Engels 1894: El problema campesino en Francia y Alemania

Segunda parte: Alemania

En un punto nuestros camaradas franceses tienen toda la razón: no es posible en Francia una transformación revolucionaria duradera contra la voluntad del pequeño campesino. Solo que, me parece, no han encontrado la palanca adecuada si se proponen someter al campesino a su influencia.

Parecen empeñados, según se ve, en ganarse inmediatamente al pequeño campesino, acaso incluso para las próximas elecciones generales. Para lograrlo, solo pueden hacer promesas generales muy arriesgadas, en defensa de las cuales se ven obligados a exponer consideraciones teóricas aún mucho más arriesgadas. Luego, examinadas más de cerca, resulta que esas promesas generales se contradicen a sí mismas (prometen mantener un estado de cosas que, según ellos mismos declaran, está irremisiblemente condenado a desaparecer), y que las distintas medidas carecen por completo de efecto (leyes contra la usura), o bien constituyen reivindicaciones obreras generales o reivindicaciones que también benefician a los grandes terratenientes, o, por último, carecen de toda importancia a la hora de fomentar los intereses de los pequeños campesinos. Por consiguiente, la parte directamente práctica del programa corrige por sí misma la errónea parte inicial, reduciendo la grandilocuencia, en apariencia imponente, del preámbulo a proporciones realmente inocuas.

Digámoslo sin rodeos: habida cuenta de los prejuicios que surgen de toda su posición económica, de su insurrección y de su aislado modo de vida —prejuicios alimentados por la prensa burguesa y por los grandes terratenientes—, sólo podremos ganarnos de inmediato a la masa de los pequeños campesinos si les hacemos una promesa que nosotros mismos sabemos que no podremos cumplir. Es decir, hemos de prometerles no solo proteger su propiedad en cualquier circunstancia contra todas las fuerzas económicas que se les vienen encima, sino también liberarlos de las cargas que ya ahora los oprimen: convertir al arrendatario en propietario libre y pagar las deudas del propietario que sucumbe al peso de su hipoteca. Si pudiéramos hacer esto, volveríamos al punto a partir del cual la situación actual se desarrollaría de nuevo necesariamente. No habremos emancipado al campesino, sino que solo le habremos concedido un aplazamiento.

Pero no nos interesa ganar al campesino de la noche a la mañana, para perderlo de nuevo al día siguiente si no podemos cumplir nuestra promesa. Del mismo modo que no nos sirve de nada el pequeño artesano que quisiera perpetuarse como maestro, tampoco nos sirve como miembro del partido el campesino que espera que perpetuemos su propiedad en su pequeña explotación. Esta gente pertenece a los antisemitas. Dejemos que vayan a los antisemitas y obtengan de ellos la promesa de salvar sus pequeñas empresas. Cuando aprendan allí lo que realmente valen esas frases relucientes y qué melodías se tocan desde los cielos antisemitas, comprenderán en medida creciente que nosotros, que prometemos menos y buscamos la salvación en direcciones completamente distintas, somos, al fin y al cabo, gente más confiable. Si los franceses tuvieran la estridente demagogia antisemita que tenemos nosotros, difícilmente habrían cometido el error de Nantes.

Ahora bien, ¿cuál es nuestra actitud ante el pequeño campesinado? ¿Cómo tendremos que proceder con él el día en que accedamos al poder?

Para empezar, el programa francés acierta plenamente al afirmar: que prevemos la inevitable ruina del pequeño campesino, pero que no es misión nuestra acelerarla mediante ninguna interferencia por nuestra parte.

En segundo lugar, es igualmente evidente que cuando estemos en posesión del poder del Estado, ni siquiera pensaremos en expropiar por la fuerza a los pequeños campesinos (con o sin indemnización), tal como tendremos que hacer en el caso de los grandes terratenientes. Nuestra tarea respecto al pequeño campesino consiste, en primer lugar, en efectuar la transición de su empresa privada y de su posesión privada a formas cooperativas, no por la fuerza, sino mediante el ejemplo y la oferta de la ayuda social necesaria para tal fin. Y entonces, naturalmente, dispondremos de sobrados medios para mostrar al pequeño campesino las ventajas futuras que ya hoy mismo han de resultarle evidentes.

