Historia secreta de la diplomacia del siglo XVIII

CAPÍTULO I

N.° 1. EL SEÑOR RONDEAU A HORACE WALPOLE.

«PETERSBURGO, _17 de agosto de 1736_.[1]

»... Deseo de todo corazón... que los turcos pudieran ser inducidos a condescender a dar el primer paso, pues esta Corte parece resuelta a no escuchar nada hasta que eso se haga, para mortificar a la Puerta, que en todas las ocasiones ha hablado de los rusos con el mayor desprecio, lo cual la zarina y sus actuales ministros no pueden soportar. En lugar de sentirse obligado hacia Sir Everard Fawkner y el señor Thalman (el primero, embajador británico; el segundo, embajador holandés en Constantinopla), por haberles informado de las buenas disposiciones de los turcos, el conde Oestermann no se persuade de que la Puerta sea sincera, y pareció muy sorprendido de que aquellos hubieran escrito a ellos (al gabinete ruso) sin orden del rey y de los Estados Generales, o sin ser requeridos por el Gran Visir, y de que su carta no hubiera sido concertada con el ministro del Emperador en Constantinopla.... He mostrado al conde Biron y al conde Oestermann las dos cartas que el Gran Visir ha escrito al rey, y al mismo tiempo dije a estos señores que como en ellas había varias duras reflexiones sobre esta Corte, no se las habría comunicado si no hubieran estado tan deseosos de verlas. El conde Biron dijo que eso no era nada, pues estaban acostumbrados a ser tratados de esa manera por los turcos. Rogué a sus excelencias que no dejaran saber a la Puerta que habían visto estas cartas, lo cual más bien agravaría las cosas que contribuiría a arreglarlas....»

N.° 2. SIR GEORGE MACARTNEY AL CONDE DE SANDWICH.

«SAN PETERSBURGO, _1 (12) de marzo de 1765_.

»Secretísimo.[2]

»... Ayer el señor Panin[3] y el vicecanciller, junto con el señor Osten, ministro danés, firmaron un tratado de alianza entre esta Corte y la de Copenhague. Por uno de los artículos, una guerra con Turquía se convierte en _casus foederis_; y cuando ese acontecimiento se produzca, Dinamarca se obliga a pagar a Rusia un subsidio de 500.000 rublos al año, en pagos trimestrales. Dinamarca también, por un artículo secretísimo, promete desvincularse de toda conexión francesa, exigiendo únicamente un plazo limitado para tratar de obtener los atrasos que le debe la corte de Francia. En todo caso, debe inmediatamente entrar en todos los propósitos de Rusia en Suecia, y actuar enteramente, aunque no abiertamente, con ella en aquel reino. O yo me engaño, o el señor Gross[4] ha entendido mal sus instrucciones, cuando dijo a su señoría que Rusia se proponía detenerse y dejar toda la carga de Suecia sobre Inglaterra. Por muy deseosa que esté esta Corte de que nosotros paguemos una gran parte de todo compromiso pecuniario, estoy seguro de que siempre preferirá tomar la delantera en Estocolmo. Su designio, su ardiente deseo, es hacer causa común con Inglaterra y Dinamarca para la total aniquilación del interés francés allí. Esto ciertamente no puede hacerse sin un gasto considerable; pero Rusia, por el momento, no parece lo bastante irrazonable como para esperar que NOSOTROS PAGUEMOS TODO. Se me ha insinuado que 1.500 libras esterlinas al año, por nuestra parte, bastarían para sostener nuestro interés e impedir absolutamente que los franceses vuelvan a entrar en Estocolmo.

»Los suecos, muy conscientes y sumamente mortificados por la situación de dependencia en que han estado durante muchos años, son extremadamente celosos de toda potencia que se entrometa en sus asuntos, y particularmente de sus vecinos los rusos. Esta es la razón que se me ha dado de que esta Corte desee que nosotros y ellos actuemos en EMBARCACIONES SEPARADAS, preservando siempre entre nuestros respectivos ministros una confianza sin reservas. Que nuestro primer cuidado debe ser, no establecer una facción bajo el nombre de una facción rusa o inglesa; sino, como incluso los hombres más sabios se dejan engañar por un mero nombre, esforzarnos por que NUESTROS amigos sean conocidos como los amigos de la libertad y la independencia. En la actualidad tenemos una superioridad, y la generalidad de la nación está persuadida de cuán ruinosas han sido sus conexiones francesas, y, si continúan, cuán destructivas serán para sus verdaderos intereses. El señor Panin no desea de ningún modo que se haga el más mínimo cambio en la constitución de Suecia.[5] Desea que la autoridad real se conserve sin ser aumentada, y que los privilegios del pueblo se mantengan sin violación. No dejaba, sin embargo, de temer el espíritu ambicioso e intrigante de la reina, pero la gran vigilancia ministerial del conde Oestermann ha aquietado ahora por completo sus aprensiones a ese respecto.»

"NO. 3.--SIR JAMES HARRIS A LORD GRANTHAM.

"Petersburg, 16 (27 de agosto), de 1782.

"(Privado.)

"Mediante esta nueva alianza con Dinamarca, y mediante los triunfos en Suecia, de los cuales esta Corte no alberga duda alguna, si se le secunda como es debido, el señor Panin habrá logrado, en cierta medida, poner en marcha su gran proyecto de unir las potencias del Norte.[6] Para que dicho proyecto quedara enteramente perfecto, nada faltaría entonces sino la conclusión de un tratado de alianza con Gran Bretaña. Estoy persuadido de que esta Corte lo desea con el mayor ardor. La Emperatriz se ha expresado más de una vez en términos que lo señalaban con fuerza. Su ambición consiste en formar, mediante semejante unión, un cierto contrapeso al pacto de familia[7] y en desbaratar, en todo lo posible, todas las miras de las cortes de Viena y Versalles, contra las cuales está irritada con un resentimiento nada común. No debo, sin embargo, ocultar a su señoría que no podemos abrigar esperanza alguna de una alianza semejante, a menos que consintamos, mediante algún artículo secreto, en pagar un subsidio en caso de guerra turca, pues no se nos pedirá dinero sino en una emergencia de esa naturaleza. Me lisonjeo de haber persuadido a esta Corte de lo irrazonable que sería esperar subsidio alguno en tiempo de paz, y de que una alianza en pie de igualdad será más segura y más honrosa para ambas naciones. Puedo asegurar a su señoría que el ser la guerra turca un _casus foederis_, inserto ya en el cuerpo del tratado, ya en un artículo secreto, constituirá una condición _sine qua non_ en toda negociación que hayamos de entablar con esta Corte. La obstinación del señor Panin en ese punto se debe a un incidente que voy a relatar. Cuando se hallaba en discusión el tratado entre el Emperador y el rey de Prusia, el conde Bestoucheff, enemigo mortal de este último, propuso la cláusula turca, persuadido de que el rey de Prusia jamás la aceptaría, y lisonjeándose con la esperanza de hacer fracasar aquella negociación mediante su negativa. Pero este viejo político, al parecer, se equivocó en su conjetura, pues Su Majestad consintió de inmediato en la propuesta, a condición de que Rusia no concertase alianza alguna con otra potencia sino en los mismos términos.[8] Éste es el verdadero hecho y, para confirmarlo, hace unos días el conde Solme, ministro prusiano, vino a visitarme y me dijo que, si esta Corte tenía la intención de concluir una alianza con la nuestra sin semejante cláusula, él tenía órdenes de oponerse del modo más enérgico. Se me han dado a entender que, si Gran Bretaña se mostrase menos inflexible en ese artículo, Rusia lo sería menos en el artículo de los derechos de exportación del Tratado de Comercio, que el señor Gross dijo a su señoría que esta Corte jamás abandonaría. Al mismo tiempo, fui asegurado por una persona que goza de la mayor confianza del señor Panin que, si entrábamos en el Tratado de Alianza, el Tratado de Comercio avanzaría con él _passibus aequis_; que entonces este último sería sustraído enteramente de las manos del Colegio de Comercio, donde tantas objeciones y altercados se habían suscitado, y sería arreglado únicamente entre el Ministro y yo, y que aquella persona estaba segura de que se concluiría a satisfacción nuestra, con tal de que se admitiera la cláusula turca en el Tratado de Alianza. Se me dijo también que, en caso de que los españoles atacasen a Portugal, podríamos contar con 15.000 rusos a sueldo nuestro para enviarlos a ese servicio. He de rogar a su señoría que, bajo ningún concepto, mencione al señor Gross el artículo secreto del Tratado danés... Me temo que ese caballero no es amigo de Inglaterra."[9]"

... A mi llegada aquí, hallé la Corte muy distinta de como se me la había descrito. Lejos de toda parcialidad hacia Inglaterra, su orientación era enteramente francesa. El rey de Prusia (que gozaba a la sazón del oído de la Emperatriz) ejercía su influencia contra nosotros. El conde Panin lo secundaba poderosamente; Lacy y Corberon, los ministros borbónicos, eran arteros e intrigantes; habían logrado influir en el príncipe Potemkin; y toda la tribu que rodeaba a la Emperatriz —los Schuwaloff, los Stroganoff y los Chernicheff— eran lo que todavía son: _garçons perruquiers de Paris_. Los acontecimientos secundaron sus esfuerzos. La asistencia que los franceses fingieron prestar a Rusia para zanjar sus disputas con la Puerta, y el hecho de que las dos Cortes se unieran inmediatamente después como mediadoras en la Paz de Teschen, contribuyeron no poco a reconciliarlas entre sí. No me sorprendió, por tanto, que todas mis negociaciones con el conde Panin, _desde febrero de 1778 hasta julio de 1779_, resultaran infructuosas, pues él pretendía impedir, no promover, una alianza. En vano hicimos concesiones para obtenerla. Siempre suscitaba nuevas dificultades; siempre tenía preparados nuevos obstáculos. Entretanto, de mi aparente confianza en él resultó un mal muy grave. Se valió de ella para transmitir en sus informes a la Emperatriz, no el lenguaje que yo empleaba ni los sentimientos que realmente expresaba, sino el lenguaje y los sentimientos que él deseaba que yo emplease y expresase. Con igual cuidado me ocultaba las opiniones y sentimientos de ella; y, mientras a ella le describía a Inglaterra como obstinada, arrogante y reservada, a mí me pintaba a la Emperatriz como descontenta, disgustada e indiferente hacia nuestros asuntos; y tan convencido estaba de que con esta doble tergiversación había cerrado toda vía de éxito, que, cuando le presenté la declaración española, se atrevió a decirme, en tono ministerial: «_Que Gran Bretaña, por su propia conducta altanera, había acarreado sobre sí todas sus desgracias; que éstas se hallaban ahora en su colmo; que debíamos consentir cualquier concesión para obtener la paz; y que no podíamos esperar ni auxilio de nuestros amigos ni indulgencia de nuestros enemigos_». Tuve suficiente dominio de mí mismo para no dar rienda suelta a mis sentimientos en aquella ocasión.... Recurrí sin pérdida de tiempo al príncipe Potemkin, y, por su mediación, la Emperatriz se _dignó_ recibirme a solas en Peterhoff. Fui tan afortunado en esta entrevista, que no sólo logré borrar todas las malas impresiones que tenía contra nosotros, sino que, al exponer bajo su verdadera luz nuestra situación y LOS INTERESES INSEPARABLES DE GRAN BRETAÑA Y RUSIA, hice surgir en su ánimo la decidida resolución de ayudarnos. _Esta resolución me la declaró con palabras expresas._ Cuando esto trascendió —y el conde Panin fue el primero en saberlo— se convirtió en mi enemigo implacable y empedernido. No sólo frustró mis negociaciones públicas con falsedades y con un ejercicio de su influencia de lo más indebido, sino que empleó cuantos medios la más baja y vengativa malicia podía sugerir para desacreditarme y perjudicarme personalmente; y, por las infames acusaciones que lanzó contra mí, de haber sido yo propenso al miedo, podría haber temido los ataques más infames de su parte. Esta persecución implacable aún continúa; ha sobrevivido a su ministerio. _A pesar de las seguridades positivas que había recibido de la propia Emperatriz_, halló el modo, primero de hacerla vacilar y, después, de alterar sus resoluciones. Fue, en verdad, muy oficiosamente secundado por Su Majestad prusiana, quien, a la sazón, estaba tan empeñado en arruinar nuestros intereses como ahora parece ansioso de restaurarlos. No me descorazonó, sin embargo, este primer desengaño y, redoblando mis esfuerzos, _en dos ocasiones más, a lo largo de mi misión, llevé a la Emperatriz al borde mismo_ (!) _de erigirse en amiga declarada nuestra_, y, en cada una de ellas, mis _expectativas se fundaban en seguridades de su propia boca_. La primera fue cuando _nuestros enemigos conjuraron la neutralidad armada_;[10] la otra, CUANDO SE LE OFRECIÓ MENORCA. Aunque, en la primera de estas ocasiones, hallé la misma oposición del mismo lado que había experimentado antes, me veo obligado a decir que la causa principal de mi fracaso fue atribuible al muy torpe modo en que respondimos a la famosa declaración de neutralidad de febrero de 1780. Como sabía bien de dónde vendría el golpe, estaba preparado para pararlo. _Mi opinión era: «Si Inglaterra se siente lo bastante fuerte para prescindir de Rusia, que rechace de inmediato estas doctrinas novedosas; pero si su situación es tal que necesita ayuda, que ceda a la necesidad del momento, las reconozca en lo que atañe_ ÚNICAMENTE A RUSIA, _y se asegure una poderosa amiga con un acto de complacencia oportuno»._[11] Mi opinión _no_ fue aceptada; se dio una respuesta ambigua y vacilante; _parecíamos temer por igual aceptarlas o rechazarlas. Se me instruyó que, en secreto, me opusiera a ellas, pero que, abiertamente, las aceptara_, y algunas expresiones imprudentes de uno de los servidores de confianza de aquella Administración, vertidas al hablar con el señor Simolin, en directa contradicción con el lenguaje templado y cordial que aquel ministro había oído de lord Stormont, _irritaron_ a la Emperatriz en sumo grado y colmaron el _disgusto_ y la _mala opinión_ que tenía de aquella Administración.[12] Nuestros enemigos se aprovecharon de estas _circunstancias_.... YO SUGERÍ LA IDEA DE ENTREGAR MENORCA A LA EMPERATRIZ, _porque, como para mí era evidente que en la paz nos veríamos obligados a hacer sacrificios, me parecía más sensato hacerlos a nuestros amigos que a nuestros enemigos_. LA IDEA FUE ADOPTADA EN TODA SU EXTENSIÓN EN LA METRÓPOLI,[13] _y nada podía estar más perfectamente calculado para el meridiano de esta Corte que las juiciosas instrucciones que en aquella ocasión recibí de lord Stormont. Por qué_ fracasó este proyecto, aún no alcanzo a saberlo.

Nunca vi a la Emperatriz inclinarse tan fuertemente hacia medida alguna como lo hizo respecto a esta, antes de que yo tuviera plenos poderes para negociar, ni me sentí jamás más asombrado que cuando la vi retroceder de su propósito una vez que aquellos llegaron. Lo atribuí al mismo tiempo, en mi fuero interno, a la _arraigada aversión que sentía por nuestro Ministerio_ y a su _total falta de confianza en ellos_; pero más tarde me inclino con mayor fuerza a creer que consultó al Emperador (de Austria) sobre el asunto, y que este no sólo la persuadió de declinar la oferta, sino que traicionó el secreto ante Francia, y que así se hizo público. No puedo explicar de otro modo este rápido _cambio de sentimiento en la Emperatriz_, particularmente porque _el Príncipe Potemkin_ (cualquiera que pudiera ser en otras gestiones) fue ciertamente en esta _cordial y sincero_ en su apoyo, y tanto por lo que vi en aquel momento como por lo que desde entonces ha llegado a mi conocimiento, _tenía su éxito tan en el corazón como yo mismo_. Observará usted, mi señor, que _la idea de hacer comparecer a la Emperatriz como mediadora amistosa marchaba a la par con la propuesta cesión de Menorca_. Dado que esta idea ha dado origen a lo que después ha seguido, y nos ha envuelto en todos los dilemas de la presente mediación, me será necesario explicar cuáles eran entonces mis miras, y exculparme de la culpa de haber colocado a mi Corte en una situación tan embarazosa; _mi deseo e intención era que ella fuese mediadora única sin un adjunto_; si ha examinado usted lo que pasó entre ella y yo en diciembre de 1780, su señoría percibirá fácilmente cuán potentes razones tenía yo para imaginar que ella sería una mediadora amistosa e incluso parcial.[14] Sabía, en efecto, que era desigual a la tarea; pero sabía también cuán grandemente _su vanidad_ sería halagada por esta distinción, y era muy consciente de que, una vez comprometida, persistiría y se vería inevitablemente envuelta en nuestra querella, particularmente cuando apareciera (y aparecería) que la habíamos _gratificado_ con Menorca. El anexar a la mediación a la otra Corte Imperial (austriaca) echó por tierra enteramente este plan. No sólo le proporcionó un pretexto para no cumplir su palabra, sino que la picó y mortificó; y fue bajo esta impresión que ella transfirió todo el negocio al colega que le habíamos dado, y ordenó a su Ministro en Viena que se adhiriera implícitamente a cuanto la Corte propusiera. De ahí todos los males que han surgido desde entonces, y de ahí los que experimentamos en este momento. A mí mismo nunca se me pudo convencer de que la Corte de Viena, mientras el Príncipe Kaunitz dirija sus medidas, pueda desear el bien a Inglaterra ni el mal a Francia. No fue con esa mira que yo procuré promover su influencia aquí, sino porque _hallé que la de Prusia estaba en constante oposición a mí_; y porque pensé que si por algún medio podía golpear a ésta, me libraría de mi mayor obstáculo. Me equivoqué, y, por una singular fatalidad, las Cortes de Viena y Berlín parecen no haber estado nunca de acuerdo en nada salvo en la disposición de perjudicarnos aquí por turnos.[15] La propuesta relativa a Menorca fue el último intento que hice para inducir a la Emperatriz a presentarse. Había agotado mis fuerzas y recursos; la libertad con la que había hablado en mi última entrevista con ella, aunque respetuosa, había _disgustado_; y _desde este período hasta la remoción de la última Administración_, me he visto reducido a actuar a la defensiva... He tenido más dificultad en impedir que la Emperatriz hiciera daño que la que jamás tuve al intentar empeñarla a que nos hiciera bien. Fue para prevenir el mal que me incliné fuertemente por la aceptación de _su mediación en solitario entre nosotros y Holanda, cuando Su Majestad Imperial la ofreció por primera vez_. La _extrema insatisfacción_ que expresó _ante nuestra negativa_ justificó mi opinión; y YO ME TOMÉ LA LIBERTAD, cuando se propuso por segunda vez, _de urgir la necesidad de que fuera aceptada_ (AUNQUE SABÍA QUE ESTABA EN CONTRADICCIÓN CON LOS SENTIMIENTOS DE MI PRINCIPAL), ya que creía firmemente que, si la declinábamos de nuevo, la Emperatriz, en un _momento de cólera_, se habría unido a los holandeses contra nosotros. Tal como están las cosas, _todo ha ido bien_; nuestra _juiciosa_ conducta ha transferido a ellos el _mal humor_ que ella originalmente tenía con nosotros, y ahora es tan parcial a nuestra causa como antes lo era a la de ellos. _Desde el nuevo Ministerio en Inglaterra, mi camino se ha allanado_; la grande y nueva senda abierta por _su predecesor,[16] y que usted, mi señor, prosigue_, ha operado un cambio sumamente ventajoso a nuestro favor en el Continente. Nada, en efecto, salvo eventos que la golpeen de cerca, creo, inducirá jamás a Su Majestad Imperial a tomar parte activa; pero ahora hay un _fuerte resplandor de amistad_ a nuestro favor; ella aprueba nuestras medidas; _confía_ en nuestro Ministerio, y _da rienda suelta a esa predilección que ciertamente siente por nuestra nación_. Nuestros enemigos lo saben y lo sienten; esto los mantiene atemorizados. Este es un bosquejo sucinto pero fiel de lo que ha pasado en esta Corte desde el día de mi llegada a Petersburgo hasta la hora presente. De él pueden deducirse varias inferencias.[17] Que la Emperatriz es conducida por sus pasiones, no por la razón y el argumento; que sus prejuicios son muy fuertes, fácilmente adquiridos y, una vez fijados, inamovibles; mientras que, por el contrario, no hay camino seguro hacia su buena opinión; que aun cuando se obtiene, está sujeta a perpetua fluctuación, y expuesta a ser sesgada por los incidentes más triviales; que hasta que no está francamente embarcada en un plan, no se puede depender de ninguna seguridad; pero que una vez francamente embarcada, nunca se retracta, y se la puede llevar a cualquier extremo; que con partes muy brillantes, un ánimo elevado, una sagacidad poco común, carece de _juicio_, de _precisión de idea_, de _reflexión_, _y del_ ESPRIT DE COMBINAISON(!!) Que sus Ministros o bien ignoran el bienestar del Estado, o son indiferentes a él, y actúan por una sumisión pasiva a su voluntad, o por motivos de partido e intereses privados."[18]

4. (MANUSCRITO) RELATO SOBRE RUSIA EN LOS ALBORES DEL REINADO DEL EMPERADOR PABLO, REDACTADO POR EL REVERENDO L. K. PITT, CAPELLÁN DE LA FACTORÍA DE SAN PETERSBURGO Y PARIENTE CERCANO DE WILLIAM PITT.[19]

_Extracto._

     «Difícilmente puede existir duda acerca de los verdaderos sentimientos de la difunta emperatriz de Rusia sobre los grandes puntos que, en los últimos años, han convulsionado todo el sistema de la política europea. Sin duda sintió desde un principio la tendencia fatal de los nuevos principios, pero tal vez no le desagradaba ver que cada potencia europea se agotaba en una lucha que, en proporción a su violencia, acrecentaba su propia importancia. Es más que probable que la situación de las provincias recién adquiridas en Polonia fuera asimismo un punto que ejerció una considerable influencia sobre la conducta política de Catalina. Los fatales efectos resultantes del temor a una revuelta en el reciente territorio de conquista parecen haberse dejado sentir en muy alto grado entre las potencias coaligadas, que en el primer período de la Revolución estuvieron tan cerca de reinstaurar el gobierno legítimo en Francia. El mismo temor a una revuelta en Polonia, que dividió la atención de las potencias coaligadas y apresuró su retirada, disuadió asimismo a la difunta emperatriz de Rusia de entrar en el gran teatro de la guerra, hasta que un cúmulo de circunstancias hizo del avance de los ejércitos franceses un mal más peligroso que cualquiera que pudiera resultar para el Imperio ruso de las operaciones activas... Las últimas palabras que se supo que pronunció la emperatriz las dirigió a su secretario al despedirlo la mañana en que fue atacada: “Decid al príncipe” (Zuboff), dijo, “que venga a verme a las doce y que me recuerde que he de firmar el Tratado de Alianza con Inglaterra”.»

Tras extenderse en amplias consideraciones sobre los actos y extravagancias del emperador Pablo, el reverendo Sr. Pitt prosigue así:

     «Cuando estas consideraciones se graban en la mente, la naturaleza de la reciente secesión de la coalición y de las incalculables indignidades infligidas al Gobierno de Gran Bretaña es lo único que puede estimarse con justicia... PERO LOS LAZOS QUE LA UNEN (A GRAN BRETAÑA) AL IMPERIO RUSO ESTÁN FORMADOS POR LA NATURALEZA Y SON INVIOLABLES. Unidas, estas naciones casi podrían desafiar al mundo unido; divididas, la fuerza y la importancia de cada una quedan FUNDAMENTALMENTE menoscabadas. Inglaterra tiene motivos para lamentar, al igual que Rusia, que el cetro imperial se esgrima de manera tan inconsecuente; pero es el soberano de Rusia, y sólo él, quien divide a los imperios».

El reverendo caballero concluye su relato con estas palabras:

     «Hasta donde puede penetrar en este momento la previsión humana, la desesperación de un individuo enfurecido parece un medio más probable de poner fin a la presente escena de opresión que cualquier combinación más sistemática de medidas para devolver al trono de Rusia su dignidad e importancia».

NOTAS A PIE DE PÁGINA:

[1] Esta carta se refiere a la guerra contra Turquía, iniciada por la emperatriz Ana en 1735. El diplomático británico en San Petersburgo informa sobre sus esfuerzos para inducir a Rusia a concertar la paz con los turcos. Los pasajes omitidos carecen de relevancia.

[2] Inglaterra estaba negociando en aquel momento un tratado comercial con Rusia.

