1. Capítulo. Precio de costo y ganancia

Prólogo

Por fin me es dado entregar a la publicidad este tercer libro de la obra principal de Marx, la conclusión de la parte teórica. Cuando publiqué el segundo libro, en 1885, creía que el tercero sólo presentaría dificultades técnicas, con excepción, por supuesto, de algunas secciones muy importantes. Así fue, en efecto; pero de las dificultades que precisamente estas secciones, las más importantes del conjunto, me iban a ocasionar, no tenía entonces la menor idea, como tampoco de los demás obstáculos que habrían de retrasar tanto la terminación del libro.

Ante todo, y en su mayor parte, me estorbó una persistente debilidad de la vista, que durante años redujo al mínimo mi tiempo de trabajo para las labores escritas y que aún hoy sólo me permite, excepcionalmente, tomar la pluma con luz artificial. A ello se sumaron otros trabajos ineludibles: nuevas ediciones y traducciones de obras anteriores de Marx y mías, es decir, revisiones, prólogos, complementos, a menudo imposibles sin nuevos estudios, etc. Sobre todo, la edición inglesa del primer libro, de cuyo texto soy el responsable en última instancia y que, por lo tanto, me ha quitado mucho tiempo. Quien haya seguido en alguna medida el colosal incremento de la literatura socialista internacional durante los últimos diez años, y en particular la cantidad de traducciones de obras anteriores de Marx y mías, me dará la razón cuando me felicito de que sea muy reducido el número de lenguas en las que he podido ser útil al traductor y, por tanto, he tenido la obligación de no rechazar la revisión de su trabajo. Pero el incremento de la literatura era tan sólo un síntoma del incremento correspondiente del movimiento obrero internacional mismo. Y éste me imponía nuevos deberes. Desde los primeros días de nuestra actividad pública, una buena parte del trabajo de mediación entre los movimientos nacionales de los socialistas y obreros en los distintos países recayó sobre Marx y sobre mí; este trabajo crecía en proporción al robustecimiento del movimiento general. Pero mientras hasta su muerte Marx había asumido también aquí la carga principal, a partir de entonces el trabajo, que no cesaba de aumentar, recayó sobre mí exclusivamente. Ahora bien, entretanto, el trato directo entre los diversos partidos obreros nacionales se ha convertido en regla y, por fortuna, lo es cada día más; sin embargo, se reclama mi ayuda con mucha más frecuencia de lo que me convendría en interés de mis trabajos teóricos. Pero para quien, como yo, ha estado activo en este movimiento durante más de cincuenta años, los trabajos que de aquí derivan constituyen un deber ineludible, que hay que cumplir al instante. Como en el siglo XVI, en nuestra agitada época, en el terreno de los intereses públicos, ya sólo hay meros teóricos en el bando de la reacción; y precisamente por eso esos señores no son ni siquiera verdaderos teóricos, sino simples apologistas de dicha reacción.

La circunstancia de que resido en Londres trae consigo que esta comunicación de partido se realice, en invierno, en su mayor parte por carta, y en verano, en gran medida, personalmente. Y de ello, así como de la necesidad de seguir la marcha del movimiento en un número de países siempre en aumento y en una cantidad de órganos de prensa que crece aún con mayor rapidez, ha surgido para mí la imposibilidad de llevar a término los trabajos que no admiten interrupción más que durante el invierno, y en especial en los tres primeros meses del año. Cuando se tienen a las espaldas setenta años, las fibras de asociación de Meynert en el cerebro trabajan con cierta fatal parsimonia; ya no se superan las interrupciones en un trabajo teórico difícil tan fácil ni tan rápidamente como antes. De ahí que el trabajo de un invierno, en la medida en que no se hubiera llevado plenamente a término, hubiera de rehacerse en su mayor parte en el invierno siguiente; y esto ocurrió, en particular, con la más difícil sección quinta.

