CO LO N IA , 19 DE SE PT IEM B R E, 7 DE LA NOCHE. EL A R M ISTIC IO
germano-danés ha provocado la hecatombe. La más san
grienta de las insurrecciones ha estallado en Francfort; los
trabajadores de Francfort, Offenbach y Hanau, y los campesinos de
los alrededores defienden con su vida el honor de Alemania, trai
cionado por la Asamblea Nacional y un gobierno prusiano que ha
dimitido vergonzosamente.279 280
La lucha aún no se ha decidido. Hasta ayer por la noche, los sol
dados no parecían haber logrado muchos progresos. En Francfort,
279 El primer artículo de esta serie no tiene título. Apareció en el suplemento de la Nueva
Gaceta Renana; los demás artículos que siguieron también se publicaron sin ningún índice
de títulos.
280 Armisticio entre Prusia y Dinamarca: después de largas negociaciones que se exten
dieron por siete meses, el 26 de agosto de 1848 fue concluido en Malmó (Suecia) el armisti
cio entre Prusia y Dinamarca. En el tratado de este armisticio se estipulaba que los territo
rios de Schleswig y Holstein serían separados de Prusia y que Dinamarca los anexionaría
bajo un gobierno realmente proclamado, resguardando dichos territorios con tropas holsacianas y del Schleswig. Estas condiciones del tratado parecían favorecer a los demócratas
revolucionarios, pero fueron sin embargo los grandes señores daneses de la región quienes,
ante la situación de disolución de derecho imperante en esos territorios, finalmente impon
drían en realidad sus condiciones sobre los dos ducados. Con ello, Prusia pasaría por alto,
legalmente, en nombre de los designios de la guerra, los propósitos de la Confederación ale
mana. No obstante, la Asamblea Nacional de Francfort votó porque se pusiera fin a la nega
tiva ante estas condiciones del armisticio, el 16 de septiembre de 1848. Al día siguiente tuvo
lugar una manifestación de protesta en las calles de Francfort del Meno contra esta resolu
ción. El 18 de septiembre surgía en las calles de la ciudad la lucha de barricadas contra las
tropas prusianas y austriacas.

exceptuando el Zeil y algunas otras calles y plazas, la artillería no
sirve de mucho. La caballería apenas puede maniobrar. Desde este
punto de vista las probabilidades favorecen al pueblo. Los de Hanau,
pertrechados con armas procedentes del arsenal tomado por asal
to, se han sumado a la lucha con la mitad de sus efectivos. Y lo mis
mo han hecho los campesinos de numerosas aldeas de los alrededo
res. Hasta ayer por la noche, las tropas sumarían aproximadamente
10 mil hombres, con poca artillería. La afluencia de campesinos
durante la noche debió de ser muy grande, en cambio acudieron
pocos soldados; los más cercanos alrededores aparecían libres de
tropas. La actitud revolucionaria de los campesinos de Odenwald,
Nassau y el Electorado de Hesse no permitía nuevos envíos de tro
pas, pues fueron interrumpidas las comunicaciones. Si la insurrec
ción se sostiene todavía el día de hoy, veremos tomar las armas a
todo el Odenwald, Nassau, el Electorado de Hesse y el Hesse rena
no, así como a toda la población que se halla entre Fulda, Coblenza, Mannheim y Aschaffenburg y que las tropas se niegan a sofocar
la insurrección. ¿Y quién responde por Maguncia, Mannheim, Marburgo, Kassel y Wiesbaden, ciudades todas en las que el odio con
tra la soldadesca ha crecido enormemente a consecuencia de los
sangrientos excesos cometidos por las “tropas del Reich”? ¿Y quién
responde por los campesinos de las comarcas del Rin, que fácil
mente pueden impedir el envío de tropas por el río?
Y, sin embargo, debemos confesar que no tenemos mucha fe en
la victoria de estos valientes insurrectos. Francfort es una ciudad
demasiado pequeña y la fuerza desproporcionada de las tropas, así
como las conocidas simpatías contrarrevolucionarias de la peque
ña burguesía francfurtesa, son demasiado notorias para que poda
mos concebir muchas esperanzas.
Pero aún cuando los insurrectos sucumbieran, aún no se
habría perdido todo. La contrarrevolución se tornará más sober
bia, nos amenazará con el estado de sitio y con la represión, sus
pendiendo por un momento la libertad de prensa, los clubes, las
asambleas populares, pero esto no durará mucho y el canto del

