[C. M a r x ]
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OS O BREROS DE PARÍS H AN SIDO APLASTADO S POR LA SU PERIO -
ridad del número, pero no han sucumbido. Han sido derrota
dos, pero son sus adversarios los vencidos. El triunfo momen
táneo de la fuerza bruta se ha pagado con la destrucción de todos
los engaños e ilusiones de la revolución de Febrero, con la disolu
ción de todo el viejo partido republicano, con la escisión de la
nación francesa en dos naciones, la de los poseedores y la de los tra
bajadores. La República tricolor tiene ya un solo color: el color de
los derrotados, el color de la sangre. La República francesa es ya la
República roja.
El pueblo no respeta ya ninguna reputación republicana, ni la
del National117 ni la de La Réforme.11* Sin más jefes ni otros recur
sos que los de la misma sublevación, ha resistido, a la burguesía y a
la soldadesca francesas unidas, durante más tiempo que cualquier
dinastía francesa pertrechada con todo el aparato militar y ha podi
do hacer frente a una fracción de la burguesía unida al pueblo. 17 18
117 La fracción política formada en torno al periódico francés Le National agrupaba a los
republicanos burgueses moderados, quienes eran dirigidos por Armand Marrast; en la déca
da de los cuarenta se apoyaba en la burguesía industrial, a la que se hallaba unida por una
parte de la intelectualidad liberal.
Le National: diario francés que apareció de 1830 a 1851 en París.
118 Los partidarios del periódico francés La Réforme constituían una fracción política de
demócratas y republicanos pequeñoburgueses, encabezados por Louis Blanc. La Réforme se
publicó, en París, de 1843 a 1850.

Y para que se disipara hasta la última ilusión del pueblo y se rom
piera totalmente con el pasado, era necesario que se pusiera tam
bién de parte de los opresores el aditamento poético habitual de las
revueltas francesas, la entusiasta juventud burguesa, que tomaran
partido por ellos los alumnos de la École Polytecnique,a los mucha
chos del tricornio. Era necesario que los estudiantes de la Facultad
de Medicina negasen la ayuda de la ciencia a los plebeyos heridos.
La ciencia no existe para el hombre de la plebe que ha incurrido en
el crimen nefando de batirse en las trincheras por una vez en defen
sa de su propia existencia, en vez de batirse por Luis Felipe o por el
señor Marrast.
El último residuo oficial de la revolución de Febrero, la Comi
sión ejecutiva,119 se ha esfumado como girón de niebla ante la gra
vedad de los acontecimientos. Las figuras retóricas de Lamartine se
han convertido en las granadas incendiarias de Cavaignac.
La fraternité, la fraternidad entre las clases antagónicas, al ampa
ro de la cual explota la una a la otra, aquella fraternité proclamada en
Febrero y estampada en grandes caracteres sobre la frente de París,
en las fachadas de todas las cárceles y de todos los cuarteles, revela
ahora su verdadera, auténtica y prosaica faz, que es la guerra civil bajo
su forma más espantosa, la guerra entre el trabajo y el capital. Esta
fraternidad brilló delante de todas las ventanas de París en la noche
del 25 de junio, el día en que el París de la burguesía se iluminaba,
mientras el París del proletariado ardía, gemía y se desangraba.
La fraternidad había durado el tiempo durante el cual el interés
de la burguesía coincidió con el del proletariado. Los pedantes de la
vieja tradición revolucionaria de 1793; los sistemáticos socialistas que
mendigan a la burguesía una limosna para el pueblo y a quienes se
permitía pronunciar largos sermones y ponerse en evidencia miena Escuela Politécnica.
Comisión ejecutiva: nombre dado al gobierno de la República francesa designado por
la Asamblea Constituyente el 10 de mayo de 1848, en sustitución del Gobierno provisional,
que había ya dimitido. Esta Comisión ejecutiva subsistió hasta el 24 de junio del mismo año,
fecha en que se instauró en el poder, con los propósitos de controlar la insurrección princi
palmente obrera, la dictadura militar de Cavaignac.

