Karl Marx  
La «Revolución de Colonia»  
** Colonia, 12 de octubre. La «Revolución de Colonia» del 25 de septiembre.  
Núm. 115, 13 de octubre de 1848  
Neue Rheinische Zeitung.  
fue una farsa de carnaval, nos cuenta la «Kölnische Zeitung», y la «Kölnische Zeitung» tiene razón. La «Comandancia de Colonia» representa, el 26 de septiembre, a Cavaignac. Y la «Kölnische Zeitung» admira la sabiduría y moderación de la «Comandancia de Colonia». Pero, ¿quién es el más cómico: los obreros, que el 25 de septiembre se ejercitaban en levantar barricadas, o Cavaignac, que el 26 de septiembre, con la más santa seriedad, proclamó el estado de sitio, suspendió periódicos, desarmó a la guardia ciudadana, prohibió las asociaciones?

¡Pobre «Kölnische Zeitung»! El Cavaignac de la «Revolución de Colonia» no puede ser ni una pulgada mayor que la «Revolución de Colonia» misma. ¡Pobre «Kölnische Zeitung»! Tiene que tomar la «Revolución» en broma y al «Cavaignac» de esta cómica revolución en serio. ¡Tema enojoso, ingrato, lleno de contradicciones!

Sobre la legitimidad de la comandancia no perdemos palabra. D’Ester ha agotado esta materia. Por lo demás, consideramos a la comandancia como un instrumento subordinado. Los verdaderos autores de esta extraña tragedia fueron los «ciudadanos bien pensantes», los Dumont y consortes. Nada de extraño tiene, pues, que el señor Dumont hiciese circular con sus periódicos el mensaje contra D’Ester, Borchardt y Kyll. Lo que tenían que defender esos «bien pensantes» no era el acto de la comandancia, era su propio acto.

El suceso de Colonia recorrió el desierto del Sahara de la prensa alemana bajo la forma que le había dado el «Journal des Débats» de Colonia. Razón suficiente para volver sobre él.

Moll, uno de los dirigentes más queridos de la asociación obrera, debía ser detenido. Schapper y Becker ya estaban presos. Para ejecutar estas medidas se había escogido un lunes, un día en que, como es sabido, la mayor parte de los obreros están ociosos. Se debía, pues, saber de antemano que las detenciones provocarían gran efervescencia entre los obreros y podían incluso dar motivo a una resistencia violenta. ¡Extraña casualidad la que hizo recaer estas detenciones precisamente en un lunes! La excitación era tanto más previsible cuanto que, con motivo de la orden militar de Stein, tras la proclama de Wrangel y el nombramiento de Pfuel como ministro presidente, se esperaba de un momento a otro un golpe contrarrevolucionario decisivo, una revolución procedente de Berlín. Por eso los obreros debían considerar las detenciones no como medidas judiciales, sino como medidas políticas. En la procuraduría no veían ya más que una autoridad contrarrevolucionaria. Creían que se les quería privar de sus dirigentes en la víspera de acontecimientos importantes. Decidieron sustraer a Moll a la detención a cualquier precio. Y no abandonaron el lugar de la lucha hasta haber alcanzado su objetivo. Las barricadas no se levantaron hasta que los obreros congregados en el Altenmarkt supieron que, por todos lados, se aproximaba la tropa para atacar. No fueron atacados. Por tanto, tampoco tuvieron que defenderse. Además, habían llegado a saber que de Berlín no habían llegado noticias de peso algunas. Se retiraron, pues, después de haber esperado en vano a un enemigo durante gran parte de la noche.

Nada más ridículo, por tanto, que el reproche de cobardía que se ha hecho a los obreros de Colonia.

Pero se les han hecho aún otros reproches para justificar el estado de sitio y convertir el suceso de Colonia en una pequeña revolución de julio. Su verdadero plan habría sido el saqueo de la buena ciudad de Colonia. Esta acusación se basa en el supuesto saqueo de una tienda de paños. ¡Como si cada ciudad no tuviera su contingente de ladrones, que naturalmente se aprovechan de los días de agitación pública! ¿O se entiende por saqueo el saqueo de armerías? Pues entonces envíese a Berlín al ministerio fiscal de Colonia para que instruya el proceso contra la revolución de marzo. Sin las armerías saqueadas quizás nunca habríamos tenido la satisfacción de ver al Sr. Hansemann convertido en director de banco y al Sr. Müller en secretario de Estado.

Basta de los obreros de Colonia. Pasemos a los llamados demócratas. ¿Qué les reprochan la «Kölnische Zeitung», la «Deutsche Zeitung», la «Augsburger Allgemeine Zeitung» y como quiera que se llamen los otros periódicos «bien pensantes»? Los heroicos Brüggemann, Bassermann, etc., exigían sangre, y los pusilánimes demócratas, por cobardía, no dejaron correr sangre.

El hecho es simplemente este. Los demócratas declararon a los obreros en el Kranz (en el Altenmarkt), en el salón de Eiser y en las barricadas, que no querían bajo ninguna condición un «putsch». En este momento, en que ninguna cuestión importante arrastra a la población entera a la lucha, y toda asonada, por tanto, ha de fracasar, sería tanto más insensata cuanto que en pocos días podrían producirse acontecimientos formidables y que, por consiguiente, se perdería la capacidad de lucha antes del día de la decisión. Si el ministerio de Berlín se atreviese a una contrarrevolución, entonces habría llegado para el pueblo el día de arriesgar una revolución. La investigación judicial confirmará nuestra afirmación.

Los señores de la «Kölnische Zeitung» habrían hecho mejor, en lugar de permanecer ante las barricadas «en la oscuridad de la noche» con «los brazos cruzados y miradas sombrías» y «meditar sobre el porvenir de su pueblo», en arengar a la masa cegada con sus palabras de sabiduría desde lo alto de las barricadas. ¿De qué sirve la sabiduría post festum?

Lo peor de todo, con ocasión de los sucesos de Colonia, ha sido la música que la buena prensa ha tocado a la guardia ciudadana. Distingamos. Que la guardia ciudadana se negara a rebajarse a ser servidora inerte de la policía, era su deber. Que entregara voluntariamente las armas, sólo puede excusarse por un hecho. Su sector liberal sabía que el sector iliberal aprovechaba la ocasión con júbilo para deshacerse de las armas. Pero una resistencia parcial habría sido inútil.

La «Revolución de Colonia» ha tenido un resultado. Ha revelado la existencia de una falange de más de 2000 santos, cuya «virtud harta y moral solvente» sólo lleva una «vida libre» en el estado de sitio. Tal vez surja alguna vez la ocasión de escribir las «acta sanctorum», las biografías de estos santos. Nuestros lectores sabrán entonces cómo se adquieren los «tesoros» que no roen «la polilla ni el óxido», aprenderán de qué manera se conquista el trasfondo económico de los «buenos sentimientos».