Traslado de tropas

Berlín, 29 de mayo. El partido democrático es ahora decididamente predominante en la guardia cívica. El gobierno pretende ahora cometer un nuevo golpe de Estado e intentar el desarme de la compañía de artesanos, bajo el pretexto de que su instrucción es irregular. Se comprende de suyo que este intento fracasará por completo.
(A. D. Z.) *Berlín, 31 de mayo. Según un artículo de la Pr. St. A., el arsenal de Berlín constituye el depósito central de armas para todo el país; los envíos de armas a las plazas de armas de las provincias no pueden, pues, “en tanto que medidas puramente administrativas del ministerio de la Guerra, provocar con fundamento (!) una particular atención”. Las disposiciones adoptadas para la seguridad del arsenal no se han modificado en modo alguno respecto de antes. — ¡Naturalmente! Si el ministerio retira todas las armas del arsenal y las entrega a los campesinos reaccionarios de Ucker y de otras Marcas y a los filisteos, ¡eso no puede “en tanto que medida puramente administrativa provocar con fundamento una particular atención”!
*Osnabrück, 1 de junio. Contra el patriotismo separatista de Stüve se han pronunciado ya numerosas exposiciones; los “valerosos habitantes de la costa” no parecen ser tan reacios a una unión más estrecha con el resto de Alemania como el señor Stüve les atribuye. Para hoy se ha convocado desde las asambleas populares de Hoya y Verden una gran asamblea de todo el país en Eistrup, la cual probablemente se pronunciará también contra la separación. En el propio Hannover, la indignación popular contra los afanes reaccionarios de Stüve se ha hecho valer mediante demostraciones ruidosas y el quebrantamiento de ventanas. También el primer ministro, el conde Bennigsen, y el director municipal Evers recibieron su parte. Sólo fue un singular infortunio que afanes aún más reaccionarios que los del ministerio tuvieran que dar el motivo. Nuestro reglamento industrial, creado el año pasado, perturba en efecto en cierta medida las relaciones gremiales, en particular mediante la disposición contenida en el § 222, según la cual “los gremios de artesanos existentes en el lugar no pueden impedir a los miembros del gremio de comerciantes que comercien también con aquellos artículos para cuya fabricación estarían aquéllos exclusivamente facultados”. En una nueva deliberación de la segunda cámara se había acordado mantener este parágrafo, mientras que otro, según el cual los artesanos pueden proveer su tienda también con mercancías compradas de su oficio, debía ser derogado. Pero los artesanos quieren la suspensión de todo el reglamento industrial y el restablecimiento completo de la protección que les otorgaba la antigua ordenanza gremial. Una diputación debía exponer sus deseos al ministro Stüve; éste tuvo que acompañarla al primer ministro, donde entonces, a través de la multitud prontamente congregada, comenzó la ejecución del espectáculo arriba mencionado. Mediante el aseguramiento de la cámara de que restablecería las antiguas relaciones gremiales con la mayor extensión posible, los artesanos parecen haberse tranquilizado, mas no así el pueblo, que demanda cosas muy distintas. Los partidarios de Stüve, cuyo número sigue siendo aquí todavía bastante grande, se esfuerzan vanamente en despojar a esta demostración de su significado, presentándola como puramente gremial; pero no muchos se dejan engañar por ello; contra un ministro popular no se subleva tan fácilmente el pueblo; los apetitos medievales de los hidalgüelos rurales hannoverianos no habrían hallado un apoyo tan general contra el liberal Stüve. Incluso en la cámara el ministerio ha sufrido una derrota, aunque sólo pasajera. Pese a la resistencia de los ministros Stüve, Braun y Lehzen, la moción Hantelmann sobre la igualdad de todas las confesiones fue aprobada por 35 votos contra 26, es decir, con una mayoría relativa de 9 votos, mientras que la mayoría absoluta exige 41 votos. Se pregunta, pues, si en las dos próximas votaciones se sumarán a la actual mayoría seis de los 19 votos faltantes. De una limitación verdaderamente clásica es testimonio la declaración de Stüve de que “mediante la aceptación de la moción Hantelmann se allana el camino para que la brutalidad americana ocupe el lugar de la cultura alemana”. Según se dice, Stüve y Bennigsen tienen la intención de presentar la dimisión de sus carteras; en ese caso, un ministerio Hantelmann gozaría de la mayor probabilidad. Nuestra nobleza comienza ya de nuevo a henchirse poderosamente; ya le parece demasiado la nueva composición de la primera cámara; también ella espera la caída del ministerio, pero ya no tiene suficiente fuerza vital para crear uno nuevo salido de su propio seno. Nuestro pequeño burgués empieza poco a poco a sentirse, y por mucho que clame por tranquilidad y orden a cualquier precio, el intento de un nuevo dominio nobiliario bien pronto podría colmarlo de nuevo de apetitos revolucionarios. Cree ya asegurado su dominio y quisiera descansar sobre los fáciles laureles conquistados; en vano suspira por esa dicha. La cámara nobiliaria, empero, se derribará tanto más fácilmente a sí misma cuanto más audaces sean los esfuerzos que haga para salvaguardar sus derechos, y arrastrará en su caída a todo el sistema bicameral, a pesar de que la segunda cámara, ya en su tercera votación, lo ha hecho suyo.
