Engels 1894: El problema campesino en Francia y Alemania

Parte 1: Francia

La población rural a la que podemos dirigirnos se compone de partes muy diversas, que varían mucho según las regiones.

En el oeste de Alemania, como en Francia y Bélgica, predomina el cultivo en pequeña escala de campesinos parcelarios, la mayoría de los cuales son propietarios y una minoría arrienda sus parcelas de tierra.

En el noroeste —en Baja Sajonia y Schleswig-Holstein— predomina un campesinado grande y medio que no puede prescindir de mozos y mozas de labranza e incluso de jornaleros. Lo mismo cabe decir de una parte de Baviera.

En la Prusia al este del Elba y en Mecklemburgo tenemos las regiones de grandes latifundios y cultivo a gran escala con criados de labranza, coteros y jornaleros, y, entre ellos, pequeños y medianos campesinos en proporción relativamente insignificante y en constante disminución.

En la Alemania central, todas estas formas de producción y propiedad se hallan entremezcladas en proporciones diversas, según la localidad, sin que predomine de manera decidida ninguna forma particular en una extensa superficie.

Además, existen localidades de extensión variable en las que la tierra cultivable, propia o arrendada, no basta para asegurar la subsistencia de la familia, sino que solo puede servir de base para ejercer una industria doméstica y permitir a esta pagar los salarios, de otro modo incomprensiblemente bajos, que garantizan la venta constante de sus productos a pesar de toda la competencia extranjera.

¿Cuál de estas subdivisiones de la población rural puede ser ganada por el partido socialdemócrata? Nosotros, por supuesto, investigamos esta cuestión solo a grandes rasgos; nos ceñimos únicamente a las formas claras. Nos falta espacio para tomar en consideración las etapas intermedias y las poblaciones rurales mixtas.

Comencemos por el pequeño campesino. De todos los campesinos, no solo es el más importante para Europa Occidental en general, sino que constituye también el caso crítico que decide toda la cuestión. Una vez que hayamos aclarado mentalmente nuestra actitud hacia el pequeño campesino, tendremos todos los elementos necesarios para determinar nuestra postura respecto a los demás componentes de la población rural.

Por pequeño campesino entendemos aquí al propietario o arrendatario —particularmente al primero— de una parcela de tierra que, por regla general, no es mayor de la que él y su familia pueden cultivar, ni menor de la que basta para sustentar a la familia. Este pequeño campesino, al igual que el pequeño artesano, es, por tanto, un trabajador que se diferencia del proletario moderno en que aún posee sus instrumentos de trabajo; es decir, una supervivencia de un modo de producción pretérito. Hay una triple diferencia entre él y su antepasado, el siervo, el adscrito a la tierra o, muy excepcionalmente, el campesino libre sujeto a rentas y prestaciones feudales. Primera, en que la Revolución Francesa lo liberó de las prestaciones feudales y de los cánones que debía al señor y, en la mayoría de los casos, al menos en la margen izquierda del Rin, le asignó su granja campesina como propiedad libre y propia.

Segunda, en que perdió la protección de la comunidad autónoma de la Marca y el derecho a participar en ella, y con ello su parte en los emolumentos de la antigua Marca común. La Marca común fue barrida, en parte, por el antiguo señor feudal y, en parte, por una legislación burocrática ilustrada inspirada en el derecho romano. Esto priva al pequeño campesino de los tiempos modernos de la posibilidad de alimentar a sus animales de tiro sin comprar forraje. Sin embargo, desde el punto de vista económico, la pérdida de los emolumentos derivados de la Marca supera con mucho las ventajas derivadas de la abolición de las prestaciones feudales. El número de campesinos incapaces de mantener animales de tiro propios aumenta sin cesar.

