FEDERICO ENGELS [COMPLEMENTO Y ADICION AL TOMO III DE “EL CAPITAL”] 24 Desde que el libro III de El Capital ha sido entregado al juicio público, se han suscitado en torno a él múltiples y diversas interpretaciones. Y no podía ser de otro modo. Al editar este volumen, mi mira fundamental fue establecer un texto lo más auténtico posible, exponer los resultados descubiertos por Marx, dentro de lo posible, con las propias palabras del autor, no mezclando las mías allí donde esto no fuese absolutamente indispensable y, aun en estos casos, no dejando al lector la menor duda acerca de quién le hablaba.

Se me ha censurado esto; se ha dicho que debía haber sacado de los materiales de que disponía un libro sistemático redactado, en faire un livre, como dicen los franceses; en una palabra, haber sacrificado la autenticidad del texto a las conveniencias del lector. Pero no era así, por cierto, como yo concebía mi misión. Nada me autorizaba a emprender una labor de refundición de este género. Un hombre como Marx tiene derecho a que se le escuche directamente, a transmitir sus descubrimientos científicos a la posteridad con la autenticidad pieria de su propia exposición. Además, no me sentía tentado en lo más mínimo a cometer eso que yo tenía necesariamente que considerar un atentado contra la obra postuma de un hombre de la talla de Marx; me habría parecido que cometía una felonía. Finalmente, ello hubiera sido perfectamente inútil. Para quienes no saben o no quieren leer, para esas gentes que ya al aparecer el primer tomo de la obra pusieron más empeño en tergiversarlo del que habrían necesitado para comprenderlo, no valía la pena molestarse. Y en cambio, para los que aspiran verdaderamente a entender, lo importante era, realmente, el texto original; para éstos, mi refundición tendría, a lo sumo, el valor de un comentario, y además, de un comentario a un texto inédito e inasequible. A la primera controversia que hubiese surgido, no habría habido más remedio que traer a colación el texto original; la segunda y la tercera habrían hecho inevitable ya su publicación in extenso.* Tales controversias son naturales, tratándose de una obra como ésta, que contiene tantas cosas nuevas, esbozadas además a vuela pluma, y á * En su texto íntegro. (N. del E.)

COMPLEMENTO Y ADICION A “ EL CAPITAL” 233 veces en una primera versión llena de lagunas. Aquí sí puede ser útil mi intervención para obviar dificultades de comprensión, destacar los puntos de vista importantes cuyo interés no se subraya suficientemente en el texto y complementar este texto, escrito en 1865, en algunos aspectos de especial importancia, para ponerlo a tono con el estado de cosas existentes en 1895. Hay en efecto, ya de^de ahora, dos puntos acerca de los cuales considero necesario decir algunis palabras.

I. La ley del valor y la cuota de ganancia.

Era de esperar que la solución de la aparente contradicción entre estos dos factores suscitase debates, tanto antes como después de la publicación del texto de Marx. Más de uno esperaba que se obrase un milagro completo, y hoy se sienten decepcionados porque, en vez del golpe de magia con que contaban, se encuentran con una explicación sencillamente racional, sobria y prosaica, de aquella contradicción. El que mayor alegría manifiesta en su decepción es, naturalmente, el célebre e ilustre Loria. Este ha descubierto, por fin, el punto de la palanca de Arquímedes, apoyándose en el cual hasta un pigmeo de su calibre puede hacer saltar y echar por tierra la gigantesca y sólida construcción de Marx. ¡Cómo!, exclama nuestro hombre, indignado, ¿ésa es la solución que se nos pretende dar? ¡Eso es una pura mistificación! Cuando los economistas hablan de valor, se refieren al valor que se impone en la realidad del cambio. ‘Tero ningún economista que tenga siquiera una chispa de sentido común se ha ocupado hasta hoy ni se ocupará jamás de un valor por el que las mercancías ni se han vendido ni se venderán nunca (né possono vendersi mai). .. Cuando Marx afirma que el valor por el que las mercancías no se venden nunca se determina en proporción al trabajo contenido en ellas, ¿qué hace sino repetir, invirtiendo los términos, la tesis de los economistas de que el valor por el que se venden las mercancías no se halla en proporción con el trabajo invertido en ellas?... Y de nada sirve el que Marx nos diga que, aunque los precios individuales difieran de los valores individuales, el precio total del conjunto"de las mercancías coincide siempre con su valor total o con la totalidad del trabajo que se contiene en la suma global de las mercancías. En efecto; como el valor no es más que la proporción en que una mercancía se cambia por otra, la mera idea de un valor total constituye un absurdo, un contrasentido..., una contradictio in adjecto ” * Al comienzo de su obra —continúa—, dice Marx que el cambio sólo puede equiparar entre sí dos mercancías por contenerse en ellas un elemento de igual naturaleza y magnitud, a saber: la cantidad igual de trabajo que en ellas se encierra. Pues bien; ahora reniega del modo más solemne de sí mismo al asegurar que las mercancías se cambian en una proporción que nada tiene que ver con la cantidad de trabajo contenida en ellas. “¿Cuándo se ha visto una reducción ad absurdum tan completa, una bancarrota teórica mayor? ¿Cuándo se ha cometido un suicidio científico * Contradicción consigo mismo. (N. del E.)

