El tercer libro de El Capital, desde que está sometido al juicio público, ya recibe interpretaciones múltiples y de diverso género. No podía esperarse otra cosa. Al publicarlo, me importaba ante todo establecer un texto lo más auténtico posible, presentar los resultados recién obtenidos por Marx, en la medida de lo posible, con las propias palabras de Marx, intervenir yo mismo sólo allí donde fuera absolutamente inevitable, y aun allí no dejar al lector la menor duda acerca de quién le habla. Se ha censurado esto; se ha opinado que yo habría debido transformar el material que tenía ante mí en un libro elaborado sistemáticamente, en faire un livre, como dicen los franceses; en otras palabras, sacrificar la autenticidad del texto a la comodidad del lector. Pero yo no había entendido así mi tarea. Para una reelaboración semejante me faltaba toda autorización; un hombre como Marx tiene derecho a ser oído por sí mismo, a transmitir a la posteridad sus descubrimientos científicos en toda la autenticidad de su propia exposición. Además, no tenía deseo alguno de meter mano de ese modo, como tenía que parecerme, al legado de un hombre tan superior; me habría parecido una traición. Y, en tercer lugar, habría sido completamente inútil. Para la gente que no puede o no quiere leer, que ya con el primer libro se tomó más trabajo en entenderlo mal del que era necesario para entenderlo bien, para esa gente no tiene objeto tomarse molestia alguna. Pero para aquellos a quienes importa una comprensión real, precisamente el manuscrito original era lo más importante; para ellos mi reelaboración habría tenido, a lo sumo, el valor de un comentario, y encima de un comentario a algo inédito e inaccesible. En la primera controversia habría habido que acudir de todos modos al texto original, y en la segunda y tercera su publicación in extenso se habría vuelto inevitable.

Tales controversias son, desde luego, naturales en una obra que aporta tanto de nuevo y lo hace sólo en una primera elaboración rápidamente bosquejada y en parte incompleta. Y aquí mi intervención puede ser ciertamente útil: para eliminar dificultades de comprensión, para poner más en primer plano puntos de vista importantes cuya significación no se destaca con suficiente fuerza en el texto, y para añadir al texto escrito en 1865 algunos complementos importantes correspondientes al estado de las cosas en 1895. De hecho, ya hay dos puntos sobre los que me parece necesaria una breve discusión.

I. Ley del valor y tasa de ganancia

Era de esperar que la solución de la aparente contradicción entre estos dos factores provocara debates tanto después como antes de la publicación del texto de Marx. Más de uno se había preparado para un milagro completo y se encuentra decepcionado porque, en lugar del hocus-pocus esperado, ve ante sí una mediación simple, racional, prosaicamente sobria de la oposición. Naturalmente, el más alegremente decepcionado es el conocido e ilustre Loria. Por fin ha encontrado el punto de apoyo arquimédico desde el cual incluso un duendecillo de su calibre puede levantar por los aires y hacer estallar el gigantesco edificio marxiano, tan sólidamente construido. ¡Cómo!, exclama indignado, ¿a eso se le llama una solución? ¡Eso es una pura mistificación! Cuando los economistas hablan de valor, hablan del valor que se establece efectivamente en el intercambio.

"Pero ocuparse de un valor al que las mercancías ni se venden ni jamás pueden venderse (nè possono vendersi mai), eso no lo ha hecho nunca, ni lo hará, ningún economista que posea una pizca de entendimiento... Cuando Marx afirma que el valor al que las mercancías nunca se venden está determinado en proporción al trabajo contenido en ellas, ¿qué hace sino repetir, en forma invertida, la tesis de los economistas ortodoxos: que el valor al que se venden las mercancías no está en proporción al trabajo empleado en ellas?... De nada sirve que Marx diga que, pese a la divergencia de los precios individuales respecto de los valores individuales, el precio total de todas las mercancías coincide siempre con su valor total o con la cantidad de trabajo contenida en la masa total de las mercancías. Pues como el valor no es otra cosa que la relación en que una mercancía se intercambia con otra, ya la mera representación de un valor total de las mercancías es un absurdo, un sinsentido... una contradictio in adjecto."

Al comienzo mismo de la obra, dice Loria, Marx afirma que el intercambio sólo puede igualar dos mercancías en virtud de un elemento homogéneo y de igual magnitud contenido en ellas, a saber, la cantidad de trabajo de igual magnitud contenida en ellas. Y ahora se desmiente a sí mismo de la manera más solemne al asegurar que las mercancías se intercambian en una proporción completamente distinta de la cantidad de trabajo contenida en ellas.

"¿Cuándo se ha visto una reducción ad absurdum tan completa, una bancarrota teórica mayor? ¿Cuándo se ha cometido jamás un suicidio científico con mayor pompa y más solemnidad?" ("Nuova Antologia", 1 de febrero de 1895, pp. 477, 478, 479.)

Se ve que nuestro Loria está felicísimo. ¿No tenía razón al tratar a Marx como a uno de los suyos, como a un charlatán ordinario? Ya lo veis: Marx se burla de su público exactamente como Loria; vive de mistificaciones exactamente como el más ínfimo profesor italiano de economía. Pero mientras Dulcamara puede permitírselo porque conoce su oficio, el tosco norteño Marx cae en torpezas sin cuento, dice sinsentidos y absurdos, de modo que al final no le queda otra salida que el suicidio solemne.

Reservemos para más adelante la afirmación de que las mercancías nunca se han vendido, ni pueden venderse jamás, a los valores determinados por el trabajo. Detengámonos aquí sólo en la aseveración del señor Loria de que

"el valor no es otra cosa que la relación en que una mercancía se intercambia con otra, y que, por consiguiente, ya la mera representación de un valor total de las mercancías es un absurdo, un sinsentido, etc."

La relación en que dos mercancías se intercambian, su valor, es por tanto algo puramente fortuito, algo que les viene volando desde fuera, que hoy puede ser así y mañana de otro modo. Que un quintal métrico de trigo se cambie por un gramo o por un kilogramo de oro no depende en lo más mínimo de condiciones inherentes a ese trigo o a ese oro, sino de circunstancias totalmente ajenas a ambos. Pues de otro modo esas condiciones tendrían que hacerse valer también en el intercambio, dominarlo en líneas generales y poseer además, al margen del intercambio, una existencia independiente, de modo que pudiera hablarse de un valor total de las mercancías. Eso es un sinsentido, dice el ilustre Loria. Cualquiera que sea la proporción en que dos mercancías se intercambien, ése es su valor, y sanseacabó. El valor es, pues, idéntico al precio, y cada mercancía tiene tantos valores como precios pueda conseguir. Y el precio está determinado por la oferta y la demanda; quien siga preguntando es un necio si espera respuesta.

