guerra de los husitas, guerra campesina
nacional de los checos librada bajo bandera religiosa contra la
nobleza alemana y el poder soberano del emperador. El intento fra
casó y los checos marcharon desde entonces, forzosamente, a la cola
del Imperio alemán.
Sus vencedores, los alemanes y los magiares, tomaron la inicia
tiva histórica en las tierras del Danubio. A no ser por los alemanes
y sobre todo por los magiares, los eslavos del Sur habrían pasado a

ser turcos, como le ocurrió, en efecto, a una parte de ellos; más aún,
mahometanos, como lo son todavía hoy los bosniacos eslavos. Es
éste un favor innegable, que los sudeslavos austríacos no se puede
decir que hayan pagado caro, ni siquiera al verse obligados a trocar
su nacionalidad por la alemana o la magiar.
La invasión turca de los siglos xv y xvi fue la segunda edición
de la invasión de los árabes en el vm. La victoria de Carlos Martel409
hubo de ser ganada una y otra vez bajo los muros de Viena y en las
planicies de Hungría. Como había sucedido antes en Poitiers y suce
dería más tarde en Wahlstatt410 con motivo de la irrupción de los
mongoles, volvía a verse amenazada aquí toda la historia de Euro
pa. Y cuando se trataba de salvar ésta, ¿iba a permitirse que se in
terpusieran, para impedirlo, dos o tres nacionalidades derruidas
desde hacía ya largo tiempo e impotentes, como los sudeslavos aus
tríacos, a quienes se trataba, además, de salvar también?
Y como hacia afuera, ocurría hacia dentro. La clase propulsora,
la clase motriz, la burguesía, era en todas partes alemana o magiar.
Los eslavos en general sólo muy difícilmente y los eslavos del Sur
solamente aquí y allá han logrado crear una burguesía nacional.
Y, con la burguesía, estaban también en manos alemanas o magiares
la potencia industrial y el capital, y en estas condiciones se desarro
lló la cultura alemana y los eslavos se vieron colocados también
intelectualmente bajo la batuta de los alemanes, incluso hasta muy
dentro de la Croacia. Y lo mismo sucedió, sólo que ya más tarde y,
por tanto, en menor medida, en Hungría, donde los magiares asu
mieron la dirección intelectual y comercial en unión de los alema
nes. Pero los alemanes húngaros se convirtieron en realidad en
magiares por su modo de pensar y de sentir, su carácter y sus cos
tumbres, aunque hubiesen conservado la lengua alemana. Los úni409 Victoria de Carlos Martel: se hace referencia aquí a la importante batalla sostenida por
el rey de los francos, Carlos Martel, contra los ejércitos turcos, a los que venció en Poitiers
en el año 732.
410 Batalla de Wahlstatt: en 1241, ejércitos eslavos y alemanes contuvieron el enérgico avan
ce de los mongoles hacia Occidente. Éstos tomaron hacia el sudeste, penetrando los territo
rios de Hungría.

