El Gabinete Hansemann

** Colonia, 23 de junio. ¡Nuevo giro en la crisis ministerial en Berlín! Nuestro Núm. 24, 24 de junio de 1848 Neue Rheinische Zeitung.

Hansemann ha sido encargado de la formación de un gabinete, y con los restos del antiguo ministerio, con Patow, Bornemann, Schleinitz y Schreckenstein se arrojará conmovido en brazos del centro izquierda. El Sr. Rodbertus, según se dice, participará en la nueva combinación; él es el mediador que proporciona a los arrepentidos restos del ministerio Camphausen la gracia y el perdón del centro izquierda.

Gracias a la gracia del Sr. Rodbertus, nuestro Duchâtel prusiano ve coronados sus más hermosos deseos: será primer ministro. Los laureles de Camphausen no lo dejaban dormir; por fin ahora tendrá oportunidad de demostrar de lo que es capaz cuando puede desplegar sus alas sin trabas. Ahora podremos admirar en toda su gloria sus gigantescos planes financieros, ahora sus inmensos proyectos para remediar toda la miseria y todo el sufrimiento, esos planes con los que ha figurado tantas grandezas a sus diputados. Sólo ahora está en condiciones de consagrar al Estado toda la plenitud de aquellos talentos que antes desarrolló tan brillante y exitosamente como empresario ferroviario y en otros cargos. Y sólo ahora lloverán las crisis de gabinete.

El señor Hansemann ha superado a su modelo: por el sacrificio de Rodbertus se convierte en primer ministro, cosa que Duchâtel nunca fue. Pero nosotros le advertimos. Duchâtel tenía sus razones para permanecer siempre, en apariencia, en segunda fila. Duchâtel sabía que los estamentos más o menos cultivados del país, tanto dentro como fuera de la Cámara, necesitan a un caballero de la bella oratoria del «gran debate», a un Guizot o un Camphausen, que en cada caso que se presente, con los argumentos probatorios, los desarrollos filosóficos, las teorías estadísticas y demás frases vacías que sean necesarios, acalle las conciencias y arrebate los corazones de todos los oyentes. Duchâtel concedía de buena gana a su locuaz ideólogo el nimbo de la presidencia del consejo; para él, el vano oropel no tenía valor, a él le importaba el poder realmente práctico, y sabía que donde él estaba, allí estaba el verdadero poder. El señor Hansemann quiere intentarlo de otro modo; él sabrá lo que hace. Pero, lo repetimos, la presidencia del consejo no es el lugar natural de Duchâtel.

Pero un sentimiento doloroso nos sobrecoge cuando recordamos cuán pronto habrá de precipitarse el señor Hansemann desde su vertiginosa altura. Aun antes de que el gabinete Hansemann se haya constituido, antes aún de que llegue a disfrutar un solo instante de su existencia, está condenado a la ruina.

«El verdugo está a la puerta»; la reacción y los rusos golpean a la puerta, y antes de que el gallo haya cantado tres veces, el gabinete Hansemann habrá caído, a pesar de Rodbertus y a pesar del centro izquierda. Entonces, adiós presidencia del consejo, adiós planes financieros y proyectos gigantescos para remediar la miseria; el abismo los devorará a todos, ¡y dichoso el señor Hansemann si puede regresar tranquilamente a su modesto hogar burgués y ponerse a reflexionar que la vida es sueño!