gallo galo281 anunciará la hora de la liberación, la hora de la jus
ticia.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 107, 20 de septiembre de 1848,
Suplemento]
Colonia, 20 de septiembre. Las noticias recibidas de Francfort
comienzan a confirmar poco a poco nuestros temores de ayer. Pare
ce seguro que los insurrectos han sido desalojados de Francfort y
solamente se sostienen en Sachsenhausen, donde al parecer se han
fortificado poderosamente. La ciudad de Francfort ha sido declara
da en estado de sitio; quien sea sorprendido con las armas en la
mano o haciendo resistencia al “poder del Reich” deberá compare
cer ante un consejo de guerra.
Por tanto, los señores reunidos en la iglesia de San Pablo se
hallan ahora en la misma situación de sus colegas de París; pueden
con toda tranquilidad reducir “al mínimo” los derechos fundamen
tales del pueblo alemán y al amparo del estado de sitio. El ferroca
rril a Maguncia ha sido roto en muchos sitios, y las tropas llegan
tarde o nunca.
La artillería parece recibir el combate en las calles más anchas y
abrir a las tropas un camino a espaldas de las barricadas. El resto lo
ha hecho el celo con que la pequeña burguesía de Francfort ha
abierto sus casas a los soldados, adjudicándoles con ello todas las
ventajas de la lucha en las calles y la superioridad de las fuerzas
enviadas por ferrocarril contra los lentos refuerzos de los campesi
nos, que se desplazan a pie.
Pero, aun cuando la lucha no se encienda de nuevo en Franc
fort, no por ello ha quedado sofocada, ni mucho menos, la insuEl canto del gallo galo: Heinrich Heine compuso en marzo de 1831 una introducción
para su texto “La aldea desposeída sobre la nobleza, en Cartas al conde M. von Moltke”, don
de, al hablar de la revolución francesa de 1830, refirió: “El gallo galo ha lanzado ya su segun
do canto, y también Alemania lo hará un día”.

rrección. Los furiosos campesinos no dejarán sin más sus armas.
Aunque no puedan disolver a la fuerza la Asamblea Nacional, tie
nen bastantes cosas que limpiar dentro de su casa. La tormenta,
desviada de la iglesia de San Pablo, puede repartirse entre seis u
ocho residencias, entre centenares de tierras señoriales. La guerra
campesina de esta primavera no llegará a su término hasta que haya
logrado el resultado que persigue: emancipar a los campesinos del
feudalismo.
¿Cómo explicarse las continuas victorias de la causa del “orden”
en todos los puntos de Europa; cuáles son las causas de la serie innu
merable de derrotas sufridas por el partido revolucionario en Nápoles, Praga y París hasta Milán, Viena y Francfort? La explicación está
en que todos los partidos saben que la lucha que se prepara en todos
los países civilizados es una lucha completamente distinta e incom
parablemente más importante que todas las revoluciones anterio
res, porque tanto en Viena como en París, en Berlín y en Francfort,
en Londres y en Milán, se trata de derrocar el poder político de la
burguesía; de una revolución cuyas consecuencias inmediatas lle
nan ya de espanto a todos los burgueses acomodados y especula
dores.
¿Acaso hay todavía en el mundo un centro revolucionario don
de no haya tremolado desde las barricadas de los últimos cinco
meses la bandera roja, el símbolo de combate de los proletarios
europeos germanos?
También en Francfort ha sido conquistado bajo la bandera roja
el Parlamento de los Junkers y los burgueses coligados.
De aquí todas estas derrotas, porque la burguesía se ve directa
mente amenazada en su poder político e indirectamente en su exis
tencia social por cualquier insurrección que ahora estalle. El pue
blo, en su mayoría inerme, tiene que luchar no sólo contra el poder
del Estado burocrático y militar organizado, que ahora asume la
burguesía, sino también contra la misma burguesía armada. Frente
al pueblo desorganizado y mal armado se alzan todas las demás cla
ses de la sociedad, magníficamente organizadas y dotadas de exce-

lente armamento. A ello se debe el que, hasta ahora, el pueblo se
haya rendido y seguirá rindiéndose siempre y cuando sus adversa
rios se vean debilitados —ya sea por la necesidad de ocupar sus tro
pas en la guerra o porque surja entre ellos una división— o un gran
acontecimiento empuje al pueblo a un combate desesperado y des
moralice a sus enemigos.
Un acontecimiento de estas características es el que se está pre
parando en Francia.
Por eso no debemos desesperar si desde hace cuatro meses las
granadas vencen en todas partes a las barricadas. Al contrario, cada
victoria de nuestros adversarios representaba para ellos, al mismo
tiempo, una derrota; estas victorias los dividen, no exaltan al parti
do triunfante de los conservadores de febrero y marzo, sino que al
mismo tiempo acaban entregando el triunfo al partido del poder,
derrocado en febrero y marzo. La victoria de junio en París se ha
limitado a preparar el comienzo para la dominación de la pequeña
burguesía de los republicanos puros; aún no han transcurrido tres
meses y la gran burguesía, el partido constitucional, amenaza con
derrocar a Cavaignac y con echar a los “puros” en los brazos de los
“rojos”. Y así sucederá también en Francfort: la victoria no favore
cerá a los centristas moderados, sino a las derechas; la burguesía
dará la delantera a los señores del Estado de los militares, los fun
cionarios y los JunkerSy quienes pronto saborearán los amargos fru
tos de su victoria.
¡Que les aproveche! Entre tanto, nosotros aguardaremos el
momento en que suene en París la hora de la liberación.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 108, 21 de septiembre de 1848]