*Múnich, 30 de mayo. Las labores de las cámaras están concluidas; la ley feudal, la ley de redención de cargas, la ley sobre las bases de la futura legislación y la ley de caza han sido finalmente “concertadas” entre las dos cámaras y los ministros. La importancia que estas leyes tendrán para el futuro de Baviera se desprende de la siguiente frase de la A. A. Z.: “La ley sobre las bases de la futura legislación se concertó por cuanto los consejeros del reino —contra los votos del conde C. Seinsheim y del barón von Aretin— accedieron a la abolición del privilegio del sello como prerrogativa con la entrada en vigor de las esperadas leyes de notariado y de prensa”. — Los efectos del tan cacareado “derecho de ciudadanía alemana” se manifiestan cada vez con mayor nitidez. En Múnich, por ejemplo, los zapateros han suspendido el trabajo y reclaman un salario más alto. De inmediato, un bando pegado en los muros, fechado el 28 del corriente y procedente de la real dirección de policía, amenaza a todos los oficiales zapateros que hasta mañana por la mañana no acrediten trabajo con un maestro o no recojan sus libretas de viaje en la policía, con la expulsión administrativa de esta ciudad y la conducción forzosa a su lugar de origen. ¡Naturalmente! Los zapateros sólo pueden haber sido excitados por ocultos agitadores (dice la Augsburgo A. Z.) que envidian la tranquilidad a la ciudad. Insisten en el aumento del salario, celebran asambleas y hasta ostentan su descontento por las calles. Sin embargo, las autoridades intervienen enérgicamente, y con la ayuda de los cazadores aquí acantonados, entre ayer y hoy han sido prendidos 160 de esos espíritus inquietos, y en gran parte han sido ya expedidos mediante conducción a sus respectivos lugares de origen. ¡Insisten en el aumento del salario —horrible! ¡celebran asambleas— espantoso! ¡sí, hasta ostentan su descontento por las calles! ¡Qué crímenes en la “libre” Baviera, donde el privilegio del sello ya no es prerrogativa!
