Amenaza del periódico de Gervinus

** Colonia, 24 de junio. «Si la autoridad de la Asamblea de Fráncfort
Nr. 25, 25 de junio de 1848
Nueva Gaceta Renana.
y sus disposiciones constitucionales mantienen a Francia a raya, nada hay que temer; Prusia restablecerá su autoridad desde sus provincias orientales
y no habrá de arredrarse quizás ante una pérdida momentánea de su provincia renana». (Periódico de Gervinus del 22 de junio).
¡Cuán diplomáticamente escribe el corresponsal berlinés del periódico de los profesores! Prusia restablecerá su autoridad «desde sus provincias orientales». ¿Dónde restablecerá su autoridad? ¿En las provincias orientales? De ningún modo, desde las provincias orientales. ¿En la provincia renana? Menos aún. Pues, al restablecer así su autoridad, cuenta «con
una pérdida momentánea de la provincia renana», esto es, con una pérdida momentánea de su «autoridad» en la provincia renana.
Así pues, en Berlín y en Breslau.
¿Y por qué no restablecerá con su provincia oriental, por qué restablecerá desde su provincia oriental la autoridad perdida, según parece, en Berlín y Breslau?
Rusia no es la provincia oriental de Prusia; más bien es Prusia la
provincia occidental de Rusia. Pero desde la provincia oriental prusiana. Del brazo
de los bravos pomeranos, marcharán los rusos contra Sodoma y Gomorra y restablecerán la «autoridad» de Prusia, es decir, de la dinastía prusiana, de la monarquía absoluta. Esta «autoridad» estaba perdida desde el día en que el absolutismo tuvo que interponer un «papelucho escrito», mancillado con sangre plebeya, entre sí y su pueblo, desde el día en que la corte se vio forzada a ponerse bajo la protección y la vigilancia de comerciantes burgueses de cereales y lana.
Así pues, el amigo, el salvador viene del este; ¿para qué ocupar militarmente la frontera en esa dirección? Del oeste viene el enemigo; hacia el oeste ha de concentrarse, por tanto, el poderío militar. Un ingenuo corresponsal berlinés de la Kölnische Zeitung no comprende el heroísmo de Pfuel, el bravo amigo de los polacos, que acepta una misión a San Petersburgo sin tener tras de sí una guardia de protección de 100.000 hombres. ¡Pfuel viaja a San Petersburgo sin temor! ¡Pfuel en San Petersburgo! ¡Pfuel no teme cruzar la frontera rusa, y el público alemán fantasea sobre tropas rusas en la frontera alemana! El corresponsal de la Kölnische Zeitung compadece al público alemán. ¡Mas volvamos a nuestro periódico de los profesores!
Si los rusos acuden desde el este en auxilio de la dinastía prusiana, los franceses acudirán desde el oeste en auxilio del pueblo alemán. Y tranquilamente podrá la «Asamblea de Fráncfort» seguir debatiendo sobre el mejor orden del día y las mejores «disposiciones constitucionales». El corresponsal del periódico de Gervinus encubre esta opinión bajo la flor retórica de que «la Asamblea de Fráncfort y sus disposiciones constitucionales» mantendrán a Francia «a raya». Prusia perderá la provincia renana. Pero ¿por qué habría de arredrarse ante esta pérdida? Sólo será «momentánea». El patriotismo alemán marchará una vez más bajo mando ruso contra la Babilonia gala y restablecerá «la autoridad de Prusia» de manera duradera, también en la provincia renana y en todo el sur de Alemania. ¡Oh, tú, ángel lleno de presentimientos!
Si Prusia no se arredra «ante una pérdida momentánea de la provincia renana», la provincia renana se arredra todavía menos ante una pérdida «permanente» del dominio prusiano. Si los prusianos se alían con los rusos, los alemanes se aliarán con los franceses y, unidos a ellos, librarán la guerra del oeste contra el este, de la civilización contra la barbarie, de la república contra la autocracia.
Queremos la unidad de Alemania, pero sólo del desmembramiento de las grandes monarquías alemanas pueden desprenderse los elementos para esta unidad. Sólo en la tormenta de la guerra y de la revolución serán soldados entre sí. El constitucionalismo, empero, se desvanece por sí mismo tan pronto como la consigna de los acontecimientos dice: autocracia o república. Pero, nos gritan indignados los burgueses constitucionales: ¿quién les ha traído a los alemanes a los rusos? ¿Quién, sino los demócratas? ¡Abajo los demócratas! – ¡Y tienen razón!
Si hubiésemos introducido nosotros mismos el sistema ruso, les ahorraríamos a los rusos la molestia de introducirlo y a nosotros, los costes de la guerra.