** Colonia, 17 de julio. (El debate sobre la moción Jacoby.) Hemos tenido de nuevo un “gran debate”, para decirlo con el señor Camphausen, un debate que duró dos días enteros. Los fundamentos del debate son conocidos: la reserva del gobierno frente a la inmediata validez jurídica de los acuerdos de la Asamblea Nacional, y la moción Jacoby de reconocer la facultad de la Asamblea para tomar acuerdos inmediatamente válidos, sin esperar la aprobación de nadie, pero también de desaprobar el acuerdo sobre el poder central. Cómo pudo ser posible un debate sobre este objeto les parecerá incomprensible a otros pueblos. Pero estamos en el país de las encinas y los tilos, y aquí nada debe sorprendernos tan fácilmente.
El pueblo envía a Francfort una Asamblea con el mandato de declararse soberana sobre toda Alemania y todos sus gobiernos; debe, en virtud de la soberanía que el pueblo le ha transferido, acordar una constitución para Alemania. La Asamblea, en lugar de proclamar inmediatamente su soberanía frente a los Estados particulares y la Dieta, elude tímidamente toda cuestión que a ello atañe y mantiene una posición indecisa, vacilante. Por fin llega a una cuestión decisiva: al nombramiento de un poder central provisional. Aparentemente independiente, pero de hecho guiada por los gobiernos, a través de la mediación de Gagern, elige ella misma al regente imperial que los gobiernos le habían determinado de antemano. La Dieta reconoce la elección y manifiesta cierta pretensión de darle fuerza jurídica sólo mediante su confirmación. A pesar de todo, llegan reservas de Hannover y aun de Prusia; y es precisamente la reserva prusiana la que está en la base del debate del 11 y del 12.
La Cámara de Berlín no tiene, pues, esta vez tanta culpa de que los debates se pierdan en la nebulosa. La culpa es de la indecisa, floja y falta de energía Asamblea Nacional de Francfort, si sus acuerdos son de tal índole que difícilmente puede decirse de ellos otra cosa que meras charlatanerías.
Jacoby introduce su moción de manera breve y con su precisión habitual. Dificulta mucho la posición a los oradores de la izquierda; dice todo lo que puede decirse sobre la moción, si no se quiere entrar en la historia de la génesis del poder central, tan comprometedora para la Asamblea Nacional. En efecto, después de él los diputados de la izquierda poco nuevo han aducido, mientras que a la derecha le fue todavía peor: se perdió en pura charlatanería o en sutilezas jurídicas. En ambos lados se repitió infinitamente.
El diputado Schneider tiene el honor de exponer por vez primera a la Asamblea los argumentos de la derecha. Comienza con el gran argumento de que la moción se contradice a sí misma. Por una parte –dice– reconoce la soberanía de la Asamblea Nacional; por otra, exige que la Cámara de concertación le dirija una censura y se sitúa así por encima de ella. Cada individuo puede expresar la censura, pero no la Asamblea. Este sutil argumento, del que la derecha está visiblemente muy orgullosa, pues recorre todos sus discursos, formula una teoría enteramente nueva. Según ella, la Asamblea tiene menos derecho que un individuo frente a la Asamblea Nacional.
Tras este primer gran argumento viene el republicano. Alemania se compone en su mayor parte de monarquías constitucionales y, por tanto, debe tener también un jefe constitucional, irresponsable, no uno republicano y responsable. Este argumento fue respondido el segundo día por el señor Stein: Alemania, por su constitución central, ha sido siempre una república, aunque ciertamente una república edificante. “Nosotros –dice el señor Schneider– hemos recibido el mandato de concertar la monarquía constitucional, y los de Francfort han recibido el mandato análogo de concertar con los gobiernos alemanes una constitución para Alemania.”
La reacción expresa ya sus deseos como hechos consumados. Entonces, cuando la temblorosa Dieta, por orden de una asamblea sin mandato jurídico alguno, el llamado Preparlamento, convocó a la Asamblea Nacional alemana, entonces no se hablaba de concertación; entonces la Asamblea Nacional convocada pasaba por soberana. Pero ahora eso es distinto. Las jornadas de junio de París han henchido de nuevo las esperanzas no sólo de la gran burguesía, sino también de los partidarios del sistema derrocado. Todo pequeño hidalgo campestre espera la restauración de su antiguo régimen de knut, y desde el campamento imperial de Innsbruck hasta el castillo solariego de Enrique LXXII empieza a alzarse ya el clamor por la “concertación de la constitución alemana”. Esto, ciertamente, la Asamblea de Francfort se lo ha buscado ella misma.
“La Asamblea Nacional ha actuado, pues, conforme a su mandato al elegir un jefe constitucional. Pero también ha actuado de acuerdo con la voluntad del pueblo; la gran mayoría quiere la monarquía constitucional. Sí, yo habría considerado una desgracia que la Asamblea Nacional hubiera decidido otra cosa. No porque yo esté contra la república; en principio reconozco, en esto estoy completamente de acuerdo conmigo mismo, que la república es la forma de Estado más perfecta y más noble, pero en la realidad aún no hemos llegado ni de lejos a eso. No podemos tener la forma sin tener el espíritu. No podemos querer una república si nos faltan los republicanos, es decir, los caracteres nobles que no sólo en el entusiasmo, sino en todo momento, con conciencia tranquila y en noble abnegación, saben subordinar su interés al interés común.”
¿Se puede pedir una prueba más hermosa de las virtudes representadas en la Cámara de Berlín que estas nobles y modestas palabras del diputado Schneider? ¡En verdad, si aún podía subsistir alguna duda sobre la capacidad de los alemanes para la república, tenía que desaparecer en su nada ante estas muestras de auténtica virtud ciudadana, de noble y modestísima abnegación de nuestro Cincinato Schneider! ¡Quiera Cincinato cobrar ánimo y confianza en sí mismo y en los innúmeros nobles ciudadanos de Alemania que también consideran la república la forma de Estado más noble, pero se creen malos republicanos: están maduros para la república, soportarían la república con la misma heroica ecuanimidad que la monarquía absoluta. La república de los hombres de bien sería la más feliz que jamás haya existido: una república sin Bruto ni Catilina, sin Marat ni tormentas de junio, la república de la virtud saciada y de la moral solvente.
¡Cuánto se engaña Cincinato Schneider cuando exclama: “Bajo el absolutismo no pueden formarse caracteres republicanos; el espíritu republicano no se puede evocar como quien vuelve la mano; ¡para eso tenemos que educar primero a nuestros hijos y nietos! ¡Hoy consideraría la república sólo como la mayor desdicha, pues sería la anarquía con el nombre profanado de república, el despotismo bajo la máscara de la libertad!”
Por el contrario, los alemanes son, como dijo el señor Vogt (de Giessen) en la Asamblea Nacional, republicanos natos, y Cincinato Schneider no puede educar mejor a sus hijos para la república que educándolos en la antigua disciplina, costumbre y temor de Dios alemanes, con los que él mismo ha crecido sencilla y rectamente. La república de los hombres de bien, en lugar de anarquía y despotismo, no haría sino llevar a la máxima perfección esas mismas cómodas deliberaciones en torno a la cerveza blanca en las que tanto se distingue Cincinato Schneider. La república de los hombres de bien, lejos de todos los horrores y crímenes que mancharon a la primera república francesa, limpia de sangre y aborreciendo la bandera roja, haría posible lo nunca alcanzado hasta ahora: que todo honrado ciudadano llevara una vida tranquila y quieta en toda piedad y honestidad. ¡Quién sabe si la república de los hombres de bien no nos devolvería hasta los gremios con todos sus alegres procesos de los Böhnhasen! Esta república de los hombres de bien no es una quimera tejida de aire, es una realidad; existe en Bremen, Hamburgo, Lübeck y Francfort, y aún en algunas partes de Suiza. Pero por doquier la amenaza peligro en la tormenta de los tiempos, por doquier está a punto de perecer. – ¡Por eso, adelante, Cincinato Schneider, abandona el arado y el campo de nabos, la cerveza blanca y la concertación, monta a caballo y salva a la república amenazada, a tu república, la república de los hombres de bien!
(Continuará.)

