La sesión de la Asamblea de Acuerdo del 17 de junio de 1848

Colonia, 19 de junio. «Nada aprendido y nada olvidado»: esto vale tanto para el número 20, del 20 de junio de 1848, de la Neue Rheinische Zeitung, como para el ministerio Camphausen y para los Borbones.

El 14 de junio, el pueblo, indignado por la negación de la revolución por los conciliadores, irrumpe en el arsenal. Quiere tener una garantía contra la asamblea y sabe que las armas son la mejor garantía. El arsenal es asaltado, el pueblo se arma por sí mismo.

El asalto al arsenal, un acontecimiento sin resultados inmediatos, una revolución que quedó a medio camino, tuvo no obstante los siguientes efectos:
1) que la asamblea temblorosa retiró la resolución del día anterior y declaró que se ponía bajo la protección de la población berlinesa;
2) que negó al ministerio en una cuestión vital e hizo caer el proyecto de constitución de Camphausen por una mayoría de 46 votos;
3) que el ministerio entró de inmediato en plena disolución, que los ministros Canitz, Schwerin y Auerswald dimitieron —de los cuales hasta ahora sólo Canitz ha sido reemplazado definitivamente por Schreckenstein— y que el señor Camphausen, el 17 de junio, pidió a la asamblea un plazo de tres días para completar de nuevo su gabinete deshecho.

Todo esto lo había logrado el asalto al arsenal.

¡Y en el mismo momento en que los efectos de este armamento autónomo del pueblo se manifiestan de manera tan contundente, el gobierno se atreve a atacar el acto mismo! ¡En el mismo momento en que la asamblea y el ministerio reconocen el levantamiento, los participantes en el levantamiento son sometidos a investigación, tratados según las viejas leyes prusianas, vilipendiados en la asamblea y presentados como vulgares ladrones!

El mismo día en que la asamblea temblorosa se pone bajo la protección de los asaltantes del arsenal, decretos de los señores Griesheim (comisario del ministerio de la Guerra) y Temme (fiscal) declaran a los asaltantes del arsenal «salteadores» y «ladrones violentos». El «liberal» señor Temme, a quien la revolución hizo volver del exilio, inicia una rigurosa investigación contra los continuadores de la revolución. Korn, Löwensohn y Urban son detenidos. Se llevan a cabo registros domiciliarios en todo Berlín, uno tras otro. El capitán Natzmer, que tuvo suficiente clarividencia para comprender de inmediato la necesidad de su retirada del arsenal, el hombre que con su pacífica retirada preservó a Prusia de una nueva revolución y a los ministros de los mayores peligros: este hombre es llevado ante un consejo de guerra, tratado según unos artículos de guerra que lo condenan a muerte.

Los conciliadores también se reponen de su susto. En su sesión del 17, niegan a los asaltantes del arsenal, del mismo modo que el 9 negaron a los combatientes de las barricadas. En esa sesión del 17 ocurrió precisamente lo siguiente:

El señor Camphausen declara a la asamblea que le comunicará todo el hecho, para que decida si procede someter al ministerio a acusación por el asalto al arsenal.

Desde luego, había motivo para una acusación contra los ministros, y no precisamente porque hubieran tolerado el asalto al arsenal, sino porque lo habían provocado al escamotear una de las consecuencias más importantes de la revolución: el armamento del pueblo.

El señor Griesheim, comisario del ministerio de la Guerra, toma la palabra a continuación. Hace una descripción más detallada de las armas que se encontraban en el arsenal, en particular de los fusiles «de una invención completamente nueva, secreto exclusivo de Prusia», de las armas «de significado histórico» y de todas las otras maravillas. Describe la vigilancia del arsenal: arriba, 250 hombres del ejército; abajo, la guardia cívica. Remite al hecho de que los envíos y remisiones de armas desde el arsenal, como depósito principal de todo el Estado prusiano, apenas habían sido interrumpidos por la revolución de marzo.

Tras todas estas observaciones preliminares, con las que intentaba captar la simpatía de los conciliadores por el tan sumamente interesante instituto del arsenal, llega por fin a los sucesos del 14 de junio.

Se había llamado constantemente la atención del pueblo sobre el arsenal y sobre los envíos de armas, se le había dicho que las armas le pertenecían.

Desde luego que las armas pertenecían al pueblo: en primer lugar, como propiedad nacional, y en segundo lugar, como piezas del armamento del pueblo, conquistado y garantizado.

El señor Griesheim «podía asegurar con certeza que los primeros disparos partieron del pueblo contra la guardia cívica».

Esta afirmación es una réplica de los «diecisiete muertos militares» de marzo.

El señor Griesheim cuenta ahora cómo el pueblo penetró en el arsenal, cómo la guardia cívica se retiró y entonces «fueron robados 1.000 fusiles de la nueva invención, una pérdida irreparable» (!) Se había persuadido al capitán Natzmer para que se retirara, para que cometiera una «infracción del deber»; la tropa se retiró.

Pero ahora el señor comisario del ministerio de la Guerra llega a un pasaje de su informe en el que le sangra su corazón de viejo prusiano; el pueblo ha profanado el santuario de la vieja Prusia. Escuchen:

«Pero entonces han comenzado verdaderas atrocidades en las salas superiores. Se ha robado, saqueado y devastado. Armas nuevas han sido arrojadas abajo y rotas, antigüedades de valor irreparable, fusiles con plata y marfil, los artísticos y difíciles de reemplazar modelos de artillería han sido devastados; los trofeos y banderas conquistados con la sangre del pueblo, de los que pende el honor de la nación, ¡han sido rasgados y mancillados!» (Indignación general. Gritos de todos lados: ¡Puah, puah!).

