Karl Marx
* Colonia, 8 de enero. Que el pastor y el cantor, el sacristán y el entonador de fuelles, el barbero y el sereno, el guarda forestal, el sepulturero, etc., nos feliciten el Año Nuevo es una costumbre tan vieja como siempre renovada, que nos deja indiferentes.
Pero el año 1849 no se contenta con lo tradicional. Marcó su entrada con algo inaudito, con una felicitación de Año Nuevo del rey de Prusia.
Se trata de un deseo de Año Nuevo que ha llegado a realizarse, no dirigido al pueblo prusiano, ni tampoco «A mis queridos berlineses», sino «A mi ejército».
Este escrito real de Año Nuevo mira «con orgullo» al ejército, porque se mantuvo fiel «cuando (la) insurrección (de marzo) perturbó el desarrollo pacífico de las instituciones liberales, a las que Yo quería conducir a Mi pueblo con prudencia».
Antes se hablaba de acontecimientos de marzo, de «malentendidos» y cosas semejantes. Ahora ya no se necesita envoltura: los «malentendidos» de marzo se nos arrojan al rostro como «insurrección».
De la felicitación real de Año Nuevo nos sale al encuentro el mismo espíritu que de las columnas de la Cruzada. Como aquélla habla de «insurrección», ésta habla de los ignominiosos «criminales de marzo», de la chusma criminal que en marzo interrumpió la tranquilidad de la vida palaciega berlinesa.
Si preguntamos por qué la «insurrección» de marzo es tan sumamente indignante, la respuesta dice: «porque perturbó el desarrollo pacífico de las instituciones liberales (!!)», etc. –
Si no durmierais en el Friedrichshain, vosotros, insurrectos de marzo, ahora tendríais que ser agraciados con «pólvora y plomo» o con presidio perpetuo. ¡En vuestra perfidia habéis perturbado «el desarrollo pacífico de las instituciones liberales»! ¿Hace falta acaso

Una felicitación de Año Nuevo
recordar aquel desarrollo prusiano-real de las «instituciones liberales», el desarrollo más liberal del despilfarro de dinero, la expansión «pacífica» de la mojigatería y del jesuitismo prusiano-real, el desarrollo pacífico del policialismo y del cuartelismo, del espionaje, del engaño, de la hipocresía, de la arrogancia y, por último, del más asqueroso embrutecimiento del pueblo junto a la más desvergonzada corrupción en las llamadas clases superiores? Hace falta ese recuerdo tanto menos cuanto que no tenemos más que mirar a nuestro alrededor, que tender las manos, para ver aquel «desarrollo perturbado» de nuevo en plena floración y recrearnos con la duplicada imposición de las mentadas «instituciones liberales».
«Mi ejército —continúa el escrito real de felicitación— ha acreditado su antigua gloria y cosechado nueva.»
¡Y bien! Ha cosechado tanta gloria que, a lo sumo, los croatas podrían reivindicar una mayor.
Pero ¿dónde y cómo cosechada? Primero: «adornó sus banderas con nuevos laureles cuando Alemania necesitó de Nuestras armas en Schleswig».
La nota prusiana dirigida por el mayor Wildenbruch al gobierno danés es la base sobre la que se erigió la nueva gloria prusiana. Toda la conducción de la guerra encajaba excelentemente con aquella nota, que aseguraba al señor primo danés: que el gobierno prusiano no hablaba en serio, que solo echaba un cebo a los republicanos y arrojaba arena a los ojos de los demás, a fin de ganar tiempo. Y ganando tiempo, todo ganado. Más tarde se entenderían con toda fidelidad.
El señor Wrangel, sobre quien la opinión pública fue desorientada durante largo tiempo, el señor Wrangel abandonó Schleswig-Holstein en secreto, como un ladrón en la noche. Viajó de paisano para no ser reconocido. En Hamburgo, todos los hosteleros declararon que no podían alojarlo. Sus casas, con ventanas y puertas, las preferían con mucho antes que los laureles del ejército prusiano, despreciados por el pueblo pero encarnados en ese glorioso señor. No olvidemos tampoco que el único éxito en esta campaña de marchas y contramarchas inútiles y sin sentido, que recordaba por completo el procedimiento de los antiguos tribunales del Imperio (véanse nuestros números de aquella época), fue un error estratégico.
Lo único sorprendente en esta campaña es la indecible audacia de los daneses, que se burlaron a capricho del ejército prusiano y aislaron por completo a Prusia del mercado mundial.
Para completar la gloria prusiana, por este lado, pertenecen además las negociaciones de paz con Dinamarca y el armisticio de Malmö resultante de ellas.
Si el emperador romano, oliendo una moneda que había ingresado por el impuesto a la orina, pudo decir: «non olet» (no huele), en cambio, sobre los laureles prusianos cosechados en Schleswig-Holstein campea, con caracteres indelebles: «¡Olet!» (¡Hiede!)
Segundo: «Mi ejército superó victoriosamente penalidades y peligros cuando hubo que combatir la insurrección en el Gran Ducado de Posnania».