** Colonia, 18 de julio. El debate sobre la moción Jacoby. (Continuación.)
Después del señor Schneider, sube a la tribuna el señor Waldeck para hablar en favor de la moción:
“En verdad, la situación del Estado prusiano es ahora sin ejemplo, y en el fondo no se puede ocultar que es también un tanto preocupante.”
Este comienzo es también un tanto preocupante. Creemos estar oyendo todavía al diputado Schneider.
“Prusia estaba, nos es lícito decirlo, llamada a la hegemonía en Alemania.”
¡Todavía la vieja ilusión prusiana, todavía el dulce sueño de hacer que Alemania se disuelva en Prusia y declarar a Berlín el París alemán! El señor Waldeck ve, ciertamente, cómo esta dulce esperanza se desvanece ante sus ojos, pero la contempla con sentimiento doloroso, y le reprocha al gobierno anterior y al actual que ellos sean culpables de que Prusia no esté a la cabeza de Alemania. Por desgracia, pasaron los hermosos días en los que la Unión Aduanera preparaba la hegemonía prusiana sobre Alemania, en los que el patriotismo provincial podía creer que “la estirpe de la Marca había decidido desde hacía 200 años los destinos de Alemania” y los decidiría también en adelante; ¡los hermosos días en los que la Alemania de la Dieta, completamente descompuesta, podía ver en la aplicación general de la camisa de fuerza burocrático-prusiana un último medio de cohesión!
“La Dieta, juzgada hace mucho por la opinión pública, desaparece, ¡y de pronto aparece ante los ojos del mundo asombrado la Asamblea Nacional constituyente en Francfort!”
El “mundo” tuvo ciertamente que “asombrarse” al ver esta Asamblea Nacional constituyente. Compárense al respecto los periódicos franceses, ingleses e italianos.
El señor Waldeck se declara aún más extensamente contra un emperador alemán y cede la palabra al señor Reichensperger II. El señor Reichensperger II declara republicanos a los partidarios de la moción Jacoby y desea que salgan a la luz con sus intenciones tan abiertamente como los republicanos de Francfort. Luego asegura también él que Alemania no posee aún la “plena medida de virtud ciudadana y política que un gran maestro de la ciencia del Estado señala como condición esencial de la república.”
¡Mal debe de andar Alemania cuando el patriota Reichensperger dice eso!
El gobierno, prosigue, no ha hecho reserva alguna (!), sino que ha expresado meros deseos. Para ello había motivo sobrado, y también yo espero que no siempre se prescinda de los gobiernos en las decisiones de la Asamblea Nacional. Una fijación de la competencia de la Asamblea Nacional de Francfort queda fuera de nuestra competencia; la Asamblea Nacional misma se ha pronunciado en contra de establecer teorías sobre su competencia; ha obrado prácticamente allí donde la necesidad imponía actuar.