Pero el asunto tiene, con todo, una pequeña trampa. En el estado normal, la demanda y la oferta se cubren. Dividamos, pues, todas las mercancías existentes en el mundo en dos mitades: el grupo de la demanda y el grupo, igualmente grande, de la oferta. Supongamos que cada una representa un precio de 1.000 millardos de marcos, francos, libras esterlinas o lo que sea. Según la cuenta de la vieja, eso da en conjunto un precio o valor de 2.000 millardos. Sinsentido, absurdo, dice el señor Loria. Los dos grupos juntos podrán representar un precio de 2.000 millardos. Pero con el valor la cosa es distinta. Si decimos precio, 1.000 + 1.000 = 2.000. Pero si decimos valor, 1.000 + 1.000 = 0. Al menos en este caso, en que se trata de la totalidad de las mercancías. Pues aquí la mercancía de cada uno de los dos sólo vale 1.000 millardos porque cada uno de los dos quiere y puede dar esa suma por la mercancía del otro. Pero si reunimos la totalidad de las mercancías de ambos en manos de un tercero, el primero ya no tiene ningún valor en la mano, el otro tampoco, y el tercero mucho menos: al final nadie tiene nada. Y admiramos una vez más la superioridad con que nuestro Cagliostro meridional ha apaleado el concepto de valor de tal manera que no queda de él ni el menor rastro. ¡Ésta es la culminación de la economía vulgar! (1)

En el Archiv für soziale Gesetzgebung de Braun, tomo VII, cuaderno 4, Werner Sombart ofrece una exposición, excelente en su conjunto, de las líneas generales del sistema de Marx. Es la primera vez que un profesor universitario alemán consigue, en líneas generales, ver en los escritos de Marx lo que Marx realmente dijo; la primera vez que declara que la crítica del sistema marxiano no puede consistir en una refutación, "de eso puede ocuparse el arribista político", sino sólo en un desarrollo ulterior. También Sombart, como es natural, se ocupa de nuestro tema. Investiga qué significación tiene el valor en el sistema de Marx y llega a los resultados siguientes: el valor no aparece en la relación de intercambio de las mercancías producidas capitalísticamente; no vive en la conciencia de los agentes de la producción capitalista; no es un hecho empírico, sino un hecho pensado, lógico; el concepto de valor, en su determinación material en Marx, no es otra cosa que la expresión económica del hecho de la fuerza productiva social del trabajo como base de la existencia económica; la ley del valor domina en última instancia los procesos económicos en un orden económico capitalista y, para este orden económico, tiene de modo muy general el contenido siguiente: el valor de las mercancías es la forma específicamente histórica en que se impone de manera determinante la fuerza productiva del trabajo que en última instancia domina todos los procesos económicos. Hasta aquí Sombart; contra esta concepción de la significación de la ley del valor para la forma de producción capitalista no puede decirse que sea incorrecta. Pero sí me parece demasiado amplia, susceptible de una formulación más estrecha y precisa; en mi opinión, no agota en modo alguno toda la significación de la ley del valor para las etapas de desarrollo económico de la sociedad dominadas por esta ley.

En el Sozialpolitisches Zentralblatt de Braun, del 25 de febrero de 1895, núm. 22, se encuentra también un excelente artículo de Conrad Schmidt sobre el tercer tomo de El Capital. Debe destacarse especialmente la demostración de cómo la derivación marxiana de la ganancia media a partir de la plusvalía da por primera vez una respuesta a la pregunta que la economía anterior ni siquiera había planteado: cómo se determina la magnitud de esa tasa media de ganancia y cómo sucede que sea, digamos, del 10 o del 15%, y no del 50 o del 100%. Desde que sabemos que la plusvalía apropiada en primera instancia por el capitalista industrial es la fuente única y exclusiva de la que fluyen la ganancia y la renta del suelo, esta pregunta se resuelve por sí misma. Esta parte del artículo de Schmidt podría haber sido escrita directamente para economistas à la Loria, si no fuera trabajo perdido abrir los ojos a quienes no quieren ver.

También Schmidt tiene sus reparos formales respecto de la ley del valor. La llama una hipótesis científica establecida para explicar el proceso real de intercambio, que incluso frente a los fenómenos de los precios de competencia, aparentemente por completo contradictorios con ella, se acredita como punto de partida teórico necesario, esclarecedor e imprescindible; sin la ley del valor, según su opinión, cesa toda comprensión teórica del engranaje económico de la realidad capitalista. Y en una carta privada que me autoriza a citar, Schmidt declara que la ley del valor dentro de la forma de producción capitalista es, sin más, una ficción, aunque teóricamente necesaria. Pero, en mi opinión, esta concepción no acierta en absoluto. La ley del valor tiene para la producción capitalista una significación mucho mayor y más determinada que la de una simple hipótesis, y no digamos ya que la de una ficción, aunque sea necesaria.

Tanto en Sombart como en Schmidt, y al ilustre Loria sólo lo traigo aquí como divertido contraste de economía vulgar, no se tiene suficientemente en cuenta que aquí no se trata sólo de un proceso puramente lógico, sino de un proceso histórico y de su reflejo explicativo en el pensamiento, de la prosecución lógica de sus conexiones internas.