[3] Hasta la fecha ha seguido siendo entre los historiadores un punto controvertido si Panin estaba o no a sueldo de Federico II de Prusia, y si lo estaba a espaldas de Catalina o por orden suya. No puede existir duda de que Catalina II, con el fin de identificar a las cortes extranjeras con los ministros rusos, permitía que los ministros rusos se identificaran ostensiblemente con las cortes extranjeras. Por lo que respecta a Panin en particular, la cuestión queda, sin embargo, resuelta por un documento auténtico que, según creemos, nunca se ha publicado. Prueba que, una vez convertido en hombre de Federico II, se vio obligado a seguir siéndolo aun a riesgo de su honor, fortuna y vida.

[4] El ministro ruso en Londres.

[5] La Constitución oligárquica establecida por el Senado tras la muerte de Carlos XII.

[6] Así sabemos por Sir George Macartney que lo que comúnmente se conoce como la «gran concepción de la Alianza del Norte» de Lord Chatham era, en realidad, el «gran plan de unir a las potencias del Norte» de Panin. Chatham fue engañado para que hiciera suyo el plan moscovita.

[7] El pacto entre los Borbones de Francia y España, concertado en París en agosto de 1761.

[8] Esto fue un subterfugio por parte de Federico II. El modo en que Federico fue forzado a arrojarse en brazos de la alianza rusa lo cuenta llanamente M. Koch, profesor francés de diplomacia y maestro de Talleyrand. «Federico II», dice, «abandonado por el gabinete de Londres, no pudo menos que unirse a Rusia». (Véase su _Historia de las revoluciones en Europa_.)

[9] Horace Walpole caracteriza su época con estas palabras: «_Era la moda de aquellos tiempos recibir el pago de un favor mediante el otorgamiento de otro._» En todo caso, por el texto se verá que tal era la moda de Rusia al negociar con Inglaterra. El conde de Sandwich, a quien Sir George Macartney pudo atreverse a dirigir el despacho arriba citado, se distinguió diez años después, en 1775, como Primer Lord del Almirantazgo, en la administración de North, por la vehemente oposición que hizo a la moción de Lord Chatham en favor de un _arreglo equitativo de las dificultades americanas_. «No podía creer que aquello (la moción de Chatham) fuera _producción de un par británico_; le parecía más bien _obra de algún americano_.» En 1777, encontramos de nuevo a Sandwich fanfarroneando: «arriesgaría cada gota de sangre, así como el último chelín del tesoro nacional, antes que permitir que Gran Bretaña fuese desafiada, intimidada y dictada por sus súbditos desobedientes y rebeldes.» Aunque el conde de Sandwich fue de los primeros en enredar a Inglaterra en una guerra con sus colonias norteamericanas, con Francia, España y Holanda, lo vemos constantemente acusado en el Parlamento por Fox, Burke, Pitt, etc., «de mantener la fuerza naval inadecuada para la defensa del país; de oponer intencionalmente pequeñas fuerzas inglesas allí donde sabía que el enemigo había concentrado otras grandes; de una desastrosa administración del servicio en todos sus departamentos», etc. (Véanse los debates de la Cámara de los Comunes del 11 de marzo de 1778; 31 de marzo de 1778; febrero de 1779; la moción de censura de Fox contra Lord Sandwich; el 9 de abril de 1779, la petición al rey para que destituyera a Lord Sandwich de su cargo por mala conducta en el servicio; el 7 de febrero de 1782, la moción de Fox declarando que había habido una grave mala administración en la dirección de los asuntos navales durante el año 1781.) En esta ocasión, Pitt imputó a Lord Sandwich «todos nuestros desastres y desgracias navales». La mayoría ministerial en contra de la moción fue de solo 22 en una Cámara de 388. El 22 de febrero de 1782, una moción similar contra Lord Sandwich fue rechazada por una mayoría de solo 19 en una Cámara de 453. Tal era, en verdad, el carácter de la administración del conde de Sandwich que más de treinta oficiales distinguidos abandonaron el servicio naval o declararon que no podían actuar bajo el sistema existente. De hecho, durante todo el tiempo que ocupó el cargo, se tuvieron serios temores de las consecuencias de las disensiones que prevalecían entonces en la marina. Además, el conde de Sandwich fue acusado abiertamente y, en la medida en que las pruebas circunstanciales lo permiten, convicto de PECULADO. (Véanse los debates de la Cámara de los Lores, 31 de marzo de 1778; 9 de abril de 1779 y ss.) Cuando la moción para su destitución fue rechazada el 9 de abril de 1779, treinta y nueve pares consignaron su protesta.

[10] Sir James Harris finge creer que Catalina II no fue la autora, sino una conversa, de la neutralidad armada de 1780. Es una de las grandes estratagemas de la Corte de San Petersburgo dar a sus propios designios la forma de propuestas sugeridas e instadas a ella por cortes extranjeras. La diplomacia rusa se deleita en esos _quae pro quo_. Así, se hizo a la corte de Floridablanca el editor responsable de la neutralidad armada y, por un informe que aquel jactancioso español dirigió a Carlos III, puede verse cuán inmensamente halagado se sintió con la idea de no solo haber incubado la neutralidad armada, sino también de haber inducido a Rusia a secundarla.

[11] Este mismo Sir James Harris, quizá más conocido del lector bajo el nombre de conde de Malmesbury, es ensalzado por los historiadores ingleses como el hombre que impidió que Inglaterra renunciara al derecho de visita en las negociaciones de paz de 1782-83.

[12] De este pasaje y otros similares que aparecen en el texto podría inferirse que Catalina II había encontrado un verdadero tártaro en Lord North, a cuya administración alude Sir James Harris. Cualquier ilusión semejante se desvanecerá ante la simple afirmación de que el primer reparto de Polonia tuvo lugar bajo la administración de Lord North, sin protesta alguna por su parte. En 1773, mientras la guerra de Catalina contra Turquía proseguía y sus conflictos con Suecia se agravaban, Francia hacía preparativos para enviar una poderosa flota al Báltico. D'Aiguillon, el ministro francés de Asuntos Exteriores, comunicó este plan a Lord Stormont, el entonces embajador inglés en París. En una larga conversación, D'Aiguillon se extendió largamente sobre los ambiciosos designios de Rusia y sobre el interés común que debía unir a Francia e Inglaterra en una resistencia conjunta contra ellos. Como respuesta a esta comunicación confidencial, el embajador inglés le informó de que «si Francia enviaba sus navíos al Báltico, serían seguidos al instante por una flota británica; que la presencia de dos flotas no tendría más efecto que una neutralidad; y que por mucho que la corte británica deseara conservar la armonía que subsistía entonces entre Inglaterra y Francia, era imposible prever las contingencias que pudieran surgir de un choque accidental». A consecuencia de estas representaciones, D'Aiguillon contramandó la escuadra de Brest, pero dio nuevas órdenes para el equipamiento de una fuerza naval en Tolón. «Al recibir noticia de estos renovados preparativos, el gabinete británico hizo inmediatas y vigorosas demostraciones de resistencia; se ordenó a Lord Stormont que declarase que todos los argumentos empleados respecto al Báltico se aplicaban igualmente al Mediterráneo. También se presentó un memorial al ministro francés, acompañado de la exigencia de que fuera puesto ante el rey y el consejo. Esto produjo el efecto deseado; se contramandó la fuerza naval, se licenció a los marineros y se evitaron las posibilidades de una guerra extensa.»

_Lord North_ —dice el escritor complaciente a quien hemos tomado las últimas líneas— _sirvió así efectivamente la causa de su aliada_ (Catalina II.) _y facilitó el tratado de paz_ (de Kutchuk-Kainardji) _entre Rusia y la Puerta_. Catalina II recompensó los buenos servicios de Lord North, en primer lugar, reteniendo la ayuda que le había prometido en caso de guerra entre Inglaterra y las colonias norteamericanas y, en segundo lugar, conjurando y dirigiendo la neutralidad armada contra Inglaterra. Lord North _NO SE ATREVIÓ_ a vengar, como le aconsejaba Sir James Harris, esta traicionera violación de la fe, renunciando a los derechos marítimos de Gran Bretaña en favor de Rusia, y de _Rusia sola_. De ahí la irritación en el sistema nervioso de la zarina; la caprichosa manía histérica que de repente le entró de «tener mala opinión» de Lord North, de «sentir antipatía» por él, de sentir una «aversión arraigada» hacia él, de verse aquejada de una «total falta de confianza», etc. A fin de dar un ejemplo de advertencia al gobierno de Shelburne, Sir James Harris traza un minucioso cuadro psicológico de los sentimientos de la zarina y del descrédito en que incurrió la administración North por haber herido esos mismos sentimientos. Su receta es muy sencilla: ceder a Rusia, como a nuestra amiga, todo aquello por lo cual, si nos lo pidiera cualquier otra potencia, la consideraríamos enemiga nuestra.

[13] Es, pues, un hecho que el gobierno inglés, no contento con haber convertido a Rusia en una potencia báltica, se esforzó denodadamente por hacerla también una potencia mediterránea. Al parecer, la oferta de ceder Menorca a Catalina II se hizo a finales de 1779 o principios de 1780, poco después de la entrada de Lord Stormont en el gabinete North —el mismo Lord Stormont a quien hemos visto frustrar los intentos franceses de resistencia contra Rusia y a quien incluso Sir James Harris no puede negar el mérito de haber escrito «_instrucciones perfectamente calculadas al meridiano de la corte de San Petersburgo_». Mientras el gabinete de Lord North, a sugerencia de Sir James Harris, ofrecía Menorca a los _moscovitas_, los plebeyos y el pueblo inglés temblaban todavía por miedo a que los _hanoverianos_ (?) les arrebataran «una de las llaves del Mediterráneo». El 26 de octubre de 1775, el rey, en su discurso de apertura, había informado al Parlamento, entre otras cosas, de que tenía las propias palabras de Sir James Graham, cuando, preguntado por qué no se había mantenido algún bloqueo en espera de la conclusión del «plan», respondió: «_Ellos no asumieron esa responsabilidad_». ¡La responsabilidad de ejecutar sus órdenes! El despacho que hemos citado es el único que se leyó, salvo uno de fecha posterior. El despacho que se dice enviado el 5 de abril, en el que «se ordena al almirante que emplee la _mayor facultad discrecional_ en el bloqueo de los puertos rusos del mar Negro», no se lee ni se da lectura a ninguna respuesta del almirante Dundas. El Almirantazgo envió tropas _hanoverianas_ a Gibraltar y a Mahón (Menorca) para sustituir a los regimientos británicos que hubieran de sacarse de esas guarniciones para servir en América. Lord John Cavendish propuso una enmienda al discurso de la Corona, condenando enérgicamente «la entrega de _fortalezas tan importantes como Gibraltar y Mahón a extranjeros_». Tras debates muy tempestuosos, en los que se atacó furiosamente la medida de confiar Gibraltar y Menorca —«_las llaves del Mediterráneo_», como se las llamaba— a _extranjeros_, Lord North, reconociéndose autor de la medida, se vio obligado a presentar un _proyecto de ley de indemnidad_. Sin embargo, estos extranjeros, estos hanoverianos, eran súbditos del propio rey inglés. Tras haber cedido virtualmente Menorca a Rusia en 1780, Lord North, por supuesto, estaba plenamente justificado al tratar, el 22 de noviembre de 1781 en la Cámara de los Comunes, «con el más absoluto desprecio la insinuación de que los _ministros estaban a sueldo de Francia_».

Señalemos, _en passant_, que Lord North, uno de los ministros más viles y dañinos de cuantos puede jactarse Inglaterra, dominaba a la perfección el arte de mantener a la Cámara en perpetua carcajada. Lo mismo había logrado Lord Sunderland. Lo mismo ha logrado Lord Palmerston.

[14] Una vez que Lord North fue suplantado por la administración Rockingham, el 27 de marzo de 1782, el célebre Fox transmitió propuestas de paz a Holanda por mediación del ministro _ruso_. Ahora bien, ¿cuáles fueron las consecuencias de esa _mediación rusa_ tan cacareada por Sir James Harris, el servil registrador de los sentimientos, los humores y las emociones de la zarina? Mientras se habían concertado artículos preliminares de paz con Francia, España y los Estados americanos, resultó imposible llegar a un acuerdo preliminar semejante con Holanda. De ella no se pudo obtener más que una simple cesación de hostilidades. Tan poderosa resultó la _mediación rusa_ que el 2 de septiembre de 1783, justo un día antes de la conclusión de los _tratados definitivos_ con América, Francia y España, Holanda se dignó acceder a los _preliminares de paz_, y ello no como consecuencia de la _mediación rusa_, sino por influencia de _Francia_.

[15] ¡Cuánto no perjudicó a Inglaterra el que las cortes de Viena y París frustraran el plan del gabinete británico de ceder Menorca a Rusia, y la resistencia de Federico de Prusia contra el proyecto del gran Chatham de una Alianza del Norte bajo auspicios moscovitas!

[16] El predecesor es Fox. Sir James Harris establece una escala completa de las administraciones británicas, según el grado en que gozaron del favor de su todopoderosa zarina. A pesar de lord Stormont, el conde de Sandwich, lord North y el propio sir James Harris; a pesar de la partición de Polonia, del matonismo de D’Aiguillon, del tratado de Kutchuk-Kainardji y de la proyectada cesión de Menorca, la administración de lord North queda relegada al último peldaño de la escala celestial; muy por encima ha trepado la administración de Rockingham, cuya alma era Fox, notorio por sus intrigas posteriores con Catalina; pero en la cima contemplamos la administración de Shelburne, cuyo Canciller del Exchequer era el célebre William Pitt. En cuanto al propio lord Shelburne, Burke exclamó en la Cámara de los Comunes que, «si no era un Catilina o un Borgia en moral, no ha de atribuirse sino a su entendimiento».

[17] Sir James Harris olvida extraer la conclusión capital: que el embajador de Inglaterra es el agente de Rusia.

[18] En el siglo XVIII, los despachos de los diplomáticos ingleses que llevan al frente la inscripción sacramental de «Privado» son despachos que el ministro a quien se dirigen debe ocultar al Rey. Que así ocurría puede verse en la *Historia de Inglaterra* de lord Mahon.

[19] «Para ser quemado después de mi muerte». Éstas son las palabras que el caballero a quien iba dirigido el manuscrito puso al frente del mismo.

CAPÍTULO II

Los documentos publicados en el primer capítulo se extienden desde el reinado de la emperatriz Ana hasta el comienzo del reinado del emperador Pablo, abarcando así la mayor parte del siglo XVIII. Al final de dicho siglo se había convertido, como afirma el reverendo Sr. Pitt, en el dogma abiertamente profesado y ortodoxo de la diplomacia inglesa, *«que los lazos que unen a Gran Bretaña con el Imperio Ruso están formados por la naturaleza y son inviolables»*.

Al examinar atentamente estos documentos, hay algo que nos sorprende aún más que su contenido, a saber, su forma. Todas estas cartas son «confidenciales», «privadas», «secretas», «secretísimas»; pero, pese al secreto, la confidencialidad y la privacidad, los estadistas ingleses conversan entre sí acerca de Rusia y sus gobernantes en un tono de temerosa reserva, servilismo abyecto y sumisión cínica, que nos chocaría incluso en los despachos públicos de los estadistas rusos. Para ocultar las intrigas contra naciones extranjeras, los diplomáticos rusos recurren al secreto. Los diplomáticos ingleses adoptan el mismo método para expresar libremente su devoción a una corte extranjera. Los despachos secretos de los diplomáticos rusos están sahumados con un perfume equívoco. Son, en parte, la *fumée de fausseté*, como dice el duque de Saint-Simon, y en parte ese alarde coqueto de superioridad y astucia propias que imprime a los informes de la Policía Secreta francesa su carácter indeleble. Incluso los despachos magistrales de Pozzo di Borgo están manchados con esta mancha común de la *littérature de mauvais lieu*. En esto los despachos secretos ingleses resultan muy superiores. No alardean de superioridad, sino de simpleza. Por ejemplo, ¿puede haber algo más simple que el Sr. Rondeau informando a Horace Walpole de que ha entregado traicioneramente al ministro ruso las cartas que el Gran Visir turco dirigía al Rey de Inglaterra, pero que había dicho «al mismo tiempo a aquellos señores que, como había varias reflexiones duras sobre la corte rusa, no se las habría comunicado *si no hubieran estado tan ansiosos por verlas*», y añadiendo a sus excelencias que no dijeran a la Puerta que las habían visto (¡esas cartas)! A primera vista, la infamia del acto queda ahogada en la simpleza del hombre. O tomemos a sir George Macartney. ¿Puede haber algo más simple que su alegría de que Rusia pareciera lo bastante «razonable» como para no esperar que Inglaterra «pagara LA TOTALIDAD DE LOS GASTOS» por el hecho de que Rusia «hubiera decidido tomar la iniciativa en Estocolmo»; o su «lisonjearse» de haber «persuadido a la corte rusa» para que no fuera tan «poco razonable» como para pedir a Inglaterra, en tiempo de paz, subsidios para un tiempo de guerra contra Turquía (a la sazón aliada de Inglaterra); o su advertencia al conde de Sandwich de «no mencionar» al embajador ruso en Londres los secretos que a él mismo le había comunicado el canciller ruso en San Petersburgo? ¿O puede haber algo más simple que sir James Harris susurrando confidencialmente al oído de lord Grantham que Catalina II carecía de «juicio, precisión de idea, reflexión y *l’esprit de combinaison*»?[20]

Por otra parte, considérese la fresca desfachatez con que sir George Macartney informa a su ministro de que, como los suecos estaban extremadamente celosos de su dependencia de Rusia y mortificados por ella, la corte de San Petersburgo indicó a Inglaterra que hiciera su trabajo en Estocolmo ¡bajo los colores británicos de la libertad y la independencia! O sir James Harris aconsejando a Inglaterra que cediera a Rusia Menorca y el derecho de visita, y el monopolio de la mediación en los asuntos del mundo —no para obtener ventaja material alguna, ni siquiera un compromiso formal por parte de Rusia, sino tan sólo «un fuerte resplandor de amistad» de la emperatriz, y transferir a Francia su «mal humor»—.

Los despachos secretos rusos proceden de la línea muy clara de que Rusia sabe que no tiene intereses comunes de ninguna clase con otras naciones, sino que a cada nación hay que persuadirla por separado de que tiene intereses comunes con Rusia, con exclusión de todas las demás naciones. Los despachos ingleses, por el contrario, nunca se atreven siquiera a insinuar que Rusia tenga intereses comunes con Inglaterra, sino que sólo se esfuerzan por convencer a Inglaterra de que ella tiene intereses rusos. Los propios diplomáticos ingleses nos dicen que éste era el único argumento que alegaban cuando se encontraban cara a cara con los potentados rusos.

Si los despachos ingleses que hemos presentado al público estuvieran dirigidos a amigos particulares, sólo estigmatizarían con la infamia a los embajadores que los escribieron. Pero, como van dirigidos secretamente al propio gobierno británico, lo clavan para siempre en la picota de la historia; y, por instinto, esto parece haberlo sentido incluso los escritores whigs, pues ninguno se ha atrevido a publicarlos.

Surge naturalmente la pregunta de a partir de qué época data su origen ese carácter ruso de la diplomacia inglesa que se tornó tradicional en el transcurso del siglo XVIII. Para esclarecer este punto hemos de remontarnos a la época de Pedro el Grande, que, en consecuencia, constituirá el tema principal de nuestras investigaciones. Nos proponemos emprender esta tarea reimprimiendo algunos folletos ingleses, escritos en tiempos de Pedro I, que han escapado a la atención de los historiadores modernos o que a éstos les han parecido indignos de ella. Serán, sin embargo, suficientes para refutar el prejuicio, común a los escritores continentales e ingleses, de que los designios de Rusia no se comprendieron ni sospecharon en Inglaterra hasta una época posterior y ya demasiado tardía; de que las relaciones diplomáticas entre Inglaterra y Rusia no fueron más que el producto natural de los intereses materiales mutuos de ambos países; y de que, por tanto, al acusar a los estadistas británicos del siglo XVIII de rusismo cometeríamos un imperdonable hysteron-proteron. Si hemos mostrado, mediante los despachos ingleses, que en tiempos de la emperatriz Ana Inglaterra ya traicionaba a sus propios aliados en favor de Rusia, se verá por los folletos que ahora vamos a reimprimir que, incluso antes de la época de Ana, en la época misma del ascenso de Rusia en Europa, que surgió en tiempos de Pedro I, los planes de Rusia eran comprendidos, y la connivencia de los estadistas británicos con esos planes fue denunciada por escritores ingleses.

El primer folleto que presentamos al público se titula _La Crisis Septentrional_. Fue impreso en Londres en 1716 y se refiere a la proyectada invasión dano-anglo-rusa de Escania (Schonen).

Durante el año 1715 se había concertado entre Rusia, Dinamarca, Polonia, Prusia y Hannover una alianza septentrional para el reparto no de la Suecia propiamente dicha, sino de lo que podríamos llamar el Imperio sueco. Ese reparto constituye el primer gran acto de la diplomacia moderna: la premisa lógica del reparto de Polonia. Los tratados de reparto referentes a España han acaparado el interés de la posteridad por ser los precursores de la Guerra de Sucesión, y el reparto de Polonia atrajo un auditorio aún mayor porque su último acto se representó en un escenario contemporáneo. Sin embargo, no puede negarse que fue el reparto del Imperio sueco lo que inauguró la era moderna de la política internacional. El tratado de reparto ni siquiera pretendía tener un pretexto, salvo la desgracia de su víctima designada. Por primera vez en Europa, la violación de todos los tratados no sólo se cometía, sino que se proclamaba base común de un nuevo tratado. La propia Polonia, arrastrada por Rusia y personificada por ese dechado de inmoralidad que era Augusto II, elector de Sajonia y rey de Polonia, fue empujada al primer plano de la conspiración, firmando así su propia sentencia de muerte y sin disfrutar siquiera del privilegio que Polifemo reservó a Ulises: la de ser devorado el último. Carlos XII predijo su suerte en el manifiesto lanzado contra el rey Augusto y el zar desde su exilio voluntario en Bender. El manifiesto lleva la fecha del 28 de enero de 1711.

La participación en este tratado de reparto arrojó a Inglaterra a la órbita de Rusia, hacia la cual, desde los días de la «Revolución Gloriosa», había ido gravitando cada vez más. Jorge I, como rey de Inglaterra, estaba obligado a una alianza defensiva con Suecia por el tratado de 1700. No sólo como rey de Inglaterra, sino como elector de Hannover, era uno de los garantes, e incluso de las partes directas, del tratado de Travendal, que aseguraba a Suecia lo que el tratado de reparto pretendía despojarle. Incluso su dignidad electoral alemana se la debía en parte a ese tratado. Sin embargo, como elector de Hannover declaró la guerra a Suecia, guerra que libró como rey de Inglaterra.

En 1715, los confederados habían despojado a Suecia de sus provincias alemanas y, para lograr ese fin, introdujeron al moscovita en suelo alemán. En 1716 convinieron en invadir la Suecia propiamente dicha — emprender un desembarco armado sobre Escania —, el extremo meridional de Suecia que hoy forma los distritos de Malmoe y Christianstadt. En consecuencia, Pedro de Rusia trajo consigo de Alemania un ejército moscovita, que fue dispersado por Selandia para ser transportado desde allí a Escania, bajo la protección de las flotas inglesa y holandesa enviadas al Báltico con el falso pretexto de proteger el comercio y la navegación. Ya en 1715, cuando Carlos XII estaba sitiado en Stralsund, ocho navíos de guerra ingleses, prestados por Inglaterra a Hannover y por Hannover a Dinamarca, habían reforzado abiertamente la marina danesa, llegando incluso a izar la bandera danesa. En 1716, la armada británica fue comandada por su majestad zarista en persona.

Cuando todo estaba dispuesto para la invasión de Schonen, surgió una dificultad por el lado menos esperado. Aunque el tratado estipulaba solo 30.000 moscovitas, Pedro, en su magnanimidad, había desembarcado 40.000 en Zealand; mas ahora que debía enviarlos a la empresa de Schonen, descubrió de pronto que de los 40.000 solo podía prescindir de 15.000. Esta declaración no solo paralizó el plan militar de los confederados, sino que pareció amenazar la seguridad de Dinamarca y de Federico IV, su rey, pues gran parte del ejército moscovita, apoyado por la flota rusa, ocupaba Copenhagen. Uno de los generales de Federico propuso caer de improviso con la caballería danesa sobre los moscovitas y exterminarlos, mientras los navíos de guerra ingleses incendiaban la flota rusa. Reacio a toda perfidia que exigiera alguna grandeza de voluntad, alguna fuerza de carácter y cierto desprecio del peligro personal, Federico IV rechazó la audaz propuesta y se limitó a adoptar una actitud defensiva. Escribió entonces una carta suplicante al Zar, dándole a entender que había renunciado a su capricho de Schonen, y le pidió que hiciera otro tanto y regresara a su casa: petición que este no pudo sino atender. Cuando Pedro abandonó al fin Dinamarca con su ejército, la Corte danesa consideró oportuno comunicar a las Cortes de Europa una relación pública de los incidentes y gestiones que habían frustrado el proyectado descenso sobre Schonen, y este documento constituye el punto de partida de _The Northern Crisis_.