»■
eos que constituyen una excepción a esta regla son los colonos cam
pesinos recién asentados, los judíos y los sajones de la Transilvania,
quienes se obstinan también en mantener una absurda nacionali
dad en medio de un país extraño a ellos.
Y si es cierto que los magiares, en cuanto a civilización, han que
dado un poco a la zaga de los austríacos alemanes, en los últimos
tiempos han recuperado brillantemente el terreno perdido, en lo
que a la actividad política se refiere. De 1830 a 1848 existió en Hun
gría por sí sola más vida política que en toda Alemania junta y se
supo explotar en interés de la democracia las formas feudales del
viejo régimen vigente en Hungría mejor que las modernas formas
contenidas en las constituciones del sur de Alemania. ¿Quiénes esta
ban allí a la cabeza del movimiento? Los magiares. ¿Y quiénes apo
yaban a la reacción austríaca? Los croatas y los eslavonios.
Frente a este movimiento magiar y el renaciente movimiento
político de Alemania, los eslavos de Austria crearon una organiza
ción aparte,
paneslavismo.*11
El paneslavismo no surgió en Rusia o en Polonia, sino en Praga
y en Zagreb. El paneslavismo es la alianza de todas las pequeñas
naciones y nacioncitas eslavas de Austria, y en segundo término, de
Turquía, para luchar contra los alemanes austríacos, los magiares y,
en su caso, los turcos. Pero éstos sólo eventualmente entran en el
cuadro y pueden ser dejados totalmente al margen, como nación
también totalmente postrada. El paneslavismo, en cuanto a su ten
dencia fundamental, va dirigido contra los elementos revoluciona
rios de Austria y es, por tanto, desde el primer momento, un movi
miento reaccionario.
El paneslavismo acusó inmediatamente su tendencia reacciona
ria con una doble traición: sacrificando a sus mezquinas limitacio
nes nacionales a la única nación eslava que hasta ahora había actua
do revolucionariamente, a Polonia, y vendiéndose él y vendiendo a
Polonia al zar de Rusia. 41
411 Véase supra, nota 75.

La finalidad directa perseguida por el paneslavismo es la ins
tauración de un Imperio eslavo que vaya desde los montes Metalí
feros y los Cárpatos hasta el mar Negro, el Egeo y el Adriático, bajo
la batuta de los rusos; Imperio que, además del alemán, el italiano,
el magiar, el valaco, el turco, el griego y el albanés, abarcaría, apro
ximadamente, otra docena de lenguas y grandes dialectos eslavos.
Y todo ello mantenido en cohesión, no por los elementos que hasta
ahora han sostenido aglutinada y en desarrollo a Austria, sino por
la cualidad abstracta del eslavismo y por la llamada lengua eslava,
que es, ciertamente, la lengua común a la mayoría de la población
de estos territorios. Pero, ¿dónde existe el eslavismo, como no sea
en las cabezas de algunos ideólogos; dónde la “lengua eslava”, más
que en la fantasía de los señores Palacky, Caj y consortes y, más o
menos, en la vieja letanía eslava de la Iglesia rusa, que ya ningún
eslavo entiende? En realidad, todos estos pueblos se hallan en las
más diferentes fases de civilización, comenzando por la moderna
industria y cultura de Bohemia, desarrolladas (por los alemanes)
hasta un grado bastante alto, y terminando por la barbarie casi
nómada de los croatas y los búlgaros, y en la realidad todas estas
naciones tienen, por tanto, los intereses más contrapuestos. Real
mente, la lengua eslava de estas diez o doce naciones es la suma de
otros tantos dialectos, en su mayoría ininteligibles entre sí y que
incluso pueden reducirse a troncos lingüísticos diferentes (el checo,
el ilirio, el servio, el búlgaro), convertidos en una pura jerga por el
total abandono en que han caído todas las manifestaciones litera
rias y por el estado de primitivismo de la mayoría de estos pueblos,
y que, con pocas excepciones, han tenido siempre, como lengua
escrita en un plano superior, una lengua escrita ajena a ellos y, des
de luego, no eslava. Por tanto, la pretendida unidad paneslava no
es más que una de dos cosas: o pura mística o, simplemente, el láti
go ruso.
¿Y qué naciones han de ponerse a la cabeza de este gran Imperio
eslavo? ¡Exactamente las mismas que desde hace mil años, minadas
y desintegradas, han recibido impuestos desde fuera por elementos

