Debate sobre el acuerdo del 4 de julio de 1848

Colonia, 8 de julio. Al mismo tiempo que la noticia de la disolución del ministerio Hansemann nos llega también el informe estenográfico
de la sesión de la Asamblea de Acuerdo del 4 de julio. En esta sesión se dio a conocer el primer síntoma de esa disolución, la salida del señor Rodbertus, y al mismo tiempo se promovió en un paso significativo la descomposición del ministerio mediante las dos votaciones contradictorias sobre la Comisión de Posen y la retirada de la izquierda.
Las declaraciones de los señores ministros sobre la salida de Rodbertus nada nuevo contienen tampoco en el informe estenográfico. Las pasamos por alto.
Tomó la palabra el señor Forstmann; debía protestar contra las expresiones que el señor Gladbach empleara el 30 de junio acerca de la “diputación de los hombres más respetables de Renania y Westfalia”.
El señor Berg: Ya recientemente hice la observación, en relación con el reglamento, de que la lectura del escrito no venía al caso y de que me aburría. (Exclamación: ¡Nos aburre a nosotros!) Bien, a nosotros. He hablado por mí y por varios más, y la circunstancia de que hoy se nos importune con una observación a posteriori no anula esa observación.
El señor Tüshaus, ponente de la sección central en la cuestión de la Comisión de Posen, presenta su informe. La sección central propone que se nombre la comisión, a fin de investigar todas las cuestiones relativas al asunto de Posen, y deja abierta la cuestión de qué medios deberá disponer la comisión para ello.
Los señores Wolff, Müller, Reichensperger II y Sommer han presentado enmiendas, que son apoyadas en su totalidad y pasan a discusión.
El señor Tüshaus añade a su informe algunas observaciones, en las que se pronuncia en contra de la comisión. La verdad, como siempre, se halla también esta vez manifiestamente en el medio, y tras largos y contradictorios informes solo se llegará al resultado de que ambas partes han cometido injusticias. Con ello se estaría exactamente igual que ahora. Al menos debería pedirse primero al gobierno un informe detallado y sobre esa base decidir lo demás.
¿Cómo llega la sección central a elegir un ponente que toma la palabra en contra de su propio informe?
El señor Reuter desarrolla las razones que le movieron a presentar la moción para el nombramiento de la comisión. Observa finalmente que de ningún modo se ha propuesto una acusación contra los ministros; él, como jurista, sabe demasiado bien que toda la responsabilidad ministerial habida hasta ahora es ilusoria, mientras no exista ninguna ley sobre este punto.
Se levanta el señor Reichensperger II. Proclama sus enormes simpatías por Polonia, espera que no esté lejano el día en que la nación alemana salde una vieja deuda de honor con los nietos de Sobieski. (¡Como si esa deuda de honor no estuviera saldada desde hace tiempo, mediante ocho repartos de Polonia, mediante shrapnells, piedra infernal y palos de prisión!) “Pero habremos de mantener también la más serena prudencia, para que los intereses alemanes permanezcan siempre en primera línea.” (Los intereses alemanes consisten, naturalmente, en quedarse con el territorio tanto como sea posible.) Y el señor Reichensperger se manifiesta especialmente en contra de una comisión que investigue los hechos: “esta es una cuestión que pertenece expresamente a la historia o a los tribunales.” ¿Ha olvidado el señor Reichensperger que él mismo declaró en el debate sobre la revolución que los señores estaban allí para “hacer historia”? Termina con una sutileza jurídica sobre la posición de los diputados. Volveremos más tarde sobre la cuestión de la competencia.
Pero ahora se levanta el señor Bauer de Krotoschin, él mismo un polaco-alemán, para defender los intereses de sus copartícipes.
“Habría rogado gustoso a la Asamblea que tendiera un velo sobre el pasado y se ocupara solo del futuro de un pueblo que, con razón, reclama nuestra simpatía.”
