Tenemos todavía multitud de circunstancias sobre la lucha del 23
que comunicarles. Disponemos de un material prácticamente
inagotable; sin embargo, el tiempo sólo nos permite relatar lo más
importante y característico.
La revolución de Junio ofrece el espectáculo de una enconada
lucha, como jamás hasta ahora la habían contemplado ni París ni
el mundo. De todas las revoluciones anteriores, la lucha más furio
sa fue la que se libró en las jornadas de Marzo en Milán.93 donde
una población casi inerme de 170 000 almas derrotó a un ejército
de 20 000 a 30 000 hombres. Y, sin embargo, aquellas jornadas de
marzo fueron un juego de niños comparadas con los combates
de junio en París.
Lo que distingue a la revolución de Junio de todas las anterio
res es la ausencia de toda clase de ilusiones, de todo entusiasmo emo
cional.
El pueblo no sube, como en febrero, a las barricadas cantando
93 Véase supra, nota 82.

el “Mourir pour la patrie” 94 los obreros del 23 de junio luchaban
por su existencia, y la patria había perdido para ellos todo signifi
cado. Se habían borrado la “Marsellesa” y todos los recuerdos de la
Gran Revolución. Pueblo y burgueses intuyen que la revolución en
que entran es más grande que los hechos de 1789 y 1793.
La revolución de Junio es la revolución de la desesperación. Se libra
con la silenciosa cólera y la taciturna sangre fría de los desespera
dos; los obreros saben que están librando una lucha a vida o muer
te, y ante la pavorosa seriedad de esta lucha hasta el alegre espíritu
francés enmudeció.
La historia sólo nos habla de dos hechos que guardan cierta
semejanza con la lucha que tal vez sigue librándose todavía en París
en estos momentos: la guerra de los esclavos romanos y la insu
rrección de Lyon en 1834. La vieja divisa de los insurrectos lioneses: “Vivir trabajando o morir combatiendo”, vuelve a resurgir de
pronto y se inscribe de nuevo en las banderas al cabo de catorce
años.
La revolución de Junio es la primera que ha escindido realmen
te a toda la sociedad en dos grandes campos enemigos, representa
dos el uno por el este de París y el otro por el oeste. Ha desapareci
do la unanimidad de la revolución de Febrero, aquella poética
unanimidad llena de seductores engaños y de hermosas mentiras,
tan dignamente personificadas por el elocuente traidor Lamartine.
Hoy, la seriedad inexorable de la realidad se encarga de desgarrar
todas las ilusorias promesas del 25 de febrero. Los luchadores de
Febrero combaten hoy los unos contra los otros y —lo que jamás
hasta ahora había sucedido— no se conoce ya la indiferencia: todo
hombre capaz de empuñar las armas toma realmente parte en la
lucha, en las barricadas o delante de ellas.
Los ejércitos que pelean en las calles de París son tan poderosos
como los que se enfrentaron en la batalla de las Naciones de Leipzig.95
94 Morir por ¡a patria: es el estribillo de una canción patriótica francesa, muy popular
durante las jornadas de la revolución de Febrero.
95 Batalla de las Naciones: esta batalla se libró del 16 al 19 de octubre de 1813 con tropas