Tercera, el campesino de hoy ha perdido la mitad de su antigua actividad productiva. Antaño, él y su familia producían, a partir de materias primas que ellos mismos elaboraban, la mayor parte de los productos industriales que necesitaban; el resto de lo que requerían lo suministraban los vecinos del pueblo que ejercían un oficio al margen de la agricultura y a los que se pagaba generalmente con artículos de intercambio o con servicios recíprocos. La familia, y más aún la aldea, era autosuficiente, producía casi todo lo que necesitaba. Era una economía natural casi pura; apenas se requería dinero. La producción capitalista puso fin a esto mediante su economía monetaria y la gran industria. Pero si los emolumentos de la Marca representaban una de las condiciones básicas de su existencia, su actividad industrial complementaria era la otra. Y así el campesino se hunde cada vez más. Los impuestos, las malas cosechas, las particiones hereditarias y los litigios empujan a un campesino tras otro a los brazos del usurero; el endeudamiento se generaliza cada vez más y, en cada caso, su monto aumenta sin cesar — en resumen, nuestro pequeño campesino, como toda supervivencia de un modo de producción pretérito, está condenado sin remedio. Es un futuro proletario.

En cuanto tal, debería prestar oído atento a la propaganda socialista. Pero, por el momento, se lo impide su arraigado sentido de la propiedad. Cuanto más difícil le resulta defender su parcela amenazada, tanto más desesperadamente se aferra a ella, tanto más considera a los socialdemócratas, que hablan de transferir la propiedad de la tierra a la sociedad en su conjunto, un enemigo tan peligroso como el usurero y el abogado. ¿Cómo ha de superar la socialdemocracia este prejuicio? ¿Qué puede ofrecer al pequeño campesino condenado sin ser infiel a sí misma?

Aquí encontramos un punto de apoyo práctico en el programa agrario de los socialistas franceses de la tendencia marxista, un programa tanto más digno de atención cuanto que procede del país clásico de la economía parcelaria.

El Congreso de Marsella de 1892 adoptó el primer programa agrario del Partido. Este exige para los trabajadores rurales sin propiedad (es decir, jornaleros y criados): salarios mínimos fijados por los sindicatos y los consejos comunales; tribunales rurales de oficio compuestos en un cincuenta por ciento por trabajadores; prohibición de la venta de tierras comunales; y el arrendamiento de tierras del dominio público a las comunas, las cuales han de arrendar toda esta tierra, ya sea propia o arrendada, a asociaciones de familias de trabajadores agrícolas sin propiedad para su cultivo en común, bajo la condición de que se prohíba el empleo de trabajadores asalariados y de que las comunas ejerzan el control; pensiones de vejez e invalidez, costeadas mediante un impuesto especial sobre las grandes propiedades territoriales.

Para los pequeños campesinos, con especial consideración hacia los arrendatarios: compra de maquinaria por la comuna, para ser arrendada a los campesinos al precio de costo; formación de cooperativas campesinas para la compra de abonos, tubos de drenaje, semillas, etc., y para la venta de los productos; supresión del impuesto de transmisión de bienes inmuebles cuando el valor no exceda de 5.000 francos; comisiones arbitrales según el modelo irlandés para reducir los alquileres exorbitantes e indemnizar a los arrendatarios salientes y a los aparceros (métayers) por la plusvalía de la tierra que les corresponda; derogación del artículo 2102 del Código Civil, que permite al arrendador embargar la cosecha, y abolición del derecho de los acreedores a embargar las cosechas en pie; exención de embargo de una cantidad determinada de aperos de labranza y de la cosecha, semillas, abonos, animales de tiro —en una palabra, de todo lo indispensable para que el campesino pueda continuar su explotación—; revisión del catastro general, que hace tiempo está desfasado, y, entretanto, una revisión local en cada comuna; por último, enseñanza agrícola gratuita y estaciones experimentales agrícolas.

Como vemos, las reivindicaciones hechas en interés de los campesinos —las hechas en interés de los obreros no nos conciernen aquí, por el momento— no son muy ambiciosas. Parte de ellas ya se han realizado en otros lugares. Los tribunales arbitrales de arrendatarios siguen, por expresa mención, el prototipo irlandés. En las provincias renanas existen ya cooperativas campesinas. La revisión del catastro ha sido un constante y piadoso deseo de todos los liberales, y aun de los burócratas, en toda Europa Occidental. Los otros puntos también podrían ponerse en práctica sin menoscabo sustancial del orden capitalista existente. Con esto basta para caracterizar el programa. No se trata de un reproche; muy al contrario.