con mayor pompa ni con más solemnidad?5’ (Nuova Antología, 1 febrero 1895. págs. 478 y 479.) Como se ve, nuestro Loria no cabe en sí de gozo. Pues qué, ¿no tenía razón en tratar a Marx como igual suyo, es decir, como un vulgar charlatán? Ahí lo tienen ustedes: Marx se burla de su público igual que un Loria cualquiera, Vive de mistificaciones, ni más ni menos que el último profesor italiano de economía. Pero no puede permitirse esos lujos, pues no conoce el oficio como nuestro Dulcamara; como la burda mentalidad nórdica de Marx incurre en una torpeza tras otra, cae en el contrasentido o en el absurdo y, por último, no le queda más camino que suicidarse solemnemente.

Dejemos para más adelante la afirmación de que las mercancías no se han vendido ni se venderán nunca por su valor, determinado por el trabajo. Atengámonos solamente, por ahora, a la rotunda definición del señor Loria según la cual “el valor no es más que la proporción en que una mercancía se cambia por otra” y de que, según esto, “la mera idea de un valor total constituye un absurdo, un contrasentido, etc.” La proporción en que se cambian dos mercancías, es decir, su valor, será, por consiguiente, algo puramente fortuito que viene a posarse, volando, sobre las mercancías y que puede cambiar de un día para otro. El hecho de que un quintal métrico de trigo se cambie por un gramo o por un kilo de oro no dependerá en lo más mínimo de condiciones inherentes al oro o al trigo, sino de circunstancias totalmente ajenas a uno y otro. De otro modo, estas condiciones tendrían que imponerse también en el cambio, dominarlo en términos generales, y tener además, fuera de este cambio, una existencia propia e independiente, que permitiese hablar del valor total de las mercancías. Pero esto es absurdo, nos dice el ilustre Loria. La proporción en que se cambien dos mercancías, cualquiera que ella sea, constituye su valor, y no hay más que hablar. El valor es, pues, idéntico al precio, y cada mercancía tendrá tantos valores como precios pueda tener. Por su parte, el precio se halla determinado por la oferta y la demanda. Y quien siga preguntando es un necio si espera una respuesta. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla como todo eso. En condiciones normales, la oferta coincide con la demanda. Dividamos, por tanto, en dos grandes grupos iguales, el de la oferta y el de la demanda, todas las mercancías que existen en el mundo. Supongamos que cada uno de estos dos grupos representa un precio de un billón de marcos, francos, libras esterlinas o Jq que sea. Esto dará, según Perogrullo, un precio o valor total de dos billones. ¡Disparatado, absurdo!, nos dice el señor Loria. Los dos grupos juntos podrán representar un precio de dos billones, pero el valor es distinto. Cuando decimos precio, 1 + 1 = 2. Pero, cuando decimos valor, 1 + 1 = 0 . Por lo menos, en este caso, en que se trata de la totalidad de las mercancías, pues si aquí las mercancías de cada grupo valen un billón es, sencillamente, porque cada uno de los dos grupos quiere y puede pagar esta suma por las mercancías del otro. Pero, si reunimos la totalidad de las mercancías de ambos grupos en manos de un tercero, resultará que el primero carece ya de todo valor, el segundo también, y el tercero lo mismo: es decir, que, en fin de cuentas, ninguno COMPLEMENTO Y ADICION A “EL CAPITAL” 235 de los tres valdrá nada. Y nuevamente volveremos a admirar la superioridad con que nuestro Cagliostro meridional hace que se esfume el concepto del valor sin que quede ni rastro de él. ¡Es la economía vulgar llevada al colmo! * , T . i -- En el Archiv für soziale Gesetzgebund, [ Archivo de Legislación social”] VII, cuaderno 4, Werner Sombart traza una