Debate en la Asamblea de Acuerdo sobre el asunto Valdenaire
Nr. 63, 2 de agosto de 1848
Neue Rheinische Zeitung.
** Colonia, 1 de agosto. Tenemos que ponernos al día nuevamente con algunas sesiones de la Asamblea de Acuerdo.
En la sesión del 18 de julio se debatió la moción para la convocatoria del diputado Valdenaire. La Comisión Central propuso su aprobación.
Tres juristas renanos se levantaron en contra.
Primero el señor Simons de Elberfeld, antiguo procurador del Estado. El señor Simons se creía aún ante los Assises o ante el tribunal correccional; intervino como acusador público y pronunció un alegato formal contra el señor Valdenaire y en favor de la justicia. Dijo: el asunto está ante el Senado de Acusación, allí se decidirá rápidamente y Valdenaire quedará libre o será remitido a los Assises. Si ocurre esto último, «es en sumo grado deseable que entonces el asunto no se despedace y no se retrase la sentencia». Al señor Simons le interesa más la justicia, es decir, la comodidad de los senados de acusación, procuradores del Estado y tribunales de Assises, que la libertad y la inviolabilidad de los representantes del pueblo.
El señor Simons sospecha entonces, primero de los testigos de descargo de Valdenaire, y luego de Valdenaire mismo. Declara que a la Asamblea no se le «privaría de talento alguno» con su ausencia, y a continuación lo declara incapacitado para ocupar un escaño en la Asamblea mientras no se haya limpiado de toda sospecha de conspirar contra el gobierno o de rebelión contra la fuerza armada. En cuanto al talento, según la lógica del señor Simons se podría arrestar a nueve décimas partes de la loable Asamblea tan bien como al señor Valdenaire, sin privarla de talento alguno; y en lo que respecta al segundo argumento, al señor Simons le honra ciertamente en sumo grado no haber urdido jamás «complots» contra el absolutismo ni haberse hecho culpable en las barricadas de marzo de «rebelión contra el poder público».
Después de que el señor Gräff, sustituto de Valdenaire, hubo demostrado irrefutablemente que no pesa sospecha alguna sobre Valdenaire, ni la acción en cuestión es ilegal (pues consistió en haber prestado ayuda en el ejercicio de sus funciones a la milicia ciudadana legalmente constituida que ocupaba con consentimiento del magistrado las barricadas de Tréveris), se levanta el señor Bauerband para apoyar al ministerio público.
El señor Bauerband tiene también un escrúpulo muy de peso: «¿No se prejuzgaría con la convocatoria de Valdenaire el futuro veredicto de los jurados?» Profunda objeción que la simple observación del señor Borchardt vuelve aún más insoluble: ¿no prejuzgaría a los jurados igualmente la no convocatoria de Valdenaire? El dilema es realmente tan profundo que un pensador, incluso de mayor fuerza que el señor Bauerband, podría emplear años inútilmente en resolverlo. Quizás solo haya un hombre en la Asamblea lo bastante fuerte para resolver el enigma: el diputado Baumstark.
El señor Bauerband sigue alegando por un tiempo con la mayor amplitud y confusión posibles. Le responde brevemente el señor Borchardt. Después de este se levanta el señor Stupp, para decir también contra Valdenaire tanto como que: no tiene «en ningún aspecto nada (!) que añadir» a los discursos de Simons y Bauerband. Esto es para él, naturalmente, razón suficiente para seguir hablando hasta que el pedido de cierre del debate lo interrumpe. El señor Reichensperger II y el señor Wencelius hablan aún brevemente en favor de Valdenaire y la Asamblea decide, como es sabido, convocarlo. El señor Valdenaire ha jugado a la Asamblea la mala pasada de no atender esta llamada.
El señor Borchardt presenta la moción: que para impedir la ejecución inminente de penas de muerte antes de que la Asamblea se haya pronunciado sobre la moción del señor Lisiecki relativa a la abolición de la pena de muerte, se decida sobre esta moción dentro de ocho días.
