CO LO N IA, 2 DE N O V IEM BRE. IN SERTAM O S A CO N TIN UACIO N EL
llamamiento, del “Congreso democrático”:295
¡Al pueblo alemán!
Durante largos y oprobiosos años gimió el pueblo alemán bajo el yugo de
la autocracia. Los sangrientos sucesos de Viena y Berlín dan pie a la espe
ranza de que su libertad y su unidad se conviertan en realidad, de golpe.
Las artes diabólicas de una reacción digna de ser maldita se han inter
puesto ante esta evolución, con la mira de hurtar al pueblo los frutos de
su grandioso levantamiento. Viena, el gran baluarte de la libertad de Ale
mania, corre en estos momentos el mayor de los peligros. Sacrificada por
las intrigas de una camarilla todavía poderosa, se la quiere entregar de
nuevo a las garras de la tiranía. Pero su noble población se ha levantado
como un solo hombre y se enfrenta, dispuesta heroicamente, a morir ante
las hordas armadas de sus opresores. La causa de Viena es la causa de Ale
mania, es la causa de la libertad. La caída de Viena sería la señal para que
volviera a levantarse más alta que nunca la bandera del viejo despotismo;
su victoria será, en cambio, la muerte de éste. De nosotros depende, her
manos alemanes, el que la libertad de Viena no perezca, el que no sea
Este segundo Congreso democrático tuvo lugar los días 26 a 30 de octubre de 1848 en
la ciudad de Berlín. En este Congreso fueron discutidos los principios de la Constitución, los
derechos humanos y los reglamentos de un Comité central.

aplastada por la fortuna de las armas de las hordas bárbaras. Es sagrado
deber de los gobiernos alemanes acudir con toda su influencia en socorro
de la ciudad hermana acosada; pero, es al mismo tiempo, deber sagrado
del pueblo alemán hacer todos los sacrificios necesarios para salvar a Viena, en interés de su propia libertad y de su propia vida. Jamás ni en modo
alguno deberá exponerse a la ignominia de la sorda indiferencia, en los
momentos en que están sobre el tablero los supremos valores, en que se
juega todo. Os exhortamos, por tanto, hermanos alemanes, a que contri
buyáis cada cual según vuestras fuerzas, a salvar a Viena de la catástrofe.
Lo que hagamos por Viena lo haremos por Alemania. ¡Prestad vuestra
ayuda! Los hombres a quienes enviasteis a Francfort para instaurar la
libertad han rechazado con risotadas de escarnio el requerimiento de acu
dir en ayuda de Viena. ¡En vuestras manos está ahora el actuar! ¡Exigid de
vuestros gobiernos, con vigorosa e inquebrantable voluntad, que some
tiéndose a vuestra mayoría salven en Viena la causa alemana y la causa de
la libertad! ¡Volad! ¡Vuestra voluntad es ley! ¡En pie, hombres de la liber
tad! ¡En pie en todos los países alemanes y dondequiera que la idea de la
libertad y de la humanidad inflame los nobles corazones! ¡En pie, antes
de que sea tarde! ¡Salvad la libertad de Viena, salvad la libertad de Alema
nia! ¡Vuestros contemporáneos os admirarán y la posteridad os cubrirá
de inmortal gloria!
29 de octubre de 1848.
E l Congreso dem ocrático de Berlín
Este llamamiento suple la falta de energía revolucionaria con
un clamoroso patetismo de predicador, bajo el cual se oculta una
tremenda pobreza de pasión y de ideas.
Veamos algunas pruebas.
El llamamiento espera de las revoluciones de marzo en Viena y
en Berlín que “conviertan en realidad, de golpe, la libertad y la uni
dad” del pueblo alemán. En otras palabras: el llamamiento sueña
con “un golpe” que releve al pueblo alemán de la “evolución” hacia
“la libertad y la unidad”.
Pero, en seguida, vemos que el fantástico “golpe” llamado a

