Friedrich Engels

Las nuevas autoridades – Progresos en Suiza
** Berna, 9 de noviembre. Desde anteayer están reunidas aquí las nuevas autoridades legislativas de la Confederación, el Consejo Nacional suizo y el Consejo de los Estados. La ciudad de Berna ha hecho todo lo posible para recibirlos del modo más brillante y deslumbrante. Música, desfiles, cañonazos y repique de campanas, iluminación, nada faltó. Las sesiones se inauguraron precisamente anteayer. El Consejo Nacional, elegido por sufragio universal y según la cifra de población (Berna ha enviado veinte diputados, Zúrich doce, los cantones más pequeños de dos a tres cada uno), está compuesto en su abrumadora mayoría por liberales de tinte radical. El partido decididamente radical tiene una representación muy fuerte; el conservador no dispone más que de seis a siete votos entre más de cien. El Consejo de los Estados, compuesto por dos diputados por cada cantón entero y uno por cada semicantón, se asemeja bastante a la última Dieta federal en composición y carácter. Los cantones primigenios han vuelto a enviar allí a algunos sonderbundistas auténticos, y, a consecuencia de la elección indirecta, el elemento reaccionario, aunque en minoría decidida, está ya representado con mayor fuerza en el Consejo de los Estados que en el Nacional. El Consejo de los Estados no es, en suma, sino la vieja Dieta, rejuvenecida mediante la abolición de los mandatos imperativos y la invalidez de los medios votos, y relegada a segundo plano por la creación del Consejo Nacional. Desempeña el papel ingrato del Senado o de la Cámara de los Pares, el freno que se opone a la supuesta fogosa inclinación innovadora del Consejo Nacional, el heredero de la sabiduría madura y de la deliberación cuidadosa de los padres. Esta digna y reposada autoridad comparte ya ahora el destino de sus hermanas de Inglaterra, de América y, antaño, de Francia; antes incluso de haber dado una señal de vida, la prensa la mira por encima del hombro y la olvida en beneficio del Consejo Nacional. Casi nadie habla de ella, y cuando consiga hacer hablar de sí, tanto peor para ella.

El Consejo Nacional, que supuestamente debe representar a toda la «nación» suiza, ha dado ya en su primera sesión una prueba, si no precisamente de espíritu de cantón diminuto, sí de genuina desunión suiza y de soñación de pequeñeces. Para elegir un presidente fue preciso votar tres veces, aunque sólo tres candidatos, y los tres por añadidura berneses, entraban seriamente en consideración. Eran los señores Ochsenbein, Funk y Neuhaus; los dos primeros, representantes del viejo radicalismo bernés; el tercero, portavoz del viejo partido liberal, semiconservador. Finalmente, el señor Ochsenbein fue elegido con 50 votos de 93, esto es, por una mayoría sumamente escasa. Es comprensible que los zuriqueses y otros moderados opusieran al señor Ochsenbein al sabio y muy experimentado Neuhaus; pero que el señor Funk, perteneciente exactamente al mismo matiz que Ochsenbein, fuese puesto en concurrencia con él y se mantuviera durante dos votaciones, demuestra cuán poco se han ordenado y disciplinado los partidos. En todo caso, los radicales han obtenido la victoria en este primer torneo de los partidos con la elección de Ochsenbein. — En la subsiguiente elección del vicepresidente ¡no surgió una mayoría absoluta hasta la quinta votación! El reposado y experimentado Consejo de los Estados, en cambio, eligió en la primera votación y casi por unanimidad al moderado zuriqués Furrer como su presidente. Estas dos elecciones señalan ya suficientemente cuán distinto es el espíritu de ambas cámaras y cuán pronto se distanciarán y entrarán en conflictos.

El próximo e interesante objeto de debate será la elección de la ciudad federal. Interesante, para los suizos porque son muchísimos los que tienen en ello un interés material; para el extranjero, porque precisamente este debate mostrará con la mayor claridad hasta qué punto está desgastado el viejo patriotismo local, la estrechez de miras cantonalista. Berna, Zúrich, Lucerna rivalizan con el máximo ardor. Berna quisiera resarcir a Zúrich con la universidad federal y a Lucerna con el tribunal federal, pero en vano. Berna es, en cualquier caso, la única ciudad apropiada, como punto de tránsito de la Suiza alemana a la francesa, como capital del cantón más extenso, como centro en formación de todo el movimiento suizo. Ahora bien, para llegar a ser algo, Berna necesita tener también la universidad y el tribunal federal. Pero ¡a ver quién inculca esto a los suizos fanatizados por su ciudad cantonal! Es muy posible que el más radical Consejo Nacional vote por la radical Berna, y el reposado Consejo de los Estados por la reposada, eminente y sapientísima Zúrich. Entonces, a buen consejo, caro precio se cotiza.