Esto por sí solo demuestra la enorme importancia de la revolución de
Junio.
Pero pasemos a relatar el desarrollo mismo de la lucha.
Las noticias de ayer nos llevaban a la conclusión inevitable de
que las barricadas habían sido levantadas sin orden ni concierto.
Los informes más minuciosos de hoy revelan lo contrario. Jamás
las obras de defensa de los obreros se han emprendido y ejecutado
con tal meticulosidad y de un modo tan sistemático y ordenado.
La ciudad aparecía dividida en dos grandes campamentos. La
línea de demarcación corría por el borde nordeste de París, bajan
do de Montmartre hasta la Puerta Saint Denis y desde aquí, calle
de Saint Denis abajo, pasando por la isla de la Cité y la calle de Sain
Jacques hasta la barrera. Los barrios de la parte Este habrían sido
ocupados y cubiertos de trincheras por los obreros; la burguesía
atacaba y recibía sus refuerzos desde la parte Oeste.
El pueblo comenzó a levantar silenciosamente sus barricadas
desde las primeras horas de la mañana. Eran más altas y más sóli
das que nunca. En lo alto de la que se alzaba a la entrada del Faubourg Saint Antoine ondeaba una enorme bandera roja.
El bulevar Saint Denis aparecía fuertemente defendido por
barricadas. Las del bulevar y la calle de Cléry y las casas circundan
tes, convertidas en verdaderas fortalezas, formaban un sistema com
pleto de defensa. Fue aquí, como ayer informábamos, donde se
entabló el primer combate importante. El pueblo se batía con un
impresionante desprecio a la muerte. Un fuerte destacamento de la
Guardia Nacional lanzó un ataque de flanco contra la barricada de
la calle de Cléry. La mayoría de sus defensores se replegaron. Sola
mente permanecieron en su puesto siete hombres y dos mujeres,
dos bellas jóvenes “grisettes”.b Uno de los siete se irguió sobre la
barricada, empuñando la bandera. Los otros abrieron el fuego. La
Guardia Nacional contestó, y el hombre que agitaba la bandera cayó
rusas, austríacas y suecas en lucha contra los franceses. Terminó con el triunfo de los ejérci
tos coligados contra Napoleón.
b Modistillas.

i *
muerto. Al verlo, una de las dos “grisettes”, una muchacha alta y
hermosa, mal vestida, con los brazos desnudos, empuñó la bande
ra, cruzó la barricada y avanzó hacia la Guardia Nacional. El fuego
no se detuvo y los burgueses de la Guardia Nacional abatieron a la
muchacha, cuando ésta tocaba ya casi las bayonetas. Inmediata
mente, saltó la otra muchacha, tomó la bandera, levantó la cabeza
de su compañera y, al comprobar que estaba muerta, comenzó, fue
ra de sí, a lanzar piedras contra el enemigo. También ella cayó bajo
las balas de los burgueses. El fuego era cada vez más nutrido; llo
vían disparos desde las ventanas y desde la barricada; las filas de la
Guardia Nacional iban clareando. Por último, llegaron refuerzos y
fue tomada por asalto la barricada. De sus siete defensores sólo uno
quedó con vida; fue desarmado y hecho prisionero. Los autores de
esta heroica hazaña perpetrada contra siete obreros y dos modisti
llas fueron los leones y los lobos de la Bolsa de la segunda legión.
Después que se unieron los dos cuerpos y fue tomada por asal
to la barricada, sobrevino un angustioso silencio momentáneo. Pero
duró poco. La valiente Guardia Nacional abrió un nutrido fuego de
pelotón contra las masas de gente tranquila e inerme que ocupaba
una parte del bulevar. La gente huyó despavorida. Pero las barrica
das no cayeron. Hubo de presentarse allí el propio Cavaignac con
tropas de líneas y caballería y, tras larga lucha, ya cerca de las tres
de la tarde, lograron los atacantes apoderarse del bulevar hasta la
Puerta Saint Martin.
En el Faubourg Poissoniére se habían levantado varias barrica
das, principalmente una en la esquina de la avenida Lafayette, don
de varias casas servían también de fortalezas a los insurrectos. Éstos
se hallaban dirigidos por un oficial de la Guardia Nacional. Avan
zaron en contra de estas posiciones el 70 regimiento de infantería
ligera, la Guardia Móvil y la Guardia Nacional. La lucha duró media
hora, al cabo de la cual vencieron las tropas, pero no sin haber sufri
do cien bajas, entre muertos y heridos. Este combate ocurrió des
pués de las tres de la tarde.
También se levantaron barricadas delante del Palacio de Justi

