Las medidas contra los refugiados alemanes …

Friedrich Engels (1848-12-28)

Las tropas de Tesino de regreso – La comuna patricia

** Berna, 24 de diciembre.

Núm. 180, 28 de diciembre de 1848.
Suplemento de la
Neue Rheinische Zeitung.

Las nuevas medidas del Consejo Federal, que tan grandemente reconocidas son por el Reich, consisten no solo en la circular y el viaje de inspección de Steiger, sino especialmente en la expulsión de Suiza de tres refugiados de lo más inofensivos, que han publicado un folleto de lo más inocente, puramente referativo, sobre la última insurrección de Baden; consisten además en la intervención contra la revista “Die Revolution” y la así llamada “Wehrbund hilf Dir”.

El jefe de los cuerpos francos, J. Ph. Becker, de Biel, desde hace un año ciudadano del cantón de Berna, se puso al frente de una asociación militar bajo el nombre antedicho, que debía tener por objeto organizar a todos los francos alemanes presentes en Suiza en una legión alemana. El asunto parece peligroso, pero no lo era en absoluto. La legión solo existía en el papel; de armamento no se hablaba; de instrucción, aún menos. Solo tenía la finalidad de impedir nuevas incursiones precipitadas y carentes de plan de los cuerpos francos, y como todas las incursiones de los cuerpos francos son necesariamente precipitadas y carentes de plan (prueba de ello las dos de Lucerna, las dos de Baden y la del Val d’Intelvi), la “Wehrbund” tenía que conducir a que impidiera todas las incursiones de los cuerpos francos en general. Pero no era eso lo que interesaba ni al gobierno de Baden ni al suizo, y como los jefes de la asociación, por toda suerte de queridas reminiscencias de todo el sistema de asociaciones secretas, así como por un comportamiento más o menos fanfarrón, dieron al gobierno pretexto para intervenir, y como, además, todo el plan cae bajo la ley bernesa sobre los cuerpos francos, se presentó la mejor ocasión para ver aquí una conspiración profunda y preparativos para una nueva invasión a Baden en fecha próxima. A esto se sumó la imprudencia de Becker de anunciar en la portada su semanario, la “Revolution”, como “Órgano de la democrática Wehrbund hilf Dir”. En fin, el Sr. Ochsenbein, que llegó a Biel casual o intencionadamente, provocó la intervención de la fuerza pública. El número de muestra de la “Revolution” fue confiscado, uno de los redactores, Michel, expulsado del cantón, y se practicó un registro domiciliario en casa de Becker. Después se reflexionó. El atentado contra la libertad de prensa era demasiado provocador. El embargo fue levantado de nuevo y la Revolution seguirá apareciendo; sin embargo, la investigación judicial contra Becker ha sido iniciada y, con la Wehrbund hilf Dir, probablemente se habrá acabado. El filisteo del Reich alemán puede volver a dormir tranquilo.

En Tesino, todas las tropas han sido licenciadas. Cuán calumniados han sido los tesineses por los suizos orientales se desprende de la excelente armonía en que el batallón bernés enviado allí vivió con la población. Cierto es, sin embargo, que este batallón comenzó presentándose de modo muy distinto a como lo hicieron los zuriqueses y los appenzelleses. En un banquete ofrecido al cuerpo de oficiales, el coronel bernés Seiler declaró la neutralidad un mal necesario y deseó que llegara el tiempo en que Suiza, libre de esta traba, pudiera luchar junto con los demás pueblos por la libertad. El batallón reunió el sueldo de un día como contribución para los refugiados italianos. Si los señores de Zúrich y de Appenzell hubieran actuado así, en lugar de ejercer con placer una odiosa policía de gendarmes y de confraternizar con los oficiales austríacos, los tesineses les habrían mostrado una actitud muy distinta.

Hace unos días tuvo lugar aquí, en Berna, una asamblea de filisteos sumamente divertida. La comuna de residentes se reunió para pronunciarse sobre si quería asumir las cargas de la sede federal. Los patricios, derrotados en la última comuna burguesa, viendo ante sus ojos el inicio efectivo de la separación de bienes entre los ciudadanos y los residentes, quisieron tomar aquí su revancha. Con la cesión efectiva de los bienes comunales de los residentes, hacían así independiente la ciudad del patriciado, perdían una multitud de cargos lucrativos y el principal sostén de su influencia preponderante en el consejo municipal, por no hablar de la significativa pérdida pecuniaria directa. Así pues, pusieron en juego todas sus intrigas para ¡volver a trasladar la sede federal de Berna! Declararon que las cargas de la sede federal estaban calculadas de manera tan imprecisa que se corría el riesgo de ser miserablemente timado por el Consejo Federal; además, que el Estado, y no la ciudad, debía sufragar la mayor parte de los costos, y con estos pretextos propusieron conceder unos mezquinos 300 000 francos, y ni un céntimo más. Pero la ley sobre la sede federal exige la aceptación incondicional de las condiciones en el plazo de un mes, y dicho mes vence el día 28. La aceptación de la propuesta patricia equivalía, pues, al rechazo de la sede federal. Las plausibles propuestas de ahorro y de aseguramiento de los patricios tuvieron una enorme acogida entre los filisteos berneses, de modo que los radicales, que a toda costa querían conservar la sede federal, casi desesperaban de imponer su causa. Se discutió todo el día, y solo por la noche reunieron los radicales 419 votos que, frente a 314, acordaron la aceptación incondicional de las obligaciones fijadas por la Asamblea Federal. ¡Ahí tenéis un ejemplo de la mezquina filistería de aldea, que se atreve a llevar la voz cantante incluso en la capital de Suiza!