Es decir, la Asamblea de Francfort no zanjó, en el período de la efervescencia revolucionaria, cuando era omnipotente, el inevitable combate con los gobiernos alemanes mediante un golpe decisivo; prefirió aplazar la decisión, librar, en cada resolución particular, pequeñas escaramuzas con este o aquel gobierno, que la debilitan en la misma medida en que se aleja del momento de la revolución y se desacredita ante los ojos del pueblo con su actuación lánguida. Y en ese sentido tiene razón el señor Reichensperger: ¡no vale la pena que nos tomemos la molestia de acudir en ayuda de una asamblea que se abandona a sí misma! Pero resulta conmovedor cuando el señor Reichensperger dice: «No es, pues, propio de un hombre de Estado discutir semejantes cuestiones de competencia; de lo único que se trata es de resolver cada vez las cuestiones prácticas que se presenten.» Ciertamente, es «impropio de un hombre de Estado» eliminar de una vez por todas esas «cuestiones prácticas» mediante una resolución enérgica; es «impropio de un hombre de Estado» hacer valer el mandato revolucionario que posee toda asamblea surgida de las barricadas frente a los intentos de la reacción por detener el movimiento; ciertamente, Cromwell, Mirabeau, Danton, Napoleón, toda la revolución inglesa y francesa fue sumamente «impropia de un hombre de Estado», pero Bassermann, Biedermann, Eisenmann, Widenmann, Dahlmann ¡se comportan como «hombres de Estado»! ¡Los «hombres de Estado» desaparecen en cuanto irrumpe la revolución, y la revolución ha de haberse adormecido por un instante cuando vuelven a aparecer los «hombres de Estado»! ¡Y más aún hombres de Estado de la talla del señor Reichensperger II, diputado por el distrito de Kempen!

«Abandonad ese sistema y difícilmente se conseguirá evitar conflictos con la Asamblea nacional alemana o con los gobiernos de los Estados particulares; en todo caso sembraréis una discordia deplorable; a consecuencia de la discordia se alzará la anarquía, y entonces nadie nos protegerá de la guerra civil. Pero la guerra civil es el comienzo de una desgracia aún mayor… no tengo por imposible que llegue a decirse de nosotros, llegado el caso: el orden ha sido restablecido en Alemania… ¡por nuestros amigos del Este y del Oeste!»

Puede que el señor Reichensperger tenga razón. Si la Asamblea se mete en cuestiones de competencia, ello puede dar ocasión a colisiones que atraigan la guerra civil, a los franceses y a los rusos. Pero si no lo hace, como en realidad no lo ha hecho, la guerra civil nos está doblemente asegurada. Los conflictos, todavía bastante simples al comienzo de la revolución, se complican de día en día, y cuanto más se difiera la decisión, tanto más difícil, tanto más sangrienta será la solución. Un país como Alemania, que se ve obligado a abrirse paso trabajosamente hacia la unidad saliendo de la dispersión más innombrable, que, bajo pena de ruina, necesita una centralización revolucionaria tanto más rigurosa cuanto más desmembrado ha estado hasta ahora, un país que encierra en su seno veinte Vendées, que está emparedado entre los dos Estados continentales más poderosos y centralizados, rodeado de innumerables vecinos pequeños y en tensión o incluso en guerra con todos ellos, un país así no puede, en el actual período de revolución general, escapar ni a la guerra civil ni a la guerra exterior. Y estas guerras, que con toda seguridad nos aguardan, se volverán tanto más peligrosas, tanto más devastadoras, cuanto más irresueltos se comporten el pueblo y sus dirigentes, cuanto más se aplace la decisión. Si los «hombres de Estado» del señor Reichensperger siguen al timón, podremos vivir una segunda guerra de los Treinta Años. Pero, por fortuna, la fuerza de los acontecimientos, el pueblo alemán, el emperador de Rusia y el pueblo francés aún tienen algo que decir. (Continuará.)

