EN LA ASAMBLEA DE FRANCFORT
C
OLONIAy 7 DE AGOSTO. LA A SA M BLEA DE FRAN CFO RT,195 CUYOS
debates no han perdido el carácter de una apacibilidad autén
ticamente alemana, ni siquiera en los momentos de mayor
excitación, se ha puesto en pie por fin ante la cuestión de Posen. En
este asunto, en que le habían preparado el camino las granadas
incendiarias prusianas y los sumisos acuerdos de la Dieta federal,
no tuvo más remedio que arrojarse a tomar un acuerdo decisivo;
aquí, no valía adoptar una actitud conciliatoria; había que salvar el
honor de Alemania o volver a envilecerlo. Y la Asamblea no defrau
dó, en efecto, nuestras esperanzas; sancionó los siete repartos de
Polonia:196 descargó a los príncipes alemanes de la ignominia de 1772,
1794 y 1815, pero para echarla sobre sus propios hombros.
¡Más aún! La Asamblea de Francfort ha declarado que los siete
repartos de Polonia fueron, en realidad, otros tantos actos de gene
rosidad dispensados a los polacos. ¿Acaso la irrupción por la fuerza
de la raza judío-germánica en aquellas tierras no hizo que Polonia
se elevase a un nivel de cultura y de ciencia con el que antes ni
siquiera podía soñar aquel país? ¡Ofuscados y desagradecidos pola
cos! ¡Si ya no os hubiesen repartido antes, tendríais que implorar
ahora de la Asamblea de Francfort la merced de ser repartidos!
Cuentan que un fraile llamado Bonavita Blank amaestró, en un
195 Véase supra, nota i.
196 Véase supra, nota 41.

convento cercano a Schaffhausen, a una bandada de tordos y grajos
para que revolotearan sobre su cabeza y se posaran en sus brazos.
Para lograrlo, les cortaba la punta del pico, con objeto de que no
pudieran comer directamente y se vieran obligados a tomar la comi
da de la mano del fraile. Los filisteos, que desde lejos veían a los
pájaros posarse sobre los hombros del santo varón y revolotear
familiarmente en torno a él, se maravillaban de la alta cultura y la
elevada ciencia de aquel hombre. Los pájaros, dice su biógrafo, le
amaban como a su protector.197
¡En cambio, los desagradecidos polacos, encadenados, mutila
dos y atormentados, se resisten a amar a sus protectores prusianos!
Creemos que la mejor manera de describir los grandes benefi
cios dispensados a los polacos por los prusianos es analizar la
ponencia sobre derecho internacional del erudito historiador Stenzel el texto que ha servido de base al debate.198
Este informe empieza relatando, ateniéndose en todo al estilo
de los documentos diplomáticos más acostumbrados, cómo nació
el Gran Ducado de Posen, en el año 1815, por la vía de la “incorpo
ración5 y la “aglutinación”. A ello se unieron las promesas formula
das al mismo tiempo a los de Posen por Federico Guillermo III:
mantenimiento de la nacionalidad, la lengua y la religión, nombra
miento de un gobernador nativo y participación en la famosa Cons
titución prusiana.199
Es bien sabido cómo se cumplieron estas promesas. Como es
natural, jamás se puso en práctica la libertad de movimientos entre
los tres fragmentos de Polonia, libertad que el Congreso de Viena200
197 Se alude a la obra de F. G. Benkert, titulada Breve biografía de Joseph Bonavita Blank,
publicada en la ciudad de Wurzburgo en 1819.
198 El informe de Stenzel, emitido en nombre de la comisión de Derecho internacional
de la Asamblea Nacional de Francfort “sobre la incorporación de una parte del Gran Duca
do de Posen a la Confederación alemana” se presentó el 24 de julio de 1848 y se reproduce,
con el debate en torno a él en “Actas taquigráficas sobre los debates de la Asamblea Nacional
constituyente alemana de Francfort d.M ” t. II, Leipzig, 1848.
199 Se hace referencia aquí a las repetidas promesas del rey Federico Guillermo III de dar
a Rusia una Constitución por estamentos.
200 En el Congreso de Viena (18 de septiembre de 1814 a 9 de junio de 1815), los vencedo-

pudo acordar con tanta mayor tranquilidad cuanto que era irreali
zable.
Vienen en seguida las cifras sobre el reparto de la población. El
señor Stenzel calcula que en 1843 vivían en el Gran Ducado 790 000
polacos, 420 000 alemanes y cerca de 80 000 judíos, lo que da un
total aproximado de 1300 000 habitantes.
Los datos del señor Stenzel difieren de los de fuente polaca, entre
otros los del arzobispo Przyluski,201 según los cuales vivían en Posen
bastante más de 800 000 polacos y los alemanes apenas llegaban a
230 000 descontando los judíos, los funcionarios y los soldados.
Pero, atengámonos a las cifras del señor Stenzel, que bastan y
sobran para apoyar nuestras conclusiones. Concedamos, para no
entrar en más debates sobre el asunto, que vivieran en Posen 420 000
alemanes. ¿Qué clase de alemanes son éstos, cuya cifra, si sumamos
a ellos los judíos, asciende a medio millón de individuos?
Los eslavos son un pueblo predominantemente agricultor, poco
apto para la práctica de las industrias urbanas que hasta ahora
podían ejercerse en los países eslavos. El tráfico comercial, en su
fase inicial y puramente rudimentaria, que se reducía prácticamen
te a la usura, corría a cargo de los buhoneros judíos. Al incremen
tarse la cultura y la población y hacerse sentir la necesidad de una
industria urbana y de la concentración en ciudades, afluyeron a las
tierras eslavas los alemanes. Los alemanes, que habían alcanzado,
en general, su máximo florecimiento en el seno de la pequeña vecin
dad de las ciudades imperiales de la Edad Media, en el perezoso
comercio interior a manera de las caravanas, y en el limitado comer
cio marítimo y en el artesanado gremial de los siglos xiv y xv, han
res sobre Napoleón I se pusieron de acuerdo para beneficiarse a costa de Francia. La finali
dad del Congreso era la restauración del sistema reaccionario-feudal imperante antes de la
Revolución francesa y las fronteras de Francia en 1792. A Inglaterra le fueron adjudicadas
todas las colonias francesas. Se mantuvieron en pie la desmembración de Alemania e Italia,
el reparto de Polonia y el sojuzgamiento de Hungría.
La correspondencia del arzobispo de Posen, Przyluski, con el gobierno de Berlín fue
publicada en la obra de Brodowsi, Kraszewski y Potworowski Zur Beurtheilung der polischen
Frage im Grossherzogthum Posen im Jhar 1848, Berlín, 1848.

acreditado su misión de ser los burgueses de empalizada202 de la
historia universal en el hecho de que sigan formando todavía hoy
el núcleo de la pequeña burguesía de toda la Europa oriental y sep
tentrional y hasta de Norteamérica. Los artesanos, tenderos y
pequeños comerciantes intermediarios de Petersburgo, Moscú, Varsovia y Cracovia, Estocolmo y Copenhague, Pest, Odesa y Jassy, de
Nueva York y Filadelfia son, en su mayoría y a veces en su gran
mayoría, alemanes o gente de origen alemán. En todas estas ciuda
des hay barrios en los que se habla exclusivamente alemán; algunas
ciudades como Pest, son casi totalmente alemanas.
Esta inmigración alemana, sobre todo en los países eslavos,
siguió su curso casi ininterrumpido desde los siglos xn y xm. Ade
más, desde la Reforma, las persecuciones contra las sectas religiosas
empujaban de vez en cuando a masas enteras de alemanes a Polo
nia, donde eran recibidas con los brazos abiertos. En otros países
eslavos, como Bohemia, Moravia, etc., la población nativa se vio
diezmada por las guerras de conquista de los alemanes y la pobla
ción germana creció por medio de la invasión.
En ninguna parte es tan clara la situación como en Polonia. Los
pequeños burgueses alemanes establecidos en Polonia desde hace
siglos nunca se han considerado políticamente parte de Alemania,
lo mismo ocurre con los alemanes de Norteamérica, con la “colonia
francesa” de Berlín o con los 15 000 franceses de Montevideo, con
respecto a Francia. Han pasado a ser polacos, en la medida en que
podían serlo en los tiempos descentralizados de los siglos xvn y xvin,
polacos de habla alemana, que habían renunciado totalmente desde
hacía largo tiempo a toda conexión con su patria de origen.
¡Pero han introducido en Polonia —se nos dice— la cultura y
la ciencia, el comercio y la industria! Es cierto que han introducido
en estas tierras el pequeño comercio y el artesanado, y han elevado
hasta cierto punto el nivel de la producción por medio de su con
sumo y del limitado tráfico consiguiente. De la gran cultura y de la
ciencia no se había oído hablar mucho hasta 1772 en toda Polonia,
2°2 yéase supra, nota 3.

ni tampoco, desde entonces, en Austria ni en la Polonia rusa; de las
de Prusia hablaremos más adelante. En cambio, los alemanes han
impedido en Polonia la formación de ciudades polacas con una bur
guesía nacional; con su lengua aparte, su aislamiento con respecto
a la población polaca y sus mil privilegiados y diferentes regímenes
jurídicos urbanos han entorpecido la centralización, que constituye
el medio político más poderoso para el rápido desarrollo de un país.
Casi cada ciudad tenía su derecho propio y en las ciudades de pobla
ción mixta regían y siguen rigiendo normas jurídicas distintas para
los alemanes, los polacos y los judíos. Los polacos-alemanes se han
detenido en el grado más bajo de la industria, no han acumulado
grandes capitales, no han sabido asimilarse la gran industria ni se
han apoderado de las grandes rutas comerciales. Fue necesario que
llegase a Varsovia el inglés Cockerill para que la industria comen
zase a echar raíces en Polonia. Toda la actividad de los polaco-alemanes se reducía al pequeño comercio, el artesanado y, cuando más,
al comercio de cereales y la manufactura (tejidos, etc.), en las pro
porciones más limitadas. Y no debe tampoco olvidarse el hablar de
los méritos de los polaco-alemanes, que fueron ellos quienes impor
taron en Polonia el filisteismo alemán y la limitación propia de la
pequeña burguesía alemana y que en ellos se aunaban las malas
cualidades de ambas naciones, sin ninguna de las buenas.
El señor Stenzel trata de avivar las simpatías de los alemanes en
pro de los polaco-germanos.
Cuando los reyes.. principalmente en el siglo xvii, cayeron cada vez más
en la impotencia y ya no podían tampoco defender a los campesinos pola
cos nativos contra la durísima opresión de la nobleza, decayeron asimis
mo las aldeas y ciudades alemanas, muchas de las cuales pasaron a manos
de la nobleza. Solamente las grandes ciudades de la Corona salvaron una
parte de sus viejas libertades [léase “de sus privilegios”].
¿Acaso el señor Stenzel pretende que los polacos defendieran a
los “alemanes” (léase “polaco-alemanes”, que eran también, por lo

demás, “nativos”) mejor de lo que podían defenderse ellos mismos?
Fácilmente se comprende que los extranjeros establecidos en un
país no pueden exigir otra cosa que compartir con la población ori
ginaria los días buenos y los malos.
Pasemos a hablar ahora de los beneficios que los polacos tienen
que agradecer especialmente al gobierno prusiano.
En 1772 Federico II despojó a Polonia del distrito del Netz y al
año siguiente se abrió el canal de Bromberg, que comunicó median
te una vía de navegación interior el Oder con el Vístula.
Se abrieron así al cultivo y fueron pobladas por numerosos colonos las tie
rras por las que desde hacía varios siglos venían litigando Polonia y Pome
rania, tierras que, en gran parte, permanecían yermas por haber sido asola
das en numerosas ocasiones y hallarse cubiertas por grandes pantanos.
El primer reparto de Polonia no fue, pues, un desfalco. Federico
II se apoderó simplemente de un territorio “por el que se venía liti
gando desde hacía varios siglos”. Pero, ¿desde cuándo no existía ya
una Pomerania independiente que pudiera reclamar este territorio?
¿Cuántos largos siglos hacía ya que no le era realmente disputado a
Polonia? ¿Y qué significa, en términos generales, esa herrumbrosa y
enmohecida teoría de las “tierras litigiosas” y las “reclamaciones”,
que sirvió en los siglos xvn y xvm para envolver la desnudez de los
intereses comerciales y anexionistas; qué valor puede tener seme
jante teoría en el año 1848, que ha venido a poner fin a todo lo que
se consideraba como derechos o desafueros históricos?
Por lo demás, el señor Stenzel debiera darse cuenta de que, al
amparo de esa doctrina sacada del desván de los trastos viejos, tam
bién la frontera del Rin entre Francia y Alemania es una frontera
“litigiosa” desde hace siglos y de que en virtud de tal teoría los pola
cos podrían alegar derechos al dominio directo sobre la provincia
de Prusia e incluso la Pomerania.
Pero, basta. El distrito del Netz pasó a manos de Prusia y dejó
de ser, con ello, territorio “litigioso”. Federico II envió a él a colo

a*
nos alemanes y surgieron así, en la cuestión de Posen, los “herma
nos del Netz \ como solemnemente se les llama. La germanización
por obra del Estado data del año 1773.
Los judíos del Gran Ducado son; según todos los datos fid ed ign o s, en todo
y por todo alemanes, y q u ieren seguirlo siendo... La tolerancia religiosa
que en otro tiempo reinaba en Polonia, unida a varias ciudades que no
poseen los polacos, han hecho que los judíos tengan desde hace siglos un
profundo radio de acción (sobre la bolsa del dinero de los polacos, con
cretamente) dentro de Polonia. Por regla general, dominan las dos len
guas, aunque en el seno de sus familias, y también sus hijos, desde la infan
cia, hablen alem án.
Encuentra aquí su expresión oficial la simpatía y el recono
cimiento inesperados que en estos últimos tiempos se dispensan
en Alemania a los judíos polacos. Estos elementos, mal afamados en
todo el ámbito de influencia de la Feria de Leipzig, considerados
hasta hace poco como la expresión más acabada de la usura, la cica
tería y la suciedad, se convierten de la noche a la mañana en los her
manos alemanes; el noblote “Michel” prototipo del buen alemán
los estrecha contra su pecho derramando lágrimas de emoción y el
señor Stenzel los reclama, en nombre de la nación alemana, como
alemanes, que además quieren seguirlo siendo.
¿Y por qué los judíos polacos no han de ser auténticos alemanes?
¿Acaso no “hablan alemán en el seno de sus familias”, como lo hablan
“también sus hijos, desde la infancia”? ¡Y qué alemán, además!
Haremos notar, por lo demás, al señor Stenzel que, con este mis
mo argumento, podría reclamar también toda Europa, media Amé
rica y hasta una parte de Asia. Todo el mundo sabe que el alemán
es la lengua universal de los judíos. En Nueva York como en Constantinopla, en Petersburgo y en París, los judíos “hablan alemán en
el seno de sus familias, y también sus hijos, desde la infancia”, y a
veces incluso un alemán más clásico que los “connacionales” de los
hermanos del Netz, los judíos de Posen.

El informe que analizamos sigue exponiendo la proporción de
las nacionalidades con la mayor vaguedad posible y procurando
inclinarse en favor del supuesto medio millón de alemanes, forma
do por polaco-alemanes, hermanos del Netz y judíos. Se nos dice
que la propiedad territorial campesina de los alemanes es más
extensa que la de los polacos (ya veremos cuál es la realidad). Y que
el odio entre los polacos y alemanes, especialmente los prusianos,
llegó a su apogeo a partir del primer reparto de Polonia.
Fue sobre todo Prusia la que al introducir sus ordenamientos estatales y
administrativos, reglamentados de una manera especialmente rígida (¡qué
manera de escribir!) y con su rigurosa aplicación, perturbó del modo más
sensible las viejas costumbres e instituciones tradicionales de los polacos.
Hasta qué punto las medidas “rígidamente reglamentadas” y
“rigurosamente aplicadas” de la admirable burocracia prusiana
“perturbaron ’ no sólo las viejas costumbres e instituciones tradi
cionales, sino toda la vida social, la producción industrial y agríco
la, el comercio y la minería, en una palabra, todas las relaciones
sociales sin excepción, es cosa de la que podrían contar maravillas
no ya solamente los polacos, sino también los demás prusianos,
como podríamos hacerlo, asimismo, especialmente, quienes he
mos nacido en las tierras del Rin. Pero el señor Stenzel no se refie
re para nada aquí a la burocracia de los años 1807 a 1848, sino a la
de los años 1772 a 1806, a los funcionarios del verdadero prusianismo de pura cepa, cuyas infamias y cuya venalidad, brutalidad y
avaricia se pusieron de manifiesto de modo tan brillante en las trai
ciones y vilezas de 1806. De estos funcionarios se nos dice que
ampararon a los campesinos polacos contra la nobleza, recibiendo
como pago solamente la ingratitud; claro está que dichos funcio
narios debieran haber comprendido “que nada, ni el dar e imponer
cosas buenas, puede compensar de la pérdida de la independencia
nacional”.
También nosotros conocemos la manera como los funcionarios

prusianos estaban acostumbrados, todavía hasta hace poco, a “dar
e imponer”. No hay ningún habitante del Rin que no haya tenido
que vérselas con los funcionarios recién importados de la vieja Prusia, que no haya tenido ocasión de admirar su inolvidable e inso
portable pedantería, el afán de tener razón a toda costa, el maridaje
de limitación e infalibilidad, la apodíctica grosería de estos buró
cratas. Es cierto que en Renania esos señores enviados por la vieja
Prusia se han visto, generalmente, obligados a limar sus peores aris
tas, pues allí no tenían a su alcance recursos como los hermanos
del Netz, la inquisición secreta, el derecho nacional prusiano203 y
los azotes, y no pocos llegaron a morir de rabia por no poder mane
jar el látigo. No hace falta que nosotros describamos aquí los extre
mos a que esta gente llegó en Polonia, donde podían azotar a su
antojo e inquirir e indagar secretamente cuanto quisieran.
El caso es que el despotismo prusiano se las arregló para hacer
se tan querido y popular, que “a raíz de la batalla de Jena, hubo de
manifestarse el odio de los polacos en una insurrección general,
acompañada de la expulsión de los funcionarios prusianos”. El régi
men burocrático llegaba, así, provisionalmente, a su término.
Pero volvió a presentarse, bajo una forma un tanto modificada,
en 1815. La burocracia “reformada”, “culta”, “buena”, “incorruptible”
intentaba ahora, por otros caminos, hacer felices a estos incorregi
bles polacos.
Tampoco la implantación del Gran Ducado de Posen podía lograr un
buen entendimiento, ya que..., en aquel entonces, era imposible que el
rey de Prusia entrase a organizar una provincia sola con una indepen
dencia perfecta, convirtiendo su Estado, hasta cierto punto, en un Estado
federativo.
Se hace referencia a la codificación del derecho civil, comercial, cambiario, marítimo
y de seguros, además del derecho penal, eclesiástico, político y administrativo. Este conjunto
de leyes, conocido como “derecho nacional prusiano”, imponía el carácter retrógrado de la
Prusia feudal y estamentaria en la administración de justicia, que rigió, esencialmente, hasta
la implantación del código civil alemán en el año de 1900.

