El proyecto de ley sobre el empréstito forzoso
y su motivación
** Colonia, 25 de julio. Un célebre bribón del bendito barrio de
Núm. 56, 26 de julio de 1848
Neue Rheinische Zeitung.
St. Giles en Londres compareció ante el tribunal de lo criminal. Se le acusaba de haber
aligerado en 2 000 libras esterlinas el cofre de un reputado avaro de la City. «Señores miembros del jurado», comenzó el acusado, «no
abusaré por mucho tiempo de su paciencia. Mi defensa es de naturaleza económico-nacional y tratará económicamente con las
palabras. Le he quitado al señor Cripps 2 000 libras esterlinas.
Nada más seguro que eso. Pero se las he quitado a un particular para
dárselas al público. ¿Adónde han ido a parar las 2 000 libras esterlinas? ¿Acaso
las he retenido egoístamente conmigo? Registren mis bolsillos.
Si encuentran un penique, les vendo mi alma por un
cuarto de penique. Las 2 000 libras, las encontrarán ustedes de nuevo en casa del sastre, del
tendero, del restaurante, etc. ¿Qué he hecho, pues? He
puesto en circulación “sumas que yacían inútilmente, que solo mediante un empréstito forzoso” podían ser arrancadas a la tumba
de la avaricia. Fui un agente de la circulación, y la circulación es la primera condición de la riqueza nacional. ¡Señores míos, ustedes son ingleses! ¡Son ustedes economistas!
No condenarán a un benefactor de la nación.»
El economista de St. Giles se encuentra en la tierra de Van Diemen y tiene ocasión de reflexionar sobre la obcecada ingratitud de sus compatriotas.
Pero no ha vivido en vano. Sus principios constituyen la base del empréstito forzoso de Hansemann. «La admisibilidad del empréstito forzoso», dice Hansemann en los motivos de esta medida, «descansa
sobre el supuesto, ciertamente fundado, de que una gran parte del
dinero contante se halla en manos de particulares, en sumas mayores o menores, yaciendo inútilmente y solo puede ser puesta en circulación mediante un empréstito forzoso.»
Si ustedes consumen un capital, lo ponen en circulación. Si ustedes
no lo ponen en circulación, lo consume el Estado, para ponerlo en circulación.
Un fabricante de algodón ocupa, por ejemplo, a 100 obreros. Paga diariamente
a cada uno de ellos 9 silbergroschen. Así pues, cada día 900 silbergroschen, o sea 30 táleros,
van de su bolsillo al bolsillo de los obreros y de los bolsillos de los
obreros a los bolsillos del tendero, del casero, del zapatero,
del sastre, etc. Esta peregrinación de los 30 táleros se llama su circulación. Desde el momento en que el fabricante solo puede vender sus tejidos de algodón
con pérdida, o no puede venderlos en absoluto, deja de
producir, deja de ocupar a los obreros, y al cesar
la producción cesa la peregrinación de los 30 táleros, cesa la
circulación. ¡Restableceremos la circulación por la fuerza!, exclama
Hansemann. ¿Por qué el fabricante deja también su dinero yacer inútilmente? ¿Por qué no lo deja circular? Cuando hace buen tiempo, circulan
mucha gente al aire libre. Hansemann empuja a la gente al aire libre, la obliga
a circular, para restablecer el buen tiempo. ¡Gran artista del tiempo!
La crisis ministerial y comercial roba los intereses al capital de la sociedad burguesa. El Estado vuelve a ponerla en pie,
quitándole también el capital.
El judío Pinto, el célebre jugador de bolsa del siglo dieciocho, recomienda en su libro sobre la «Circulación» el juego de bolsa.
El juego de bolsa ciertamente no produce, pero fomenta la circulación,
la peregrinación de la riqueza de un bolsillo a otro. Hansemann
transforma la caja del Estado en una ruleta, sobre la cual circula el patrimonio
de los ciudadanos del Estado. ¡Hansemann-Pinto!
En los «Motivos» del «proyecto de ley sobre el empréstito forzoso» tropieza ahora Hansemann
con una gran dificultad. ¿Por qué el empréstito voluntario no ha
aportado las sumas necesarias?