Neue Rheinische Zeitung. Nr. 53, 23. Juli 1848

Colonia, 22 de julio. El debate sobre la moción de Jacoby (Continuación.) Por fin nos permiten los acontecimientos, los proyectos de ley, los proyectos de armisticio, etc., volver a nuestros amados debates de concertación. Hallamos en la tribuna al diputado señor von Berg, de Jülich, un hombre que nos interesa doblemente: primero como renano y segundo como ministerial de la fecha más reciente. El señor Berg se opone a la moción de Jacoby por diversos fundamentos. El primero es éste:

«La primera parte de la moción, que nos exige manifestar la desaprobación de una resolución del Parlamento alemán, esa primera parte no es sino una protesta en nombre de una minoría contra una mayoría legal. No es más que el intento de un partido que, dentro de un cuerpo legislativo, ha sido derrotado, de fortalecerse desde fuera, un intento que en sus consecuencias ha de conducir a la guerra civil.»

El señor Cobden se halló de 1840 a 1845, con su moción por la derogación de las leyes de cereales, en minoría en la Cámara de los Comunes. Pertenecía a «un partido que, dentro de un cuerpo legislativo, había sido derrotado». ¿Qué hizo? Buscó «fortalecerse desde fuera». No se limitó a emitir una desaprobación de las resoluciones del Parlamento; fue mucho más lejos, fundó y organizó la Liga contra las Leyes de Cereales, la prensa anti-cerealista, en suma, la agitación colosal entera contra las leyes de cereales. Según la opinión del señor Berg, aquello fue un intento que «había de conducir a la guerra civil».

La minoría de la difunta Dieta unificada también buscó «fortalecerse desde fuera». Los señores Camphausen, Hansemann, Milde no tuvieron el menor reparo al respecto. Los hechos probatorios son notorios. Es claro, según el señor Berg, que las consecuencias de su proceder también «habían de conducir a la guerra civil». Pero no condujeron a la guerra civil, sino al ministerio. Y así podríamos aducir cien ejemplos más.

Así pues, la minoría de un cuerpo legislativo, so pena de conducir a la guerra civil, no debe tratar de fortalecerse desde fuera. Pero ¿qué es «desde fuera»? Los electores, esto es, las personas que hacen los cuerpos legislativos. Y si ya no se ha de «fortalecerse» mediante la influencia sobre esos electores, ¿por qué medio se ha de fortalecer uno? ¿Acaso los discursos de los señores Hansemann, Reichensperger, von Berg, etc., están destinados sólo a la Asamblea o también al público, al que se comunican por medio de los informes taquigráficos? ¿No son esos discursos, asimismo, un medio por el cual ese «partido dentro de un cuerpo legislativo» «procura fortalecerse desde fuera» o espera fortalecerse? En una palabra: el principio del señor Berg llevaría a suprimir toda agitación política. La agitación no es otra cosa que la aplicación de la irresponsabilidad de los representantes, de la libertad de prensa, del derecho de asociación —es decir, de las libertades vigentes en Prusia conforme a derecho. Que esas libertades conduzcan o no a la guerra civil, nos trae totalmente sin cuidado; basta con que estén vigentes y queremos ver a dónde «conduce» que se las siga atacando.

«Señores, esos intentos de la minoría por procurarse fuerza y valimiento fuera del poder legislativo no datan de hoy ni de ayer, se remontan al primer día del levantamiento alemán. En el Preparlamento, la minoría se alejó protestando, y la consecuencia de ello fue una guerra civil.»

Primero: en la moción de Jacoby no se hable para nada de un «alejamiento protestante de la minoría» de la Asamblea. Segundo: «los intentos de la minoría por procurarse valimiento fuera del poder legislativo» no son ciertamente «de hoy ni de ayer», pues datan del día en que hubo poderes legislativos y minorías. Tercero: a una guerra civil no condujo el alejamiento protestante de la minoría del Preparlamento, sino la «convicción moral» del señor Mittermayer de que Hecker, Fickler y sus consortes eran traidores a la patria y, a consecuencia de ello, las medidas dictadas por el más tembloroso pánico del gobierno de Baden.