Como el lector verá por las indicaciones siguientes, la labor de redacción fue esencialmente distinta de la del segundo libro. Para el tercero sólo existía un primer borrador, además extremadamente lagunoso. Por regla general, los comienzos de cada sección estaban elaborados con bastante esmero, y además redondeados en su mayoría desde el punto de vista estilístico. Pero cuanto más se avanzaba, tanto más esquemática y lagunosa se volvía la elaboración, tanto más excursos contenían sobre puntos secundarios que surgían en el curso de la investigación, para los cuales se dejaba la ubicación definitiva a una ordenación posterior, tanto más largos y complicados se hacían los períodos en que se expresaban los pensamientos anotados in statu nascendi <en estado de gestación>. En varios pasajes, la letra y la exposición revelan con demasiada claridad el irrumpir y los progresos graduales de uno de esos ataques de enfermedad surgidos del exceso de trabajo, que primero fueron dificultando cada vez más al autor el trabajo autónomo y acabaron por hacérselo temporalmente del todo imposible. Y no es de extrañar. Entre 1863 y 1867, Marx no sólo había redactado el borrador de los dos últimos libros de El Capital y el manuscrito listo para la imprenta del primer libro, sino que también había realizado la gigantesca labor vinculada a la fundación y expansión de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Pero, en correspondencia, ya en 1864 y 1865 se presentaron serios indicios de aquellas perturbaciones de la salud que tienen la culpa de que Marx no haya puesto personalmente la última mano a los libros II y III.

Mi trabajo comenzó dictando el manuscrito entero, a partir del original, a menudo difícil de descifrar incluso para mí, para pasarlo a una copia legible, lo cual ya me llevó bastante tiempo. Sólo entonces pudo comenzar la redacción propiamente dicha. He reducido ésta a lo estrictamente necesario; he conservado, en todo lo que la claridad lo permitía, el carácter del primer borrador; tampoco he suprimido algunas repeticiones, allí donde, como es habitual en Marx, abordan el objeto cada vez desde otro lado o, al menos, lo reproducen con otra expresión. Allí donde mis modificaciones o añadidos no son de índole meramente redaccional, o donde he tenido que elaborar el material fáctico suministrado por Marx para deducir conclusiones propias, aunque mantenidas en lo posible dentro del espíritu de Marx, el pasaje entero va entre corchetes <en el presente volumen, entre llaves> y lleva mis iniciales. En mis notas a pie de página, aquí y allá faltan los corchetes; pero donde figuran debajo mis iniciales, soy responsable de toda la nota.

Como es natural en un primer borrador, en el manuscrito se hallan numerosas remisiones a puntos que habrían de desarrollarse después, sin que en todos los casos se hayan cumplido estas promesas. Las he dejado, puesto que exponen las intenciones del autor en relación con una futura elaboración.

Y ahora, a los detalles.

Para la primera sección, el manuscrito principal sólo era utilizable con grandes limitaciones. Desde el comienzo mismo se introduce todo el cálculo matemático de la relación entre tasa de plusvalía y tasa de ganancia (lo que constituye nuestro capítulo 3), mientras que el tema desarrollado en nuestro cap. 1 no se trata hasta más tarde y de manera ocasional. Aquí vinieron en mi ayuda dos esbozos de reelaboración, cada uno de 8 páginas en folio; pero tampoco ellos están elaborados enteramente de modo coherente. De ellos se ha compuesto el actual cap. 1. El cap. 2 procede del manuscrito principal. Para el cap. 3 se encontraron toda una serie de elaboraciones matemáticas incompletas, pero también un cuaderno entero, casi completo, de los años setenta, que representa la relación de la tasa de plusvalía con la tasa de ganancia mediante ecuaciones. Mi amigo Samuel Moore, que también ha suministrado la mayor parte de la traducción inglesa del primer libro, se encargó de elaborar para mí este cuaderno, para lo cual, como antiguo matemático de Cambridge, estaba mucho mejor capacitado. A partir de su resumen he terminado luego el capítulo 3, utilizando ocasionalmente el manuscrito principal. — Del cap. 4 sólo se encontró el título. Pero como el punto aquí tratado, el efecto de la rotación sobre la tasa de ganancia, es de importancia decisiva, lo he elaborado yo mismo, razón por la cual todo el capítulo aparece también entre corchetes en el texto. De ello resultó que, en efecto, la fórmula del cap. 3 para la tasa de ganancia necesitaba una modificación para tener validez general. A partir del capítulo quinto, el manuscrito principal es la única fuente para el resto de la sección, si bien también aquí se han hecho necesarios muchísimos cambios de orden y complementos.