En una carta dirigida al Barón Goertz, fechada en Londres el 23 de enero de 1717, por el Conde Gyllenborg, aparecen algunos pasajes en los que este, el entonces embajador sueco ante la Corte de St. James's, parece declararse autor de _The Northern Crisis_, cuyo título, sin embargo, no cita. Pero cualquier idea de que él haya escrito ese vigoroso panfleto se desvanece ante la más ligera lectura de los escritos autenticados del Conde, como sus cartas a Goertz.

«THE NORTHERN CRISIS; OR IMPARTIAL REFLECTIONS ON THE POLICIES OF THE CZAR; OCCASIONED BY MYNHEER VON STOCKEN'S REASONS FOR DELAYING THE DESCENT UPON SCHONEN. A TRUE COPY OF WHICH IS PREFIXED, VERBALLY TRANSLATED AFTER THE TENOR OF THAT IN THE GERMAN SECRETARY'S OFFICE IN COPENHAGEN, OCTOBER 10, 1716. LONDON, 1716.

1.--_Prefacio_---- … Este (el presente panfleto) no es apto para pasantes de abogado, mas es sumamente conveniente que lo lean quienes son verdaderos estudiantes del derecho de gentes; solo será tiempo perdido para cualquier traficante de bolsa y frívolo negociante del Exchange-Alley el mirar más allá del prefacio, mas todo mercader de Inglaterra (en especial los que comercian con el Báltico) hallará en él su provecho. Los holandeses (según más de una vez nos han informado los courants y postboys) están a punto de mejorar, si pueden, varios artículos de su comercio con el Zar, y llevan ya largo tiempo en ello con escaso fruto. Siendo como son gente tan frugal, constituyen buenos ejemplos para que nuestros comerciantes los imiten; pero si podemos superarlos por una vez, en la manera de proyectar una base mejor y más expedita para beneficio de ambos, seamos, por una vez, lo bastante cuerdos para dar el ejemplo, y que ellos, por una vez, sean nuestros imitadores. Este breve tratado mostrará de modo bien claro cómo podemos lograrlo, en lo tocante a nuestro comercio en el Báltico, en esta coyuntura. No deseo que ningún _político de café_ se entremeta en él; antes bien quiero que cobre aversión a mi compañía. He de hacerle saber que no es apto para la mía. Incluso quienes son proficientes en ciencia del Estado hallarán en él materia muy idónea para emplear todas sus facultades especulativas, que hasta ahora habían pasado por alto negligentemente, creyendo (con demasiada ligereza) que no merecían atención. Ningún furibundo hombre de partido lo hallará en absoluto conforme a su propósito; mas todo _whig honesto_ y todo _tory honesto_ pueden leerlo, no solo sin disgusto de ninguno de ellos, sino con satisfacción de ambos… En fin, no es apto para un whig presbiteriano, loco y fanfarrón, ni para un tory jacobita delirante, irritable y descontentadizo.

2.--LAS RAZONES QUE MYNHEER VON STOCKEN HIZO CIRCULAR PARA DEMORAR EL DESCENSO SOBRE SCHONEN.»

No cabe duda de que la mayor parte de las cortes se asombrarán de que el desembarco sobre Escania no se haya llevado a efecto, a pesar de los grandes preparativos realizados con ese fin; y de que todas las tropas de Su Majestad Zarista que se hallaban en Alemania fueran transportadas a Selandia no sin grandes trabajos y peligros, en parte por sus propias galeras y en parte por los bajeles de Su Majestad Danesa y de otros; y de que dicho desembarco se aplace para otra ocasión. Su Majestad Danesa ha considerado, por tanto, que para eximirse de toda imputación y reproche, procede ordenar que se dé a todas las personas imparciales el siguiente relato verídico del asunto.

Desde que los suecos hubieron sido completamente expulsados de sus posesiones _alemanas_, no quedaba, conforme a todas las reglas de la política y a las razones de la guerra, otro camino que atacar vigorosamente al todavía obstinado Rey de Suecia en el corazón mismo de su país, para, con la ayuda de Dios, forzarlo a una paz duradera, buena y ventajosa para los aliados. El Rey de Dinamarca y Su Majestad Zarista eran ambos de esta opinión, y, a fin de poner en ejecución tan buen designio, acordaron una entrevista, que al fin (pese a que la presencia de Su Majestad Danesa, en razón de la invasión de Noruega, era del todo necesaria en su propia capital, y a que el embajador moscovita, el señor Dolgorouky, había dado seguridades completamente distintas) se celebró en Ham y Horn, cerca de Hamburgo, después de que Su Majestad Danesa hubiera aguardado allí seis semanas al Zar. En esta conferencia se acordó entre Sus Majestades, el 3 de junio y tras varios debates, que el desembarco sobre Escania se emprendería sin falta este año, y se consintió plenamente en todo lo concerniente a su promoción.

Acto seguido, Su Majestad Danesa apresuró su regreso a sus dominios y dio órdenes de trabajar día y noche para alistar su flota y hacerse a la mar. Los buques de transporte fueron reunidos de todas las partes de sus dominios, con gastos indecibles y gran perjuicio para el comercio de sus súbditos. De este modo, Su Majestad (como el propio Zar reconoció a su llegada a Copenhague) hizo cuanto pudo para proveer todo lo necesario y para impulsar el desembarco, de cuyo éxito todo dependía.

Ocurrió, no obstante, entretanto, y antes de que el desembarco fuera acordado en la conferencia de Ham y Horn, que Su Majestad Danesa se vio obligado a asegurar su invadido y muy oprimido reino de Noruega, enviando allá una escuadra considerable de su flota, al mando del Vicealmirante Gabel, escuadra que no podía ser retirada antes de que el enemigo hubiera abandonado aquel reino, sin poner en peligro una gran parte del mismo; de modo que, por necesidad, el dicho Vicealmirante se vio forzado a permanecer allí hasta el 12 de julio, fecha en que Su Majestad Danesa le envió órdenes expresas de regresar con toda la rapidez posible, permitiéndolo el viento y el tiempo; pero, como éstos soplaron contrarios durante algún tiempo, se vio detenido....

Entretanto, los suecos seguían siendo poderosos en el mar, y el propio Su Majestad Zarista no consideró prudente que el resto de la flota danesa, junto con los navíos de guerra que se hallaban entonces en Copenhague, saliera a convoyar a las tropas rusas desde Rostock antes de que hubiera llegado la mencionada escuadra al mando del Vicealmirante Gabel. Al producirse esto por fin en el mes de agosto, la flota confederada se hizo a la mar; y se llevó a cabo el transporte de dichas tropas a Selandia, aunque con grandes dificultades y peligros, pero ello requirió tanto tiempo que el desembarco no pudo estar listo hasta septiembre siguiente.

Ahora bien, cuando todos estos preparativos, tanto para el desembarco como para el embarque de los ejércitos, estuvieron enteramente listos, Su Majestad Danesa se prometió que el desembarco se efectuaría en el plazo de pocos días, a más tardar el 21 de septiembre. Los generales y ministros rusos plantearon primero algunas dificultades a los daneses, y luego, el 17 de septiembre, declararon en una conferencia señalada que Su Majestad Zarista, atendiendo a la situación actual de los asuntos, era de la opinión de que en Escania no se podían obtener ni forraje ni provisiones, y que, por consiguiente, no era aconsejable intentar el desembarco este año, sino que debía aplazarse hasta la primavera siguiente.

Fácil es imaginar cuán sorprendido quedó Su Majestad Danesa ante esto, sobre todo viendo que el Zar, si había cambiado de opinión acerca de un designio tan solemnemente concertado, podría haberlo declarado antes, ahorrando así a Su Majestad Danesa varias toneladas de oro gastadas en los preparativos necesarios. Su Majestad Danesa, sin embargo, en una carta fechada el 20 de septiembre, representó ampliamente al Zar que, aunque la estación estuviese muy avanzada, el desembarco podía, no obstante, emprenderse sin dificultad con una fuerza tan superior que permitiera afianzarse en Escania, donde, estando seguro de que había habido una cosecha abundante, no dudaba de que pudieran hallarse subsistencias; además de que, manteniendo comunicación abierta con sus propios países, éstas podrían ser fácilmente transportadas de allí. Su Majestad Danesa alegó también varias razones de peso por las que el desembarco o bien debía efectuarse este mismo año, o bien había que abandonar por completo la idea de hacerlo en la primavera próxima.

_Ni él solo dirigió al Zar esas conmovedoras reconvenciones_; SINO QUE EL MINISTRO DE SU MAJESTAD BRITÁNICA RESIDENTE AQUÍ, ASÍ COMO EL ALMIRANTE NORRIS, _las secundaron también de manera muy apremiante_; Y POR ORDEN EXPRESA DEL REY, SU SEÑOR, _se esforzaron por atraer al Zar a su opinión y persuadirle de que prosiguiera con el desembarco_; pero Su Majestad Zarista declaró en su respuesta que se atendría a la resolución que ya había tomado respecto a este aplazamiento del desembarco; mas que si Su Majestad danesa estaba resuelta a aventurarse al desembarco, entonces él, conforme al tratado concertado cerca de Stralsund, le asistiría solamente con los 15 batallones y los 1.000 caballos allí estipulados; que la próxima primavera cumpliría con todo lo demás y que ni podía ni quería declararse más al respecto. Desde entonces, no pudiendo Su Majestad danesa, sin correr un peligro tan grande, emprender una obra tan grande sola con su propio ejército y los mencionados 15 batallones, deseaba, en otra carta del 23 de septiembre, que Su Majestad Zarista tuviera a bien añadir 13 batallones de sus tropas, en cuyo caso Su Majestad danesa intentaría el desembarco aún este año; pero ni siquiera esto pudo obtenerse de Su Majestad Zarista, quien lo rechazó terminantemente por medio de su embajador el 24 del mismo mes; por lo cual Su Majestad danesa, en su carta del 26, declaró al Zar que, puesto que las cosas estaban así, no deseaba tropa alguna suya, sino que todas fueran transportadas rápidamente fuera de sus dominios; para que así el transporte, cuyo flete le costaba 40.000 rixdólares al mes, pudiera ser licenciado, y sus súbditos aliviados de las intolerables contribuciones que estaban soportando. A esto no pudo menos que acceder; y en consecuencia, todas las tropas rusas están ya embarcadas y tienen la firme intención de partir de aquí con el primer viento favorable. Habrá que dejarlo a la Providencia y al tiempo, para descubrir qué puede haber inducido al Zar a una resolución tan perjudicial para la Alianza del Norte y sumamente ventajosa para el enemigo común.

Si queremos hacer un verdadero examen de los hombres y presentarlos bajo una luz adecuada al ojo de nuestro intelecto, _debemos_ primero _considerar su naturaleza_ y luego _sus fines_; y mediante este método de examen, aunque su conducta esté, en apariencia, llena de intrincados laberintos y perplejidades, y dé vueltas con infinitos meandros de la política de Estado, seremos capaces de sumergirnos en los más profundos recovecos, abrirnos paso a través de los más enredados laberintos y, finalmente, llegar a los medios más abstrusos para desentrañar los secretos maestros de sus mentes y descifrar sus más recónditos misterios.... El Zar ... es, por naturaleza, de un espíritu grande y emprendedor, y de un genio enteramente político; y en cuanto a sus fines, la forma de su propio Gobierno, en el que ejerce un señorío arbitrario sobre los bienes y honores de su pueblo, ha de hacer que, si todas las políticas del mundo pudieran mediante fines muy lejanos prometerle acrecentamiento y acumulación de imperio y riqueza, esté incesantemente urdiendo designios para lograr ambas cosas con la más extrema codicia y ambición. Cualesquiera fines que un insaciable deseo de opulencia y una ilimitada sed de dominio puedan jamás incitarle a perseguir, para satisfacer sus apetitos anhelantes y voraces, esos, sin duda alguna, han de ser los suyos.

Las siguientes preguntas que debemos formularnos son estas tres:

1. ¿Por qué medios puede alcanzar estos fines?

2. ¿A qué distancia de él, y en qué lugar, pueden obtenerse estos fines del mejor modo?

3. ¿Y en qué momento, empleando todos los métodos adecuados y teniendo éxito en ellos, puede obtener estos fines?

Las posesiones del Zar eran prodigiosas, vastas en extensión; el pueblo, por entero a su arbitrio, todos sus esclavos más viles y redomados, y toda la riqueza del país suya propia al menor mandato. Pero el país, aunque extenso en tierras, no lo era tanto en frutos. Cada vasallo tenía su fusil y había de ser soldado a la llamada; mas nunca hubo entre ellos un soldado, ni un hombre que entendiera el oficio; y aunque él disponía de toda su riqueza, ellos carecían de comercio de importancia y de dinero contante; en consecuencia, su tesoro, aun después de haber amasado cuanto pudo, se hallaba harto vacío y desprovisto. Se encontraba, pues, en una condición harto mediocre para satisfacer aquellos dos apetitos naturales, no teniendo ni riqueza para sostener una soldadesca, ni una soldadesca adiestrada en el arte de la guerra. La primera muestra que este Príncipe dio de un genio ambicioso y de una ambición noble y necesaria en un monarca que aspira a florecer, fue no tener a ninguno de sus súbditos por más sabio que él mismo, ni por más apto para gobernar. Así lo hizo, y consideró su propia persona como la más indicada para viajar por los demás reinos del mundo y estudiar política para engrandecimiento de sus dominios. Rara vez alardeó entonces de designios belicosos contra quienes se hallaban instruidos en la ciencia de las armas; sus tratos militares fueron sobre todo con turcos y tártaros, los cuales, si tenían tanto número como él, lo tenían compuesto, como el suyo, de una plebe ruda e inculta, y se presentaban en campaña como una milicia bisoña e indisciplinada. En esto, a sus vecinos cristianos les complacía sobremanera, por cuanto era una suerte de dique o tapón frente a los infieles. Mas cuando se puso a observar las partes más pulidas del mundo cristiano, se encaminó hacia ellas, desde el umbral mismo, como un político nato. No era él de los que aprenden el juego probando lances y arriesgando pérdidas en el campo de batalla tan pronto; no, partía de la máxima de que, en aquella sazón, le era conveniente y necesario llevar, como Sansón, la fuerza en la cabeza y no en los brazos. Sabía entonces que poseía muy pocos parajes cómodos para el comercio propio, y todos ellos situados en el Mar Blanco, demasiado remotos, helados la mayor parte del año y nada apropiados para una flota de guerra; pero conocía muchos otros más ventajosos de sus vecinos en el Báltico, y a su alcance en cuanto pudiera fortalecer sus manos para apoderarse de ellos. Los miraba con ojos anhelantes; mas, con prudencia, volvía la cabeza hacia otro lado en apariencia, y secretamente acariciaba el grato pensamiento de que ya se haría con todos ellos a su debido tiempo. Para no despertar recelos, no busca auxilio de sus vecinos para instruir a sus hombres en las armas. Eso habría sido como pedir a un diestro, con quien se piensa batirse en duelo, que le enseñara antes a esgrimir. Pasó a Gran Bretaña, donde sabía que aquel reino potente no podía abrigar aún recelos de su acrecentado poder, y a cuyos ojos la vasta extensión de su nación yacía desatendida, desconsiderada y olvidada, como me temo que lo está hasta el día de hoy. Asistió a todos nuestros ejercicios, examinó todas nuestras leyes, inspeccionó nuestro régimen militar, civil y eclesiástico; mas esto era lo de menos que entonces buscaba; ésta era la parte más liviana de su cometido. Pero, poco a poco, al familiarizarse con nuestras gentes, visitó nuestros arsenales, fingiendo no abrigar perspectiva alguna de provecho, sino tan sólo un inmenso deleite (efecto de la mera curiosidad) en ver nuestro modo de construir navíos. Tenía su corte, por así decirlo, en nuestro astillero, tan industrioso era en honrarlos con su continua presencia zarista, y para su gloria inmortal en arte e industria conste que el gran Zar, rebajándose con frecuencia al oficio, podía manejar un hacha como el mejor de los artesanos; y teniendo el monarca una buena cabeza para las matemáticas, se convirtió con el tiempo en un peritísimo real constructor naval. Un navío o dos enviados y construidos para su diversión, y luego dos o tres más, y después otros dos o tres más, nada significarían en absoluto si las Potencias Marítimas, que a voluntad podían enseñorearse de los mares, consintieran en vendérselos. Sería asunto mezquino e insignificante, indigno de consideración. Pero he aquí que, además de esto, se había insinuado arteramente en la buena voluntad de muchos de nuestros mejores operarios y ganado sus corazones con sus bondadosas familiaridades y condescendencia entre ellos. Para tornarlo en provecho propio, ofreció cuantiosas primas y ventajas a quienes fueran a establecerse en su país, lo cual ellos aceptaron gustosos. Poco después envía a algunos ministros y oficiales privados para negociar más obreros, oficiales de tierra, y asimismo marineros escogidos y selectos que pudieran ser elevados y promovidos a cargos pasando allá. Más aún, hasta el día de hoy, cualquier marinero experto que trafique en nuestro puerto de Arcángel, si posee la más mínima chispa de ambición y ardiente deseo de ocupar un cargo, no necesita más que ofrecerse al servicio naval del Zar, y al punto es teniente. Sobre esto, ese Príncipe ha encontrado incluso el modo de llevarse por la fuerza a su servicio, de nuestros barcos mercantes, a tantos de sus más hábiles marineros como le plugo, entregando a los capitanes el mismo número de moscovitas bisoños en su lugar, a los que luego ellos, en defensa propia, se vieron forzados a adiestrar para su propio uso. Y no es esto todo: durante la última guerra, tuvo a muchos centenares de sus súbditos, nobles y marineros rasos, a bordo de nuestras flotas, las francesas y las holandesas; y de continuo ha mantenido, y aún mantiene, buen número de ellos en nuestros arsenales y en los holandeses.
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Pero como considerase, en todo momento, superfluos todos esos empeños por mejorarse a sí mismo y a sus súbditos, mientras le faltaba un puerto de mar donde pudiese construir una flota propia y desde el cual pudiese él mismo exportar los productos de su país e importar los ajenos; y hallando que el rey de Suecia poseía los más convenientes, a saber, Narva y Revel, los cuales sabía que aquel príncipe jamás podría ni querría ceder amistosamente, resolvió al fin arrebatárselos por la fuerza. La tierna juventud de Su Majestad Sueca parecía la coyuntura más propicia para esta empresa, pero ni aun entonces quiso correr el riesgo él solo. Atrajo a otros príncipes para repartirse el botín con él. Y los reyes de Dinamarca y Polonia fueron lo bastante débiles para servir de instrumentos que impulsaran las grandes y ambiciosas miras del zar. Cierto es que tropezó con un durísimo revés al primer paso mismo, al ser todo su ejército completamente derrotado por un puñado de suecos en Narva. Pero fue su buena suerte que Su Majestad Sueca, en lugar de explotar tan gran victoria contra él, volviera inmediatamente sus armas contra el rey de Polonia, contra quien estaba personalmente picado, y tanto más cuanto que había tenido a aquel príncipe por uno de sus mejores amigos, y estaba justo a punto de concertar con él la más estrecha alianza cuando éste invadió inesperadamente la Livonia sueca y puso sitio a Riga. Esto fue, en todos los respectos, lo que más podía desear el zar; y previendo que, cuanto más durase la guerra en Polonia, más tiempo tendría, tanto para reparar su primera pérdida como para apoderarse de Narva, procuró que se prolongase todo lo posible; para lo cual nunca envió al rey de Polonia el socorro suficiente para hacerlo demasiado fuerte frente al rey de Suecia; quien, por su parte, aunque obtenía una señalada victoria tras otra, nunca pudo someter a su enemigo mientras éste recibía continuos refuerzos de su país hereditario. Y si Su Majestad Sueca, contra la expectativa de casi todos, no hubiera marchado directamente a la misma Sajonia y, de ese modo, obligado al rey de Polonia a concertar la paz, el zar habría tenido tiempo sobrado, en conciencia, para llevar sus designios a mayor madurez. Esta paz fue uno de los mayores desengaños que jamás sufrió el zar, a consecuencia de la cual se vio envuelto solo en la guerra. Sin embargo, le quedó el consuelo de haber tomado de antemano Narva y de haber echado los cimientos de su querida ciudad de Petersburgo, así como del puerto de mar, los astilleros y los vastos almacenes allí existentes; a qué perfección han sido llevadas todas esas obras, díganlo quienes, con asombro, las han visto.

Él (Peter) puso todo su empeño en llevar las cosas a un arreglo. Ofreció condiciones muy ventajosas; retendría solamente _Petersburgo_, una bagatela, según fingía, por la que había puesto su corazón; y aun por ello estaba dispuesto a dar satisfacción de alguna otra manera. Pero el Rey de Suecia conocía demasiado bien la importancia de aquel lugar para dejarlo en manos de un príncipe ambicioso y darle así una entrada en el Báltico. Ésta fue la única ocasión desde la derrota de Narva en que las armas del zar no tuvieron otro fin que el de la propia defensa. Quizá incluso se habrían quedado cortas en ello de no haber sido porque el Rey de Suecia (por persuasión de quién sigue siendo un misterio), en lugar de marchar por el camino más corto hacia Nóvgorod y Moscú, se desvió hacia Ucrania, donde su ejército, tras grandes pérdidas y sufrimientos, fue finalmente derrotado por completo en Pultowa. Así como éste fue un período fatal para los éxitos suecos, cuán grande fue la liberación para los moscovitas puede colegirse de que el zar celebre todos los años, con gran solemnidad, el aniversario de aquel día, a partir del cual sus ambiciosos pensamientos empezaron a remontarse aún más alto.

Lo que ahora exigía era el conjunto de _Livonia_, _Estland_ y la mejor y mayor parte de _Finlandia_, tras lo cual, aunque por el momento pudiera condescender a conceder la paz a la parte restante de Suecia, sabía que fácilmente podría agregar incluso eso a sus conquistas cuando le pluguiera. El único obstáculo que tenía que temer en estos proyectos suyos provenía de sus vecinos del norte; pero como las _Potencias Marítimas_, e incluso los príncipes vecinos de Alemania, estaban entonces tan absortos en su guerra contra Francia que parecían descuidar por completo la del Norte, sólo quedaban Dinamarca y Polonia como objeto de recelo.

El primero de estos reinos, desde que el rey Guillermo, de gloriosa memoria, lo obligó a hacer la paz con Holstein y, en consecuencia, con Suecia, había disfrutado de una tranquilidad ininterrumpida, durante la cual tuvo tiempo de enriquecerse gracias al libre comercio y a considerables subsidios de las potencias marítimas, y se hallaba en condiciones, uniéndose a Suecia, como era su interés, de detener los progresos del zar y prevenir a tiempo su propio peligro por causa de ellos. El otro, me refiero a Polonia, se encontraba ahora tranquilamente bajo el gobierno del rey Estanislao, quien, debiendo en cierto modo su corona al rey de Suecia, no podía, por gratitud y también por verdadero interés por su país, dejar de oponerse a los designios de un vecino demasiado ambicioso.

El zar era demasiado astuto para no encontrar remedio a todo esto: representó al rey de Dinamarca cuán bajo había caído el rey de Suecia y qué hermosa oportunidad tenía, durante la larga ausencia de aquel príncipe, para cortarle por completo las alas y engrandecerse a sus expensas. En el rey Augusto despertó el resentimiento largo tiempo oculto por la pérdida de la corona polaca, diciéndole que ahora podría recuperarla sin la menor dificultad. Así, ambos príncipes fueron inmediatamente atrapados. Los daneses declararon la guerra a Suecia sin siquiera un pretexto tolerable y llevaron a cabo un desembarco en Schonen, donde fueron ampliamente derrotados en pago a sus esfuerzos. El rey Augusto volvió a entrar en Polonia, donde desde entonces todo ha continuado en el mayor desorden, _y ello en gran medida debido a las intrigas moscovitas_.