¡¡Lo que vale tanto como decir que “era imposible” que el rey
de Prusia “entrase” a cumplir sus propias promesas y los Tratados
de Viena!!204
En 1830, cuando infundieron preocupaciones las simpatías de la nobleza
por la insurrección de Varsovía,205 lo que hizo que, desde entonces, se labra
se sistemáticamente, mediante diversas medidas adoptadas (!), principal
mente comprando, dividiendo y repartiendo entre alemanes las haciendas
de los caballeros polacos, por ir eliminando totalmente, poco a poco, la
nobleza polaca, fue en aumento el despecho de ésta contra Prusia.
“¡Mediante diversas medidas adoptadas!” ¡Mediante la prohibi
ción de vender a polacos las fincas sacadas a subasta y otras dispo
siciones por el estilo, que el señor Stenzel cubre bajo su amoroso
manto!
¿Qué dirían los habitantes del Rin si el gobierno prusiano decre
tase allí la misma medida, es decir, si prohibiese vender a los rena
nos las fincas judicialmente subastadas? Los pretextos para ello no
habrían faltado. Entre otros, podrían alegarse el de fomentar la
fusión de los habitantes de las viejas y las nuevas provincias; el de
permitir que los nativos de las viejas provincias participasen de los
beneficios de la parcelación y la legislación renana; el de mover a
los renanos a aclimatar también en las viejas provincias su indus
tria, mediante la inmigración, etc., etc. Razones que, además, ha
brían justificado también el que se derramara sobre nuestras tie
rras la bendición de los “colonos” prusianos. ¿Qué pensaríamos
nosotros de una población que se quedase con nuestras tierras a
precios irrisorios y sin posibilidad de competencia, contando ade
más para ello con la protección del Estado, de una población que
204 En los tratados suscritos en Viena, el 3 de mayo de 1815, por Rusia, Prusia y Austria, al
igual que en el acta final del Congreso de Viena, acordada el 9 de junio de dicho año, se con
signaba la promesa de crear representaciones populares e instituciones políticas nacionales
en todas las provincias polacas. En Posen, se convocó a una asamblea de representantes esta
mentales, con funciones deliberativas.
205 Véase supra, nota 184.

se nos impusiera, encima, con la expresa finalidad de difundir entre
nosotros ese aguardiente barato del entusiasmo encerrado en la fór
mula de “Con Dios, por el Rey y por la Patria”?206
Y eso que nosotros somos alemanes y hablamos la misma len
gua que se habla en las viejas provincias. En Posen ocurre otra cosa:
aquellos colonos son asentados sistemáticamente, con inexorable
regularidad, en las tierras, en los bosques, en las haciendas parcela
das de los caballeros polacos, para desplazar de su propio país a los
polacos nativos y su lengua y formar una provincia auténticamente
prusiana, cuyo fanatismo blanco y negro está llamado a sobrepasar
incluso el de Pomerania.
Y para que los campesinos prusianos de Polonia no carezcan de
superiores naturales, se les envía a la flor y nata de los caballeros
prusianos, a un Tresckow o un Lüttichau, con objeto de que com
pren también a precios irrisorios y con anticipos del Estado las fin
cas señoriales. Después de la insurrección polaca de 1846,207 se cons
tituyó en Berlín, bajo la graciosa protección de altos, altísimos y
todavía más altos personajes, toda una sociedad por acciones con
la finalidad de adquirir fincas polacas destinadas a los señores ger
manos. Los raídos hidalgos de la nobleza de la Marca y la Pomera
nia previeron que el proceso de Polonia arruinaría a gran cantidad
de terratenientes señoriales polacos, que en poco tiempo sus fincas
se venderían al malbarato. Era una ocasión magnífica que se les
deparaba para salir a flote a muchos nobles prusianos comidos de
deudas. Una hacienda señorial casi de balde, campesinos polacos a
quienes poder azotar y, por si esto fuera poco, el mérito de congra
ciarse con el rey y con la patria. La perspectiva no podía ser más
halagadora.
Así nació la tercera inmigración alemana en Polonia: campesi
nos prusianos y nobleza sentaron sus reales de un extremo a otro
206 En un decreto del rey Federico Guillermo III, del 17 de marzo de 1813, acerca de la
organización de la Milicia Nacional, se señala que en el uniforme ha de ostentarse una cruz
metálica con la inscripción: “Con Dios, por el rey y por la Patria”.
207 Véase supra, nota 29.

a*
de Posen y, sostenidos por el gobierno, no se recataban para hacer
ver en todas partes cuál era su mira: no precisamente la germanización, como suele afirmarse, sino la pomeranización. Si los vecinos
polaco-alemanes tenían la disculpa de haber contribuido un poco
a elevar el nivel del comercio y los hermanos del Netz podían jac
tarse de haber puesto en cultivo algunas tierras pantanosas, esta
última invasión prusiana carecía, en cambio, de todo pretexto. Los
nuevos invasores no habían implantado consecuentemente ni
siquiera la parcelación; la nobleza prusiana pisaba los talones a los
campesinos prusianos.
[Nene Rheinische Zeitung, núm. 70, 9 de agosto de 1848]
Coloniciy 11 de agosto. Hemos examinado en el anterior artículo el
“fundamento histórico” del informe de Stenzel, en la medida en
que se detiene en la situación de Posen antes de la revolución.
Hablaremos hoy de la historia de la revolución y la contrarrevolu
ción en Posen, vista por el señor Stenzel.
El pueblo alemán, que simpatiza siempre con los desdichados (mientras
la simpatía no cueste nada), había sentido siempre en lo más hondo la
gran injusticia cometida por sus príncipes contra los polacos.
La había sentido, ciertamente, “en lo más hondo”, en los arca
nos del corazón alemán, donde los sentimientos quedan tan “pro
fundamente” recatados que jamás se traducen en hechos. Una “sim
patía” que, cierto es, se había manifestado en 1831 en forma de unas
cuantas limosnas, de banquetes y bailes de beneficencia, mientras
se trataba de danzar en beneficio de los polacos, de beber champán
y de cantar aquello de “¡Polonia aún no está perdida!”208 Pero hacer
Palabras que figuran en el Himno nacional de Polonia, compuesto a partir de la mar
cha de Dombrowski, a la cual el poeta Joseph Wybicki le puso letra en el año de 1797.

realmente algo serio, imponerse algún sacrificio, ¿cuándo se les ocu
rrió esto a los alemanes?
Los alemanes tendieron sinceramente su mano fraternal para expiar los
pecados cometidos antes por sus príncipes.
Y es verdad que si las frases conmovedoras y las politiquerías
pudieran “expiar” algo, ningún otro pueblo ostentaría ante la his
toria una pureza tan virginal como el alemán.
Pero, en el mismo momento en que los polacos la estrechaban [quiere
decir, la mano tendida], se divorciaban ya los intereses y las metas de
ambas naciones. Los polacos sólo pensaban en la restauración de su viejo
reino o, por lo menos, en la expansión territorial anterior al primer repar
to del año 1772.
Es verdad que sólo el necio entusiasmo vacío y atolondrado que
ha sido siempre uno de los grandes encantos del carácter nacional
alemán, podía explicar que los alemanes se mostrasen sorprendi
dos ante la exigencia de los polacos. Los alemanes querían, según
se nos dice, “expiar” la injusticia cometida contra los polacos. Pues
bien, ¿con qué había comenzado esta injusticia? Comenzó, eviden
temente, para no hablar de otras infamias anteriores, con el primer
reparto de 1772. ¿Y cómo podía “expiarse” esta injusticia? Solamen
te restableciendo el status quo anterior a dicho año o, por lo menos,
devolviendo los alemanes a los polacos lo que les habían robado
desde 1772. ¿Qué el interés de los alemanes se oponía a eso? Bien, si
hablamos de intereses y dejamos a un lado las frases sentimentales
acerca de “expiaciones” y otras cosas por el estilo, empleamos el len
guaje de la práctica fría y despiadada y que no nos atruenen los
oídos con frases de brindis y generosos sentimentalismos.
En primer lugar, no es cierto que los polacos “sólo” “pensaran”
en restaurar la Polonia de 1772. Lo que “pensaran” los polacos nos
tiene sin cuidado. Por el momento, sólo pedían la reorganización

de todo Posen, sin hablar de otras eventualidades más que para el
caso de una guerra germano-polaca contra Rusia.
Y en segundo lugar, “los intereses y las metas de ambas nacio
nes” sólo “se divorciaban” en el supuesto de que “los intereses y las
metas” de la Alemania revolucionaria en el plano internacional
siguiesen siendo los mismos de la vieja Alemania absolutista. Claro
está que la situación en Polonia seguirá siendo la misma si Alema
nia considera como “su interés y su meta” la alianza rusa o, por lo
menos, la paz con Rusia a toda costa. Más adelante, veremos hasta
qué punto los verdaderos intereses de Alemania coinciden con los
de Polonia.
Viene luego un extenso, confuso y perplejo pasaje en el que el
señor Stenzel se explaya diciendo cuánta razón tenían los polacoalemanes cuando, aun queriendo que se hiciera justicia a Polonia,
deseaban, sin embargo, seguir siendo al mismo tiempo prusianos y
alemanes. Al señor Stenzel no le preocupa para nada, como es natu
ral, el que aquí el “aun queriendo” se dé de bofetadas con el “sin
embargo”, y viceversa.
Y, tomando pie de lo anterior, el señor Stenzel cuenta una his
toria no menos larga y confusa con la que trata de demostrar en
detalle que, “al divorciarse los intereses y las metas de ambas nacio
nes” y enconarse cada vez más las relaciones mutuas entre ellas, era
inevitable un choque sangriento. Los alemanes se mantenían firmes
en el interés “nacional” mientras que los polacos se hacían fuertes en
el interés puramente “territorial” Dicho en otros términos, los ale
manes exigían que el Gran Ducado se repartiera por nacionalida
des, al paso que los polacos querían quedarse con todo su antiguo
territorio.
Tampoco esto es verdad. Los polacos pedían que se procediera
a una reorganización, pero se mostraban totalmente de acuerdo con
la cesión de los territorios fronterizos mixtos en los que, siendo ale
mana la mayoría de la población, ésta quisiera ser incorporada a
Alemania. Lo que no aceptaban era que se catalogase a los habitan
tes como alemanes o polacos a gusto y antojo de los funcionarios

prusianos, y exigían que se decidiera atendiendo a la propia volun
tad de los interesados.
La misión de Willisen — prosigue el señor Stenzel— estaba,
naturalmente, condenada al fracaso por la (alegada, pero no real)
resistencia de los polacos contra la cesión de los territorios de mayo
ría alemana. El señor Stenzel tuvo a la vista las declaraciones de
Willisen sobre los polacos y las de éstos sobre Willisen. Y estas decla
raciones impresas prueban lo contrario. ¡Esto es lo que sucede cuan
do, como dice el señor Stenzel, se es “una persona que se ocupa de
historia desde hace muchos años y que se impone como deber no
decir nada falso ni ocultar nada verdadero” !
Con la misma fidelidad del que no oculta nada verdadero pasa
tranquilamente por alto el señor Stenzel los actos de canibalismo
perpetrados en Posen, la vil felonía de la Convención de Jaroslawiec,209 las matanzas de Trzemeszno, Miloslaw y Wreschen: la furia
asoladora de una soldadesca digna de la guerra de los Treinta Años,
sin decir ni una palabra acerca de todo ello.210
209 Convención pactada el 11 de abril de 1848 entre el Comité de Posen y el comisario pru
siano general Willisen (véase supra, nota 42). En ella se acordaba el desarme y licénciamien
to de los destacamentos de insurrectos polacos. A cambio de ello, Polonia se comprometía a
proceder a la “reorganización nacional de Posen, es decir, a la creación de tropas polacas, al
nombramiento de polacos para ocupar puestos administrativos y otros cargos y al reconoci
miento del polaco como lengua oficial. Pero esta convención fue violada por las autoridades
prusianas, las que, aprovechándose de aquel pacto, aplastaron cruelmente el movimiento
nacional de Posen.
210 En un “Memorándum contra la proyectada anexión del Gran Ducado de Posen a Ale
mania, con anexos probatorios, dirigidos a la Comisión de Derecho Internacional de la Asam
blea Nacional alemana por los diputados del Comité Nacional polaco que suscriben y debi
damente legitimados por plenos poderes”, se dice: “Los terratenientes, sacerdotes y maestros
de escuela polacos no se sienten ya seguros de su vida y huyen al extranjero o se ocultan en
los bosques; las iglesias católicas son profanadas y saqueadas por los brutales excesos de la
furiosa soldadesca... El gobierno de Bromberg ordena castigar a los polacos, sin distinción de
personas, con penas de 25 a 30 azotes; se practican diariamente numerosas detenciones, y por
el bando del general Von Steinácker del 31 de mayo de 1848, se prohíbe a los detenidos recibir el
menor auxilio de sus familias en materia de ropas o alimentos. Los soldados golpean a los
polacos con palos, mazas o espadas hasta dejarlos medio muertos y destruyen sus viviendas;
el comisario regio denuncia a la justicia de Lynch a los jefes polacos de la insurrección, e ins
tiga a las denuncias por medio de primas en dinero; acusados de falsos manejos, en una pala
bra, los polacos viven proscritos en la tierra de sus mayores. ¡¡¡He ahí la tan famosa pacifica
ción del Gran Ducado de Posen; a eso se le llama reorganización nacional de nuestra patria!!!”

A continuación, pasa el señor Stenzel a hablar de los cuatro nue
vos repartos de Polonia por el gobierno prusiano. Primeramente el
14 de abril le fue amputado a Polonia el distrito del Netz, en unión
de otros cuatro círculos; siguieron la misma suerte más tarde, el
22 de abril, algunas otras partes tomadas de otros círculos, con una
población total de 593 390 habitantes, territorios incorporados todos
ellos a la Confederación alemana. Poco después, se añadieron la
ciudad y fortaleza de Posen, con el resto de la orilla izquierda del
Warthe, lo que sumaba otras 273 500 almas, es decir, en conjunto,
más del doble del número de alemanes que viven en todo Posen,
incluso aceptando como buenos los mismos datos prusianos. Esto
ocurrió mediante la orden de gabinete del 26 de abril, y ya el 2 de
mayo se llevaba a cabo la incorporación de los nuevos territorios a
la Confederación alemana. El señor Stenzel expone plañideramente
a la Asamblea cómo es absolutamente necesario que Posen siga en
manos de Alemania, ya que se trata de una importante y poderosa
fortaleza, en la que viven más de 20 000 alemanes (la mayoría de
ellos judíos-polacos), a los que pertenecen las dos terceras partes
de la tierra, etc. El que Posen aparezca enclavada en medio de un
territorio puramente polaco, el que haya sido germanizada por la
fuerza y el que los judíos-polacos no sean alemanes resultan ser
hechos de todo punto indiferentes para historiadores de la talla de
un señor Stenzel, para quienes “¡jamás dicen nada falso ni ocultan
nada verdadero!”
En una palabra, no es posible desprenderse de Posen por razo
nes militares. Como si no se hubiera podido demoler esta fortale
za, que según Willisen constituye uno de los más grandes errores
estratégicos, fortificando a cambio de ello Breslau. Pero se habían
invertido en ella diez millones (lo de apenas cinco millones es, dicho
sea entre paréntesis, otro dato que no responde a la verdad) y resul
ta más ventajoso, naturalmente, retener la costosa fortaleza y, ade
más, 20 o 30 millas cuadradas de territorio polaco.
Y teniendo en la mano “la ciudad y fortaleza” de Posen, se brinda
con ello la más propicia de las ocasiones para apropiarse de algo más.