El Partido hizo tan buen negocio con este programa entre los campesinos de las más diversas regiones de Francia que —como el comer abre el apetito— uno se sintió obligado a acomodarlo aún más a su gusto. Se sintió, sin embargo, que ello sería pisar un terreno peligroso. ¿Cómo ayudar al campesino —no al campesino en cuanto futuro proletario, sino en cuanto campesino propietario actual— sin violar los principios básicos del programa socialista general? Para hacer frente a esta objeción, se antepuso a las nuevas propuestas prácticas un preámbulo teórico, el cual busca demostrar que está en consonancia con los principios del socialismo proteger la propiedad parcelaria de su destrucción por el modo de producción capitalista, aunque se tiene plena conciencia de que esta destrucción es inevitable. Examinemos ahora más de cerca este preámbulo, así como las propias reivindicaciones adoptadas por el Congreso de Nantes en septiembre de este año.

El preámbulo comienza así:

Considerando que, según los términos del programa general del Partido, los productores no pueden ser libres sino en la medida en que estén en posesión de los medios de producción;

Considerando que, en la esfera de la industria, estos medios de producción han alcanzado ya un grado tal de centralización capitalista que solo pueden ser devueltos a los productores en forma colectiva o social, pero que en la esfera de la agricultura —al menos en la Francia actual— no ocurre en modo alguno así, pues los medios de producción, a saber, la tierra, se hallan en muchísimas localidades todavía en manos de los productores individuales mismos como posesión individual de estos;

Considerando que, aun cuando este estado de cosas caracterizado por la propiedad parcelaria está condenado sin remisión (est fatalement appelé à disparaître), no corresponde al socialismo acelerar su ruina, ya que su tarea no consiste en separar la propiedad del trabajo, sino, por el contrario, en reunir ambos factores de toda producción colocándolos en las mismas manos, factores cuya separación acarrea la servidumbre y la miseria de los trabajadores reducidos a proletarios;

Considerando que, si por una parte es deber del socialismo volver a poner a los proletarios agrícolas en posesión —en forma colectiva o social— de los grandes dominios tras expropiar a sus actuales propietarios ociosos, por otra parte no es menos su deber imperioso mantener a los campesinos que cultivan sus propias parcelas en posesión de las mismas frente al fisco, al usurero y a las intromisiones de los grandes terratenientes recién surgidos;

Considerando que conviene extender esta protección también a los productores que, como arrendatarios o aparceros (métayers), cultivan la tierra propiedad de otros y que, si explotan a jornaleros, en cierta medida se ven obligados a ello por la explotación a que ellos mismos están sometidos —

Por tanto, el Partido Obrero —que, a diferencia de los anarquistas, no cuenta con un aumento y una extensión de la miseria para la transformación del orden social, sino que espera que el trabajo y la sociedad en general sean emancipados únicamente por la organización y los esfuerzos concertados de los trabajadores del campo y de la ciudad, por la toma de posesión del gobierno y de la legislación— ha adoptado el siguiente programa agrario para congregar así a todos los elementos de la producción rural, a todas las ocupaciones que, en virtud de diversos derechos y títulos, utilizan el suelo nacional, a fin de librar una lucha idéntica contra el enemigo común: la feudalidad de la propiedad territorial.

Ahora, para un examen más detenido de estos «considerandos».

Para empezar, la declaración del programa francés de que la libertad de los productores presupone la posesión de los medios de producción debe ser complementada por las que inmediatamente siguen: ya sea como posesión individual, forma que nunca ni en ninguna parte ha existido para los productores en general y que el progreso industrial hace cada día más imposible; o como posesión común, forma cuyas condiciones previas materiales e intelectuales han sido establecidas por el desarrollo mismo de la sociedad capitalista; que, por tanto, la toma de posesión colectiva de los medios de producción debe ser disputada con todos los medios a disposición del proletariado.

La posesión común de los medios de producción se presenta aquí, pues, como la única meta principal por la que hay que luchar. No solo en la industria, donde el terreno ya está preparado, sino en general, por tanto también en la agricultura. Según el programa, la posesión individual nunca, en ninguna parte, existió de manera general para todos los productores; precisamente por eso, y porque el progreso industrial la suprime de todos modos, al socialismo no le interesa mantenerla, sino suprimirla; porque donde existe y en la medida en que existe, hace imposible la posesión común. Si citamos el programa en apoyo de nuestra tesis, debemos citar el programa entero, que modifica considerablemente la proposición citada en Nantes; pues hace depender la verdad histórica general en ella expresada de las condiciones bajo las cuales únicamente puede seguir siendo una verdad hoy en Europa occidental y América del Norte.