¡Qué conmovedor! ¡El señor Bauer de Krotoschin se siente tan poseído de simpatía por el futuro del pueblo polaco, que quisiera “tender un velo” sobre su pasado, sobre las barbaries de la soldadesca prusiana, de los judíos y de los polacos-alemanes! ¡En interés de los polacos mismos, debe abandonarse el asunto!
“¿Qué se promete usted de tan afligentes elucidaciones? Si hallan culpables a los alemanes, ¿por ello habrán de preocuparse menos por la defensa de su nacionalidad, por la seguridad de su persona y de su propiedad?”
¡En verdad, una magnífica franqueza! El señor Bauer de Krotoschin concede que los alemanes posiblemente podrían tener la culpa – pero aun así, ¡la nacionalidad alemana debe ser apoyada a costa de los polacos!
“No alcanzo a discernir qué pueda sacar a la luz el remover los escombros del pasado que resulte útil para una solución satisfactoria de estas difíciles cuestiones.”
Ciertamente, nada “útil” para los señores polacos-alemanes y sus furibundos aliados. De ahí que se opongan a ello tan enérgicamente.
El señor Bauer intenta luego intimidar a la Asamblea: mediante una tal comisión se arrojaría de nuevo el tizón de fuego a los ánimos, se excitaría de nuevo el fanatismo y podría originarse de nuevo un choque sangriento. Estas consideraciones filantrópicas impiden al señor Bauer votar a favor de la comisión. Pero para que no parezca que sus comitentes tuviesen que temer a la comisión, tampoco puede votar en contra. Por consideración a los polacos está en contra, por consideración a los alemanes está a favor de la comisión, y para, en este dilema, conservar toda su imparcialidad, no vota en absoluto.
Otro diputado de Posen, Bußmann de Gnesen, considera su mera presencia como una prueba de que en Posen también habitan alemanes. Pretende demostrar estadísticamente que en su comarca habitan “masas enteras de alemanes”. (Interrupción.) La propiedad, por completo, está en más de dos tercios en manos de los alemanes. “En cambio, creo aportar la prueba de que nosotros, los prusianos, no solo hemos conquistado a Polonia en 1815 mediante nuestras armas (¡!?), sino que la hemos conquistado por segunda vez mediante una paz de 33 años, mediante nuestra inteligencia (de lo cual esta sesión ofrece pruebas).” (Interrupción. El presidente conmina al señor Bußmann a ceñirse al asunto.) No estoy en contra de la reorganización; pero la reorganización más razonable sería una ordenanza municipal con elección de los funcionarios; esta y los acuerdos de Fráncfort sobre protección de todas las nacionalidades ofrecerían a los polacos todas las garantías. Pero estoy muy en contra de la línea de demarcación. (Interrupción. Nueva reconvención.) Si he de ceñirme al asunto, pues estoy en contra de la comisión, porque es inútil y excitante; por lo demás, no la temo, sino que estaré a favor de la comisión, cuando venga al caso... (Interrupción: ¡O sea que habla a favor!) No, hablo en contra... Señores míos, para al menos comprender las razones por las que surgió la insurrección, quiero decirles en pocas palabras (Interrupción. Contradicción.).
Cieskorki: ¡Que no se interrumpa! ¡Que se le deje terminar!
Presidente: Ruego al orador una vez más que se atenga estrictamente a la cuestión.
Bußmann: “¡Me he pronunciado en contra de la comisión y no tengo nada más que decir!”
Con estas furibundas palabras abandona la tribuna el indignado señor hacendado polaco-alemán y se apresura a su escaño entre las sonoras carcajadas de la Asamblea.
El señor Heyne, diputado del distrito de Bromberg, intenta salvar el honor de sus paisanos votando a favor de la comisión. Sin embargo, no puede contenerse de reprochar a los polacos perfidia, engaño, etc.
El señor Baumstark, asimismo un polaco-alemán, está de nuevo en contra de la comisión. Las razones son siempre las de siempre.
Los polacos se abstienen de la discusión. Solo Pokrzywinicki habla a favor de la comisión. Es sabido que precisamente los polacos siempre insistieron en la investigación, mientras que ahora resulta que los polacos-alemanes protestan, con una sola excepción, todos en contra.
