Cada día que pasa crecen la violencia, la furia y la cólera de la lucha.
La burguesía siente un odio cada vez más fanático contra los insu
rrectos, al darse cuenta de que sus brutalidades no la conducen
directamente a la meta, al sentirse cada vez más desfallecida en la
lucha, en las velas nocturnas y en los vivaques y a medida que va
acercándose a su victoria final.
La burguesía no ha declarado a los obreros enemigos vulgares a
quienes se derrota, sino enemigos de la sociedad a quienes se exter
mina. Y ha difundido la absurda afirmación de que lo único que
buscan los obreros, empujados por sus enemigos, mediante la vio

lencia a la insurrección, es el saqueo, el incendio y el asesinato; que
se trata de una horda de bandoleros con los que hay que acabar
como con las fieras de la selva. Y, sin embargo, los insurrectos fue
ron dueños de una gran parte de la ciudad por espacio de tres días
y se comportaron ejemplarmente. Si hubiesen querido aplicar los
mismos medios que los burgueses y lacayos de burgueses manda
dos por Cavaignac, París sería hoy un montón de ruinas; pero ha
brían triunfado.
Todos los detalles indican de qué manera tan bárbara han pro
cedido los burgueses en esta lucha. Sin hablar de las bombas de
metralla, de las granadas y los cohetes incendiarios, se sabe con cer
teza que en la mayoría de las barricadas tomadas por asalto no se dio
cuartel a los vencidos. Los burgueses abatían cuanto encontraban
por delante. En la noche del 24 fueron fusilados en la avenida del
Observatorio, sin formación de proceso, más de 50 insurrectos pri
sioneros. “Es una guerra de exterminio”, escribe un corresponsal de
la VIndépendance Belge,103 a pesar de tratarse de un periódico bur
gués. En todas las barricadas existía la creencia de que todos los
insurrectos sin excepción serían pasados por las armas. Cuando
Larochejaquelein dijo en la Asamblea Nacional que había que hacer
algo para salir al paso de aquella creencia, los burgueses no le deja
ron siquiera hablar y armaron tal griterío, que el presidente hubo
de cubrirse y levantar la sesión.104 Y cuando más tarde el propio
señor Senard, el presidente, trató de pronunciar algunas hipócritas
palabras de moderación y reconciliación, se produjo el mismo estré
pito de voces. Los burgueses no querían ni oír hablar de modera
ción. Aun a riesgo de que los bombardeos destruyeran una parte
de sus propiedades, estaban dispuestos a acabar de una vez por
todas con los enemigos del orden, los saqueadores, bandoleros,
incendiarios y comunistas.
Pero no se crea que, al obrar así, se hallaban animados del he
roísmo que sus periódicos se esfuerzan en atribuirles. De la sesión
103 Véase supra, nota 98.
104 Se trata de la sesión de la Asamblea Nacional francesa, celebrada el 25 de junio de 1848.

de hoy de la Asamblea Nacional105 se desprende que, al estallar la
insurrección, la Guardia Nacional temblaba de miedo; y la lectura
de los informes de todos los periódicos de los más diversos matices
deja entrever, por debajo de la ampulosa fraseología, que el primer
día la Guardia Nacional se presentó al combate en muy reducido
número y que, al segundo y al tercero, Cavaignac tuvo que sacar a
sus miembros de la cama y llevárselos a la línea de fuego, conduci
dos por un cabo y cuatro infantes. El odio fanático de la burguesía
contra los obreros insurrectos no bastaba para vencer su natural
cobardía.
Los obreros, en cambio, se batieron con una bravura sin igual.
No desfallecieron ni por un momento, a pesar de que eran cada vez
más incapaces de sustituir sus bajas y se veían obligados cada vez más
a retroceder ante la supremacía del número. Desde la mañana del
25 hubieron de convencerse ya de que las perspectivas de la victoria
se volvían resueltamente en contra suya. Llegaban de todas partes
del país nuevas y nuevas masas de tropas de refresco; afluía a París
en grandes contingentes la Guardia Nacional de los suburbios y de
las ciudades alejadas de la capital. Las tropas de línea lanzadas al
combate sumaban, el día 25, más de 40 000 hombres a los de la guar
nición ordinaria; la Guardia Móvil se incorporó a la lucha con
20 000 a 25 000 hombres, a los que hay que sumar los efectivos de la
Guardia Nacional de París y de fuera y varios miles de hombres de
la Guardia Republicana. En total, los efectivos armados que se lan
zaron contra la insurrección oscilaron seguramente, el día 25, entre
150 000 y 200 000 hombres. Por su parte, los obreros no llegarían ni
a la cuarta parte de esta cifra, disponían de escasa munición y care
cían totalmente de dirección militar y de cañones en buen uso. No
obstante lo cual, se batieron silenciosa y desesperadamente contra
la aplastante supremacía. Contingente tras contingente, se lanzaba
a cubrir las brechas que la artillería pesada abría en las barricadas;
los obreros recibían sus descargas sin un solo grito y luchaban en
Se trata de los comentarios a la sesión de la Asamblea Nacional francesa del 25 de junio
de 1848 publicados en la Nueva Gaceta Renana (núm. 29, del 19 de junio de 1848).

