Declaración de Camphausen en la sesión del 30 de mayo de 1848

** Colonia, 2 de junio. *Post et non propter*, es decir, el señor Camphausen no se ha convertido
Núm. 3, 3 de junio de 1848
Neue Rheinische Zeitung.
en ministro presidente por la revolución de marzo, sino después de la revolución de marzo. Esta significación posterior de su ministerio
la ha revelado el señor Camphausen, de manera solemne y con gran patetismo, con esa —digámoslo así— grave corporeidad que oculta las carencias del alma, el 30 de mayo de 1848 ante la asamblea concertada en Berlín entre él y los compromisarios indirectos.

«El ministerio de Estado formado el 29 de marzo —dice el amigo reflexivo de la historia— se constituyó poco después de un acontecimiento cuyo significado no ha desconocido ni desconoce.»

La afirmación del señor Camphausen de que no formó ningún ministerio de Estado antes del 29 de marzo encontrará su comprobación en las últimas entregas mensuales de la gaceta estatal prusiana. Y que una fecha posee una elevada «significación», en particular para el Sr. Camphausen, cuando menos por constituir el punto de partida cronológico de su ascensión a los cielos, cabe aceptarlo con certeza. ¡Qué tranquilidad para los difuntos combatientes de las barricadas, que sus fríos cadáveres figuren como postes indicadores, como dedos señalando el ministerio de Estado del 29 de marzo! *Quelle gloire!*

En una palabra: después de la revolución de marzo se formó un ministerio Camphausen. Ese mismo ministerio Camphausen reconoce la «alta significación» de la revolución de marzo; al menos, no la desconoce. La revolución misma es una bagatela, ¡pero su significado! Significa precisamente el ministerio Camphausen, al menos *post festum*.

«Este acontecimiento» —¿la formación del ministerio Camphausen o la revolución de marzo?— «figura entre las causas concurrentes más esenciales de la transformación de nuestra constitución política interna».
Eso quiere decir que la revolución de marzo es una «causa concurrente esencial» de la formación del ministerio de Estado del 29 de marzo, es decir, del ministerio de Estado Camphausen. ¿O acaso sólo significa: la revolución prusiana de marzo ha revolucionado a Prusia? Semejante tautología solemne bien podría ser presumida en un «amigo reflexivo de la historia».

«Nos encontramos a la entrada de esa transformación (a saber, de la transformación de nuestras relaciones políticas internas) y el camino que tenemos por delante es largo; así lo reconoce el gobierno.»

En una palabra, el ministerio Camphausen reconoce que aún tiene un largo camino por delante, es decir, se promete una larga duración. Breve es el arte, es decir, la revolución, y larga la vida, es decir, el ministerio posterior. Se autorreconoce hasta la saciedad. ¿O se interpretan de otro modo las palabras camphausianas?

Ciertamente no se le exigirá al amigo reflexivo de la historia la trivial explicación de que los pueblos que están a la entrada de una nueva época histórica están a la entrada, y de que el camino que cada época tiene por delante es exactamente tan largo como el futuro.

Hasta aquí la primera parte del trabajoso, serio, formal, sólido y avezado discurso del ministro presidente Camphausen. Se resume en tres palabras: Después de la revolución de marzo, el ministerio Camphausen. ¡Alta significación del ministerio Camphausen! ¡Largo camino por delante del ministerio Camphausen!
Ahora, la segunda parte.