Pero para estar a salvo del Este se requeriría reforzar la fortaleza así como
los accesos de Glogau, Küstrin y Thorn y de algunos otros distritos (el
cual estaba a mil o dos mil pasos solamente, de Maestricht, en las cerca
nías de Bélgica, y Limburgo) con lo cual —sonríe nuevamente el señor
Stenzel— pondremos a salvo el canal de Bromberg, pero habrá un sinnú
mero de distritos en los que la población polaca sea mayoritaria y que la
federación alemana deberá incorporar.
Por todas estas razones, aquel gran humanista que se llamó
Pfuel de la Piedra infernal211 procedió a nuevos repartos de Polonia
que acabaron de colmar todos los deseos del señor Stenzel, hacien
do que Alemania se anexionara las dos terceras partes de todo el
Gran Ducado. El señor Stenzel reconoce con tanta mayor gratitud
la bondad de este procedimiento que, como historiador, tiene que
ver en esta renovación potenciada de las “Cámaras de Reunión5 de
Luis XIV,212 manifiestamente, que los alemanes han aprendido a
aprovechar las enseñanzas de la historia.
Los polacos, a juicio del señor Stenzel, deben consolarse pen
sando que la parte que se les deja es más fértil que el territorio que
se les arrebata, que su propiedad territorial es más reducida que la
de los alemanes y que “¡¡ninguna persona sin prejuicios puede negar
que el campesino polaco se encontrará mucho más tolerablemente
bajo un gobierno alemán de lo que el campesino alemán se encon
traría bajo un gobierno polaco!!” De lo cual se encarga de aportar
notables pruebas la historia.
Por último, el señor Stenzel les dice a los polacos que el pedacito que se les deja, aunque sea muy pequeño, les bastará para que,
poniendo en práctica todas las virtudes cívicas, puedan
211 Véase supra, nota 190.
212 Chambres de reunión: tribunales instituidos por el rey Luis XIV en 1679-1680 para
justificar jurídica e históricamente las pretensiones de Francia sobre algunos territorios
de los Estados fronterizos, sobre todo en la margen izquierda del Rin. Fundándose en sus
sentencias, las tropas francesas ocupaban dichos territorios y los anexionaban al reino
francés.

prepararse dignamente para el momento que ahora todavía les oculta el
futuro y que, por motivos muy perdonables, tratan tal vez de provocar de
forma demasiado turbulenta. “Existe —como exclama muy acertadamen
te uno de sus conciudadanos más conscientes— una corona que es tam
bién digna de colmar vuestras ambiciones: ¡la corona cívica!” Palabras que
un alemán podría completar con las siguientes: ¡no es una corona brillan
te, pero sí valiosa!
¡Pero aún son más “valiosas” las verdaderas razones que han
determinado los cuatro nuevos repartos de Polonia a manos del
gobierno prusiano!
¡¿Y tú, honradote alemán, crees realmente que los repartos se
han hecho para salvar de la dominación polaca a tus hermanos ale
manes?! ¿Para ofrecerte en la fortaleza de Posen un baluarte contra
cualquier ataque? ¿Para salvaguardar las calzadas de Küstrin, Glogau y Bromberg y proteger el canal del Netz? ¡Vaya aberración!
Te han engañado miserablemente. Los nuevos repartos de Polo
nia no han tenido otra finalidad que llenar las arcas del gobierno
prusiano.
Los primeros repartos de Polonia, hasta 1815, habían sido un
robo de tierras a mano armada; esto de ahora, los de 1848, son una
estafa.
Fíjate bien ahora, honradote alemán, en cómo te han enga
ñado.
Después del tercer reparto de Polonia, Federico Guillermo II
confiscó en beneficio del Estado las tierras polacas señoriales y las
pertenecientes al clero católico. Las tierras eclesiásticas, sobre todo,
formaban “una parte muy considerable de toda la propiedad terri
torial del país”, como reconocía la misma declaración de embargo
del 28 de julio de 1796. Estas nuevas fincas pasaron a ser adminis
tradas o arrendadas por cuenta de la Corona y su extensión era tan
grande que fue necesario crear, para administrarlas, 34 oficinas de
tierras y 21 jefaturas forestales. Cada una de las nuevas oficinas
extendía su radio de competencia a numerosos lugares; así por

ejemplo las diez oficinas del distrito de Bromberg abarcaban 636
pueblos y la oficina de Molgino, una sola, tenía bajo su jurisdicción
127 localidades.
Además, en 1796, Federico Guillermo II confiscó las tierras y los
bosques del monasterio, de monjas de Owinsk, que fueron vendi
dos al comerciante Von Tresckow (antepasado del valiente condo
tiero prusiano Tresckow, de la última heroica guerra,213 estas pose
siones engloban 24 pueblos, con una serie de molinos y 20 000
yugadas de bosques y un valor global de un millón de táleros).
Al príncipe de Thurn y Taxis le fueron cedidas, asimismo, en
1819, para indemnizarlo de las regalías del correo en varias provin
cias transferidas a Prusia, las tierras enclavadas en los distritos de
Krotoschin, Rozdrazewo, Orpiszewo y Adelnau, con un valor total
no inferior a dos millones de táleros.
Federico Guillermo II se había quedado con todas las tierras
bajo el pretexto de administrarlas mejor. Pero estas tierras, propie
dad de la nación polaca, han sido donadas, cedidas y vendidas, y el
dinero obtenido por este concepto ha ingresado en las arcas del
Estado prusiano.
Han sido apropiadas y enajenadas las tierras enclavadas en los
distritos de Gnesen, Skurzencin y Trzemszno.
En poder del gobierno prusiano quedan solamente 27 oficinas
de tierras y las jefaturas forestales, con un valor básico no inferior a
los veinte millones de táleros. No sería difícil demostrar, mapa en
mano, que estas tierras y estos bosques corresponden todos — con
poquísimas excepciones o con ninguna— a la parte de Posen que
ha sido anexionada por Prüsia. Para evitar que este rico tesoro fue
se a parar de nuevo a la nación polaca, hubo de ser absorbido por
la Confederación alemana; y, en vista de que no era posible que
viniera a ésta, tuvo que ir ésta a él, y así, fueron apropiadas las tres
cuartas partes de Posen.
Ésta y no otra es la verdadera razón de los cuatro famosos reparSe alude irónicamente a la guerra} en 1848, entre Dinamarca y Prusia a causa de los
ducados de Schleswig y Holstein.

tos de Polonia, llevados a cabo en términos de dos meses. No fue
ron las reclamaciones de tal o cual nacionalidad ni fueron tampoco
supuestas razones estratégicas las que trazaron la nueva línea divi
soria, sino que fueron sencillamente el sitio en que las tierras se
hallaban enclavadas y la codicia del gobierno prusiano.
Mientras los alemanes derramaban lágrimas de sangre por los
imaginarios sufrimientos de sus pobres hermanos de Posen, mien
tras se entusiasmaban con el aseguramiento de la Marca oriental
de Alemania y montaban en cólera ante los informes urdidos sobre
los actos polacos de barbarie cometidos contra los polacos, el
gobierno prusiano se movía silenciosamente y ponía su cosecha a
buen recaudo. El entusiasmo alemán, carente de fundamento y de
finalidad, sólo sirvió para encubrir el negocio más repugnante de la
historia moderna.
¡Así es, honradote alemán, cómo te han engañado tus ministros
responsables!
Claro está que, en realidad, podías haberlo sabido de antemano.
Donde anda la mano del señor Hansemann, no se trata nunca
de nada relacionado con la nacionalidad alemana, las necesidades
militares y otras frases vacuas por el estilo, sino que se trata siem
pre pura y simplemente, de dinero contante y ganancias netas.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 73,12 de agosto de 1848]
Colonia, 19 de agosto. Hemos seguido en sus detalles el informe del
señor Stenzel, que sirve de base al debate. Hemos demostrado cómo
en él se falsea la historia antigua y moderna de Polonia y de los pola
cos alemanes, cómo el historiador Stenzel trastoca todo el proble
ma e incurre no sólo en falseamientos deliberados, sino también en
burdas inexactitudes.
Antes de entrar en el debate mismo, debemos detenernos unos
momentos a examinar el problema polaco.
El problema de Posen, si lo consideramos aisladamente, carece

de todo sentido y no tiene posibilidad de solución. Es, en realidad,
un fragmento del problema polaco y no puede resolverse al mar
gen de éste. Para poder trazar la frontera entre Polonia y Alemania,
lo primero que hace falta es que Polonia vuelva a existir.
Ahora bien, ¿puede existir y existirá de nuevo Polonia? En el
debate esto se ha negado.
Un historiador francés ha dicho, “II y a des peuples nécessaires”,
hay pueblos necesarios. Entre los pueblos necesarios del siglo xix
figura, incondicionalmente, el pueblo polaco.
Pero, además, la existencia nacional de Polonia para nadie es
más necesaria que precisamente para nosotros, los alemanes.
¿Cuál es la base primordial sobre que descansa el poder de la
reacción en Europa desde 1815 e incluso, en parte, desde la primera
Revolución francesa? La Santa Alianza de Rusia, Prusia y Austria.214
¿Y qué mantiene en cohesión la Santa Alianza? El reparto de Polo
nia, con el que se han beneficiado las tres potencias aliadas.
La desmembración de Polonia por estas tres potencias es el nexo
que a ellas las mantiene unidas; el desfalco realizado en común las
ha hecho solidarias entre sí.
Alemania cayó bajo la dependencia de Rusia desde el momento
mismo en que se perpetró el primer desfalco contra Polonia. Rusia
ordenó a Prusia y Austria que se mantuvieran como monarquías
absolutas, y Prusia y Austria no tuvieron más remedio que obedecer.
Los esfuerzos, por lo demás bastante tímidos y flojos, que hizo la bur
guesía prusiana para conquistar el poder estaban condenados a un
total fracaso ante la imposibilidad de desembarazarse de Rusia, ante
el apoyo prestado por este país a la clase feudal-absolutista prusiana.
Añádase a esto que, desde que los aliados hicieron el primer
intento de opresión sobre ellos, los polacos no se limitaron a luchar
por su independencia mediante la insurrección, sino que lucharon
también por la vía revolucionaria contra las condiciones sociales
imperantes dentro de su país.
214 Véase su pra, nota 173.

El reparto de Polonia se llevó a cabo mediante la alianza de la
gran aristocracia feudal polaca con las tres potencias que se reparte
el país. Lejos de representar un progreso, como afirma el ex poeta
señor Jordán, esto era el único medio que se le ofrecía a la gran aris
tocracia para salvarse de una revolución y era, por tanto, un cami
no totalmente reaccionario.
Como es natural, ello trajo como consecuencia el que se sellara
una alianza de las demás clases, es decir, de la nobleza, la burguesía
de las ciudades y una parte de los campesinos, tanto contra los opre
sores de Polonia como contra la aristocracia del propio país. La
Constitución de 1791215 demuestra hasta qué punto los polacos com
prendían ya entonces que su independencia era inseparable, en el
exterior, del derrocamiento de la aristocracia y dependía, en el inte
rior, de la reforma agraria.
Los grandes países agrícolas enclavados entre el mar Báltico y el
mar Negro sólo pueden salir de la barbarie patriarco-feudal
mediante una revolución que convierta a los campesinos siervos o
sujetos a prestaciones personales en libres poseedores de su tierra,
una revolución que sea en el campo la misma que los franceses lle
varon a cabo en 1789. A la nación polaca le cabe el mérito de haber
sido la primera en proclamar esto entre todos los pueblos agrícolas
vecinos. El primer intento de reforma fue la Constitución de 1791;
en la insurrección de 183o,216 Lelewel declaró que la revolución agra
ria era el único camino para la salvación del país, pero la Dieta lo
215 La Constitución polaca del 3 de mayo de 1791 daba satisfacción a las aspiraciones del
sector más progresista de la nobleza polaca y de la burguesía urbana; en ella se establecía el
veto libre (el principio de la unanimidad en los acuerdos del Sejm o parlamento) y la elegi
bilidad del monarca y se instituía un gobierno responsable ante el Sejm. Se declaraba a las
ciudades libres de toda tutela feudal y se proclamaba la igualdad jurídica entre los campesi
nos y los demás ciudadanos del Estado polaco. Aunque no implantaba la liberación econó
mica de los campesinos, alivió las condiciones de la servidumbre. Esta Constitución restrin
gía considerablemente el poder de la aristocracia y consideraba el poder central frente a la
anarqüía feudal. Era la Constitución más avanzada de Europa, después de la proclamada por
la Revolución francesa. La Constitución de 1791 fue descartada dos años después por las inje
rencias de Catalina II de Rusia en favor de la aristocracia polaca. La ayudó en ello Prusia, al
traicionar a sus aliados polacos, hacia los que se hallaba obligada por un tratado de 1790.
216 Véase supra, nota 184.

reconoció ya demasiado tarde; en las insurrecciones de 1846 y 1848,
la revolución agraria fue proclamada abiertamente.
Los polacos actuaron revolucionariamente desde el primer día
de su opresión, con lo cual hicieron que sus opresores se entrega
ran con redoblada fuerza a la contrarrevolución. Los obligaron a
mantener en pie las condiciones patriarco-feudales no sólo en Polo
nia, sino también en los demás países. Desde la insurrección de Cra
covia de 1846,217 sobre todo, la lucha por la independencia de Po
lonia es, al mismo tiempo, la lucha de la democracia agraria —la
única posible en la Europa oriental— contra el absolutismo patriarco-feudal.
Por eso, mientras sigamos ayudando a oprimir a Polonia, mien
tras encadenemos una parte de este país a Alemania, seguiremos
atados a Rusia y a la política rusa y no podremos asestar golpes sus
tanciales en nuestro país al absolutismo patriarco-feudal. La ins
tauración de una Polonia democrática es la primera condición para
que podamos llegar a instaurar una Alemania democrática.
Además, la restauración de Polonia y el trazado de sus fronteras
con Alemania no sólo es algo necesario, sino que constituye, desde
luego y con mucha diferencia, el más viable de todos los problemas
políticos que han surgido en la Europa oriental desde la revolución.
Las luchas de independencia de los pueblos de todas las ramas étni
cas revueltos en abigarrada mezcla al sur de los Cárpatos, son bas
tante más embrollados y costarán una cantidad mucho mayor de
sangre, complicaciones y guerra civil que la lucha por la indepen
dencia de Polonia y el establecimiento de las fronteras entre este
país y Alemania.
Claro está que no se trata de levantar una Polonia ficticia, sino
de poner en pie un Estado sobre bases que aseguren realmente su
vida. Polonia deberá recobrar, por lo menos, la extensión que tenía
en 1772, contar, además del territorio, con las desembocaduras de
sus grandes ríos y tener, por lo menos, una gran faja litoral en el
mar Báltico.
217 Véase supra, nota 29.