¡El señor Pohle es tan poco polaco, que consideraba toda Posnania como perteneciente a Alemania y declaró que la frontera entre Alemania y Polonia era una “pared divisoria trazada a través de Alemania”!
Los defensores de la comisión hablaron, en general, con prolijidad y poca agudeza. Como en sus adversarios, también en ellos se sucedieron las repeticiones sobre repeticiones. Sus argumentos eran en su mayoría de naturaleza odiosamente trivial y mucho menos entretenidos que las interesadas proclamas de los polacos-alemanes.
Sobre la posición de los ministros, de los funcionarios en esta cuestión, así como sobre la tan renombrada cuestión de competencia, volveremos mañana.
Colonia, 9 de julio. Cuán urgente y necesario acto de justicia contra los polacos es el nombramiento de una comisión investigadora con plenos poderes incondicionales, se desprende del informe que hemos empezado a dar desde hace tres días según documentos auténticos.
Los funcionarios de la vieja Prusia, ya de antemano en una posición hostil contra los polacos, se vieron amenazados en su existencia por las promesas de reorganización. El más mínimo acto de justicia contra los polacos les acarreaba peligro. De ahí la furia fanática con que, apoyados por la soldadesca desatada, se echaron sobre los polacos, rompieron las convenciones, maltrataron a las personas más inofensivas, dejaron pasar o sancionaron las mayores infamias, solo para obligar a los polacos a una lucha en la que su aplastamiento por la más colosal de las superioridades era seguro.
El ministerio Camphausen, no solo débil, desorientado, mal informado, sino incluso deliberadamente, por principio, inactivo, dejó que todo marchara como marchaba. Ocurrieron las más horrendas barbaries, y el señor Camphausen no movió un dedo.
¿Qué informes tenemos ahora ante nosotros sobre la guerra civil posnaniana?
De un lado, los informes parciales, interesados, de los instigadores de la guerra, de los funcionarios, de los oficiales, y los datos basados en ambos que el ministerio pueda proporcionar. El ministerio mismo es también parte, mientras el señor Hansemann tenga asiento en él. Estos documentos son parciales, pero son oficiales.
Del otro, los hechos recopilados por los polacos, sus escritos de queja al ministerio, especialmente las cartas del arzobispo Przyluski a los ministros. Estos documentos no tienen en su mayoría carácter oficial, pero sus autores se ofrecen a probar su veracidad.
Las dos clases de informes se contradicen totalmente entre sí, y la comisión debe investigar qué parte tiene razón.
Solo puede hacerlo – salvo contadas excepciones – trasladándose al lugar mismo y esclareciendo mediante interrogatorio de testigos al menos los puntos más importantes. Si se le prohíbe esto, toda su actividad es ilusoria, podrá entonces ejercer una cierta crítica histórico-filológica, declarar más creíble uno u otro informe, pero no puede decidir.
Toda la importancia de la comisión depende, pues, de la facultad de interrogar testigos, y de ahí el celo de todos los devoradores de polacos en la Asamblea por eliminarla mediante toda clase de razones profundas y sutiles, de ahí el golpe de Estado al final de la sesión.
El diputado Bloem dijo en el debate del 4: “¿Se llama investigar la verdad, cuando, como quieren algunas enmiendas, se pretende extraer la verdad de los proyectos del gobierno? ¡En verdad que no! ¿De dónde han surgido los proyectos del gobierno? De los informes de los funcionarios en su mayor parte. ¿De dónde han salido los funcionarios? Del viejo sistema. ¿Han desaparecido estos funcionarios, se ha nombrado a nuevos consejeros territoriales mediante nueva elección popular? De ningún modo. ¿Se nos instruye por los funcionarios acerca del verdadero estado de ánimo? Los viejos funcionarios informan hoy todavía como antes. Está claro, pues, que la mera inspección de los expedientes ministeriales no nos conducirá a nada.”