exposición, excelente en conjunto, de las líneas generales del sistema de Marx. Es la primera vez que un profesor universitario alemán consigue ver en las obras de Marx, en general, lo que Marx realmente dijo: la primera vez que declara que la crítica del sistema marxista no puede consistir en refutarlo —< esto es “buena para el arribista político”—, sino solamente en desarrollarlo para superarlo. También Sombart se ocupa, como es natural, de nuestro tema. Investiga lo que significa el valor en el sistema de Marx y llega a los siguientes resultados: el valor no se manifiesta en la relación de cambio entre las mercancías producidas en régimen capitalista; no vive en la conciencia de los agentes de producción del capitalismo; no es un hecho empírico, sino un hecho lógico, conceptual; el concepto del valor, tal como aparece materialmente determinado en Marx, es simplemente la expresión económica del hecho de la fuerza social productiva del trabajo como base de la existencia económica; la ley del valor preside los fenomenos económicos de una ordenación económica capitalista en ultima instancia y presenta, en términos muy generales, en cuanto a dicha ordenación económica se refiere, este contenido: el valor de las mercancías es la forma específica e histórica en que se impone de un modo determinante la fuerza productiva del trabajo que en última instancia domina todos los fenómenos económicos. Hasta aquí, Sombart. No puede decirse que este modo de concebir el alcance de la ley del valor para la forma de producción capitalista sea falsa. Pero sí nos parece demasiado amplia, susceptible de reducirse a términos más concretos y más precisos; a nues * Este mismo señor “célebre por su fama” (para decirlo con las palabras de Heine) se vio obligado, poco tiempo después, a contestar a mi prologo al tomo 111 de El Capital, una vez que se hubo publicado, traducido al italiano, en el cuaderno primero de la Rassegna, en 1895. La respuesta vio la luz en la Riforma Sociale, de 25 de febrero del mismo año. Después de volcar sobre mí las lisonjas inevitables en él y por ello doblemente repelentes, explica que no estaba en su^ánimo pretender escamotear para mí los méritos de Marx en cuanto a la concepción materialista de la historia. Y dice que ya los había reconocido en 1885, refiriéndose a una alusión hecha muy de pasada en un artículo de revista. Pero, en cambio, los silencia tanto más tenazmente allí donde más obligado está a destacarlos: en su libro sobre este tema precisamente, donde Marx no aparece citado hasta la página 129 y a proposito de un punto secundario, el de la pequeña propiedad territorial en Francia. Y ahora declara audazmente que no es Marx, ni mucho menos, el autor de esta teoría, que, si no aparecen ya atisbos de ella en Aristóteles, fue proclamada incuestionablemente por Harrington, ya en 1656, y desarrollada por una pléyade de historiadores, políticos, juristas y economistas, mucho antes de Marx. Todo lo cual puede leerse en la edición francesa de la obra de Loria. Marx fue, en una palabra, un plagiario consumado. Y, después de haberle impedido yo seguirse pavoneando con ideas tomadas de Marx, se descuelga afirmando insolentemente que también Marx se adornaba con plumas ajenas, ni más ni menos que él. De los otros ataques que le dirijo solo recoge el que se refiere a que, según Loria, Marx no pensó nunca en escribir un segundo ni mucho menos un tercer tomo de El Capital. “Y ahora, Engels replica con aire de triunfo, lanzándome a la cara el tomo II y el III... ¡Magnífico! Es tan grande mi tro juicio, no abarca, ni mucho menos, todo el alcance de la ley del valor en cuanto a las fases de desarrollo económico de la sociedad dominadas por esta ley.

