Testimonios suizos acerca de las hazañas del ejército austríaco en Viena

Colonia, 5 de diciembre. Mientras la *Augsburger Allgemeine Zeitung* y otros periódicos pagados ensalzan hasta los cielos a Windischgrätz y Jellachich como restauradores del orden, colman de laureles a las valientes tropas austríacas y no se cansan de narrar los horrores del régimen de terror democrático, surge de repente en la prensa suiza una nueva fuente de material para la historiografía de los últimos acontecimientos vieneses. Se trata de los suizos que, con grandes penalidades y poniendo en peligro su vida y sufriendo malos tratos, han escapado de los esbirros del «orden» y, de vuelta a su patria, publican sus experiencias durante los «días de terror» y la «guerra del orden». Y no son «proletarios» furibundos, sino grandes capitalistas, personas que poseían enormes fábricas en Viena, burgueses totalmente insospechables e imbuidos de ideas conservadoras —y un conservador suizo es, como se sabe, un «llorón» alemán elevado a la segunda potencia—, y sus relatos no aparecen en hojas radicales y escandalosas, sino en periódicos de anuncios sumamente conservadores. De la siguiente descripción, publicada en el *Basler Intelligenzblatt*, extraemos los detalles que vienen a continuación:

El señor Specker, de Sankt Gallen, era director de una gran fábrica de maquinaria, situada completamente aislada ante la línea aduanera exterior de Viena, en el Tabor. Tanto él como sus obreros y maestros de taller, todos suizos, no habían tomado parte en la lucha ni conservaban armas en la casa. Solo 15 obreros se quedaron en la fábrica para atender la bomba de incendios instalada en el patio. Al avanzar las tropas, el general Wyß, patricio bernés y jefe del Estado Mayor general austríaco, dio su palabra de honor al señor Specker de que, si no tenía armas y no se disparaba desde su fábrica, no le ocurriría nada al edificio. La casa fue registrada por las tropas sin que se encontrara nada. A pesar de ello, otro destacamento de cazadores afirmó que se había disparado desde la casa (cosa muy comprensible, pues tenían permiso para saquear toda casa desde la que se disparase). Los «perros suizos», que tanto habían confiado en la palabra de su compatriota, el general Wyß, que incluso habían dejado a sus mujeres e hijos en la fábrica, fueron brutalmente maltratados por aquellos cazadores y solo se salvaron gracias a la intervención de otro oficial. Éste los condujo al cuerpo de guardia. Un vecino, al pasar, señaló a uno de los obreros y dijo: «Ése también estuvo en el desmantelamiento del puente del Tabor.» Inmediatamente, sin permitirle pronunciar palabra, fue puesto contra la pared y fusilado. En el cuerpo de guardia, varias veces se apuntó con los fusiles a los «perros suizos», y solo la pistola cargada que el oficial les apuntaba contuvo a los soldados. El director Specker fue colocado contra la pared; tres cazadores le apuntaron, uno le puso el cañón del fusil en la boca y jugueteó, con el gatillo montado, sobre el disparador. Un oficial sacó el reloj y dijo: «Todavía tienes un cuarto de hora, perro suizo; después serás fusilado. ¡Así que reza!» Antes de que transcurriera este plazo, regresó el oficial que ya los había salvado una vez y llevó al señor Specker ante el general Wyß, ¡quien le reprochó su «incumplimiento de palabra»! Mantuvo inflexiblemente que se había disparado desde la fábrica, aunque el señor Specker le demostró la imposibilidad física. Finalmente obtuvo un salvoconducto para él y los suyos con destino a Florisdorf. De vuelta a la fábrica, lo encontraron todo destrozado, demolido y saqueado. A la familia del señor Specker la habían perseguido por la casa a tiros de fusil; el tenedor de libros, un suizo, atravesado por varias balas, se retorcía en el jardín en la agonía, y se disparaba contra todo el que se le acercaba, de modo que el desdichado permaneció allí tirado hasta bien entrada la noche y murió. Se llamaba Kunz. Por fin, los supervivientes lograron llegar sin contratiempos a Florisdorf.

El fabricante de maquinaria Bollinger, también suizo, que se había hecho famoso por sus trabajos en la torre de San Esteban, consiguió proteger su fábrica de las llamas con bombas de agua. Pero también aquí penetraron los austríacos con el falso pretexto de que se había disparado desde la fábrica, saquearon y demolieron todo el edificio, le prendieron fuego y acuchillaron al hermano de Bollinger cuando éste intentaba salvarse de las llamas. A otra suiza residente en Viena, la señora Bodener, los croatas le mataron de un tiro al hijo que llevaba en brazos.

El relato anuncia nuevas revelaciones sobre las hazañas del valiente ejército austríaco, tan pronto como hayan regresado otros suizos. Pero al mismo tiempo describe en los términos más conmovedores la seguridad, la calma y el trato cortés y decente que los suizos recibieron de los proletarios armados durante el llamado régimen de terror del proletariado y de los estudiantes vieneses.

Lo repetimos: los autores de estos relatos no son radicales, ni proletarios ni descontentos, sino grandes capitalistas y auténticos aristócratas suizos de pura cepa. ¿No querrá la *A.A.Z.* pedir informes a sus diversos corresponsales en Viena —τγ, MW, #, Δ y otros— sobre si todo esto no corresponde literalmente a la realidad? Les hemos indicado sus nombres, el lugar y todos los detalles con tanta exactitud como puedan desear. Pero se guardará muy bien de hacerlo.