no eslavos, los elementos susceptibles de vida y desarrollo que nece
sitaban para desenvolverse; que se han visto salvados de perecer bajo
la barbarie turca gracias a las armas victoriosas de pueblos no esla
vos; pueblos impotentes y despojados ya de su médula nacional, cuya
población oscila entre dos o tres mil individuos y, a lo sumo, dos
millones! ¡Tal es hoy su debilidad, que, por ejemplo los búlgaros, la
nación que en la Edad Media pasaba por ser la más vigorosa y la más
temible, tiene ahora, en Turquía, fama de estar integrada por gentes
suaves, bondadosas y tiernas de corazón, cuya gloria consiste en lla
marse dobre chrisztian, buenos cristianos! Que se nos cite una sola
de estas naciones, sin exceptuar a los checos o los servios, poseedora
de una tradición histórica nacional que viva en la entraña del pue
blo y vaya más allá de las más reducidas luchas locales.
El paneslavismo tuvo su época en los siglos vm y ix, en que los
sudeslavos eran todavía dueños de toda Hungría y Austria y ame
nazaban a Bizancio. Y si entonces no pudieron hacer frente a la inva
sión alemana y magiar, conquistar su independencia y formar un
reino estable, aprovechándose además del hecho de que sus dos
grandes enemigos, los magiares y los alemanes, se desgarraban
mutuamente, ¿cómo pueden pretender lograrlo ahora, a la vuelta
de mil años de sojuzgamiento y desnacionalización?
No hay en Europa ningún país que no conserve, en cualquiera
de sus rincones, uno o varios vestigios de pueblos, restos de viejas
poblaciones desplazadas y sojuzgadas por la nación llamada a ser,
con el tiempo, la portadora del desarrollo histórico. Estos restos de
naciones implacablemente pisoteadas, como dice Hegel, por la mar
cha de la historia, estos desechos de pueblos, se convierten a cada
paso, y lo seguirán siendo hasta su total exterminio o desnacionali
zación, fanáticos agentes de la contrarrevolución, pues toda su exis
tencia es ya, en general, una protesta en contra de cualquier gran
revolución histórica.
Así acontece, en Escocia, con los gaélicos, puntales de los Estuardos de 1640 a 1745.

Así, en Francia, con los bretones, puntales de los Borbones de
1792 a 1800.
Así, en España, con los vascos, puntales del rey don Carlos.
Así, en Austria, con los sudeslavos paneslavistas, que no son otra
cosa que el despojo nacional de un proceso milenario extraordina
riamente confuso. Y es lo más natural del mundo el que este de
secho nacional, a su vez extraordinariamente confuso, sólo vea su
salvación en la inversión de todo el movimiento europeo, que, tal
como él lo ve, no debiera marchar de Oeste a Este, sino de Este a
Oeste, ya que el que el arma de liberación y el nexo de la unidad
sea, para él, el látigo ruso, es lo más natural del mundo,
Por tanto, los sudeslavos habían acusado claramente su carácter
reaccionario ya antes de 1848. El año 1848 no hizo más que poner
de manifiesto sin recato esa idiosincrasia.
Cuando estalló la revolución de Febrero, ¿quiénes hicieron la
revolución austriaca? ¿Viena o Praga? ¿Budapest o Zagreb? ¿Los ale
manes y los magiares, o los eslavos?
Es cierto que existía entre los sudeslavos más cultos un peque
ño partido democrático, que, aun no resignándose a perder su
nacionalidad, quería ponerla al servicio de la libertad. Pero esta ilu
sión, que logró conquistar también simpatías entre las democra
cias de la Europa Occidental —simpatías perfectamente legítimas,
mientras los demócratas eslavos luchaban junto a los demás contra
el enemigo común— , esta ilusión, decimos, se vino a tierra con el
bombardeo de Praga. A partir de este momento, todos los pueblos
sudeslavos, siguiendo los pasos de los croatas, se pusieron a dispo
sición de la reacción austriaca. Y todos los jefes del movimiento
sudeslavo que siguen hablando todavía hoy con lenguaje de fábula,
de la igualdad de derechos de las naciones, de una Austria demo
crática, etc., o son fanáticos empedernidos, como lo son por ejem
plo algunos periodistas, o unos canallas, como Jellachich. Sus ase
veraciones democráticas no tienen más valor que las aseveraciones
democráticas de la contrarrevolución oficial austriaca. En la prácti
ca, la restauración de la nacionalidad sudeslava comienza por las