Hace casi veinte años, los socialistas daneses, que en su país solo cuentan con una verdadera ciudad —Copenhague— y que por ello han tenido que apoyarse casi exclusivamente en la propaganda campesina fuera de ella, ya trazaban planes semejantes. Los campesinos de una aldea o parroquia —en Dinamarca abundan las grandes propiedades rurales individuales— debían poner sus tierras en común para formar una sola gran explotación, con el fin de cultivarla por cuenta común y repartirse el producto en proporción a la tierra, el dinero y el trabajo aportados. En Dinamarca, la pequeña propiedad territorial solo desempeña un papel secundario. Pero si aplicamos esta idea a una región de pequeñas explotaciones, encontraremos que, al agruparlas y cultivar la superficie total a gran escala, una parte de la fuerza de trabajo empleada hasta entonces se vuelve superflua. Precisamente este ahorro de trabajo constituye una de las principales ventajas de la explotación agrícola en gran escala. Para esa fuerza de trabajo podrá encontrarse empleo de dos maneras: o se pone a disposición de la cooperativa campesina tierra adicional tomada de las grandes propiedades vecinas, o se proporciona a los campesinos en cuestión los medios y la oportunidad de dedicarse a una actividad industrial como ocupación accesoria, primordialmente y en la medida de lo posible para su propio uso. En ambos casos mejora su situación económica y, al mismo tiempo, se asegura a la instancia social general de dirección la influencia necesaria para transformar la cooperativa campesina en una forma más elevada, así como para igualar los derechos y los deberes de la cooperativa en su conjunto y de cada uno de sus miembros con los de las demás ramas de la comunidad entera. La manera de llevar esto a la práctica en cada caso particular dependerá de las circunstancias del caso y de las condiciones bajo las cuales tomemos posesión del poder político. Así, posiblemente estemos en condiciones de ofrecer a estas cooperativas aún más ventajas: la asunción de toda su deuda hipotecaria por parte del banco nacional, con una simultánea reducción drástica del tipo de interés; anticipos de fondos públicos para el establecimiento de la producción en gran escala (que no habrían de consistir necesariamente ni en primer término en dinero, sino en los productos necesarios: maquinaria, fertilizantes artificiales, etc.) y otras ventajas.

El punto principal es, y será, hacer comprender a los campesinos que solo podemos salvar y preservar sus casas y sus tierras transformándolas en propiedad cooperativa explotada de manera cooperativa. Es precisamente la explotación individual condicionada por la propiedad individual la que arrastra a los campesinos a su ruina. Si insisten en la explotación individual, serán inevitablemente expulsados de casa y hogar y su anticuado modo de producción será sustituido por la producción capitalista en gran escala. Así están las cosas. Y entonces venimos nosotros y ofrecemos a los campesinos la oportunidad de introducir ellos mismos la producción en gran escala, no por cuenta de los capitalistas, sino por cuenta propia y común. ¿Será realmente imposible hacerles comprender que esto conviene a su propio interés, que es el único medio de salvación?