En el Sozialpolitisches Zentralblatt [“Revista central político-social”] de Braun de 25 de febrero de 1895, N9 22, figura también un excelente articulo de Conrad Schmidt sobre el tomo III de El Capital. En él hay que destacar principalmente la parte en que el autor demuestra que, al derivar la ganancia media de la plusvalía, Marx resuelve por vez primera el problema, que los economistas anteriores a él ni siquiera se habían planteado, de como se determina el tipo de esta cuota media de ganancia y cómo se in Ca ^Ue asc*en<^a? Por ejemplo, al 10 ó al 15 por ciento y no al 50 ó al 100 por ciento, pongo por caso. A partir del momento en que sabemos que la plusvalía que el capitalista industrial se apropia directamente es la fuente única y exclusiva de que emanan la ganancia y la renta del suelo, este problema se resuelve por sí mismo. Esta parte del artículo de bchmidt podía haber sido escrita expresamente para economistas del tipo de Loria, si no fuese empeño vano querer abrir los ojos a quienes se obstinan en no ver.

También Schmidt abriga sus reparos formales contra la ley del valor. La considera una hipótesis científica establecida para explicar el proceso material del cambio y que se acredita como un punto de partida esclarecedor e indispensable incluso frente a los fenómenos de los precios de concurrencia, que aparentemente la contradicen; sin la ley del valor, no sepa posible, a su juicio, penetrar teóricamente en el mecanismo econórmco de la realidad capitalista. Y, en una carta particular que el autor nos ha autorizado a citar aquí, Schmidt declara que la ley del valor es, dentro de la forma capitalista de producción, ni más ni menos que una ficción, aun cuando teóricamente necesaria. Pero esta concepción es falsa, a mi modo de ver. La ley del valor tiene para la producción capitalista una importancia bastante mayor y más concreta que la de una simple alegría por la publicación de estos volúmenes, a los que debo tantos goces intelectuales, que nunca una victoria me ha causado tanta satisfacción como esta derrota.. Suponiendo que sea, realmente, una derrota. Pero, ¿lo es, en realidad? ¿Es realmente cierto que Marx escribió, con intención de publicarla, esta mescolanza de notas inconexas, reunidas por Engels, con amorosa devoción? ¿Estamos realmente autorizados para admitir que Marx... consideraba estas páginas como la coronación de su obra y de su sistema? ¿Es realmente cierto que Marx habría consentido en que se publicase ese capitulo sobre la cuota media de ganancia, en que la solución prometida desde hacia tantos anos queda reducida a la más pobre mistificación y al juego de palabras mas vulgar? Hay, por lo menos, razones para dudarlo... Esto demuestra, a nuestro juicio que después de haber publicado su espléndido libro, Marx no tenía el proposito de hacerlo seguir de otro o, por lo menos, el de confiar a sus herederos, y ademas bajo su exclusiva responsabilidad, la terminación de su gigantesca obra" Íltef.i.mente’,aparece escrito en la página 267. Heine no pudo hablar de su u ' T steos alemanes con mayor desprecio que cuando dijo: el autor acaba acostumbrándose a su publico, como si éste fuese un ser racional. ¿Por quién tomará a su publico el ilustre Loria?

Como final, una nueva granizada de elogios sobre mi desgraciada cabeza. A este proposito, nuestro Sganarelle se compara con Balaam, que, habiendo venido a maldecir vio brotar de sus labios, contra su voluntad, “palabras de bendición y de amor”. bueno de Balaam es famoso sobre todo porque el asno que montaba era un asno mas inteligente que su amo. Se conoce que, esta vez, Balaam dejó la burra en casa. hipótesis y mucho más desde luego, que la de una ficción, por necesaria que ella sea.