Para las tres secciones siguientes, aparte de la redacción estilística, he podido atenerme casi siempre al manuscrito original. Algunos pasajes, en su mayoría relativos al efecto de la rotación, hubieron de elaborarse en consonancia con el cap. 4 que yo he intercalado; también ellos van entre corchetes y llevan mis iniciales.

La principal dificultad la presentó la sección V, la cual trata también el objeto más complejo de todo el libro. Y precisamente aquí Marx había sido sorprendido, en plena elaboración, por uno de los mencionados graves ataques de enfermedad. Aquí no hay, pues, un borrador acabado, ni siquiera un esquema cuyos contornos hubiera que rellenar, sino tan sólo un esbozo de elaboración que más de una vez desemboca en un montón desordenado de apuntes, observaciones y materiales en forma de extractos. Al principio intenté completar esta sección, tal como me había salido en cierta medida con la primera, rellenando las lagunas y elaborando los fragmentos apenas esbozados, de manera que ofreciera, al menos aproximadamente, todo lo que el autor se había propuesto dar. Lo he intentado por lo menos tres veces, pero he fracasado siempre; y en el tiempo así perdido reside una de las causas principales del retraso. Por fin comprendí que por ese camino no se podía. Habría tenido que recorrer toda la ingente literatura de este terreno y, al final, habría producido algo que, sin embargo, no era el libro de Marx. No me quedó más remedio que forzar un tanto las cosas, limitarme a ordenar lo más posible lo existente y hacer sólo los complementos más indispensables. Y así, en la primavera de 1893, terminé la labor principal para esta sección.

De los distintos capítulos, los cap. 21-24 estaban elaborados en lo esencial. Los cap. 25 y 26 exigían una revisión del material de apoyo y la inserción de material que se hallaba en otros lugares. Los cap. 27 y 29 se pudieron dar casi por entero según el manuscrito; en cambio, el cap. 28 hubo de ser reagrupado en algunos puntos. Pero con el capítulo 30 comenzó la dificultad propiamente dicha. A partir de aquí se trataba no solo de ordenar el material de los testimonios, sino también de poner en la secuencia correcta el hilo de pensamiento, interrumpido a cada momento por incisos, divagaciones, etc., y retomado en otro lugar, a menudo de manera completamente incidental. Así se formó el capítulo 30 mediante trasposiciones y eliminaciones para las que se halló aprovechamiento en otro lugar. El cap. 31 estaba de nuevo elaborado de manera más coherente. Pero a continuación sigue en el manuscrito un largo pasaje titulado: «La confusión», que consta de meros extractos de los informes parlamentarios sobre las crisis de 1848 y 1857, en los que se recopilan las declaraciones de veintitrés hombres de negocios y escritores económicos, especialmente sobre dinero y capital, salida de oro, sobrespeculación, etc., y se glosan en parte con breves comentarios humorísticos. Aquí, sea por quienes preguntaban, sea por quienes respondían, están representados casi todos los puntos de vista entonces en boga sobre la relación entre dinero y capital, y Marx quería tratar crítica y satíricamente la «confusión» aquí patente sobre qué es dinero y qué es capital en el mercado de dinero. Tras muchos intentos me he convencido de que es imposible reconstruir este capítulo; el material, en particular el glosado por Marx, ha sido empleado allí donde se hallaba una conexión para ello.

A esto sigue, en bastante orden, lo que he alojado en el cap. 32; pero inmediatamente después viene un nuevo montón de extractos de los informes parlamentarios sobre todos los asuntos posibles tocados en esta sección, mezclados con observaciones más o menos extensas del autor. Hacia el final, los extractos y las glosas se concentran cada vez más en el movimiento de los metales preciosos y del tipo de cambio, y terminan de nuevo con toda suerte de añadidos posteriores. En cambio, «Lo precapitalista» (cap. 36) estaba completamente elaborado.