El pasaje decisivo se encuentra en Marx III, I, p. 154: "Toda la dificultad entra porque las mercancías no se intercambian simplemente como mercancías, sino como productos de capitales que, en proporción a su magnitud o, si son de igual magnitud, en igual medida, reclaman participación en la masa total de la plusvalía." Para ilustrar esta diferencia se supone entonces que los obreros están en posesión de sus medios de producción, trabajan por término medio igual tiempo y con igual intensidad, e intercambian directamente entre sí sus mercancías. Entonces dos obreros habrían añadido en un día, por su trabajo, igual cantidad de nuevo valor a su producto; pero el producto de cada uno tendría un valor distinto según el trabajo ya incorporado anteriormente en los medios de producción. Esta última parte de valor representaría el capital constante de la economía capitalista; la parte del nuevo valor añadido empleada en los medios de vida del obrero representaría el capital variable; y la parte del nuevo valor que quedara aún representaría la plusvalía, que aquí pertenecería, por tanto, al obrero. Ambos obreros recibirían, pues, después de deducir el reemplazo de la parte de valor "constante" sólo adelantada por ellos, valores iguales; pero la relación entre la parte que representa la plusvalía y el valor de los medios de producción, lo que correspondería a la tasa capitalista de ganancia, sería distinta en ambos casos. Pero como cada uno recibe en el intercambio el valor de los medios de producción, esto sería una circunstancia completamente indiferente. "El intercambio de mercancías a sus valores o aproximadamente a sus valores requiere, por tanto, una etapa mucho más baja que el intercambio a precios de producción, para el cual es necesario cierto nivel de desarrollo capitalista... Prescindiendo de la dominación de los precios y del movimiento de los precios por la ley del valor, es, pues, absolutamente adecuado considerar los valores de las mercancías no sólo teóricamente, sino también históricamente, como el prius de los precios de producción. Esto vale para condiciones en que los medios de producción pertenecen al trabajador, y esta condición se encuentra, tanto en el mundo antiguo como en el moderno, en el campesino propietario que trabaja por sí mismo y en el artesano. Esto concuerda también con nuestra opinión anteriormente expresada de que el desarrollo de los productos en mercancías surge por el intercambio entre comunidades distintas, no entre los miembros de una misma comunidad. Lo mismo que para este estado originario, vale también para los estados posteriores fundados en la esclavitud y la servidumbre, y para la organización gremial del artesanado, mientras los medios de producción fijados en cada rama de la producción sólo puedan transferirse con dificultad de una esfera a otra y, por tanto, las distintas esferas se comporten entre sí, dentro de ciertos límites, como países extranjeros o comunidades comunistas." (Marx, III, I, pp. 155, 156.)

Si Marx hubiera llegado a reelaborar una vez más el tercer libro, sin duda habría desarrollado considerablemente este pasaje. Tal como está, sólo da el bosquejo esquemático de lo que hay que decir sobre el punto en cuestión. Entremos, pues, algo más de cerca en el problema.

Todos sabemos que en los comienzos de la sociedad los productos son consumidos por los propios productores y que estos productores están organizados espontáneamente en comunidades más o menos comunistas; que el intercambio del excedente de estos productos con extraños, que inicia la transformación de los productos en mercancías, es de fecha posterior; que al principio sólo se efectúa entre comunidades aisladas de tribus distintas, pero que más tarde también se hace valer dentro de la comunidad y contribuye de manera esencial a su disolución en grupos familiares mayores o menores. Pero incluso después de esta disolución, los jefes de familia que intercambian siguen siendo campesinos trabajadores, que producen casi todo lo que necesitan con ayuda de su familia en su propia granja y sólo intercambian desde fuera una pequeña parte de los objetos requeridos por excedentes de su propio producto. La familia no sólo practica la agricultura y la ganadería; también transforma sus productos en artículos de consumo terminados, muele todavía a veces por sí misma con el molino de mano, cuece el pan, hila, tiñe, teje lino y lana, curte cuero, levanta y repara edificios de madera, fabrica herramientas y utensilios, no pocas veces hace trabajos de carpintería y herrería, de modo que la familia o el grupo familiar se basta en lo esencial a sí mismo.

Lo poco que una familia semejante tenía que cambiar o comprar a otros consistía todavía, incluso hasta comienzos del siglo XIX en Alemania, predominantemente en objetos de producción artesanal; es decir, en cosas cuyo modo de fabricación no era en absoluto desconocido para el campesino, y que éste no producía por sí mismo sólo porque la materia prima no le era accesible o porque el artículo comprado era mucho mejor o muchísimo más barato. Al campesino de la Edad Media le era, por tanto, bastante exactamente conocido el tiempo de trabajo necesario para fabricar los objetos que recibía en intercambio. El herrero y el carretero de la aldea trabajaban ante sus ojos; lo mismo el sastre y el zapatero, que todavía en mi juventud iban por turno a las casas de nuestros campesinos renanos y convertían los tejidos hechos en casa en vestidos y zapatos. Tanto el campesino como la gente a quien compraba eran ellos mismos trabajadores; los artículos intercambiados eran los productos propios de cada uno. ¿Qué habían gastado en la fabricación de esos productos? Trabajo y sólo trabajo: para reponer las herramientas, para producir la materia prima, para transformarla, no habían gastado otra cosa que su propia fuerza de trabajo. ¿Cómo podían entonces intercambiar estos productos suyos por los de otros productores trabajadores sino en proporción al trabajo empleado en ellos? En este caso, no sólo el tiempo de trabajo empleado en esos productos era la única medida adecuada para la determinación cuantitativa de las magnitudes que debían intercambiarse; no había en absoluto otra posible. ¿O se cree que el campesino y el artesano eran tan tontos como para entregar el producto de diez horas de trabajo de uno por el de una sola hora de trabajo del otro? Para todo el período de la economía natural campesina no es posible otro intercambio que aquel en que las cantidades de mercancías intercambiadas tienden cada vez más a medirse según las cantidades de trabajo incorporadas en ellas. Desde el momento en que el dinero penetra en este modo de economía, la tendencia a ajustarse a la ley del valor (en la formulación marxiana, nota bene) se hace, por un lado, todavía más pronunciada; por otro lado, queda ya interrumpida por las injerencias del capital usurario y de la expoliación fiscal, y los períodos durante los cuales los precios se acercan por término medio a los valores hasta una magnitud despreciable se vuelven ya más largos.

Lo mismo vale para el intercambio entre productos campesinos y los de los artesanos urbanos. Al comienzo éste se realiza directamente, sin mediación del comerciante, en los días de mercado de las ciudades, donde el campesino vende y hace sus compras. También aquí no sólo el campesino conoce las condiciones de trabajo del artesano, sino que el artesano conoce las del campesino. Pues él mismo es todavía un poco campesino; no sólo tiene huerto y frutal, sino también muy a menudo un pedazo de campo, una o dos vacas, cerdos, aves de corral, etc. Así, las gentes de la Edad Media estaban en condiciones de calcularse unas a otras, con bastante exactitud, los costos de producción en materia prima, materias auxiliares y tiempo de trabajo, al menos en lo que se refería a artículos de uso cotidiano y general.