Todo esto habría podido garantizárselo Alemania, salvaguar
dando además sus propios intereses y su honor, si después de la
revolución y en su propio interés hubiese tenido el valor necesario
para exigir de Rusia, con las armas en la mano, la devolución de los
territorios polacos. Claro está que, dada la mescolanza del elemen
to alemán y el polaco en las tierras fronterizas, principalmente en
la costa, ambas partes habrían tenido que transigir en algo, avinién
dose a que algunos alemanes pasaran a ser polacos y algunos pola
cos alemanes, pero esto se comprende por sí mismo y no habría
dado pie a ninguna clase de dificultades.
Pero, después de esta revolución alemana a medias, no se tuvo
el valor de proceder de una manera tan resuelta. Pronunciar pom
posos discursos sobre la liberación de Polonia y recibir en las esta
ciones de paso a los polacos que cruzan por nuestro territorio, brin
dándoles la más calurosa simpatía del pueblo alemán (¿a quién no
se le ha brindado?), pase; pero ¿lanzarse a una guerra contra Rusia,
poner en peligro todo el equilibrio europeo y, encima, devolver un
pedacito del territorio arrebatado? ¡Para creer que esto fuese posi
ble habría que no conocer a nuestros alemanes!
¿Qué significaba la guerra contra Rusia? Esta guerra significaba
la ruptura total, abierta y efectiva con todo nuestro ignominioso
pasado, significaba la efectiva liberación y unificación de Alemania,
la instauración de la democracia sobre las ruinas del feudalismo y
del fugaz sueño de dominación de la burguesía. La guerra contra
Rusia era el único camino posible para salvar nuestro honor y nues
tros intereses ante nuestros vecinos eslavos y, principalmente, ante
los polacos.
Pero, éramos y hemos seguido siendo unos filisteos. Hicimos dos
docenas de pequeñas y grandes revoluciones, de las que nosotros
mismos nos asustamos antes de que llegasen a su término. Después
de mucho gritar, no dimos cima a nada. La revolución, en vez de
ampliar nuestro horizonte visual, lo que hizo fue estrecharlo. Todos
los problemas fueron tratados con el filisteísmo más vacilante, más
limitado y más pusilánime, con lo que, naturalmente, volvimos a

comprometer nuestros verdaderos intereses. Desde el punto de vista
de este mezquino filisteísmo, el gran problema de la liberación de
Polonia se reduce a la diminuta frase de la reorganización de una
parte de la provincia de Posen y nuestro entusiasmo por los polacos
se trueca en granadas incendiarias y en piedra infernal.
La única solución posible, la solución que —repetimos— habría
salvado el honor y los intereses de Alemania, era la guerra contra
Rusia. No se tuvo el arrojo necesario para afrontarla, y se produjo
lo inevitable: la soldadesca de la reacción, derrotada en Berlín, vol
vió a levantar cabeza en Posen; aparentando defender la bandera y
la nacionalidad alemanas, plantó la bandera de la contrarrevolu
ción, y aplastó a nuestros aliados, los polacos revolucionarios, y la
Alemania estafada aclamó por un momento a sus enemigos vence
dores. Se consumó el nuevo reparto de Polonia, al que no le faltaba
más que la sanción de la Asamblea Nacional alemana.
La Asamblea de Francfort tenía todavía una posibilidad para
reparar el daño causado: separar todo el territorio de Posen de la
Confederación alemana y dejar pendiente la cuestión de las fronte
ras, hasta que se la pudiese negociar d’égal á égal, áe igual a igual
con la Polonia restaurada.
¡Pero, pretender semejante cosa habría sido mucho pedir a nues
tros profesores, abogados y pastores francfurteses de la Asamblea
Nacional! La tentación era demasiado grande; sin más que levan
tarse de sus asientos o permanecer sentados, aquellos pacíficos ciu
dadanos, que jamás habían empuñado un fusil, podían conquistar
para Alemania un territorio de 500 millas cuadradas y anexionarse
800 000 hermanos del Netz, polaco-alemanes, judíos y polacos, aun
que fuese a costa del honor y de los verdaderos y permanentes inte
reses de Alemania. ¡La tentación era demasiado grande! Sucumbie
ron a ella y refrendaron el reparto de Polonia.
Por qué razones, lo veremos mañana.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 81,20 de agosto de 1848]

Colonia, 21 de agosto. Pasamos por alto la cuestión previa de si los
diputados de Posen debían tomar parte en el debate y votar, y entra
mos en seguida en la discusión sobre el problema principal.
El señor Stenzel, ponente, abre el debate con un discurso espan
tosamente confuso y difuso. Se presenta como historiador y hom
bre concienzudo, habla de fortaleza y de trincheras, del cielo y el
infierno, de simpatías y corazones alemanes; se remonta al siglo xi
para demostrar que la nobleza ha oprimido siempre a los campesi
nos; utiliza algunos datos tomados de la historia polaca para dis
culpar un torrente interminable de los más vulgares lugares comu
nes acerca de la nobleza, la toma de las ciudades por los campesinos,
los beneficios de la monarquía absoluta, etcétera. Disculpa, con un
lenguaje tosco y ambiguo, el reparto de Polonia; expone los precep
tos de la Constitución del 3 de mayo de 1791218 en un lenguaje tan
abigarradamente confuso, que los miembros de la Asamblea que
hasta ahora no los conocían ignoran precisamente a partir de aho
ra en qué consisten; el orador trata de pasar en seguida al Gran
Ducado de Varsovia, cuando se ve interrumpido por el grito de “¡Es
demasiado largo!” y el presidente le llama la atención.
El gran historiador, en medio de la confusión, prosigue, pro
nunciando las siguientes conmovedoras palabras:
Seré breve. Se trata de saber qué es lo que nos proponemos hacer. Esta
cuestión es perfectamente natural (litera lm en te). La nobleza pretende
restaurar el reino. Y afirma que sus ideas son democráticas. Yo no dudo
que lo diga de buena fe. Ahora bien, señores, es natural (!) que en algu
nos estamentos se formen grandes ilusiones. Yo creo perfectamente en su
sinceridad, pero si los príncipes y si los condes pretenden pasar por alto
al pueblo, no comprendo cómo va a operarse la fusión (¿qué le importa
esto al señor Stenzel?), esto es imposible en Polonia, etc. etc.
El señor Stenzel cree que en Polonia es lo mismo la nobleza y la
aristocracia. La Histoire de Pologne de Lelewel, que él mismo cita, el
218 Véase supra, nota 215.

Débat entre la révolution et la contrerévolution en Pologne de Mieroslawski, y un montón de otras obras modernas podrían demos
trarle lo contrario al “hombre que se ocupa de historia desde hace
varios años”. La mayoría de los “príncipes y condes” de que nos
habla el señor Stenzel son precisamente aquellos contra los que
lucha la democracia polaca.
Por tanto, opina el señor Stenzel, debemos dejar a un lado a la
nobleza, con sus ilusiones, y fundar una Polonia para los campesi
nos (adjudicando un pedazo tras otro de Polonia a Alemania).
Unan ustedes, más bien, las manos de los campesinos pobres, para que
éstos puedan medrar, para que ellos consigan tal vez (!) crear una Polonia
libre, y no sólo crearla, sino mantenerla. Esto es, señores, lo funda
mental.
Y el orador investigador de la historia abandona la tribuna
embriagado de triunfo bajo los gritos de júbilo de los chiflados
nacionales del centro:219 “ ¡Bravo!” “ ¡Muy bien!” el presentar como
un beneficio en favor de los campesinos polacos el nuevo reparto
de Polonia, este sorprendente disparate, no podía por menos de
conmover hasta las lágrimas a los diputados del Centro de la
Asamblea.
Sigue a este orador el señor Goeden de Krotoszyn, un polacoalemán de pura cepa. Y tras él sube a la tribuna el señor Senff de
Inowroclaw, hermoso ejemplar de lo que es un hermano de Netz, al
que todo lo falso es ajeno, que había pedido la palabra en contra de
la propuesta del Comité y luego habló a favor de ella, perjudicando
así a otro orador en contra y alterando la serie.
La manera como intervienen en el debate estos señores consti
tuye la mayor farsa del mundo, demostrando además de lo que es
capaz un auténtico prusiano. Todos sabemos que, desde sus escon
drijos, los judíos prusianos ávidos de ganancias luchan en Posen
219 Véase su pra, nota 30.

contra los polacos en la mayor armonía con la burocracia, el cuer
po de oficiales de la monarquía prusiana y los junkers de las marcas
y la Pomerania; en una palabra, con todo lo que es reaccionario y
prusiano añejo. La traición a Polonia fue la primera muestra de la
contrarrevolución y nada tan contrarrevolucionario como los seño
res de la hermandad del Netz.
Y ahora veamos a estos maestros de escuela y funcionarios
ferozmente prusianos, que luchan con Dios, con el rey y con la
patria,220 aquí, en Francfort, como se los dicta su traición contra
rrevolucionaria a la democracia polaca, en pro de una revolución,
pero de una revolución que declaran real y auténtica en nombre de
la soberana hermandad de Netz, cómo conducen el derecho histó
rico y exclaman sobre el supuesto cadáver de Polonia: ¡Sólo los vivos
tienen derecho!221
Pero, así es el prusiano: al lado del Spree por la gracia de Dios,
junto al Warta con el pueblo soberano; junto a Spree forman la ple
be y junto al Warta representan a la revolución; junto al Spree afir
man al derecho histórico “inmemorial” y junto al Warta al derecho
nacido de la realidad viva que data de ayer; y a pesar de todo esto,
sin falsedad alguna, honrada y valerosamente como corresponde a
un leal corazón prusiano!
Escuchemos ahora al señor Goeden:
Por segunda vez, tenemos que defender una causa cuya importancia y
consecuencia son tan grandes para nuestra patria, que si no resultara ser
en sí misma absolutamente justa para nosotros (!), ten dría q u e con vertir
se necesariam ente en u n a causa de ju sticia . Y nuestro derecho no se fun
da tanto en el pasado como en las vigorosas p u lsa c io n e s” (¡y sobre todo
en los vigorosos culatazos!) de los tiem pos presentes.
El campesino y el ciudadano polacos se sienten ahora en tal estado de
seguridad y bienestar como jamás lo habían conocido. (¡Sobre todo desde
las guerras polaco-prusianas y los repartos de Polonia!)
22° véase supra, nota 206.
221 Frase tomada del poema de Schiller “A la alegría”

El quebrantamiento de la justicia que constituye el reparto de Polo
nia se halla plenamente reparado por la humanidad de su pueblo (del
pueblo alemán y, sobre todo, por los latigazos de la burocracia prusiana),
por su laboriosidad” (sobre las tierras polacas robadas y arrebatadas), y
desde abril de este año también ¡por medio de su sangre!
¡Por la sangre del señor Goeden de Krotoszyn!
¡La revolución es nuestro derecho, y gracias a ella estamos aquí!
Los títulos probatorios de nuestra legítima incorporación a Alemania
no consisten precisamente en pergaminos enmohecidos; no se han adqui
rido por matrimonio ni por herencia, por compra o por trueque; nos
otros somos alemanes y formamos parte de nuestra patria porque así lo
dispone nuestra nacional, jurídica y soberana voluntad, una voluntad con
dicionada por nuestra situación geográfica, nuestra lengua y nuestras cos
tumbres, por nuestro número (!), por nuestra condición, pero sobre todo
por nuestro corazón alemán y nuestro amor a la patria.
Nuestros derechos se hallan radicados de un modo tan seguro y pro
fundo en la moderna concepción del mundo, que ni siquiera se necesita
tener un corazón alemán para reconocerlo.
¡Viva la soberana voluntad del pueblo prusiano-judío, de la her
mandad de Netz, basada en una nueva conciencia del mundo, pro
tegida por la revolución de las granadas incendiarias y las vigorosas
pulsaciones del actual estado de sitio! ¡Viva la esencia alemana de
los burócratas de Posen, del robo de los bienes eclesiásticos, de los
ancianos de la comunidad y de los anticipos de dinero a la manera
de Flottwell!
Después del declamatorio caballero de la alta justicia, sube a la
tribuna el descarado hermano de Netz. Para éste, para el señor Senff
de Inowroclaw, la misma propuesta de Stenzel resulta todavía dema
siado cortés hacia los polacos, razón por la cual este orador pide
una versión más tajante. Y con el mismo descaro con que solicita la
palabra contra la propuesta, bajo este pretexto declara que consti

tuye una injusticia clamorosa el que los de Posen sean excluidos por
la votación:
Yo creo que los diputados de Posen deben ser los primeros en votar, ya
que se trata precisamente de los derechos más importantes de quienes los
han elegido.
Después de esto, el señor Senff pasa a hablar de la historia de
Polonia desde el primer reparto y la enriquece con una serie de fal
sedades intencionales y de clamorosas mentiras, al lado de las cua
les el señor Stenzel puede pasar por el más lamentable de los cha
puceros. Cuanto hay en Posen de bueno y meritorio debe su origen
al gobierno prusiano y a la hermandad de Netz.
El Gran Ducado de Varsovia ha nacido. Los funcionarios prusianos han
dejado el sitio a los polacos, y en 1814 apenas quedaba rastro de lo ante
rior.
El señor Senff tiene razón. No quedaba “ni rastro” de la ser
vidumbre de la gleba ni de los pagos hechos al Estado y a los esta
blecimientos prusianos de enseñanza como, por ejemplo, a la Uni
versidad de Halle, ni de las extorsiones y brutalidades de los
funcionarios prusianos ignorantes del polaco; “no quedaba ni hue
lla de todo esto”. Pero Polonia no estaba aún perdida,222 pues Prusia salió de nuevo al palenque por la gracia de Rusia, y Posen fue
otra vez prusiana.
A partir de ahora, el gobierno prusiano hizo nuevos esfuerzos encamina
dos a mejorar las condiciones de la provincia de Posen.
Quien desee saber algo más detallado acerca de esto no tiene
más que leer el memorial de Flottwell de 1841. Hasta 1830 el gobier
no no había hecho nada. Flottwell se encontró en todo el Gran
222 Véase supra, nota 208.

Ducado con cuatro millas de calzadas. No es posible detenerse a
enumerar los beneficios logrados por Flottwell. Como taimado
burócrata que era, trató de dotar a Polonia de caminos y calzadas,
de hacer navegables sus ríos, de secar los pantanos, etc., etc.; pero
todo ello no con el dinero del gobierno prusiano, sino con su pro
pio dinero. Todas esas mejoras se llevaron a cabo, principalmente,
mediante recursos privados, o de los círculos; y cuando el gobier
no, de vez en cuando, aportaba algún dinero, era la menor de las
sumas, obtenidas por los impuestos y los rendimientos de la venta
de las tierras polacas nacionales y eclesiásticas. Además de esto, los
polacos deben al señor Flottwell no sólo el que se haya mantenido
en suspenso la elección de los consejeros regionales por los círculos
(a partir de 1826), sino, especialmente, además de esto, la lenta
expropiación de los terratenientes polacos de los bienes subastados
pertenecientes a los nobles y que sólo podían venderse de nuevo a
nacionales alemanes bien intencionados (orden de gabinete de
1833). Por último, otro beneficio de la administración Flottwell fue
el mejoramiento de las escuelas. Pero esta medida representa, a su
vez, la prusianización de la enseñanza. Las altas escuelas debían prusianizar a los jóvenes nobles y a los futuros sacerdotes católicos,
mientras las escuelas elementales prusianizaban a los campesinos
mediante maestros prusianos. El señor Wallach presidente del
gobierno, de Bromberg, ha dejado traslucir en un arranque de cóle
ra demasiado sincero cuál era la finalidad de estos establecimientos
de enseñanza; en efecto, este funcionario escribe al presidente supe
rior señor Beurmann que la lengua polaca constituye el principal
obstáculo para la difusión de la cultura y del bienestar entre la pobla
ción del país. Lo cual no deja de ser exacto cuando se da el caso de
que los maestros no entienden el polaco. Por lo demás, quienes
pagaban estas escuelas eran los mismos polacos, por dos razones:
en primer lugar, los establecimientos de enseñanza, los más impor
tantes y en su mayoría que no servían a los fines de prusianización,
eran los sostenidos con recursos privados o habían sido fundados y
dotados por elementos provinciales, y en segundo lugar, las mis-

mas escuelas encargadas de prusianizar a los polacos eran sosteni
das por los conventos secularizados el 31 de marzo de 1833 y la Caja
del Estado aportaba solamente 21 000 táleros al año, durante un
decenio. Por lo demás, el señor Flottwell reconoce que todas las
reformas fueron establecidas por los mismos polacos. Y que los
mayores beneficios producidos por el gobierno prusiano consistie
ron en la obtención de importantes rentas e impuestos y en la utili
zación de los jóvenes para el servicio militar prusiano. Todo esto es
reconocido por el señor Flottwell, al igual que por el señor Senff.
En una palabra, que todos los beneficios obtenidos del gobier
no prusiano se reducen a la incorporación a Posen de una serie de
suboficiales prusianos, bien para dirigir los ejercicios militares, bien
como maestros de escuela, gendarmes o recaudadores de contribu
ciones.
No es necesario entrar aquí en el examen de otras sospechas
infundadas contra los polacos ni repetir tampoco los falsos datos
estadísticos aportados por el señor Senff. Basta decir que este señor
sólo habla con un propósito: conseguir que la Asamblea Nacional
odie a los polacos.
Viene ahora el señor Robert Blum. Como de costumbre, éste da
una de sus conferencias que podemos llamar formales; es decir,
hace una exposición en la que se contienen más propósitos que
razones y más declamaciones que fundamentos y que, además,
como pieza declamatoria — debemos reconocerlo— no vale más
que la moderna concepción del mundo del señor Goeden de Krotoszyn, que hace de Polonia la muralla contra la barbarie nórdica
—si los polacos tienen vicios, debe culparse de ello a sus opresores.
(El viejo Gagern declara que el reparto de Polonia es la pesadilla de
nuestra época); los polacos aman apasionadamente a su patria y
podríamos tomar ejemplo de ello, los peligros que nos amenazan
desde Rusia; y si la República roja triunfara en París y tratara de
liberar a Polonia por la fuerza de las armas, ¿qué hacer entonces,
señores? Seamos imparciales, etcétera, etcétera.
Lo sentimos por el señor Blum, pero si despojamos de su oro-

peí declamatorio a todas estas hermosas frases, sólo quedará en pie
la más trivial de las vulgaridades, aunque ésta — debemos recono
cerlo— tenga elevadas pretensiones. Incluso cuando el señor Blum
pretende que la Asamblea Nacional intervenga en Schleswig, en
Bohemia, en el Tirol, en las provincias rusas del Báltico y en Alsacia, aplicando consecuentemente el mismo principio aplicado en
Posen, se trata de un fundamento que sólo es legítimo frente a las
vacuas mentiras nacionalistas y a la cómoda inconsecuencia de la
mayoría. Y cuando piensa que Alemania sólo podía tratar honrada
mente acerca de Posen con una Polonia ya existente, no negaremos
esto, pero sí afirmamos que este fundamento, el único razonable de
su discurso, ha sido repetido ya cientos de veces y desarrollado por
los polacos mucho mejor que por él, ya que en el señor Blum no es
más que una embotada flecha retórica que se dirige acon modera
ción y suave prudencia”, infructuosamente, contra el endurecido
pecho de la mayoría.
El señor Blum tiene razón cuando dice que las bombas incen
diarias no son un argumento, pero carece de ella —y lo sabe—
cuando quiere colocarse imparcialmente en un punto de vista
“moderado” superior. Si el señor Blum no ve claro en la cuestión
polaca, la culpa es solamente de él. Pero todavía se equivoca más
cuando, en primer lugar, cree poder exigir a la mayoría que sólo
reclame un informe del poder central y, en segundo lugar, cree que
debe inclinarse ante en informe de este ministro del poder central
que, con motivo del 6 de agosto, se plegó tan vergonzosamente ante
los apetitos de soberanía de los prusianos;223 con el informe de este
ministro no saldría ganando absolutamente nada, lo cual es malo
para el señor Blum. Para poder sentarse entre la “indiscutible
izquierda”, lo primero que se exige es dejar a un lado toda moderaCon arreglo a una orden del ministro de la Guerra prusiano del 16 de julio de 1848, el
6 de agosto de ese año las tropas de todos los Estados prusianos debían concentrarse en una
parada solemne para emitir el juramento ante el Duque Juan. Pedro Federico Guillermo IV,
quien reivindicaba asimismo el alto mando de las fuerzas armadas de la Confederación ale
mana, prohibió la parada convocada para el 6 de agosto.