Ocurrió, en efecto, que estos nuevos confederados, a los que el zar sólo había atraído para servir a su ambición, se volvieron al principio más necesarios para su preservación de lo que él había pensado; pues habiéndole declarado la guerra los turcos, impidieron que las armas suecas se unieran a ellos para atacarlo; pero pasada pronto aquella tormenta, gracias a la prudente conducta del zar y a la avaricia y necedad del Gran Visir, hizo entonces el uso que se proponía tanto de estos sus amigos como de aquellos a los que más tarde, mediante esperanzas de ganancia, persuadió a entrar en su alianza, a saber: echar todo el peso y el riesgo de la guerra sobre ellos, a fin de debilitarlos por completo, junto con Suecia, mientras _él se preparaba para tragarse a uno tras otro_. Les ha encomendado una empresa difícil tras otra; sus ejércitos se han visto considerablemente reducidos por batallas y largos asedios, mientras que los suyos propios se empleaban en conquistas más fáciles y más lucrativas para él, o se mantenían a la inmensa costa de príncipes neutrales, al alcance suficiente para presentarse a reclamar una parte del botín sin haber desenvainado espada para conseguirlo. Su conducta ha sido igualmente astuta en el mar, donde su flota siempre se ha mantenido lejos del peligro y a gran distancia cada vez que había probabilidad de un combate entre daneses y suecos. Esperaba que cuando estas dos naciones se hubieran arruinado mutuamente las flotas, la suya pudiera enseñorearse del Báltico. Mientras tanto, había cuidado de que sus hombres se perfeccionaran, siguiendo el ejemplo de los extranjeros y bajo su mando, en el arte de la guerra… Sus flotas pronto superarán considerablemente en número a la sueca y a la danesa juntas. No necesita temer que ellas sean un obstáculo para dar el golpe decisivo a esta grande y gloriosa empresa. Lo cual, una vez hecho, _miremos por nosotros mismos; sin duda se convertirá entonces en nuestro rival y será tan peligroso para nosotros como ahora es desdeñado_.

Entonces tal vez recordemos, aunque demasiado tarde, lo que nuestros propios ministros y comerciantes nos han dicho de sus designios de acaparar él solo todo el comercio del norte, y de hacerse con todo el procedente de Turquía y Persia mediante los ríos que está uniendo y haciendo navegables desde el Caspio, o el Mar Negro, hasta su Petersburgo. _Entonces nos asombraremos de nuestra ceguera al no haber sospechado sus designios_ cuando oímos las prodigiosas obras que ha realizado en Petersburgo y Revel; acerca de este último lugar, el _Daily Courant_, con fecha del 23 de noviembre, dice:

«LA HAYA, _17 de nov._»

«Los capitanes de los navíos de guerra de los Estados que han estado en
Revel informan que el zar ha puesto aquel puerto y las
fortificaciones del lugar en tal estado de defensa
que puede pasar por una de las fortalezas más considerables, no solo
del Báltico, sino aun de Europa.»

Dejémosle ahora, en lo que atañe a sus asuntos marítimos, comercio y manufacturas, y
demás obras tanto de su política como de su poder, y contemplémosle en relación
con sus procedimientos en esta última campaña, especialmente en lo que respecta a aquel tan
mentado desembarco que, en conjunción con sus aliados, iba a efectuar sobre
Escania, y hallaremos que incluso en ello ha obrado con su acostumbrada
astucia. No hay duda de que el rey de Dinamarca fue el primero que
propuso este desembarco. Comprendió que solo un final rápido de una guerra que
había comenzado tan precipitada e injustamente podía salvar a su país de la ruina
y de las audaces tentativas del rey de Suecia, ya fuera contra Noruega,
o contra Selandia y Copenhague. Tratar por separado con aquel príncipe
era cosa que no podía hacer, previendo que no cedería ni un palmo
de terreno a un enemigo tan desleal; y temía que un
congreso para una paz general, suponiendo que el rey de Suecia consintiera
en ello en los términos propuestos por sus enemigos, alargara las
negociaciones más allá de lo que la situación de sus asuntos podía soportar. Invita,
pues, a todos sus confederados a asestar un golpe directo al
rey de Suecia, mediante un desembarco en su país, donde, habiéndole derrotado, como
por la superioridad de las fuerzas que se emplearían en ese designio esperaba
que hiciesen, podrían forzarle a una paz inmediata en los términos
que a ellos mismos les pluguiese. No sé hasta qué punto el resto de sus
confederados entró en aquel proyecto; mas ni la corte de _Prusia_ ni la
de _Hannover_ aparecieron _abiertamente_ en él, _y hasta dónde había de
impulsarlo nuestra flota inglesa, al mando de Sir John Norris, nada tengo
que decir, sino que dejo que otros juzguen por la propia declaración del rey
de Dinamarca_: mas el zar se avino a él prontamente. Obtuvo con ello un
nuevo pretexto para prolongar la guerra una campaña más a expensas ajenas;
para hacer marchar sus tropas al Imperio nuevamente, y tenerlas
acuarteladas y mantenidas, primero en Mecklemburgo y luego en Selandia. Entretanto
tenía puestos sus ojos sobre _Wismar_ y sobre una isla sueca llamada
_Gotland_. Si, por sorpresa, lograba arrebatar la primera de
manos de sus confederados, tendría entonces un buen puerto de mar adonde transportar
sus tropas cuando quisiera a _Alemania_, sin necesidad de pedir al rey de
_Prusia_ licencia de libre paso por sus territorios;
y si, mediante un repentino desembarco, podía desalojar a los _suecos_ de la
otra, se convertía entonces en dueño del mejor puerto del Báltico. Fracasó,
sin embargo, en ambos proyectos; pues Wismar estaba demasiado bien
guardada para ser sorprendida; y halló que sus confederados no le prestarían
mano amiga para conquistar Gotland. Tras esto empezó a mirar
con otros ojos el desembarco que iba a efectuarse sobre Escania. Halló
que era igualmente contrario a su interés, tanto si tenía éxito como si no. Pues si
lo tenía, y el rey se veía forzado con ello a una paz general, sabía que
sus intereses serían los menos atendidos; teniendo ya aviso suficiente
de que sus confederados estaban dispuestos a sacrificarlos, con tal de obtener
sus propias condiciones. Si no tenía éxito, entonces, además de la pérdida
de la flor de un ejército que había entrenado y disciplinado con tanto
cuidado, como preveía muy bien que la flota inglesa impediría al rey
de Suecia intentar cosa alguna contra Dinamarca, así justamente temía
que todo el choque recayera sobre él, y se viera con ello forzado a entregar
todo cuanto había tomado a Suecia. Estas consideraciones le hicieron resolver
por entero no formar parte del desembarco; mas no quiso declararlo
sino lo más tarde posible: primero, para tener mantenidas sus tropas
por más tiempo a expensas danesas; segundo, para que fuera demasiado tarde
para que el rey de Dinamarca pudiera pedir las tropas necesarias a sus demás
confederados, y efectuar el desembarco sin él; y, por último, para que, forzando
al danés a un gasto inmenso en los preparativos necesarios,
pudiera aún debilitarlo más, y, por tanto, hacerlo ahora más
dependiente de él, y en adelante presa más fácil.

Así disimula muy cuidadosamente sus verdaderos pensamientos, hasta el momento mismo en que iba a efectuarse el desembarco, y entonces, de repente, rehúsa sumarse a él y lo pospone hasta la próxima primavera, con la aseveración de que *entonces será tan bueno como su palabra*. Pero obsérvesele, según nos cuentan algunos de nuestros periódicos, bajo esta restricción: *a menos que pueda obtener una paz ventajosa de Suecia*. Este pasaje, junto con el rumor general que ahora tenemos de que está negociando una paz por separado con el Rey de Suecia, constituye una nueva muestra de su astucia y su política. Tiene allí dos cuerdas en su arco, de las cuales una habrá de servirle. No hay duda de que el Zar sabe que un acomodo entre él y el Rey de Suecia ha de ser muy difícil de alcanzar. Pues, así como él, por una parte, jamás consentiría en desprenderse de esos puertos marítimos por cuya obtención inició esta guerra y que son absolutamente necesarios para llevar adelante sus grandes y vastos designios, del mismo modo el Rey de Suecia consideraría directamente contrario a su interés ceder esos mismos puertos, si en modo alguno pudiera impedirlo. Pero, por otra parte, el Zar conoce tan bien el grande y heroico espíritu de Su Majestad Sueca, que no duda de que cederá más bien en punto de interés que en delicadeza de honor. De aquí infiere, y con razón, que Su Majestad Sueca ha de estar menos exasperado contra él, quien, aunque inició una guerra injusta, la ha pagado muy cara a menudo y la ha proseguido con suerte varia, que contra ciertos confederados; los cuales, aprovechando la ocasión de los infortunios de Su Majestad Sueca, se le echaron encima de manera nada generosa y concertaron un tratado de reparto de sus provincias. El Zar, para acomodarse aún más al genio de su gran enemigo, a diferencia de sus confederados, que en toda ocasión no ahorraron reflexiones, y aun muy impropias (memoriales intimidantes y manifiestos de matón), ha hablado siempre con la mayor cortesía de su hermano Carlos, como lo llama, sostiene que es el mayor general de Europa e incluso públicamente asevera que confiará más en una palabra suya que en las mayores garantías, juramentos y aun tratados con sus confederados. Estas cortesías tal vez causen una impresión más honda en el ánimo noble del Rey de Suecia, y se le persuada a sacrificar un interés real a un enemigo generoso, antes que a gratificar, en cosas de menor momento, a aquellos que lo han tratado mal y aun inhumanamente. Pero, si esto no tuviera éxito, el Zar sale ganando de todos modos al haber inquietado a sus confederados con estas sus negociaciones por separado; y, según vemos por los periódicos, ellos están tanto más solícitos en mantenerlo dispuesto para su confederación, lo cual ha de costarles ofrecimientos y promesas muy cuantiosos. Mientras tanto, deja al danés y al sueco firmemente atados el uno al otro en la guerra, debilitándose mutuamente tan rápido como pueden, y se vuelve hacia el Imperio y observa a los príncipes protestantes de allí; y, bajo muchos pretextos especiosos, no sólo hace marchar y contramarchar por sus diversos territorios a las tropas que regresaron de Dinamarca, sino que también hace avanzar lentamente hacia Alemania a aquellas que ha mantenido todo este tiempo en Polonia, so pretexto de ayudar al Rey contra sus súbditos descontentos, cuyas conmociones él fue todo el tiempo el mayor fomentador. Considera que el Emperador está en guerra con los turcos y, por tanto, ha comprobado por experiencia demasiado exitosa cuán poco es capaz Su Majestad Imperial de mostrar su autoridad protegiendo a los miembros del Imperio. Sus tropas permanecen en Mecklemburgo, a pesar de que se insiste encarecidamente en su partida. Sus respuestas a todas las demandas sobre ese asunto están llenas de razones tales como si quisiera dar nuevas leyes al Imperio.

Ahora, supongamos que el Rey de Suecia considere más honorable hacer la paz con el Zar y dirigir la fuerza de su resentimiento contra sus enemigos menos generosos: ¿qué resistencia podrán oponer entonces los príncipes del Imperio, incluso aquellos que imprudentemente hicieron entrar a 40.000 moscovitas para asegurar la tranquilidad de ese Imperio contra 10.000 o 12.000 suecos —digo, ¿qué resistencia podrán oponerle— mientras el Emperador está ya empeñado en guerra con los turcos? Y los polacos, una vez que estén en paz entre sí (si después de las miserias de tan larga guerra están en condiciones de emprender algo), están por tratado obligados a unir sus auxilios contra ese enemigo común de la cristiandad.

Algunos dirán que hago grandes y súbitas elevaciones partiendo de comienzos muy pequeños. Mi respuesta es que quisiera que quien tal objete mire atrás y reflexione por qué le muestro, de una mota de entidad semejante en su origen primero, creciendo a través de dificultades más improbables y casi insuperables, hasta la mole que ya ha alcanzado, y *por la cual, según reconocen sus defensores, los holandeses mismos, se ha vuelto demasiado formidable para el reposo, no sólo de sus vecinos, sino de Europa en general*.

Pero, a su vez, dirán que no tiene pretexto alguno ni para hacer la paz con el sueco por separado del danés ni para hacer la guerra a otros príncipes, con algunos de los cuales está obligado por alianza. Quien piense que estas objeciones no han sido respondidas no debe haber considerado al zar ni en su naturaleza ni en sus fines. Los holandeses reconocen además _que hizo la guerra contra Suecia sin ningún pretexto especioso_. El que hizo la guerra sin ningún pretexto especioso bien puede hacer una paz sin ningún pretexto especioso, y emprender una nueva guerra también sin ningún pretexto especioso para ello. Su Majestad Imperial (de Austria), como príncipe sabio, cuando se vio obligado a hacer la guerra a los otomanos, la hizo, como en buena política correspondía, con poder. Pero, entretanto, ¿no podría el zar, que también es un príncipe sabio y poderoso, seguir el ejemplo con los príncipes vecinos que lo rodean y que son protestantes? Si lo hiciera, me estremezco al decirlo, no es imposible que, en esta era de cristiandad, _la religión protestante sea, en gran medida, abolida_; y que entre los cristianos, los _griegos_ y _romanos_ vuelvan a ser una vez más los únicos pretendientes al Imperio Universal. La mera posibilidad lleva consigo advertencia suficiente para las Potencias Marítimas, y para todos los demás príncipes protestantes, de mediar una paz para Suecia y fortalecer de nuevo sus brazos, sin lo cual ninguna preparación puede ponerlos suficientemente en guardia; y esto debe hacerse pronto y con tiempo, _antes de que el rey de Suecia, ya sea por desesperación o por venganza, se arroje en manos del zar_. Pues es máxima segura (que todos los príncipes deben observar, y el zar parece en este momento observar demasiado para el reposo de la cristiandad) que un hombre sabio no debe detenerse en ceremonias, y solo _girar_ con las oportunidades. No, debe incluso _correr_ con ellas. Por lo que respecta al zar, me aventuraré a decir tanto en su elogio, que difícilmente permitirá ser superado en ese sentido. Parece actuar justo al servicio de la corriente. No hay nada que contribuya más a hacer prósperas nuestras empresas que el aprovechar tiempos y oportunidades; pues el tiempo trae consigo las estaciones de las oportunidades de los negocios. Si las dejáis escapar, todos vuestros designios resultan infructuosos.

En suma, las cosas parecen haber llegado ahora a tal _crisis_ que debería procurarse cuanto antes la paz al sueco, con artículos tan ventajosos como sean compatibles con la delicadeza de su honor para aceptar, y con la seguridad del interés protestante, que deben ofrecérsele, los cuales difícilmente pueden ser menos que todas las posesiones que anteriormente tenía en el Imperio. Como en todas las demás cosas, así en política, una certeza largamente probada debe preferirse a una incertidumbre, aunque esté fundada en suposiciones por muy probables que sean. Ahora bien, ¿puede haber algo más cierto que el que las provincias que Suecia ha tenido en el Imperio le fueron dadas para tenerla más a mano y en mejor capacidad de asegurar el interés protestante, que, junto con las libertades del Imperio, acababa entonces de salvar? ¿Puede haber algo más cierto que el que ese reino, por esos medios, en todas las ocasiones, ha asegurado dicho interés durante cerca de ochenta años? ¿Puede haber algo más cierto que, en cuanto a Su presente Majestad Sueca —por usar las palabras de una carta que Su difunta Majestad, la reina Ana, le escribió (a Carlos XII), _y además en tiempos de un ministerio whig_, a saber—: «Que, como verdadero príncipe, héroe y cristiano, el fin principal de sus esfuerzos ha sido la promoción del temor de Dios entre los hombres: y ello sin insistir en su propio interés particular»?

Por otra parte, ¿no es muy incierto si aquellos príncipes que, repartiéndose entre sí las provincias suecas en el Imperio, van ahora a erigirse en protectores de los intereses protestantes allí, con exclusión de los suecos, serán capaces de hacerlo? _Dinamarca_ está ya tan baja, y con toda apariencia lo estará mucho más aún antes del fin de la guerra, que muy poca asistencia puede esperarse de ella en muchos años. En _Sajonia_, la perspectiva es harto lúgubre bajo un príncipe papista, de modo que solo quedan las dos ilustres casas de Hannover y Brandeburgo entre todos los príncipes protestantes con poder suficiente para guiar a los demás. Tracemos, pues, solo un paralelo entre lo que ocurre ahora en el Ducado de Mecklemburgo y lo que puede ocurrir al interés protestante, y pronto hallaremos cuán equivocados podemos estar en nuestros cálculos. Dicho pobre ducado ha sido arruinado de la manera más miserable por las tropas moscovitas, y aún lo sigue siendo; los electores de Brandeburgo y Hannover están obligados, tanto como directores del círculo de la Baja Sajonia, como vecinos, y como príncipes protestantes, a rescatar a un estado co-estamental del Imperio, y a un país protestante, de una opresión tan cruel de un poder extranjero. Pero, ¿qué han hecho, pregunto? El elector de Brandeburgo, receloso de que los moscovitas pudieran por un lado invadir su electorado, y por el otro, desde Livonia y Polonia, su reino de Prusia; y el elector de Hannover, teniendo la misma sabia cautela en cuanto a sus países hereditarios, no han considerado de su interés, en esta aunque muy apremiante ocasión, emplear otros medios que las representaciones. Pero, pregunto, ¿con qué éxito? Los moscovitas siguen en Mecklemburgo, y si al final salen de allí, será cuando el país esté tan arruinado que ya no puedan subsistir más tiempo en él.

Parece que el rey de Suecia debiera ser restituido en todo lo que ha perdido a manos del zar; y esto se presenta como el _interés común de ambas Potencias Marítimas_. Esto podrían dignarse emprenderlo: _Holanda_, porque allí reza una máxima, "que el zar se está volviendo demasiado grande y no se le debe consentir que se asiente en el Báltico, y que no se puede abandonar a Suecia"; _Gran Bretaña_, porque si el zar alcanza sus vastos y prodigiosos designios, se convertirá, mediante la ruina y la conquista de Suecia, en un vecino más cercano y más temible. Además, a ello nos obliga un tratado celebrado en el año 1700 entre el rey Guillermo y el actual rey de Suecia, en virtud del cual el rey Guillermo asistió al rey de Suecia, cuando se hallaba en circunstancias más poderosas, con todo lo que deseaba, con grandes sumas de dinero, varios centenares de piezas de paño y considerables cantidades de pólvora.

Pero _algunos políticos (a quienes nada puede volver recelosos del creciente poder y capacidades del zar), aunque sean incluso_ zorros y vulpones _en el arte_, o _no quieren ver_, o _fingen no poder ver_ cómo el zar pueda jamás realizar un progreso tan grande en poder como para perjudicarnos aquí, en nuestra isla. Para ellos es fácil repetir cien veces la misma respuesta, siempre que al final tuvieran la bondad de aceptarla, a saber: _que lo que ya ha sido puede volver a ser_; y que no veían cómo podía alcanzar la cima de poder a la que ya ha llegado, tras un modo, lo confieso, muy increíble. Que esos _incrédulos_ examinen con cuidado la _naturaleza_, los _fines_ y los _designios_ de este gran monarca; descubrirán que están trazados muy a fondo, que sus planes encierran una prodigiosa dosis de prudencia y previsión, y que sus fines se alcanzan, a la larga, por una suerte de magia política; ¿y no reconocerán después que debemos temerlo todo de él? Así como desea que los designios en que labora no resulten abortados, no les asigna un día cierto de nacimiento, sino que los entrega a las producciones naturales de tiempos y ocasiones propicios, como esos curiosos artistas de China que hoy preparan el molde del que, dentro de cien años, tal vez salga una vasija.

Hay entre nosotros otra clase de políticos miopes, que poseen más de astuta intriga cortesana y de inmediato arte de Estado que de verdadera política y preocupación por los intereses de su patria. Estos caballeros cuelgan toda su fe de las mangas ajenas; ante cualquier cosa que se les propone, preguntan cómo se recibe en la Corte, cuál es la opinión de su partido al respecto y si el partido contrario está a favor o en contra. Así gobiernan su juicio, y a sus ladinos jefes les basta con tildar cualquier cosa de _whigismo_ o _jacobitismo_ para que esta gente, sin más indagación, la abrace o la rechace ciegamente. Tal parece ser ahora el caso del asunto que nos ocupa. Cuanto se dice o escribe en favor de Suecia y de su rey se dice al punto que procede de una pluma _jacobita_, y así se denuesta y se rechaza, sin leerlo ni considerarlo. Aún más: he oído a caballeros llegar al extremo de sostener en público, y con toda la vehemencia del mundo, que el rey de Suecia era católico romano y que el zar era un buen protestante. En verdad, esta es una de las mayores desgracias que aquejan a nuestro país, y hasta que no empecemos a ver con nuestros propios ojos y a indagar por nosotros mismos la verdad de las cosas, nos arrastrarán, Dios sabe adónde, al fin. El servir a Suecia conforme a nuestros tratados y a nuestros verdaderos intereses nada tiene que ver con nuestras causas de partido. En lugar de buscar y asir cualquier pretexto para arruinar a Suecia, deberíamos prestarle auxilio abiertamente. ¿Podría nuestra sucesión protestante tener un amigo mejor o un campeón más audaz?

Concluiré recapitulando en breve lo dicho. Puesto que el zar no solo ha respondido al rey de Dinamarca, que le suplicaba lo contrario, sino que también ha contestado a nuestro almirante Norris que persistirá en su resolución de aplazar el desembarco sobre Schonen, y otros periódicos afirman que está resuelto a no hacerlo entonces, si logra alcanzar la paz con Suecia, todo príncipe, y nosotros más particularmente, debe recelar que abrigue algún designio como el que menciono, y consultar cómo prevenirlo y cortarle a tiempo sus alas excesivamente ambiciosas. Esto no puede hacerse eficazmente sin que, en primer lugar, las Potencias Marítimas se dignen empezar a mantenerlo a raya e infundirle respeto, y es de esperar que cierta nación potente, que lo ha ayudado a avanzar, pueda, en alguna medida, hacerlo retroceder, y entonces pudiera hablar a este gran emprendedor en la lengua de aquel campesino de España que, acercándose a una imagen venerada cuyo primer modelado recordaba bien, y no encontrando todo el respetuoso trato que esperaba, dijo: "No tiene usted por qué ensoberbecerse, pues lo hemos conocido cuando era un ciruelo". El siguiente y único camino consiste en restituir, mediante la paz, al rey de Suecia lo que ha perdido; eso frena inmediatamente el poder de aquel (el zar), y de ese lado nada más puede frenarlo. Ojalá no se descubra al fin que aquellos que han combatido contra ese rey han estado, en lo principal, combatiendo contra sí mismos. Si el sueco vuelve algún día a poseer sus dominios y abate el altivo espíritu del zar, podrá todavía decir a sus vecinos lo que un viejo héroe griego, a quien sus conciudadanos desterraban sin cesar cada vez que les prestaba un servicio, pero a quien se veían forzados a llamar en su auxilio cuando carecían de éxito. "Esa gente — decía — me trata siempre como a la palmera. No dejan de quebrantar mis ramas continuamente, y, sin embargo, si sobreviene una tormenta, corren hacia mí y no hallan mejor paraje para cobijarse". Pero si no los posee, solo me queda exclamar con una frase del _Andria_ de Terencio:

     «_Hoccine credibile est aut memorabile
     Tanta vecordia innata cuiquam ut siet,
     Ut malis gaudeant?_»

4. POST SCRIPTUM. — Me lisonjeo de que esta pequeña historia sea de naturaleza tan curiosa, y trate de asuntos hasta ahora tan poco observados, que la considero, con orgullo, como un valioso regalo de Año Nuevo para el mundo presente; y de que la posteridad la aceptará como tal durante muchos años, y la leerá en ese aniversario, y la llamará su _Pieza de Advertencia_. Yo también he de tener mi _Exegi-Monumentum_, al igual que otros.

[20] O, para seguir esta afectación de necedad en tiempos más recientes, ¿hay algo en la historia diplomática que pueda compararse con la propuesta de lord Palmerston al mariscal Soult (en 1839) de asaltar los Dardanelos para dar al sultán el apoyo de la flota anglo-francesa contra Rusia?