Se conoce de sobra la «incondicional confianza» de que goza el actual gobierno. Se conoce el patrioterismo exaltado de la gran burguesía, que de nada se queja más que de que algunos agitadores
tengan la osadía de no compartir su abnegada confianza. Se conocen de sobra
las manifestaciones de lealtad de todas las provincias. Y «a pesar de todo ello y de
todo ello», ¿Hansemann se ve obligado a transformar el poético empréstito voluntario en
el prosaico empréstito forzoso?
En el distrito gubernativo de Düsseldorf, por ejemplo, los nobles han contribuido con 4 000 táleros, los oficiales con 900 táleros, ¿y dónde reina más confianza que
entre los nobles y los oficiales en el distrito gubernativo de Düsseldorf? Por no hablar de las
contribuciones de los príncipes de la casa real.
Dejemos que Hansemann nos explique el fenómeno.
«Las contribuciones voluntarias solo han ingresado hasta ahora con parquedad. Es
preciso atribuir esto, sin duda, menos a la falta de confianza en nuestro estado de cosas que
a la incertidumbre acerca de la verdadera necesidad del Estado,
por cuanto se creía poder aguardar si serían requeridas, y en qué medida,
las fuerzas dinerarias del pueblo. En esta
circunstancia se funda la esperanza de que cada cual contribuya voluntariamente según sus fuerzas, tan pronto como se le presente el deber de contribuir como una
necesidad ineludible.»
El Estado, en las más altas necesidades, apela al patriotismo. Ruega
cortésmente al patriotismo que deposite sobre el altar de la patria 15 millones de táleros, y, por cierto, ni siquiera como regalo, sino
solo como préstamo voluntario. Se posee la más alta confianza en
el Estado, pero se permanece sordo a su grito de necesidad. Por desgracia, se encuentra uno
en tal «incertidumbre» acerca de la «verdadera necesidad del Estado»
que, por lo pronto, bajo los más grandes sufrimientos del alma, se decide a
no dar nada al Estado. Se tiene, ciertamente, la más alta confianza en la
autoridad estatal, y la honorable autoridad estatal afirma que el Estado
necesita 15 millones. Precisamente por confianza, no se confía en la aseveración
de la autoridad estatal; es más, se considera su clamor por 15 millones como un puro juego. Se conoce la historia de aquel bravo pensilvano, que jamás prestó un dólar a sus amigos. Tenía
tal confianza en su ordenado modo de vida, concedía tal crédito a sus
negocios, que hasta la hora de su muerte jamás alcanzó la
«certeza» de que ellos se encontrasen en una «verdadera necesidad»
de un dólar. En sus tormentosas exigencias solo veía
pruebas de su confianza, y la confianza del hombre era inquebrantable.
La autoridad estatal prusiana halló el entero Estado habitado por pensilvanos.
Pero el señor Hansemann se explica el extraño fenómeno político-económico aun por otra singular «circunstancia».
El pueblo no contribuía voluntariamente «porque creía poder aguardar
si serían requeridas, y en qué medida, sus fuerzas dinerarias». Con otras palabras: Nadie pagaba voluntariamente, porque
cada cual aguardaba si sería forzado a pagar, y en qué medida. ¡Cauto patriotismo! ¡Sumamente intrincada confianza! Pues bien, en esta
«circunstancia», en que detrás del empréstito voluntario, de azules ojos y sanguíneo, se alza ahora el empréstito forzoso, de mirada sombría e hipocondríaco,
«funda» el señor Hansemann «la esperanza de que cada cual contribuya voluntariamente según sus fuerzas». Cuando menos, el más empedernido dubitativo tiene que haber perdido
la incertidumbre y ganado la convicción de que
la autoridad estatal habla verdaderamente en serio con sus necesidades de dinero y
todo el mal residía, como hemos visto, solo en esta penosa incertidumbre. Si no dais, se os quitará, y el quitar
os causa a vosotros y a nosotros desinconvenientes. Esperamos, pues, que vuestra
confianza desista de su carácter exaltado y, en lugar de expresarse en frases de hueco sonido, se manifieste en táleros de pleno sonido. ¿Est-ce clair?
Por mucho que el señor Hansemann funde «esperanzas»
en esta «circunstancia», el caviloso temple de ánimo de sus pensilvanos
lo ha contagiado a él mismo, y se ve impulsado a buscar medios de estímulo aún más fuertes para la confianza. La confianza, ciertamente, está ahí,
pero no quiere salir. Necesita de medios de estímulo para sacarla de
su estado latente.
