Karl Marx

Discurso de Thiers sobre un banco hipotecario general con curso forzoso

El Sr. Thiers publica en el «Constitutionnel» un folleto sobre la
Núm. 116, 14 de octubre de 1848
Nueva Gaceta Renana.
«Propiedad». Entraremos más de cerca en esta trivialidad clásicamente escrita tan pronto como la publicación aparezca completa. El Sr. Thiers la ha interrumpido súbitamente. Por de pronto nos basta con señalar que los «grandes» periódicos belgas, el «Observateur» y la «Indépendance», se entusiasman con el escrito del Sr. Thiers. Hoy seguimos por un momento el discurso sobre los bonos hipotecarios pronunciado por el Sr. Thiers el 10 de octubre en la Asamblea Nacional francesa, un discurso que, según la «Indépendance» belga, ha asestado el «golpe de gracia» al papel moneda. Pero el Sr. Thiers es también, como dice la «Indépendance», un orador que trata con igual superioridad las cuestiones políticas, las financieras, las sociales.

Este discurso nos interesa solo porque muestra la táctica de los caballeros del viejo estado de cosas, una táctica que, con razón, oponen a los Don Quijotes de lo nuevo.

Exigid una reforma parcial en las condiciones industriales y comerciales, como el Sr. Turck, a quien Thiers responde, y os oponen el encadenamiento y la acción recíproca de la organización total. Exigid la subversión de la organización total y sois destructivos, revolucionarios, amorales, utopistas y pasáis por alto las reformas parciales. Resultado: Dejadlo todo como está.

El Sr. Turck, por ejemplo, quiere facilitar a los campesinos la valorización de su propiedad territorial mediante bancos hipotecarios oficiales. Quiere poner en circulación su propiedad, sin que tenga que pasar por las manos de la usura. Pues en Francia, como en todos los países donde reina la parcelación, el dominio de los señores feudales se ha transformado en el dominio de los capitalistas, las prestaciones feudales del campesino en obligaciones hipotecarias burguesas.

¿Qué responde, ante todo, el Sr. Thiers?

Queréis ayudar a los campesinos mediante institutos públicos de crédito, con lo cual perjudicáis al pequeño comerciante. No podéis ayudar al uno sin dañar al otro.

¿Luego tenemos que transformar todo el sistema de crédito?

¡Ni por asomo! Eso es una utopía. Con lo cual el Sr. Turck queda despachado.

El pequeño comerciante, por el que el Sr. Thiers tan tiernamente se preocupa, es el gran Banco de Francia.

La competencia de papelitos por 2 mil millones de hipotecas arruinaría su monopolio y los dividendos y quizás aún something more. Tras el argumento del Sr. Thiers está, pues, en segundo plano: Rothschild.

Pasemos a otro argumento del Sr. Thiers. La propuesta de las hipotecas, dice el Sr. Thiers, en realidad no concierne en absoluto a la agricultura misma.

El que la propiedad territorial solo se ponga en circulación bajo circunstancias agravantes, el que solo se valorice penosamente, el que los capitales, por así decirlo, la rehúyan, todo eso, observa el Sr. Thiers, radica en la «naturaleza». A saber, que arroja solo una pequeña ganancia. Pero, por otro lado, el Sr. Thiers no puede negar que está en la «naturaleza» de la organización industrial moderna el que todas las industrias, y por tanto también la agricultura, solo prosperen cuando sus productos y sus instrumentos puedan valorizarse fácilmente, ponerse en intercambio, movilizarse. Con el suelo y la tierra no ocurre así. Luego la conclusión sería: dentro de las condiciones civilizadas existentes, la agricultura no puede prosperar.

Hay que cambiar, pues, las condiciones existentes, y un pequeño, aunque inconsecuente, intento de tal cambio es la propuesta del Sr. Turck. ¡De ningún modo!, exclama Thiers. La «naturaleza», es decir, las relaciones sociales actuales, condenan a la agricultura a su estado actual. Las relaciones sociales actuales son «naturaleza», es decir, inmutables. La afirmación de su inmutabilidad es, naturalmente, la prueba más contundente contra la propuesta de todo cambio. Si la «monarquía» es naturaleza, toda tentativa republicana es una rebelión contra la naturaleza. Según el Sr. Thiers, es también evidente que la propiedad territorial arroja siempre, conforme a la naturaleza, las mismas pequeñas ganancias, ya sea que el Estado adelante los capitales al propietario territorial al 3%, o el usurero al 10%. Esto es, una vez por todas, «naturaleza».

Pero al identificar entre sí el Sr. Thiers la ganancia industrial y la renta que arroja la agricultura, sienta justamente una afirmación que contradice también las relaciones sociales actuales, eso que él llama «naturaleza».

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Mientras que la ganancia industrial en general desciende constantemente, asciende sin cesar la renta del suelo, es decir, el valor de la tierra. El señor Thiers tenía, pues, que explicar el fenómeno de que el campesino, a pesar de ello, se empobrezca constantemente. Naturalmente, no entra en este terreno.