Tanto Sombart como Schmidt —al ilustre Loria sólo le citamos aquí como un número de broma que ameniza el programa de la economía vulgar— no tienen en cuenta suficientemente que no estamos sólo ante un proceso puramente lógico, sino ante un proceso histórico y ante el reflejo especulativo de este proceso en el pensamiento, ante las consecuencias lógicas de su concatenación interna. El pasaje decisivo, a este propósito, lo encontramos en Marx, tomo III, página 154:* “Toda la dificultad proviene del hecho de que las mercancías no se cambian simplemente como tales mercancías, sino como produelos de capitales que reclaman... una participación igual si su magnitud es igual.” Y, para ilustrar esta diferencia, se establece la hipótesis de que los obreros se hallan en posesión de sus medios de producción, de que trabajan por término medio el mismo tiempo y con la misma intensidad y de que cambian directamente entre sí sus mercancías. En estas condiciones, dos obreros añadirían al producto, con su trabajo, durante una jornada, la misma cantidad de valor nuevo, a pesar de lo cual el producto de cada uno de ellos tendría distinto valor según el trabajo incorporado anteriormente a los medios de producción empleados. Esta última parte de valor representaría el capital constante de la economía capitalista; la parte del valor nuevo añadido invertida en medios de producción para el obrero, el capital variable, y la parte restante de este valor nuevo, la plusvalía, que en este caso correspondería al propio obrero. Ambos obreros percibirían, pues, después de deducir la parte necesaria para resarcir la parte de valor “constante” desembolsada por ellos, valores iguales; sin embargo, la proporción entre la parte que representa la plusvalía y el valor de los medios de producción —proporción que correspondería aquí a la cuota capitalista de ganancia— sería distinta en uno y otro caso. Pero esto sería de todo punto indiferente, puesto que a cada uno de ellos se les resarciría en el cambio el valor de los medios de producción. “El cambio de las mercancías por sus valores o aproximadamente por sus valores presupone, pues, una fase mucho más baja que el cambio a base de los precios de producción, lo cual requiere un nivel bastante elevado en el desarrollo capitalista. .. Prescindiendo de la dominación de los precios y del movimiento de éstos por la ley del valor, es, pues, absolutamente correcto considerar los valores de las mercancías no sólo teóricamente, sino históricamente, como el prius de los precios de producción. Esto se refiere a los regímenes en que los medios da producción pertenecen al obrero, situación que se da tanto en el mundo antiguo como en el mundo moderno respecto al labrador que cultive su propia tierra y respecto al artesano. Coincide esto, además, con nuestro criterio expuesto anteriormente [véase tomo I, pág. 51] de que el desarrollo de los productos para convertirse en mercancías surge del intercambio entre diversas comunidades y no entre los individuos de la misma comunidad. Y lo que decimos de este primitivo estado de cosas es aplicable a estados posteriores basados en la esclavitud y en la servidumbre y a la organiCOMPLEMENTO Y ADICION A “EL CAPITAL” 237 * Página 180, tomo III, de la citada edición española. (N. del E.) zación gremial del artesanado, en la medida en que los medios de producción pertenecientes a una rama de producción determinada sólo pueden transferirse con dificultad de una esfera a otra y en que, por tanto, las diversas esferas de producción se comportan entre sí, dentro de ciertos límites, como si se tratase de países o colectividades comunistas extranjeros los unos a los otros.” (Marx, El Capital, tomo III, pág.156.) * Si Marx hubiese podido revisar el libro III antes de su publicación, es indudable que habría desarrollado considerablemente este pasaje, que, en su actual redacción, no hace más que esbozar su punto de vista acerca de este aspecto litigioso. Examinemos, pues, un poco más de cerca el problema.

Todos sabemos que en los comienzos de la sociedad los productos son consumidos por los propios productores y que éstos se hallan organizados de un modo elemental en colectividades más o menos comunistas; que el intercambio del sobrante de estos productos con gentes extrañas a la comunidad, que inicia la transformación de los productos en mercancías, es de fecha posterior,^y que primeramente sólo se efectúa entre distintas comunidades ajenas al mismo linaje, hasta que más tarde se opera ya dentro de la comunidad misma, contribuyendo esencialmente a su disolución en grupos familiares más o menos numerosos. Pero, aun después de esta disolución, los jefes de las familias entre las que se efectuaba el intercambio siguen siendo campesinos trabajadores que cubren casi todas sus necesidades produciendo con su familia en la tierra propia y obteniendo solamente una pequeña parte de los objetos que necesitan mediante el trueque de productos de fuera por el sobrante de sus propios productos. La familia no explota solamente la agricultura y la ganadería, sino que, además, elabora sus productos para convertirlos en artículos de consumo terminados, muele a veces directamente el trigo con el molino movido a mano, amasa y cuece el pan, hila, tiñe y teje el lino y la lana, curte el cuero, levanta y repara edificios de madera, fabrica sus instrumentos y herramientas y ejecuta, no pocas veces, trabajos de carpintería y herrería; de este modo, la familia o el grupo de familias satisface, fundamentalmente, sus propias necesidades.