Ni ahora, ni en ningún momento futuro, podemos prometer a los campesinos parcelarios que conservaremos su propiedad individual y su explotación individual frente al poder arrollador de la producción capitalista. Solo podemos prometerles que no interferiremos por la fuerza, contra su voluntad, en sus relaciones de propiedad. Además, podemos propugnar que la lucha de los capitalistas y de los grandes terratenientes contra los pequeños campesinos se libre, en adelante, con el mínimo de medios desleales y que el robo y el fraude directos, que se practican con demasiada frecuencia, se eviten en lo posible. En esto solo lograremos éxito en casos excepcionales. Bajo el modo de producción capitalista desarrollado, nadie puede decir dónde termina la honradez y dónde empieza el engaño. Pero siempre supondrá una diferencia considerable que el poder público esté del lado del que engaña o del engañado. Nosotros, por supuesto, estamos decididamente del lado del pequeño campesino; haremos todo lo lícitamente posible para hacer más soportable su suerte, para facilitarle el tránsito a la cooperativa si decide darlo, e incluso para hacerle posible permanecer en su pequeña explotación durante un plazo prolongado para reflexionar sobre el asunto, en caso de que todavía no se haya decidido a ello. Hacemos esto no solo porque consideramos que el pequeño campesino que vive de su propio trabajo nos pertenece virtualmente, sino también por interés directo del partido. Cuanto mayor sea el número de campesinos a los que podamos salvar de ser arrojados realmente al proletariado, a los que podamos ganar para nuestra causa mientras todavía son campesinos, tanto más rápida y fácilmente se realizará la transformación social. Nada nos serviría esperar para esta transformación hasta que la producción capitalista se haya desarrollado en todas partes hasta sus últimas consecuencias, hasta que el último pequeño artesano y el último pequeño campesino hayan caído víctimas de la producción capitalista en gran escala. Los sacrificios materiales que a tal fin hayan de hacerse en interés de los campesinos y que deban ser sufragados con fondos públicos, desde el punto de vista de la economía capitalista solo pueden considerarse dinero tirado; pero no obstante, es una excelente inversión, porque quizá permitirá ahorrar diez veces más en los costos de la reorganización social en general. En este sentido, podemos, por tanto, permitirnos actuar con gran liberalidad respecto a los campesinos. No es este el lugar de entrar en detalles ni de hacer propuestas concretas al respecto; aquí solo podemos ocuparnos de principios generales.

Por consiguiente, no podemos hacer mayor flaco favor al partido, así como a los pequeños campesinos, que hacer promesas que siquiera creen la impresión de que tenemos la intención de conservar permanentemente las pequeñas explotaciones. Ello significaría cerrar directamente a los campesinos el camino hacia su emancipación y degradar al partido al nivel del antisemitismo ruin. Por el contrario, es deber de nuestro partido dejar claro una y otra vez a los campesinos que su situación es absolutamente desesperada mientras impere el capitalismo, que es absolutamente imposible conservarles sus pequeñas explotaciones como tales, que la producción capitalista en gran escala pasará por encima de su impotente y anticuado sistema de producción en pequeño con la misma seguridad con que un tren pasa sobre una carretilla. Si lo hacemos, actuaremos en consonancia con la tendencia inevitable del desarrollo económico, y este desarrollo no dejará de hacer llegar nuestras palabras hasta los pequeños campesinos.

De paso, no puedo dejar este tema sin expresar mi convicción de que los autores del programa de Nantes comparten también, en lo esencial, mi opinión. Su perspicacia es demasiado grande para no saber que las superficies hoy divididas en pequeñas explotaciones están asimismo destinadas a convertirse en propiedad común. Ellos mismos reconocen que la propiedad de las pequeñas explotaciones está llamada a desaparecer. El informe del Consejo Nacional, redactado por Lafargue y presentado en el congreso de Nantes, lo corrobora igualmente por completo. Dicho informe fue publicado en alemán en el Berliner Sozialdemokrat del 18 de octubre de este año. El carácter contradictorio de las expresiones empleadas en el propio programa de Nantes delata el hecho de que lo que sus autores dicen realmente no es lo que quieren decir. Si no se les entiende y sus afirmaciones son mal utilizadas, como ya ha ocurrido, es, por supuesto, culpa suya. En todo caso, deberán clarificar su programa y el próximo congreso francés revisarlo a fondo.

Pasemos ahora a los campesinos grandes. Aquí, como resultado del reparto de la herencia, así como del endeudamiento y las ventas forzosas de tierras, encontramos un abigarrado conjunto de escalones intermedios, desde el pequeño campesino parcelario hasta el gran campesino propietario, que ha conservado intacto su viejo patrimonio o incluso lo ha acrecentado. Allí donde el campesino medio vive entre campesinos parcelarios, sus intereses y sus concepciones no difieren gran cosa de los de éstos; sabe por experiencia propia cuántos de los de su clase han descendido ya al nivel de los pequeños campesinos. Pero allí donde predominan los campesinos medios y los grandes, y la explotación de las granjas requiere, por lo general, el concurso de mozos y criadas, la cosa cambia por completo. Claro está que un partido obrero ha de luchar, en primer término, en pro de los trabajadores asalariados, es decir, de los mozos, las criadas y los jornaleros. Es incuestionable que no le está permitido hacer a los campesinos promesa alguna que implique la perduración de la esclavitud asalariada de los obreros. Pero, en tanto sigan existiendo los campesinos grandes y medios, en cuanto tales no podrán prescindir de trabajadores asalariados. Por consiguiente, si ya sería una pura insensatez por nuestra parte presentar a los campesinos parcelarios la perspectiva de seguir siendo tal cosa permanentemente, rayaría en la traición prometer lo mismo a los campesinos grandes y medios.