Además, lo que Thiers dice sobre la diferencia entre la agricultura francesa y la inglesa es de una superficialidad verdaderamente notable. Toda la diferencia, nos instruye Thiers, consiste en la contribución territorial. Nosotros pagamos una contribución territorial muy alta, los ingleses ninguna. Prescindiendo de la inexactitud de esta última afirmación, el señor Thiers sabe ciertamente que en Inglaterra el impuesto de pobres y una multitud de otros impuestos que no existen en Francia recaen sobre la agricultura. El argumento del señor Thiers es aplicado en sentido inverso por partidarios ingleses de la pequeña agricultura. ¿Sabéis, dicen, por qué los cereales ingleses son más costosos que los franceses? Porque nosotros pagamos renta del suelo, y una renta del suelo alta, cosa que los franceses no hacen, ya que por término medio no son arrendatarios, sino pequeños propietarios. ¡Viva, pues, la pequeña propiedad!

Se necesita toda la desvergonzada trivialidad de Thiers para disolver la concentración inglesa del instrumento de trabajo, de la tierra —mediante la cual se hace posible la aplicación de la maquinaria y de la división del trabajo en gran escala en la agricultura, la interacción de la industria y el comercio ingleses sobre la agricultura—, para disolver todas estas relaciones tan ramificadas en la frase vacía de que los ingleses no pagan contribución territorial.

A la opinión del señor Thiers de que el actual régimen hipotecario en Francia es indiferente para la agricultura, oponemos la opinión del más grande químico agrónomo francés. Dombasle ha demostrado detalladamente que, si el actual sistema hipotecario sigue desarrollándose en Francia conforme a su «naturaleza», la agricultura francesa llegará a ser una imposibilidad.

En general, ¿qué desvergonzada superficialidad se necesita para afirmar que a la agricultura le son indiferentes las relaciones de propiedad de la tierra, en otras palabras, que a la producción le son indiferentes las relaciones sociales dentro de las cuales se produce?

Por lo demás, no necesita mayor explicación el hecho de que el señor Thiers, que quiere conservar el crédito de los grandes capitalistas, no pueda dar crédito a los pequeños. El crédito de los grandes capitalistas es precisamente la falta de crédito de los pequeños. Nosotros, ciertamente, no negamos que sea imposible ayudar a los pequeños dentro del sistema actual mediante algún artificio financiero. Pero Thiers tenía que afirmar esto, ya que considera el mundo actual como el mejor de los mundos.

El discurso de Thiers sobre un banco hipotecario general con curso forzoso
En lo que respecta a esta parte del discurso de Thiers, observamos solamente una cosa más. Al hablar contra la movilización de la propiedad de la tierra y, por otra parte, al ensalzar las condiciones inglesas, olvida que la agricultura en Inglaterra posee precisamente en grado sumo la ventaja de ser explotada de manera fabril y que la renta del suelo, es decir, la propiedad de la tierra, es un papel bursátil móvil, transferible, como cualquier otro. La agricultura fabril, es decir, la explotación de la agricultura al modo de la gran industria, exige a su vez la movilización, la intercambiabilidad mercantilmente ágil de la propiedad de la tierra.

La segunda parte del discurso del señor Thiers consiste en ataques al papel moneda en general. Califica la emisión de papel moneda, en general, de falsificación de moneda. Nos cuenta la gran verdad de que, cuando se arroja al mercado una masa demasiado grande de medios de circulación, es decir, de dinero, se desvaloriza el dinero mismo, defraudándose así doblemente, a los particulares y al Estado. Este sería especialmente el caso de los bancos hipotecarios.

Todos estos son descubrimientos que se encuentran en los peores catecismos de la economía política.

Distingamos. Es claro que no aumentamos la producción, o sea la riqueza real, aumentando arbitrariamente el dinero, sea papel moneda o metálico. Del mismo modo que en el juego de cartas no doblamos nuestras bazas doblando las fichas.

Por otra parte, es igualmente claro que, cuando la producción se ve impedida de desarrollarse por falta de fichas, de medios de intercambio, de dinero, todo aumento de los medios de intercambio, toda disminución de la dificultad de procurarse medios de intercambio, es a la vez un aumento de la producción. A esta necesidad de la producción deben su origen las letras de cambio, los bancos, etc. De esta manera puede la agricultura ser levantada por los bancos hipotecarios.

Pero aquello por lo que realmente lucha el señor Thiers no es el dinero metálico contra el papel moneda. Él mismo ha jugado demasiado en la bolsa para estar preso en los prejuicios de los viejos mercantilistas. Lo que él combate es la regulación del crédito por la sociedad representada en el Estado, frente a la regulación del crédito por el monopolio. El esbozo de una regulación del crédito en interés general de la sociedad era precisamente la propuesta de un banco hipotecario general, hecha por Turck, cuyos billetes tuvieran curso forzoso, por poco que esta propuesta signifique en su aislamiento.