«Pero a fin de proporcionar para la participación voluntaria un estímulo aún más fuerte» (que la perspectiva del empréstito forzoso), «en el § 1
se proyecta la amortización del empréstito al 3 1/3 por ciento y se ha dejado un término abierto» (hasta
el primero de octubre) «hasta el cual aún deberán ser admitidos los préstamos voluntarios
al 5 por ciento.»
El señor Hansemann fija, pues, una prima del 1 2/3 por ciento sobre el préstamo
voluntario, y con ello el patriotismo se tornará sin duda fluido, los cofres
saltarán y las áureas mareas de la confianza
fluirán hacia la caja del Estado.
El señor Hansemann encuentra naturalmente «equitativo» pagar a las grandes gentes
el 1 2/3 por ciento más que a las pequeñas, que solo por la fuerza se dejan quitar lo indispensable. Como castigo a sus circunstancias patrimoniales menos confortables,
tendrán que cargar además con las costas del recurso.
Así se cumple el versículo bíblico: A quien tiene, se le dará. A quien no
tiene, se le quitará aun lo que tiene.
(Concluirá.)
Neue Rheinische Zeitung.
Núm. 60, 30 de julio de 1848
** Colonia, 29 de julio. (Conclusión.) Como Peel en otro tiempo para los aranceles cerealistas, así ha descubierto
Hansemann-Pinto para el patriotismo involuntario una «escala móvil».
«En lo tocante al porcentaje para la obligatoriedad de contribuir», dice nuestro
Hansemann en sus motivos, «se ha adoptado una escala progresiva,
ya que manifiestamente la capacidad de procurarse dinero aumenta, con el importe del patrimonio, en progresión aritmética.»
Con el patrimonio aumenta la capacidad de procurarse dinero. Con otras palabras: En la medida en que se puede disponer de más dinero, se
puede disponer de más dinero. Hasta aquí, nada más correcto. Pero el que la
capacidad de procurarse dinero aumente solo en progresión aritmética,
aún cuando los diversos importes patrimoniales estén en progresión geométrica, es un descubrimiento de Hansemann, que tiene que asegurarle mayor
fama en la posteridad que a Malthus la proposición de que los
medios de subsistencia solo crecen en progresión aritmética, mientras que la
población aumenta en progresión geométrica.
Así, pues, si, por ejemplo, diversos importes patrimoniales se relacionan entre sí como:
1, 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128, 256, 512,
según el descubrimiento del señor Hansemann la capacidad de
procurarse dinero crece como:
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10.
Pese al aparente crecimiento de la obligatoriedad de contribuir, según
nuestro economista la capacidad de procurarse dinero disminuye en la misma medida
en que el patrimonio aumenta.
En una novela de Cervantes hallamos al mayor financiero español en la casa de locos. El hombre había averiguado que la
deuda del Estado español quedaba aniquilada tan pronto como «las Cortes aprueben la ley de que todos los vasallos de Su Majestad desde los cuarenta hasta los
sesenta años estén obligados a ayunar un día al mes a pan y
agua, y por cierto en un día a elegir y determinar a voluntad.
Pero el gasto que de otro modo se habría hecho en frutas,
legumbres, viandas de carne, pescados, vinos, huevos y legumbres secas en
este día, deberá ser tasado en dinero y entregado a Su Majestad, sin que falte un maravedí, bajo pena de perjurio.»
Hansemann abrevia el procedimiento. Ha exhortado a todos sus españoles
que poseen una renta anual de 400 táleros
a hallar un día al año en que puedan prescindir de 20 táleros.
Ha exhortado a los pequeños, conforme a la escala móvil, a abstenerse
aproximadamente por 40 días de todo consumo. Si entre
agosto y septiembre no hallan los 20 táleros, en octubre los buscará un alguacil
según las palabras: Buscad y hallaréis.
Sigamos más allá los «Motivos» que el Necker prusiano nos confía.
«Toda renta», nos instruye, «procedente de negocios en el sentido más amplio de la palabra, o sea, sin consideración a si por ella se paga
contribución industrial, como la renta de los médicos, abogados, solo puede
entrar en consideración después de deducir los gastos de explotación, incluidos los intereses a pagar por las deudas,
ya que solo de este modo
se halla la renta neta. Por la misma razón, el capital de explotación del negocio tuvo que ser dejado fuera de demanda, en tanto el importe del empréstito
a calcular según la renta resulte más alto que el
calculado según el capital de explotación.»