El diputado Richter va aún más lejos. Él ve en el comportamiento de los funcionarios de Posen solo la consecuencia extrema, pero necesaria, de la conservación del viejo sistema administrativo y de los viejos funcionarios en general. Conflictos similares entre el deber del cargo y el interés de los viejos funcionarios pueden presentarse cualquier día también en otras provincias.
“Desde la revolución hemos tenido un ministerio distinto e incluso un segundo; pero el ministerio es solo el alma, tiene que organizar en todas partes de manera uniforme. En cambio, en las provincias, la vieja organización de la administración ha permanecido en todas partes idéntica. ¿Quieren ustedes otra imagen? No se echa el vino nuevo en odres viejos y podridos. De esta manera tenemos las quejas más terribles en el Gran Ducado. ¿No deberíamos ya por esto nombrar una comisión, para que se vea cuán necesario es, en otras provincias tan bien como en Posen, reemplazar la vieja organización por una nueva que se adecúe a los tiempos y circunstancias?”
El diputado Richter tiene razón. Después de una revolución, una renovación de todos los funcionarios civiles y militares, así como de una parte de los judiciales, y especialmente de los del ministerio público, es la primera necesidad. De lo contrario, las mejores medidas del poder central fracasan ante la obstinación de los subalternos. La debilidad del gobierno provisional francés, la debilidad del ministerio Camphausen han dado amargos frutos a este respecto.
Pero en Prusia, donde una jerarquía burocrática completamente organizada desde hacía cuarenta años había dominado con poder absoluto en la administración y en el ejército, en Prusia, donde precisamente esta burocracia era el enemigo principal que se había vencido el 19 de marzo, aquí era aún infinitamente más imperiosa la renovación completa de los funcionarios civiles y militares. Pero el ministerio de la mediación no tenía, naturalmente, la vocación de llevar a cabo necesidades revolucionarias. Tenía, confesadamente, la vocación de no hacer absolutamente nada, y por eso dejó en manos de sus viejos adversarios, los burócratas, entre tanto el poder real. Él “medió” entre la vieja burocracia y las nuevas condiciones; a cambio, la burocracia le “medió” la guerra civil de Posnania y la responsabilidad por crueldades como no se habían vuelto a ver desde la guerra de los Treinta Años.
El ministerio Hansemann, heredero del ministerio Camphausen, tuvo que asumir todos los activos y pasivos de su causante, es decir, no solo la mayoría en la Cámara, sino también los sucesos de Posnania y los funcionarios de Posen. El ministerio estaba, pues, directamente interesado en hacer la investigación de la comisión tan ilusoria como fuera posible. Los oradores de la mayoría ministerial y especialmente los juristas aplicaron todo su repertorio de casuística y sutileza para descubrir una razón profunda, de principio, por la cual la comisión no debía interrogar testigos. Nos llevaría demasiado lejos internarnos aquí en la admiración de la jurisprudencia de un Reichensperger y otros. Debemos limitarnos a sacar a la luz la exposición concienzuda del señor ministro Kühlwetter.
El señor Kühlwetter, dejando de lado por completo la cuestión material, comienza con la declaración de cuán sumamente grato sería al ministerio que tales comisiones le ayudasen en el cumplimiento de su difícil tarea mediante aclaraciones, etc. Sí, si al señor Reuter no se le hubiera ocurrido la feliz idea de proponer una tal comisión, el señor Kühlwetter habría insistido incondicionalmente en ello por sí mismo. Que no se le den a la comisión sino encargos muy amplios (para que nunca termine), él está de acuerdo en que una ponderación angustiosa no es en absoluto necesaria. Que tome todo el pasado, presente y futuro de la provincia de Posen en el ámbito de su actividad; en la medida en que solo se trate de aclaraciones, el ministerio no examinará angustiosamente la competencia de la comisión. Ciertamente, se podría ir demasiado lejos, pero él deja a la sabiduría de la comisión si quiere, por ejemplo, incluir también la cuestión de la destitución de los funcionarios de Posen en su ámbito.