tras era necesario mantener adormecido al león proletario; los repu
blicanos que reclamaban el mantenimiento del viejo orden burgués
con excepción de la testa coronada; los hombres de la oposición
dinástica120 a quienes el azar aportó, en vez de un cambio de minis
terio, el derrocamiento de una dinastía; los legitimistas,121 que no
aspiraban a arrojar la librea, sino simplemente a cambiar su hechura;
he allí los aliados con los que el pueblo hizo su revolución de Febre
ro... Lo que instintivamente odiaba el pueblo en Luis Felipe no era a
Luis Felipe, sino a la cabeza coronada de una clase, al capital en el
trono. Pero, magnánimo como siempre, creyó haber destruido a su
enemigo al derrocar al enemigo de sus enemigos, al enemigo común.
La revolución de Febrero fue la revolución hermosa, la revolu
ción de la simpatía general, porque las contradicciones que en ella
estallaron contra la monarquía eran aún contradicciones incipien
tes, adormiladas todavía bajo un manto de concordia, porque la
lucha social que les servía de fondo no había cobrado aún más que
una existencia etérea, la existencia de la frase, de la palabra. La revo
lución de Junio, en cambio, es la revolución fea, la revolución repe
lente, porque las frases han sido desplazadas aquí por la realidad,
porque la República, al echar por tierra la Corona, que la amparaba
y la encubría, puso de manifiesto la cabeza del monstruo.
¡Orden!, era el grito de combate de Guizot. ¡Orden!, gritó Sebastiani, el guizotista, cuando los rusos se apoderaron de Varsovia.
¡Orden!, grita Cavaignac, como el eco brutal de la Asamblea Nacio
nal francesa y de la burguesía republicana. ¡Orden!, tronaban sus
proyectiles, al desgarrar el cuerpo del proletariado.
Ninguna de las numerosas revoluciones hechas por la burguesía
francesa desde 1789 había atentado contra el orden, pues todas deja120 Oposición dinástica: se llamaba así al grupo encabezado por Odilón Barrot en la Cáma
ra de Diputados francesa durante la monarquía de Julio. Sus miembros defendían los intere
ses de los círculos liberales de la burguesía industrial y comercial, y abogaban por una refor
ma electoral moderada, como medio para prevenir la revolución y mantener en pie la dinastía
de los Orleáns.
121 Legitimistas: así se les llamaba a los partidarios de la dinastía “legítima” de los Borbones, que ocupó el poder, en Francia, de 1589 a 1793 y que, bajo la Restauración, es decir, de
1815 a 1850, defendieron los intereses de los grandes terratenientes.

ron en pie la dominación de la clase, la esclavitud de los obreros, el
orden burgués, por muy frecuentemente que cambiara la forma polí
tica de esta dominación y de esta esclavitud. Pero la batalla de Junio
sí ha atentado contra este orden. ¡La maldición caiga sobre ella!
Bajo el Gobierno provisional era decente, era necesario pedir a los
obreros, como se les pidió en miles de carteles oficiales, que “pusieran
tres meses de miseria a disposición de la República” era política y mis
ticismo a un tiempo predicarles que la revolución de Febrero había
sido hecha en su propio interés y perseguía por encima de todo los
intereses de los obreros. Pero, desde la apertura de la Asamblea Nacio
nal, se impuso el lenguaje prosaico. Ahora ya sólo se trataba —como
hubo de decirlo el ministro Trélat— de hacer que el trabajo volviera a
sus viejas condiciones. Lo que quiere decir que los obreros se habían
batido en febrero para verse lanzados a una crisis industrial.
La misión de la Asamblea Nacional consiste en borrar de la rea
lidad la revolución de Febrero, por lo menos para los obreros, y
hacer, que éstos vuelvan a las viejas condiciones de vida. Pero ni
siquiera esto ha podido lograrse, pues no está en manos de una
asamblea ni en las de un rey poder gritar a una crisis industrial de
proporciones universales: ¡Detente! La Asamblea Nacional, llevada
de su celo brutal por acabar con los enojosos tópicos de febrero, no
adoptó siquiera aquellas medidas que cabía adoptar situándose en
el terreno de las viejas condiciones. A los obreros parisinos de 17 a
25 años los ubicó en el ejército o los lanzó a la calle; a los obreros de
fuera los deportó de París a la Sologne, sin molestarse siquiera en
pagarles el dinero necesario para el viaje; a los trabajadores adultos
de París les asegura el gobierno, provisionalmente, un pedazo de
pan de misericordia en talleres militarmente organizados, a condi
ción de que no participen en mítines populares, es decir, a condición
de que dejen de ser republicanos. Ya no bastaban ni la retórica sen
timental posterior a febrero ni la brutal legislación dictada después
del 15 de mayo.122 Fíabía que decidir el problema, prácticamente, en
12215 de mayo de 1848: en esta fecha, los obreros de París irrumpieron en la Asamblea
Nacional para protestar contra la resistencia del gobierno nacido de la revolución de Febrero