CAPÍTULO III

Para comprender una época histórica limitada, hemos de salirnos de sus límites y compararla con otras épocas históricas. Para juzgar a los gobiernos y sus actos, tenemos que medirlos por su propio tiempo y por la conciencia de sus contemporáneos. Nadie condenará a un estadista británico del siglo XVII por actuar basándose en la creencia en la brujería, si encuentra que Bacon mismo sitúa la demonología en el catálogo de las ciencias. Por otra parte, si los Stanhope, los Walpole, los Townshend, etc., fueron sospechados, combatidos y denunciados en su propio país por sus propios contemporáneos como instrumentos o cómplices de Rusia, ya no valdrá amparar su política tras el cómodo biombo de los prejuicios y la ignorancia comunes a su época. A la cabeza de las pruebas históricas que hemos de cribar colocamos, pues, unos folletos ingleses, olvidados durante mucho tiempo, impresos en los tiempos mismos de Pedro I. Sin embargo, limitaremos estas _pièces du procès_ preliminares a tres folletos que, desde tres puntos de vista diferentes, ilustran la conducta de Inglaterra para con Suecia. El primero, la _Northern Crisis_ (citado en el capítulo II), revela el sistema general de Rusia y los peligros que la rusificación de Suecia acarrea a Inglaterra; el segundo, titulado _The Defensive Treaty_, juzga los actos de Inglaterra según el Tratado de 1700; y el tercero, cuyo título es _Truth is but Truth, however it is Timed_, demuestra que los novelescos planes que engrandecían a Rusia hasta convertirla en la potencia suprema del Báltico estaban en flagrante oposición con la política tradicional que Inglaterra había seguido en el curso de todo un siglo.

El folleto titulado _The Defensive Treaty_ no lleva fecha de publicación. Sin embargo, en un pasaje dice que, para reforzar la flota danesa, se dejaron en Copenhague ocho navíos de guerra ingleses «el año anterior al último», y en otro pasaje alude a la concentración de la flota confederada para la expedición a Escania como ocurrida «el verano pasado». Dado que el primer hecho tuvo lugar en 1715 y el segundo hacia fines del verano de 1716, es evidente que el folleto se escribió y publicó en la primera parte del año 1717. El tratado defensivo entre Inglaterra y Suecia, cuyos artículos comenta el folleto en forma de preguntas, se concluyó en 1700 entre Guillermo III y Carlos XII y no debía expirar hasta 1719. Sin embargo, durante casi todo ese período vemos a Inglaterra ayudando continuamente a Rusia y haciendo la guerra a Suecia, ya mediante la intriga secreta, ya por la fuerza abierta, aunque el tratado nunca fue rescindido ni jamás se declaró la guerra. Este hecho es, quizá, menos extraño aún que la _conspiration de silence_ bajo la cual los historiadores modernos han logrado sepultarlo, entre ellos algunos que en modo alguno escatimaron censuras contra el Gobierno británico de aquel tiempo por haber destruido, sin declaración previa de guerra, la flota española en aguas de Sicilia. Pero, al menos entonces, Inglaterra no estaba ligada a España por un tratado defensivo. ¿Cómo explicar, pues, este tratamiento contrario de casos semejantes? La piratería cometida contra España fue una de las armas de que se valieron los ministros whigs que se separaron del gabinete en 1717 para hostigar a sus colegas que quedaban. Cuando éstos se presentaron en 1718 y urgieron al Parlamento a declarar la guerra a España, sir Robert Walpole se levantó de su asiento en los Comunes y, en un discurso virulentísimo, denunció los últimos actos ministeriales «como contrarios al derecho de gentes y como una violación de tratados solemnes». «Sancionarlos del modo propuesto —dijo— no podía tener otro propósito que encubrir a unos ministros que eran conscientes de haber obrado mal y que, tras comenzar una guerra contra España, querían convertirla ahora en guerra del Parlamento.» La traición a Suecia y la connivencia con los planes de Rusia, como nunca llegaron a ofrecer el pretexto ostensible para una querella doméstica entre los gobernantes whigs (pues en estos puntos estaban más bien unánimes), no alcanzaron jamás los honores de la crítica histórica tan pródigamente dedicados al incidente español.

Hasta qué punto los historiadores modernos suelen recibir su consigna de los propios embaucadores oficiales lo muestra del mejor modo sus reflexiones sobre los intereses comerciales de Inglaterra en relación con Rusia y Suecia. Nada se ha exagerado más que las dimensiones del comercio que el enorme mercado de la Rusia de Pedro el Grande y sus sucesores inmediatos abrió a la Gran Bretaña. Se ha permitido que aseveraciones sin el menor rastro de crítica se deslicen de un anaquel a otro, hasta que acaban por convertirse en mobiliario histórico doméstico, heredado por cada historiador sucesivo sin siquiera el _beneficium inventarii_. Unas cuantas cifras estadísticas irrefutables bastarán para borrar esos vetustos lugares comunes.

     COMERCIO BRITÁNICO DE 1697 A 1700

                                          £
     Exportación a Rusia               58.884
     Importación de Rusia             112.252
                  Total                171.136

     Exportación a Suecia              57.555
     Importación de Suecia            212.094
                  Total                269.649

Durante el mismo período, el total

L
     La exportación de Inglaterra ascendió a   3,525,906
     La importación                             3,482,586
                  Total                         7,008,492

En 1716, después de que todas las provincias suecas del Báltico y de los golfos de Finlandia y Botnia hubieran caído en manos de Pedro I, resultaba:

L
     Exportación a Rusia     113,154
     Importación de Rusia    197,270
                  Total      310,424

     Exportación a Suecia     24,101
     Importación de Suecia   136,959
                  Total      161,060

Al mismo tiempo, el total de las exportaciones e importaciones inglesas juntas alcanzaba alrededor de L10,000,000. Por estas cifras se verá, comparándolas con las de 1697-1700, que el aumento del comercio ruso queda compensado por la disminución del comercio sueco, y que lo que se añadió a uno se restó al otro.

En 1730, el

L
     Exportación a Rusia era     46,275
     Importación de Rusia       258,802
                  Total         305,077

Quince años después, pues, de consolidarse mientras tanto el asentamiento moscovita en el Báltico, el comercio británico con Rusia había disminuido en L5,347. Como el comercio general de Inglaterra alcanzó en 1730 la suma de L16,329,001, el comercio ruso no llegaba aún a la 1/53.ª parte de su valor total. Treinta años más tarde, en 1760, la cuenta entre Gran Bretaña y Rusia se presenta así:

L
     Importación de Rusia (en 1760)    536,504
     Exportación a Rusia                39,761
                  Total              L576,265

mientras que el comercio general de Inglaterra ascendía a L26,361,760. Comparando estas cifras con las de 1706, encontramos que el total del comercio ruso, después de casi medio siglo, ha aumentado en la suma insignificante de sólo L265,841. Que Inglaterra sufrió una pérdida positiva con sus nuevas relaciones comerciales con Rusia bajo Pedro I y Catalina I se hace evidente al comparar, por un lado, las cifras de exportación e importación y, por otro, las sumas gastadas en las frecuentes expediciones navales al Báltico que Inglaterra emprendió durante la vida de Carlos XII para quebrantar su resistencia a Rusia y, después de su muerte, bajo la supuesta necesidad de frenar las usurpaciones marítimas de Rusia.

Otra mirada a los datos estadísticos ofrecidos para los años 1697, 1700, 1716, 1730 y 1760 mostrará que el comercio británico de _exportación_ a Rusia fue decayendo continuamente, salvo en 1716, cuando Rusia acaparó todo el comercio sueco de la costa oriental del Báltico y del golfo de Botnia y aún no había encontrado la ocasión de someterlo a sus propias regulaciones. De L58,884, a que ascendían las exportaciones británicas a Rusia durante 1697-1700, cuando Rusia estaba aún excluida del Báltico, habían descendido a L46,275 en 1730, y a L39,761 en 1760, lo que arroja una disminución de L19,123, o alrededor de 1/3 de su importe original en 1700. Si, pues, desde la absorción de las provincias suecas por Rusia, el mercado británico demostró ensancharse para las materias primas rusas, el mercado ruso, por su lado, demostró estrecharse para las manufacturas británicas, rasgo éste de aquel comercio que difícilmente podía recomendarlo en una época en que la doctrina de la balanza comercial reinaba soberana. Rastrear las circunstancias que produjeron el aumento del comercio anglo-ruso bajo Catalina II nos llevaría demasiado lejos del período que estamos considerando.

En conjunto, pues, llegamos a las siguientes conclusiones: Durante los primeros sesenta años del siglo XVIII, el comercio total anglo-ruso no constituía sino una fracción muy diminuta del comercio general de Inglaterra, digamos menos de 1/45. Su súbito aumento durante los primeros años del dominio de Pedro sobre el Báltico no afectó en absoluto al equilibrio general del comercio británico, ya que fue un simple traslado de la cuenta sueca a la cuenta rusa. En los últimos tiempos de Pedro I, así como bajo sus sucesoras inmediatas, Catalina I y Ana, el comercio anglo-ruso se hallaba en franca decadencia; durante toda la época, que data del definitivo asentamiento de Rusia en las provincias bálticas, la exportación de manufacturas británicas a Rusia fue decayendo continuamente, de modo que al final se situaba un tercio por debajo de lo que al comienzo, cuando ese comercio estaba todavía limitado al puerto de Archangel. Ni los contemporáneos de Pedro I ni la siguiente generación británica obtuvieron beneficio alguno del avance de Rusia hacia el Báltico. En general, el comercio de Gran Bretaña en el Báltico era por entonces insignificante en cuanto al capital involucrado, pero importante en cuanto a su carácter. Suministraba a Inglaterra las materias primas para sus pertrechos navales. Que desde este último punto de vista el Báltico estaba más seguro en manos de Suecia que en las de Rusia, no sólo lo probaban los folletos que estamos reimprimiendo, sino que lo comprendían plenamente los propios ministros británicos. Stanhope, por ejemplo, escribía a Townshend el 16 de octubre de 1716:

     «Es seguro que si se deja al zar tranquilo tres años, será amo
     absoluto en esos mares.»[21]

Así pues, si ni la navegación ni el comercio general de Inglaterra estaban interesados en el pérfido apoyo brindado a Rusia contra Suecia, existía, en verdad, una pequeña fracción de comerciantes británicos cuyos intereses coincidían con los rusos: la Compañía de Comercio con Rusia. Fue esta gente la que levantó el clamor contra Suecia. Véanse, por ejemplo:

     «Varios agravios de los mercaderes ingleses en su comercio con los
     dominios del Rey de Suecia, por los cuales se hace patente cuán
     peligroso puede ser para la nación inglesa depender únicamente de
     Suecia para el suministro de pertrechos navales, cuando podrían ser
     ampliamente provistos con pertrechos similares de los dominios del
     Emperador de Rusia.»

     «El caso de los mercaderes que comercian con Rusia» (una petición
     al Parlamento), etc.

Fueron ellos quienes en los años 1714, 1715 y 1716 se reunían regularmente dos veces por semana antes de la apertura del Parlamento, para redactar en asambleas públicas las quejas de los comerciantes británicos contra Suecia. En esta pequeña fracción se apoyaban los ministros; incluso se afanaban en organizar sus manifestaciones, como se desprende de las cartas dirigidas por el conde Gyllenborg al barón Goertz, fechadas el 4 de noviembre y el 4 de diciembre de 1716, no necesitando, como así era, más que la sombra de un pretexto para conducir a su «Parlamento mercenario», como lo llama Gyllenborg, adonde les placía. La influencia de estos comerciantes británicos que comerciaban con Rusia volvió a manifestarse en el año 1765, y nuestros propios tiempos han sido testigos de cómo trabajaba en favor de su interés un comerciante ruso al frente de la Junta de Comercio, y de un Canciller del Exchequer en interés de un primo dedicado al comercio de Arcángel.

La oligarquía que, tras la «gloriosa revolución», usurpó riqueza y poder a costa de la masa del pueblo británico, se vio obligada, naturalmente, a buscar aliados, no solo en el extranjero, sino también en el interior. Estos últimos los encontró en lo que los franceses llamarían _la haute bourgeoisie_, representada por el Banco de Inglaterra, los prestamistas, los acreedores del Estado, la Compañía de las Indias Orientales y otras corporaciones comerciales, los grandes fabricantes, etc. Con cuánta ternura administraron los intereses materiales de esa clase puede aprenderse de toda su legislación interior: leyes bancarias, disposiciones proteccionistas, leyes de pobres, etc. En cuanto a su _política exterior_, querían darle al menos la apariencia de estar enteramente regulada por el interés mercantil, apariencia tanto más fácil de producir cuanto que el interés exclusivo de una u otra pequeña fracción de esa clase se identificaría, por supuesto, siempre con tal o cual medida ministerial. La fracción interesada lanzaba entonces el grito de comercio y navegación, que la nación repetía estúpidamente como un eco.

En aquel tiempo, pues, recaía sobre el Gabinete, al menos, la _carga_ de inventar _pretextos mercantiles_, por fútiles que fueran, para sus medidas de política exterior. En nuestra propia época, los ministros británicos han arrojado esta carga sobre las naciones extranjeras, dejando a los franceses, los alemanes, etc., la enojosa tarea de descubrir los _secretos_ y _ocultos_ resortes mercantiles de sus actos. Lord Palmerston, por ejemplo, da un paso aparentemente el más perjudicial para los intereses materiales de Gran Bretaña. De inmediato se levanta un filósofo de Estado, al otro lado del Atlántico, o del Canal, o en el corazón de Alemania, que se devana los sesos para escarbar los misterios del maquiavelismo mercantil de la «pérfida Albión», del cual se supone que Palmerston es el ejecutor inescrupuloso e inflexible.

Mostraremos, _de paso_, mediante unos pocos ejemplos modernos, a qué expedientes desesperados se han visto arrastrados esos extranjeros que se sienten obligados a interpretar los actos de Palmerston por lo que imaginan que es la política comercial inglesa. En su valiosa _Histoire Politique et Sociale des Principautes Danubiennes_, el señor Elias Regnault, sorprendido por la conducta rusa del señor Colquhoun, cónsul británico en Bucarest, antes y durante los años 1848-49, sospecha que Inglaterra tiene algún interés material secreto en deprimir el comercio de los Principados. El difunto doctor Cunibert, médico privado del viejo Milosh, en su muy interesante relato de las intrigas rusas en Servia, ofrece una curiosa relación de la manera en que Lord Palmerston, por medio del coronel Hodges, traicionó a Milosh ante Rusia fingiendo apoyarlo contra ella. Creyendo plenamente en la integridad personal de Hodges y en el celo patriótico de Palmerston, se encuentra que el doctor Cunibert va un paso más allá que el señor Elias Regnault. Sospecha que Inglaterra está interesada en suprimir el comercio turco en general. El general Mieroslawski, en su última obra sobre Polonia, no está muy lejos de insinuar que el maquiavelismo mercantil instigó a Inglaterra a sacrificar su propio _prestigio_ en Asia Menor, mediante la rendición de Kars. Como último ejemplo pueden servir las presentes lucubraciones de los periódicos de París, que andan a la caza de los resortes secretos de los celos comerciales que inducen a Palmerston a oponerse a la apertura del canal del istmo de Suez.

Para volver a nuestro asunto. El pretexto mercantil que dieron con los Townshend, los Stanhope, etc., para las demostraciones hostiles contra Suecia fue el siguiente. Hacia fines de 1713, Pedro I había ordenado que todo el cáñamo y demás productos de sus dominios destinados a la exportación se llevasen a San Petersburgo en lugar de a Arcángel. Entonces la Regencia sueca, durante la ausencia de Carlos XII, y el propio Carlos XII, después de su regreso de Bender, declararon bloqueados todos los puertos bálticos ocupados por los rusos. En consecuencia, los barcos ingleses que forzaban el bloqueo eran confiscados. El Ministerio inglés afirmó entonces que los mercantes británicos tenían derecho a comerciar con esos puertos de acuerdo con el Artículo XVII del Tratado Defensivo de 1700, por el cual se permitía al comercio inglés, con excepción del contrabando de guerra, proseguir con los puertos del enemigo. Como el absurdo y la falsedad de este pretexto quedan plenamente al descubierto en el panfleto que vamos a reimprimir, nos limitaremos a señalar que el caso ya se había fallado más de una vez en contra de naciones comerciales que no estaban obligadas, como Inglaterra, por tratado a defender la integridad del Imperio sueco. En el año 1561, cuando los rusos tomaron Narva y se esforzaron denodadamente por establecer allí su comercio, las ciudades hanseáticas, principalmente Lübeck, intentaron apoderarse de este tráfico. Erico XIV, a la sazón rey de Suecia, se opuso a sus pretensiones. La ciudad de Lübeck presentó esta oposición como algo enteramente nuevo, puesto que ellos habían comerciado con los rusos desde tiempo inmemorial, y alegó el derecho común de las naciones a navegar por el Báltico, siempre que sus barcos no llevaran contrabando de guerra. El Rey respondió que no disputaba a las ciudades hanseáticas la libertad de comerciar con Rusia, sino solo con Narva, que no era puerto ruso. En el año 1579, de nuevo, habiendo roto los rusos la suspensión de armas con Suecia, los daneses reclamaron igualmente la navegación a Narva en virtud de su tratado, pero el rey Juan se mantuvo tan firme como su hermano Erico en sostener lo contrario.

En sus abiertas demostraciones de hostilidad contra el rey de Suecia, así como en el falso pretexto en que se fundaban, Inglaterra no parecía sino seguir la estela de Holanda, la cual, declarando piratería la confiscación de sus barcos, había emitido dos proclamas contra Suecia en 1714.

En un aspecto, el caso de los Estados Generales era el mismo que el de Inglaterra. El rey Guillermo había concertado el Tratado Defensivo tanto para Holanda como para Inglaterra. Además, el Artículo XVI del Tratado de Comercio, concertado entre Holanda y Suecia en 1703, estipulaba expresamente que no debía permitirse navegación alguna a los puertos bloqueados por cualquiera de los confederados. La cantinela holandesa, corriente entonces, de que «no había modo de impedir a los comerciantes que llevaran sus mercancías adonde quisieran», era tanto más impudente cuanto que, durante la guerra que terminó con la Paz de Ryswick, la República Holandesa había declarado toda Francia bloqueada, prohibido a las potencias neutrales todo comercio con aquel reino y hecho apresar todos sus barcos que allí iban o de allí venían, sin consideración alguna a la naturaleza de sus cargamentos.

En otro aspecto, la situación de Holanda era distinta de la de Inglaterra. Caída de su grandeza comercial y marítima, Holanda había entrado ya entonces en su época de decadencia. Como Génova y Venecia, cuando nuevas rutas comerciales las habían desposeído de su antigua supremacía mercantil, se veía forzada a prestar a otras naciones su capital, que se había vuelto demasiado grande para los buques de su propio comercio. Su patria había empezado a hallarse allí donde se pagaba el mejor interés por su capital. Rusia, por tanto, resultó ser un mercado inmenso, menos para el comercio que para el desembolso de capital y de hombres. Hasta el día de hoy, Holanda ha seguido siendo el banquero de Rusia. En tiempos de Pedro suministraron a Rusia barcos, oficiales, armas y dinero, de modo que su flota, como señala un escritor contemporáneo, debió de llamarse holandesa más bien que moscovita. Se gloriaban de haber enviado el primer barco mercante europeo a San Petersburgo, y correspondieron a los privilegios comerciales que habían obtenido de Pedro, o que esperaban obtener de él, con esa mezquindad servil que caracteriza su trato con el Japón. Aquí había, pues, un fundamento mucho más sólido que en Inglaterra para el rusofilismo de los estadistas a quienes Pedro I había captado durante su estancia en Ámsterdam y La Haya en 1697, a quienes después dirigía por medio de sus embajadores y sobre quienes renovó su influencia personal durante su nueva estancia en Ámsterdam en 1716-17. Sin embargo, si se considera la influencia preponderante que Inglaterra ejerció sobre Holanda durante los primeros decenios del siglo XVIII, no puede quedar duda alguna de que las proclamas de los Estados Generales contra Suecia jamás se habrían emitido si no hubiera sido con el previo consentimiento y a instigación de Inglaterra. La íntima conexión entre los gobiernos inglés y holandés sirvió más de una vez al primero para sentar precedentes en nombre de Holanda que estaban decididos a aplicar en nombre de Inglaterra. Por otra parte, no es menos cierto que los estadistas holandeses fueron empleados por el Zar para influir sobre los británicos. Así, Horace Walpole, hermano del «Padre de la Corrupción», cuñado del Ministro Townshend y Embajador británico en La Haya durante 1715-16, fue evidentemente seducido para el interés ruso por sus amigos holandeses. Así, como veremos más adelante, Theyls, Secretario de la Embajada holandesa en Constantinopla, en el período más crítico de la lucha a muerte entre Carlos XII y Pedro I, manejaba al mismo tiempo los asuntos de las Embajadas de Inglaterra y Holanda ante la Sublime Puerta. Este Theyls, en un escrito suyo, reclama abiertamente como un mérito ante su nación el haber sido el agente devoto y recompensado de la intriga rusa.

[21] En el año 1657, cuando las cortes de Dinamarca y Brandeburgo se propusieron incitar a los moscovitas a atacar a Suecia, instruyeron a su ministro para que manejase el asunto de modo que el zar no consiguiera en modo alguno afianzarse en el Báltico, porque «no sabían qué hacer con un vecino tan molesto». (Véase Puffendorf, _History of Brandenburg_.)

CAPÍTULO IV

     "_El Tratado Defensivo concluido en el año 1700, entre su difunta
     Majestad, el Rey Guillermo, de gloriosa memoria, y su actual
     Majestad Sueca, el Rey Carlos XII. Publicado a instancias de
     varios miembros de ambas Cámaras del Parlamento._

     ‘Nec rumpite foedera pacis,
     Nec regnis praeferte fidem.’
                                 —SILIUS, _Lip._ II.

«_Artículo I._ Establece entre los reyes de Suecia e Inglaterra “una sincera y constante amistad para siempre, una liga y buena correspondencia, de modo que nunca, mutua ni separadamente, molestarán uno a otro sus reinos, provincias, colonias o súbditos, dondequiera que estén situados, _ni permitirán ni consentirán que esto sea hecho por otros, etc._”

«_Artículo II._ “Además, cada uno de los aliados, sus herederos y sucesores, estará obligado a cuidar y promover, en cuanto esté en su mano, el provecho y el honor del otro, a descubrir y dar aviso a su aliado (tan pronto como llegue a su propio conocimiento) de todos los peligros inminentes, conspiraciones y designios hostiles formados contra él, a resistirlos en lo posible y a prevenirlos tanto con consejo como con auxilio; y, por tanto, _no será lícito a ninguno de los aliados, ni por sí mismos ni por medio de otro cualquiera, actuar, tratar o emprender cosa alguna en perjuicio o menoscabo del otro_, de sus tierras o dominios cualesquiera o dondequiera que se hallen, ya por tierra o por mar; que de ningún modo favorecerá el uno a los enemigos del otro, ya sean rebeldes o enemigos, en perjuicio de su aliado”, etc.

«_Interrogante I._ Cómo concuerdan las palabras marcadas en cursiva con nuestra conducta actual, cuando nuestra flota actúa en conjunción con los enemigos de Suecia, _el zar manda nuestra flota, nuestro almirante entra en los consejos de guerra y no solo está al corriente de todos sus designios, sino que, junto con nuestro propio ministro en Copenhague_ (como el propio rey de Dinamarca lo ha reconocido en una declaración pública), _empujó a los confederados del Norte a una empresa enteramente destructiva para nuestra aliada Suecia, a saber, el descenso proyectado el verano pasado sobre Escania_?

«_Interrogante II._ De qué manera hemos de explicar también aquel pasaje del primer artículo en el que se estipula que uno de los aliados no actuará, tratará ni emprenderá nada, ni por sí mismo ni por medio de otro cualquiera, en perjuicio o menoscabo de las tierras y dominios del otro; para justificar en particular el hecho de que en el año 1715, aun cuando la estación estaba ya tan avanzada que no admitía el acostumbrado pretexto de convoyar y proteger nuestro comercio, el cual había ya arribado sano y salvo a casa, dejáramos ocho navíos de guerra en el Báltico, con orden de unirse en una sola línea de batalla con los daneses, con lo cual los hicimos tan superiores en número a la flota sueca que esta no pudo acudir al socorro de Stralsund, y con lo cual _ocasionamos principalmente que Suecia perdiera enteramente sus provincias alemanas_, e incluso _el extremo peligro que corrió su Majestad Sueca en persona_, al cruzar el mar, antes de la rendición de la plaza.

