Carta a Conrad Schmidt en Zúrich, del 12 de marzo de 1895

Friedrich Engels

12 de marzo de 1895

Londres, 12 de marzo de 95

41, Regent's Park Road, N.W.

Querido Schmidt:

Sus dos cartas del 13 de noviembre del año pasado y del 1 del corriente están ante mí. Empiezo con la n.º 2, por ser la más actual.

En cuanto a Fireman, déjelo estar. Lexis solo había planteado la cuestión, usted en Σ m / Σ (c + v) igualmente. Él solo ha dado un paso más en el camino correcto, al clasificar la serie que usted sumó m'(c' + v') + m''(c'' + v'') + m'''(c''' + v''') ... etc., dividiéndola en los grupos de ramas de producción según la diferente composición del capital, entre los cuales solo se opera la nivelación mediante la competencia. Que este paso era el siguiente en importancia se lo muestra el propio texto de Marx, donde hasta ese punto se procede exactamente igual. El error de F[ireman] fue que se detuvo ahí, se contentó con eso y por ello tuvo que permanecer inadvertido hasta que apareció el propio libro. — Pero esté usted tranquilo, se lo ruego. Puede estar verdaderamente satisfecho. Ha descubierto usted por sí mismo la causa de la caída tendencial de la tasa de ganancia y la formación de la ganancia comercial, y no en 2/3, como Fireman la tasa de ganancia, sino por completo.

En cuanto a cómo se desvía usted en el tema de la tasa de ganancia, su carta, creo, me proporciona alguna aclaración. Encuentro en ella esa misma tendencia a desviarse hacia el detalle, y la atribuyo al método ecléctico de filosofar que se ha impuesto en las universidades alemanas desde [18]48, método que pierde toda visión de conjunto y con demasiada frecuencia se pierde en un cavilar bastante interminable e infructuoso sobre detalles. Pero usted precisamente se había ocupado antes, de entre los clásicos, preferentemente con Kant, y Kant, por el estado del filosofar alemán de su tiempo y
por su oposición al pedante leibnizianismo de Wolff, se vio más o menos obligado a hacer en la forma concesiones aparentes a ese cavilar wolffiano. Así me explico su inclinación, que se manifiesta también en la digresión epistolar de usted sobre la ley del valor, a profundizar en los detalles, en lo que me parece que no siempre se tiene en cuenta la conexión global, hasta el punto de que usted degrada la ley del valor a una ficción, una ficción necesaria, algo así como Kant degrada la existencia de Dios a un postulado de la razón práctica.

Los reproches que usted hace a la ley del valor alcanzan a todos los conceptos, considerados desde el punto de vista de la realidad. La identidad de pensamiento y ser, para expresarme a la manera hegeliana, coincide en todo con su ejemplo del círculo y el polígono. O bien los dos, el concepto de una cosa y su realidad, corren paralelos como dos asíntotas, aproximándose constantemente la una a la otra y sin encontrarse nunca. Esta diferencia entre ambos es precisamente la diferencia que hace que el concepto no sea ya, sin más, inmediatamente, la realidad, y que la realidad no sea inmediatamente su propio concepto. Precisamente porque un concepto tiene la naturaleza esencial del concepto, es decir, porque no coincide sin más, prima facie, con la realidad de la que primeramente tuvo que ser abstraído, por eso sigue siendo siempre algo más que una ficción, a menos que usted declare ficciones todos los resultados del pensamiento, porque la realidad solo les corresponde dando un gran rodeo, y aun entonces solo de manera asintóticamente aproximada.

¿Acaso le va de otro modo a la tasa general de ganancia? En cada instante solo existe de manera aproximada. Si alguna vez se realiza en dos establecimientos hasta la última tilde, si ambos obtienen en un año dado exactamente la misma tasa de ganancia, eso es pura casualidad; en realidad, las tasas de ganancia varían, según las diferentes circunstancias, de negocio a negocio y de año en año, y la tasa general solo existe como promedio de muchos negocios y de una serie de años. Pero si pretendiéramos exigir que la tasa de ganancia —digamos 14,876934…— deba ser exactamente igual hasta la centésima cifra decimal en cada negocio y cada año, so pena de degradación a ficción, desconoceríamos gravemente la naturaleza de la tasa de ganancia y de las leyes económicas en general; todas ellas no tienen otra realidad que en la aproximación, la tendencia, el promedio, pero no en la realidad inmediata. Esto se debe, en parte, a que su acción se ve entrecruzada por la acción simultánea de otras leyes, y en parte también a su naturaleza como conceptos.

O tomemos la ley del salario, la realización del valor de la fuerza de trabajo, que solo se realiza —y aun eso no siempre— en el promedio, y que varía en cada localidad, e incluso en cada ramo, según el nivel de vida acostumbrado. O la renta del suelo, que representa la ganancia excedente (Surplusprofit) que brota de una fuerza natural monopolizada, por encima de la tasa general. También en este caso la ganancia excedente real y la renta real no coinciden en absoluto sin más, sino solo de manera aproximada en el promedio.

Exactamente lo mismo ocurre con la ley del valor y con la distribución de la plusvalía a través de la tasa de ganancia.