A partir de todo este material, desde «La confusión» en adelante, y en la medida en que no estuviera ya alojado en lugares anteriores, he compuesto los capítulos 33-35. Esto, naturalmente, no pudo hacerse sin fuertes interpolaciones de mi parte para restablecer la conexión. En la medida en que dichas interpolaciones no son de naturaleza meramente formal, están expresamente señaladas como mías. De este modo he logrado finalmente alojar en el texto todas las afirmaciones del autor que de alguna manera pertenecen al asunto; no se ha omitido nada más que una pequeña parte de los extractos que o bien solo repetía lo ya dado en otro lugar, o bien tocaba puntos sobre los cuales el manuscrito no entra en mayor detalle.

La sección sobre la renta del suelo estaba elaborada de manera mucho más completa, aunque en modo alguno ordenada, como se desprende ya del hecho de que Marx, en el cap. 43 (en el manuscrito, la última pieza de la sección sobre la renta), considera necesario recapitular brevemente el plan de toda la sección. Y esto era tanto más deseable para la edición cuanto que el manuscrito empieza con el cap. 37, al que siguen los cap. 45-47, y solo después los cap. 38-44. El mayor trabajo lo dieron los cuadros relativos a la renta diferencial II y el descubrimiento de que en el cap. 43 no estaba en absoluto investigado el tercer caso, aquí a tratar, de este tipo de renta.

Para esta sección sobre la renta del suelo, Marx había emprendido, en los años setenta, estudios especiales completamente nuevos. Había estudiado y extractado durante años, en la lengua original, los relevamientos estadísticos y demás publicaciones sobre la propiedad territorial que, tras la «reforma» de 1861 en Rusia, se habían vuelto inevitables y que amigos rusos pusieron a su disposición con la más completa plenitud deseable; y se proponía utilizarlos en la reelaboración de esta sección. Dada la multiplicidad de formas tanto de la propiedad territorial como de la explotación de los productores agrícolas en Rusia, este país debía desempeñar en la sección sobre la renta del suelo el mismo papel que Inglaterra en el libro I, en lo tocante al trabajo asalariado industrial. Por desgracia, no le fue concedido llevar a cabo este plan.

Por último, la séptima sección existía en redacción completa, pero solo como primer borrador, cuyas oraciones infinitamente entrelazadas hubieron de ser descompuestas para que resultaran publicables. Del último capítulo solo existe el comienzo. Aquí debían exponerse las tres grandes clases de la sociedad capitalista desarrollada —terratenientes, capitalistas, obreros asalariados—, correspondientes a las tres grandes formas de renta: renta del suelo, ganancia, salario, y la lucha de clases necesariamente dada con su existencia, como resultado efectivo del período capitalista. Semejantes síntesis conclusivas solía Marx reservarlas para la redacción final, poco antes de la impresión, donde los acontecimientos históricos más recientes, con regularidad infalible, le suministraban los testimonios de sus desarrollos teóricos en la actualidad más deseable.

Las citas y los testimonios son, como ya en el libro II, considerablemente más escasos que en el primero. Las citas del libro I dan las páginas de la 2.ª y 3.ª edición. Cuando el manuscrito remite a afirmaciones teóricas de economistas anteriores, casi siempre se indica solo el nombre; el pasaje mismo debía citarse en la elaboración final. Naturalmente, he tenido que dejarlo así. De los informes parlamentarios solo se han utilizado cuatro, pero con bastante abundancia. Son los siguientes:

1. «Reports from Committees» (de la Cámara de los Comunes), Vol. VIII, «Commercial Distress», Vol. II, Part 1, 1847/48, Minutes of Evidence. Citado como: «Commercial Distress», 1847/48.

2. «Secret Committee of the House of Lords on Commercial Distress 1847, Report printed 1848, Evidence printed 1857» (porque 1848 se consideró demasiado comprometedor). — Citado como: C. D., 1848-1857.

3. Report: Bank Acts, 1857. — Ditto, 1858. — Informes de la comisión de la Cámara de los Comunes sobre los efectos de las Bank Acts de 1844 y 1845, con declaraciones de testigos. — Citado como: B. A. (a veces también B. C.). 1857, respectivamente 1858.