suplir la evolución se convierte en la “evolución” ante la que la reac
ción trata de interponerse. ¡Frases que se disuelven en sí mismas!
Prescindamos de la monótona repetición del tema central: ¡Viena se halla en peligro y, con Viena, la libertad de Alemania! ¡Ayu
dad a Viena y os ayudaréis a vosotros mismos! Pero esta idea no
palpita con sangre propia.
En efecto, se repite la misma frase una y otra vez, hasta conver
tirla en un periodo oratorio. Es la retórica chapucera en que cae
siempre el patetismo falso y convencional.
De nosotros depende, hermanos alemanes, el que la libertad de Viena no
perezca, el que no sea aplastada por la fortuna de las armas de las hordas
bárbaras.
Pero ¿qué hay que hacer para lograr eso?
Lo primero que se hace es llamar al sentimiento del deber de
“los gobiernos alemanes” C’est incroyableP
Es sagrado d eb er de los gobiern os alem anes acudir con toda su influencia
en socorro de la ciudad hermana acosada.
¿Se pretende que el gobierno prusiano envíe en contra de Auersperg, de Jellachich y de Windischgrátz a un Wrangel o a un Colomb
o a un príncipe de Prusia? ¿Podía el Congreso “democrático” dejar
se llevar ni por un instante de esta actitud pueril y conservadora
ante los gobiernos alemanes? ¿Podía, ni por un solo instante, esta
blecer una separación entre la causa y los “sagrados intereses” de
los gobiernos alemanes y la causa y los intereses “del orden y la liber
tad croatas”? Los gobiernos se limitan a sonreír, placenteramente,
ante estas ilusiones virginales.
¿Y el pueblo?
Al pueblo se le exhorta, en términos vagos, a “hacer todos los
¡Increíble!

sacrificios para salvar a Viena”. Está bien. Pero ael pueblo” espera
del Congreso democrático objetivos concretos. Quien lo exige todo
no exige nada ni obtiene nada. La exigencia concreta, el quid del
asunto está en lo siguiente:
/E x ig id d e vu estros g o b iern o s, con vigorosa e inquebrantable voluntad,
que, sometiéndose a vuestra mayoría, salven en Viena la causa alemana y
la causa de la libertad! ¡Volad! ¡Vuestra voluntad es ley! ¡En pie!
Aún suponiendo que se lograse, con grandiosas manifestacio
nes populares, mover a los gobiernos a dar ciertos pasos oficiosos
para salvar a Viena, nos encontraríamos con la segunda edición de
la “orden de Stein a las tropas”.296 ¿Tratar de utilizar a los actuales
“gobiernos alemanes” cual “salvadores de la libertad”, como si su
verdadera misión y su “deber sagrado” no consintieran en ser los
ejecutores del Imperio, los arcángeles Gabrieles de la “libertad cons
titucional”? El Congreso democrático haría mejor en guardar silen
cio acerca de los gobiernos alemanes para no descubrir compro
metedoramente su conspiración con Olmütz y Petersburgo.
Y aunque el llamamiento aconseja “volar” y no hay, en verdad,
tiempo que perder, la fraseología humanística lo lleva a remontarse
sobre las fronteras de Alemania y sobre toda frontera geográfica
para flotar en el nebuloso reino cosmopolita de los “nobles corazo
nes” en general.
¡Volad! ¡En pie, hombres de la libertad! ¡En pie todos los países alemanes
y dondequiera que la idea de la libertad y de la humanidad inflame los
nobles corazones!
No dudamos de que hasta en Laponia existirán “corazones” así.
¡En Alemania y dondequiera que sea! El llamamiento cobra su
verdadera expresión al perderse en esta vaga fraseología.
i
296 Véase su pray nota 271.

Es verdaderamente imperdonable que el “Congreso democráti
co” haya podido suscribir semejante texto. Puede estar seguro de
que ni “los contemporáneos le admirarán” ni “la posteridad le
cubrirá de inmortal gloria” por este llamamiento.
Confiemos en que, a pesar del “llamamiento del Congreso
democrático”, el pueblo despertará de su letargo y prestará a los vieneses la única ayuda que aún puede aportarle en estos momentos:
la derrota de la contrarrevolución en su propia casa.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 133,3 de noviembre de 1848]