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¿Dónde encontraremos en Inglaterra ni rastro de ese odio contra la
clase que los franceses lla m a n la burguesía? Este odio lo suscitó en un
tiem po la aristocracia, la cual, con el monopolio sobre el trigo, arran
caba un impuesto opresivo e injusto a la laboriosidad industrial. El
burgués no d isfru ta en In g la terra n in g u n a clase d e p riv ile g io s, sino
que es hijo de su celo y laboriosidad; en la Francia de Luis Felipe, en
cambio, era hijo del monopolio, del privilegio.
Este grande, este erudito párrafo, que revela tanto amor a la ver
dad, figura en un artículo editorial del señor Wolfer, que ha visto la
luz en la siempre bien informada Gaceta de Colonia.162
¡Es, en verdad, maravilloso! En Inglaterra existe el proletariado
más numeroso, más concentrado, más clásico, un proletariado que
pasa cada cinco o seis años por la más bestial miseria de una crisis
comercial, que se ve diezmado por el hambre y el tifus, que pasa la
mitad de su vida condenado a la ociosidad y a la carencia de pan,
en la industria; en Inglaterra, un hombre de cada diez es un pobre
y un pobre de cada tres un preso recluido en la Bastilla creada por
la Ley de beneficencia;163 en Inglaterra, el sostener la administra162 Véase supra, nota 43.
163 Ley de beneficencia o de pobres: esta ley fue aprobada en Inglaterra en 1834 como úni-

ción de la beneficencia pública cuesta anualmente casi tanto como
lo que representa el total de gastos del Estado prusiano; en Inglate
rra, se ha proclamado abiertamente que la miseria y el pauperismo
constituyen un factor necesario del actual sistema industrial y de la
riqueza nacional, y, a pesar de todo esto, ¿será posible encontrar allí
ni rastro de odio contra la burguesía?
En ningún país del mundo se ha remontado a tal altura como
en Inglaterra, con el crecimiento en masa del proletariado, el anta
gonismo entre éste y la burguesía; ningún país del mundo presenta
tan clamorosos contrastes entre la más profunda miseria y la más
gigantesca riqueza. Pues bien, a pesar de todo esto, ¿será posible
encontrar allí ni rastro de odio contra la burguesía?
¡Naturalmente! Las coaliciones de los obreros, secretas hasta
1825 y desde entonces públicas y abiertas; coaliciones que no se for
man para un día ni en contra de un fabricante, sino con carácter
permanente y contra facciones enteras de fabricantes; coaliciones
de ramas enteras de trabajo y de ciudades enteras; coaliciones, en
fin, de innumerables obreros a lo largo de toda Inglaterra; todas
estas coaliciones y sus innumerables luchas contra los fabricantes,
sus paralizaciones del trabajo, que provocan actos de violencia, ven
gativas demoliciones, incendios, asaltos a mano armada y asesina
tos por el brazo de sicarios; todos estos hechos ¡no son, al parecer,
más que otras tantas pruebas del amor que el proletariado siente
por la burguesía!
Toda la guerra de los obreros contra los patronos, guerra que
viene durando ya unos ochenta años, que comenzó por la destruc
ción de máquinas hasta desarrollarse por medio de las coaliciones,
los ataques a las personas y los bienes de los patronos y de los con
tados obreros entregados a ellos, a través de las grandes y pequeñas
insurrecciones de 1839 y 1842164 en la más profunda lucha de clases
ca forma de ayudar a los menesterosos de las ciudades y el campo, quienes eran recluidos en
casas de trabajo (Workhouses), las cuales se gobernaban por un régimen penitenciario. El
pueblo llamaba a estas casas las “Bastillas de los pobres”.
164 En 1839, fue sangrientamente aplastada la insurrección de Gales, organizada por los

que conoce la historia; toda la lucha de clases de los cartistas,165 del
partido constituido del proletariado contra el poder público cons
tituido de la burguesía; lucha que aún no ha provocado colisiones
espantosamente sangrientas como los combates de junio en París,
pero que se libra con mucha mayor tenacidad, por masas mucho
más considerables y en un terreno mucho más extenso; esta guerra
civil de carácter social no es, para la Gaceta de Colonia y su articu
lista, naturalmente, más que una sola y gran prueba de amor del
proletariado inglés hacia la burguesía a la que sirve.
Hace algún tiempo, estaba de moda presentar a Inglaterra como
el país clásico de las contradicciones y luchas sociales y, en contras
te con las llamadas “condiciones antinaturales” de Inglaterra, ensal
zar y poner por las nubes a Francia, con su rey burgués, sus parla
mentarios burgueses y sus leales obreros, dispuestos siempre a
batirse valientemente por la burguesía. Entonces, también la Gace
ta de Colonia repetía diariamente estas monsergas y encontraba en
las luchas de clases inglesas un fundamento para disuadir a Alema
nia del sistema proteccionista y de la consiguiente industria “anti
natural” cultivada en invernadero. Pero las jornadas de junio lo han
trastornado todo. Los horrores de los combates de junio han hecho
estremecerse a la Gaceta de Colonia, y los millones de cartistas de
Londres, Manchester y Glasgow se han esfumado ante los cuarenta
mil insurrectos de París.
Francia ha pasado a ser el país clásico del odio contra la bur
guesía y, según las afirmaciones de la Gaceta de Colonia, lo viene
siendo desde 1830. ¡Es curioso! Mientras que los agitadores ingle
ses, en mítines, en folletos y en periódicos, atizan incansablemente
desde hace diez años, bajo los aplausos de todo el proletariado, el
cartistas. En agosto de 1842, los obreros ingleses, ante la aguda crisis económica y la negati
va del Parlamento a dar satisfacción a sus reivindicaciones políticas (Carta del Pueblo),
organizaron una huelga general en varios distritos industriales (Lancashire, Yorkshire y
otros), que en algunos lugares condujo a encuentros armados con la policía y las tropas. La
huelga terminó con la derrota de los obreros y la detención de numerosos jefes del movi
miento cartista.
165 Véase supra, nota 49.