El libro cuarto —la historia de la teoría de la plusvalía— lo emprenderé tan pronto como me sea de algún modo posible. <Véase tomo 26>

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En el prefacio al segundo tomo de «El Capital» había tenido que arreglar cuentas con los señores que por entonces armaron un gran escándalo porque pretendían haber hallado «en Rodbertus la fuente secreta y un predecesor superior de Marx». Les ofrecí la oportunidad de demostrar «lo que la economía rodbertusiana puede rendir»; les insté a probar «cómo, no solo sin violar la ley del valor, sino más bien sobre la base de la misma, puede y debe formarse una tasa de ganancia media igual». Los mismos señores que en aquel entonces, por razones subjetivas u objetivas, pero por regla general por razones de todo menos científicas, pregonaban al buen Rodbertus como una estrella económica de primerísima magnitud, han quedado sin excepción en deuda con la respuesta. En cambio, otras personas han considerado que valía la pena ocuparse del problema.

En su crítica del tomo II («Conrads Jahrbücher», XI, 5, 1885, pp. 452-465), el prof. W. Lexis aborda la cuestión, aunque sin querer ofrecer una solución directa. Dice:

«La solución de esa contradicción» (entre la ley ricardiano-marxiana del valor y la tasa de ganancia media igual) «es imposible si se consideran aisladamente los distintos tipos de mercancías y se pretende que su valor sea igual a su valor de cambio y este igual o proporcional a su precio».

Según él, solo es posible si

«se abandona, para los diversos tipos de mercancías, la medición del valor por el trabajo y solo se atiende a la producción de mercancías en su conjunto y a la distribución de las mismas entre las clases globales de los capitalistas y los trabajadores… Del producto total, la clase obrera solo recibe una parte determinada… la otra parte, que corresponde a los capitalistas, constituye en el sentido marxiano el plusproducto y, por consiguiente, también… la plusvalía. Los miembros de la clase capitalista se reparten ahora esta plusvalía total entre ellos, no a medida del número de trabajadores ocupados por cada uno, sino en proporción a la magnitud del capital adelantado por cada cual, tomando también en consideración, como valor-capital, la tierra y el suelo.» Los valores ideales marxianos, determinados por las unidades de trabajo incorporadas a las mercancías, no corresponden a los precios, pero pueden «considerarse como el punto de partida de un desplazamiento que conduce a los precios efectivos. Estos últimos están condicionados por el hecho de que capitales iguales exigen ganancias iguales.» Como consecuencia, algunos capitalistas obtendrán para sus mercancías precios más altos que sus valores ideales, otros obtendrán precios más bajos. «Mas como las pérdidas y las añadiduras de plusvalía se compensan recíprocamente dentro de la clase capitalista, la magnitud total de la plusvalía es la misma que si todos los precios fueran proporcionales a los valores ideales de las mercancías.»

Se ve que la cuestión no queda ni remotamente resuelta, pero está, aunque de manera laxa y superficializante, en conjunto correctamente planteada. Y esto es, en verdad, más de lo que cabría esperar de alguien que, como el autor, se presenta con cierto orgullo como un «economista vulgar»; resulta francamente sorprendente cuando se lo compara con las prestaciones de otros economistas vulgares que habrán de tratarse más adelante. La economía vulgar del autor es, ciertamente, de índole peculiar. Dice que la ganancia del capital podría derivarse, desde luego, a la manera marxiana, pero nada obliga a esa concepción. Al contrario. La economía vulgar poseería un modo de explicación por lo menos más plausible:

«Los vendedores capitalistas, el productor de materias primas, el fabricante, el comerciante mayorista, el minorista, obtienen ganancia en sus negocios vendiendo cada uno más caro de lo que compra, es decir, aumentando el precio de costo de su mercancía en un determinado porcentaje. Solo el obrero no está en condiciones de imponer un recargo de valor semejante; en virtud de su situación desfavorable frente al capitalista, se ve forzado a vender su trabajo por el precio que a él mismo le cuesta, a saber, por los medios de subsistencia necesarios… así, estos recargos de precio conservan toda su significación frente a los obreros asalariados compradores y provocan la transferencia de una parte del valor del producto total a la clase capitalista.»