«Pero de ningún modo —pontifica el Sr. Camphausen— hemos interpretado la situación como si mediante este acontecimiento» (la revolución de marzo) «se hubiera producido una subversión total, como si toda la constitución de nuestro Estado hubiera sido derribada, como si todo lo existente hubiera dejado de subsistir jurídicamente, como si todas las condiciones tuvieran que ser fundadas de nuevo desde el punto de vista jurídico. Todo lo contrario. En el momento de constituirse, el ministerio acordó considerar como una cuestión de su existencia el que la Dieta unida, entonces convocada, se reuniera realmente y a pesar de las peticiones presentadas en contra; que a partir de la constitución existente, con los medios legales que ésta ofrecía, se transitara hacia la nueva constitución, sin cortar el lazo que une lo viejo con lo nuevo. Este camino, incuestionablemente correcto, se ha mantenido; a la Dieta unida se le ha presentado la ley electoral y ha sido promulgada con su consejo. Más tarde se intentó mover al gobierno a modificar la ley por su propia plenipotencia, en particular a convertir el sistema electoral indirecto en directo. El gobierno no ha cedido a ello. El gobierno no ha ejercido dictadura alguna, no ha podido ejercerla, no ha querido ejercerla. Así como la ley electoral subsiste jurídicamente, así también se ha llevado a la práctica de hecho. En virtud de esta ley electoral han sido elegidos los compromisarios y los diputados. En virtud de esta ley electoral están ustedes aquí, con la plenipotencia de concertar con la corona una constitución que, esperamos, sea duradera para el futuro.»

¡Un reino por una doctrina! ¡Una doctrina por un reino!
Primero viene el «acontecimiento», título púdico de la revolución. Después viene la doctrina y estafa al «acontecimiento».

El ilegal «acontecimiento» convierte al señor Camphausen en ministro presidente responsable, en un ente que no tenía cabida ni sentido alguno en lo viejo, en la constitución existente. Mediante un *salto mortale* saltamos por encima de lo viejo y encontramos felizmente a un ministro responsable, pero el ministro responsable encuentra aún más felizmente una doctrina. Con el primer hálito de vida de un ministro presidente responsable, la monarquía absoluta había muerto, se había podrido. Entre los caídos de la misma se hallaba en primera línea la bienaventurada «Dieta unida», esa repugnante mezcla de quimera gótica y mentira moderna. La «Dieta unida» era el «amado fiel», el «borriquillo» de la monarquía absoluta. Así como la república alemana solo puede celebrar su entrada sobre el cadáver del señor Venedey, el ministerio responsable solo puede hacerlo sobre el cadáver del «amado fiel». El ministro responsable se pone entonces a buscar el cadáver desaparecido o conjura el espectro del amado fiel «Dieta unida», el cual aparece realmente pero, desdichadamente columpiándose, flota en el aire y hace las cabriolas más estrafalarias, pues ya no encuentra suelo bajo sus pies, ya que el viejo suelo del derecho y la confianza había sido devorado por el «acontecimiento» del terremoto. El maestro de magia revela al espectro que lo ha llamado para poder liquidar su herencia y comportarse como su leal heredero. El espectro no podría apreciar suficientemente estos corteses modales, pues en la vida ordinaria no se permite a los difuntos otorgar testamentos con posterioridad. El espectro, sobremanera halagado, asiente como un pagoda a todo lo que el mago ordena, hace su reverencia al *Exit* y desaparece. La ley de la elección indirecta es su testamento posterior.

La pieza de artilugio doctrinario mediante la cual el señor Camphausen «a partir de la constitución existente, con los medios legales que ésta ofrecía, ha transitado hacia la nueva constitución» se desarrolla, pues, de la siguiente manera:
Un acontecimiento ilegal convierte al Sr. Camphausen en una persona ilegal en el sentido de la «constitución existente» de lo «viejo», en ministro presidente responsable, en ministro constitucional. El ministro constitucional convierte de manera ilegal a la Dieta unida, anticonstitucional, estamental, el amado fiel, en Asamblea constituyente. El amado fiel Dieta unida hace de manera ilegal la ley de la elección indirecta. La ley de la elección indirecta hace la Cámara de Berlín, y la Cámara de Berlín hace la constitución, y la constitución hace todas las cámaras siguientes por toda la eternidad.

Así, del ganso sale un huevo y del huevo un ganso. Por el graznido que salva el Capitolio, el pueblo reconoce bien pronto que los huevos de oro de Leda, que había puesto en la revolución, han sido sustraídos.
Incluso el diputado Milde no parece ser el hijo de Leda, el lejano y fulgurante Cástor.