1. Ambas cosas solo alcanzan su realización más completamente aproximada bajo el supuesto de que la producción capitalista se haya implantado plenamente en todas partes, es decir, de que la sociedad se haya reducido a las clases modernas de terratenientes, capitalistas (industriales y comerciantes) y obreros, eliminándose todos los estadios intermedios. Esto no existe siquiera en Inglaterra, y jamás existirá; hasta ese punto no dejaremos que lleguen las cosas.

2. La ganancia, incluida la renta, se compone de diversos elementos:

a) la ganancia proveniente del timo, que se anula en la suma algebraica;

b) la ganancia derivada del aumento de valor de las existencias almacenadas (por ejemplo, el remanente de la última cosecha cuando la siguiente se malogra). Esto, según la teoría, también debe compensarse finalmente, en la medida en que no quede ya anulado por la caída de valor de otras mercancías, ya sea porque los capitalistas compradores tengan que aportar de más tanto como ganan los vendedores, o bien, cuando se trata de medios de subsistencia para los obreros, porque a la larga el salario tenga que subir. Pero los aumentos de valor más importantes no son duraderos; la compensación se produce, pues, solo en el promedio de los años, y de manera muy imperfecta, notoriamente a costa de los obreros; estos producen más plusvalía porque su fuerza de trabajo no se paga íntegramente.

c) la suma total de la plusvalía, de la que, sin embargo, vuelve a descontarse la parte que se regala al comprador, sobre todo en las crisis, en las que la superproducción se reduce a su contenido real de trabajo socialmente necesario.

De aquí se sigue ya de antemano que la ganancia total y la plusvalía total solo pueden coincidir aproximadamente. Pero si añadimos que tanto la plusvalía total como el capital total no son magnitudes constantes, sino variables, que cambian de día en día, entonces cualquier otra coincidencia de la tasa de ganancia mediante Σ m / Σ (c+v) que no sea una serie aproximativa, y cualquier otra coincidencia de precio total y valor total que no sea un converger constante hacia la unidad y un alejarse constantemente de ella
se revela como una pura imposibilidad. Dicho de otro modo, la unidad de concepto y fenómeno se presenta como un proceso esencialmente infinito, y eso es ella, en este caso como en todos los demás.

¿Acaso ha correspondido alguna vez la feudalidad a su concepto? Fundada en el reino franco occidental, desarrollada ulteriormente en Normandía por los conquistadores noruegos, perfeccionada por los normandos franceses en Inglaterra y en el sur de Italia, fue en el efímero reino de Jerusalén donde más se aproximó a su concepto, el cual en las Assises de Jerusalem ha dejado la expresión más clásica del orden feudal. ¿Era por eso una ficción ese orden, porque solo en Palestina alcanzó una existencia breve en plena clasicidad, y aun eso —en gran parte sobre el papel—?

¿O son ficciones los conceptos dominantes en las ciencias naturales porque en modo alguno coinciden siempre con la realidad? Desde el momento en que aceptamos la teoría de la evolución, todos nuestros conceptos de la vida orgánica solo corresponden aproximadamente a la realidad. De lo contrario no habría cambio alguno; el día en que concepto y realidad coincidiesen absolutamente en el mundo orgánico, se acabaría el desarrollo. El concepto de pez incluye la vida en el agua y la respiración por branquias; ¿cómo pretender pasar del pez al anfibio sin romper ese concepto? Y ha sido roto, y conocemos toda una serie de peces que han desarrollado su vejiga natatoria hasta convertirla en pulmón y pueden respirar aire. ¿Cómo pretender pasar del reptil ovíparo al mamífero que pare crías vivas, sin poner en conflicto uno o ambos conceptos con la realidad? Y en realidad, en los monotremas tenemos toda una subclase de mamíferos ovíparos —¡yo mismo vi los huevos del ornitorrinco en 1843 en Manchester y, con arrogante estrechez de miras, me burlé de la tontería de que un mamífero pudiera poner huevos, y ahora está demostrado! ¡No le haga usted, pues, al concepto de valor lo mismo que a mí me obligó después a pedir perdón al ornitorrinco!

También en el artículo, por lo demás muy bueno, de Sombart sobre el tomo III encuentro esa tendencia a debilitar la teoría del valor; evidentemente, él también esperaba una solución algo distinta.

Su artículo en el „Centralblatt“ es, sin embargo, muy bueno, y la demostración de la diferencia específica de la teoría marxiana de la tasa de ganancia —mediante la
determinabilidad cuantitativa— respecto de la de la vieja economía política está muy bien llevada a cabo. El ilustre Loria, en su sagacidad, ve en el tomo III un abandono directo de la teoría del valor, y su artículo de usted es la respuesta lista y acabada. Ahora hay dos personas interesadas en ello: Labriola en Roma y Lafargue, que polemiza con Loria en la „Critica Sociale“.

Así pues, si pudiera usted enviar un ejemplar al Prof. Antonio Labriola, Corso Vittorio Emmanuele 251, Roma, este hará lo posible por publicar una traducción italiana del mismo; y un segundo ejemplar a Paul Lafargue, Le Perreux, Seine, Francia, le proporcionaría a este el necesario apoyo y él le citará a usted. He escrito a ambos al respecto, diciéndoles que su artículo contiene la respuesta lista sobre el punto principal. Si no puede usted procurarse los ejemplares, le ruego que me lo comunique.

Pero debo cerrar ya, de lo contrario no terminaré nunca.

Reciba los mejores saludos.

Suyo,

F. Engels