Pero ¿cómo podía calcularse, para este intercambio según la medida de la cantidad de trabajo, esta última, aunque sólo fuera de modo indirecto y relativo, en productos que requerían un trabajo más largo, interrumpido a intervalos irregulares y de rendimiento incierto, por ejemplo el cereal o el ganado? ¿Y además entre gentes que no sabían calcular? Evidentemente sólo mediante un largo proceso de aproximación, tanteando a menudo en la oscuridad de un lado a otro, por rodeos, y, como ocurre tantas veces, haciéndose sabios sólo a costa del propio daño. Pero la necesidad de cada cual de cubrir, en líneas generales, sus costos ayudaba una y otra vez a volver a la dirección correcta, y el pequeño número de clases de objetos que entraban en circulación, así como el modo de su producción, a menudo estable durante siglos, facilitaban la consecución de la meta. Y que en modo alguno tardó tanto en fijarse con bastante aproximación la magnitud relativa de valor de estos productos lo prueba por sí sola la circunstancia de que la mercancía en la cual esto parece más difícil, por el largo tiempo de producción de cada pieza, el ganado, fue la primera mercancía-dinero bastante generalmente reconocida. Para llegar a esto, el valor del ganado, su relación de intercambio con toda una serie de otras mercancías, tenía que haber alcanzado ya una fijación relativamente inusitada, reconocida sin contradicción en el territorio de numerosas tribus. Y las gentes de entonces eran sin duda lo bastante listas, tanto los ganaderos como sus clientes, para no regalar en el intercambio, sin equivalente, el tiempo de trabajo empleado por ellos. Al contrario: cuanto más cerca están las gentes del estado primitivo de la producción mercantil, los rusos y orientales, por ejemplo, tanto más tiempo malgastan todavía hoy en sacar, mediante un regateo largo y tenaz, la plena compensación del tiempo de trabajo empleado en un producto.

Partiendo de esta determinación del valor por el tiempo de trabajo, se desarrolló entonces toda la producción mercantil y, con ella, las múltiples relaciones en que se hacen valer los distintos aspectos de la ley del valor, tal como están expuestos en la primera sección del primer libro de El Capital; en particular, las condiciones bajo las cuales únicamente el trabajo crea valor. Y éstas son condiciones que se imponen sin hacerse conscientes a los participantes y que sólo mediante una penosa investigación teórica pueden abstraerse de la práctica cotidiana; actúan, por tanto, al modo de leyes naturales, como Marx demostró también que se sigue necesariamente de la naturaleza de la producción mercantil. El progreso más importante y decisivo fue el paso al dinero metálico, que tuvo, sin embargo, la consecuencia de que la determinación del valor por el tiempo de trabajo dejara de aparecer visiblemente en la superficie del intercambio de mercancías. Para la concepción práctica, el dinero se convirtió en la medida decisiva del valor, y tanto más cuanto más variadas se volvían las mercancías que entraban en el comercio, cuanto más procedían de países lejanos y cuanto menos podía controlarse el tiempo de trabajo necesario para producirlas. Al comienzo, el propio dinero venía casi siempre del extranjero; incluso cuando el metal precioso se obtenía en el país, el campesino y el artesano en parte no estaban en condiciones de estimar aproximadamente el trabajo empleado en él, y en parte su conciencia de la cualidad del trabajo como medida del valor ya estaba bastante oscurecida por la costumbre de calcular en dinero; el dinero empezó a representar en la idea popular el valor absoluto.

En una palabra: la ley marxiana del valor rige en general, en la medida en que rigen en general leyes económicas, para todo el período de la producción mercantil simple, es decir, hasta el tiempo en que ésta sufre una modificación por la entrada de la forma de producción capitalista. Hasta entonces los precios gravitan hacia los valores determinados por la ley marxiana y oscilan alrededor de esos valores, de modo que cuanto más plenamente se desarrolla la producción mercantil simple, tanto más coinciden con los valores, dentro de límites despreciables, los precios medios de períodos prolongados no interrumpidos por perturbaciones violentas exteriores. La ley marxiana del valor tiene, por tanto, validez económico-general para un período que se extiende desde el comienzo del intercambio que transforma los productos en mercancías hasta el siglo XV de nuestra era. Pero el intercambio de mercancías data de una época anterior a toda historia escrita, que en Egipto se remonta por lo menos a dos mil quinientos, quizá cinco mil años antes de nuestra era, y en Babilonia a cuatro mil, quizá seis mil años antes de nuestra era; por tanto, la ley del valor ha dominado durante un período de cinco a siete milenios. ¡Y ahora admírese la profundidad del señor Loria, que llama al valor general y directamente válido durante todo ese tiempo un valor al que las mercancías nunca se venden ni pueden venderse, y del que ningún economista que tenga una chispa de sano entendimiento se ocupará jamás!