más furiosas brutalidades contra la revolución austriaca y magiar,
con el primer gran tributo amoroso rendido al zar de Rusia.
La camarilla austriaca, fuera de la alta nobleza, la burocracia y
la soldadesca, no encontró más apoyo que en los eslavos. Los esla
vos decidieron la caída de Italia, los eslavos tomaron por asalto a
Viena, y son también ellos los que ahora se lanzan por todas partes
contra los magiares. Y a su cabeza, como portavoces, los checos diri
gidos por Palacky y, como portaespadas, los croatas mandados por
Jellachich.
Así se agradece el hecho de que, en junio, la prensa democrática
alemana mostrase en todas partes sus simpatías por los demócratas
checos, cuando éstos eran abatidos a cañonazos por Windischgrátz,
ese mismo Windischgrátz a quien ahora aclaman como a su héroe.
Resumiendo: en Austria, prescindiendo de Polonia y de Italia,
son los alemanes y los magiares quienes, en 1848, como desde hace
mil años, han asumido la iniciativa histórica. Son ellos quienes
representan aquí la revolución.
Los sudeslavos, desde hace mil años llevados a remolque de los
alemanes y los magiares, sólo se han levantado en 1848 al grito de
su independencia nacional, para sofocar con ello, al mismo tiem
po, la revolución de los alemanes y los magiares. Los sudeslavos
representan aquí la contrarrevolución. Y a ellos se suman dos nacio
nes también desde hace largos años postradas y carentes de toda
capacidad de acción histórica: los sajones y los rumanos de la Transilvania.
La casa de Habsburgo, cuyo reinado nació de la unión de los
alemanes y los magiares en lucha contra los sudeslavos, logra alar
gar ahora, en los últimos momentos, su existencia gracias a la unión
de los sudeslavos en lucha contra los alemanes y los magiares.
Tal es el lado político de la cuestión. Veamos ahora el lado militar.
El territorio poblado exclusivamente por magiares no llega ni a
la tercera parte de toda Hungría y Transilvania. Desde Presburgo, al
norte del Danubio, y el Theiss, hasta la cordillera de los Cárpatos,
vemos aquellas tierras pobladas por varios millones de eslovacos y

algunos rutenos. En el Sur, entre el Save, el Danubio y el Drave, la
población se halla formada por croatas y eslavones; más al Este, a
lo largo del Danubio, nos encontramos con una colonia servia de
más de medio millón de individuos. Estas dos fajas eslavas apare
cen entrelazadas por los valacos y los sajones de la Transilvania.
Los magiares se ven, pues, rodeados de enemigos naturales por
tres lados. Los eslovacos, que dominan los desfiladeros de las mon
tañas, serían enemigos peligrosos gracias al terreno en que viven,
excelente para la lucha de guerrillas, si fuesen menos apáticos.
Tal como están las cosas, los magiares, por la parte Norte, no
pueden hacer otra cosa que resistir a los ataques de los ejércitos
procedentes de Galizia y Moravia. En cambio, por el Este, los ruma
nos y los sajones se han unido en masa al cuerpo del ejército aus
tríaco allí apostado. Su posición es magnífica, en parte por el carác
ter montañoso de la región y en parte porque tienen en su poder la
mayoría de las ciudades y fortalezas.
Por último, en el Sur, los siervos del Banato, apoyados por los
colonos alemanes, por los valacos y por otro cuerpo de tropas aus
tríacas, se hallan cubiertos por los inmensos pantanos de Alibunar
y son casi inexpugnables.
Los croatas están defendidos por el Drave y el Danubio y, tenien
do como tienen a su disposición un fuerte ejército austriaco con
todos sus recursos auxiliares, avanzaron ya antes de octubre por el
territorio magiar y, actualmente, mantienen con poco empeño su
línea defensiva en el bajo Drave.
Por el cuarto lado, por Austria, avanzan ahora en columna
cerrada Windischgrátz y Jellachich. Los magiares están cercados
por todas partes, y el enemigo posee una superioridad enorme de
fuerzas.
La lucha recuerda la librada contra Francia en 1793. Con la dife
rencia de que el territorio magiar, muy poco poblado y sólo a
medias civilizado, no dispone ni con mucho de los recursos de que
entonces disponía la República francesa.
Las armas y municiones de fabricación húngara tienen que ser,