La posesión de los medios de producción por los productores individuales no otorga ya hoy a estos productores una libertad real. La artesanía ya está arruinada en las ciudades; en metrópolis como Londres ha desaparecido ya por completo, suplantada por la gran industria, el sistema de sudor y miserables chapuceros que prosperan con la bancarrota. El pequeño campesino que se autoabastece no está ni en posesión segura de su minúscula parcela de tierra ni es libre. Él, así como su casa, su granja y sus nuevos campos, pertenecen al usurero; su sustento es más inseguro que el del proletario, quien al menos de vez en cuando tiene días de tranquilidad, cosa que nunca le sucede al eternamente atormentado esclavo de las deudas. Suprimid el Artículo 2102 del Código Civil, estableced por ley una cantidad determinada de aperos de labranza, ganado, etc., exentos de embargo y ejecución; aun así no podréis garantizarle contra una emergencia en la que se vea obligado a vender su ganado «voluntariamente», en la que tenga que firmar su entrega, en cuerpo y alma, al usurero y alegrarse de obtener una prórroga. Vuestro intento de proteger al pequeño campesino en su propiedad no protege su libertad, sino solo la forma particular de su servidumbre; prolonga una situación en la que no puede ni vivir ni morir. Por tanto, está enteramente fuera de lugar citar aquí el primer párrafo de vuestro programa como autoridad para vuestra tesis.

El preámbulo declara que en la Francia actual los medios de producción —es decir, la tierra— se hallan todavía en muchísimas localidades en manos de productores individuales como posesión individual suya; que, sin embargo, no es tarea del socialismo separar la propiedad del trabajo, sino, por el contrario, unir estos dos factores de toda producción poniéndolos en las mismas manos. Como ya se ha señalado, esto último, en esta forma general, no es en modo alguno la tarea del socialismo. Su tarea es, más bien, únicamente transferir los medios de producción a los productores como su posesión común. Tan pronto como perdemos esto de vista, la afirmación anterior se vuelve directamente engañosa al implicar que es la misión del socialismo convertir la actual propiedad aparente del pequeño campesino sobre sus campos en propiedad real — es decir, convertir al pequeño arrendatario en propietario y al propietario endeudado en propietario sin deudas. Indudablemente, al socialismo le interesa que desaparezca la falsa apariencia de la propiedad campesina, pero no de esta manera.

En todo caso, hemos llegado ya al punto de que el preámbulo puede declarar sin ambages que es deber del socialismo, más aún, su deber imperativo,

«mantener a los campesinos que cultivan sus parcelas de tierra en posesión de las mismas frente al fisco, al usurero y las usurpaciones de los recién surgidos grandes terratenientes.»

De este modo, el preámbulo impone al socialismo el deber imperativo de llevar a cabo algo que en el párrafo anterior había declarado imposible. Le encarga «mantener» la propiedad parcelaria de los campesinos, aunque él mismo afirma que esta forma de propiedad está «irremisiblemente condenada». ¿Qué son el fisco, el usurero y los recién surgidos grandes terratenientes sino los instrumentos mediante los cuales la producción capitalista provoca esta condena inevitable? Con qué medios ha de valerse el «socialismo» para proteger al campesino contra esta trinidad, lo veremos más adelante.

Pero no solo el pequeño campesino debe ser protegido en su propiedad. También es

«conveniente extender esta protección también a los productores que, como arrendatarios o aparceros (métayers), cultivan la tierra ajena y, cuando explotan jornaleros, se ven en cierta medida obligados a hacerlo por la explotación a la que ellos mismos están sometidos».

Henos aquí en un terreno de lo más extraño. El socialismo se opone particularmente a la explotación del trabajo asalariado. ¡Y aquí se declara que es deber imperativo del socialismo proteger a los arrendatarios franceses cuando «explotan jornaleros», como dice literalmente el texto! ¡Y ello porque están obligados a hacerlo en cierta medida por «la explotación a la que ellos mismos están sometidos»!