El señor Ritz opina que este proceder precipitado no es parlamentario.
Señor Brill: Si, como deseo, decidimos en poco tiempo la abolición de la pena de muerte, sería ciertamente muy antiparlamentario que entretanto alguien fuese decapitado.
El presidente quiere cerrar la discusión, pero ya está en la tribuna el popular señor Baumstark, con mirada llameante y el rubor de la noble indignación en el rostro:
«¡Señores, permítanme decir una palabra seria! ¡El asunto de que aquí se trata no es de tal índole que se suba a la tribuna y se hable así, sin más, de decapitar como de algo antiparlamentario! (La derecha, a la que el decapitar le parece sumamente parlamentario, prorrumpe en un estruendoso bravo.) Es un asunto de la mayor y más seria importancia (el señor Baumstark dice esto, como es sabido, de todo asunto sobre el que habla). Otros parlamentos... los más grandes hombres de la legislación y la ciencia (es decir, «todos los filósofos del Estado, desde Platón hasta Dahlmann») se han ocupado de ello durante 200-300 años (¿cada uno?), y si quieren cargarnos con el reproche de pasar por encima de una cuestión tan importante con semejante ligereza... (¡Bravo!) A mí solo me apremia la conciencia... pero la cuestión es demasiado seria... ¡en esto, realmente, no puede importar ocho días más!»
La palabra seria del noble diputado Baumstark se convierte, a fuerza de la mayor y más seria importancia del asunto, en la frivolidad más ligera. En efecto, ¿hay mayor frivolidad que, según la aparente intención del señor Baumstark, discutir 200-300 años sobre la abolición de la pena de muerte y entretanto dejar que se siga decapitando alegremente? «En esto, realmente, no puede importar ocho días más» ¡y un par de cabezas que caigan en ese tiempo, tampoco!
El ministro presidente declara, por lo demás, que no se tiene la intención de hacer ejecutar sentencias de muerte por el momento.
Después de algunos agudos escrúpulos reglamentarios del señor Schulze von Delitzsch, se rechaza la moción de Borchardt y se aprueba en cambio una enmienda del señor Nethe que recomienda aceleración a la comisión central.
El diputado Hildenhagen presenta la moción: que el presidente, hasta la presentación del correspondiente proyecto de ley, cierre cada sesión con la fórmula solemne: «Pero nosotros somos de la opinión de que el ministerio debe impulsar con el mayor celo la presentación de la nueva ley comunal». Esta edificante propuesta por desgracia no estaba hecha para nuestros tiempos burgueses. «No somos romanos, fumamos tabaco.» El intento de esculpir del material bruto del señor presidente Grabow la figura clásica de un Apio Claudio y aplicar el solemne Ceterum censeo al ordenamiento comunal, fracasó con «enorme hilaridad».
Después de que el diputado Bredt de Barmen ha planteado aún tres interpelaciones en tono bastante suave al ministro de Comercio: sobre la unificación de toda Alemania en un territorio aduanero y en una liga naviera con derechos de navegación, y finalmente sobre aranceles protectores provisionales; después de haber recibido del señor Milde respuestas igualmente muy suaves, pero también muy insuficientes, a estas preguntas, el señor Gladbach cierra la sesión. El señor Schütze de Lissa había querido pedir para él una llamada al orden por su lenguaje enérgico con motivo del desarme de los cuerpos francos, pero retiró luego la moción. El señor Gladbach desafía sin embargo al valiente Schütze y a toda la derecha con gran desparpajo, y cuenta, para gran enfado de los viejos prusianos, una anécdota jocosa de un teniente prusiano que, dormido sobre el caballo, cabalgó entre los cuerpos francos. ¡Estos lo saludaron con la canción: «Duerme, niñito, duerme», y por ello debían ser llevados ante un consejo de guerra! El señor Schütze balbuceó algunas palabras tan indignadas como inconexas, y con ello se levantó la sesión.