Hasta aquí las concesiones introductorias del señor ministro, las cuales, aderezadas con algunas declamaciones de hombre sencillo y honrado, pudieron gozar de varios bravos vivas. Ahora siguen los peros.
“Pero cuando se ha observado que los informes sobre Posen no podían arrojar una luz correcta, porque solo son funcionarios, y precisamente funcionarios del viejo tiempo, considero mi deber salir en defensa de un estamento honorable. Si es verdad que algunos funcionarios no han sido fieles a su deber, castíguese esto en los individuos olvidadizos de su deber, pero el estamento de los funcionarios jamás debe ser rebajado porque miembros individuales del mismo hayan violado su deber.”
¡Con qué audacia se presenta el señor Kühlwetter! Ciertamente, han tenido lugar violaciones individuales del deber, pero en conjunto los funcionarios han cumplido con su deber de manera honorable.
Y en efecto, la masa de los funcionarios de Posen ha cumplido con su “deber”, su “deber conforme a su juramento del cargo”, conforme a todo el viejo sistema prusiano de la burocracia, conforme a su propio interés coincidente con ese deber. Ellos han cumplido su deber, considerando bueno cualquier medio para aniquilar el 19 de marzo en Posen. ¡Y precisamente por eso, señor Kühlwetter, es su “deber” destituir en masa a estos funcionarios!
Pero el señor Kühlwetter habla del deber prescrito por las leyes prerrevolucionarias, allí donde se trata de un deber completamente distinto que surge después de cada revolución y que consiste en aprehender correctamente las relaciones modificadas y fomentar su desarrollo. ¡Y exigir a los funcionarios que cambien el punto de vista burocrático por el constitucional, que se sitúen exactamente igual que los nuevos ministros en el terreno de la revolución, eso significa, según el señor Kühlwetter, rebajar a un estamento honorable!
También rechaza el señor Kühlwetter, en esta generalidad, el reproche de que se ha favorecido a jefes de partido y han quedado impunes crímenes. Hay que señalar casos particulares.
¿Pretende realmente el señor Kühlwetter, con toda seriedad, que solo una pequeña parte de las brutalidades y crueldades ha sido castigada, las que perpetró la soldadesca prusiana, las que los funcionarios permitieron y apoyaron, las que los polacos-alemanes y los judíos aclamaron con júbilo? El señor Kühlwetter dice que hasta ahora no ha podido examinar el colosal material desde todos los lados. De hecho, a lo sumo parece haberlo examinado solo desde un lado.
Pero ahora llega el señor Kühlwetter a la “cuestión más difícil y más delicada”, a saber: en qué formas debe proceder la comisión. El señor Kühlwetter habría deseado que esta cuestión fuese discutida más a fondo, pues “en esta cuestión reside, como con razón se ha observado, una cuestión de principio, la cuestión del droit d’enquête.”
El señor Kühlwetter nos regala ahora con un desarrollo más extenso sobre la división de los poderes en el Estado, que seguramente contenía muchas novedades para los campesinos de la Alta Silesia y de Pomerania presentes en la Asamblea. Produce una impresión singular, en el año de gracia de 1848, oír a un ministro prusiano, y además un “ministro de la acción”, exponer desde la tribuna, con solemne seriedad, a Montesquieu.
La división de los poderes, que el señor Kühlwetter y otros grandes filósofos del Estado consideran como un principio santo e inviolable con la más profunda veneración, no es en el fondo otra cosa que la profana división industrial del trabajo, aplicada al mecanismo del Estado para la simplificación y el control. Como todos los demás principios santos, eternos e inviolables, solo se aplica en la medida en que conviene justamente a las relaciones existentes. Así, en la monarquía constitucional, por ejemplo, el poder legislativo y el ejecutivo se entremezclan en la persona del monarca; además, en las Cámaras, el poder legislativo se entremezcla con el control sobre el ejecutivo, etc. Estas limitaciones indispensables de la división del trabajo en el Estado son expresadas ahora por hombres de Estado de la fuerza de un “ministro de la acción” como sigue:
“El poder legislativo, en la medida en que es ejercido por la representación popular, tiene sus propios órganos; el poder ejecutivo tiene sus propios órganos, y no menos el poder judicial. Por tanto (!), no es admisible que un poder tome directamente los órganos del otro poder, a no ser que le sea transferido por una ley especial.”