¿Qué hay de las «victoriosas penalidades»? Son las siguientes: Prusia explotó, en primer lugar, la magnánima ilusión de los polacos, alimentada desde Berlín con palabras suaves, que veían en los «pomeranios» hermanos de armas alemanes contra Rusia, por lo cual disolvieron tranquilamente su ejército, dejaron entrar a los pomeranios y solo volvieron a reunir los cuadros dispersos cuando los prusianos, sin resistencia, los brutalizaron de la manera más infame. ¡Y ahora las hazañas prusianas! No durante la guerra, sino después de ella tienen lugar las hazañas del «glorioso» ejército prusiano. Cuando Mierosławski fue presentado al vencedor de junio, la primera pregunta de Cavaignac fue: ¿cómo se las arreglaron los prusianos para ser derrotados en Milosław? (Podemos demostrarlo por testigos presenciales.) 3.000 polacos, apenas armados con guadañas y picas, derrotan dos veces y obligan dos veces a retirarse a 20.000 prusianos bien organizados y abundantemente provistos de artillería. La caballería prusiana, en fuga salvaje, arrolló a la infantería prusiana. La insurrección polaca afirma Milosław, después de haber sacado a la contrarrevolución dos veces de la ciudad. Más vergonzosa aún que la derrota de los prusianos en Milosław fue su victoria final en Wreschen, preparada por una derrota. Cuando un adversario desarmado pero hercúleo se enfrenta a un cobarde armado con pistolas, el cobarde huye y dispara las pistolas desde una distancia prudencial. Así hicieron los prusianos en Wreschen. Huyeron hasta una distancia desde la cual podían disparar metralla, granadas cargadas con 150 balas y shrapnels contra picas y guadañas, que, como se sabe, no alcanzan de lejos. Los shrapnels antes solo los empleaban los ingleses contra semisalvajes de las Indias Orientales. Solo los valerosos prusianos, en su fanático temor al valor polaco y sintiendo su propia debilidad, aplicaron los shrapnels contra los llamados conciudadanos. Naturalmente, tuvieron que buscar un medio para matar a los polacos en masa desde lejos. Los polacos de cerca eran demasiado terribles. Esa fue la gloriosa victoria de Wreschen. Pero, como se ha dicho, las hazañas del ejército prusiano comienzan después de la guerra, como las hazañas de los carceleros después de la sentencia.
De que esta gloria del ejército prusiano perdurará en la historia dan fe los miles de polacos asesinados a traición y por la perfidia negriblanca con shrapnels, balas puntiagudas, etc., y luego apedreados.
De este segundo manojo de laureles del ejército contrarrevolucionario han dado suficiente testimonio los pueblos y ciudades incendiados por los héroes prusianos, los habitantes polacos machacados y masacrados en sus casas a culatazos y bayonetazos, los saqueos y brutalidades prusianas de todo género.
¡Gloria inmortal para esos guerreros prusianos en Posnania, que allanaron el camino por el cual poco después se paseó el esbirro napolitano cuando cañoneó a su fiel capital y la entregó a la soldadesca para un saqueo de veinticuatro horas! ¡Honor y gloria al ejército prusiano de la campaña de Posnania! Pues alumbró a los croatas, sereczanos, ortochanos y demás hordas de Windischgrätz y consortes con un ejemplo que, como demuestran Praga (en junio), Viena, Bratislava, etc., incitó a la más digna imitación.
Y, por último, incluso ese valor de los prusianos frente a los polacos solo tuvo lugar por miedo a los rusos.
«Todas las cosas buenas deben ser tres.» Así que también «Mi ejército» debía cosechar una gloria triple. La oportunidad para ello no se hizo esperar. Pues «su colaboración en el mantenimiento del orden (!) en el sur de Alemania granjeó al nombre prusiano nuevo reconocimiento».
Solo la maldad o el afán de menosprecio podría negar que «Mi ejército» ha prestado los más excelentes servicios de sayón y gendarme a la Dieta federal –que al rebautizarse se modernizó y se hizo llamar Poder central–. Tampoco cabe negar que el nombre prusiano se ha ganado pleno reconocimiento en la aniquilación de vino, carne, sidra, etc., del sur de Alemania. Los hambrientos brandeburgueses, pomeranios, etc., se han cebado un patriótico morral, los sedientos se han reanimado y, en general, todo lo que los hospedadores del sur de Alemania les pusieron delante lo han sabido aniquilar con tan heroico valor, que allí el nombre prusiano encuentra por doquier el reconocimiento más sonoro. Lástima que los boletos de alojamiento todavía no estén pagados: el reconocimiento sería aún más sonoro.
La gloria de «Mi ejército» es en verdad inagotable; sin embargo, no debe pasarse por alto que «donde yo lo llamé, estuvo presto, con plena fidelidad, con plena disciplina» y es igualmente digno de comunicar a la posteridad que «Mi ejército opuso a las abominables calumnias su excelente espíritu y su noble disciplina viril».
¡Qué halagüeña es la felicitación para «Mi ejército», al traerle gratamente a la memoria la «plena disciplina» y la «noble disciplina viril» y con ello, una vez más, sus hazañas en el Gran Ducado, y además los laureles en Maguncia, Schweidnitz, Tréveris, Erfurt, Berlín, Colonia, Düsseldorf, Aquisgrán, Coblenza, Münster, Minden, etc. Pero nosotros, los que no pertenecemos a «Mi ejército», ampliamos con esto nuestros limitados conceptos de súbditos. Abatir a tiros a ancianos y mujeres embarazadas, robar (registrado en actas en las cercanías de Ostrowo), maltratar a ciudadanos pacíficos a golpes de culata y sable, demoler casas, salir de noche con armas ocultas bajo la capa contra gente desarmada, practicar el bandidaje de caminos (recuérdese la aventura cerca de Neuwied); este y parejos heroísmos se llaman en cristiano-germánico: ¡«plena disciplina», «noble disciplina viril»! ¡Viva la disciplina viril y la disciplina, ya que los asesinados bajo esa enseña están muertos de una vez!
Los pocos pasajes que hemos rozado de la felicitación real prusiana de Año Nuevo nos muestran que este escrito, por su significado y por su espíritu, se sitúa al mismo nivel que el manifiesto del duque de Brunswick de 1792.