La «Zeitungshalle» acerca de la provincia del Rin

** Colonia, 26 de agosto. La Berliner Zeitungshalle contiene el siguiente artículo:

«Hace poco tuvimos ocasión de hablar de que ha llegado una época en la que el espíritu que durante tanto tiempo ha mantenido unidos a los viejos cuerpos estatales va desapareciendo cada vez más de ellos. Con respecto a Austria, nadie dudará de ello; pero también en Prusia surgen día a día signos de los tiempos cada vez más perceptibles, que confirman nuestra observación y frente a los cuales no podemos hacernos los ciegos. Hoy existe solo un interés que todavía es capaz de atar las provincias del Estado al Estado prusiano: el interés por el desarrollo de instituciones estatales de signo liberal, el interés por la fundación común y el fomento recíproco de una configuración nueva y libre de las relaciones sociales. Silesia, que avanza vigorosamente por la senda del progreso político y social, difícilmente se sentirá a gusto en Prusia si Prusia, como Estado, no satisface plenamente ese interés. De la provincia de Sajonia es harto conocido que desde que fue incorporada al Estado prusiano le ha guardado rencor en el corazón. Y en lo que respecta a la provincia del Rin, aún estará en la memoria de todos con qué amenazas se presentaron aquí, antes del 18 de marzo, diputados de la misma y aceleraron el vuelco de las cosas. El espíritu de enajenación crece en esta provincia. Una hoja volante, sin indicación del lugar de impresión ni del impresor, que ahora circula profusamente, da un nuevo testimonio de ello.»

Esa hoja volante, de la que habla la Zeitungshalle, será conocida por todos nuestros lectores. –

Lo que ha de alegrarnos es la idea que al fin encuentra entre los berlineses al menos un representante: que Berlín no es un París ni para Alemania ni, en especial, para la Renania. Berlín empieza a comprender que no puede gobernarnos, que no puede procurarse la autoridad que corresponde a una ciudad central. Berlín ha dado sobrada prueba de su incompetencia en la revolución a medias de marzo, en el asalto al arsenal, en el último motín. A la indecisión con que actúa el pueblo berlinés se suma la carencia absoluta de capacidades en todos los partidos. En todo el movimiento desde febrero no ha surgido en Berlín ni uno solo que estuviera en condiciones de dirigir a su partido. El espíritu en esta ciudad central del «espíritu» está sumamente dispuesto, pero es tan débil como la carne. Incluso a sus Hansemann, a sus Camphausen, a sus Milde tuvieron los berlineses que traerlos del Rin o de Silesia. Berlín, lejos de ser un París alemán, no es siquiera una Viena prusiana. No es una capital, es una «residencia».

Siempre es digno de reconocimiento que incluso en Berlín se llegue a la idea que aquí en el Rin está difundida desde hace tiempo: que solo del desmoronamiento de las llamadas grandes potencias alemanas puede surgir la unidad alemana. Jamás hemos ocultado nuestra opinión al respecto. No sentimos entusiasmo ni por la gloria pasada ni por la presente de Alemania, ni por las guerras de liberación ni por las «gloriosas victorias de las armas alemanas» en Lombardía y en Schleswig. Pero si alguna vez ha de hacerse algo de Alemania, Alemania tiene que concentrarse, ha de convertirse, no de palabra, sino de hecho, en un solo imperio. Y para ello es, desde luego, necesario previamente que «no haya ya ni Austria ni Prusia».

Por lo demás, «el espíritu» que «nos ha mantenido unidos tan largo tiempo» con la vieja Prusia era un espíritu muy palpable y burdo; era el espíritu de 15.000 bayonetas y tantos y cuantos cañones. No en vano se estableció aquí, en el Rin, una colonia militar de polacos del agua y casubios. No en vano se metió a nuestra juventud en la Guardia berlinesa. No sucedió para reconciliarnos con las demás provincias, sucedió para azuzar a una provincia contra otra, para explotar el odio nacional de alemanes y eslavos, para explotar el odio local de cada pequeña provincia alemana contra todas sus provincias vecinas en interés del despotismo patriarcal-feudal. Divide et impera!

En efecto, ya es hora de que cese de una vez el fingido papel que «las provincias», es decir, la nobleza junker de Uckermark y de Pomerania ulterior, han transmitido a los berlineses mediante sus temblorosas alocuciones, y que los berlineses han aceptado con precipitación. Berlín no es ni será nunca la sede de la revolución, la capital de la democracia. Solo la imaginación de la caballería de la Marca, que tiembla ante la bancarrota, el arresto por deudas y el farol, pudo transmitirle ese papel; solo la coqueta vanidad del berlinés pudo ver representadas en ello a las provincias. Reconocemos la revolución de marzo, pero por lo que realmente fue, y no por más. Su mayor defecto es que no ha revolucionado a los berlineses.

La Zeitungshalle cree que, mediante instituciones liberales, se puede recomponer el cuerpo estatal prusiano en desmoronamiento. Todo lo contrario. Cuanto más liberales sean las instituciones, tanto más libremente se separarán entre sí los elementos heterogéneos, tanto más se pondrá de manifiesto cuán necesaria es la separación, tanto más saldrá a la luz la incapacidad de los políticos berlineses de todos los partidos.

Repetimos. La provincia del Rin nada tiene que objetar contra el permanecer unida dentro de Alemania con las provincias de la vieja Prusia; pero querer obligarla a permanecer eternamente dentro de Prusia, sea una Prusia absolutista, constitucional o democrática, equivaldría a imposibilitar la unidad de Alemania, equivaldría tal vez incluso — y expresamos el sentimiento general del pueblo — a hacer que se pierda para Alemania un territorio grande y hermoso, mientras se pretende conservarlo para Prusia.