La desviación de la división de los poderes no es admisible, “¡a no ser que esté prescrita por una ley especial”! Y a la inversa, la aplicación de la división de los poderes prescrita tampoco es admisible, “¡a no ser que esté “prescrita” por leyes especiales”! ¡Cuánta profundidad! ¡Qué revelaciones!
Del caso de una revolución, donde la división de los poderes cesa sin “una ley especial”, el señor Kühlwetter no habla en absoluto.
El señor Kühlwetter se extiende ahora en una disquisición acerca de que el pleno poder para la comisión, de interrogar testigos bajo juramento, requerir funcionarios, etc., en suma, de ver con sus propios ojos, sería una intromisión en la división de los poderes y debería ser fijado por una ley especial. Como ejemplo se aduce la constitución belga, cuyo artículo 40 otorga expresamente a las Cámaras el droit d’enquête.
Pero, señor Kühlwetter, ¿existe acaso en Prusia, legal y de hecho, una división de los poderes en el sentido en que usted entiende la palabra, en sentido constitucional? ¿No es la división de los poderes existente la limitada, la recortada, que corresponde a la monarquía absoluta, burocrática? ¿Cómo se pueden, pues, aplicar a ella frases constitucionales antes de que esté reformada constitucionalmente? ¿Cómo pueden los prusianos tener un art. 40 de la constitución, mientras esa misma constitución todavía no existe en absoluto?
Resumamos. Según el señor Kühlwetter, el nombramiento de una comisión con plenos poderes ilimitados es una intromisión en la división constitucional de los poderes. La división constitucional de los poderes no existe aún en Prusia; por tanto, tampoco se puede cometer intromisión alguna en ella.
Pero debe ser introducida, y durante el interinato revolucionario en que vivimos debe, en opinión del señor Kühlwetter, ser presupuesta como ya existente. Si el señor Kühlwetter tuviera razón, ¡entonces también habría que presuponer como existentes las excepciones constitucionales! ¡Y a estas excepciones constitucionales pertenece precisamente el derecho de investigación de los cuerpos legislativos!
Pero el señor Kühlwetter no tiene razón de ninguna manera. Por el contrario: el interinato revolucionario consiste justamente en que la división de los poderes está suspendida provisionalmente, en que la autoridad legislativa absorbe momentáneamente el poder ejecutivo o la autoridad ejecutiva el poder legislativo. Que la dictadura revolucionaria (es una dictadura, por más laxa que sea ejercida) se halle en manos de la Corona o de una Asamblea o de ambas juntas, es completamente indiferente. Si el señor Kühlwetter quiere ejemplos de los tres casos, la historia francesa desde 1789 los suministra en abundancia.
El interinato, al que el señor Kühlwetter apela, demuestra precisamente en contra suya. ¡Otorga a la Asamblea atributos aún muy distintos al mero derecho de investigación — le otorga incluso el derecho, en caso necesario, de transformarse en un tribunal y condenar sin leyes!
Si el señor Kühlwetter hubiera previsto estas consecuencias, quizás habría sido algo más cauto al manejar el “reconocimiento de la revolución”. Pero tranquilícese:
Alemania, el piadoso cuarto de los niños,
No es una romana cueva de asesinos,
y los señores asambleístas pueden seguir sentados lo que quieran, nunca se convertirán en un “Parlamento largo”.
Por lo demás, si comparamos al doctrinario ministerial de la acción con su antecesor en la doctrina, el señor Camphausen, encontramos sin embargo una diferencia considerable. El señor Camphausen poseía en todo caso infinita más originalidad; rayaba en Guizot, pero el señor Kühlwetter no alcanza ni siquiera al minúsculo Lord John Russell.