ción prudente y renunciar a hacer pasar ante la mayoría cualquier
cosa, por pequeña que ésta sea.
En general, hay que decir que, ante la cuestión polaca, en todo,
casi toda la izquierda224 se deja llevar de las declamaciones o inclu
so de los fantásticos fanatismos, sin tener en cuenta los materiales
de la realidad y el contenido práctico del problema, a pesar de que
el cúmulo de acontecimientos era, aquí, muy abundante e impre
sionante. Pero, para esto, se requiere, sin duda, estudiar el proble
ma, de lo cual puede prescindirse, naturalmente, cuando antes se
ha pasado por el purgatorio de la opción, sin que ninguna otra per
sona sea responsable.
En el transcurso del debate nos referiremos a las contadas
excepciones que deben hacerse. Mañana diremos algunas palabras
acerca del señor Wilhelm Jordán, quien no constituye ninguna ex
cepción sino que esta vez coincide literalmente y de un modo razo
nado con el gran montón.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 82, 22 de agosto de 1848]
Colonia, 25 de agosto. Por último y gracias a Dios, abandonamos el
desierto de las vulgaridades cotidianas para pisar el terreno más alto,
que marca la posición de los partidos en el gran debate. Por fin, nos
remontamos a las elevadas cumbres en que anidan las águilas, en
que el hombre puede mirar cara a cara a lo divino y desde donde
contempla despectivamente los gusanillos que se mueven abajo, con
los contados argumentos del sentido común. ¡Por fin, después de las
escaramuzas mantenidas por Blum con un Stenzel, un Goeden y un
Senff de Inowroclaw, comienza la gran batalla en que los héroes de
Ariosto miden sus lanzas en el terreno del espíritu!
Las filas de los combatientes se abren respetuosamente y vemos
saltar a la palestra, desenvainando la espada, al señor Wilhelm Jor
dán, de Berlín.
224 Véase supra, nota 30.

¿Quién es el señor Wilhelm Jordan, de Berlín?
El señor Wilhelm Jordan, de Berlín, era un literato de Königs
berg en los tiempos del florecimiento de la literatura alemana. Se
celebraron reuniones semitoleradas en el Böttchershöfchen, a las
que asistía el señor Wilhelm Jordan; en una de ellas leyó éste su poe
ma C£E1 batelero y su Dios”, que le valió ser desterrado.
El señor Wilhelm Jordan, de Berlín, se estableció en Berlín. Allí,
se celebraban asambleas estudiantiles. En una de ellas, el señor Wil
helm Jordan leyó su poema titulado “El batelero y su Dios”, y de
nuevo fue desterrado.
El señor Wilhelm Jordan, de Berlín, se trasladó entonces a Leip
zig, donde se celebraban también algunas inocentes reuniones. En
una de ellas, el señor Wilhelm Jordan leyó su poema ££El batelero y
su Dios” y fue nuevamente desterrado.
El señor Wilhelm Jordan publicó, además, varios escritos: un
poema titulado ££La campana y el cañón”, una colección de cancio
nes populares lituanas, entre ellas algunas de su propia hechura,
principalmente canciones polacas compuestas por él mismo; tra
ducciones de George Sand; una revista incomprensible, El Mundo
Comprendido,225 y algunas otras cosas al servicio del gloriosamente
conocido señor Otto Wigand, que no han valido a su autor tanta
fama como a su original francés, el señor Pagnerre; una traducción
de la Histoire de Poíogne de Lelewel con un entusiasta prólogo sobre
Polonia, etcétera.
Y vino la revolución, “En un lugar de la Mancha, de cuyo nom
bre no quiero acordarme”,a es decir, en un lugar de la Mancha ale
mana, que es la Marca de Brandeburgo en la que nacen los Don
Quijotes, lugar de cuyo nombre no quiero acordarme, se presentó
el señor Wilhelm Jordan, de Berlín, como candidato a la Asamblea
Nacional alemana. Los campeones de aquel lugar eran gente apaci
blemente constitucional. El señor Wilhelm Jordan pronunció varios
Die begriffene Welt. Blätter für wissenschaftliche Unterhaltung: periódico mensual edi
tado por Wilhelm Jordan en 1845-1846 en la ciudad de Leipzig.
a En español, en el original.

enjundiosos discursos llenos de la más constitucional apacibilidad.
Los campesinos, entusiasmados, eligieron diputado a este gran
hombre. Y apenas llegó a Francfort, nuestro noble irresponsable se
sentó en los bancos de la “incondicional izquierda” y votó desde allí
con los republicanos. Los campesinos, quienes como electores ha
bían parido a este Don Quijote parlamentario, emitieron un voto
de censura contra él, recordándole sus promesas y revocando su
nombramiento. Pero el señor Wilhelm Jordán ha creído estar por
encima de sus electores como un rey y aprovecha cualquier ocasión
para seguir haciendo resonar en la Asamblea “su Campana y su
Cañón”.
Cuantas veces el señor Wilhelm Jordán ha subido a la tribuna
de la iglesia de San Pablo lo ha hecho solamente para dar lectura a
su poema “El batelero y su Dios”, poema que, sin embargo, no quie
re decir que su lectura lo hiciera acreedor a la expulsión.
Escuchemos la última campanada y el último estampido de
cañón del gran Wilhelm Jordán acerca de Polonia.
Más bien creo que debemos elevarnos al punto de vista h istó rico -u n iversal desde el cual hay que investigar la cuestión de Posen en su significa
ción como episodio del gran drama polaco.
Y, de un tirón, nos levanta este poderoso señor Wilhelm Jordán
por encima de las nubes hasta el Chimborazo del “punto de vista
histórico-universal”, cubierto de nieves y tendido en el cielo, desde
el cual nos abre la más inmensa de las perspectivas.
Pero, antes de ello, se eleva por un momento al campo cotidia
no de la deliberación “especial”, haciéndolo, además, con mucha
fortuna. He aquí algunas pruebas:
Más tarde, el distrito de Netz fue incorporado a Prusia en la Conferencia
de Varsovia (es decir, en el primer reparto) y desde entonces ha seguido
siendo prusiano, si prescindimos del breve interinato del Gran Ducado
de Varsovia.

El señor Jordán habla aquí del distrito de Netz por oposición al
resto de Posen. Este hombre, que es el Caballero del punto de vista
histórico-universal, el conocedor de la historia polaca y traductor
de Lelewel, ¿cuál de las fuentes sigue aquí? Sencillamente, el discur
so del señor Senff de Inowroclaw. Y lo sigue tan al pie de la letra,
que incluso se olvida totalmente de cómo también la otra parte de
la gran Polonia en el Posen de 1794 “fue incorporada a Prusia y
siguió desde entonces siendo prusiana, si prescindimos del breve
interinato del Gran Ducado de Varsovia”. Pero de esto no hablaba
Senff, el hermano de Netz, por cuya razón “el punto de vista histórico-social” únicamente sabe que el distrito gubernamental de
Posen fue “incorporado a Prusia” hasta 1815.
Además, los círculos occidentales de Birnbaum, Meseritz, Bomst y Fraustadt pasaron a Alemania desde tiempo in m e m o ria l, como puede verse
ya por los nom bres de estas ciudades, en la inmensa mayoría de sus habi
tantes.
Y también el círculo de Miedzychod pasó a ser “polaco”, señor
Jordán, “desde tiempo inmemorial”, en la inmensa mayoría de sus
habitantes, a juzgar “por su nombre”, ¿no es así, señor Jordán?
Ahora bien, este círculo de Miedzychod no es otro que el círcu
lo de Birnbaum. La ciudad se llama, en polaco, Miedzychod.
Estas etimológicas Cámaras de la reunión226 del “punto de vista
histórico-universal” y del “mundo comprendido” prestarán gran
apoyo al “cristiano-germano señor Leo” Esto, sin hablar de que
Milán, Lieja, Ginebra y Copenhague son, “como deducirá usted de
su mismo nombre”, “ciudades alemanas” desde tiempo inmemo
rial. ¿Acaso el “punto de vista histórico-universal” no se trasluce “ya
del nombre mismo”? “¿desde tiempo inmemorial?”, en lugares como
Haimons-Echicht, Welsch-Leyden, Jenau y Kaltenfelde. El punto de
vista histórico-universal se verá perplejo sin duda, si trata de encon226 Véase supra, nota 212.

trar en el mapa estos primitivos nombres alemanes y tendrá que
agradecerle al señor Leo el haberlos fabricado él mismo y el saber
que equivalen a estos otros: Le Quesnoi, Lyon, Génova y Campo
Freddo.
¿Qué dirá el punto de vista histórico-universal cuando los fran
ceses, después, reclamen como ciudades inmemorialmente france
sas a Colonia, Coblenza, Maguncia y Francfort, y todo ello a despe
cho del punto de vista histórico-universal?
Pero, no sigamos deteniéndonos más tiempo en estas petites
misères de la vie humaine,h que también les han sucedido a los gran
des. Sigamos al señor Wilhelm Jordan, de Berlín, hasta las más altas
regiones de su vuelo. Hablando de Polonia, nos dice aquí que “se le
quiere más cuanto más lejos se está de ella y menos se le conoce, y
se la quiere menos cuanto más se acerca uno a ella”, razón por la
cual “este afecto no se basa en ninguna ventaja real del carácter pola
co, sino en cierto idealismo cosmopolita”.
Pero, ¿cómo podrá explicarnos el punto de vista histórico-uni
versal según el cual los pueblos de la tierra constituyen otro pueblo
cuando uno “se aleja de ellos? y “se los quiere más” cuando están
más cerca, el que, con una rara coincidencia se desprecie, se explote
y se pisotee a este pueblo. Este pueblo de que habla son, concreta
mente, los alemanes.
El punto de vista histórico-universal nos dice que esto se basa
en un “materialismo cosmopolita” y con ello queda a salvo.
Pero, sin preocuparse de estas pequeñas objeciones, el águila
histórico-universal despliega sus alas cada vez más alto y con mayor
valentía, hasta que llega por fin al puro éter de la idea en-y-parasí, prorrumpiendo en el siguiente himno hegeliano-histórico-universal:
Sin embargo, debemos dar la razón a la historia, que, en su marcha dibu
jada de antemano por la necesidad, ha creado un pueblo que no es ya lo
b Pequeñas miserias de la vida humana.

bastante fuerte para sostenerse entre naciones iguales por su nacimiento,
pisoteado siempre, inexorablemente, por un pie de hierro, por cuya razón
se comportaría de un modo bárbaro e inhumano frente a todos los demás,
contemplando la larga pasión de este pueblo, y conste que yo estoy muy
lejos de predicar semejante carencia de sentimientos. [¡Dios no dejará de
pagárselo, oh noble Jordán!] Pero una cosa es sentirse conmovido ante
un drama y otra distinta hacer de este drama algo retrospectivo. Es preci
samente la férrea necesidad a que se halla sometido el héroe la que con
vierte su destino en una verd a d era tragedia, y al injerirse en la marcha de
este destino por simpatía humana, deteniendo la rueda de la historia y
tratando de llevarla hacia atrás correría el peligro de dejarse uno aplastar
por ella, empeñarse en poner en pie a Polonia simplemente porque su
desaparición nos llena justamente de duelo: ¡a esto le llamo yo un necio
sentimentalismo!
¡Qué grandeza de pensamiento y qué profundidad de sabidu
ría! ¡Qué airoso lenguaje! Así habla el punto de vista histórico-universal, cuando ha tenido tiempo de corregir la versión taquigráfica
de sus discursos.
Los polacos pueden escoger. Si quieren ofrecernos una “verda
dera tragedia”, deben someterse humildemente al pie de hierro y
dejarse aplastar por la rueda girante de la historia, implorando al
zar Nicolás: ¡Hágase, Señor, tu voluntad! Y si, por el contrario, quie
ren rebelarse e intentar ser, pueden optar por rebelarse, tratando de
ver si no pueden también ellos asestar sobre su trasero el “férreo
pie de la historia”, en cuyo caso no representarán ninguna “verda
dera tragedia” y el señor Wilhelm Jordán, de Berlín, no podrá inte
resarse ya por ellos. Así habla el punto de vista estático históricouniversal del profesor Rosenkranz.
¿En qué consistía la inexorable, la férrea necesidad que aplastó
momentáneamente a los polacos? Consistía en la caída de la demo
cracia de la nobleza, basada en la servidumbre de la gleba, es decir,
en la aparición de una gran aristocracia dentro de la nobleza. Y esto
representaba un progreso, por cuanto que era el único camino para

»
salir de la situación ya superada de una democracia noble. ¿Y cuál
fue la consecuencia de esto? Que el férreo pie de la historia, es decir,
que los tres autócratas del Este oprimieran a Polonia. La aristocra
cia veíase obligada a coligarse con el extranjero, para dar al traste
con la democracia de la nobleza. La aristocracia polaca ha seguido
siendo hasta hace poco, y lo es todavía en parte, el sincero aliado de
los opresores de Polonia.
¿Y en qué reside la inexorable, la férrea necesidad de que Polo
nia vuelva a liberarse? En el hecho de que la dominación de la aris
tocracia, en Polonia, que desde 1815, por lo menos en Posen y en
Galizia, e incluso, parcialmente, en la Polonia rusa, no había cesado
de existir, es hoy algo tan caduco y enterrado como lo era en 1772 la
democracia de la pequeña nobleza; en el hecho de que el estableci
miento de la democracia agraria para Polonia no representa sola
mente una cuestión política, sino que se ha convertido, además, en
una cuestión de vida o muerte; en que la fuente de vida del pueblo
polaco, que es la agricultura, se va a pique, a menos que el cam
pesino siervo se convierta en terrateniente libre; en el hecho de que
la revolución agraria es imposible sin la conquista simultánea de la
existencia nacional, de la posesión de la costa del Báltico y de las
desembocaduras de los ríos de Polonia.
¡Y a esto lo llama el señor Jordán, de Berlín, querer detener y
volver atrás la rueda de la historia!
Es cierto que la vieja Polonia de la democracia de la nobleza está
muerta y enterrada desde hace largo tiempo, y solamente al señor
Jordán se le puede ocurrir volver a la “verdadera tragedia” de esta
Polonia; pero este “héroe del drama” ha engendrado un hijo robus
to que, sin duda, algún necio literato berlinés se empeñará en cono
cer; y este hijo, que se dispone a poner en escena un drama y a dete
ner “la rueda de la historia”, pero que puede estar seguro de lograrlo,
este hijo es la Polonia de la democracia campesina.
Un poco de pompa literaria desgastada, otro poco de desprecio
afectado por el mundo — que en Hegel era un atrevimiento, pero
que en Jordán es una vulgaridad barata— ; en una palabra, un poco

de cañón y otro poco de campana, humo y resonancia,227 expresa
do todo ello en malas frases y despertando así un embrollo y una
ignorancia sin nombre acerca de las condiciones históricas usuales:
a eso se reduce todo el punto de vista histórico-universal.
¡Viva el punto de vista histórico-universal, con su mundo com
prendido!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 86, 26 de agosto de 1848]
Colonia, 26 de agosto. El segundo día de batalla nos ofrece una ima
gen todavía más grandiosa que la primera. Es cierto que ya no tene
mos ante nosotros a un Wilhelm Jordán, de Berlín, cuyos labios
hacen estremecerse los corazones de todos los oyentes; pero démo
nos por satisfechos, pues tampoco son de despreciar un Radowitz,
un Wartensleben, un Kerst ni un Rodomont-Lichnowski.228
Sube primero a la tribuna el señor Radowitz. El jefe de la dere
cha habla poco, pero habla claro, y calculando bien sus palabras.
No más declamaciones de las estrictamente necesarias. Supuestos
falsos, pero rápidas y apretadas conclusiones derivadas de ellos.
Apelación al miedo de la derecha. Sangre fría y seguridad en el éxi
to basado en la cobardía de la mayoría. Desprecio total por toda la
Asamblea, la de derecha y la de izquierda. Tales son los rasgos gene
rales del breve discurso pronunciado por el señor Radowitz, y nos
otros comprendemos perfectamente el efecto que estas pocas pala
bras, frías y descarnadas, tienen que producir en una Asamblea
acostumbrada a escuchar los ejercicios retóricos más pomposos y
más huecos. El señor Wilhelm Jordán, de Berlín, se sentiría feliz si,
con todo su mundo de imágenes “comprendidas” e incomprendi
das, hubiera conseguido ni la décima parte del efecto alcanzado por
el señor Radowitz, con su discurso tan breve y tan comedido.
227 Humo y resonancia: se alude al Fausto de Goethe, Parte Primera, “Marthens Garten”.
228 Se aplica aquí el nombre de Rodomont a Lichnowski, uno de los héroes del poema de
Ariosto, VOrlando furioso, mostrándolo, así, como un parlanchín frailesco.