por fuerza, de muy mala calidad; y es imposible que se fabriquen
con la rapidez necesaria los aprestos indispensables, principalmen
te la artillería. Las dimensiones del país son bastante más reducidas
que las de Francia, lo que hace que cada pulgada de terreno perdi
do represente una pérdida mucho más grande. Lo único que tienen
los magiares es su entusiasmo revolucionario, su valentía y la rápi
da y enérgica organización que ha podido darles Kossuth.
Pero esto no quiere decir, ni mucho menos, que Austria haya
vencido ya.
Si no derrotamos a los imperiales en el Leitha, los derrotaremos en el
Raab; si no es aquí, será en Pest; si no. es en Pest, en el Theiss, pero en todo
caso los derrotaremos.412
Así lo ha dicho Kossuth, y hace cuanto está en sus manos para
cumplir lo prometido.
Aunque cayera Budapest, los magiares seguirían conservando la
gran planicie de la baja Hungría, terreno que ni pintado para una
guerra de guerrillas con caballería y que brinda entre los pantanos
numerosos puntos casi inexpugnables, donde podrán hacerse fuer
tes los magiares. Y los magiares, casi todos excelentes jinetes, po
seen las cualidades necesarias para hacer esta clase de guerra. No
sabemos cómo podrían sostenerse sus tropas, si el ejército imperial
se atreviera a aventurarse en estas desoladas regiones, donde se vería
obligado a transportar todas sus provisiones desde Galizia a Aus
tria, pues no encontraría nada, absolutamente nada sobre el terre
no. Actuando en unidades cerradas, nada conseguiría, y si se dis
gregara en pequeños destacamentos, estaría perdido. Su pesadez lo
entregaría irremisiblemente en manos de los veloces escuadrones
de la caballería magiar, incluso sin posibilidad de persecución, en
lugares en que ésta tendría necesariamente que derrotarlo; y cada
imperial perdido, aislado de su tropa, encontraría un enemigo morCita tomada del discurso de Kossuth en la sesión del Parlamento húngaro, del 9 de
noviembre de 1848, publicado en el diario Kózlóny, el 11 de noviembre de ese mismo año.

tal en cada campesino y en cada pastor. La guerra en estas estepas
se asemeja a la guerra argelina, y el pesado ejército austríaco nece
sitaría años para llevarla a término. Si logran sostenerse aunque
sólo sea un par de meses, los magiares se habrán salvado.
La causa de los magiares dista mucho de estar perdida, como el
entusiasmo negro-amarillo413 a sueldo trata de hacer creer. Aún no
han sido vencidos. Pero si cayeran, caerían gloriosamente, como los
últimos héroes de la revolución de 1848, y sólo por poco tiempo. Si
eso ocurriera, la contrarrevolución eslava anegaría en un instante
la monarquía austríaca, y la camarilla se daría cuenta de la clase de
aliados que tiene. Pero la primera insurrección victoriosa del prole
tariado francés, que Luis Napoleón procura con todo empeño des
encadenar, llevará a la libertad a los alemanes austríacos y a los
magiares, y se vengará sangrientamente de los bárbaros eslavos. La
guerra general que entonces estallará hará saltar la Confederación
de los eslavos y aniquilará a todas estas pequeñas y testarudas nacio
nes, sin que de ellas quede ni siquiera el nombre.
La próxima guerra mundial no barrerá solamente con las clases
y dinastías reaccionarias; hará también desaparecer de la faz de la
tierra a todos los pueblos reaccionarios. Y también esto será un pro
greso.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 194,13 deenero de 1849]
413 Con los colores negro-amarillo se hace alusión a la bandera nacional austríaca.