«_Artículo III._ Por un tratado defensivo especial, los reyes de Suecia e Inglaterra se obligan mutuamente, “en alianza estricta, a defenderse recíprocamente, así como a sus reinos, territorios, provincias, estados, súbditos, posesiones, como sus derechos y libertades de navegación y comercio, tanto en el Mar del Norte, el Mar Deucaledonio, el Mar Occidental y el Mar Británico, vulgarmente llamado el Canal, el Báltico, el Sund; como también de los privilegios y prerrogativas de cada uno de los aliados que les pertenecen, en virtud de tratados y acuerdos, así como por costumbres recibidas, el derecho de gentes, el derecho hereditario, contra cualesquiera agresores o invasores y molestadores en Europa por mar o tierra, etc.”

«_Interrogante._ Siendo, conforme al derecho de gentes, un derecho y prerrogativa indisputable de cualquier rey o pueblo, en caso de gran necesidad o amenaza de ruina, emplear todos aquellos medios que ellos mismos juzguen más necesarios para su preservación; habiendo sido, además, una prerrogativa y práctica constante de los suecos, durante varios cientos de años, en caso de guerra con sus más temibles enemigos los moscovitas, impedir todo comercio con ellos en el Báltico; y estipulándose también en este artículo que, entre otras cosas, _un aliado debe defender las prerrogativas pertenecientes al otro, incluso por costumbres recibidas y el derecho de gentes_: ¿cómo es que ahora nosotros, cuando el rey de Suecia necesita más que nunca hacer uso de esa prerrogativa, no solo se la disputamos, sino que tomamos de ella un pretexto para una hostilidad abierta contra él?

«_Artículos IV., V., VI. y VII._ fijan la fuerza de las fuerzas auxiliares que Inglaterra y Suecia han de enviarse mutuamente en caso de que el territorio de cualquiera de estas potencias sea invadido, o su navegación “molestada o impedida” en uno de los mares enumerados en el Artículo III. La invasión de las provincias _alemanas_ de Suecia está expresamente incluida como _casus foederis_.

«_Artículo VIII._ estipula que aquel aliado que no sea atacado actuará primero como mediador pacífico; pero, si la mediación resulta fallida, “las fuerzas antedichas se enviarán sin demora; ni desistirán los confederados antes de que la parte perjudicada sea satisfecha en todas las cosas”.

«_Artículo IX._ El aliado que requiera la “ayuda” estipulada “tiene que elegir si quiere el ejército antes nombrado, ya sea todo o en parte, ya en soldados, barcos, municiones o dinero”.

«_Artículo X._ Barcos y ejércitos sirven bajo “el mando de aquel que los requirió”.»

Artículo XI. «Pero si ocurriere que las fuerzas antedichas no estuvieran en proporción al peligro, suponiendo que tal vez el agresor fuese auxiliado por las fuerzas de algunos otros confederados suyos, entonces uno de los Aliados, previa petición, estará obligado a ayudar al otro que resultare perjudicado, con fuerzas mayores, tales como pudiere reunir con seguridad y conveniencia, tanto por mar como por tierra…»

Artículo XII. «Será lícito a cualquiera de los Aliados y a sus súbditos conducir sus navíos de guerra a los puertos del otro e invernar allí.» Sobre este punto tendrán lugar negociaciones especiales en Estocolmo, pero «entretanto, los artículos del tratado celebrado en Londres, en 1661, relativos a la navegación y el comercio, permanecerán en plena vigencia, tanto como si estuviesen aquí insertos palabra por palabra.»

Artículo XIII. «… Los súbditos de cualquiera de los Aliados … de ningún modo, ni por mar ni por tierra, servirán a ellos (los enemigos de cualquiera de los Aliados), ya sea como marineros o soldados, y por lo tanto les estará prohibido bajo severa pena.»

Artículo XIV. «Si ocurriere que cualquiera de los reyes confederados … se viese empeñado en una guerra contra un enemigo común, o fuere molestado por algún otro rey vecino … en sus propios reinos o provincias … para cuyo impedimento el que requiera auxilio pudiera, por la fuerza de este tratado, verse él mismo obligado a enviar socorro: entonces aquel Aliado así molestado no estará obligado a enviar el socorro prometido…»

*Interrogante I.* Si en nuestra conciencia no pensamos que el Rey de Suecia es atacado de la manera más injusta por todos sus enemigos; si, por consiguiente, no estamos convencidos de que le debemos la asistencia estipulada en estos Artículos; si no nos la ha demandado él mismo, y por qué se le ha rehusado hasta ahora.

*Interrogante II.* Estos artículos, que exponen en los términos más expresos de qué manera la Gran Bretaña y Suecia deben prestarse asistencia mutuamente, ¿puede alguno de estos dos Aliados arrogarse el derecho de prescribir al otro que pide su auxilio una forma de prestárselo no expresada en el tratado; y si ese otro Aliado no considera conforme a su interés aceptar dicha forma, pero insiste en el cumplimiento del tratado, puede aquél tomar de ahí un pretexto, no sólo para retener la asistencia estipulada, sino también para tratar a su Aliado de manera hostil y unirse a sus enemigos contra él? Si esto no es justificable, como nos lo dice el más común de los sentidos, ¿cómo puede sostenerse la razón que alegamos entre otras para tratar al Rey de Suecia como lo hacemos, *id est*, que, exigiendo un cumplimiento literal de su alianza con nosotros, *no quiso aceptar el tratado de neutralidad para sus provincias alemanas* que le propusimos hace algunos años, un tratado que, sin mencionar su parcialidad en favor de los enemigos de Suecia y que estaba calculado sólo para nuestro propio interés y para evitar toda perturbación en el imperio mientras estábamos empeñados en una guerra contra Francia, el Rey de Suecia tenía tanto menos motivo para fiarse de él cuanto que debía concluirlo precisamente con aquellos enemigos que todos ellos habían roto varios tratados al comenzar la presente guerra contra él, y cuanto que debía ser garantizado por aquellas potencias, que eran también todas ellas garantes de los tratados rotos, sin haber cumplido su garantía?

*Interrogante III.* ¿Cómo podemos conciliar las palabras del Artículo 7.° *de que, al asistir a nuestro Aliado perjudicado, no desistiremos hasta que él quede satisfecho en todas las cosas* con nuestro empeño, por el contrario, en ayudar a los enemigos de ese Príncipe —todos ellos agresores injustos— no sólo a arrebatarle una provincia tras otra, sino también a permanecer como poseedores tranquilos de las mismas, culpando al mismo tiempo al Rey de Suecia por no someterse mansamente a ello?

*Interrogante IV.* Habiendo sido confirmado en el Artículo 11.° el tratado celebrado en el año 1661 entre Gran Bretaña y Suecia, y prohibiendo dicho tratado expresamente a uno de los confederados *que ni él mismo ni sus súbditos presten o vendan a los enemigos del otro navíos de guerra o buques de defensa*; prohibiendo también expresamente el Artículo 13.° del presente tratado a los súbditos de cualquiera de los Aliados *que ayuden de cualquier modo a los enemigos del otro, en perjuicio y pérdida de tal Aliado*; ¿no habríamos acusado a los suecos de la más notoria violación de este tratado si, durante nuestra última guerra con los franceses, les hubieran prestado su propia flota para ejecutar mejor algún designio suyo contra nosotros, o si, no obstante nuestras representaciones en contrario, hubieran permitido que sus súbditos proveyesen a los franceses de navíos de 50, 60 y 70 cañones? Ahora bien, si invertimos los términos y recordamos en cuántas ocasiones nuestra flota ha estado últimamente por entero al servicio de los designios de los enemigos de Suecia, incluso en los momentos más críticos, y que *el Zar de Moscovia tiene efectivamente más de una docena de navíos de construcción inglesa* en su flota, ¿no nos será muy difícil excusar en nosotros mismos lo que sin duda habríamos censurado si lo hubieran hecho otros?

Artículo XVII. La obligación no se extenderá hasta el punto de que toda amistad y comercio mutuo con los enemigos de aquel Aliado (que pide el auxilio) quede suprimido; pues suponiendo que uno de los confederados enviare sus auxiliares y no se viese él mismo empeñado en la guerra, será entonces lícito a los súbditos comerciar y traficar con aquel enemigo de ese Aliado que está empeñado en la guerra, y también mercadear directa y seguramente con tales enemigos, respecto de todos los géneros no expresamente prohibidos y denominados contrabando, tal como se determinará en un tratado especial de comercio que se concertará en adelante.

Pregunta I. Siendo éste el único Artículo, de los veintidós, cuyo cumplimiento tenemos ahora ocasión de exigir a los suecos, la cuestión será si nosotros mismos, con respecto a Suecia, hemos cumplido todos los demás artículos como nos correspondía hacerlo, y si al pedir al rey de Suecia la ejecución de este Artículo, hemos prometido que también cumpliríamos con nuestro deber en cuanto a todos los restantes; de no ser así, ¿no podrían decir los suecos que nos quejamos injustamente del quebrantamiento de un solo Artículo, cuando a nosotros mismos quizá se nos pueda hallar culpables de no haber ejecutado, o incluso de haber obrado en contra, de la totalidad del tratado en los puntos más esenciales?

Pregunta II. Si la libertad de comercio que un Aliado ha de gozar, en virtud de este Artículo, con los enemigos del otro, no debe tener limitación alguna, ni en tiempo ni en lugar; en resumen, si no debe extenderse hasta el punto de destruir el fin mismo de este Tratado, que es promover la seguridad y la salvaguardia de los reinos de cada cual.

Pregunta III. Si en el caso de que los franceses, en las últimas guerras, se hubieran apoderado de Irlanda o de Escocia, y ya en puertos de nueva construcción, ya en los antiguos, hubieran pretendido afianzarse aún más en su nueva conquista por medio del comercio, ¿habríamos nosotros considerado a los suecos como verdaderos aliados y amigos si ellos hubieran insistido en este Artículo para comerciar con los franceses en dichos puertos que nos hubieran arrebatado, y para suministrarles allí diversos pertrechos de guerra, e incluso navíos armados, con lo cual los franceses habrían podido hostigarnos más fácilmente aquí en Inglaterra?

Pregunta IV. Si nosotros, al intentar impedir un comercio tan perjudicial para nosotros, y con ese fin hubiéramos apresado todos los navíos suecos que se dirigieran a los mencionados puertos, ¿no habríamos alzado un gran clamor contra los suecos, si ellos hubieran tomado de ahí pretexto para unir su flota a la francesa, ocasionar la pérdida de alguno de nuestros dominios, e incluso alentar la invasión contra nosotros, teniendo su flota a mano para favorecerla?

Pregunta V. Si, examinándolo imparcialmente, éste no habría sido un caso exactamente paralelo a aquel en que insistimos, en lo que respecta a un libre comercio con los puertos que el Zar ha arrebatado a Suecia, y a nuestra conducta actual, al impedir el rey de Suecia ese mismo comercio.

Pregunta VI. Si nosotros, desde los tiempos de Oliver Cromwell hasta 1710, en todas nuestras guerras con Francia y Holanda, sin necesidad urgente alguna, no hemos apresado y confiscado navíos suecos, aun no dirigiéndose a puertos prohibidos, y en número y valor muy superiores a todos los que los suecos nos han tomado ahora; y si los suecos han tomado jamás pretexto de ello para unirse a nuestros enemigos, y enviar escuadras enteras de navíos en su ayuda.

Pregunta VII. Si, al examinar detenidamente el estado del comercio tal como se ha llevado durante estos muchos años, no encontraremos que el comercio de los mencionados lugares no nos era tan necesario, al menos no hasta el punto de ponerlo en la balanza con la preservación de una nación confederada protestante, y mucho menos para darnos una razón justa para hacer la guerra contra esa nación que, sin haber declarado la guerra, le ha hecho más daño que los esfuerzos unidos de todos sus enemigos.

Pregunta VIII. Si, habiendo ocurrido hace dos años que este comercio se nos volvió algo más necesario que antes, ¿no se prueba fácilmente que fue ocasionado únicamente por el hecho de que el Zar nos obligó a abandonar nuestro antiguo canal de comercio hacia Arcángel, y nos trajo a San Petersburgo, y nosotros nos plegamos a ello? De modo que todos los inconvenientes que padecimos por ese motivo deberían haberse achacado a la puerta del Zar, y no a la del rey de Suecia.

Pregunta IX. Si el Zar no nos permitió de nuevo, a principios mismos de 1715, comerciar por nuestro antiguo camino hacia Arcángel, y si nuestros Ministros no tuvieron noticia de ello mucho antes de que nuestra flota fuera enviada ese año a proteger nuestro comercio hacia San Petersburgo, el cual, con esta mudanza en la resolución del Zar, se había tornado tan innecesario para nosotros como antes.

Pregunta X. Si el rey de Suecia no había declarado que, si nosotros nos abstuviéramos de comerciar con San Petersburgo, etc., lo que él consideraba ruinoso para su reino, él no perturbaría de ningún modo nuestro comercio, ni en el Báltico ni en ninguna otra parte; pero que, en caso de que no quisiéramos darle esta ligera prueba de nuestra amistad, quedaría disculpado si los inocentes llegaran a sufrir con los culpables.

Pregunta XI. Si, a causa de nuestra insistencia en el comercio hacia los puertos prohibidos por el rey de Suecia —comercio que, además de sernos innecesario, apenas representa una parte de diez del que realizamos en el Báltico—, no hemos atraído sobre nosotros los peligros que nuestro comercio ha corrido todo este tiempo, no hemos sido nosotros mismos la causa de nuestros grandes gastos en armar flotas para su protección, y, al unirnos a los enemigos de Suecia, no hemos justificado plenamente el resentimiento de Su Majestad sueca, aun cuando éste hubiera llegado al extremo de embargar y confiscar sin distinción todos nuestros navíos y bienes, dondequiera que los hallase, tanto dentro como fuera de sus reinos.

Pregunta XII. Si tan tiernos éramos con nuestro comercio con los puertos del norte en general, ¿no habríamos debido, por razones de política, considerar el peligro que ese comercio corre por la próxima ruina de Suecia, y _al convertirse el zar en único y absoluto dueño del Báltico, y de todos los pertrechos navales que de allí necesitamos_? ¿No hemos sufrido también mayores penalidades y pérdidas en dicho comercio de parte del zar, que esa suma que asciende solo a sesenta y tantas mil libras (de las cuales, dicho sea de paso, quizá dos tercios sean discutibles), que nos provocó a enviar primero veinte navíos de guerra al Báltico con orden de atacar a los suecos dondequiera que los encontrasen? Y sin embargo, ¿no fue ese mismo zar, ese mismo príncipe ambicioso y peligroso, quien _el verano pasado asumió el mando de toda la flota confederada_, como se la llamaba, _de la cual nuestros navíos de guerra formaban la parte más considerable? Primer caso jamás visto de que se otorgara el mando de la flota inglesa, el baluarte de nuestra nación, a un potentado extranjero_; y ¿no escoltaron después esos mismos navíos de guerra, a bordo de los cuales iban sus (los del zar) buques de transporte y tropas, a su regreso de Zelandia, _protegiéndolos de la flota sueca_, que de otro modo habría causado entre ellos un estrago considerable?

Pregunta XIII. Supongamos ahora que, por el contrario, nos hubiéramos valido de las muchas y grandes quejas presentadas por nuestros comerciantes sobre los malos tratos que reciben del zar, para enviar nuestra flota a mostrar nuestro resentimiento contra ese príncipe, a fin de impedir sus grandes y perniciosos designios incluso para nosotros, _asistir a Suecia de conformidad con este Tratado_, y restaurar efectivamente la paz en el Norte, ¿no habría sido ello más acorde con nuestros intereses, más necesario, más honroso y justo, y más conforme a nuestro Tratado; y no se habrían empleado mejor así los varios cientos de miles de libras que estas expediciones al Norte han costado a la nación?

Pregunta XIV. Si conservar y asegurar nuestro comercio frente a los suecos ha sido el único y verdadero objeto de todas nuestras medidas en lo concerniente a los asuntos del Norte, ¿cómo fue que el año antepasado dejamos ocho navíos de guerra en el Báltico y en Copenhague, cuando ya no teníamos allí comercio que proteger, y cómo fue que el almirante Norris, el verano pasado, aun cuando él y los holandeses juntos sumaban veintiséis navíos de guerra, y por consiguiente eran demasiado fuertes para que los suecos intentaran algo contra nuestro comercio bajo su convoy, permaneció sin embargo más de dos meses enteros de la mejor estación en el Sund, sin escoltar a nuestros mercantes y a los holandeses a los diversos puertos de destino, con lo cual se les mantuvo en el Báltico hasta tan tarde que su regreso no podía menos de ser muy peligroso, como en efecto resultó, tanto para ellos como para nuestros propios navíos de guerra? ¿No tenderá el mundo a pensar que la esperanza de forzar al rey de Suecia a una paz ignominiosa y desventajosa, por la cual los ducados de Bremen y Verden habrían de ser añadidos a los dominios de Hannover, o que alguna otra mira semejante, ajena, si no contraria, al verdadero y antiguo interés de Gran Bretaña, ejerció entonces mayor influencia en todos estos procederes nuestros que _el pretextado cuidado de nuestro comercio_?

*Artículo XVIII.* Por cuanto parece conveniente para la preservación de la libertad de navegación y comercio en el mar Báltico que se mantenga una amistad firme y exacta entre los reyes de Suecia y Dinamarca; y por cuanto los anteriores reyes de Suecia y Dinamarca se obligaron mutuamente, no solo por los artículos públicos de la paz concertada en el campamento de Copenhague el 27 de mayo de 1660 y por las ratificaciones del acuerdo canjeadas por ambas partes, a observar sagrada e inviolablemente todas y cada una de las cláusulas comprendidas en dicho acuerdo, sino que también declararon conjuntamente a... Charles II, rey de Gran Bretaña..., poco antes del tratado concluido entre Inglaterra y Suecia en el año 1665, que se aten-drían sinceramente... a todos... los artículos de dicha paz..., por lo cual Charles II, con la aprobación y el consentimiento de ambos mencionados reyes de Suecia y Dinamarca, asumió sobre sí, poco después del tratado concluido entre Inglaterra y Suecia, el 1 de marzo de 1665, a saber, el 9 de octubre de 1665, la garantía de los mismos acuerdos... Considerando que un instrumento de paz entre… los reyes de Suecia y Dinamarca llegó a concertarse poco después en Lund, en Escania, en 1679, que contiene una transacción expresa, y la repetición y confirmación de los tratados concluidos en Roskilde, Copenhague y Westfalia; por tanto… el rey de Gran Bretaña se obliga por la fuerza de este tratado… a que si alguno de los reyes de Suecia y Dinamarca consintiera en la violación, ya sea de todos los acuerdos, ya de uno o más artículos comprendidos en ellos, y en consecuencia si alguno de los reyes, en perjuicio de la persona, provincias, territorios, islas, bienes, dominios y derechos del otro, los cuales por la fuerza de los acuerdos tantas veces repetidos y concertados en el campamento de Copenhague el 27 de mayo de 1660, así como de los concertados en la… paz de Lund en Escania en 1679, fueron atribuidos a cada uno de los interesados y comprendidos en los términos de la paz, pretendiera, por sí mismo o por otros, o bien proyectara secretamente, o intentara, o mediante hostigamientos abiertos, o por cualquier injuria, o por cualquier violencia de las armas, atentar contra algo; que entonces el… rey de Gran Bretaña… ante todo, mediante su interposición, realizará todos los oficios de amigo y aliado principesco que puedan servir para mantener inviolables todos los acuerdos frecuentemente mencionados y todos los artículos comprendidos en ellos, y en consecuencia para la preservación de la paz entre ambos reyes; que después, si el rey que sea el iniciador de tal perjuicio, o de cualquier hostigamiento o injuria, contrario a todos los acuerdos y contrario a cualesquiera artículos comprendidos en ellos, se negare tras ser amonestado… entonces el rey de Gran Bretaña… deberá… asistir al que sea perjudicado, tal como en los presentes acuerdos entre los reyes de Gran Bretaña y Suecia se determina y acuerda en tales casos.

*Pregunta.* ¿No nos dice este artículo expresamente cómo remediar los trastornos que nuestro comercio en el Báltico podría sufrir en caso de un desentendimiento entre los reyes de Suecia y Dinamarca, obligando a ambos príncipes a mantener todos los tratados de paz que se han concertado entre ellos desde 1660-1670, y en caso de que alguno de ellos actuara de manera hostil contra dichos tratados, asistiendo al otro contra el agresor? ¿Cómo es entonces que no hacemos uso de un remedio tan justo contra un mal por el que tanto sufrimos? ¿Puede alguien, por muy parcial que sea, negar que el rey de Dinamarca, aunque aparentemente amigo sincero del rey de Suecia desde la paz de Travendahl hasta que salió de Sajonia contra los moscovitas, cayó muy injustamente sobre él inmediatamente después, aprovechándose de manera innoble de la fatal batalla de Poltava? ¿No es, pues, el rey de Dinamarca el violador de todos los tratados arriba mencionados y, por consiguiente, el verdadero autor de los trastornos que nuestro comercio encuentra en el Báltico? ¿Por qué, en nombre de Dios, no asistimos a Suecia contra él conforme a este artículo, y por qué, al contrario, nos declaramos abiertamente contra el rey perjudicado de Suecia, le enviamos memorandos amenazantes e intimidatorios a la menor ventaja que obtiene sobre sus enemigos, como hicimos el verano pasado al entrar en Noruega, e incluso ordenamos a nuestras flotas actuar abiertamente contra él en conjunción con los daneses?

*Artículo XIX.* Habrá «una confederación y unión más estrechas entre los arriba mencionados reyes de Gran Bretaña y Suecia, en lo futuro, *para la defensa y preservación de la religión protestante, evangélica y reformada*».

*Cuestión I.* ¿Cómo, conforme a este artículo, nos unimos a Suecia para *afirmar, proteger y preservar la religión protestante*? ¿No dejamos que esa nación, que siempre ha sido un baluarte de dicha religión, sea despiadadamente despedazada? … ¿No damos nosotros mismos una mano para su destrucción? ¿Y por qué todo esto? Porque nuestros mercaderes han perdido sus barcos por un valor de sesenta y tantas mil libras. *Esta pérdida, y nada más, fue la razón pretendida por la cual, en el año 1715, enviamos nuestra flota al Báltico, a un costo de 200.000 libras*; y en cuanto a lo que nuestros mercaderes han sufrido desde entonces, aun si lo atribuimos a nuestros memorandos amenazantes y a las hostilidades abiertas contra el rey de Suecia, ¿no tenemos que reconocer incluso entonces que el resentimiento de ese príncipe ha sido muy moderado?

_Cuestión II._ ¿Cómo pueden otros príncipes, y especialmente nuestros correligionarios protestantes, considerarnos sinceros en lo que les hemos hecho creer respecto a nuestro celo en gastar millones de vidas y dinero para asegurar el interés protestante únicamente en una sola rama de él, _me refiero a la sucesión protestante aquí_, cuando ven que esa sucesión apenas ha tenido lugar, antes de que nosotros, solo por sesenta y tantas mil libras, (pues recordemos siempre que esta suma mezquina fue el primer pretexto para nuestra disputa con Suecia) nos pongamos a socavar el fundamento mismo de ese interés en general, ayudando, como lo hacemos, a sacrificar por completo a Suecia, la vieja y sincera protectora de los protestantes, a sus vecinos, de los cuales algunos son papistas declarados, otros peores, y otros, al menos, protestantes tibios?

_Artículo XX._ Por tanto, para que se manifieste la fe recíproca de los Aliados y su perseverancia en este acuerdo ... los dos reyes antedichos se obligan mutuamente y declaran que ... no se apartarán un ápice del sentido genuino y común de todos y cada uno de los artículos de este tratado bajo ningún pretexto de amistad, provecho, tratado anterior, acuerdo y promesa, ni bajo color alguno: sino que ejecutarán de manera plena y pronta, ya sea por sí mismos, por ministros o súbditos, todo cuanto han prometido en este tratado ... sin vacilación, excepción ni excusa....

_Cuestión I._ Puesto que este artículo establece que, en el momento de la conclusión del tratado, no estábamos sometidos a ningún compromiso contrario a él, y que sería sumamente injusto que después, y mientras este tratado esté en vigor, que es por dieciocho años a partir del día en que fue firmado, hubiéramos contraído semejantes compromisos, ¿cómo podemos justificar ante el mundo nuestros recientes procederes contra el Rey de Suecia, que parecen naturalmente las consecuencias de un tratado, ya sea concertado por nosotros mismos con los enemigos de ese Príncipe, _o de alguna Corte u otra que actualmente influye en nuestras medidas_?