todas partes hasta el último hombre, sin abandonar sus posiciones
al enemigo hasta que se veían rebasados. En Montmartre, los insu
rrectos gritaban a los vecinos. “¡Dejaremos que nos hagan pedazos
o los haremos pedazos nosotros a ellos, pero no capitularemos, y
podéis pedir a Dios que triunfemos, pues de otro modo pegaremos
fuego a todo Montmartre!” Claro está que esta “amenaza incum
plida” era el designio criminal y, en cambio, las granadas y los cohe
tes incendiarios de Cavaignac eran las “hábiles medidas militares
dignas de admiración”.
En la mañana del día 25, los insurrectos mantenían las siguien
tes posiciones: el Clos Saint Lazare, los suburbios de Saint Antoine
y el Temple, el Marais y el barrio de Saint Antoine.
El Clos Saint Lazare (donde antes se levantaba el convento) es
una gran extensión de terreno, en parte edificado y en parte cubier
to de casas en construcción, trazados de calles, etc. El centro de este
terreno lo ocupa precisamente la Estación del Norte. Este barrio,
en el que abundan los edificios emplazados de un modo irregular
y en el que había amontonada, además, una gran cantidad de mate
riales de construcción, fue convertido por los insurrectos en una
poderosa fortaleza. Dentro de él se alza el Hospital Louis-Philippe
en construcción; los defensores del barrio levantaron en él formi
dables barricadas, que los testigos oculares describían como abso
lutamente inexpugnables. Atrás quedaba el cinturón amurallado de
la ciudad, cercado y ocupado por los insurrectos. Desde allí, se
extendían sus parapetos hasta la calle de Rochechouart y la zona de
las barreras. Las barreras de Montmartre se hallaban fuertemente
defendidas, y Montmartre estaba totalmente en manos de los obre
ros. Cuarenta cañones que todavía no habían logrado silenciar lle
vaban dos días tronando contra ellos.
Nuevamente abrieron fuego los cuarenta cañones todo el día
contra estas defensas; por último, hacia las seis de la tarde, fueron
tomadas las dos barricadas de la calle de Rochechouart, y poco des
pués caía también el Clos Saint Lazare.
En el bulevar del Temple, la Guardia Móvil logró ocupar a las

diez de la mañana varias casas desde las que los insurrectos dispara
ban sobre los asaltantes. Los “defensores del orden” habían avanza
do, aproximadamente, hasta el bulevar de las Filies du Calvaire. Entre
tanto, los insurrectos habían conseguido subir hasta más arriba por
el Faubourg del Temple, ocupar parte del canal de Saint Martin y
bombardear fuertemente desde allí y desde el bulevar, con su arti
llería, las anchas y rectas calles de aquella parte de la ciudad. La
lucha era sumamente enconada. Los obreros sabían perfectamente
bien que los estaban atacando en el mismo corazón de sus posi
ciones. Y se defendían furiosamente. Llegaron incluso a recuperar
algunas barricadas de las que habían sido desalojados. Pero, tras un
largo combate, fueron arrollados por la superioridad del número y
de las armas. A la caída de la noche, las tropas del gobierno habían
logrado conquistar no sólo el Faubourg del Temple, sino también,
gracias a sus posiciones en el bulevar y en el canal, los accesos al
Faubourg Saint Antoine y varias barricadas de este barrio.
Junto al Ayuntamiento hacía el general Duvivier lentos pero
uniformes progresos. Desde los muelles del Sena se acercó por los
flancos a las barricadas de la calle de Saint Antoine y pudo enfilar
también su artillería pesada sobre la isla de Saint Louis, a la vez que
sobre la antigua isla Louvier.106 También aquí se entabló un rudo
combate, pero acerca de él carecemos de detalles y sabemos sola
mente que hacia las cuatro caían la alcaldía del noveno arrondissement con las calles adyacentes, que fueron tomadas por asalto entre
otras, una barricada de la calle de Saint Antoine y el puente de
Damiette, por el que se pasaba a la isla de Saint Louis. A la caída
de la noche, los insurrectos habían sido desalojados aquí de todas
sus posiciones y quedaban despejadas todas las entradas a la plaza
de la Bastilla.
De este modo, los insurrectos habían sido derrotados en todos
los puntos de la ciudad, con excepción del Faubourg Saint Antoi
ne. Ésta era su posición más fuerte. Los muchos accesos de este fauIsla Louvier: separada hasta 1843 de la orilla derecha del Sena por un pequeño brazo
de río, que más tarde fue unida a tierra fírme.