Tenemos aquí de nuevo el caso paralelo de los artesanos en las ciudades. Cierto es que se hallan más arruinados que los campesinos, pero todavía quedan algunos que ocupan oficiales, además de aprendices, o para quienes los aprendices desempeñan el trabajo de oficiales. Aquellos de entre estos maestros artesanos que quieran perpetuar su existencia como tales, que echen su suerte con los antisemitas hasta haberse convencido de que tampoco en ese campo obtienen ayuda alguna. Los demás, que han comprendido que su modo de producción está inevitablemente condenado, se vienen a nosotros y, además, están dispuestos a compartir en el futuro la suerte que aguarda a todos los demás trabajadores. Lo mismo reza para los campesinos grandes y medios. Huelga decir que nos interesamos más por sus mozos, criadas y jornaleros que por ellos mismos. Si estos campesinos pretenden que se les garantice la continuidad de sus empresas, no estamos en modo alguno en condiciones de asegurársela. Tendrán entonces que alinearse entre los antisemitas, la liga campesina y partidos similares, que encuentran su placer en prometerlo todo y no cumplir nada. Tenemos la certeza económica de que también los campesinos grandes y medios sucumbirán inevitablemente a la competencia de la producción capitalista y del cereal barato de ultramar, como lo demuestran el creciente endeudamiento y la decadencia, por doquier visible, de estos campesinos. Nada podemos hacer contra esa decadencia, salvo recomendar también aquí la agrupación de las granjas para formar empresas cooperativas, en las que se vaya eliminando cada vez más la explotación del trabajo asalariado y se pueda instituir su paulatina transformación en ramas de la gran cooperativa nacional de productores, disfrutando cada rama de iguales derechos y deberes. Si estos campesinos comprenden la inevitabilidad de la ruina de su actual modo de producción y sacan las conclusiones necesarias, vendrán a nosotros y será incumbencia nuestra facilitar, en la medida de nuestras fuerzas, también su transición al modo de producción modificado. De lo contrario, tendremos que abandonarlos a su suerte y dirigirnos a sus obreros asalariados, entre los cuales no dejaremos de hallar simpatía. Lo más probable es que también aquí podamos prescindir de recurrir a la expropiación forzosa y, por lo demás, confiar en que la futura evolución económica haga entrar en razón también a estas cabezas más duras.

Sólo las grandes propiedades territoriales presentan un caso perfectamente sencillo. Aquí nos enfrentamos con una producción capitalista sin disfraz alguno, sin que ningún escrúpulo tenga por qué refrenarnos. Aquí nos hallamos ante masas de proletarios rurales y nuestra tarea es clara. Tan pronto como nuestro partido se halle en posesión del poder político, le bastará con expropiar a los grandes terratenientes, tal como a los fabricantes en la industria. Que esta expropiación haya de ser indemnizada o no, no dependerá en gran medida de nosotros, sino de las circunstancias en que conquistemos el poder y, particularmente, de la actitud que adopten esos señores, los grandes propietarios territoriales mismos. Nosotros no consideramos en absoluto que la indemnización sea inadmisible en todos los casos; Marx me dijo (¡y cuántas veces!) que, a su juicio, saldríamos ganando más barato si pudiéramos comprar a toda esa pandilla. Pero esto no nos concierne aquí. Las grandes fincas, devueltas así a la comunidad, serán cedidas por nosotros a los trabajadores rurales que ya las cultivan, organizándolos en cooperativas. Se les asignarán para su uso y disfrute bajo la inspección de la comunidad. Nada puede decirse todavía acerca de las condiciones de tenencia. En todo caso, la transformación de la empresa capitalista en empresa social está aquí plenamente preparada y puede llevarse a cabo de la noche a la mañana, exactamente igual que en la fábrica del señor Krupp o del señor von Stumm. Y el ejemplo de estas cooperativas agrícolas convencería también a los últimos pequeños campesinos parcelarios que aún se resistan, y seguramente también a muchos campesinos grandes, de las ventajas de la producción cooperativa en gran escala.