i *
El señor Radowitz no es ningún “carácter” ningún hombre de
arraigadas intenciones, pero es una figura con nítidos y claros con
tornos, de la que sólo se necesita haber leído un discurso para cono
cerlo plenamente.
Nosotros no hemos aspirado nunca al honor de ser órgano de
cualquier izquierda parlamentaria. Hemos considerado apremiantemente necesario, por el contrario, ante los muchos y diferentes
elementos que forman el partido democrático en Alemania, no vigi
lar a nadie más de cerca que precisamente a los demócratas. Y, dada
la falta de energía, de decisión, de talento y de conocimientos que,
con muy pocas excepciones, revelan ante nosotros los dirigentes de
todos los partidos, no puede por menos de alegrarnos encontrar en
el señor Radowitz, por lo menos, un adversario digno de ellos.
Después del señor Radowitz viene el señor Schuselka. No obs
tante y a pesar de todas las advertencias anteriores, nos encontra
mos con una conmovedora apelación a los corazones. Una exposi
ción interminablemente larga, interrumpida por raras objeciones
históricas y, de vez en cuando, algún sentido práctico austriaco. En
conjunto, una sensación fatigosa.
El señor Schuselka se trasladó a Viena, donde fue elegido tam
bién para el Reichstag. Allí está en su sitio. Mientras que en Franc
fort se sienta en la izquierda, allí figura en el centro; y si en Francfort
ha podido desempeñar cierto papel, en Viena su primer discurso
resulta un fracaso. Es la suerte de todas estas primeras figuras lite
rarias, filosóficas y vulgares, que sólo se han valido de la revolución
para asegurarse posiciones; se manifiesta por un momento en terre
no realmente revolucionario y, en un abrir y cerrar de ojos, esa sen
sación desaparece.
Sigue el ci-devanta conde Von Wartensleben. El señor Wartensleben se manifiesta una buena persona rebosante de amabilidad, refiere
anécdotas tomadas de su actuación como miliciano de la frontera
polaca en 1830, y se transforma luego en un Sancho Panza,229 apuna£x
229 Sancho Panza, el inolvidable acompañante escudero de Don Quijote, solía siempre

tando a los polacos un refrán tras otro: vale más pájaro en mano que
ciento volando y, con este motivo, muy inocentemente, hace la
siguiente pérfida observación:
¿Cómo explicarse que no se hayan encontrado los funcionarios polacos
necesarios para llevar a cabo la reorganización en el territorio cedido? Yo
me temo que no se hayan atrevido ante sí mismos a ello y que no están muy
lejos de poder organizar tranquilamente a la población, moviéndola sola
mente con la motivación de que es el amor por la patria contra Polonia lo
que les impide poner ni siquiera el germen para un gozoso comienzo.
Dicho en otras palabras, los polacos vienen luchando desde hace
ochenta años, con el sacrificio de su vida y de sus bienes, incesante
mente, por la causa que ellos mismos consideraban imposible y dis
paratada.
En definitiva, el señor Wartensleben opina lo mismo que el
señor Radowitz.
Sube ahora a la tribuna el señor Janiszewski, de Posen, miem
bro del Comité nacional de este distrito.
El discurso del señor Janiszewski es la primera pieza de verda
dera elocuencia parlamentaria que se pronuncia desde la tribuna
de la iglesia de San Pablo. Escuchemos por fin a un orador que no
busca solamente el aplauso de la sala, sino que habla el lenguaje de
la pasión viva y real, razón por la cual produce un efecto totalmen
te distinto al de todos los oradores que le han precedido. La apela
ción del señor Blum a la Asamblea, el oropel barato de Jordán, la
fría consecuencia de Radowitz, la placentera longitud de Schuselka
desaparecen de pronto ante este polaco, que defiende la existencia
de su nación y reclama lo que es su innegable derecho. Janiszewski
habla en tono de agitación, con palabras violentas, pero no decla
ma, se limita a exponer los hechos con una justa indignación, en la
que no es posible otra cosa que levantar estos hechos como un escuconversar por medio de dichos y refranes aleccionadores a propósito de cada lance de su
señor.

do, tono doblemente justo después de las descaradas mistificacio
nes que hemos escuchado en el debate. Su discurso, que ocupa real
mente el centro de la discusión, refuta todos los ataques anteriores
contra los polacos, hace buenos todos los errores de los amigos de
Polonia, mantiene el debate en su terreno práctico y certero y corta
de antemano los sonoros argumentos de los oradores posteriores.
¡Habéis devorado a Polonia, pero os juro por Dios que no podréis dige
rirla!
Este resonante resumen del discurso de Janiszewski quedará en
pie, lo mismo que el orgullo con que declara, dirigiéndose a los ami
gos de Polonia que mendigan una solución:
Yo no vengo aquí a mendigar ante vosotros, sino que vengo a defender mi
legítimo derecho; no busco simpatías, busco la justicia.
Después del señor Janiszewski habla el señor director Kerst, de
Posen. Después de la Polonia que lucha por su existencia, por la liber
tad social y política de su pueblo, viene el maestro de escuela prusia
no emigrado a Posen, que lucha por su sueldo. Después de la pasión
bellamente indignada del hombre oprimido, la vulgar desvergüenza
del burócrata que vive de la opresión.
El reparto de Polonia, “al que hoy se llama una infamia”, fue en
su tiempo “un suceso completamente usual”.
El derecho de los pueblos a agruparse por nacionalidades es un derecho
completamente nuevo, que no aparece reconocido en ninguna parte...
En política, lo que decide es simplemente el estado p o seso rio d e hecho.
He allí alguna de las vigorosas sentencias en las que el señor
Kerst basa sus argumentos. En seguida, vienen las más burdas con
tradicciones:

Con Posen se ha incorporado a Alemania una faja de terreno que es, sin
duda alguna, predominantemente polaca —y poco después añade—: Por
lo que se refiere a la parte polaca de Posen, hay que decir que no ha ofre
cido nada con su incorporación a Alemania y, por lo que sé, no están uste
des, señores, inclinados a recibir esta parte en contra de su voluntad.
Se entrelazan con esto algunos datos estadísticos acerca de la
población, datos tomados de los famosos informes de la herman
dad del Netz, según los cuales sólo son polacos quienes no entien
den el alemán, considerándose alemanes cuantos balbucean algo en
este idioma. Y, por último, un cálculo altamente artificioso, según
el cual el orador llega a la conclusión de que, en la votación para la
Dieta provincial de Posen, la minoría de 17 contra 26, votada a favor
de la anexión a Alemania,230 constituía realmente la mayoría.
Con arreglo a la ley provincial, sería ciertamente necesario obtener la
mayoría de 2/3 para considerar válido el voto. Ahora bien 17 no llega a
constituir las dos terceras partes de 26, pero la fracción que aún falta para
ello es tan pequeña, que no merece ser tomada en consideración, para una
cuestión tan seria (!!).
Por tanto, si la minoría de 2/3 debe considerarse como la mayo
ría, ello quiere decir que es la mayoría “ ¡con arreglo a la ley provin
cial!” Los prusianos viejos coronarán al señor Kerst por este descu
brimiento. En realidad, la cosa es como sigue: para presentar una
propuesta, deben estar a favor de ello los 2/3 de los votos. La incor
poración a la Confederación alemana era una propuesta de éstas.
Por tanto, la incorporación sólo podía considerarse propuesta en
términos legales si votaban a su favor 2/3 de la Asamblea, 2/3 de los
43 votantes. Pero, en vez de esto, votaron solamente casi 2/3. ¿De
qué sirve esto? 17 son, en efecto, casi “2/3 de 43”.
El gobierno prusiano solicitó ante el gobierno provincial de Posen la incorporación
de la mayor parte de los reinos y principados de Posen a la Federación alemana. La sesión de
la Asamblea del 6 de abril de 1848 apoyó la incorporación solicitada por 26 votos contra 17.

2/2
Que los polacos no son una nación tan “culta” como los ciuda
danos de la “República de la Inteligencia” es algo perfectamente
concebible cuando vemos cómo la República de la Inteligencia ofre
ce a los polacos semejantes profesores de cálculo.
El señor Clemens, de Bonn, hace la acertada observación de que
no se trata de que el gobierno prusiano germanice a Posen, sino de
que lo prusianice, comparando con la prusianización de este terri
torio los intentos parecidos que se han hecho en las tierras del Rin.
Viene el señor Ostendorf de Soest. Este hijo de la tierra roja lee
un repertorio de vulgaridades y chabacanerías políticas y se pierde
en posibilidades y conjeturas que oscilan de una centésima a una
milésima, que en el señor Jordán se refieren a los franceses y en el
republicano rojo a los Pieles rojas de Norteamérica, a los que él equi
para a los polacos, lo mismo que los hermanos del Netz los equipa
ran a los yanquis, ¡osado paralelismo, digno de la tierra roja! El
señor Kerst, el señor Senff y el señor Goeden son habitantes de los
bosques del Este, con su casa de ladrillos, su carabina y su pala:
¡inolvidable comedia!
Sube a la tribuna el señor Franz Schmidt, de Lówenberg. Habla
calmadamente y sin retórica, lo que es tanto más de agradecer si se
tiene en cuenta que el orador pertenece a un estamento que gusta
más que nada de la declamación: el estamento de los sacerdotes ger
mano-católicos. El señor Schmidt, cuyo discurso es, desde luego,
después del de Janiszewski, el mejor por ser el más sobrio, conciso
y apegado a los hechos de todo el debate, el señor Schmidt, hace
ver al Comité cómo, detrás de su aparente derroche de erudición,
cuyo contenido ya hemos señalado nosotros, demuestra la ilimita
da ignorancia acerca de las condiciones reales del problema. El
señor Schmidt ha vivido largos años en el Gran Ducado de Posen y
pone sobre el tapete los más burdos errores cometidos por el Comi
té acerca de este pequeño distrito, que él conoce tan bien. Hace ver
cómo el Comité, precisamente en todos los puntos decisivos, ha
dejado a la Asamblea sin la menor aclaración, como las que el ora
dor precisamente reclama, sin ninguna clase de datos ni de conoci

mientos, en la mayor de las oscuridades. Y el señor Schmidt exige,
ante todo, explicaciones acerca de la situación real de las cosas. Pone
de manifiesto cómo las propuestas del Comité se hallan en contra
dicción con las premisas de que parte; cita el informe de Flottwell y
pide a éste, ya que también es diputado, que se manifieste si real
mente este documento no es fiel. Y, por último, denuncia al públi
co cómo los hermanos del Netz se entrevistaron con Gagern, lle
vando el debate a un rápido final mediante la falsa noticia de que
en Posen había estallado una insurrección. Es verdad que Gagern
niega esto, mientras que el señor Kerst se había jactado de esto
públicamente. La mayoría se ha vengado del señor Schmidt por este
valeroso discurso haciendo que apareciera desfigurado en su ver
sión taquigráfica. En uno de los lugares ha corregido el señor
Schmidt tres veces el disparate que se le atribuía, a pesar de lo cual
sigue figurando la errata en el texto impreso. Protestas ruidosas
contra Schlóffel, violencia abierta contra Brentano231 y falseamien
to de los hechos contra Schmidt: ¡hay que decir que, en realidad,
los señores de la derecha son unos críticos muy finos!
El señor Lichnowski cierra la sesión. Sin embargo, nos reserva
remos a este amigo para el artículo siguiente, pues a un orador del
calibre del señor Lichnowski no se le puede descartar.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 90,31 de agosto de 1848]
Colonia, 31 de agosto. Sube a la tribuna con ademán galante y caba
lleroso, como dibujándose en su rostro una sonrisa de complacen
cia consigo mismo, el bel-hommea de la asamblea, el gallardo alemán
sin miedo y sin tacha, el ex príncipe de los Derechos Fundamenta
El 7 de agosto de 1848 el diputado Brentano habló en la sesión de la Asamblea Nacional
de Francfort en favor de una amnistía para aquellos que tomaron parte en la insurrección
republicana de Badén y para su jefe Hecker. El ala derecha de la Asamblea se opuso de inme
diato al discurso de Brentano y lo hizo bajar violentamente de la tribuna.
a Hombre hermoso.

les232 Voti Lichnowski Y con el más puro acento del oficial prusiano
y una despectiva despreocupación, el orador exterioriza los po
cos pensamientos consagrados que se propone comunicar a la
Asamblea.
El bello caballero viene a representar en este debate un momen
to absolutamente necesario. Quien, oyendo a los señores Goeden,
Senff y Kerst, no haya podido convencerse, puede comprobarlo
viendo a este caballero Lichnowski, cuya traza inestètica es — a pesar
de la hermosa figura— la de un eslavo prusianizado. El señor Lich
nowski es el patriarca de los polacos alemanes, cosa que se com
prueba simplemente con el modo como aparece en la tribuna. El
slachcich injertado en hidalgo prusiano nos suministra un ejemplo
viviente de lo que el amoroso gobierno prusiano se propone hacer
de la nobleza de Posen. El señor Lichnowski no es, a pesar de todas
sus afirmaciones, un alemán; es un polaco “reorganizado”, y no
habla tampoco el alemán, sino el prusiano.
El señor Lichnowski comienza asegurando que siente una sim
patía caballerosa por los polacos, hace cumplimientos al señor
Janiszewscki, ensalza a los polacos como los creadores de “la gran
poesía del martirio” y, de pronto, pregunta, ¿por qué estas simpa
tías han decrecido? Respuesta: porque “los polacos han figurado en
primera línea sobre las barricadas” en todas las insurrecciones y
revoluciones. Lo cual es, ciertamente, un crimen que no volverá a
repetirse tan pronto como los polacos sean “reorganizados”; por lo
demás, debemos asegurar al señor Lichnowski, tranquilizándolo,
que también entre los “emigrados polacos” e incluso entre la noble
za polaca en el destierro, que ha caído tan bajo como él, figura gen
te que se mantiene totalmente inocente de todo contacto con las
barricadas.
Y ahora sigue una divertida escena:
En el artículo II, 6 de “Los derechos fundamentales del pueblo alemán”, sancionado en
la sesión de la Asamblea Nacional de Francfort del 2 de agosto de 1848, prescribía la disolu
ción de todos los privilegios estamentarios y de sus títulos a su favor.
b Noble polaco.