cia, en la calle Constantine y en las otras adyacentes, así como en el
puente Saint Michel, donde ondeaba la bandera roja. Estas barrica
das fueron tomadas igualmente por asalto, tras largos combates.
El dictador Cavaignac emplazó su artillería delante del puente
de Notre-Dame. Desde allí cañoneó las calles de Planche-Mibray y
la Cité y pudo enfilar fácilmente los cañones contra las barricadas
de la calle de Saint Jacques.
Esta última calle estaba cortada por numerosas barricadas y sus
casas convertidas en verdaderos fortines. Sólo la artillería podía
resolver allí la situación, y Cavaignac no vaciló ni un momento en
emplearla. Toda la tarde tronaron los cañones. Las granadas barrie
ron la calle. A las siete de la noche ya sólo quedaba en pie una barri
cada. El número de muertos era muy elevado.
También en el puente Saint Michel y en la calle de Saint André
des Arts entró en acción la artillería. Fue cañoneada, asimismo, una
barricada levantada al extremo nordeste de la ciudad, en la calle del
Château Landon, hasta donde se había aventurado un destacamen
to de tropa.
Por la tarde, se hizo cada vez más intenso el combate en los
barrios del nordeste. Los vecinos de los suburbios de la Villette, Pan
tin y otros acudieron en ayuda de los insurrectos. Constantemente
se levantaban barricadas por todas partes y en gran número.
En la Cité, una compañía de la Guardia Republicana,96 pretex
tando querer confraternizar con los insurrectos, logró deslizarse
entre dos barricadas y abrió fuego. El pueblo furioso, se abalanzó
contra los traidores y los abatió uno tras otro. Apenas unos veinte
lograron escapar.
La violencia de la lucha arreció por todas partes. Mientras fue
de día, se disparó en todos los sitios con cañones; más tarde, sólo
se escuchaba fuego de fusilería, que continuó hasta bien entrada la
noche. Todavía hacia las once sonaban las trompetas en todo París,
y como a media noche aún se escuchaban descargas por el rumbo
96 Véase supra, nota 92.

de la Bastilla. La plaza de la Bastilla con todos sus accesos estaba en
poder de los insurrectos. El Faubourg Saint Antoine, centro del poder
de la revolución, se hallaba fuertemente defendido. En el bulevar de
la calle Montmartre hasta la calle del Temple veíanse fuertes con
centraciones de caballería, infantería, Guardia Nacional y Guardia
Móvil.
Hacia las once de la noche se registraban ya más de mil bajas,
entre muertos y heridos.
Tal fue el primer día de la revolución de junio, jornada sin para
lelo en los anales revolucionarios de París. Los obreros parisinos
lucharon completamente solos contra la burguesía armada, contra
la Guardia Móvil y la Guardia Republicana de reciente creación y
contra las tropas de todas las armas. Y se comportaron con una
extraordinaria valentía, comparable solamente a la brutalidad igual
mente extraordinaria de sus adversarios. Cuando vemos cómo la
burguesía de París se suma con verdadero júbilo a las matanzas
organizadas por Cavaignac, siente uno realmente cierta indulgen
cia por figuras como las de Hüser, Radetzky y Windischgrátz.
En la noche del 23 al 24, la Sociedad de los Derechos del Hom
bre,97 que había sido restaurada el 11 de junio, acordó aprovechar la
insurrección en beneficio de la bandera roja y tomar de este modo
parte en ella. Con este fin, organizó una reunión, acordó las medi
das necesarias y nombró dos comités permanentes.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 28, 28 de junio de 1848]
Sociedad de los Derechos del Hombre: organización democrática dirigida por Barbes,
Huber y otros líderes, creada durante el periodo de la monarquía de Julio y que reunía a una
serie de clubes de la capital y la provincia francesas. Algunos miembros de esta sociedad fue
ron dirigentes de la insurrección de junio de 1848.