Hasta aquí no hemos hablado del comerciante. Podíamos reservar la consideración de su intervención hasta ahora, cuando pasamos a la transformación de la producción mercantil simple en producción mercantil capitalista. El comerciante fue el elemento revolucionario en esta sociedad, donde todo lo demás era estable, estable por herencia, por decirlo así; donde el campesino no sólo heredaba su hufe, sino también su posición como propietario libre, como campesino censatario libre o sujeto, o como siervo, y el artesano urbano heredaba su oficio y sus privilegios gremiales, casi inalienables, y cada uno heredaba además su clientela, su mercado, lo mismo que la destreza adquirida desde la juventud para la profesión heredada. En este mundo entró entonces el comerciante, de quien debía partir su transformación. Pero no como revolucionario consciente; al contrario, como carne de su carne, hueso de su hueso. El comerciante de la Edad Media no era en absoluto individualista; era esencialmente miembro de una asociación, como todos sus contemporáneos. En el campo dominaba la comunidad de marca surgida del comunismo originario. Cada campesino tenía al principio una hufe de igual tamaño, con partes de tierra igualmente grandes de cada calidad, y una participación correspondiente, de igual magnitud, en los derechos de la marca común. Desde que la comunidad de marca se convirtió en una comunidad cerrada y ya no se repartieron nuevas hufen, se produjeron por herencia, etc., subdivisiones de las hufen y las correspondientes subdivisiones de los derechos de marca; pero la hufe completa siguió siendo la unidad, de modo que había medias, cuartas y octavas hufen, con medio, cuarto y octavo derecho en la marca común. Según el modelo de la comunidad de marca se organizaron todas las asociaciones productivas posteriores, ante todo los gremios de las ciudades, cuyo ordenamiento no era otra cosa que la aplicación de la constitución de marca a un privilegio artesanal en lugar de a un territorio delimitado. El punto central de toda la organización era la participación igual de cada asociado en los privilegios y aprovechamientos asegurados al conjunto, como se expresa todavía de modo contundente en el privilegio de la "Garnnahrung" de Elberfeld y Barmen de 1527 (Thun, Industrie am Niederrhein, II, pp. 164 ss.). Lo mismo vale para las sociedades mineras, donde cada kux tenía también igual participación y era divisible, junto con sus derechos y deberes, como la hufe del comunero de la marca. Y lo mismo vale en no menor grado para las asociaciones mercantiles que pusieron en marcha el comercio de ultramar. Los venecianos y genoveses en el puerto de Alejandría o Constantinopla, cada "nación" en su propio fondaco, casa de vivienda, posada, almacén, sala de exposición y venta, además de oficina central, formaban asociaciones comerciales completas: estaban cerradas frente a competidores y clientes; vendían a precios fijados entre ellos; sus mercancías tenían una calidad determinada, garantizada por inspección pública y a menudo por estampillado; resolvían en común los precios que debían pagarse a los indígenas por sus productos, etc. No procedían de otra manera los hanseáticos en el puente alemán, Tydske Bryggen, en Bergen, Noruega, y lo mismo sus competidores holandeses e ingleses. ¡Ay de quien vendiera por debajo del precio o comprara por encima de él! El boicot que lo alcanzaba significaba entonces la ruina incondicional, sin contar las penas directas que la asociación imponía al culpable. Pero también se fundaron asociaciones aún más estrechas para fines determinados: por ejemplo la Maona de Génova, dominadora durante largos años de las minas de alumbre de Focea, en Asia Menor, y de la isla de Quíos en los siglos XIV y XV; además, la gran compañía comercial de Ravensberg, que desde fines del siglo XIV hizo negocios en Italia y España y allí fundó establecimientos; y la compañía alemana de los Fugger, Welser, Vöhlin, Höchstetter, etc., de Augsburgo, y de los Hirschvogel y otros de Núremberg, que con un capital de 66.000 ducados y tres barcos participó en la expedición portuguesa a la India de 1505-1506 y obtuvo en ella una ganancia neta de 150%, según otros de 175% (Heyd, Levantehandel, II, p. 524), y toda una serie de otras compañías, "Monopolia", contra las que tanto se indignó Lutero.

Aquí nos encontramos por primera vez con una ganancia y una tasa de ganancia. Y el esfuerzo de los comerciantes se dirige intencionada y conscientemente a igualar esta tasa de ganancia para todos los participantes. Los venecianos en el Levante, los hanseáticos en el norte, pagaban cada uno por sus mercancías los mismos precios que sus vecinos; les costaban los mismos gastos de transporte; recibían por ellas los mismos precios y compraban también carga de retorno a los mismos precios que cualquier otro comerciante de su "nación". La tasa de ganancia era, por tanto, igual para todos. En las grandes compañías comerciales, la distribución de la ganancia pro rata de la parte de capital desembolsada se entiende por sí misma, igual que la participación en los derechos de marca pro rata de la parte de hufe autorizada, o en la ganancia minera pro rata de la parte de kux. La tasa igual de ganancia, que en su pleno desarrollo es uno de los resultados finales de la producción capitalista, se revela aquí, por tanto, en su forma más simple, como uno de los puntos de los que el capital partió históricamente, e incluso como un retoño directo de la comunidad de marca, que a su vez es un retoño directo del comunismo originario.

Esta tasa originaria de ganancia era necesariamente muy alta. El negocio era muy arriesgado, no sólo por la piratería que se extendía con fuerza; también las naciones competidoras se permitían a veces toda clase de actos violentos cuando se presentaba la ocasión; finalmente, la venta y las condiciones de venta se basaban en privilegios de príncipes extranjeros, que con bastante frecuencia eran quebrantados o revocados. La ganancia debía, por tanto, incluir una elevada prima de seguro. Además, la rotación era lenta, la liquidación de los negocios prolongada, y en los mejores tiempos, que rara vez eran de larga duración, el negocio era comercio monopolista con ganancia monopolista. Que la tasa de ganancia era por término medio muy alta lo prueban también las muy elevadas tasas de interés vigentes entonces, que sin embargo tenían que ser siempre, en conjunto, inferiores al porcentaje de la ganancia comercial usual.

Pero esta alta tasa de ganancia, igual para todos los participantes y lograda por la cooperación asociada, sólo tenía validez local dentro de la asociación, es decir, aquí, dentro de la "nación". Venecianos, genoveses, hanseáticos y holandeses tenían, cada nación por sí, y probablemente al comienzo más o menos para cada zona de venta particular, una tasa de ganancia especial. La igualación de estas distintas tasas de ganancia asociativas se impuso por el camino opuesto, por la competencia. Primero, las tasas de ganancia de los distintos mercados para una misma nación. Si Alejandría ofrecía mayor ganancia para las mercancías venecianas que Chipre, Constantinopla o Trebisonda, los venecianos habrán puesto en movimiento más capital para Alejandría y lo habrán retirado del tráfico con los otros mercados. Luego tenía que llegar el turno de la igualación gradual de las tasas de ganancia entre las distintas naciones que exportaban a los mismos mercados las mismas mercancías o mercancías similares, proceso en el cual con mucha frecuencia algunas de esas naciones fueron aplastadas y desaparecieron de la escena. Pero este proceso fue interrumpido continuamente por acontecimientos políticos, así como todo el comercio levantino sucumbió por esta causa a consecuencia de las invasiones mongolas y turcas; y los grandes descubrimientos geográfico-comerciales desde 1492 no hicieron sino acelerar esta ruina y darle después el golpe definitivo.

La súbita ampliación del territorio de venta que entonces se produjo, y la transformación de las rutas de comunicación ligada a ella, no introdujeron al principio ninguna modificación esencial en el modo de operación comercial. También con la India y América comerciaban al comienzo todavía predominantemente asociaciones. Pero, en primer lugar, detrás de estas asociaciones estaban naciones más grandes. En lugar de los catalanes que comerciaban con el Levante, apareció en el comercio americano toda la gran España unificada; junto a ella, dos grandes países como Inglaterra y Francia; e incluso Holanda y Portugal, los más pequeños, eran todavía al menos tan grandes y fuertes como Venecia, la mayor y más fuerte nación comercial del período anterior. Esto dio al mercader viajero, al merchant adventurer de los siglos XVI y XVII, un respaldo que hacía cada vez más superflua la asociación que también protegía con armas a sus miembros, y por tanto hacía directamente gravosos sus costos. Además, ahora la riqueza se desarrolló mucho más rápidamente en manos individuales, de modo que pronto comerciantes aislados pudieron emplear en una empresa tantos fondos como antes toda una compañía. Las compañías comerciales, allí donde subsistieron, se transformaron en la mayoría de los casos en corporaciones armadas que, bajo la protección y soberanía de la madre patria, conquistaban países enteros recién descubiertos y los explotaban monopolísticamente. Pero cuanto más se fundaban colonias en las nuevas regiones, principalmente también por parte del Estado, tanto más retrocedía el comercio asociado ante el del comerciante individual, y con ello la igualación de la tasa de ganancia se convirtió cada vez más exclusivamente en asunto de la competencia.