Lichnowski: Los señores de la izquierda, que exponen los venerables per
gaminos, han evocado de una manera sorprendente el derecho histórico.
Para la causa polaca no existe ningún derecho, ningún dato más que
tomándolo de otra fuente. Para el derecho histórico no existe fecha.
(Grandes risas en la izquierda.)
El Presidente: Les ruego, señores, que permitan al orador, terminar
su frase, sin interrupciones.
Lichnowski: El derecho histórico no tiene fecha. (Risas en la izquierda.)
El Presidente: ¡Ruego no interrumpir al orador, y guardar silencio!
(Protestas).
Lichnowski: Para el derecho histórico no existe fecha (bravos y risas
en la izquierda) que pueda exaltar a un derecho mayor sobre el de fecha
anterior.
¿Acaso no tenemos derecho a decir que este noble caballero no
habla el alemán, sino el prusiano?
El derecho histórico, que carece de fecha, encuentra un temible
adversario en nuestro noble paladín:
Si nos remontamos hacia atrás en la historia encontramos [en Posen]
muchos círculos que fueron silesianos y alemanes; y remontándonos más,
llegamos a los tiempos en que las ciudades de Leipzig y Dresde fueron
construidas por eslavos y, por este camino, llegamos hasta Tácito, y Dios
sabe hasta dónde nos conducirían esos señores, si entráramos en el tema.
Mal deben de ir las cosas en el mundo. Los bienes de los caba
lleros prusianos deben de hallarse irremisiblemente hipotecados y
los acreedores judíos tienen que apremiar espantosamente al preci
pitarse los días de vencimiento de las letras: las subastas, las corpo
raciones y los despidos de los puestos deben de apremiar mucho a
estos ligeros firmantes de letras y de deudas; todos estos terrores de
la penuria financiera de la gente sin fondos deben de asaltar a los
caballeros prusianos, amenazándolos con una ruina incontenible,
para que pueda haber llegado el momento en que un Lichnowski

combata el mismo derecho histórico que le hizo ganar los entor
chados en la mesa redonda de don Carlos.233
¡Dios sabe hasta dónde pueden los señores ejecutores de los tri
bunales conducir a los flacos caballeros,234 si nos decidimos a entrar
en el tema del derecho histórico de los deudores! Y, sin embargo,
¿no son las deudas, en realidad, la única cualidad que puede discul
par a los paladines prusianos?
Pasando ahora a su tema, el bel-homme cree que no es posible
presentarse ante los polacos alemanes “con la confusa imagen de
un futuro de Polonia situado en la más lejana oscuridad” y entien
de que los polacos deben darse por satisfechos con lo de Posen.
Si yo tuviera, el h o n o r de ser polaco, pensaría todas las mañanas y todas
las noches en restaurar el viejo reino de Polonia.
Pero, como el señor Lichnowski no tiene ese “honor” y sólo es
un polaco fluvial reorganizado,235 “todas las mañanas y todas las
noches” piensa en otras cosas muy distintas y menos patrióticas.
Debo decir, para ser franco, que tienen necesariamente que convertirse en
alemanes no menos de loo 000 polacos; lo que, sinceramente hablando,
no representaría tampoco una desgracia en las condiciones actuales.
Por el contrario, ¡qué hermoso sería si el gobierno prusiano ins
talara un nuevo criadero para hacer que los prusianos brotaran de
la tierra más de lo que piensa el señor Lichnowski!
Y, con la misma amable despreocupación, destinada en el fon
do a impresionar a las damas de las tribunas y que sigue siendo, a
233 Don Carlos se ajustó a las leyes de 1713 referentes a la prohibición al trono de parte de
la línea materna, cuando en 1833 cayó Isabel, tía del príncipe Fernando, como pretendiente al
trono de España.
234 Se alude a Fieinrich Heine, Alemania. Cuento de invierno, cap.vm.
235 Fluvial reorganizado: el símbolo originario, de los astilleros en el Oder, sobre todo en
la alta Silesia polaca; tiempo después, se daría este nombre en Alemania para referirse a Polo
nia y Silesia.

pesar de todo, bastante buena para la Asamblea, el caballero gallar
do alisa su mostacho y concluye:
Ya no tengo más que decir y decidid vosotros ahora: o admitís entre nos
otros a 500 000 alemanes u os desembarazáis de ellos..., pero entonces
debéis borrar también los versos de nuestro viejo canto popular.
Realmente, es molesto que, en su canto, el viejo Arndt no haya
pensado en los judíos polacos y en su alemán.236 Afortunadamente
allí está nuestro paladín de la Alta Silesia. ¿Quién no conoce las anti
guas obligaciones, hoy venerables en el curso de los siglos, que tie
ne la nobleza con respecto a los judíos? Menos mal que el caballero
Lichnowski recuerda lo que escapa a la memoria del viejo plebeyo:
Hasta allí donde un judío polaco chapucea el alemán,
Presta usurariamente y falsifica el dinero y el peso,
¡hasta allí llega la patria del señor Lichnowski!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 91,1 de septiembre de 1848]
Coloniay 2 de septiembre. El tercer día del debate da pruebas de un
cansancio general. Los argumentos se repiten sin mejorarse, y si el
primer honorable orador, que es el ciudadano Arnold Ruge, no vol
cara su abundante tesoro de nuevos fundamentos, los taquígrafos
se echarían a dormir.
Pero el ciudadano Ruge conoce también sus méritos mejor que
cualquier otro. Y promete
poner en esto toda mi pasión y todos mis conocim ientos.
236 Se alude al poema de Emst Moritz Arndt, “La patria alemana”

i*
El orador presenta una propuesta, que no es, sin embargo, una
propuesta vulgar y corriente, sino la única acertada, la verdadera pro
puesta, la propuesta absoluta:
N in g u n a otra cosa p u e d e ser pro p u esta n i es adm isib le. Es posible, seño
res, hacer otra cosa, ya que al hombre le es dable apartarse de lo acertado.
Precisamente por poder apartarse de lo acertado posee el hombre libre
arbitrio.. pero no por eso deja lo acertado de serlo. Y, en nuestro caso, lo
que yo propongo es lo único acertado que se puede proponer. [Por tanto,
esta vez, el ciudadano Ruge sacrifica su libre arbitrio a lo acertado.]
Veamos ahora cuál es la pasión, cuáles son los conocimientos y
qué es lo único acertado para el ciudadano Ruge.
La supresión de Polonia constituye un desafuero infame porque viene a
oprimir un valioso desarrollo de la nación que había adquirido grandes
méritos ante la familia de pueblos de Europa y que representa una fase de
la existencia medieval, la esencia caballeresca, llevada hasta una figura bri
llante. La República de la Nobleza ha sido interrumpida por el despotis
mo y obligada a llevar a cabo su propia existencia interior, que podría
haber seguido adelante mediante la Constitución que se ha abierto paso
en los tiempos revolucionarios.
La nacionalidad del sur de Francia no se hallaba, en la Edad
Media, más cerca de la del Norte de Francia de lo que la naciona
lidad polaca se halla ahora respecto a Rusia. La nación del sur de
Francia, vulgo provenzal, no sólo tenía en la Edad Media un “valio
so desarrollo”, sino que figuraba incluso a la cabeza del desarrollo
de Europa. Fue la primera de las naciones modernas que contó
con una lengua culta. Su poesía estaba al servicio de todos los pue
blos latinos, e incluso constituía un ejemplo único, en aquel
entonces, para los alemanes y los ingleses. Compitió en el desarro
llo de la nobleza feudal con los castellanos, los franceses del Norte
y los normandos ingleses; en la industria y el comercio nada tenía

que envidiar a los italianos. No sólo desarrolló hasta “brillar” “una
fase de la existencia medieval”, sino que llegó incluso a despedir un
destello del viejo helenismo en lo más profundo de la Edad Media.
La nación del sur de Francia, por tanto, no sólo se hizo grande, sino
que contrajo incontables “méritos” para con “la familia de pueblos
de Europa” y, sin embargo, al igual que Polonia, fue repartida entre
el norte de Francia e Inglaterra y, más tarde, sojuzgada por los fran
ceses del Norte. Desde la guerra de los albigenses237 hasta Luis XI,
los franceses del Norte, que en el terreno de la cultura iban tan retra
sados sobre sus vecinos del Sur como los rusos sobre los polacos,
sostuvieron contra los franceses del Sur guerras ininterrumpidas
de sojuzgamiento y acabaron por someter a todo el país. La “Repú
blica de los nobles” (denominación absolutamente justa en cuanto
al apogeo) del Mediodía de Francia “fue impedida por el despotis
mo de Luis XI, empeñado en llevar a cabo su propia abolición inte
rior, que, gracias al desarrollo de la burguesía de las ciudades, habría
resultado por lo menos tan posible como lo fue la destrucción de la
República polaca de los nobles gracias a la Constitución de 1791.238
Durante varios siglos los franceses del Sur lucharon contra sus
opresores. Pero el desarrollo histórico era incontenible. Después de
una lucha de trescientos años, su hermosa lengua se vio rebajada al
rango del patois y ellos mismos se convirtieron en franceses. El des
potismo de la Francia del Norte sobre la Francia del Sur duró tres
cientos años y solamente entonces pudieron los franceses del Norte
reparar los quebrantos producidos por la opresión, al destruir los
últimos restos de su autonomía. La Constituyente hizo pedazos las
provincias independientes, el puño de hierro de la Convención con
virtió por primera vez en franceses a los habitantes de la Francia
meridional, entregándoles la democracia para indemnizarlos de la
pérdida de su nacionalidad. Y lo que el ciudadano Ruge dice de
237 Las persecuciones contra la secta de los albigenses tuvieron lugar de 1209 a 1229 debido
a los señores feudales del norte de Francia. El movimiento albigense fue en lo fundamental
una forma de oposición de la burguesía y los señores ministeriales contra la Iglesia y el Esta
do feudal.
238 Véase supra, nota 215.

Polonia es aplicable literalmente a la Francia meridional durante
los trescientos años de opresión:
El despotismo de Rusia no ha liberado a los polacos; la destrucción de la
nobleza polaca y el destierro de tantas familias nobles de Polonia sólo ha
servido para que en Rusia no se fundara ninguna democracia, ninguna
existencia humana.
Y, sin embargo, jamás se ha calificado la opresión de la Francia
del Sur por los franceses del Norte como un “ignominioso des
acuerdo”. ¿Cómo explicarse esto, ciudadano Ruge? Una de dos: o la
opresión de la Francia meridional constituye un ignominioso des
afuero, o la opresión de Polonia no es un desafuero ignominioso.
Que el ciudadano Ruge elija.
Pero, ¿dónde reside la diferencia entre los polacos y los france
ses del Sur? ¿Por qué la Francia meridional hubo de ser llevada a
remolque por los franceses del Norte como un peso muerto, hasta
su destrucción final, mientras que Polonia, por el contrario, tiene
ante sí todas las perspectivas de llegar a encontrarse perfectamente
a la cabeza?
Como consecuencia de relaciones sociales que no podemos
explicar más ampliamente aquí, la Francia meridional era la parte
reaccionaria de toda la nación. Su contraposición a la Francia del
Norte se transformó muy pronto en contraposición frente a las cla
ses progresistas de todo el país. Fue ella, la Francia meridional, el
principal sostén del feudalismo y ha seguido siendo hasta hoy la
fuerza de la contrarrevolución, en Francia.
En cambio, Polonia fue, en virtud de relaciones sociales que
hemos explicado más arriba (en el núm. 81), la parte revoluciona
ria de Rusia, Austria y Prusia. La oposición que mantenía ante sus
opresores era, al mismo tiempo, en el interior, la oposición frente a
la alta aristocracia polaca. Incluso la nobleza, que en parte se man
tenía todavía en terreno feudal, se unió, con una devoción excep
cional, a la revolución democrática en el campo. Polonia se había

convertido ya en el hogar de la democracia de la Europa oriental,
mientras Alemania seguía haciendo tanteos dentro de la más vanal
ideología constitucional y de la ideología filosófica más delirante.
Es allí, y no en el desarrollo explosivo de la caballería, hace
mucho tiempo enterrada, donde reside la garantía y donde hay que
buscar el carácter ineluctable de la restauración de Polonia.
Pero el señor Ruge posee, además, un segundo argumento en
pro de la necesidad de una Polonia independiente dentro de la
“familia de los pueblos europeos”:
La violencia ejercida contra Polonia ha hecho que los polacos se disemi
naran por toda Europa; se han visto segregados por todas partes, anima
dos por la cólera de la injusticia sufrida... De este modo, el espíritu pola
co se ha humanizado y purificado, en Francia, en Alemania (¡?); la
emigración polaca se ha convertido en propagandista de la libertad...
Los eslavos se han capacitado así para ingresar en la gran familia europea
de los pueblos [familia con la que inevitablemente nos encontramos a
cada paso], porque su emigración ejerce un verdadero apostolado de la
libertad... Todo el ejército ruso (!!) se halla contaminado por las ideas
modernas, gracias a estos apóstoles de la libertad que son los polacos...
Yo respeto las honradas convicciones de los polacos, tal como las han
manifestado por todas partes en Europa, haciendo a todo trance la propa
ganda de la libertad... Mientras resuene la voz de la historia, los polacos
se verán honrados por haber sido los pioneros, allí donde lo han sido
(!!!)... Los polacos son el elemento de libertad proyectado sobre la civili
zación eslava, han conducido hacia la libertad al Congreso eslavo de Pra
ga; han actuado en Francia, en Rusia y en Alemania. Los polacos consti
tuyen, pues, un elemento activo incluso en el estado actual de la cultura;
su acción es positiva, y lo es porque son necesarios y no se hallan, ni
mucho menos, muertos.
El ciudadano Ruge debe, pues, demostrar que los polacos: i) son
necesarios, y 2) que no están muertos. Y lo hace diciendo: “No se
hallan muertos, precisamente porque son necesarios”.

Extraigamos del largo pasaje citado más arriba, en que se dice
siete veces la misma cosa, las siguientes palabras: Polonia; elemen
to; libertad; propaganda; cultura; apostolado, y veamos lo que que
da en pie de todo ese párrafo tan lleno de patetismo.
El ciudadano Ruge debe demostrar que la restauración de Polo
nia es necesaria. Y lo hace afirmando que los polacos no han muerto,
sino que se hallan, por el contrario, muy vivos, actúan eficazmente,
son los apóstoles de la libertad en toda Europa. ¿Y cómo han con
seguido esto? La violencia, el ignominioso atropello de que han sido
víctimas, los ha dispersado por toda Europa, provocando en ellos
la cólera por la injusticia sufrida, su justa cólera revolucionaria. Esta
cólera ha “purificado” a los polacos en el exilio, y esta cólera puri
ficada les ha permitido ser los “apóstoles” de la libertad y los “ha
colocado en la primera fila de las barricadas”. ¿Qué se deduce de
aquí? Que si libráis a Polonia del ignominioso desafuero, de la vio
lencia sufrida por ella, si restauráis a Polonia la “cólera” desapare
cerá, no podrá volver a ser purificadora; los polacos se reintegrarán
a sus tierras y dejarán de ser, como lo son ahora, los “apóstoles de
la libertad”. Si lo que los hace revolucionarios es únicamente “la
cólera provocada por el desafuero sufrido”, lógicamente la repara
ción de la injusticia los hará reaccionarios. Si es solamente su resis
tencia a la opresión que mantiene vivos a los polacos, es evidente
que suprimiendo la opresión morirán.
Por tanto, el ciudadano Ruge demuestra, cabalmente lo contra
rio de lo que se propone demostrar; sus razones llevan a la conclu
sión de que el interés de la libertad y de la familia de los pueblos
exige que no sea restaurada.
Y, al hablar de los polacos, el ciudadano Ruge sólo cita a la emi
gración, no ve más que la emigración en las barricadas; y esto, por
lo demás, arroja una extraña luz sobre sus “conocimientos”. Esta
mos muy lejos de querer hablar en contra de la emigración polaca,
que ha demostrado su energía y su valor en el campo de batalla y a
lo largo de dieciocho años de conspiración en pro de Polonia. Pero
no podemos negarlo: quien conozca a la emigración polaca sabe

que dista mucho de ser un apóstol de la libertad y que no se halla,
ni mucho menos, afectada por el mal de las barricadas, como de
buena fe repite el ciudadano Ruge, siguiendo al ex príncipe Lichnowski. La emigración polaca se ha mantenido, ha sufrido mucho
y trabajado mucho por la restauración de Polonia. Pero, ¿acaso han
hecho menos los polacos dentro de Polonia, acaso ellos no han de
safiado peligros mayores, no han corrido el riesgo de ir a parar a
los calabozos de Moabit y de Spielberg, acaso no han sufrido el Knut
y las minas de Siberia, las matanzas de Galizia y las bombas incen
diarias prusianas? Pero todo esto, para el señor Ruge, no existe, ni
comprende tampoco que los polacos no emigrados han asimilado
la cultura general europea mucho mejor, que sientan más las nece
sidades de Polonia, país en el que han vivido sin interrupción, de lo
que demuestra la emigración casi toda ella, con excepción de Lelewell y Mieroslawski. El ciudadano Ruge atribuye a la estancia de la
emigración en el extranjero toda la inteligencia de que dan prueba
los polacos o, para decirlo con sus palabras, “que se ha ascendido
entre los polacos y ha descendido sobre ellos”. En el núm. 81 hemos
demostrado que los polacos no necesitaban documentarse acerca
de las necesidades de su país gracias al contacto con los visionarios
políticos franceses, que desde febrero han fracasado, al chocar con
tra los escollos de sus propios discursos, ni en sus relaciones con
los profundos ideólogos alemanes, quienes todavía no han tenido
ocasión de fracasar, porque la misma Polonia es la mejor escuela
para aprender lo que Polonia necesita. El mérito de los polacos con
siste en haber sido los primeros en reconocer y extender por el mun
do la idea de que la democracia agraria constituye la única forma
posible de liberación para todas las naciones eslavas y no, como el
ciudadano Ruge se lo imagina, en haber importado en Polonia y en
Rusia una serie de generalidades, tales como “la gran idea de la liber
tad política que ha madurado en Francia e incluso la filosofía apare
cida en Alemania” (y en la cual el señor Ruge ha desaparecido).
Que Dios nos guarde de nuestros amigos, pues de nuestros ene
migos procuraremos guardamos nosotros mismos, eso es lo que los

polacos pueden exclamar a la vista del discurso del ciudadano Ruge.
Pero los polacos han tenido siempre la gran desgracia de verse
defendidos por sus amigos no polacos, que han utilizado para ello
los peores argumentos del mundo.
Es de todo punto característico de la izquierda de Francfort239 el
que, salvo contadas excepciones, se haya entusiasmado con el discur
so del ciudadano Ruge sobre Polonia, en el que se dice lo siguiente:
No pretendemos, ciudadanos, discutir en torno al punto de saber si lo que
perseguimos es una monarquía democrática, una monarquía democrati
zada (!) o la democracia pura; en conju nto, qu erem os todos lo m ism o: la
libertad, la libertad del pueblo, la soberanía popular.
¡Y se pretende que nosotros nos entusiasmemos con una
izquierda que se ve transportada de júbilo cuando se dice que “en
conjunto queremos todos la misma cosa”; es decir, lo mismo que
quiere la derecha, que quieren los señores Radowitz, Lichnowski y
Vincke; una izquierda que, en medio del entusiasmo, no se conoce
a sí misma y olvida todo lo que es, apenas escucha fórmulas como
las de “la libertad del pueblo” y la “soberanía popular”. Pero deje
mos a la izquierda y volvamos al ciudadano Ruge.
Aún no se ha producido en el globo revolución más grande que la de 1848.
“Es la más humana en sus principios” porque sus principios han
nacido del encubrimiento de los intereses contrapuestos.
“La más humana en sus decretos y en sus proclamas”, porque
éstas son una síntesis de las visiones filantrópicas y las frases senti
mentales sobre la paternidad, que brotan de todas las cabezas euro
peas sin cerebro.
“La más humana en su existencia”, o sea en las matanzas y los
actos de barbarie ocurridos en la Posnania, en los incendios crimi
239 Véase supra, nota 30.