Tras el argumento de la guerra civil, naturalmente muy apto para infundir grandísimo miedo al burgués alemán, llega el argumento del mandato inexistente.

«Hemos sido elegidos por nuestros electores para fundar una constitución para Prusia; esos mismos electores han enviado a otros conciudadanos suyos a Francfort para fundar allí el poder central. No se puede negar que al elector, que otorga el mandato, le asiste ciertamente el derecho de aprobar o desaprobar lo que hace el mandatario; pero los electores no nos han encargado que llevemos, a este respecto, su voz.»

Este contundente argumento ha despertado gran admiración entre los juristas y diletantes jurídicos de la Asamblea. ¡Carecemos de mandato! Y sin embargo, el mismo señor Berg afirma dos minutos después que la Asamblea de Francfort «ha sido convocada para edificar, de común acuerdo con los gobiernos alemanes, la futura constitución de Alemania»; y, en semejante caso, el gobierno prusiano no prestaría su confirmación sin consultar —así lo espera— a la Asamblea de concertación o a la Cámara elegida según la nueva constitución. Y sin embargo, el ministerio ha comunicado a la Asamblea, de inmediato y junto con sus reservas, el reconocimiento del regente del Imperio, invitándola así a emitir su juicio. ¡Justamente la posición del señor Berg, su propio discurso y la comunicación del señor Auerswald llevan, pues, a la consecuencia de que la Asamblea sí tiene un mandato para ocuparse de las resoluciones de Francfort!

¡Carecemos de mandato! De modo que si la Asamblea de Francfort vuelve a prescribir la censura, si en un conflicto entre la Cámara y la Corona envía tropas bávaras y austriacas a Prusia en apoyo de la Corona, ¡el señor Berg «no tiene mandato»! ¿Qué mandato tiene el señor Berg? Al pie de la letra, sólo el de «concertar la constitución con la Corona». En modo alguno tiene, pues, mandato para interpelar, para concertar leyes de irresponsabilidad, de guardia cívica, de redención de cargas, y otras leyes que no figuran en la constitución. Eso mismo afirma la reacción a diario. Él mismo dice:

«Cualquier paso más allá de ese mandato es una injusticia, un abandono del mismo o, incluso, ¡una traición!»

Y, no obstante, el señor Berg y toda la Asamblea abandonan a cada instante su mandato, forzados por la necesidad. Tiene que hacerlo a consecuencia del régimen provisional revolucionario, o más bien, ahora, reaccionario. A consecuencia de ese régimen provisional, todo cuanto sirva para salvaguardar las conquistas de la revolución de marzo forma parte de la competencia de la Asamblea; y si ello puede hacerse por medio de un influjo moral sobre la Asamblea de Francfort, la Cámara de concertación no sólo está facultada para ello, sino incluso obligada.

Viene a continuación el argumento renano-prusiano, que para nosotros, los renanos, reviste especial importancia porque prueba cómo estamos representados en Berlín.

«Los renanos, westfalianos y otras provincias no tenemos absolutamente otro vínculo con Prusia que el de haber venido a parar a la Corona de Prusia. Si rompemos ese vínculo, el Estado se desmorona. Y no veo yo en absoluto —y creo que la mayoría de los diputados de mi provincia tampoco— qué pintamos nosotros con una república de Berlín. ¡En ese caso, bien podríamos querer una república de Colonia!»

No entramos en absoluto en las elucubraciones de café sobre lo que «podríamos querer» si Prusia se transformase en una «república de Berlín», ni en la nueva teoría sobre las condiciones de vida del Estado prusiano, etc. Como renanos, protestamos únicamente contra que hayamos «venido a parar a la Corona de Prusia». Al contrario, la «Corona de Prusia» ha venido a parar a nosotros.

El siguiente orador contra la moción es el señor Simons, de Elberfeld. Repite todo lo dicho por el señor Berg.

Le sigue un orador de la izquierda, y luego el señor Zachariä. Repite todo lo que ha dicho el señor Simons. El diputado Duncker repite todo lo que ha dicho el señor Zachariä. Pero dice también algunas otras cosas, o dice lo ya dicho de forma tan burda, que hacemos bien en detenernos brevemente en su discurso.

«Si nosotros, la Asamblea constituyente de 16 millones de alemanes, lanzamos semejante reproche a la Asamblea constituyente de todos los alemanes, ¿fortalecemos con ello en la conciencia del pueblo la autoridad del Poder central alemán, la autoridad del Parlamento alemán? ¿No socavamos con ello la gozosa obediencia que le deben las diversas tribus para que pueda actuar por la unidad de Alemania?»