odio más enconado contra la burguesía, la literatura obrera y socia
lista francesa ha predicado siempre la reconciliación con la burgue
sía, apoyándose para ello precisamente en el argumento de que, en
Francia, las contradicciones de clase distan mucho de hallarse tan
desarrolladas como en Inglaterra. Y es cabalmente la gente cuyos
simples nombres hacen santiguarse tres veces seguidas a la Gaceta
de Colonia, un Louis Blanc, un Cabet, un Caussidiére, un LedruRollin, quienes durante largos años, antes y después de la revolu
ción de Febrero, han predicado la paz con la burguesía, haciéndolo
además, casi siempre, con la mejor buena fe del mundo. Para con
vencerse de ello, la Gaceta de Colonia no tiene más que leer las obras
de los citados autores o periódicos como La Réforme o Le Populaire166
o incluso periódicos obreros de estos últimos años como la Union,
Luche populaire o Fraternité167 y bastará, sin embargo, con citar los
títulos de dos obras conocidas de todo el mundo: la Historia de
los diez años, de Blanc, principalmente en sus últimas páginas, y los
dos tomos de su Historia de la Revolución.
Pero la Gaceta de Colonia no se limita a afirmar que en Inglate
rra no existe odio contra “lo que los franceses llaman la burguesía”
(y también los ingleses, bien informado colega, véase el Northern
Star desde hace dos años), sino que explica por qué ocurre esto y
por qué no puede ser de otro modo.
Peel —se nos dice— salvó del odio a la burguesía inglesa, al aca
bar con los monopolios e implantar la libertad comercial:
En Inglaterra, el burgués no disfruta de ninguna clase de privilegios ni
monopolios, mientras que en Francia es hijo del monopolio... Las medi
das implantadas por Peel salvaron a Inglaterra de la más espantosa sub
versión.
166 La Réforme: diario francés, órgano de los demócratas y republicanos pequeñoburgueses, publicado en París de 1843 a 1850.
167 Le Populaire de 1841: órgano de propaganda del comunismo utópico pacífico de Ica
ria. Se publicó en París de 1841 a 1852, y hasta 1849 fue dirigido por Etiénne Cabet. Era cono
cido preferentemente por su título completo, para diferenciarlo del semanario radical Le
Papulaire, editado también por Cabet de 1833 a 1835.

Así pues, al abolir el monopolio de la aristocracia, Peel salvó a
la burguesía del amenazador odio del proletariado. ¡Realmente, la
lógica de la Gaceta de Colonia es maravillosa!
El pueblo inglés, entiéndase bien, el p u eb lo inglés, se convence más y más
cada día que pasa de que la lib erta d co m ercia l es la única solución para
los problemas vitales que entrañaban todos sus actuales sufrimientos y
preocupaciones, solución que en estos últimos tiempos se ha intentado
encontrar bajo ríos de sangre... No olvidemos que del p u eb lo inglés par
tieron las primeras ideas sobre el librecambio.
¡El pueblo inglés! Pero es el caso que el apueblo inglés”, en sus
mítines y en la prensa, combatió a los librecambistas desde 1839;
en los tiempos más gloriosos de la Liga contra las leyes cerealis
tas,168 los obligó a reunirse secretamente y a tener que presentar una
contraseña para poder asistir a sus mítines; con amarga ironía, con
trastaba la conducta de los freetradersa con sus hermosas palabras e
identificaba totalmente a los burgueses y los librecambistas. El pue
blo inglés se ha visto, incluso, obligado a recurrir momentáneamen
te, de vez en cuando, a la ayuda de la aristocracia, de los monopo
listas, en contra de la burguesía por ejemplo, en la lucha por la
jornada de las Diez horas.169 ¿Y este pueblo, que tan bien ha sabido
168 La Liga Anticerealista (Anti-corn-law-League): agrupación librecambista fundada en
1838 por los fabricantes Cobden y Bright, en Manchester. Las llamadas leyes cerealistas, que
tenían como fin la prohibición o restricción de la importación de trigo del extranjero, se
implantaron en Inglaterra en 1815 en interés de los grandes terratenientes, de los lords de la
tierra. La Liga levantó la exigencia de la total libertad comercial y luchó por la abolición de
las leyes del trigo con el fin de rebajar los salarios de los obreros y debilitar las posiciones
económicas y políticas de la aristocracia de la tierra. En su lucha contra los terratenientes, la
Liga trataba de explotar a las masas obreras, pero precisamente en aquel tiempo los obreros
progresistas de Inglaterra marcaron el camino de un movimiento obrero políticamente inde
pendiente (cartismo). La lucha entre la burguesía industrial y la aristocracia de la tierra fina
lizó en 1846, al votarse la Ley de abolición de las leyes cerealistas.
a Librecambistas.
169 La lucha en favor de la limitación de la jornada de trabajo a diez horas se inició en
Inglaterra ya a fines del siglo xvm y al final de la década de los treinta del siglo xix movía a
grandes masas del proletariado. La propuesta de ley sobre la jornada de diez horas fue apo
yada en el Parlamento por los representantes de la aristocracia feudal, en su lucha contra la