Esta indignación del viejo espadachín por la frivolidad del pueblo resulta verdaderamente cómica. ¡El pueblo ha cometido «verdaderas atrocidades» con los viejos cascos de pico, los chacós de la Landwehr y demás trastos «de valor irreparable»! ¡Ha arrojado abajo «armas nuevas»! ¡Qué «atrocidad» para un teniente coronel encanecido en el servicio, que sólo podía admirar con respeto las «armas nuevas» en el arsenal, mientras su regimiento hacía ejercicios con los fusiles más gastados! ¡El pueblo ha devastado los modelos de artillería! ¿Acaso pretende el señor Griesheim que el pueblo se ponga guantes de cabritilla para hacer una revolución? Pero lo más terrible viene ahora: ¡los trofeos de la vieja Prusia han sido mancillados y rasgados!

El señor Griesheim nos relata aquí un hecho del que se desprende que el pueblo berlinés mostró, el 14 de junio, un tino revolucionario muy acertado. El pueblo de Berlín ha renegado de las guerras de liberación al pisotear las banderas conquistadas en Leipzig y Waterloo. Lo primero que tienen que hacer los alemanes en su revolución es romper con todo su vergonzoso pasado.

Pero la vieja asamblea prusiana de los conciliadores tenía que gritar naturalmente ¡puah, puah! ante un acto en el que el pueblo, por primera vez, se alza revolucionariamente no sólo contra sus opresores, sino también contra las brillantes ilusiones de su propio pasado.

Pese a toda la indignación que le eriza el bigote ante semejante desafuero, el señor Griesheim no olvida señalar que todo este asunto «cuesta al Estado 50.000 táleros y las armas para varios batallones de tropas».

Prosigue: «No ha sido el afán de armar al pueblo lo que ha motivado el ataque. Las armas se han vendido por unos pocos céntimos.»

Según el señor Griesheim, el asalto al arsenal fue únicamente obra de una banda de ladrones que robaron fusiles para revenderlos por un aguardiente. Por qué los «salteadores» saquearon precisamente el arsenal y no más bien las ricas tiendas de los orfebres y cambistas, es una explicación que el comisario del ministerio de la Guerra se ha quedado a deber.

«Se ha manifestado una simpatía muy viva por el desdichado (!) capitán, precisamente porque ha infringido su deber para no derramar, según se dice, sangre de ciudadanos; es más, se ha presentado el hecho como digno de reconocimiento y de agradecimiento; incluso ha habido hoy una diputación ante él que exige que el hecho sea reconocido como digno de gratitud para toda la patria. (Indignación.) Eran diputados de los diversos clubs, bajo la presidencia del asesor Schramm. (Indignación en la derecha y «¡puah!».) Lo que está claro es que el capitán ha quebrantado la primera y principal ley del soldado: ha abandonado su puesto, a pesar de la instrucción expresa que se le había dado de no hacerlo sin orden especial. Se le ha hecho creer que con su retirada salvaba el trono, que todas las tropas habían abandonado la ciudad y que el rey había huido de Potsdam. (Indignación.) Ha obrado exactamente como aquel comandante de fortaleza del año 1806, que también entregó sin más lo que se le había confiado, en lugar de defenderlo. Por lo demás, en cuanto a la objeción de que con su retirada impidió el derramamiento de sangre ciudadana, ésta se desvanece por completo por sí sola; no se le habría torcido un pelo a nadie, puesto que entregó el puesto en el momento en que el resto del batallón acudía en su ayuda. (Bravos en la derecha, silbidos en la izquierda.)»

El señor Griesheim ha vuelto a olvidar, naturalmente, que la contención del capitán Natzmer salvó a Berlín de una nueva lucha armada, a los ministros del mayor peligro y a la monarquía del derrocamiento.

El señor Griesheim vuelve a ser todo un teniente coronel, y no ve en la acción de Natzmer más que insubordinación, abandono cobarde de su puesto y traición, al conocido estilo prusiano antiguo de 1806. ¡El hombre a quien la monarquía debe su pervivencia va a ser condenado a muerte! ¡Un hermoso ejemplo para todo el ejército!

¿Y cómo se condujo la asamblea ante este relato del señor Griesheim? Fue el eco de su indignación. La izquierda protesta, finalmente, mediante... silbidos. La izquierda berlinesa se comporta siempre, en general, de manera cada vez más cobarde, cada vez más ambigua. Estos señores, que en las elecciones han explotado al pueblo, ¿dónde estaban en la noche del 14 de junio, cuando el pueblo, por pura desorientación, abandonó pronto las ventajas obtenidas, cuando sólo faltó un jefe para completar la victoria? ¿Dónde estaban los señores Berends, Jung, Elsner, Stein, Reichenbach? Se quedaron en casa o hicieron representaciones inofensivas ante los ministros. Y no es suficiente. Ni siquiera se atreven a defender al pueblo contra las calumnias e injurias del comisario del gobierno. Ni un solo orador toma la palabra. Ni uno solo quiere ser responsable del acto del pueblo que les ha procurado la primera victoria. ¡No se atreven a nada más que a... silbar! ¡Menuda heroicidad!