nales de Radetzsky, en el canibalismo de los crueles vencedores de las
jornadas de junio en París, en las carnicerías de Cracovia y de Praga,
en el reino generalizado de la soldadesca; en una palabra, en todas
las infamias que hoy, 1 de septiembre de 1848, constituyen la “exis
tencia” de esta revolución y han costado en cuatro meses más san
gre que los años de 1793 y 1794 juntos.
¡Cuán “humano” es el ciudadano Ruge!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 93,3 de septiembre de 1848]
Coloniay 6 de septiembre. Hemos seguido al “humano” ciudadano
Ruge en la vía de sus investigaciones históricas destinadas a poner
de manifiesto la necesidad de la existencia de Polonia. Hasta aquí,
el ciudadano Ruge ha hablado del pasado condenable, de la época
del despotismo, ha relatado los acontecimientos del periodo de la sin
razón; ahora pasa a hablar del presente, del glorioso año revolucio
nario de 1848; ahora pisa ya un suelo familiar para él y pasa a rela
tar la urazón de los acontecimientos”.240
¿Cómo es posible lograr la emancipación de Polonia? Será posible alcan
zarla por medio de tratados en los que participen las dos grandes nacio
nes civilizadas de Europa que deben necesariamente formar con Alema
nia, con la Alemania liberada, una nueva Triple Alianza, p o rq u e las tres
naciones piensan lo mismo y aspiran, en co n ju n to, a alcanzar la misma
cosa.
He allí, encerrada en una única y audaz frase, toda la razón de
los acontecimientos de política exterior: una alianza entre Alema
nia, Francia e Inglaterra, ya que las tres piensan “lo mismo y aspi
ran en conjunto a la misma cosa”; es decir, ¡un nuevo convenio de
En un Manifiesto electoral del Partido Reformista Radical de Alemania, redactado
por Ruge en abril de 1848, se proclama como el mayor triunfo de la Asamblea Nacional el
haber hecho consignar “la razón de los acontecimientos”

Rütü241 entre las tres Suizas de la época moderna, que son Cavaignac, Leiningen y John Russell! Es cierto que Francia y Alemania,
con el tiempo y con la ayuda de Dios, han saltado tan atrás, que sus
gobiernos, en cuanto a los principios políticos generales, “piensan
la misma cosa” que la Inglaterra oficial, esta roca contrarrevolucio
naria que se levanta intacta en medio de los mares.
Pero estos países no se limitan a “pensar” la misma cosa, sino
que, en conjunto, “persiguen también la misma finalidad”. Alema
nia desea el Schleswig, que Inglaterra no quiere dejarle; Alemania
aspira a tener derechos proteccionistas, mientras que Inglaterra pre
dica la libertad comercial; Alemania aspira a ser independiente e
Inglaterra se esfuerza en mantenerla bajo el yugo de su industria,
pero ¿qué importa? “En su conjunto”, las tres naciones aspiran, sin
embargo, a “la misma cosa”, y Francia, por su parte, promulga leyes
aduaneras contra Alemania, su ministro Bastide se burla del maes
tro de escuela Rauner, que representa a Alemania en París, lo que
revela que, manifiestamente y “en su conjunto”, aspira a “la misma
cosa” que Alemania. Y es un hecho: Inglaterra y Francia demues
tran del modo más palmario que aspiran a la misma meta que Ale
mania, a la que amenazan con la guerra: Inglaterra por razón del
Schleswig y Francia a causa de Lombardía.
El ciudadano Ruge cae en la simpleza ideológica de creer que
naciones que mantienen en común ciertas concepciones políticas
partirán de este hecho para sellar entre sí una alianza. El ciudadano
Ruge sólo dispone en su paleta política de dos colores: el negro y el
blanco, la esclavitud y la libertad. Para él el mundo se divide en dos
grandes mitades: de una parte, las naciones civilizadas, de otra las
naciones bárbaras; los hombres libres aquí y los criados allá. La línea
fronteriza de la libertad, que hace seis meses pasaba más allá del
Rin, se confunde ahora con la frontera rusa, dándose a este progre
Convenio de Rütli: de acuerdo con una leyenda suiza, los tres representantes de los
cantones montañeses Schwyz, Uri y Unterwalden juraron un pacto durante la celebración de
una asamblea nocturna, en 1307, ante el Rütli, pradera montañosa situada junto al Lago Urn,
con la finalidad de luchar fielmente contra los grandes señores de Habsburgo.

so el nombre de revolución de 1848. Bajo esta forma confusa se refle
ja el movimiento actual en la cabeza del ciudadano Ruge. Es la tra
ducción al pomeranio242 del grito de guerra de las barricadas en
febrero y en marzo.
Si traducimos esto del pomeranio al alemán, resulta de ello que
las tres naciones civilizadas, los tres pueblos libres son aquellos en
los que, bajo diferentes formas y en diversos grados de evolución,
reina la burguesía, mientras que “los esclavos y los criados” son los
pueblos que se hallan bajo la férula del absolutismo patriarco-feudal. El farouche* republicano y demócrata Arnold Ruge se refiere al
liberalismo banal y “superficial”, a la dominación de la burguesía,
aunque bajo formas seudodemocráticas, ¡he allí la madre del cor
dero!243
Por el hecho de que la burguesía reine en Francia, en Inglaterra
y en Alemania, ¿quiere decir que estos tres países sean aliados natu
rales?: así razona el ciudadano Ruge. Y si los intereses materiales de
los tres países se oponen diametralmente a la libertad comercial
con Alemania y Francia es condición vital e ineluctable para la bur
guesía inglesa, si los aranceles protectores contra Inglaterra repre
sentan una condición vital ineluctable para la burguesía francesa y
la burguesía alemana y nos encontramos con relaciones análogas,
desde muchos puntos de vista, entre Alemania y Francia; si se com
prueba que esta Triple Alianza conduciría en la práctica al sojuzga
miento industrial de Francia y Alemania, “egoísmo miope, sórdidas
almas de mercachifles”, masculla el pensador pomeriano Ruge para
su barba rubia.
El señor Jordán hablaba en su discurso de la trágica ironía de la
historia universal. El ciudadano Ruge nos aporta un ejemplo pal
mario de esto. Él y toda la izquierda ideológica y sus vecinos ven
cómo sus más caros sueños favoritos, sus esfuerzos de pensamiento
242 Se hace alusión aquí a una expresión utilizada por Heine cuando con ella, en un
encuentro con Ruge en 1843, saludó en él a la humanidad: “Se entiende, es la traducción de
Hegel al pomeranio”.
a Salvaje.
243 Véase Goethe, Fausto, Parte Primera, “Cuarto de estudio”

más elevados fracasan ante la clase a la que ellos representan. Su
proyecto filántropo-cosmopolita choca contra las sórdidas almas
de mercachifles, razón por la cual precisamente necesita él mismo,
sin saberlo ni quererlo, representar ideológicamente, de manera
más o menos clara, lo que son estas almas mercantiles. La ideología
propone y el mercantilismo dispone, ¡trágica ironía de la historia
universal!
El ciudadano Ruge expone ahora cómo Francia “ha dicho que los
tratados de 1815 quedaban rotos, pero que estaba dispuesto a recono
cer la situación territorial actual”. Y está muy en lo cierto, pues lo que
nadie hasta ahora había buscado en el manifiesto de Lamartine, o sea
la base de un nuevo derecho internacional, lo encuentra allí el ciuda
dano Ruge. Veamos cómo desarrolla este punto:
De estas relaciones con Francia debe derivarse el nuevo derecho histórico
(!). El derecho histórico es el derecho de los pueblos (!), es, en el caso a
que nos estamos refiriendo (?), un nuevo derecho internacional (!). Es la
única concepción justa del derecho histórico (!). ¡Cualquier otra concep
ción del derecho histórico (!) es absurda. No existe más derecho histórico
que el derecho '[¡por fin!] que la historia introduce y el tiempo sanciona,
cuando [¿quién?] suprime y desgarra los tratados vigentes, sustituyéndo
los por otros nuevos.
En una palabra: el derecho histórico es la formulación de la
razón de los acontecimientos.244
Así aparece escrito literalmente en la historia de los apóstoles
de la unidad alemana, en las actas taquigráficas de Francfort, p. 1186,
primera columna. ¡Y aún hay quien se queja de que la Nueva Gace
ta Renana critique al señor Ruge con signos de admiración!
Y es natural, pues en todo este devaneo de derecho histórico y
derecho internacional, la izquierda prudoniana no podía por menos
de perder la vista y el oído, viéndose así llevada a confundir admi244 Véase su pra, nota 240.

rativamente lo que la filosofía pomerania le grita al oído, con certi
dumbre apodíctica: “El derecho histórico es el derecho que la his
toria introduce y el tiempo sanciona”, etcétera.
Es cierto que la historia ha “introducido” siempre lo contrario a
lo “sancionado por el tiempo” y que la sanción del “tiempo” ha con
sistido siempre, cabalmente, en echar por tierra lo que la historia
había “introducido”.
Ahora, el ciudadano Ruge formula la “única proposición acer
tada y admisible”:
Encargar al poder central de preparar, conjuntamente con Inglaterra y
Francia un congreso encaminado a la restauración de una Polonia libre e
independiente, congreso al que se invitará a todas las potencias interesa
das para que envíen a él sus representantes.
¡He aquí unas ideas magníficas y una concepción propia de un
hombre valeroso! Ahí lo tenemos: Lord John Rusell y Eugen Cavaignac van a restaurar Polonia; la burguesía inglesa y la burguesía fran
cesa amenazarán a Rusia con una guerra para obtener la libertad
de Polonia, que, por el momento, les es de todo punto indiferente.
En nuestra época de confusión y de complicaciones generales, en
que se recoge con agrado toda noticia tranquilizadora que haga
subir la cotización de un ocho por ciento, aunque esta noticia resul
te desmentida por seis bruscas perturbaciones con que la industria
lucha contra una quiebra lenta, en que el comercio se estanca y el
proletariado cesante tiene que ser sostenido con ayuda de exorbi
tantes sumas para evitar el verse lanzado a un desesperado comba
te general: es ahora precisamente cuando los burgueses de las tres
naciones civilizadas van a lanzarse a suscitar una nueva dificultad
¡y qué dificultad! Una guerra contra Rusia que es, de febrero para
acá, la más estrecha aliada de Inglaterra. ¡Una guerra contra Rusia,
guerra que representaría, como todo el mundo sabe, la caída de la
burguesía alemana y francesa! ¿Y para obtener con ello qué venta
jas? Absolutamente ninguna. Verdaderamente, estamos ante algo

que va más allá de las simplezas de los pomeranios. Pero el ciuda
dano Ruge jura que la “solución pacífica” de la cuestión polaca está
dentro de lo posible. ¡Mejor que mejor! ¿Y por qué? Por la siguien
te razón, que él expone:
Debe realizarse y aplicarse realmente hoy lo que los Tratados de Viena
q u ieren . Y lo que los Tratados de Viena querían era el derecho de todas
las naciones a oponerse a la g ra n nación de los franceses..., querían la
restauración de la nación alemana.
Podemos comprender ahora por qué el señor Ruge “quiere en
conjunto, lo mismo” que quiere la derecha. También la derecha
quiere que se apliquen los Tratados de Viena.245
Los Tratados de Viena resumen la gran victoria de la Europa
reaccionaria sobre la Francia revolucionaria. Estos tratados son la
forma clásica bajo la que la reacción europea ha reinado durante
quince años, durante el periodo de la restauración. Dichos tratados
restablecen la legitimidad, la monarquía de derecho divino, la
nobleza feudal, la dominación de la clerigalla, la legislación y la ad
ministración patriarcales: lo mismo que la victoria fue obtenida
con la ayuda de la burguesía inglesa, alemana, española, italiana, y
principalmente de la burguesía francesa, fue necesario hacer conce
siones a la burguesía, y mientras los príncipes, la nobleza, la cleri
galla y los burócratas se repartían los bocados más apetitosos del
botín, a la burguesía se le nutrió con letras de cambio sobre el futu
ro, letras a las que jamás se hizo ni se pensó hacer honor. Y, en vez
de considerar el contenido práctico y real de los Tratados de Viena,
el señor Ruge cree que esas promesas vacías constituyen el verda
dero contenido de tales tratados y que lo que ocurre es que la reac
ción los ha puesto en práctica de una manera abusiva.
Tratados de Viena: estos tratados fueron suscritos en Viena por Rusia, Prusia y Austria
el 3 de mayo de 1815, así como también el Acta de clausura del Congreso de Viena, el 3 de
junio de 1815, donde se expresaba la promesa de que todas las provincias polacas tendrían
una representación popular y un gobierno nacional. En Posen, más tarde, tuvo lugar la con
vocatoria para una Asamblea estamentaria, con funciones de Consejo.

¡En realidad, hace falta tener un temperamento notablemente
contentadizo para seguir creyendo en el cumplimiento de estos tra
tados treinta y tres años después de las revoluciones de 1830 y 1848,
para creer que las bellas frases continentales que envuelven las fal
sas promesas de Viena encierran todavía hoy, en 1848, siquiera
algún sentido!
¡El ciudadano Ruge es el Don Quijote de los Tratados de Viena!
Por último, el ciudadano Ruge revela a la Asamblea de Franc
fort un profundo secreto: las revoluciones de 1848 fueron provoca
das únicamente por haber sido violados en Cracovia, en 1846, los
Tratados de 1815.246 Y así lo dice, ¡para que sirva de advertencia a
todos los déspotas!
En una palabra, después de nuestro último encuentro en el
terreno literario el ciudadano Ruge no ha cambiado ni en un solo
punto. Sigue empleando las mismas frases estudiadas y repetidas
por él desde que, en los Anales de Halle y en los Anales alemanes,247
se convirtió eti el recadero de la filosofía alemana; sigue brillando
en él la misma confusión, la misma revoltura, la misma vacuidad,
el mismo talento para presentar, de un modo grandilocuente, las
mismas pretensiones, sometiéndolas a la aprobación del filisteo ale
mán, que en su vida no ha escuchado nada parecido.
Cerramos con esto nuestro resumen del debate sobre Polonia.
Sería demasiado pedir el que nos extendiéramos hablando del señor
Lów, de Posen, y de los otros grandes espíritus que vienen tras él.
En su conjunto, el debate deja en nosotros una impresión de melan
colía. ¡Tan largos discursos y tan poca sustancia, tan pocos conoci
mientos sobre el tema, tan poco talento! El peor de los debates
de la vieja o de la nueva Cámara francesa o de la Cámara inglesa de
los Comunes encierra más espíritu, más competencia real que esta
246 Véase supra, nota 29.
247 Anales de Halle y Anales Alemanes: periódicos literario-fílosóficos de orientación neohegeliana publicados por Ruge y Etchemeyer en Leipzig en forma de hojas volantes desde
enero de 1838 hasta junio de 1841 bajo el título de Hallische Jahrbücher für deutsche Wissenschaft und Kunst, y de julio de 1841 a enero de 1843, ya solamente a cargo de Ruge, en Dresde, con el de Deutsche Jahrbücher für Wissenschaft und Kunst.

charla de tres días sobre uno de los temas más interesantes de la
política moderna. Todo podía haberse sacado de él, y la Asamblea
Nacional sólo ha sabido sacar la ocasión que se le brindaba para
simples charloteos.
¡En verdad podemos afirmar que una Asamblea como ésta
jamás se ha reunido en parte alguna!
Las resoluciones ya se conocen. Se han conquistado las tres cuar
tas partes de Posen; y esta conquista no se ha logrado ni por la vio
lencia ni por “la labor de los alemanes”, ni por el arado, sino a fuer
za de charlar, por medio de una estadística falsificada y formulando
tímidas resoluciones.
“ ¡Os habéis tragado a Polonia, pero os juro por Dios que no
podréis digerirla!”
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 96, 7 de septiembre de 1848]