¡Qué fácil y agradable es dejarse deslizar una vez que se está en el tobogán! Cuando los campesinos grandes y medianos de Alemania vengan a pedir a los socialistas franceses que intercedan ante la directiva del partido alemán para que el Partido Socialdemócrata Alemán los proteja en la explotación de sus criados y criadas agrícolas, alegando en apoyo de su pretensión «la explotación a la que ellos mismos están sometidos» por usureros, recaudadores de impuestos, especuladores de cereales y tratantes de ganado, ¿qué contestarán? ¿Qué garantía tienen de que nuestros grandes terratenientes agrarios no les envíen al conde Kanitz (quien también presentó una propuesta semejante a la suya, instaurando un monopolio estatal de la importación de cereales) y pidan igualmente protección socialista para su explotación de los trabajadores rurales, alegando en apoyo «la explotación a la que ellos mismos están sometidos» por agiotistas, prestamistas y especuladores de cereales?

Digamos aquí, de entrada, que las intenciones de nuestros amigos franceses no son tan malas como pudiera suponerse. La frase anterior, según se nos dice, solo pretende cubrir un caso muy especial — a saber, el siguiente: En el norte de Francia, lo mismo que en nuestras comarcas remolacheras, se arrienda tierra a los campesinos con la obligación de cultivar remolacha, en condiciones sumamente onerosas. Tienen que entregar la remolacha a una fábrica estatal a un precio fijado por esta, deben comprar semilla determinada, usar una cantidad fija de abono prescrito, y al entregarla se les estafa encima vilmente. También en Alemania sabemos bien de esto. Pero, si se quiere tomar bajo su protección a esta clase de campesinos, hay que decirlo abierta y expresamente. Tal como reza ahora la frase, en su forma general ilimitada, constituye una violación directa no solo del programa francés, sino del principio fundamental del socialismo en general, y sus autores no tendrán motivo de queja si esta negligente redacción es utilizada contra ellos en diversos círculos, conforme a su propia intención.

También las palabras finales del preámbulo, según las cuales es tarea del Partido Obrero Socialista

«reunir a todos los elementos de la producción rural, a todas las ocupaciones que, en virtud de diversos derechos y títulos, utilizan el suelo nacional, para librar una lucha idéntica contra el enemigo común: la feudalidad de la propiedad territorial»,

son susceptibles de semejante interpretación errónea. Niego rotundamente que al partido obrero socialista de país alguno se le encomiende la tarea de acoger en su seno, además de los proletarios rurales y de los pequeños campesinos, también a los campesinos medios y grandes, y tal vez incluso a los arrendatarios de las grandes fincas, a los ganaderos capitalistas y demás explotadores capitalistas del suelo nacional. A todos ellos, la feudalidad de la propiedad territorial puede parecerles un enemigo común. En ciertas cuestiones podemos hacer causa común con ellos y luchar a su lado por determinados fines. Podemos utilizar en nuestro Partido a individuos de todas las clases de la sociedad, pero no tenemos necesidad alguna de grupos que representen intereses capitalistas, pequeñoburgueses o de campesinos medios. También aquí, lo que quieren decir no es tan malo como parece. Los autores, evidentemente, ni siquiera reflexionaron sobre todo esto. Pero, por desgracia, se dejaron arrastrar por su afán de generalización, y no deben sorprenderse si se les toma la palabra.

Después del preámbulo vienen los apéndices recién aprobados al programa mismo. Delatan la misma redacción descuidada que el preámbulo.

El artículo que dispone que las comunas deben adquirir maquinaria agrícola y alquilarla a los campesinos a precio de costo queda modificado en el sentido de que las comunas, en primer lugar, habrán de recibir subvenciones del Estado para este fin y, en segundo lugar, la maquinaria se pondrá gratuitamente a disposición de los pequeños campesinos. Esta concesión adicional no será de gran ayuda para los pequeños campesinos, cuyos campos y modo de producción permiten muy poco empleo de maquinaria.

Además,

«sustitución de todos los impuestos directos e indirectos existentes por un impuesto progresivo único sobre todas las rentas superiores a 3.000 francos».