to’
desalojar a los librecambistas de la tribuna de los mítines públicos,
el “pueblo inglés” es o puede ser, como se pretende, el creador de
las ideas del liberalismo? ¡Pueril simpleza de la Gaceta de Colonia,
que no se limita a transcribir al pie de la letra las ilusiones de los
grandes capitalistas de Manchester y Leeds, sino que, además, cree
a pie juntillas sus mentiras descaradas!
“En Inglaterra, el burgués no disfruta de ninguna clase de pri
vilegios ni monopolios.” Otra cosa ocurre en Francia:
El burgués era para el obrero, desde hace mucho tiempo, el hombre del
monopolio, al que el pobre agricultor tenía que pagar el 6o por ciento de
impuestos por el hierro de la reja de su arado, que lo explotaba con el car
bón, que condenaba a la muerte por hambre a los vendimiadores de toda
Francia, que les vendía todos los artículos con un recargo del 20, el 40 o
el 50 por ciento...
La buena Gaceta de Colonia no conoce ni admite más “mono
polio” que el de los aranceles aduaneros, es decir, el monopolio que
aparentemente pesa sólo sobre los obreros, pero que en realidad gra
va también sobre la burguesía, sobre todos los industriales que no
se benefician con la protección arancelaria. La Gaceta de Colonia
no conoce ni admite más monopolio que el combatido por los
señores librecambistas desde Adam Smith hasta Cobden, el mono
polio local, creado por las leyes.
El monopolio del capital, que rige al cambio de la legislación y, a
veces, incluso en contra de ella, ese monopolio no existe para los seño
res de la Gaceta de Colonia. Y este monopolio es precisamente el
que de un modo directo e inexorable gravita sobre los obreros,
¡el que determina la lucha entre el proletariado y la burguesía! Este
monopolio constituye precisamente el monopolio específicamente
moderno que da como resultado las modernas contradicciones de cla
se, en cuya solución reside cabalmente la tarea específica del siglo xix.
burguesía industrial. El Parlamento inglés aprobó la ley del 8 de junio de 1847, pero limitán
dola solamente a los menores de edad y a las mujeres.

i
Ahora bien, este monopolio del capital se hace más poderoso,
más extenso y más amenazador a medida que van desapareciendo
los demás monopolios pequeños y locales.
Cuanto más libre se vuelve la competencia mediante la elimif
nación de todos los “monopolios” más rápidamente se concentra el
capital en manos del puñado de los señores feudales de la indus-
;
tria, más rápidamente se arruina la pequeña burguesía, con mayor
i
celeridad avasalla el país del monopolio capitalista, Inglaterra, a los
países que circundan su industria. Suprimid los “monopolios” de la
burguesía francesa, alemana e italiana, y Francia, Alemania e Italia
descenderán a la categoría de proletarios frente a la burguesía ingle
sa, la cual lo absorberá todo. La opresión que los burgueses ingleses
sueltos hacen pesar ahora sobre los diferentes proletarios de su país
la haría pesar, en ese caso, la burguesía inglesa en su conjunto sobre
[
Alemania, Francia e Italia, y la víctima de ello sería la pequeña buri
guesía de estas naciones.
Todo esto son, sencillamente, verdades triviales que, hoy en día,
ya ño pueden explicársele a nadie sin ofenderlo, como no sea a los
eruditos señores de la Gaceta de Colonia.
Estos profundos pensadores ven en la libertad comercial el únij
co camino para salvar a Francia de una guerra de exterminio entre
¡
obreros y burgueses.
I
¡Verdaderamente, el hacer que también la burguesía del país
■
descienda a las filas del proletariado es un medio de nivelar las con
tradicciones de clase digno de los señores de la Gaceta de Colonial
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 62,1 de agosto de 1848]