Ahora bien, no hace falta un gran esfuerzo de pensamiento para advertir que esta explicación «vulgar-económica» de la ganancia del capital desemboca prácticamente en los mismos resultados que la teoría marxiana de la plusvalía; que los obreros, según la concepción de Lexis, se encuentran en exactamente la misma «situación desfavorable» que en Marx; que resultan exactamente igual de estafados, puesto que todo no-trabajador puede vender por encima del precio, pero el obrero no; y que, sobre la base de esta teoría, se puede erigir un socialismo vulgar por lo menos tan plausible como el que aquí, en Inglaterra, se ha erigido sobre la base de la teoría del valor de uso y de la utilidad marginal de Jevons-Menger. Más aún, sospecho incluso que si el señor George Bernard Shaw llegara a conocer esta teoría de la ganancia, sería capaz de agarrarla con ambas manos, despedir a Jevons y a Karl Menger y erigir de nuevo sobre esta roca la futura iglesia fabiana.

Pero en realidad, esta teoría no es más que una paráfrasis de la de Marx. ¿De dónde se sufragan, pues, todos los recargos de precio? Del «producto total» de los obreros. Y ello, porque la mercancía «trabajo», o, como dice Marx, la fuerza de trabajo, ha de venderse por debajo de su precio. Pues si la propiedad común a todas las mercancías es venderse más caras que sus costos de producción, pero de esto se exceptúa el trabajo por sí solo y se vende siempre sólo por sus costos de producción, precisamente se vende por debajo del precio que es regla en este mundo de la economía vulgar. La ganancia extraordinaria que de ello se deriva para el capitalista, o, respectivamente, para la clase capitalista, consiste cabalmente en esto y, en última instancia, sólo puede obtenerse por el hecho de que el obrero, después de reproducir el equivalente del precio de su trabajo, tiene que producir un producto adicional por el que no se le paga: plusproducto, producto de trabajo no pagado, plusvalía. Lexis es un hombre sumamente cauto en la elección de sus términos. No dice en ninguna parte claramente que esa concepción sea la suya; pero si lo es, entonces está más claro que la luz del sol que no nos las habemos aquí con uno de esos economistas vulgares corrientes, de los cuales él mismo dice que, a los ojos de Marx, cada uno de ellos es «a lo sumo un estúpido sin remedio», sino con un marxista disfrazado de economista vulgar. Si este disfraz se ha efectuado consciente o inconscientemente, es una cuestión psicológica que no nos interesa aquí. Quien quiera indagarlo acaso investigue también cómo fue posible que, en un determinado momento, un hombre tan inteligente como Lexis lo es sin duda, pudiera también defender en alguna ocasión un disparate semejante al bimetalismo.

El primero que intentó realmente dar respuesta a la cuestión fue el doctor Conrad Schmidt, en su obra «La tasa de ganancia media sobre la base de la ley del valor de Marx», Dietz, Stuttgart, 1889. Schmidt se esfuerza por armonizar los pormenores de la formación del precio de mercado tanto con la ley del valor como con la tasa de ganancia media. El capitalista industrial obtiene en su producto, primero, el reembolso de su capital adelantado; segundo, un plusproducto por el que no ha pagado nada. Pero para obtener ese plusproducto tiene que adelantar su capital en la producción; es decir, tiene que emplear una cantidad determinada de trabajo objetivado para poder apropiarse ese plusproducto. Para el capitalista, pues, ese capital adelantado suyo es la cantidad de trabajo objetivado socialmente necesaria para proporcionarle ese plusproducto. Lo mismo vale para cualquier otro capitalista industrial. Ahora bien, como los productos, de acuerdo con la ley del valor, se intercambian entre sí en proporción al trabajo socialmente necesario para su producción, y como para el capitalista el trabajo necesario para la elaboración de su plusproducto es precisamente el trabajo acumulado en su capital, el trabajo pasado, se sigue de ahí que los plusproductos se intercambian según la proporción de los capitales requeridos para su producción, y no según la del trabajo realmente encarnado en ellos. La parte que corresponde a cada unidad de capital es, pues, igual a la suma de toda la plusvalía producida dividida por la suma de los capitales empleados. De ahí se desprende que capitales iguales arrojan ganancias iguales en períodos iguales, y esto se logra añadiendo al precio de costo del producto pagado el precio de costo del plusproducto calculado de ese modo, es decir, la ganancia media, y vendiendo a ese precio acrecentado el producto pagado y el no pagado. La tasa de ganancia media queda establecida, a pesar de que, según Schmidt, los precios medios de las mercancías individuales se determinan conforme a la ley del valor.

