Posen, 22 de junio. ¿Quién no recuerda los terribles lamentos de los «hermanos alemanes» en el Gran Ducado de Posen, cuando allí cesó por un momento la vieja administración prusiana? ¿Quién no ha leído los desgarradores llamamientos a toda la nación alemana, con los que esos «pocos nobles que quedaron» de las pretendidas matanzas polacas embaucaron durante un tiempo al público? ¡Qué simpatías supieron suscitar por los oprimidos alemanes de Posen, qué odio contra los pérfidos y sanguinarios polacos!

Han alcanzado su objetivo. Shrapnells, piedra infernal y golpes de garrote han restablecido la vieja situación con potencia redoblada. Y apenas estos valientes se han deshecho de los polacos mediante 40.000 hombres, se les hincha la cresta a los que ayer eran tan pusilánimes, y ya no saben qué hacer de puro engreimiento. ¡Tienen que demostrar su agradecimiento a sus «hermanos alemanes»! ¿Y cómo podrían hacerlo mejor que introduciendo en todas partes la misma situación que ahora regocija al país de Posen?

Óigase: «El comisario de justicia Ahlemann, de Samter, llama en el suplemento del *Deutsche Posener Zeitung* de hoy a una expedición sobre Berlín para sofocar combatiendo las intentonas insurreccionales que allí se han manifestado. Toda la redacción del llamamiento evidencia que el propósito es reunir hombres armados y hacer uso de las armas en Berlín según las circunstancias.»

Las palabras anteriores no proceden de un artículo periodístico reprobable, mentiroso o malicioso; están tomadas de un anuncio oficial de la presidencia superior de Posen, son oficiales.

Y ahora mira, honrado ciudadano alemán, tú que te alegras de que la revolución berlinesa te haya liberado del despotismo de los consejeros gubernativos y los comisarios de policía... ¡mira, esos son los «hermanos alemanes» por cuya causa has empujado a los polacos a los brazos de los rusos! Los has salvado, y en agradecimiento marchan a Berlín para sofocar la revolución; ¡creíste salvar a alemanes y eran... pomeranos!

Por lo demás, se entiende que la presidencia superior prohíbe rigurosamente la expedición e incluso hace abrir una investigación judicial contra sus instigadores. Ya el 26 debía salir el cuerpo hacia Berlín. Pero, ¿para qué enviar a estos valientes luchadores a su perdición? Se los desautoriza públicamente para retenerlos, ¡hasta que puedan marchar sobre Berlín junto con los rusos!

Como continuación del artículo anterior, damos algunos extractos de la proclama del señor Ahlemann sobre la proyectada expedición a Berlín:

«...Las infamias, los crímenes, los desenfrenos de las hordas más abominables, que desde hace meses, bajo la guía de dementes héroes de la libertad, mancillan nuestra capital, Berlín, han cargado sobre ella de nuevo, el 14 de este mes, una ignominia imborrable. ... La sagrada persona de nuestro rey está en peligro; la patria está en peligro, pues los representantes del pueblo están privados de libertad, de independencia, su persona está amenazada. ¡En pie, hermanos míos de todas las provincias, antes de que sea demasiado tarde y nuestra amada patria quede cargada con un crimen para cuya monstruosidad nuestra lengua no tiene palabras! ¡En pie! ¡A Berlín! Dejad mujeres e hijos... ¡En pie! ¡A Berlín sin vacilar! Si nuestros hermanos de la capital no pueden lavar la ignominia, si no pueden exterminar a las hordas, nosotros, los fieles prusianos de las provincias, les demostraremos que es poca cosa domeñar a los malvados que, cargados de maldición, no cesan de difundir maldición. Miles y miles de todas las provincias nos encontraremos en todos los caminos y, unidos a ellos, libraremos un glorioso combate para proteger a nuestro rey... y procuraremos a nuestros representantes la libertad necesaria para la culminación de su altísima obra. — El 26 de este mes salimos de Samter y alrededores de aquí.»

Frankfurt, 23 de junio. Nuestra república de pacotilla se vio anoche sobresaltada en su tranquilidad por un criminal atentado. Se trataba nada menos que de ofrecer al «noble Gagern», quien, como todos sus correligionarios burgués-liberales, se ha desgastado con maravillosa rapidez, una de esas serenatas irreverentes en las que los golfillos suelen desempeñar el papel de Almaviva con botellas y pucheros viejos. Sin embargo, apenas había comenzado la cosa, cuando ya avanzaban en grandioso despliegue tropas de línea y guardias cívicas (ya conocen ustedes el aspecto marcial de estos últimos por las hojas volantes de Múnich), para salvar con sus armas la paz amenazada. El espíritu de la raza cristiano-germánica de Posen animaba a los valientes. El pueblo indefenso fue dispersado a culatazos; un obrero recibió una bayonetazo en la nuca y 17 de los cantores fueron encarcelados. Un ciudadano fue arrestado por haberse atrevido a lanzar un «¡viva la república!», un grito que, naturalmente, en Frankfurt sólo puede considerarse como una insolente burla. Hasta bien entrada la noche permanecieron acordonadas todas las calles adyacentes. — Como hecho singular cabe señalar que esta vez el «noble Gagern» no dirigió ningún discurso al pueblo.