Una exigencia semejante figura desde hace muchos años en casi todos los programas socialdemócratas. Pero que esta reivindicación se levante en interés especial de los pequeños campesinos es algo nuevo y demuestra únicamente lo poco que se ha calculado su alcance real. Tomemos a Gran Bretaña. Allí el presupuesto del Estado asciende a 90 millones de libras esterlinas, de las cuales de 13,5 a 14 millones corresponden al impuesto sobre la renta. La parte menor de los 76 millones restantes se recauda gravando los negocios (tarifas de correos y telégrafos, impuesto de timbre), pero la parte con mucho mayor proviene de impuestos sobre artículos de consumo masivo, del recorte constantemente repetido de pequeñas e imperceptibles sumas que totalizan muchos millones de las rentas de todos los miembros de la población, pero particularmente de sus capas más pobres. En la sociedad actual es apenas posible sufragar los gastos del Estado de otra manera. Supongamos que los 90 millones enteros se cargan en Gran Bretaña sobre las rentas de 120 libras esterlinas = 3.000 francos y superiores mediante la imposición de un impuesto directo progresivo. La acumulación anual media, el aumento anual de la riqueza nacional total, ascendió de 1865 a 1875, según Giffen, a 240 millones de libras. Supongamos que ahora equivale a 200 millones anuales; una carga fiscal de 90 millones absorbería casi un tercio de la acumulación total. En otras palabras, ningún gobierno salvo uno socialista puede acometer semejante cosa. Cuando los socialistas estén al timón, habrá cosas que llevar a ejecución, al lado de las cuales esa reforma tributaria figurará como un mero arreglo momentáneo, y bien insignificante, mientras perspectivas enteramente distintas se abren ante los pequeños campesinos.

Se diría que se comprende que el campesino tendrá que esperar bastante tiempo por esta reforma tributaria, de modo que, «entretanto» (en attendant), se les ofrece la siguiente perspectiva:

«Abolición de los impuestos territoriales para todos los campesinos que viven de su propio trabajo, y reducción de estos impuestos para todas las parcelas hipotecadas.»

La segunda mitad de esta reivindicación solo puede referirse a explotaciones campesinas demasiado grandes para ser trabajadas por la propia familia; por tanto, es de nuevo una disposición a favor de campesinos que «explotan jornaleros».

Otra vez:

"Derechos de caza y pesca sin más restricciones que las que
fueran necesarias para la conservación de la caza y la pesca y la protección
de las cosechas en crecimiento."

Esto suena muy popular, pero la parte final de la frase echa por tierra
la parte introductoria. ¿Cuántos conejos, perdices, lucios y carpas,
hay aún hoy por familia campesina en todas las localidades rurales? ¿Acaso
se atrevería alguien a decir que más de los que justificarían conceder a cada campesino tan solo un día
al año para la caza y la pesca gratuitas?

"Reducción de la tasa legal y convencional de interés" —

por tanto, renovadas leyes contra la usura, un renovado intento de introducir una medida policial
que ha fracasado siempre en todas partes durante los últimos dos mil años. Si un
pequeño campesino se encuentra en una situación en la que recurrir a un usurero es
para él el mal menor, el usurero siempre encontrará modos y maneras de chuparle la sangre
sin infringir las leyes contra la usura. Esta medida podría servir
a lo sumo para calmar al pequeño campesino, pero no obtendrá ventaja alguna
de ella; por el contrario, le dificulta aún más obtener crédito
precisamente cuando más lo necesita.

"Asistencia médica gratuita y medicamentos a precio de costo" —

esto, en todo caso, no es una medida para la protección especial de los campesinos.
El programa alemán va más lejos y exige que también los medicamentos sean
gratuitos.

"Indemnización a las familias de los reservistas llamados al servicio militar
mientras dure su servicio" —

esto ya existe, aunque con gran insuficiencia, en Alemania y Austria y
no es tampoco una demanda campesina especial.

"Reducción de los gastos de transporte de fertilizantes, maquinaria agrícola
y productos del campo" —

está, en general, vigente en Alemania, y principalmente en interés — de
los grandes terratenientes.

"Trabajos preparatorios inmediatos para la elaboración de un plan de obras
públicas para el mejoramiento del suelo y el desarrollo de la producción
agrícola" —

deja todo en el reino de la incertidumbre y las hermosas promesas, y
beneficia también, sobre todo, a las grandes propiedades territoriales.

En resumen, después del tremendo esfuerzo teórico exhibido
en el preámbulo, las propuestas prácticas del nuevo programa agrario
revelan aún menos el modo en que el Partido Obrero Francés
espera poder mantener a los pequeños campesinos en posesión de sus
pequeñas parcelas, las cuales, en su propio terreno, están irremisiblemente
condenadas.