El armisticio con Dinamarca

** Colonia, 21 de julio. Nuestros lectores lo saben, hemos contemplado siempre la guerra danesa con gran sangre fría. No nos hemos sumado jamás ni a las furibundas fanfarronadas de los nacionales, ni a las eternas jeremiadas de un entusiasmo de paja, circundado por el mar de Schleswig-Holstein. Conocíamos demasiado bien a nuestra patria, sabíamos lo que significa confiar en Alemania.

Los acontecimientos han justificado plenamente nuestro modo de ver. La conquista no impedida de Schleswig por los daneses, la reconquista del país y la incursión en Jutlandia, la retirada tras el Schlei, la nueva conquista del ducado hasta el Königsau, toda esta conducción incomprensible de la guerra, de principio a fin, ha demostrado a los schleswigueses qué protección pueden esperar de la Alemania revolucionada, grande, fuerte, unida, etc., del presuntamente soberano pueblo de 45 millones. Pero para que pierdan todo deseo de hacerse alemanes, para que la “opresión danesa” les resulte infinitamente más grata que la “libertad alemana”, a este fin ha negociado Prusia, en nombre de la Confederación Germánica, el armisticio que hoy comunicamos en traducción literal.

Cuando se concierta un armisticio, ha sido costumbre hasta ahora que ambos ejércitos mantengan sus posiciones y que, a lo sumo, se intercale entre ellos una estrecha franja neutral. En este armisticio, primer éxito de la “gloria militar prusiana”, los victoriosos prusianos se retiran más de 20 millas, desde Kolding hasta más acá de Lauenburg, mientras que los derrotados daneses mantienen su posición cerca de Kolding y solo abandonan Alsen. Más aún: si se denuncia el armisticio, los daneses avanzarán de nuevo hasta las posiciones que ocupaban el 24 de junio, es decir, volverán a ocupar sin golpe de espada una franja de 6 a 7 millas de ancho del norte de Schleswig, una franja de la que han sido desalojados a golpes dos veces, mientras que los alemanes solo podrán volver a avanzar hasta Apenrade y sus alrededores. ¡Así se “salvaguarda el honor de las armas alemanas” y se le pone en perspectiva al norte de Schleswig, esquilmado por cuatro inundaciones de tropas, una quinta y una sexta ocupación!

Por si eso no bastara, una parte del propio Schleswig será ocupada por tropas danesas durante el armisticio. Schleswig será ocupada, según el art. 8, por los cuadros de los regimientos reclutados en el ducado, es decir, en parte por los soldados schleswigueses que han participado en el movimiento, en parte por aquellos que en aquella época estaban acantonados en Dinamarca, han combatido contra el gobierno provisional en las filas del ejército danés, serán comandados por oficiales daneses y son, en todos los sentidos, tropas danesas. Los periódicos daneses ven el asunto también bajo este punto de vista: “Indudablemente —dice *Fädrelandet* del 13 de julio—, la presencia de las fieles tropas schleswiguesas en el ducado fortalecerá significativamente el ánimo popular, el cual ahora, después de que el país ha experimentado las desgracias de la guerra, se levantará con fuerza contra los autores de estas desgracias.”

¡Y qué decir del movimiento schleswig-holsteinés! Es llamado por los daneses una revuelta y tratado por Prusia como una revuelta. El gobierno provisional, que Prusia y la Confederación Germánica han reconocido, es sacrificado sin clemencia; todas las leyes, decretos, etc., promulgados desde la independencia de Schleswig, quedan sin efecto; las leyes danesas abolidas vuelven, en cambio, a entrar en vigor. En resumen, la respuesta a la célebre nota de Wildenbruch, que el Sr. Auerswald se negó a dar, se encuentra aquí en el art. 7 del proyecto de armisticio. Todo lo que había de revolucionario en el movimiento es aniquilado sin contemplaciones, y en lugar del gobierno surgido de la revolución aparece una administración legítima, nombrada por tres príncipes legítimos. Las tropas holsteinenas y schleswiguesas volverán a ser comandadas a la danesa y a ser fustigadas a la danesa, los barcos holsteinenos y schleswigueses siguen siendo, como antes, “Dansk-Eiendom”, a pesar del reciente decreto del gobierno provisional.