*Viena, 30 de mayo. El ministerio ha emitido una “Proclama a los habitantes de la residencia”, en la que intenta dar explicaciones sobre sus actos e intenciones y defenderse, en particular, contra la acusación de falta de plan. En los vieneses no producirá la menor impresión este escrito penosamente compuesto, en el que tanto se echa de menos la vieja habilidad metternichiana; parece también estar calculado exclusivamente para las provincias, a fin de salvar aquí al menos las apariencias y de encubrir con frases doctrinarias la persistencia del ministerio, que después de los últimos acontecimientos sería una imposibilidad total si los vieneses, bonachonamente, no tuviesen paciencia hasta el nombramiento de uno nuevo. — La constitución del 25 de abril es presentada como el “programa”, como la “profesión de fe” del ministerio. “Los movimientos de mayo —se dice luego— han mostrado que aquí no concuerdan los deseos sobre todas las determinaciones de la constitución. Pero ninguna de sus bases fue atacada. El carácter de la constitución como documento consumado fue impugnado; contra la idoneidad del dispositivo electoral en algunas de sus determinaciones se alzaron dudas; contra la primera cámara en su composición se hicieron valer reclamaciones. Esas reclamaciones y aquellas dudas fueron allanadas (sic); la primera Dieta imperial fue reconocida como constituyente.” ¡Así que una constitución no es atacada en ninguna de sus bases cuando se alzan tales “reclamaciones y dudas”, cuando toda su base, la plenitud del poder imperial, de la que brotaba su promulgación, ha sido derribada! ¡No constituye una diferencia esencial si una constitución es otorgada por la gracia de Dios, concertada con el pueblo o surgida puramente de la voluntad popular! — El ministerio reconoce, por tanto, en la victoria del principio democrático sólo “un camino más largo” para “llegar a las leyes orgánicas que han de complementar la constitución, al ordenamiento de la hacienda interna de la monarquía, a aquellas instituciones y disposiciones que deben consolidar la confianza y fomentar el bienestar material”. Es el viejo ardid de contraponer frases filantrópicas a las reformas políticas. Entretanto, el ministerio promete cumplir también “lealmente el camino más largo” (sic), porque fue reconocido como “el más excelente”. Luego vienen protestas de lealtad. Asevera haberse atenido estrictamente a la constitución, y que sólo una “medida administrativa” chocó con “violenta resistencia”. “Ellos (los ministros) han respondido por la única vía constitucional, mediante la dimisión de sus cargos; la voluntad del monarca los ha mantenido en esos cargos hasta el nombramiento de sus sucesores, y las declaraciones de las más distinguidas corporaciones de la residencia se han adherido a esta voluntad.” Se ve que la voluntad imperial ya no es determinante: necesita la sanción de la población vienesa. Por eso los ministros se dirigen también a ésta y apelan a su confianza, porque “¡han aspirado a garantizar ‒ a la monarquía fuerza y respeto hacia el exterior, orden, libertad y seguridad en el interior, confianza, adquisición y fomento de todos los intereses conducentes al bienestar!”. Sí, esos afanes de garantía habrían conseguido incluso que “¡el ciudadano, al igual que el campesino, posea ya en todas las partes del imperio libertades y alivios como los que disfrutan los países más felices de esta parte del mundo!”. Esta audaz afirmación queda luego mitigada por la confesión de que “muchas cosas podrían acelerarse, ponerse mano con mayor rapidez a las reformas necesarias, desarrollarse una marcha más decidida del gobierno hacia todas las partes del imperio”. Pero para eso se requiere, a su vez, confianza, y por eso declaran los señores ministros: “no conocen reacción alguna que se afane en paralizar su marcha o que sea capaz de retirar lo concedido por el monarca”. La reacción parece, pues, existir sólo en el recuerdo, y si en Viena se ha colgado en efigie a Montecuculi y Bombelles, eso no tiene significado alguno para el futuro.
Veía claramente cómo los ceros de la cuenta de capital avanzaban en líneas ordenadas por un lado, y cómo, por el otro, las cifras de todas las pequeñas partidas contables se precipitaban al combate en masas ciertamente desordenadas pero tanto más feroces. Algunas columnas de rojas cifras de interés, que guardaban el parecido más sorprendente con la infantería republicana del extranjero, hacían aparecer su frente aún más espantable y contribuían no poco a que la sangre real de los ceros se helara de terror. Sólo el príncipe comandante, un cero de la más pura cepa, el ídolo de la soldadesca legitimista, tenía su espantoso corazón en el sitio debido; se había calzado dos grandes espuelas históricas de caballero en los tacones de sus altísimas botas; en el puño real blandía una mellada, antiquísima espada de la época dorada del absolutismo. Aunque de ordinario cabalgaba sobre un corcel constitucional inglés, hoy montaba un vigoroso rocín patriótico. Atusándose el mostacho, dio la voz de «¡Adelante!» en aquel infame acento principesco; la guardia sopló en sus chirimías la horrenda canción: «Amor, amor es mi vida, amor me es necesario», y la hueste de los ceros ondeaba incontenible hacia sus enemigos. Éstos, armados con horcas burguesas, con modernos bloques de basalto y con barras de hierro sumamente inquietantes, se colocaron también en filas. Tiernas mujeres se disponían a ungir por segunda vez desde los tejados a los reales ceros con aceite de nabo, ciertamente calentado, pero no por eso menos ambrosíaco, mientras los niños esparcían, no rosas y aurículas, sino cascos de auténtico cristal al encuentro del enemigo que avanzaba. Hasta los perros más despreciados del pueblo y los gatos más enamorados de marzo parecían querer poner hoy fuera de toda duda su bravura, y alzaban, como respuesta a la música de jenízaros de la guardia real, aquellos aullidos y bufidos nacionales capaces de ablandar las piedras, de enfurecer a los hombres. Mientras ambos partidos, apenas separados aún por la distancia de un involuntario respeto recíproco y por algunas barricadas levantadas en el más puro estilo gótico, procuraban acercarse, de la frente del soñador rodaban gotas ardientes y pesadas hasta el pechero de su camisa de pureza inmaculada.