_Cuestión II._ Las palabras de este artículo ... ¿cómo, en nombre del honor, la fe y la justicia, concuerdan con los _pequeños y mezquinos pretextos_ que ahora empleamos, no sólo para no asistir a Suecia, conforme a este tratado, _sino incluso para empeñarnos tan acérrimamente como lo hacemos en destruirla_?

_Artículo XXI._ Este tratado defensivo durará dieciocho años, antes de cuyo término los reyes confederados podrán ... negociar de nuevo.

_Ratificación del sobredicho tratado._ Nos, habiendo visto y examinado este tratado, lo hemos aprobado y confirmado en todos y cada uno de sus artículos y cláusulas particulares como por la presente. Lo aprobamos en nombre nuestro, de nuestros herederos y sucesores; asegurando y prometiendo nuestra palabra principesca que cumpliremos y observaremos sincera y seriamente todo lo que en él se contiene, para mejor confirmación de lo cual hemos ordenado que se ponga nuestro gran sello de Inglaterra a las presentes, dadas en nuestro palacio de Kensington, a 25 de febrero, en el año de Nuestro Señor de 1700, y en el undécimo año de nuestro reinado (Gulielmus Rex).[22]

_Cuestión._ ¿Cómo puede alguien de nosotros que se declare partidario de la reciente y feliz revolución, y que sea un verdadero y agradecido amante de la memoria por siempre gloriosa del Rey William ... soportar con la menor paciencia que el susodicho tratado sea (para usar de nuevo las palabras del artículo 20) _abandonado, bajo ningún pretexto de provecho, ni bajo color alguno_, especialmente uno tan insignificante y mezquino como el que se ha empleado durante dos años consecutivos para emplear nuestras naves, nuestros hombres y nuestro dinero _para consumar la ruina de Suecia_, esa misma Suecia cuya defensa y preservación prometió tan solemnemente este gran y sabio monarca nuestro, y que él siempre consideró de la mayor necesidad para asegurar el interés protestante en Europa?

[22] El tratado se concluyó en the Hague el 6 y 16 de enero de 1700, y fue ratificado por William III el 5 de febrero de 1700.

CAPÍTULO V

Antes de entrar en el análisis del folleto titulado "_Truth is but truth, as it is timed_," con el cual concluiremos la _Introducción_ a las Revelaciones diplomáticas, parecen oportunas algunas observaciones preliminares sobre la historia general de la política rusa.

La influencia arrolladora de Rusia ha tomado a Europa por sorpresa en distintas épocas, ha sobresaltado a los pueblos de Occidente y ha sido aceptada como una fatalidad, o bien sólo se le ha opuesto resistencia mediante convulsiones. Pero al lado de la fascinación que ejerce Rusia, corre un escepticismo que revive sin cesar, que la persigue como una sombra, que crece con su crecimiento, que mezcla agudas notas de ironía con los gritos de los pueblos agonizantes y se burla de su misma grandeza considerándola una actitud histriónica adoptada para deslumbrar y engañar. Otros imperios han conocido dudas semejantes en su infancia; Rusia se ha convertido en un coloso sin haberlas superado. Ofrece el único ejemplo en la historia de un imperio inmenso, cuyo poder mismo, incluso después de hazañas de alcance mundial, jamás ha dejado de ser tratado como un asunto de fe más que como un asunto de hecho. Desde principios del siglo XVIII hasta nuestros días, ningún autor, ya se propusiera enaltecer o refrenar a Rusia, consideró posible prescindir de probar primero su existencia.

Pero ya nos consideremos espiritualistas o materialistas con respecto a Rusia —ya consideremos su poder como un hecho palpable o como la mera visión de las conciencias atormentadas por la culpa de los pueblos europeos—, la pregunta sigue siendo la misma: «¿Cómo logró este poder, o este fantasma de poder, asumir tales dimensiones que despierta, por un lado, la afirmación apasionada y, por el otro, la airada negación de que amenaza al mundo con un ensayo de Monarquía Universal?». A comienzos del siglo XVIII, Rusia era considerada una creación surgida como un hongo, improvisada por el genio de Pedro el Grande. Schloezer creyó hacer un descubrimiento al hallar que ella poseía un pasado; y en tiempos modernos, escritores como Fallmerayer, siguiendo inconscientemente la senda trillada por los historiadores rusos, han afirmado deliberadamente que el espectro septentrional que atemoriza a la Europa del siglo XIX ya ensombrecía la Europa del siglo IX. Para ellos, la política de Rusia comienza con los primeros Ruriks y, con algunas interrupciones ciertamente, se ha continuado sistemáticamente hasta la hora presente.

Se nos despliegan antiguos mapas de Rusia, que muestran dimensiones europeas aún mayores que las que hoy puede jactarse de tener: su perpetuo movimiento de engrandecimiento del siglo IX al XI se nos señala con inquietud; se nos muestra a Oleg lanzando 88.000 hombres contra Bizancio, fijando su escudo como trofeo en la puerta de esa capital y dictando un tratado ignominioso al Bajo Imperio; a Igor haciéndolo tributario; a Sviataslaff gloriándose: «Los griegos me suministran oro, ricas telas, arroz, frutas y vino; Hungría proporciona ganado y caballos; de Rusia extraigo miel, cera, pieles y hombres»; a Vladimir conquistando Crimea y Livonia, arrancando una hija al Emperador griego, como Napoleón hizo con el Emperador alemán, combinando el dominio militar de un conquistador septentrional con el despotismo teocrático de los Porfirogéneta, y convirtiéndose a la vez en amo de sus súbditos en la tierra y protector de ellos en el cielo.

Sin embargo, pese al plausible paralelismo que sugieren estas reminiscencias, la política de los primeros Ruriks difiere fundamentalmente de la de la Rusia moderna. No era nada más ni menos que la política de los bárbaros germánicos que inundaron Europa: la historia de las naciones modernas no comienza sino una vez pasada la inundación. El período gótico de Rusia en particular no constituye sino un capítulo de las conquistas normandas. Así como el imperio de Carlomagno precede a la fundación de la Francia, Alemania e Italia modernas, el imperio de los Ruriks precede a la fundación de Polonia, Lituania, los Establecimientos Bálticos, Turquía y la propia Moscovia. El rápido movimiento de engrandecimiento no fue resultado de planes profundamente trazados, sino el producto natural de la organización primitiva de la conquista normanda —vasallaje sin feudos, o feudos que consistían solo en tributos—, manteniéndose viva la necesidad de nuevas conquistas por el incesante aflujo de nuevos aventureros varegos, ávidos de gloria y botín. Los jefes, anhelando el reposo, se veían obligados por la Banda Fiel a seguir avanzando, y en Rusia, como en la Normandía francesa, llegó el momento en que los jefes despachaban a nuevas excursiones predatorias a sus incontrolables e insaciables compañeros de armas con el único fin de deshacerse de ellos. La guerra y la organización de la conquista por parte de los primeros Ruriks no difieren en nada de las de los normandos en el resto de Europa. Si las tribus eslavonias fueron sometidas no solo por la espada, sino también por convención mutua, esta singularidad se debe a la posición excepcional de esas tribus, situadas entre una invasión septentrional y otra oriental, y que abrazaban la primera como protección frente a la segunda. El mismo hechizo mágico que atrajo a otros bárbaros septentrionales hacia la Roma de Occidente atrajo a los varegos hacia la Roma de Oriente. La migración misma de la capital rusa —Rurik fijándola en Nóvgorod, Oleg trasladándola a Kiev y Sviataslaff intentando establecerla en Bulgaria— prueba fuera de toda duda que el invasor solo tanteaba el terreno, y consideraba Rusia como una mera etapa de la que seguir vagando en busca de un imperio en el Sur. Si la Rusia moderna codicia la posesión de Constantinopla para establecer su dominio sobre el mundo, los Ruriks, por el contrario, fueron forzados por la resistencia de Bizancio, bajo Zimiskes, a establecer definitivamente su dominio en Rusia.

Podría objetarse que vencedores y vencidos se amalgamaron más rápidamente en Rusia que en cualquier otra conquista de los bárbaros septentrionales, que los jefes pronto se mezclaron con los eslavonios —como lo muestran sus matrimonios y sus nombres—. Pero entonces debería recordarse que la Banda Fiel, que constituía a la vez su guardia y su consejo privado, permaneció compuesta exclusivamente por varegos; que Vladimir, que marca la cúspide, y Yaroslav, que marca el comienzo de la decadencia de la Rusia gótica, se sentaron en su trono por las armas de los varegos. Si ha de reconocerse alguna influencia eslavonia en esta época, es la de Nóvgorod, un Estado eslavonio cuyas tradiciones, política y tendencias eran tan antagónicas a las de la Rusia moderna que la una solo podía fundar su existencia sobre las ruinas de la otra. Bajo Yaroslav se quiebra la supremacía de los varegos, pero simultáneamente desaparece con ella la tendencia conquistadora del primer período, y comienza la decadencia de la Rusia gótica. La historia de esa decadencia, más aún que la de la conquista y la formación, prueba el carácter exclusivamente gótico del Imperio de los Ruriks.

El imperio incongruente, desmañado y precoz amontonado por los Rúrik, al igual que los otros imperios de crecimiento similar, se descompone en apanages, dividido y subdividido entre los descendientes de los conquistadores, desgarrado por guerras feudales, hecho pedazos por la intervención de pueblos extranjeros. La autoridad suprema del Gran Príncipe se desvanece ante las pretensiones rivales de setenta príncipes de sangre. El intento de Andrew de Súzdal de recomponer algunos grandes miembros del imperio mediante el traslado de la capital de Kiev a Vladímir no tiene éxito sino en propagar la descomposición del sur al centro. El tercer sucesor de Andrew renuncia incluso a la última sombra de supremacía, el título de Gran Príncipe, y al homenaje meramente nominal que aún se le rendía. Los apanages del sur y del oeste pasan a ser alternativamente lituanos, polacos, húngaros, livonios, suecos. La propia Kiev, la antigua capital, sigue sus propios destinos, después de haberse reducido de sede del Gran Principado al territorio de una ciudad. Así, la Rusia de los normandos desaparece por completo de la escena, y los pocos y débiles recuerdos en que aún sobrevivía se disuelven ante la terrible aparición de Gengis Kan. El sangriento lodazal de la esclavitud mongola, no la ruda gloria de la época normanda, forma la cuna de Moscovia, y la Rusia moderna no es sino una metamorfosis de Moscovia.

El yugo tártaro duró de 1237 a 1462 —más de dos siglos—; un yugo no solo aplastante, sino que deshonraba y marchitaba el alma misma del pueblo que caía presa de él. Los tártaros mongoles establecieron un régimen de terror sistemático, cuyas instituciones eran la devastación y la matanza en masa. Siendo escaso su número en proporción a sus enormes conquistas, querían engrandecerlo con un halo de consternación, y diezmar, mediante matanzas en masa, a las poblaciones que pudieran sublevarse en su retaguardia. En sus creaciones de desierto estaban, además, guiados por el mismo principio económico que ha despoblado las Highlands de Escocia y la Campagna di Roma: la conversión de hombres en ovejas, y de tierras fértiles y moradas populosas en pastizales.

El yugo tártaro había durado ya cien años antes de que Moscovia emergiera de su oscuridad. Para fomentar la discordia entre los príncipes rusos y asegurar su sumisión servil, los mongoles habían restaurado la dignidad del Gran Principado. La lucha entre los príncipes rusos por esta dignidad fue, como dice un autor moderno, «una lucha abyecta —la lucha de esclavos—, cuyo arma principal era la calumnia y que estaban siempre dispuestos a denunciarse unos a otros ante sus crueles señores; disputándose un trono degradado, del que no podían moverse sino con manos saqueadoras y parricidas, manos llenas de oro y manchadas de sangre; trono que no osaban ascender sin arrastrarse, ni conservar sino de rodillas, postrados y temblando bajo la cimitarra de un tártaro, siempre dispuesto a hacer rodar bajo sus pies aquellas coronas serviles, y las cabezas que las portaban». Fue en esta lucha infame donde la rama de Moscú ganó por fin la carrera. En 1328, la corona del Gran Principado, arrebatada a la rama de Tver a fuerza de denuncias y asesinatos, fue recogida a los pies de Usbeck Kan por Yury, el hermano mayor de Iván Kalitá. Iván I. Kalitá, e Iván III., apodado el Grande, personifican a Moscovia elevándose por medio del yugo tártaro, y a Moscovia alcanzando un poder independiente con la desaparición del dominio tártaro. Toda la política de Moscovia, desde su primera entrada en la arena histórica, se resume en la historia de estos dos individuos.

La política de Iván Kalita era simplemente esta: hacer el papel de instrumento abyecto del Kan, tomar así prestado su poder y volverlo después contra sus rivales principescos y contra sus propios súbditos. Para alcanzar este fin, tenía que insinuarse ante los tártaros a fuerza de adulación cínica, de frecuentes viajes a la Horda de Oro, de humildes peticiones de mano de princesas mongolas, de un desplegar de celo sin límites por los intereses del Kan, de la ejecución inescrupulosa de sus órdenes, de calumnias atroces contra sus propios parientes, reuniendo en sí mismo los caracteres de verdugo, sicofante y esclavo principal del tártaro. Mantenía al Kan en perplejidad con continuas revelaciones de complots secretos. Cada vez que la rama de Tver mostraba veleidades de independencia nacional, se apresuraba a ir a la Horda para denunciarla. Dondequiera que encontraba resistencia, introducía al tártaro para aplastarla. Pero no bastaba con representar un papel; para hacerlo aceptable, se requería oro. El soborno perpetuo del Kan y de sus grandes era la única base segura sobre la cual levantar su edificio de engaño y usurpación. Pero, ¿cómo había de obtener el esclavo el dinero con que sobornar al amo? Persuadió al Kan para que lo nombrase su recaudador de tributos en todos los apanages rusos. Una vez investido con esta función, extorsionaba dinero bajo falsos pretextos. La riqueza acumulada mediante el terror que infundía el nombre tártaro la utilizaba para corromper a los propios tártaros. Mediante un soborno indujo al primado a trasladar su sede episcopal de Vladímir a Moscú, convirtiendo así a esta última en la capital del imperio, por ser la capital religiosa, y uniendo el poder de la Iglesia al de su trono. Con un soborno seducía a los boyardos de los príncipes rivales a traicionar a sus jefes, atrayéndolos hacia sí como centro. Mediante la influencia conjunta del tártaro mahometano, la Iglesia griega y los boyardos, unió a los príncipes con apanages en una cruzada contra el más peligroso de ellos —el príncipe de Tver—; y luego, habiendo empujado a sus recientes aliados, mediante audaces tentativas de usurpación, a resistirse contra él, a una guerra por el bien público, no desenvaina la espada, sino que se apresura a acudir al Kan. De nuevo, mediante sobornos y engaños, lo induce a asesinar a sus rivales de sangre bajo los más crueles tormentos. Era la política tradicional del tártaro contener a los príncipes rusos unos por medio de otros, alimentar sus disensiones, hacer que sus fuerzas se equilibraran y no permitir que ninguno se consolidara. Iván Kalita convierte al Kan en el instrumento mediante el cual se deshace de sus competidores más peligrosos y aplasta todo obstáculo a su marcha usurpadora. No conquista los apanages, sino que convierte subrepticiamente los derechos de la conquista tártara en provecho exclusivo propio. Asegura la sucesión de su hijo mediante los mismos medios con los que había erigido el Gran Principado de Moscovia, ese extraño compuesto de principado y servidumbre. Durante todo su reinado no se apartó ni una sola vez de la línea política que se había trazado; aferrado a ella con firmeza tenaz y ejecutándola con audacia metódica. Así se convierte en el fundador del poder moscovita, y característicamente su pueblo lo llama Kalita —es decir, la bolsa—, porque fue la bolsa y no la espada con la que se abrió camino. El propio período de su reinado presencia el súbito crecimiento del poder lituano, que desmiembra los apanages rusos desde Occidente, mientras el tártaro los comprime en una sola masa desde Oriente. Iván, sin atreverse a rechazar una deshonra, parecía empeñado en exagerar la otra. No se dejó seducir de la prosecución de sus fines por los atractivos de la gloria, los remordimientos de la conciencia o el hastío de la humillación. Todo su sistema puede expresarse en pocas palabras: el maquiavelismo del esclavo usurpador. Su propia debilidad —su esclavitud— la convirtió en el resorte principal de su fuerza.

La política trazada por Iván I. Kalita es la de sus sucesores; estos solo tuvieron que ampliar el círculo de su aplicación. La siguieron laboriosamente, gradualmente, inflexiblemente. De Iván I. Kalita podemos, pues, pasar de inmediato a Iván III, llamado el Grande.

Al comienzo de su reinado (1462-1505) Iván III era todavía tributario de los tártaros; su autoridad seguía siendo disputada por los príncipes con apanages; Nóvgorod, cabeza de las repúblicas rusas, reinaba sobre el norte de Rusia; Polonia-Lituania pugnaba por la conquista de Moscovia; por último, los caballeros livonios no estaban aún desarmados. Al final de su reinado contemplamos a Iván III sentado en un trono independiente, a su lado la hija del último emperador de Bizancio, a sus pies Kazán y los restos de la Horda de Oro acudiendo a su corte; Nóvgorod y las demás repúblicas rusas esclavizadas —Lituania disminuida y su rey convertido en instrumento en manos de Iván—, los caballeros livonios vencidos. Europa, asombrada, que al comienzo del reinado de Iván apenas tenía conciencia de la existencia de Moscovia, encajonada entre el tártaro y el lituano, quedó deslumbrada por la repentina aparición de un inmenso imperio en sus confines orientales, y el propio sultán Bayaceto, ante quien Europa temblaba, oyó por primera vez el altivo lenguaje del moscovita. ¿Cómo, pues, llevó a cabo Iván estas altas hazañas? ¿Fue un héroe? Los propios historiadores rusos lo presentan como un cobarde confeso.

Examinemos brevemente sus principales contiendas, en el orden en que las emprendió y las concluyó: sus contiendas con los tártaros, con Nóvgorod, con los príncipes con apanages y, por último, con Lituania-Polonia.

Iván rescató a Moscovia del yugo tártaro, no de un solo golpe audaz, sino mediante la paciente labor de unos veinte años. No quebró el yugo, sino que se desembarazó de él a hurtadillas. Su derrocamiento, por consiguiente, tiene más el aspecto de una obra de la naturaleza que de una acción humana. Cuando el monstruo tártaro expiró al fin, Iván apareció junto a su lecho de muerte como un médico que pronosticaba y especulaba sobre la muerte, y no como un guerrero que la infligía. El carácter de todo pueblo se engrandece con su emancipación de un yugo extranjero; el de Moscovia, en manos de Iván, parece empequeñecerse. Compárese tan sólo a España en sus luchas contra los árabes con Moscovia en sus luchas contra los tártaros.

En la época del ascenso de Iván al trono, la Horda de Oro se hallaba debilitada desde mucho tiempo atrás, en el interior por feroces querellas, en el exterior por la separación de los tártaros nogayos, la irrupción de Timur Tamerlán, el surgimiento de los cosacos y la hostilidad de los tártaros de Crimea. Moscovia, por el contrario, mediante la perseverante prosecución de la política trazada por Iván Kalitá, había crecido hasta convertirse en una mole poderosa, aplastada, pero a la vez compactamente unida, por la cadena tártara. Los kanes, como tocados por un hechizo, habían seguido siendo instrumentos del engrandecimiento y la concentración moscovitas. Con cálculo habían acrecentado el poder de la Iglesia griega, la cual, en manos de los grandes príncipes moscovitas, resultó el arma más mortífera contra ellos.

Para alzarse contra la Horda, el moscovita no tenía que inventar, sino sólo imitar a los propios tártaros. Pero Iván no se alzó. Humildemente se reconoció esclavo de la Horda de Oro. Sobornando a una mujer tártara, indujo al Kan a ordenar la retirada de los residentes mongoles de Moscovia. Mediante pasos semejantes, imperceptibles y subrepticios, engañó al Kan para que hiciera concesiones sucesivas, todas ruinosas para su dominio. De este modo no conquistó, sino que hurtó fuerza. No expulsa, sino maniobra para sacar al enemigo de sus fortalezas. Sin dejar de postrarse ante los enviados del Kan y de proclamarse su tributario, elude el pago del tributo bajo falsos pretextos, empleando todas las estratagemas de un esclavo fugitivo que no se atreve a enfrentar a su dueño, sino sólo a escabullirse de su alcance. Por fin, el mongol despierta de su letargo y suena la hora del combate. Iván, temblando ante la mera apariencia de un encuentro armado, intenta ocultarse tras su propio miedo y desarmar la furia de su enemigo retirando el objeto sobre el cual descargar su venganza. Sólo se salva por la intervención de los tártaros de Crimea, sus aliados. Ante una segunda invasión de la Horda, reúne ostentosamente fuerzas tan desproporcionadas que el mero rumor de su número desvía el ataque. En la tercera invasión, de entre 200.000 hombres, deserta como un desertor deshonrado. Arrastrado de vuelta a regañadientes, intenta regatear condiciones de esclavitud y, al fin, infundiendo en su ejército su propio miedo servil, lo arrastra a una huida general y desordenada. Entonces Moscovia esperaba ansiosamente su perdición irremediable, cuando de pronto oye que, por un ataque a su capital llevado a cabo por el Kan de Crimea, la Horda de Oro se ha visto obligada a retirarse y, en su retirada, ha sido destruida por los cosacos y los tártaros nogayos. Así la derrota se convirtió en éxito, e Iván había derrocado a la Horda de Oro, no combatiéndola él mismo, sino provocándola, mediante un fingido deseo de combate, a movimientos ofensivos que agotaron los restos de su vitalidad y la expusieron a los golpes fatales de las tribus de su propia raza, a las que él había logrado convertir en aliados suyos. Atrapó a un tártaro con otro tártaro. Así como el inmenso peligro que él mismo había conjurado fue incapaz de arrancarle un solo rasgo de hombría, su triunfo milagroso no lo ensoberbeció ni por un instante. Con cautelosa circunspección, no se atrevió a incorporar Kazán a Moscovia, sino que lo entregó a soberanos de la familia de Menghi-Ghirei, su aliado de Crimea, para que lo tuvieran, por así decirlo, en fideicomiso para Moscovia. Con los despojos del tártaro vencido, encadenó al tártaro victorioso. Pero si era demasiado prudente para asumir, ante los testigos presenciales de su deshonra, los aires de conquistador, este impostor comprendió perfectamente cómo la caída del imperio tártaro deslumbraría a distancia, con qué halo de gloria lo rodearía y cómo facilitaría una entrada magnífica entre las potencias europeas. En consecuencia, adoptó en el exterior la actitud teatral del conquistador y, en efecto, logró ocultar bajo una máscara de orgullosa susceptibilidad e irritable altivez la obsequiosidad del siervo mongol, que todavía recordaba haber besado el estribo del más humilde enviado del Kan. Imitaba en un tono más atenuado la voz de sus antiguos amos, que aterraba su alma. Algunas frases consagradas de la diplomacia rusa moderna, como la magnanimidad, la dignidad herida del amo, están tomadas de las instrucciones diplomáticas de Iván III.

Tras la rendición de Kazán, emprendió una expedición largamente planeada contra Nóvgorod, cabeza de las repúblicas rusas. Si el derrocamiento del yugo tártaro era, a sus ojos, la primera condición de la grandeza moscovita, el aniquilamiento de la libertad rusa era la segunda. Como la república de Viatka se había declarado neutral entre Moscovia y la Horda, y la república de Pskov, con sus doce ciudades, había dado muestras de desafección, Iván halagó a esta última y fingió olvidar a la primera, concentrando entretanto todas sus fuerzas contra Nóvgorod la Grande, con cuya perdición sabía sellada la suerte de las demás repúblicas rusas. Con la perspectiva de compartir ese rico botín, atrajo tras de sí a los príncipes que poseían apanages, mientras seducía a los boyardos azuzando su odio ciego contra la democracia novgorodiana. Así, maquinó hacer marchar tres ejércitos sobre Nóvgorod y aplastarlo con una fuerza desproporcionada. Pero entonces, para no cumplir su palabra con los príncipes, para no renunciar a su inmutable «Vos non vobis», y al mismo tiempo temeroso de que Nóvgorod no fuera aún digerible por falta del tratamiento preparatorio, consideró oportuno exhibir una súbita moderación; contentarse con un rescate y el reconocimiento de su suzeranía; pero en el acta de sumisión de la república introdujo subrepticiamente unas palabras ambiguas que lo convertían en su juez y legislador supremo. Luego, fomentó las disensiones entre patricios y plebeyos que rugían tanto en Nóvgorod como en Florencia. Tomando ocasión de ciertas quejas de los plebeyos, se introdujo de nuevo en la ciudad, hizo enviar a Moscú cargados de cadenas a sus nobles, a quienes sabía hostiles a su persona, y quebrantó la antigua ley de la república que dictaba que «ninguno de sus ciudadanos fuese jamás juzgado ni castigado fuera de los límites de su propio territorio». Desde aquel momento se convirtió en árbitro supremo. «Nunca —dicen los analistas—, nunca desde Riúrik había ocurrido un acontecimiento semejante; nunca los grandes príncipes de Kiev y Vladímir habían visto a los novgorodianos acudir y someterse a ellos como sus jueces. Sólo Iván pudo reducir a Nóvgorod a ese grado de humillación.» Siete años empleó Iván en corromper a la república mediante el ejercicio de su autoridad judicial. Luego, cuando halló exhausta su fuerza, estimó maduro el momento de declararse. Para quitarse su propia máscara de moderación, necesitaba, por parte de Nóvgorod, una ruptura de la paz. Así como había simulado una calma paciente, simuló ahora un súbito arrebato de pasión. Tras sobornar a un enviado de la república para que, durante una audiencia pública, se dirigiera a él con el nombre de soberano, reclamó de inmediato todos los derechos de un déspota: la autoaniquilación de la república.