Según el señor Duncker, la autoridad del Poder central y de la Asamblea nacional, la «gozosa obediencia», consiste en que el pueblo se someta ciegamente a ella, pero que los distintos gobiernos hagan sus reservas y, llegado el caso, le denuncien la obediencia.

«¿Para qué, en nuestra época, en que el poder de los hechos es tan inmenso, para qué declaraciones teóricas?»

¡¿El reconocimiento de la soberanía de la Asamblea de Fráncfort por los representantes «de 16 millones de alemanes» no es, pues, más que una mera «declaración teórica»?!

«Si en el futuro el gobierno y la representación popular de Prusia considerasen imposible, irrealizable, un acuerdo adoptado en Fráncfort, ¿existiría entonces en general la posibilidad de ejecutar semejante acuerdo?»

La mera opinión, el parecer del gobierno y de la representación popular prusianos bastarían, pues, para hacer imposibles los acuerdos de la Asamblea Nacional.

«Si todo el pueblo prusiano, si dos quintas partes de Alemania no quisieran someterse a los acuerdos de Fráncfort, serían irrealizables, digamos hoy lo que queramos.»

Ahí está toda la vieja soberbia prusiana, el patriotismo nacional berlinés en toda su antigua gloria, con la coleta y el bastón del viejo Fritz. Somos, ciertamente, la minoría, no somos más que dos quintas partes (ni siquiera), ¡pero ya mostraremos a la mayoría que nosotros somos los señores de Alemania, que somos los prusianos!

No aconsejamos a los señores de la derecha que provoquen semejante conflicto entre «dos quintas partes» y «tres quintas partes». La proporción numérica se presentaría de un modo muy distinto, y más de una provincia recordaría que es alemana desde tiempos inmemoriales, pero prusiana solo desde hace treinta años.

Pero el señor Duncker tiene una salida. Tanto los de Fráncfort como nosotros debemos «adoptar acuerdos que expresen la voluntad general racional, la verdadera opinión pública, que puedan sostenerse ante la conciencia moral de la nación» — es decir, acuerdos conforme al corazón del diputado Duncker.

«Si nosotros, si aquéllos de Fráncfort adoptan tales acuerdos, entonces nosotros, entonces ellos son soberanos; de lo contrario, no lo somos, por más que lo decretemos diez veces.»

Tras esta profunda definición de la soberanía, acorde con su conciencia moral, el señor Duncker lanza un suspiro: «En todo caso, esto pertenece al porvenir» — y con ello concluye su discurso.

El espacio y el tiempo impiden abordar los discursos pronunciados el mismo día por la izquierda. Sin embargo, nuestros lectores habrán visto ya, a partir de los discursos de la derecha aquí reproducidos, que el señor Parrisius no andaba del todo descaminado al proponer el aplazamiento, alegando que «el calor en la sala había subido tanto que no se pueden tener los pensamientos completamente claros».

*Neue Rheinische Zeitung.* Nr. 55, 25. Juli 1848

** Colonia, 24 de julio. El debate sobre la proposición Jacoby. (Conclusión).

Cuando hace unos días nos vimos obligados por la presión de los acontecimientos mundiales a interrumpir la reseña de este debate, un publicista vecino tuvo la amabilidad de hacerse cargo de ella en lugar nuestro. Él ya ha llamado la atención del público sobre «la plenitud de pensamientos acertados y de puntos de vista luminosos», sobre «el buen sentido sano para la verdadera libertad» que «los oradores de la mayoría han mostrado en este gran debate de dos días» — y en particular nuestro incomparable Baumstark.

Hemos de apresurarnos a dar fin al debate, pero no podemos dejar de entresacar de la «plenitud» algunos ejemplos de los pensamientos acertados y de los puntos de vista luminosos de la derecha.

El segundo día del debate lo abre el diputado Abegg con la amenaza a la Asamblea: ¡Si se quería poner en claro acerca de esta proposición, habría que repetir íntegramente todos los debates de Fráncfort — y para ello, la alta Asamblea, evidentemente, no estaba facultada! ¡Eso, las señores comitentes, «con el tacto práctico y el sentido práctico que los caracteriza», no lo aprobarían nunca!

Por lo demás, ¿qué sería de la unidad alemana si uno (ahora viene un «pensamiento» particularmente «acertado») «no se limitara a las reservas, sino que pasara a una decidida aprobación o desaprobación de los acuerdos de Fráncfort»? ¡Entonces no quedaría más que la «mera docilidad formal»!

Naturalmente, la «mera docilidad formal», ésa puede mantenerse mediante «reservas» y, en caso necesario, negarse directamente, eso no puede perjudicar a la unidad alemana; pero una aprobación o desaprobación, un juicio sobre esos acuerdos desde el punto de vista del estilo, de la lógica o de la utilidad – ¡ahí sí que se acaba todo!

