Los artículos que siguen, aparte de la circunstancia de haber sido todos escritos para el _Volksstaat_, tienen en común el que tratan todos ellos de asuntos no alemanes, internacionales.

El primero: «De nuevo “Herr Vogt”», constituye la conclusión de la polémica sostenida en 1859-1860 entre Marx y este falso naturalista y republicano, pero auténtico bonapartista liberal-vulgar y fabricante de libros, a propósito de la guerra de Italia. Este artículo le imprimió definitivamente al susodicho señor Vogt el carácter de agente bonapartista a sueldo, para lo cual Marx, en su _Herr Vogt_ de 1860, sólo había podido aportar, como es natural, pruebas indirectas.

El segundo artículo: «Los bakuninistas en acción», que describe la actuación de los anarquistas durante la insurrección de julio de 1873 en España, apareció anteriormente como folleto aparte. Aunque la caricatura anarquista del movimiento obrero hace ya tiempo que ha superado su punto culminante, los gobiernos de Europa y América están demasiado interesados en su pervivencia y se gastan demasiado dinero en sostenerla como para que nosotros podamos dejar de lado toda consideración hacia las hazañas anarquistas. Por eso se vuelve a imprimir aquí este artículo.

La «Proclama polaca» trata un aspecto de las relaciones de Alemania con el Este de Europa que hoy se pasa por alto con demasiada frecuencia, pero que no debe descuidarse si se quiere juzgar correctamente esas relaciones.

La crítica del programa blanquista de los refugiados de 1874 cobra precisamente ahora un interés especial, en momentos en que, junto a representantes de los otros grupos socialistas, ha hecho también su entrada en la Cámara de Diputados francesa un pequeño número de blanquistas, con nuestro amigo Vaillant a la cabeza. Desde su retorno a Francia en 1880, los blanquistas han intervenido una vez de manera decisiva en los acontecimientos, a saber, en 1887, el día de la última elección presidencial tras la dimisión de Grévy. La mayoría de la Asamblea Nacional era favorable a Jules Ferry, uno de los más infames entre los infames represores de la Comuna y uno de los más consumados representantes de esa burguesía oportunista que sólo quiere gobernar Francia para explotarla a ella y a sus colonias. Por aquel entonces se preparaba en París una insurrección que, de acuerdo con los diputados radicales, debía ser dirigida por el Consejo Municipal de París; pero la organización militar estaba en manos de los blanquistas, que proporcionaban el cuerpo de oficiales y cuyo jefe militar, el general de la Comuna Eudes, asumió el mando y había instalado su oficina de estado mayor en un café junto al Ayuntamiento. Ante esta amenazante insurrección, los oportunistas cedieron y eligieron a Carnot.

También recientemente, durante la presencia de los marinos rusos invitados en París, el semanario de los blanquistas, _Le Parti socialiste_, se distinguió gloriosamente por una actitud audaz, desafiante de todos los prejuicios chovinistas. Esta actitud nos da la garantía de que el grupo blanquista de la Cámara, bajo la dirección de Vaillant, aporta la mejor voluntad para la cooperación de todos los grupos socialistas allí representados y para su unificación en una fuerte fracción socialista.

Se observará que en todos estos artículos, y particularmente en este último, no me llamo en absoluto socialdemócrata, sino comunista. Y ello porque en aquel entonces, en diversos países, se llamaban socialdemócratas gentes que de ningún modo habían inscrito en su bandera la apropiación de todos los medios de producción por la sociedad. En Francia se entendía por socialdemócrata a un republicano democrático con simpatías más o menos genuinas, pero siempre imprecisas, hacia la clase obrera; es decir, gente como Ledru-Rollin en 1848 y los «radicales socialistas» de 1874, con cierto tufillo proudhoniano. En Alemania se llamaban socialdemócratas los lassalleanos; pero aunque la masa de los mismos iba comprendiendo cada vez más la necesidad de la socialización de los medios de producción, las específicas cooperativas de producción con ayuda estatal de Lassalle seguían siendo el único punto programático reconocido públicamente. Para Marx y para mí era, pues, absolutamente imposible escoger, para designar nuestro punto de vista específico, una expresión de semejante elasticidad. Hoy la cosa es distinta, y la palabra puede pasar, por inadecuada que siga siendo para un partido cuyo programa económico no es simplemente socialista en general, sino directamente comunista, y cuyo objetivo final político último es la superación de todo el Estado, y por tanto también de la democracia. Pero los nombres de los partidos políticos reales nunca son del todo exactos; el partido se desarrolla, el nombre permanece.

El último artículo: «Cuestiones sociales de Rusia», aparecido también en 1875 como tirada aparte en forma de folleto, no podía en modo alguno volver a imprimirse sin un epílogo más o menos extenso. La cuestión del futuro de la comuna aldeana rusa preocupa más que nunca a todos los rusos que se interesan por el desarrollo económico de su país. Entre los socialistas rusos, la carta de Marx citada por mí ha recibido las interpretaciones más diversas. Todavía en fecha reciente, me han llegado reiteradamente, de rusos del interior y del extranjero, ruegos para que exprese mi opinión sobre esta cuestión. Me he resistido largo tiempo, pues sé demasiado bien cuán insuficientes son mis conocimientos de las particularidades de la situación económica de Rusia; ¡cómo voy a terminar el tercer tomo de _El Capital_ y, al mismo tiempo, estudiar a fondo la literatura verdaderamente colosal en que la vieja Rusia, como solía decir Marx, hace su inventario antes de fallecer! En fin, se desea insistentemente la reimpresión de «Cuestiones sociales de Rusia», y esta circunstancia me obliga a intentar, como complemento de aquel viejo artículo, extraer algunas conclusiones de la investigación comparativa histórica de la situación económica actual de Rusia. Aunque no resulten incondicionalmente favorables a un gran futuro de la comuna rusa, tratan también, por otra parte, de fundamentar la opinión de que la inminente disolución de la sociedad capitalista en Occidente pondrá también a Rusia en condiciones de abreviar considerablemente su tránsito, ahora inevitable, por el capitalismo.

Londres, 3 de enero de 1894

F. Engels