Nous marchons de surprise en surprise. La renta solo puede
entrar en consideración después de deducir el capital de explotación, pues el empréstito forzoso no puede ni debe ser otra cosa que la forma extraordinaria de un
impuesto sobre la renta. Y los costos de explotación pertenecen tan poco a la renta del industrial, como el tronco y la raíz del
árbol pertenecen a sus frutos. Por esta razón, pues, porque solo
debe gravarse la renta y no el capital de explotación,
se grava precisamente el capital de explotación y no la renta,
si la primera manera parece más provechosa al fisco. Al señor Hansemann le es, pues, completamente indiferente «de qué modo
se halla la renta neta». Lo que él busca es «de qué modo se halla la mayor renta» para el fisco.
El Sr. Hansemann, que ataca el capital de explotación mismo, se asemeja al
salvaje que tala el árbol para apoderarse de sus frutos.
«Así, pues (Art. 9 del proyecto de ley), si la participación en el empréstito a calcular según el capital
de explotación del negocio resulta más alta que según el
décuplo del importe de la renta, entra el primer modo de
estimación» y es, por tanto, «demandado» el «capital de explotación del negocio» mismo.
Así, pues, cuantas veces le plazca al fisco, puede poner el patrimonio en lugar de
la renta como base de sus exacciones.
El pueblo exige inspeccionar el misterioso tesoro del Estado prusiano. El ministerio de la acción responde a esta
indiscreta demanda con la reserva de echar una mirada penetrante
en todos los libros comerciales y de levantar un inventario
sobre el caudal patrimonial de todos sus integrantes.
La era constitucional en Prusia comienza con esto: con hacer controlar, no el patrimonio del Estado por el pueblo,
sino el patrimonio del pueblo por el Estado, para abrir así de par en par la puerta a la más desvergonzada intromisión de la burocracia en el tráfico burgués y en las relaciones privadas.
En Bélgica, el Estado ha recurrido también a un empréstito forzoso, pero se atiene modestamente a los registros fiscales y a los libros hipotecarios, a los documentos públicos existentes.
El ministerio de la acción, por el contrario, traspone el espartanismo del
ejército prusiano a la economía nacional prusiana.
En sus «Motivos», Hansemann intenta ciertamente tranquilizar al ciudadano mediante toda clase de palabras suaves y amables representaciones.
«La base de la distribución del empréstito», le susurra, «es la autotasación.» Se evita todo lo «odioso». «Ni siquiera
se exigirá una indicación sumaria de los diversos componentes del patrimonio.» «La comisión de distrito instituida para el examen de las autotasaciones deberá instar, por vía de amistosa representación, a una participación adecuada, y solo cuando esta vía no tenga éxito, estimará el importe.
Contra esta decisión queda abierto el recurso ante una comisión de departamento, etc.»
¡Autotasación! ¡Ni siquiera una indicación sumaria de los diversos componentes del patrimonio! ¡Amistosa representación! ¡Recurso!
Di, ¿qué más quieres?
Empecemos directamente por el final, por el recurso.
El Art. 16 determina: «La cobranza se efectúa sin consideración alguna al recurso interpuesto, en los plazos fijados, quedando a salvo la devolución en la medida en que el recurso resulte fundado.»
Así, pues, primero la ejecución a pesar del recurso, después la fundamentación
a pesar de la ejecución.
¡Aún más!
Las «costas» causadas por el recurso «corren a cargo del recurrente
si su recurso es rechazado total o parcialmente y,
en caso necesario, se procederá ejecutivamente a su cobro». (Art. 19.) Quien conoce la imposibilidad económica de una exacta tasación del patrimonio, ve
a primera vista que el recurso puede ser siempre rechazado parcialmente,
y el recurrente cargar, por tanto, en cada caso con el perjuicio. Sea, pues, como fuere el recurso,
una multa pecuniaria es su inseparable sombra. ¡Todos los respetos al recurso!
Del recurso, el final, retrocedemos al comienzo, la autotasación.
El señor Hansemann no parece temer que sus espartanos se
sobreestimen a sí mismos.