Así, pues, podemos abrir aquí ante los proletarios rurales perspectivas tan espléndidas como las que se ofrecen a los obreros industriales, y sólo será cuestión de tiempo, y de muy poco tiempo, el que ganemos para nuestra causa a los trabajadores rurales de la Prusia al este del Elba. Pero una vez que tengamos a los trabajadores rurales del este del Elba, soplará en el acto un viento distinto en toda Alemania. La semiservidumbre real de los trabajadores rurales al este del Elba constituye la base fundamental de la dominación del junkerismo prusiano y, con ello, de la supremacía específica de Prusia en Alemania. Son los junkers al este del Elba quienes han creado y conservan el carácter específicamente prusiano de la burocracia, así como del cuerpo de oficiales del ejército; los junkers, cada vez más arruinados por sus deudas, su empobrecimiento y su parasitismo a costa del Estado y de los particulares, y que precisamente por eso se aferran tanto más desesperadamente a la dominación que ejercen; los junkers, cuya soberbia, fanatismo y arrogancia han concitado contra el Reich alemán de la nación prusiana[3] dentro del país tal odio ‒aun teniendo en cuenta que actualmente ese Reich es inevitable como única forma en que puede realizarse ahora la unidad nacional‒ y en el extranjero tan poco respeto, pese a sus brillantes victorias. El poder de estos junkers se basa en que, dentro del compacto territorio de las siete viejas provincias prusianas ‒es decir, aproximadamente una tercera parte de todo el territorio del Reich‒, disponen de la propiedad territorial, la cual lleva aparejada aquí tanto el poder social como el político. Y no sólo de la propiedad territorial, sino también, mediante sus refinerías de azúcar de remolacha y sus destilerías de aguardiente, de las industrias más importantes de esta región. Ni los grandes terratenientes del resto de Alemania ni los grandes industriales se hallan en una situación igualmente favorable. Ni unos ni otros disponen de un reino compacto. Ambos se hallan dispersos por una vasta extensión de territorio y, compitiendo entre sí y con los demás elementos sociales que los rodean, luchan por la predominancia económica y política. Pero la base económica de esta dominación de los junkers prusianos se está descomponiendo constantemente. También aquí el endeudamiento y el empobrecimiento se extienden de manera irresistible, a pesar de toda la ayuda estatal (y desde Federico II, esta partida figura en todo presupuesto regular de un junker). Sólo la semiservidumbre real, sancionada por la ley y la costumbre, y la consiguiente posibilidad de una explotación ilimitada de los trabajadores rurales, mantienen aún apenas a flote a los junkers que se hunden. Sembrad la semilla de la socialdemocracia entre esos obreros, dadles el valor y la cohesión necesarios para reivindicar sus derechos, y se habrá acabado la gloria de los junkers. La gran potencia reaccionaria que para Alemania representa el mismo elemento bárbaro y rapaz que el zarismo ruso para toda Europa, se derrumbará como una burbuja pinchada. Los «regimientos selectos» del ejército prusiano se volverán socialdemócratas, lo que traerá consigo un desplazamiento de poder preñado de toda una conmoción. Mas, por lo mismo, es enormemente más importante ganar al proletariado rural al este del Elba que a los pequeños campesinos de Alemania occidental, o a los campesinos medios de Alemania meridional. Aquí, en la Prusia al este del Elba, habrá de librarse la batalla decisiva de nuestra causa, y precisamente por ello el gobierno y el junkerismo harán todo lo posible por impedir que penetremos allí. Y si, como se nos amenaza, se recurre a nuevas medidas violentas para dificultar la propagación de nuestro partido, su finalidad primordial será proteger al proletariado rural al este del Elba de nuestra propaganda. Nos da lo mismo. Pese a todo, lo ganaremos.