La construcción es sumamente ingeniosa, sigue todo el patrón hegeliano, pero comparte con la mayoría de las hegelianas el no ser correcta. Plusproducto o producto pagado no hacen diferencia: si la ley del valor ha de regir también directamente para los precios medios, ambos han de venderse en proporción al trabajo socialmente necesario exigido y consumido en su elaboración. La ley del valor se dirige, de entrada, contra la concepción heredada del modo capitalista de pensar, según la cual el trabajo pasado acumulado que constituye el capital no es meramente una suma determinada de valor ya concluido, sino que, por ser factor de producción y de formación de la ganancia, también es creador de valor, y, por tanto, fuente de más valor del que él mismo posee; la ley establece que esa propiedad sólo corresponde al trabajo vivo. Es sabido que los capitalistas esperan ganancias iguales en proporción a la magnitud de sus capitales, y que consideran su adelanto de capital como una especie de precio de costo de su ganancia. Pero cuando Schmidt se vale de esta representación para, por su medio, armonizar los precios calculados según la tasa de ganancia media con la ley del valor, cancela la propia ley del valor, al incorporar a esta ley como factor codeterminante una representación que la contradice de manera total.

O bien el trabajo acumulado es creador de valor al lado del trabajo vivo. Entonces no rige la ley del valor.

O bien no es creador de valor. Entonces la argumentación de Schmidt es incompatible con la ley del valor.

Schmidt fue llevado a este desvío lateral cuando ya estaba muy cerca de la solución, porque creía tener que hallar una fórmula, a ser posible matemática, que permitiese demostrar la concordancia del precio medio de cada mercancía individual con la ley del valor. Pero si aquí, casi al borde de la meta, siguió un camino errado, el resto del contenido del folleto demuestra con qué comprensión ha extraído ulteriores conclusiones de los dos primeros libros de El Capital. A él le corresponde el honor de haber encontrado de manera independiente, para la tendencia descendente de la tasa de ganancia, hasta entonces inexplicada, la explicación correcta que Marx da en la tercera sección del libro tercero; igualmente, el haber derivado la ganancia comercial de la plusvalía industrial, y toda una serie de observaciones sobre el interés y la renta del suelo, mediante las cuales se anticipan cosas que en Marx se desarrollan en las secciones cuarta y quinta del libro tercero.

En un trabajo posterior («Neue Zeit», 1892/93, núms. 3 y 4), Schmidt ensaya otro camino de solución. Éste viene a parar en que es la competencia la que establece la tasa de ganancia media, haciendo emigrar capital de ramas de producción con subganancia a otras donde se obtiene una ganancia extraordinaria. Que la competencia es la gran niveladora de las ganancias, no es nada nuevo. Pero ahora Schmidt intenta demostrar que esta nivelación de las ganancias es idéntica a la reducción del precio de venta de las mercancías producidas en exceso a la medida de valor que la sociedad, según la ley del valor, puede pagar por ellas. Por qué tampoco esto podía conducir a la meta, se desprende suficientemente de las explicaciones que da Marx en el propio libro.