Según el Art. 13, «la indicación por los propios obligados a contribuir forma
la base de la distribución del empréstito». La arquitectónica del señor
Hansemann es de tal naturaleza, que de la base de su edificio no puede en modo alguno inferirse
los contornos ulteriores del mismo.
O más bien, la «indicación propia», que en forma de una «declaración»
ha de ser presentada a los «funcionarios a designar por el señor ministro de Hacienda o, por encargo suyo, por el gobierno de departamento», esta base
es ahora más profundamente fundamentada. Según el Art. 14, «para el examen de las declaraciones emitidas se constituirán una o varias comisiones, cuyo presidente, así como los demás miembros, en número mínimo de 5,
serán nombrados por el ministro de Hacienda o por la autoridad por él comisionada».
El nombramiento del ministro de Hacienda o de la autoridad por él comisionada forma, pues, la verdadera base del examen.
Si la autotasación difiere del «parecer» de esta comisión de distrito o de ciudad nombrada por el ministro de Hacienda, se instará al
«autotasador» a que se explique. (Art. 15.) Puede emitir una
declaración o no emitirla; todo depende de que ella
«satisfaga» a la comisión nombrada por el ministro de Hacienda. Si no
satisface, «la comisión deberá fijar la contribución según su propia estimación
y notificarlo al obligado a contribuir».
Primero se tasa a sí mismo el obligado a contribuir y notifica de ello
al funcionario. Ahora tasa el funcionario y notifica de ello al
obligado a contribuir. ¿Qué se ha hecho de la «autotasación»? La
base ha ido a pique. Pero mientras que la autotasación
solo daba ocasión a un severo «examen» del obligado, la
tasación ajena se trueca de inmediato en ejecución. El Art. 6 dispone en efecto:
«Las actuaciones de las comisiones de distrito (ciudad) han de ser presentadas al gobierno de departamento,
el cual, acto seguido, ha de establecer los roles de los importes del empréstito y remitirlos a las cajas respectivas para su cobranza —en caso necesario,
por vía de ejecución— según las prescripciones vigentes para los impuestos.»
Ya hemos visto cómo en los recursos no todo es «rosa».
La vía del recurso oculta aún otras espinas.
Primero. La comisión de departamento, que examina los recursos, es formada
por diputados elegidos por los electores designados según la ley del 8 de abril de 1848, etc.
Pero el Estado entero se escinde ante el empréstito forzoso en dos campos hostiles,
el campo de los recalcitrantes y el campo de los bienintencionados, contra cuya contribución prestada u ofrecida no se han suscitado objeciones ante
la comisión de distrito. Los diputados solo pueden ser elegidos del campo bienintencionado. (Art. 17.)
Segundo. La presidencia la ejerce un comisario nombrado por el ministro de Hacienda,
a quien puede adjuntarse un funcionario para la ponencia.
(Art. 18.)
Tercero. La comisión de departamento está facultada para ordenar la especial estimación
del patrimonio o de la renta y, a este fin, levantar actas de tasación de valores o hacer examinar libros de comercio. Si estos medios no bastan, puede exigirse del recurrente
una declaración en lugar de juramento.
Así, pues, quien no se pliega sin reparos a las «estimaciones» de los funcionarios nombrados por el ministro de Hacienda, tiene que —como castigo— exponer abiertamente
todas sus relaciones patrimoniales a dos burócratas y a 15 concurrentes quizá. ¡Espinoso camino del recurso! Hansemann no hace, pues, más que burlarse de su público cuando en los motivos dice:
«La base de la distribución del empréstito es la autotasación.
Mas, para no hacerla odiosa en modo alguno, ni siquiera
se exige una indicación sumaria de los diversos componentes del patrimonio.»
La pena del «perjurio» del proyectista de Cervantes, incluso ella
no falta en el proyecto del ministro de la acción.
En lugar de atormentarse con sus pseudo-motivos, nuestro Hansemann habría hecho mejor en decir con el personaje de la comedia:
¿Cómo queréis que pague viejas deudas y contraiga nuevas deudas,
si no me prestáis dinero?
Pero en este momento, en que Prusia al servicio de sus intereses particulares busca perpetrar
contra Alemania una traición y rebelarse contra el poder central, es el deber de todo patriota no contribuir voluntariamente con un solo penique al empréstito forzoso. Solo mediante
un consecuente corte de los medios de subsistencia puede Prusia ser forzada
a entregarse a Alemania.