Hasta aquí hemos conocido una tasa de ganancia sólo para el capital comercial. Pues hasta entonces sólo existían capital comercial y capital usurario; el capital industrial apenas debía desarrollarse. La producción estaba todavía predominantemente en manos de trabajadores que poseían sus propios medios de producción, cuyo trabajo no arrojaba, por tanto, plusvalía a ningún capital. Si tenían que entregar sin retribución una parte del producto a terceros, lo hacían en forma de tributo a señores feudales. Por ello, el capital comercial sólo podía arrancar su ganancia, al menos al principio, de los compradores extranjeros de productos nacionales o de los compradores nacionales de productos extranjeros; sólo hacia el final de este período, para Italia, por tanto, con la decadencia del comercio levantino, la competencia exterior y la dificultad de venta pudieron obligar al productor artesanal de mercancías de exportación a ceder la mercancía al comerciante exportador por debajo de su valor. Y así encontramos aquí el fenómeno de que, en el comercio al por menor interno de los productores individuales entre sí, las mercancías se venden por término medio a sus valores, pero en el comercio internacional, por las razones indicadas, por regla general no. Todo lo contrario del mundo actual, donde los precios de producción tienen vigencia en el comercio internacional y mayorista, mientras que en el pequeño comercio urbano la formación de los precios es regulada por tasas de ganancia completamente distintas. De modo que, por ejemplo, hoy la carne de un buey experimenta un recargo de precio mayor en el camino que va del mayorista londinense al consumidor individual de Londres que en el camino que va del mayorista de Chicago, incluido el transporte, al mayorista londinense.

El instrumento que produjo gradualmente esta revolución en la formación de precios fue el capital industrial. Ya en la Edad Media se habían formado comienzos de él, y precisamente en tres terrenos: navegación, minería e industria textil. La navegación en la escala practicada por las repúblicas marítimas italianas y hanseáticas era imposible sin marineros, es decir, trabajadores asalariados, cuya relación salarial podía estar encubierta bajo formas asociativas con participación en la ganancia; y para las galeras de aquella época era imposible también sin remeros, trabajadores asalariados o esclavos. Las sociedades de los mineros del mineral, originalmente trabajadores asociados, se habían transformado en casi todos los casos en sociedades por acciones para explotar la empresa mediante trabajadores asalariados. Y en la industria textil el comerciante había empezado a poner directamente a su servicio a los pequeños maestros tejedores, suministrándoles el hilo y haciéndolo convertir en tejido por cuenta suya a cambio de un salario fijo; en suma, convirtiéndose de simple comprador en el llamado Verleger, empresario del sistema a domicilio.

Aquí tenemos ante nosotros los primeros comienzos de la formación capitalista de plusvalía. Podemos dejar de lado las asociaciones mineras como corporaciones monopolistas cerradas. En cuanto a los armadores, salta a la vista que sus ganancias tenían que ser por lo menos las habituales en el país, con un suplemento extra por seguro, desgaste de los barcos, etc. Pero ¿cómo estaban las cosas con los empresarios textiles a domicilio, que fueron los primeros en llevar al mercado mercancías producidas directamente por cuenta capitalista y ponerlas en competencia con las mercancías de la misma clase producidas por cuenta artesanal?

La tasa de ganancia del capital comercial estaba dada de antemano. También estaba ya igualada, al menos para la localidad respectiva, en una tasa media aproximada. ¿Qué podía mover entonces al comerciante a asumir el negocio adicional del Verleger? Sólo una cosa: la perspectiva de una ganancia mayor con el mismo precio de venta que los demás. Y esta perspectiva la tenía. Al tomar a su servicio al pequeño maestro, rompía las barreras tradicionales de la producción, dentro de las cuales el productor vendía su producto terminado y nada más. El capitalista comercial compraba la fuerza de trabajo, que por el momento poseía todavía su instrumento de producción, pero ya no la materia prima. Al asegurar así al tejedor ocupación regular, podía en cambio deprimir el salario del tejedor de tal manera que una parte del tiempo de trabajo realizado quedara sin pagar. El Verleger se convirtió así en apropiador de plusvalía por encima de su ganancia comercial anterior. Es cierto que para ello tenía que emplear también un capital adicional, a fin de comprar hilo, etc., y dejarlo en manos del tejedor hasta que estuviera terminada la pieza por la que antes sólo tenía que pagar el precio completo al comprarla. Pero, primero, en la mayoría de los casos ya había necesitado también capital extra para adelantos al tejedor, a quien por regla general sólo la servidumbre por deudas llevaba a someterse a las nuevas condiciones de producción. Y, segundo, incluso prescindiendo de esto, la cuenta se presenta según el esquema siguiente:

Supongamos que nuestro comerciante explota su negocio de exportación con un capital de 30.000, ducados, cequíes, libras esterlinas o lo que sea. De éstos, 10.000 actúan en la compra de mercancías nacionales, mientras que 20.000 se emplean en los mercados de ultramar. El capital rota una vez en dos años; rotación anual = 15.000. Nuestro comerciante quiere ahora hacer tejer por cuenta propia, convertirse en Verleger. ¿Cuánto capital debe añadir? Supongamos que el tiempo de producción de una pieza de tela de las que vende es, por término medio, de dos meses, lo que seguramente es muy alto. Supongamos además que tiene que pagarlo todo al contado. Entonces debe añadir capital suficiente para suministrar hilo a sus tejedores durante dos meses. Como rota 15.000 al año, en dos meses compra tela por 2.500. Digamos que 2.000 de esto representan valor del hilo y 500 salario de tejido; entonces nuestro comerciante necesita un capital adicional de 2.000. Supongamos que la plusvalía que se apropia del tejedor mediante el nuevo método asciende sólo al 5% del valor de la tela, lo que constituye la tasa de plusvalía, seguramente muy modesta, del 25% (2.000 c + 500 v + 125 m; m' = 125 / 500 = 25%, p' = 125 / 2.500 = 5%). Entonces nuestro hombre obtiene sobre su rotación anual de 15.000 una ganancia extra de 750, y por tanto ya ha recuperado su capital adicional en 2 2/3 años.