El señor Abegg termina con la observación de que es asunto de la Asamblea de Fráncfort, y no de la de Berlín, pronunciarse sobre las reservas presentadas a la Asamblea de Berlín, no a la de Fráncfort. ¡No hay que anticiparse a los de Fráncfort; eso ofendería a los de Fráncfort!

Los señores de Berlín son incompetentes para juzgar las declaraciones que sus propios ministros les hacen.

Saltemos ahora a los dioses de la gente menuda, un Baltzer, un Kämpff, un Gräff, y apresurémonos a escuchar al héroe del día, al incomparable Baumstark.

El diputado Baumstark declara que nunca se declarará incompetente, a no ser que tenga que admitir que no entiende nada del asunto — y ¿no será ése precisamente el resultado del debate de ocho semanas, que no se entienda nada del asunto? El diputado Baumstark es, pues, competente. Y lo es del siguiente modo:

«Pregunto, ¿estamos nosotros, pues, por la sabiduría hasta ahora demostrada, plenamente autorizados (es decir, competentes) para presentarnos ante una Asamblea que ha atraído sobre sí el interés general de Alemania, la admiración de toda Europa, por la excelencia de su modo de pensar, por la altura de su inteligencia, por la moralidad de su concepción del Estado — digo: por todo lo que en la historia ha engrandecido y glorificado el nombre de Alemania? Ante eso me inclino (es decir, me declaro incompetente) y deseo que la Asamblea, en el sentimiento de la verdad (!!), se incline igualmente (es decir, se declare incompetente).»

«Señores míos», continúa el «competente» diputado Baumstark, «ayer, en la sesión, se dijo que se había hablado de república, etc., que eso es una cosa no filosófica. Pero no puede ser en modo alguno no filosófico señalar como característica de la república en sentido democrático la responsabilidad de quien está a la cabeza del Estado. Señores míos, es un hecho que todos los filósofos del Estado desde Platón bajando hasta Dahlmann (más abajo no podía descender, ciertamente, el diputado Baumstark) han expresado esta opinión, y nosotros no podemos, sin razones muy especiales que aún tendrían que aducirse, contradecir esta verdad (¡!) y hecho histórico de más de mil años.»

Así que el señor Baumstark opina, después de todo, que a veces se pueden tener «razones muy especiales» para contradecir incluso «hechos históricos». Los señores de la derecha, ciertamente, no suelen tener empacho en este aspecto.

El señor Baumstark se declara además otra vez incompetente, transfiriendo la competencia a los hombros de «todos los filósofos del Estado desde Platón bajando hasta Dahlmann», filósofos del Estado entre los cuales el señor Baumstark naturalmente no figura.

«¡Imagínese este edificio estatal! ¡Una cámara y un regente del Reich responsable, y basado en la actual ley electoral! Con un poco de reflexión se vería que esto contradice a la sana razón.»

Y ahora el señor Baumstark emite la siguiente sentencia de profundo pozo, que ni aun con la más aguda reflexión contradirá «a la sana razón»:

«¡Señores míos! A la república le pertenecen dos cosas: la opinión popular y las personalidades dirigentes. Si examinamos un poco más de cerca nuestra opinión popular alemana, ¡poco encontraremos en ella de esta república (a saber, la república a base de regente del Reich)!»

El señor Baumstark se declara, pues, otra vez incompetente, y esta vez es la opinión popular la que, en lugar de él, es competente para la república. La opinión popular «entiende», por tanto, más del asunto que el diputado Baumstark.

Por fin, sin embargo, el orador demuestra que también hay asuntos de los que él «entiende» algo, y entre estos asuntos se cuenta, ante todo, la soberanía popular.

«¡Señores míos! La historia —y debo volver a ello— nos da la prueba; hemos tenido soberanía popular desde siempre, pero ha adoptado diversas configuraciones bajo distintas formas.»

Y viene a continuación una serie de los «pensamientos más acertados y de los puntos de vista más luminosos» sobre la historia brandeburguesa-prusiana y sobre la soberanía popular, que al publicista vecino le hacen desaparecer todos los sufrimientos terrenales en un exceso de goce constitucional y de beatitud doctrinaria.

«Cuando el Gran Elector dejó de hacer caso de aquellos carcomidos elementos estamentales, infectados por el veneno de la desmoralización francesa (¡el derecho de pernada había sido, ciertamente, llevado a la tumba poco a poco por la civilización “desmoralizada” francesa!), sí (!), los aplastó (el “aplastar” es, ciertamente, la mejor manera de dejar de hacer caso de algo), entonces el pueblo lo aclamó de modo general, en el profundo sentimiento de la moralidad, de un fortalecimiento del edificio estatal alemán, en particular del prusiano.»