El señor Preiß no reconocía, en efecto, la significación histórico-universal de su sueño. En la rebelión de las cifras contra los ceros de su cuenta de capital veía única y exclusivamente un peligro para sus intereses comerciales. De buena gana habría cerrado de golpe el fatídico libro mayor para sofocar de ese modo a ambos partidos en la cuna de su disputa. Cuanto más se aproximaba el estallido de las hostilidades, tanto más lo embargaban apetitos reaccionarios. ¡Al fin y al cabo, tú con tu buen dinero vas a tener que pagar los costes de esta subversión, ciertamente muy interesante, pero condenable...!, pensaba, y pregunto a cualquier imparcial si el digno comerciante no tenía la mayor razón para deshacerse en un muy benéfico sudor.
El estertor de su angustia onírica habría de acrecentarse todavía más cuando, por fin, las primeras culebrinas reales cayeron con incomprensible desvergüenza sobre las cabezas de las audaces cifras revolucionarias, y al instante fueron contestadas por una tal lluvia de meteoros pétreos que dos ceros reales, lanzando lamentos, pasaron a mejor vida. La lucha estaba ya entablada y, con espanto, advirtió el soñante cómo al ataque de los ceros sucedía un furor de las cifras cada vez más salvajemente enardecido. Los sables de los insurgentes, las balas de sus escopetas de caza y los adoquines que goteaban de todos los tejados aniquilaban columnas enteras de su cuenta de capital. A esto se añadía el tañido de las campanas de alarma, tan horrísono como el retintín de los ducados falsos; sentía como si tuviera siete cargamentos de café sin asegurar en el mar, en medio de una borrasca equinoccial; su noble corazón de comerciante latía como el despertador de un reloj de la Selva Negra, y con cada cero que descendía hacia la Estigia, una nueva gota de angustioso sudor rodaba por su frente olímpica.
Todo esto lo soportaba aún el alma del atormentado; con verdadero heroísmo veía el sublime sufridor cómo los miles se convertían en decenas o en unidades por la caída de dos o tres ceros; mas cuando, por fin, a los guijarros, a las balas de fusil, a las tejas y a los cascos de botellas de cerveza siguió incluso el tizón de fuego, cuando se intentó prender fuego a todo el libro mayor con todos los ceros imperiales, reales, condales y similares: entonces se incorporó con un grito de desesperación, el gorro de dormir de algodón se desprendió de su cráneo y, apartando las mantas y saltando al mismo tiempo de la cama con ambas piernas calzadas en los pantalones, empuñó como enloquecido una de las pistolas turcas de la mesilla de noche; a diestra y siniestra cayeron candelabros y fósforos de azufre, zapatillas y orinal; la pistola detonó de súbito y el dormitorio retumbó hasta su último agujero de ratón.
El tenedor de libros Lenz, que precisamente pensaba despertar a su señor y que, con espanto horripilante por temer que éste se hubiese causado impíamente algún daño, irrumpió en el cuarto, encontró al digno principal sonriendo beatíficamente junto a la ventana. El señor Preiß vio que había soñado y con curiosidad dirigió la mirada hacia la inmediata torre de la iglesia, desde cuyo vértice flameaba alegre, al viento matutino, la bandera negra, roja y dorada.