el terreno de los hechos. ¿Para quién habéis hecho, canallas, la revo
lución de Febrero, para vosotros o para nosotros? La burguesía for
muló la pregunta en términos tales que, necesariamente, debía ser
contestada en las jornadas de junio con bombas y barricadas.
Y no obstante, como hubo de decir un diputado (Ducoux) el 25
de junio, el estupor se apoderó de toda la Asamblea Nacional. Se sien
te estupefacta cuando la pregunta y la respuesta empapan de sangre
el pavimento de París; estupefactos, unos porque sus ilusiones se disi
pan entre el humo de la pólvora, otros porque no comprenden cómo
el pueblo puede atreverse a tomar en sus propias manos sus más vita
les intereses. Para que este hecho singular les entre en la cabeza hace
falta recurrir a toda clase de amuletos, el dinero ruso, el dinero inglés,
el águila bonapartista, la flor de lis. Pero ambos sectores de la Asam
blea presienten que un enorme abismo los separa del pueblo. Ningu
no se atreve a levantar su voz a favor de éste.
Pasado el estupor, estalla la furia, y la mayoría brama con toda
razón contra los miserables utopistas e hipócritas que incurren en
el anacronismo de dejar asomar todavía a los labios la palabra fraternité, fraternidad. De lo que se trata es precisamente de acabar
con esta frase y con las ilusiones que se esconden en su sentido
ambiguo. Cuando Larochejaquelein, el legitimista, el caballeroso
fanático, se indigna contra la infamia con que se grita Vae victis!,
“ ¡Ay del vencido!”,123 la mayoría de la Asamblea parece poseída del
baile de San Vito, como mordida por la tarántula. Grita ¡Ay!, a los
obreros, para ocultar que el único “vencido” es ella misma. Una de
y así poder tomar medidas que permitieran mejorar la situación. Demandaban una serie de
medidas de carácter social: mayor ocupación laboral, impuestos especiales sobre los ricos,
etc. En vista de que la Asamblea Nacional se negó a conceder sus peticiones, los portavoces
de los obreros la declararon disuelta y formaron un Gobierno provisional integrado por Bar
bes, Blanqui, Albert, Blanc, Proudhon, Cabet y otros más. Esta tentativa fracasó y los diri
gentes del movimiento fueron encarcelados, tras de lo cual el gobierno dictó una serie de
medidas reaccionarias, entre otras, la supresión de los Talleres Nacionales, la prohibición de
concentraciones y manifestaciones públicas y el cierre de los clubes democráticos.
Famoso grito del guerrero galo llamado Breno ante la toma y destrucción de Roma
por parte de los ejércitos galos en el año 390 a. n. e.

dos: o tiene que perecer ella o la República. Por eso brama convul
sivamente: “¡Viva la República!”124
El profundo abismo que se ha abierto ante nosotros ¿deberá indu
cir a engaño a los demócratas, llevarlos a pensar erróneamente que
las luchas por la forma de gobierno son inoperantes, ilusorias, nulas?
Sólo los espíritus débiles y pusilánimes podrían hacerse esta pre
gunta. Los choques que brotan de las mismas condiciones de la
sociedad burguesa deben afrontarse hasta el final, no pueden des
cartarse por obra de la fantasía. La mejor forma de gobierno es
aquella en que no aparecen paliadas las contradicciones sociales, en
que no se les pone trabas por la violencia, sino simplemente de un
modo artificial y, por tanto, aparente. La mejor forma de gobierno
es aquella en que las contradicciones sociales se abren paso en lucha
libre y se encaminan así hacia su solución.
Se nos preguntará si no tenemos ninguna lágrima, ningún sus
piro, ninguna palabra para quienes cayeron víctimas de la cólera
del pueblo, para la Guardia Nacional, la Guardia Móvil, la Guardia
Republicana o las tropas de línea.
El Estado se ocupará de velar por sus viudas y sus huérfanos; se
dictarán decretos glorificándolos, solemnes procesiones acompaña
rán sus cuerpos a la tumba, la prensa oficial los declarará inmortales,
la reacción europea, de Este a Oeste, les tributará cálidos homenajes.
Pero el ceñir los laureles sobre las frentes sombrías y amenaza
doras de los plebeyos atenazados por el hambre, insultados por la
prensa, abandonados por los médicos, acusados por la gente hones
ta de ladrones, incendiarios y esclavos de galeras, y que han caído
dejando a sus mujeres y sus hijos sumidos en una miseria todavía
más insondable y a los mejores de los sobrevivientes condenados a
penar en la deportación al otro lado del océano; el hacer esto, es el
privilegio, es el derecho de la prensa democrática.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 29, 29 de junio de 1848]
Se hace referencia a la sesión de la Asamblea Nacional francesa, del 25 de junio de
1848.