Pero para acelerar su venta y con ello su rotación, y de esta manera obtener con el mismo capital la misma ganancia en menos tiempo, es decir, una ganancia mayor en el mismo tiempo que antes, regalará al comprador una pequeña parte de su plusvalía, venderá más barato que sus competidores. Éstos se transformarán también gradualmente en Verleger, y entonces la ganancia extra para todos se reducirá a la ganancia ordinaria, o incluso a una ganancia menor, para el capital aumentado en todos ellos. La igualdad de la tasa de ganancia queda restablecida, aunque posiblemente a otro nivel, por el hecho de que una parte de la plusvalía producida en el país se cede a los compradores extranjeros.

El siguiente paso en la subordinación de la industria al capital se da mediante la introducción de la manufactura. También ésta capacita al manufacturero, que en los siglos XVII y XVIII, y en Alemania todavía casi generalmente hasta 1850 y en algunos lugares aún hoy, es la mayoría de las veces su propio comerciante exportador, para producir más barato que su competidor anticuado, el artesano. Se repite el mismo proceso: la plusvalía apropiada por el capitalista manufacturero, o por el comerciante exportador que la comparte con él, le permite vender más barato que sus competidores, hasta la generalización del nuevo modo de producción, momento en que vuelve a producirse la igualación. La tasa de ganancia comercial ya existente, aunque sólo esté nivelada localmente, sigue siendo el lecho de Procusto en el que la plusvalía industrial excedente es amputada sin piedad.

Si la manufactura se elevó ya mediante el abaratamiento de los productos, mucho más aún lo hizo la gran industria, que con sus revoluciones siempre renovadas de la producción reduce cada vez más los costos de producción de las mercancías y elimina implacablemente todos los modos de producción anteriores. Es ella también la que de este modo conquista definitivamente para el capital el mercado interior, pone fin a la pequeña producción y a la economía natural de la familia campesina autosuficiente, elimina el intercambio directo entre los pequeños productores y pone a la nación entera al servicio del capital. Asimismo iguala las tasas de ganancia de las distintas ramas comerciales e industriales en una tasa general de ganancia y asegura finalmente a la industria el puesto de poder que le corresponde en esta igualación, al eliminar la mayor parte de los obstáculos que hasta entonces se oponían al traslado del capital de una rama a otra. Con ello se realiza para todo el intercambio en gran escala la transformación de los valores en precios de producción. Esta transformación procede, pues, según leyes objetivas, sin conciencia ni intención de los participantes. Que la competencia reduzca al nivel general las ganancias excedentes por encima de la tasa general, y que así vuelva a arrebatar al primer apropiador industrial la plusvalía que excede del promedio, no ofrece en teoría dificultad alguna. En la práctica, en cambio, ofrece tanta más, pues las esferas de producción con plusvalía excedente, es decir, con capital variable alto y capital constante bajo, por tanto con baja composición de capital, son precisamente por su naturaleza las que más tarde y de manera más incompleta se someten a la explotación capitalista; ante todo la agricultura. Por el contrario, en lo que toca a la elevación de los precios de producción por encima de los valores de las mercancías, necesaria para elevar hasta el nivel de la tasa media de ganancia la plusvalía deficitaria contenida en los productos de las esferas de alta composición de capital, esto parece teóricamente sumamente difícil, pero en la práctica, como hemos visto, se realiza con mayor facilidad y antes que nada. Pues las mercancías de esta clase, cuando se producen por primera vez de manera capitalista y entran en el comercio capitalista, compiten con mercancías de la misma clase fabricadas según métodos precapitalistas, y por tanto más caras. Así, incluso renunciando a una parte de la plusvalía, el productor capitalista puede obtener todavía la tasa de ganancia vigente para su localidad, que originariamente no tenía relación directa con la plusvalía, porque había surgido del capital comercial mucho antes de que existiera producción capitalista alguna y, por tanto, antes de que fuera posible una tasa industrial de ganancia.

II. La Bolsa

1. Del tercer tomo, sección quinta, especialmente del capítulo [27], se desprende qué posición ocupa la Bolsa en la producción capitalista en general. Pero desde 1865, cuando se redactó el libro, se ha producido una transformación que asigna hoy a la Bolsa un papel considerablemente aumentado y todavía siempre creciente, y que en el desarrollo ulterior tiende a concentrar la producción entera, tanto industrial como agrícola, y todo el tráfico, los medios de comunicación lo mismo que la función de intercambio, en manos de los bolsistas, de modo que la Bolsa se convierte en la representante más eminente de la propia producción capitalista.

2. En 1865 la Bolsa era todavía un elemento secundario en el sistema capitalista. Los títulos públicos representaban la masa principal de los valores bursátiles, y también su masa era aún relativamente reducida. Junto a ellos estaban los bancos por acciones, predominantes en el continente y en América, que en Inglaterra apenas se disponían todavía a devorar a los bancos privados aristocráticos, pero cuya masa era aún relativamente insignificante. Las acciones ferroviarias eran también todavía relativamente débiles en comparación con hoy. Los establecimientos directamente productivos existían sólo en pequeño número bajo forma de acciones. Entonces "el ojo del amo" era todavía una superstición no vencida, y, como los bancos, sobre todo en los países más pobres, en Alemania, Austria, América, etc.

Entonces la Bolsa era todavía un lugar donde los capitalistas se quitaban unos a otros sus capitales acumulados, y que sólo concernía directamente a los obreros como nueva prueba del efecto general desmoralizador de la economía capitalista y como confirmación de la tesis calvinista de que la elección de la gracia, alias el azar, decide ya en esta vida sobre salvación y condenación, sobre riqueza, es decir, goce y poder, y sobre pobreza, es decir, privación y servidumbre.