Hemos admirado sobradamente la plenitud estatal-filosófica del discurso Kühlwetter. Consideremos ahora el fin, la verdadera razón práctica de esta sabiduría mohosa, de toda esta teoría de la división a lo Montesquieu.
El señor Kühlwetter llega precisamente ahora a las consecuencias de su teoría. El ministerio está, por excepción, dispuesto a instruir a las autoridades para que ejecuten lo que la comisión considere necesario. Solo debe declararse en contra de que los encargos a las autoridades partan directamente de la comisión.
Es decir, la comisión, sin conexión directa con las autoridades, sin poder sobre ellas, no puede forzarlas a procurarle otra información que la que las autoridades tengan a bien dar. ¡Y además la marcha lenta de los negocios, la interminable vía jerárquica! ¡Un bonito medio, bajo el pretexto de la división de los poderes, para hacer ilusoria a la comisión!
“No puede ser la intención transferir a la comisión toda la tarea que incumbe al gobierno, ¡como si alguien pensara en dar a la comisión el derecho de gobernar!”
“El gobierno, junto a la comisión, tendría que continuar indagando qué causas están en el fondo de la discordia en Posen (justamente el que haya estado “indagando” tanto tiempo y no haya averiguado nada todavía es razón suficiente para dejarlo ahora completamente fuera de juego) y por perseguirse este fin por una doble vía, se emplearían a menudo tiempo y trabajo inútilmente y sería difícil evitar colisiones.”
Según los antecedentes habidos hasta ahora, la comisión sin duda “emplearía mucho tiempo y trabajo inútilmente” si se embarcara, según la propuesta del señor Kühlwetter, en la dilatada vía jerárquica. Las colisiones son así también mucho más fáciles que si la comisión trata directamente con las autoridades y puede de inmediato aclarar malentendidos, sofocar veleidades de obstinación burocrática.
“¡Parece, por tanto (!), estar en la naturaleza de la cosa que la comisión busque alcanzar el fin de acuerdo con el ministerio y bajo su constante cooperación.”
¡Cada vez mejor! ¡Una comisión que debe controlar al ministerio, de acuerdo con él y bajo su constante cooperación! El señor Kühlwetter no se recata en dejar notar que él desearía que la comisión estuviera bajo su control, no él bajo el de ella.
“Si por el contrario la comisión quisiera adoptar una posición aislada, tendría que plantearse la cuestión de si la comisión quiere y puede asumir la responsabilidad que incumbe al ministerio. Con tanta verdad como ingenio se ha hecho ya la observación de que la inviolabilidad de los diputados no es conciliable con esta responsabilidad.”
No se trata de administración, sino simplemente de la constatación de hechos. La comisión debe recibir los plenos poderes para aplicar los medios necesarios para ello. Eso es todo. Que ella tanto por la aplicación negligente como por la exagerada de esos medios es responsable ante la Asamblea, se entiende por sí mismo.
Todo el asunto tiene tan poco que ver con la responsabilidad ministerial y la irresponsabilidad de los diputados como con la “verdad” y el “ingenio”.
Basta, el señor Kühlwetter presentó estas propuestas para resolver la colisión, bajo el pretexto de la división de los poderes, al corazón de los asambleístas, sin hacer por lo demás ninguna propuesta determinada. El ministerio de la acción se siente en terreno inseguro.
No podemos extendernos sobre la ulterior discusión. Las votaciones son conocidas: la derrota del gobierno en la votación nominal, el golpe de Estado de la derecha, que aceptó a posteriori una moción ya rechazada. Todo esto ya lo hemos ofrecido.
Solo añadimos que, entre los renanos que votaron en contra de los plenos poderes incondicionales de la comisión, nos llaman la atención los siguientes nombres:
Arntz Dr. Jur., Bauerband, Frencken, Lensing, v. Loe, Reichensperger II., Simons, y el último pero no el menor, nuestro procurador general Zweiffel.