En Ginebra reina gran agitación desde hace tres semanas. En las elecciones para el Consejo Nacional, los patricios y burgueses reaccionarios, que desde sus villas mantienen a las aldeas alrededor de Ginebra en una dependencia casi feudal

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con sus campesinos lograron hacer pasar a los tres candidatos. Pero la mesa anuló las elecciones, porque se habían recibido más papeletas que las repartidas. Sólo esta anulación calmó a los obreros revolucionarios de Saint-Gervais, que ya recorrían las calles en masa gritando: ¡aux armes! La actitud de los obreros durante los ocho días siguientes fue tan amenazadora, que los burgueses prefirieron abstenerse completamente de votar, antes que provocar una revolución con las obligadas y ya amenazantes escenas de terror. Tanto más cuanto que el gobierno amenazaba con presentar su dimisión si los candidatos reaccionarios volvían a salir elegidos. Entretanto, los radicales modificaron su lista de candidatos, pusieron en ella nombres menos ásperos, recuperaron la agitación perdida y en la nueva elección alcanzaron de 5000 a 5500 votos, casi mil más de los que habían tenido los reaccionarios en la anterior. Los tres candidatos reaccionarios no obtuvieron casi ningún voto; el que más logró fue aún el general Dufour, que llegó a 1500. Ocho días después tuvieron lugar las elecciones para el Gran Consejo. La ciudad eligió 44 radicales; el campo, que tiene que elegir 46 grandes consejeros, eligió casi exclusivamente reaccionarios. La *Revue de Genève* sigue discutiendo con los periódicos burgueses si estos 46 son todos reaccionarios o si media docena de ellos votará con el gobierno radical. Pronto se verá. La confusión en Ginebra puede ser grande; pues si el gobierno, que aquí es elegido directamente por el pueblo, tiene que dimitir, fácilmente podría ocurrir en la nueva elección lo que en la segunda elección del Consejo Nacional, y enfrentarse a una mayoría reaccionaria del Gran Consejo un gobierno radical. Por lo demás, es seguro que los obreros ginebrinos sólo esperan una ocasión para asegurar, mediante una nueva revolución, las amenazadas conquistas de 1847.

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En conjunto, Suiza ha hecho progresos considerables en comparación con los primeros años de la década de 1840. Pero en ninguna clase es este progreso tan sorprendente como en los obreros. Mientras que en la burguesía, y particularmente en las viejas familias patricias, el viejo espíritu de rutina, localmente limitado, domina aún de un modo bastante general, y a lo sumo ha adoptado formas más modernas, los obreros suizos se han desarrollado notablemente. Antes se mantenían separados de los alemanes y se pavoneaban con la absurda altanería nacional del «suizo libre», disertando sobre los «extranjeros bribones», y permanecían completamente indiferentes a todo el movimiento de la época. Ahora esto ha cambiado. Desde que el trabajo va peor, desde que Suiza se ha democratizado; pero sobre todo, desde que en lugar de las pequeñas asonadas han aparecido revoluciones europeas y batallas como las de junio en París y octubre en Viena, desde entonces los obreros suizos han tomado cada vez más parte en el movimiento político y socialista, se han hermanado con los obreros extranjeros, especialmente con los alemanes, y han colgado en el clavo su «libre suizería». En la Suiza francesa y en muchas regiones de la Suiza alemana, alemanes y suizos alemanes forman parte, sin distinción alguna, de las mismas asociaciones obreras, y asociaciones cuya mayoría está compuesta por suizos han decidido sumarse a la organización, proyectada y en parte ya realizada, de las asociaciones democráticas alemanas. Mientras que los más radicales entre los radicales de la Suiza oficial sueñan a lo sumo con la república helvética una e indivisible, no es raro oír a obreros suizos expresar la opinión de que toda la independencia de la pequeña Suiza se irá bien pronto al diablo en la tempestad europea que se avecina. ¡Y esto lo dicen con toda sangre fría e indiferencia, sin una palabra de pesar, estos proletarios traidores a la patria! La simpatía por los vieneses era grande entre todos los suizos que he visto, pero entre los obreros se elevaba hasta el verdadero fanatismo. Del Consejo Nacional, del Consejo de los Estados, de la asonada clerical de Friburgo no se oía una palabra; en cambio Viena, Viena estaba en boca de todos desde la mañana hasta la noche. Era como si los suizos tuvieran de nuevo a Viena por capital, como en los tiempos anteriores a Tell, como si fueran otra vez austríacos. Cientos de rumores se difundían, se discutían, se dudaban, se creían, se derribaban de nuevo, se hablaba de todos los casos posibles; y cuando por fin se confirmó definitivamente la noticia de la derrota de los heroicos obreros y estudiantes vieneses ante la superioridad numérica y la barbarie de Windischgrätz, causó una impresión en estos obreros suizos como si en Viena se hubiera decidido su propia suerte, como si la causa de su propio país hubiera sucumbido. Es cierto que este estado de ánimo no es aún general, pero se extiende cada día más entre el proletariado suizo, y el hecho de que ya exista en muchos lugares constituye un progreso inmenso para un país como Suiza.