CAPÍTULO VI

Un rasgo característico de la raza eslava ha de llamar la atención a todo observador. Casi en todas partes se confinó a un país interior, dejando los bordes marítimos a tribus no eslavas. Tribus fino-tártaras ocupaban las costas del mar Negro, lituanos y fineses las del Báltico y el mar Blanco. Dondequiera que tocaron la costa, como en el Adriático y en parte del Báltico, los eslavos hubieron de someterse pronto al dominio extranjero. El pueblo ruso compartió este destino común de la raza eslava. Su hogar, en el momento en que aparece por primera vez en la historia, era la comarca en torno a las fuentes y el curso alto del Volga y sus afluentes, el Dniéper, el Don y el Dviná Septentrional. En ninguna parte tocaba su territorio el mar sino en el extremo del golfo de Finlandia. Tampoco habían sido capaces, antes de Pedro el Grande, de conquistar salida marítima alguna fuera de la del mar Blanco, que, durante tres cuartas partes del año, está a su vez encadenado e inmóvil. El lugar donde hoy se alza Petersburgo había sido durante los últimos mil años terreno disputado entre fineses, suecos y rusos. Toda la extensión restante de costa desde Palanga, cerca de Memel, hasta Torrea, toda la costa del mar Negro desde Akerman hasta Redut Kaleh, ha sido conquistada más tarde. Y, como para atestiguar la peculiaridad antimarítima de la raza eslava, de toda esta línea costera, ninguna porción de la costa báltica ha adoptado realmente la nacionalidad rusa. Tampoco lo ha hecho la costa circasiana y mingreliana oriental del mar Negro. Sólo la costa del mar Blanco, en la medida en que valía la pena cultivarla, alguna porción de la costa septentrional del mar Negro y parte de la costa del mar de Azov han sido realmente pobladas con habitantes rusos, quienes, sin embargo, a pesar de las nuevas circunstancias en que se hallan, se abstienen aún de hacerse a la mar y se aferran obstinadamente a las tradiciones terrícolas de sus antepasados.

Desde el comienzo mismo, Pedro el Grande rompió con todas las tradiciones de la raza eslava. «Es agua lo que Rusia necesita.» Estas palabras, dirigidas como reproche al príncipe Cantemir, están inscritas en la portada de su vida. La conquista del mar de Azov fue el objetivo de su primera guerra con Turquía, la conquista del Báltico en su guerra contra Suecia, la conquista del mar Negro en su segunda guerra contra la Puerta, y la conquista del mar Caspio en su fraudulenta intervención en Persia. Para un sistema de usurpación local, la tierra era suficiente; para un sistema de agresión universal, el agua se había vuelto indispensable. Sólo mediante la conversión de Moscovia, de país enteramente terrestre en imperio ribereño, pudieron superarse los límites tradicionales de la política moscovita y fundirse en esa audaz síntesis que, combinando el método usurpador del esclavo mongol con las tendencias conquistadoras del mundo del amo mongol, forma la fuente vital de la diplomacia rusa moderna.

Se ha dicho que jamás existió, ni pudo existir, una gran nación en una posición interior como la del primitivo imperio de Pedro el Grande; que ninguna se ha sometido nunca a ver cómo le arrancaban sus costas y las desembocaduras de sus ríos; que Rusia no podía dejar la boca del Neva, la salida natural de los productos del norte de Rusia, en manos de los suecos, como no podía dejar las bocas del Don, el Dniéper y el Bug, y el estrecho de Kerch, en manos de los tártaros nómadas y rapaces; que las provincias bálticas, por su misma configuración geográfica, son naturalmente un corolario de cualquier nación que posea el territorio situado detrás de ellas; que, en una palabra, Pedro, al menos en este flanco, no hizo sino apoderarse de lo absolutamente necesario para el desarrollo natural de su país. Desde este punto de vista, Pedro el Grande se proponía, con su guerra contra Suecia, tan sólo erigir un Liverpool ruso y dotarlo de su indispensable franja costera.

Pero entonces se pasa por alto un gran hecho: el _tour de force_ mediante el cual trasladó la capital del imperio del centro interior a la extremidad marítima, la audacia característica con que erigió la nueva capital en la primera franja de costa báltica que conquistó, casi a tiro de cañón de la frontera, dando así deliberadamente a sus dominios un _centro excéntrico_. Trasladar el trono de los zares de Moscú a Petersburgo equivalía a situarlo en una posición donde no podía estar seguro, ni siquiera de la afrenta, hasta que se sojuzgase toda la costa desde Libau hasta Torneå, obra que no se completó hasta 1809, con la conquista de Finlandia. «San Petersburgo es la ventana desde la que Rusia puede vigilar a Europa», dijo Algarotti. Fue desde el principio un desafío a los europeos, un incentivo para ulteriores conquistas por parte de los rusos. Las fortificaciones de la Polonia rusa en nuestros días no son más que un nuevo paso en la ejecución de la misma idea. Modlin, Varsovia e Ivangorod son algo más que ciudadelas para mantener a raya a un país rebelde. Son la misma amenaza para Occidente que Petersburgo fue, en su orientación inmediata, hace cien años para el norte. Han de transformar a Rusia en Paneslavia, como las provincias bálticas transformaron a Moscovia en Rusia.

Petersburgo, el _centro excéntrico_ del imperio, señalaba de inmediato una periferia que aún estaba por trazar.

Así pues, no es la mera conquista de las provincias bálticas lo que separa la política de Pedro el Grande de la de sus antepasados, sino que es el traslado de la capital lo que revela el verdadero significado de sus conquistas bálticas. Petersburgo no era, como Moscovia, el centro de una raza, sino la sede de un gobierno; no la obra lenta de un pueblo, sino la creación instantánea de un hombre; no el medio desde el cual irradian las peculiaridades de un pueblo interior, sino la extremidad marítima donde éstas se pierden; no el núcleo tradicional de un desarrollo nacional, sino la morada deliberadamente elegida de una intriga cosmopolita. Mediante el traslado de la capital, Pedro cortó los ligamentos naturales que unían el sistema de expansión de los viejos zares moscovitas con las aptitudes y aspiraciones naturales de la gran raza rusa. Al plantar su capital en el borde de un mar, desafió abiertamente los instintos antimarítimos de aquella raza y la degradó a un mero peso en su mecanismo político. Desde el siglo XVI, Moscovia no había realizado adquisiciones importantes sino por el lado de Siberia, y hasta el siglo XVI las dudosas conquistas realizadas hacia el oeste y el sur se habían logrado únicamente por la acción directa sobre el este. Mediante el traslado de la capital, Pedro proclamó que, por el contrario, se proponía actuar sobre el este y los países inmediatamente vecinos a través del oeste. Si la acción a través del este estaba estrechamente circunscrita por el carácter estacionario y las relaciones limitadas de los pueblos asiáticos, la acción a través del oeste se volvía de inmediato ilimitada y universal por el carácter móvil y las relaciones multilaterales de la Europa occidental. El traslado de la capital denotaba este proyectado cambio de agencia, que la conquista de las provincias bálticas brindó los medios de realizar, asegurando de inmediato a Rusia la supremacía entre los estados septentrionales vecinos; poniéndola en contacto inmediato y constante con todos los puntos de Europa; sentando las bases de un vínculo material con las potencias marítimas, que por esta conquista pasaron a depender de Rusia para sus pertrechos navales; una dependencia que no existía mientras Moscovia, el país que producía la mayor parte de los pertrechos navales, no tenía salidas propias, mientras que Suecia, la potencia que poseía dichas salidas, no tenía el territorio situado detrás de ellas.

Si los zares moscovitas, que realizaban sus intrusiones principalmente mediante la agencia de los kanes tártaros, se vieron obligados a _tartarizar_ Moscovia, Pedro el Grande, que decidió actuar a través de la agencia de Occidente, se vio obligado a _civilizar_ Rusia. Al apoderarse de las provincias bálticas, se apoderó de inmediato de los instrumentos necesarios para este proceso. Éstas le proporcionaron no sólo los diplomáticos y los generales, los cerebros con que ejecutar su sistema de acción política y militar sobre Occidente; al mismo tiempo le proporcionaron una cosecha de burócratas, maestros de escuela e instructores militares, destinados a amaestrar a los rusos en ese barniz de civilización que los adapta a los aparatos técnicos de los pueblos occidentales, sin imbuirlos de sus ideas.

Ni el mar de Azov, ni el mar Negro, ni el mar Caspio podían abrir a Pedro ese paso directo a Europa. Además, aún en vida suya Taganrog, Azov, el mar Negro, con sus flotas rusas recién creadas, puertos y arsenales, fueron de nuevo abandonados o entregados al turco. También la conquista persa resultó ser una empresa prematura. De las cuatro guerras que colman la vida militar de Pedro el Grande, su primera guerra, la dirigida contra Turquía —cuyos frutos se perdieron en una segunda guerra turca—, continuó en un aspecto la lucha tradicional con los tártaros. En otro aspecto, no fue sino el preludio de la guerra contra Suecia, de la cual la segunda guerra turca forma un episodio y la guerra persa un epílogo. Así, la guerra contra Suecia, que duró veintiún años, absorbe casi por completo la vida militar de Pedro el Grande. Sea que consideremos su propósito, sus resultados o su duración, con justicia podemos llamarla _la_ guerra de Pedro el Grande. Toda su creación gira en torno a la conquista de la costa del Báltico.

Ahora bien, supongamos que ignoráramos por completo los detalles de sus operaciones, tanto militares como diplomáticas. El mero hecho de que la conversión de Moscovia en Rusia se efectuara mediante su transformación de país continental semi-asiático en la potencia marítima predominante del Báltico, ¿no nos llevaría forzosamente a la conclusión de que Inglaterra, la mayor potencia marítima de aquella época —una potencia marítima situada, además, a las mismas puertas del Báltico, donde desde mediados del siglo XVII mantenía la actitud de árbitro supremo—, de que Inglaterra debió tener su mano en este gran cambio, de que debió demostrar ser el principal sostén o el principal estorbo de los planes de Pedro el Grande, de que durante la lucha largamente prolongada y a muerte entre Suecia y Rusia debió inclinar la balanza, de que si no la hallamos tensando todos sus nervios para salvar al sueco podemos tener la certeza de que empleó todos los medios a su alcance para favorecer al moscovita? Y sin embargo, en lo que comúnmente se llama historia, Inglaterra apenas aparece en el plano de este grandioso drama, y se la presenta más como espectadora que como actriz. La historia real demostrará que los kanes de la Horda de Oro no fueron más instrumentales en la realización de los planes de Iván III y de sus predecesores de lo que lo fueron los gobernantes de Inglaterra en la realización de los planes de Pedro I y de sus sucesores.

Los panfletos que hemos reimpreso, escritos como fueron por contemporáneos ingleses de Pedro el Grande, distan mucho de coincidir con las ilusiones comunes de los historiadores posteriores. Denuncian enfáticamente a Inglaterra como el más poderoso instrumento de Rusia. La misma posición asume el panfleto del cual daremos ahora un breve análisis y con el cual concluiremos la introducción a las revelaciones diplomáticas. Se titula: «_Truth is but Truth as it is timed; or, our Ministry's present measures against the Muscovite vindicated_, etc., etc. Humildemente dedicado a la Cámara de los C., Londres, 1719».

Los anteriores panfletos que hemos reimpreso fueron escritos en, o poco después de, la época en que, para usar las palabras de un moderno admirador de Rusia, «Pedro surcaba el mar Báltico como dueño al frente de las escuadras combinadas de todas las potencias del Norte, incluida Inglaterra, que se gloriaba de navegar bajo sus órdenes». Sin embargo, en 1719, cuando se publicó _Truth is but Truth_, la faz de los asuntos parecía completamente cambiada. Carlos XII había muerto y el gobierno inglés pretendía ahora ponerse del lado de Suecia y hacer la guerra a Rusia. Hay otras circunstancias relacionadas con este panfleto anónimo que reclaman particular atención. Pretende ser un extracto de un relato que, a su regreso de Moscovia, en agosto de 1715, su autor, por orden de Jorge I, redactó y entregó al vizconde Townshend, entonces Secretario de Estado.

     «Sucede —afirma— que ahora puedo reconocer como una ventaja el haber sido el primero tan feliz de prever, o tan honesto de advertir de antemano a nuestra Corte aquí, acerca de la absoluta necesidad de que rompiéramos entonces con el zar y lo excluyéramos de nuevo del Báltico». «Mi relato revelaba sus designios respecto a otros Estados, e incluso respecto al Imperio Germánico, al cual, aunque potencia continental, le había ofrecido anexionar Livonia como Electorado, con tal de ser admitido como elector. Llamaba la atención sobre la entonces contemplada asunción por parte del zar del título de Autócrator. Siendo cabeza de la Iglesia griega, sería reconocido por los demás potentados como cabeza del Imperio griego. No he de decir cuán reacios seríamos a reconocer ese título, puesto que ya hemos hecho que un embajador lo tratara con el título de Majestad Imperial, a lo que el sueco jamás se ha dignado condescender.»

Durante algún tiempo adscrito a la Embajada británica en Moscovia, nuestro autor, según afirma, fue más tarde «_despedido del servicio, porque el zar así lo deseó_», habiendo éste tenido la certeza de que

     «yo había proporcionado a nuestra Corte tales luces sobre sus asuntos como las contenidas en este papel; por lo cual suplico se me permita apelar al Rey y dar fe al vizconde Townshend, quien oyó a Su Majestad dar esa vindicación». «Y sin embargo, a pesar de todo esto, durante estos últimos cinco años se me ha mantenido solicitando un atraso muy cuantioso aún adeudado, del cual contraje la mayor parte al ejecutar una comisión para Su difunta Majestad.»

La actitud antimoscovita adoptada de improviso por el gabinete de Stanhope la considera nuestro autor más bien con cierto escepticismo.

"No pretendo anticiparme, con este escrito, al aplauso que el ministerio merece del público cuando nos satisfagan respecto a cuáles fueron los motivos que les llevaron, hasta ayer mismo, a restringir al sueco en todo, aunque entonces era nuestro aliado tanto como ahora; o a fortalecer, por todos los medios a su alcance, al zar, pese a no estar ligado más que por la simple amistad con Gran Bretaña… En el momento mismo en que escribo esto, me llega la noticia de que el caballero que introdujo a los moscovitas, no hace aún tres años, como armada real, no bajo nuestra protección, en su primera aparición en el Báltico, está de nuevo autorizado por las personas actualmente en el poder para brindar al zar un segundo encuentro en estos mares. ¿Con qué motivo o para qué buen fin?"

El caballero aludido es el almirante Norris, cuya campaña báltica contra Pedro I parece, en efecto, ser el patrón original sobre el que se han cortado las recientes campañas navales de los almirantes Napier y Dundas.

La restitución a Suecia de las provincias bálticas es exigida tanto por el interés comercial como por el político de Gran Bretaña. Tal es la médula del argumento de nuestro autor:

«El comercio se ha convertido en la vida misma de nuestro Estado; y lo que el alimento es para la vida, los pertrechos navales lo son para la flota. Todo el comercio que mantenemos con las demás naciones de la tierra es, en el mejor de los casos, meramente lucrativo; éste, el del norte, es indispensablemente necesario y no sería impropio calificarlo de _sacra ancora_ de Gran Bretaña, por ser su principal salida exterior para el sostenimiento de todo nuestro comercio y de nuestra seguridad interior. Así como las manufacturas de lana y los minerales son los productos básicos de Gran Bretaña, también lo son los pertrechos navales de Moscovia, así como de todas aquellas provincias del Báltico que el zar ha arrebatado recientemente a la corona de Suecia. Desde que esas provincias están en posesión del zar, Pernau se halla completamente desolada. En Revel no queda ni un solo comerciante británico, y todo el tráfico que antaño se hacía en Narva se lleva ahora a Petersburgo… El sueco jamás habría podido acaparar el comercio de nuestros súbditos, porque los puertos en sus manos no eran más que otros tantos lugares de tránsito desde los cuales se expedían estas mercancías, hallándose los lugares de producción o manufactura detrás de dichos puertos, en los dominios del zar. Pero, de quedar en manos del zar, estos puertos bálticos dejan de ser lugares de tránsito para convertirse en depósitos exclusivos de las comarcas interiores de los propios dominios del zar. Teniendo ya Arcángel en el mar Blanco, dejarle cualquier puerto en el Báltico equivaldría a poner en sus manos nada menos que _las dos llaves de los almacenes generales de todos los pertrechos navales de Europa_; pues es sabido que daneses, suecos, polacos y prusianos no poseen sino ramas únicas y separadas de tales productos en sus respectivos dominios. Si el zar acaparara así “el suministro de aquello de lo que no podemos prescindir”, ¿dónde queda entonces nuestra flota? O, en verdad, ¿dónde la seguridad de todo nuestro comercio hacia cualquier otro punto de la tierra?»

Ahora bien, si el interés del comercio británico exige excluir al zar del Báltico, el interés de nuestro Estado no debería ser acicate menor para impulsarnos a tal empeño. Por interés de nuestro Estado entiendo no las medidas partidistas de un ministerio, ni los motivos foráneos de una corte, sino precisamente aquello que es, y deberá ser siempre, la preocupación inmediata, sea por la seguridad, el bienestar, la dignidad o el provecho de la Corona, así como el bien común de Gran Bretaña. En lo que atañe al Báltico, ha sido considerado «desde el período más temprano de nuestro poder naval» como interés fundamental de nuestro Estado: primero, impedir que surja allí una nueva potencia marítima; y, segundo, mantener el equilibrio de poder entre Dinamarca y Suecia.

«Una muestra de la sabiduría y previsión de nuestros _estadistas entonces verdaderamente británicos_ es la paz de Stolbova, en el año 1617. Jacobo I fue el mediador de aquel tratado, por el cual el moscovita se vio obligado a ceder todas las provincias que poseía a la sazón en el Báltico, quedando reducido a ser una potencia meramente continental en este lado de Europa.»

La misma política de impedir que surja una nueva potencia marítima en el Báltico fue puesta en práctica por Suecia y Dinamarca.

«¿Quién ignora que el intento del Emperador de hacerse con un puerto en Pomerania pesó no menos en el ánimo del gran Gustavo que cualquier otro motivo para llevar sus armas incluso a las entrañas de la casa de Austria? ¿Qué le aconteció, en tiempos de Carlos Gustavo, a la propia corona de Polonia que, además de ser por entonces con mucho la más poderosa de las potencias del norte, poseía en aquel entonces un largo trecho de costa y algunos puertos en el Báltico? Los daneses, aunque a la sazón aliados de Polonia, jamás consintieron que éstos, ni siquiera por su ayuda contra los suecos, tuviesen flota en el Báltico, sino que destruían los navíos polacos dondequiera que los encontrasen.»

En cuanto al mantenimiento del equilibrio de poder entre las potencias marítimas establecidas en el Báltico, la tradición de la política británica no es menos clara. «Cuando el poder sueco nos inquietó allí un tanto, amenazando con aplastar a Dinamarca», el honor de nuestro país se sostuvo restableciendo la desigualdad imperante en el equilibrio de poder.

La Commonwealth de Inglaterra envió al Báltico una escuadra que propició el tratado de Roskilde (1658), luego confirmado en Copenhague (1660). El fuego de paja encendido por los daneses en tiempos del rey Guillermo III fue apagado con igual rapidez por George Rooke en el tratado de Copenhague.

Tal era la política británica hereditaria.

“Jamás se les pasó por la cabeza a los políticos de aquellos tiempos, para volver a poner la balanza en su punto, dar con el feliz *expediente de erigir una tercera potencia naval* que estableciese un equilibrio más justo en el Báltico.... ¿Quién ha tomado este consejo contra Tiro, la ciudad coronada, cuyos mercaderes son príncipes, cuyos traficantes son los honrados de la tierra? *Ego autem neminem nomino, quare irasci mihi nemo poterit, nisi qui ante de se noluerit confiteri.* A la posteridad le costará algún trabajo creer que esto pudiera ser *obra de alguna de las personas que ahora detentan el poder* ... que *nosotros* hayamos abierto; *San Petersburgo al zar, únicamente a expensas nuestras y sin riesgo alguno para él*....”

La línea política más segura sería volver al tratado de Itolbowa, y no permitir al moscovita que siga “anidando en el Báltico”. Sin embargo, pudiera decirse que, en “el estado actual de las cosas”, sería “difícil recuperar la ventaja que hemos perdido al no frenar, cuando era más fácil, el crecimiento del poder moscovita”. Puede considerarse más conveniente un término medio.

“Si hallásemos compatible con el bienestar de nuestro Estado que el moscovita tuviese una entrada al Báltico, en atención a que, de todos los príncipes de Europa, posee un país que puede hacerse más beneficioso para su príncipe mediante la colocación de sus productos en los mercados extranjeros. En tal caso, sería razonable esperar, por otra parte, que, a cambio de que nosotros accediésemos en tal medida a su interés por el mejoramiento de su país, Su Majestad zarista, por su lado, no exigiese nada que pudiese tender a perturbar a otro; y, por tanto, contentándose con barcos de comercio, no reclamase ninguno de guerra.”

“De este modo, excluiríamos sus esperanzas de ser jamás algo más que una potencia terrestre”, pero “obviaríamos toda objeción de que se trata al zar peor de lo que cualquier príncipe soberano puede esperar. No aduciré para ello el ejemplo de una república de Génova, ni el de otra en el propio Báltico, la del duque de Curlandia; sino que señalaré a Polonia y Prusia, las cuales, aunque hoy ambas son cabezas coronadas, se han contentado siempre con la libertad de un tráfico abierto, sin insistir en una flota. O el tratado de Falczin, entre el turco y el moscovita, por el cual Pedro fue forzado no sólo a devolver Asoph y a desprenderse de todos sus navíos de guerra en aquellas partes, sino también a contentarse con la mera libertad de tráfico en el mar Negro. Incluso una entrada en el Báltico para el comercio es mucho más de lo que moralmente habría podido prometerse a sí mismo, no hace todavía mucho tiempo, al término de su guerra con Suecia.”

Si el zar se negase a acceder a un “temperamento curativo” semejante, “nada tendríamos que lamentar sino el tiempo que perdimos para emplear todos los medios de que el cielo nos ha hecho dueños, a fin de reducirlo a una paz ventajosa para la Gran Bretaña”. La guerra se haría inevitable. En ese caso,

“debe animar a nuestro ministerio a proseguir sus actuales medidas tanto como inflamar de indignación el pecho de todo británico honrado: que un zar de Moscovia, que debe su pericia naval a nuestras instrucciones y su grandeza a nuestra indulgencia, niegue tan pronto a la Gran Bretaña las condiciones que pocos años antes hubo de aceptar de la Sublime Puerta”.

“Es de todo punto nuestro interés que el sueco sea restituido a aquellas provincias que el moscovita ha arrebatado a esa corona en el Báltico. *Gran Bretaña ya no puede mantener la balanza en ese mar*”, desde que *ha elevado al moscovita a ser allí una potencia marítima*.... Si hubiésemos cumplido los artículos de nuestra alianza concertada por el rey Guillermo con la corona de Suecia, aquella valerosa nación habría sido siempre una barrera bastante fuerte contra la entrada del zar en el Báltico.... El tiempo ha de confirmarnos que la *expulsión del moscovita del Báltico* es *ahora* el fin principal de nuestro ministerio.”

Butler & Tanner. The Selwood Printing Works, Frome, y Londres.