Lo poco que aquellas familias tenían necesidad de cambiar o comprar a otras eran, principalmente, incluso a comienzos del siglo xix, en Alemania, objetos de producción artesana, es decir, cosas cuya fabricación no era desconocida del propio campesino y que éste no producía directamente por la sencilla razón de que no tenía a su disposición las materias primas para ello, o bien porque los artículos comprados le salían mejores o mucho más baratos. El campesino de la Edad Media conocía, pues, bastante bien la cantidad de trabajo necesaria para producir los objetos obtenidos por él mediante el cambio. El herrero, el fabricante de carros de la aldea trabajaban, en realidad, a la vista de él, al igual que el sastre y el zapatero, que todavía siendo yo joven, en nuestra región del Rin, se instalaban en las casas de los campesinos, por turno, para hacer trajes y zapatos con los géneros o las pieles que ellos mismos habían elaborado previamente. Lo mismo el campesino que las gentes a quienes él com- * Corresponde a páginas 181 s. de la citada edición española. (N. del E.) COMPLEMENTO Y ADICION A "EL CAPITAL” 239 praba eran, personalmente, obreros [productores directos] * y los artículos cambiados productos propios de cada cual. ¿Qué habían invertido para crear estos productos? Trabajo y solamente trabajo: para reponer los instrumentos, para producir las materias primas y para elaborarlas, no empleaban más que una cosa: su propia fuerza de trabajo. ¿Cómo, pues, podían cambiar sus productos por los de otros productores directos, sino en proporción al trabajo invertido en ellos? La cantidad de trabajo invertida en estos productos, no sólo era la única medida apropiada para determinar cuantitativamente las magnitudes intercambiables; es que no cabía, sencillamente, otra. ¿0 hay nadie que crea que el campesino y el artesano eran lo bastante tontos para dar el producto de diez horas de trabajo a cambio del producto de trabajo de una hora? En todo el período de la economía natural campesina no cabe más intercambio que aquel en que las cantidades de mercancías que se intercambian tienden a medirse cada vez más por las cantidades de trabajo materializadas en ellos. A partir del momento en que el dinero penetra en este tipo de economía, la tendencia de adaptación a la ley del valor (en la formulación de Marx, ;bien entendido!) se hace, de una parte, más manifiesta, pero de otra parte se ve contrarrestada por las ingerencias del capital usurario y de la explotación fiscal, y los períodos durante los cuales los precios se aproximan por término medio a los valores con un margen de diferencia insignificante se hacen cada vez más largos. Y lo mismo podemos decir del intercambio entre los productos de los campesinos y los de los artesanos de la ciudad. Al comienzo, este intercambio se efectúa directamente, sin la mediación del comerciante, en los mercados de las ciudades, donde el obrero vende sus productos y hace sus compras. Aquí, lo mismo que en el caso anterior, el campesino conoce las condiciones de trabajo del artesano y éste las del campesino. El artesano tiene todavía mucho de campesino; no sólo cultiva su huerto de legumbres y sus frutales, sino que con frecuencia posee también un pedazo de tierra y una o dos vacas, cerdos, aves, etc. Las gentes de la Edad Media estaban, pues, en condiciones de poder sacar a los demás, con bastante precisión, las cuentas del costo de producción de sus artículos en materias primas, materias auxiliares, tiempo de trabajo, etc., por lo menos, en lo tocante a los artículos de uso diario y general.

Ahora bien; ¿cómo era posible, en este intercambio basado en la cantidad de trabajo, calcular ésta, aunque sólo fuese de un modo indirecto y relativo, tratándose de productos que requerían un trabajo más largo, interrumpido, además, durante intervalos irregulares e inseguro en cuanto a su rendimiento, como, por ejemplo, el trigo o el ganado, teniendo en cuenta, por otra parte, que nos estamos refiriendo a gentes que ignoraban las reglas del cálculo? Indudablemente, sólo por medio de un proceso lento y trabajoso, no pocas veces tanteando en la sombra para acercarse a la verdad a fuerza de rodeos y abriendo los ojos, como tantas veces ocurre, solamente a costa del propio-bolsillo. Pero la necesidad que cada cual sentía de pagar o recibir en pago el verdadero valor de lo * Las palabras que figuran entre paréntesis cuadrados aparecen tachadas en el manuscrito de Engels. (N. del E.)