Y el nuevo gobierno proyectado pone la guinda a todo esto. Escúchese al *Fädrelandet*: “Aunque probablemente no encontremos en la circunscripción restringida para los miembros de elección danesa del nuevo gobierno la unión de energía y talento, inteligencia y experiencia de la que Prusia podrá disponer en su selección” —nada se ha perdido con ello aún—. “Los miembros del gobierno deben ciertamente ser elegidos de entre la población de los ducados; pero nada nos prohíbe asignarles secretarios y auxiliares que hayan nacido y residan en otra parte. En la elección de estos secretarios y consejeros de gobierno se puede proceder sin consideraciones locales según la capacidad y el talento, y no es improbable que estos hombres ejerzan una influencia significativa sobre todo el espíritu y la marcha de la administración. Sí, es de esperar que incluso altos funcionarios daneses acepten un puesto tal, subordinado en consideración al rango oficial; todo buen danés hará de tal posición un honor en las circunstancias actuales.”

El periódico ministerial pone, pues, en perspectiva a los ducados una inundación, no solo de tropas danesas, sino también de funcionarios daneses. Un gobierno semidanés establecerá su sede en Rendsburg, en reconocido territorio de la Confederación Germánica.

Estas son las ventajas del armisticio para Schleswig. Las ventajas para Alemania son igualmente grandes. De la admisión de Schleswig en la Confederación no se menciona una palabra; por el contrario, la resolución de la Confederación es formalmente desautorizada por la composición del nuevo gobierno. La Confederación Germánica elige para Holstein, el rey de Dinamarca en nombre de Schleswig. Schleswig queda, pues, bajo alta soberanía danesa, no alemana.

Alemania podía realmente haberse ganado un mérito en esta guerra danesa, forzando la abolición del peaje del Sund, de este viejo bandidaje feudal. Las ciudades marítimas alemanas, oprimidas por el bloqueo y por el apresamiento de sus barcos, habrían soportado con gusto esta presión más tiempo, si se hubiese logrado la abolición del peaje del Sund. Los gobiernos también habían hecho difundir por todas partes que la abolición del peaje del Sund sería forzada en todo caso. ¿Y en qué ha quedado esta fanfarronada? Inglaterra y Rusia quieren el mantenimiento del peaje del Sund y la obediente Alemania se conforma, naturalmente.

Que contra la devolución de los barcos se produzca el reembolso de las requisas jutlandesas, se comprende por sí mismo, según el principio de que Alemania es bastante rica para pagar su gloria.

¡Éstas son las ventajas que el ministerio Hansemann ofrece al pueblo alemán en este proyecto de armisticio! ¡Éstos son los frutos de tres meses de lucha contra un pueblecito de millón y medio! ¡Éste es el resultado de todas las grandes fanfarronadas de nuestros periódicos nacionales, de nuestros formidables devoradores de daneses!

Según se oye, el armisticio no será concertado. El general Wrangel, animado por Beseler, se ha negado definitivamente a firmarlo, a pesar de todos los ruegos del conde Pourtalès, que le llevó la orden de Auerswald, a pesar de todos los recordatorios de su deber como general prusiano. Wrangel declaró que él está, ante todo, bajo las órdenes del poder central alemán y que éste no consentirá si no se mantienen las actuales posiciones de los ejércitos y si el gobierno provisional no permanece hasta la paz.

Así, pues, el proyecto prusiano probablemente no se llevará a ejecución; pero no deja de ser interesante como prueba de cómo Prusia, cuando se pone a la cabeza, entiende el modo de salvaguardar el honor y los intereses de Alemania.