bourg, verdadero hogar de todas las insurrecciones parisinas, apa
recían defendidas con mucha pericia. Barricadas levantadas de lado,
que se cubrían unas a otras y que contaban, además, con el refuer
zo del fuego de las casas cercanas, ofrecían un temible frente de ata
que. Tomarlas por asalto habría costado una inmensa cantidad de
vidas.
Delante de estos parapetos se emplazaron los burgueses o,
mejor dicho, sus lacayos. La Guardia Nacional107 no había hecho
gran cosa durante esta jornada. La mayor parte de la faena había
corrido a cargo de los soldados de línea y de la Guardia Móvil;108 la
Guardia Nacional ocupaba las partes tranquilas de la ciudad, ya
conquistadas.
Las que peor se habían portado eran la Guardia Republicana y la
Guardia Móvil. La Guardia Republicana,109 recién organizada y depu
rada, se batió con una furia enorme contra los obreros, a quienes
debía sus entorchados como Guardia Municipal Republicana.
La Guardia Móvil, reclutada en su mayor parte entre el lumpen
proletariado de París, había ido convirtiéndose durante el breve
tiempo que lleva de existencia y gracias a la buena soldada en una
guardia pretoriana del gobernante que en cada momento ocupaba
el poder. El lumpenproletariado, organizado ha dado la batalla al
proletariado laborioso no organizado. Se ha puesto, como era de
esperar, a disposición de la burguesía, lo mismo que los lazzaroni
(desharrapados) de Nápoles se pusieron a las órdenes del rey Fer
nando de Borbón.a Sólo se pasaron al otro bando los destacamen
tos de la Guardia Móvil integrados por verdaderos trabajadores.
¡Cuán bochornoso parece todo lo que está ocurriendo en París
cuando se ve cómo estos antiguos mendigos, vagabundos, picaros,
pilludos y pequeños rateros encuadrados en la Guardia Móvil, que
en marzo y en abril cualquier burgués motejaba como una banda
107 Véase supra, nota 89.
i°8 v é ase supra, nota 88.
109 Véase supra, nota 92.
a Véase supra, pp. 51 y ss.

de ladrones y carteristas capaces de todas las infamias y que ya no
era posible seguir tolerando, cuando se ve, digo, cómo este hatajo
de maleantes es ahora halagado, ensalzado, puesto por las nubes,
bien pagado y condecorado, sencillamente porque estos “jóvenes
héroes”, estos “leales hijos de París”, valientes y esforzados, que “esca
laron las barricadas desafiando la muerte”, etc., etc., porque estos
individuos que en febrero habían luchado en las barricadas sin con
ciencia de lo que hacían, enfilaron ahora sus fusiles contra el prole
tariado trabajador con la misma falta de conciencia con que antes
dispararon contra los soldados, porque se dejaron sobornar por
treinta sous (centavos) al día, alquilándose por ese precio para ame
trallar a sus hermanos! ¡Por eso honra la burguesía a esos vagabun
dos vendidos, porque por esa mísera soldada se han prestado a dis
parar contra ía parte mejor y más revolucionaria de los obreros
parisinos!
Causa pasmo, verdaderamente, la valentía con que se han bati
do los obreros. ¡De treinta a cuarenta mil trabajadores se han sos
tenido tres días enteros contra más de ochenta mil soldados y cien
mil hombres de la Guardia Nacional, frente a bombas de metralla,
granadas y cohetes incendiarios y desafiando la noble estrategia
guerrera de generales que no se sonrojan en emplear contra sus
compatriotas los recursos de la guerra argelina! Sus muertos no
recibirán los honores que se tributaron a los de julio110 y febrero,111
pero la historia les asignará un lugar mucho más alto, como a las
víctimas de la primera batalla decisiva del proletariado.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 29,29 de junio de 1848]
110 Véase supra, nota 10.
111 Véase supra, nota 13.