¡Admírese el «profundo sentimiento de moralidad» de los filisteos brandeburgueses del siglo XVII, que en el profundo sentimiento de sus ganancias aclamaban al Elector cuando atacaba a sus enemigos, los señores feudales, y les vendía a ellos mismos concesiones; admírese aún más la «sana razón» y el «punto de vista luminoso» del señor Baumstark, que en esa aclamación descubre «soberanía popular»!

«En aquel tiempo no hubo nadie que no hubiera rendido homenaje a esta monarquía absoluta (pues de lo contrario habría recibido palos), y el gran Federico no habría alcanzado aquella significación si no lo hubiera sostenido la verdadera soberanía popular.»

La soberanía popular de los palos, de la servidumbre y de las prestaciones personales: ésa es para el señor Baumstark la verdadera soberanía popular. ¡Candorosa confesión!

De la verdadera, pasa ahora el señor Baumstark a las falsas soberanías populares.

«Pero vino otro tiempo, el de la monarquía constitucional.»

Esto se demuestra con una larga «letanía constitucional», cuyo breve sentido es que el pueblo en Prusia, desde 1811 hasta 1847, ha clamado siempre por la constitución, nunca por la república (¡!), a lo que se enlaza de forma espontánea la observación de que también de la última insurrección republicana en el sur de Alemania «el pueblo se ha apartado con indignación».

De ello se sigue entonces de manera muy natural que la segunda especie de soberanía popular (ya no la «verdadera», por cierto) es la «propiamente constitucional».

Es la, por la cual el poder del Estado se divide entre el rey y el pueblo, es una soberanía popular dividida (los «filósofos del Estado, de Platón a Dahlmann», podrán decirnos qué significa eso), la cual debe corresponder al pueblo sin merma y sin condiciones (!!), pero sin que el rey pierda su poder legal (¿por medio de qué leyes se ha determinado éste en Prusia desde el 19 de marzo?) – sobre esto hay claridad (particularmente en la cabeza del diputado Baumstark); el concepto ha sido fijado por la historia del sistema constitucional, y nadie puede ya dudar al respecto (las «dudas», por desgracia, vuelven a empezar cuando se lee el discurso del diputado Baumstark). Finalmente, «hay una tercera soberanía popular, la democrático-republicana, que debe descansar sobre las llamadas bases más amplias. ¡Desdichada expresión, la de bases más amplias!».

Contra esta base más amplia «levanta» ahora el señor Baumstark «una palabra». ¡Esta base conduce a la decadencia de los Estados, a la barbarie! No tenemos Catones que pudieran dar a la república el fundamento moral.

Y ahora el señor Baumstark empieza a soplar con tal fuerza en la vieja, desafinada y abollada trompa montesquieuana de la virtud republicana, que el publicista vecino, arrastrado por la admiración, se suma a la melodía y, para asombro de toda Europa, aporta la brillante prueba de que «la virtud republicana… conduce precisamente al constitucionalismo». Pero al mismo tiempo, el señor Baumstark pasa a otro registro y, por la ausencia de la virtud republicana, se deja llevar igualmente al constitucionalismo.

El brillante efecto de este dúo, en el que, tras una serie de las más desgarradoras disonancias, ambas voces acaban por unirse en el acorde conciliador del constitucionalismo, puede imaginárselo el lector.

El señor Baumstark llega ahora, tras largas disquisiciones, al resultado de que los ministros no habían hecho en absoluto «ninguna reserva propiamente dicha», sino tan sólo «una leve reserva con respecto al futuro»; acaba por recurrir él mismo a la base más amplia, al no ver la salvación de Alemania más que en un Estado democrático-constitucional, y se ve de tal modo «avasallado por el pensamiento del futuro de Alemania» que se desahoga con el grito:
«¡Viva, tres veces viva la monarquía alemana popular-constitucional hereditaria!».

En efecto, tenía razón al decir: ¡Desdichada base más amplia! Hablan ahora todavía varios oradores de ambas partes, pero después de la intervención del diputado Baumstark no nos atrevemos a presentárselos a nuestros lectores. Sólo mencionaremos una cosa más: el diputado Wachsmuth declara que a la cabeza de su profesión de fe figura la frase del noble Stein: La voluntad de los hombres libres es el pilar inconmovible de todo trono.

«¡Eso —exclama el publicista vecino, nadando en éxtasis— eso da en el centro de la cuestión! En ninguna parte prospera mejor la voluntad de los hombres libres que a la sombra del trono inconmovible; en ninguna parte descansa el trono tan inconmovible como sobre el amor inteligente de los hombres libres.»

En verdad, la «plétora de pensamientos acertados y de lúcidas opiniones», el «sano sentido de la verdadera libertad» que la mayoría ha desplegado en este debate, no alcanza ni de lejos a la densa carga de pensamiento del publicista vecino.