3. Ahora es distinto. Desde la crisis de 1866, la acumulación ha avanzado con rapidez siempre creciente, y de tal modo que en ningún país industrial, menos aún en Inglaterra, la expansión de la producción pudo mantener el paso de la acumulación, ni la acumulación del capitalista individual pudo encontrar empleo pleno en la ampliación de su propio negocio; la industria algodonera inglesa ya en 1845, la estafa ferroviaria. Pero con esta acumulación aumentó también la masa de rentistas, de gente harta de la tensión regular del negocio, que sólo quería divertirse o a lo sumo ejercer una ocupación ligera como directores o miembros de consejos de vigilancia de compañías. Y, en tercer lugar, para facilitar la inversión de la masa que flotaba así como capital dinerario, se crearon en todas partes, allí donde aún no existían, nuevas formas legales de sociedades de responsabilidad limitada, y también se redujo en mayor o menor medida la obligación de los accionistas hasta entonces ilimitadamente responsables (sociedades por acciones en Alemania, 1890: 40% de la suscripción).

4. De ahí la transformación gradual de la industria en empresas por acciones. Una rama tras otra cae en ese destino. Primero el hierro, donde ahora son necesarias instalaciones gigantescas; antes, las minas, allí donde no estaban ya divididas en kuxe. Luego la industria química, lo mismo las fábricas de máquinas. En el continente, la industria textil; en Inglaterra, sólo aún en algunas zonas de Lancashire (hilandería de Oldham, tejeduría de Burnley, etc.; cooperación de sastres, pero ésta sólo como etapa previa para volver a caer en manos de los masters en la próxima crisis); cervecerías (hace unos años, las americanas vendidas a capitalistas ingleses; luego Guinness, Bass, Allsopp). Luego los trusts, que crean empresas gigantescas con dirección común, como United Alkali. La firma individual ordinaria se vuelve cada vez más sólo una etapa previa para llevar el negocio hasta el punto en que sea lo bastante grande para ser "fundado".

Lo mismo ocurre con el comercio. Leafs, Parsons, Morleys, Morrison, Dillon, todos fundados. También ya las casas de comercio al por menor, y no sólo bajo la apariencia de la cooperación à la "Stores".

Lo mismo ocurre con los bancos y otros institutos de crédito, incluso en Inglaterra. Una masa enorme de bancos nuevos, todos por acciones, limited. Incluso viejos bancos como Glyns, etc., se transforman con siete accionistas privados en limited.

5. En el terreno de la agricultura, lo mismo. Los bancos enormemente extendidos, especialmente en Alemania bajo toda clase de nombres burocráticos, se convierten cada vez más en portadores de la hipoteca; con sus acciones se entrega a la Bolsa la verdadera propiedad superior sobre la propiedad del suelo, y esto aún más cuando las fincas caen en manos de los acreedores. Aquí actúa violentamente la revolución agrícola del cultivo de las estepas; si continúa así, puede preverse el momento en que también el suelo de Inglaterra y de Francia estará convertido en objeto de Bolsa.

6. Ahora bien, todas las inversiones extranjeras se hacen en acciones. Para hablar sólo de Inglaterra: ferrocarriles americanos, Norte y Sur (consultar la lista bursátil), Goldberger, etc.

7. Luego la colonización. Hoy ésta es una pura sucursal de la Bolsa, en cuyo interés las potencias europeas se repartieron África hace algunos años y los franceses conquistaron Túnez y Tonkín. África arrendada directamente a compañías (Níger, África del Sur, África sudoccidental y oriental alemana), y Mashonaland y Natal ocupados por Rhodes para la Bolsa.

Notas

(1) El mismo señor conocido por su fama (para hablar con Heine) se vio algo más tarde obligado también a responder a mi prólogo al tercer tomo, después de que éste apareciera en italiano en el primer cuaderno de la Rassegna de 1895. La respuesta está en la Riforma Sociale del 25 de febrero de 1895. Después de cubrirme primero con las adulaciones inevitables en él y por ello doblemente repulsivas, declara que no se le había ocurrido querer escamotear para sí los méritos de Marx en la concepción materialista de la historia. Ya los había reconocido en 1885, a saber, muy de pasada, en un artículo de revista. Pero, en cambio, lo silencia con tanta mayor terquedad allí donde corresponde, es decir, en su libro sobre el tema, donde Marx sólo es nombrado en la página 129, y ello sólo con ocasión de la pequeña propiedad territorial en Francia. Y ahora declara audazmente que Marx no es en absoluto el autor de esta teoría; que, si Aristóteles no la insinuó ya, Harrington la proclamó sin duda en 1656, y fue desarrollada por una pléyade de historiadores, políticos, juristas y economistas mucho antes de Marx. Todo lo cual puede leerse en la edición francesa de la obra de Loria. En suma, el plagiario consumado. Después de haberle hecho imposible seguir jactándose con préstamos de Marx, afirma descaradamente que Marx también se adorna con plumas ajenas, exactamente igual que él. De mis otros ataques recoge todavía aquel según el cual, según Loria, Marx nunca tuvo intención de escribir un segundo ni mucho menos un tercer tomo de El Capital. "Y ahora Engels responde triunfalmente, arrojándome el segundo y tercer tomo... ¡excelente! Y me alegro tanto de estos tomos, a los que debo tantos goces intelectuales, que nunca una victoria me fue tan querida como hoy me lo es esta derrota, si en verdad es una derrota. Pero ¿lo es en verdad? ¿Es realmente cierto que Marx escribió, con intención de publicarlo, ese amasijo de notas inconexas que Engels ha reunido con piadosa amistad? ¿Es realmente lícito suponer que Marx... confió a estas páginas la coronación de su obra y de su sistema? ¿Es realmente seguro que Marx habría publicado aquel capítulo sobre la tasa media de ganancia, en el que la solución prometida desde hace tantos años se reducía a la mistificación más desconsoladora, al juego de frases más vulgar? Por lo menos es lícito dudarlo... Eso prueba, me parece, que Marx, después de publicar su magnífico (splendido) libro, no tenía intención de darle un sucesor, o quiso dejar a sus herederos, y fuera de su propia responsabilidad, la culminación de la obra gigantesca."

Así está escrito, p. 267. Heine no pudo hablar de su público filisteo alemán con mayor desprecio que en las palabras: el autor acaba acostumbrándose a su público como si fuera un ser racional. ¿Qué debe pensar entonces de su público el ilustre Loria?

Para concluir, una nueva tanda de elogios cae sobre mí, pobre desgraciado. En ella nuestro Sganarell se compara con Balaam, que había venido a maldecir, pero de cuyos labios brotaron contra su voluntad "palabras de bendición y de amor". El buen Balaam se distinguía sobre todo porque montaba un asno más inteligente que su amo. Esta vez Balaam ha dejado evidentemente su asno en casa.