Después de Schmidt, P. Fireman abordó el problema («Conrads Jahrbücher», tercera serie, III, pág. 793). No voy a entrar en sus observaciones sobre otros aspectos de la exposición de Marx. Se basan en el malentendido de que Marx quiere definir allí donde desarrolla, y de que en Marx sería lícito buscar definiciones fijas y acabadas, válidas de una vez para siempre. Se comprende de suyo que, allí donde las cosas y sus relaciones recíprocas se conciben no como fijas, sino como variables, sus reflejos mentales, los conceptos, están también sometidos al cambio y a la transformación; que no se los encapsula en definiciones rígidas, sino que se los desarrolla en su proceso de formación histórico o lógico, según el caso. Después de esto, quedará claro por qué Marx, al comienzo del libro primero, donde parte de la producción simple de mercancías como supuesto histórico suyo para luego, partiendo de esta base, llegar al capital – por qué parte allí justamente de la mercancía simple, y no de una forma conceptual e históricamente secundaria, la mercancía ya modificada por el capitalismo; cosa que, naturalmente, Fireman no puede comprender en absoluto. Estas y otras cuestiones secundarias, que aún podrían dar lugar a no pocas objeciones, prefiero dejarlas de lado y pasar inmediatamente al núcleo del asunto. Mientras que la teoría enseña al autor que la plusvalía, dada una tasa de plusvalía, es proporcional al número de las fuerzas de trabajo empleadas, la experiencia le muestra que, dada una tasa de ganancia media, la ganancia es proporcional a la magnitud del capital total empleado. Fireman explica esto diciendo que la ganancia no es más que un fenómeno convencional (es decir, para él, un fenómeno perteneciente a una determinada formación social, que surge y desaparece con ella); su existencia está sencillamente vinculada al capital; éste, cuando es lo bastante fuerte como para imponerse una ganancia, se ve forzado por la competencia a imponerse también una tasa de ganancia igual para todos los capitales. Sin una tasa de ganancia igual, no es posible, justamente, la producción capitalista; presupuesta esta forma de producción, la masa de la ganancia, dada la tasa de ganancia, sólo puede depender, para cada capitalista individual, de la magnitud de su capital. Por otra parte, la ganancia se compone

de plusvalía, de trabajo no pagado. Y ¿cómo se opera aquí la transformación de la plusvalía, cuya magnitud se rige por la explotación del trabajo, en ganancia, cuya magnitud se rige por la magnitud del capital requerido para ello?

«Sencillamente, por el hecho de que en todas las ramas de producción donde la relación entre ... capital constante y capital variable es la mayor, las mercancías se venden por encima de su valor, lo cual significa también que en las ramas de producción donde la relación capital constante : capital variable = c : v es la menor, las mercancías se venden por debajo de su valor, y que sólo cuando la relación c : v representa una determinada magnitud media, las mercancías se enajenan a su verdadero valor… ¿Es esta incongruencia de los precios singulares con sus respectivos valores una refutación del principio del valor? De ninguna manera. Pues, en la medida en que los precios de algunas mercancías se elevan por encima del valor en la misma proporción en que los precios de otras descienden por debajo del valor, la suma total de los precios sigue siendo igual a la suma total de los valores… ‘en última instancia’ esa incongruencia desaparece.» Esta incongruencia es una «perturbación»; «pero en las ciencias exactas no se suele considerar nunca una perturbación calculable como una refutación de una ley».

Compárese con esto los pasajes correspondientes del capítulo IX, y se hallará que Fireman ha puesto aquí, efectivamente, el dedo en el punto decisivo. Pero cuántos eslabones intermedios se necesitarían aún, después de este descubrimiento, para capacitar a Fireman para elaborar la plena solución palpable del problema, lo prueba la acogida inmerecidamente fría que encontró su artículo, tan significativo. Por mucho que el problema interesase a muchos, todos temían todavía quemarse los dedos. Y esto no se explica solamente por la forma inacabada en que Fireman ha dejado su hallazgo, sino también por la innegable insuficiencia tanto de su comprensión de la exposición de Marx como de su propia crítica general de la misma, que en esa comprensión se basa.

Donde hay ocasión de ponerse en ridículo en un asunto difícil, allí nunca falta el señor profesor Julius Wolf, de Zúrich. Todo el problema, nos cuenta (en «Conrads Jahrbücher», tercera serie, II, pág. 352 y siguientes), se resuelve mediante la plusvalía relativa. La producción de la plusvalía relativa se basa en el aumento del capital constante respecto del variable.

Un plus de capital constante tiene como presupuesto un plus de fuerza productiva de los obreros. Pero como este plus de fuerza productiva trae consigo (por la vía del abaratamiento de los medios de subsistencia) un plus de plusvalía, queda establecida la relación directa entre plusvalía creciente y participación creciente del capital constante en el capital global. Un más de capital constante revela un más de fuerza productiva del trabajo. Por tanto, si el capital variable permanece igual y el constante crece, la plusvalía tiene que aumentar, en concordancia con Marx. Éste era el problema que se nos había planteado.

Cierto es que Marx dice precisamente lo contrario en cien pasajes del primer libro; cierto es que la afirmación de que, según Marx, la plusvalía relativa aumenta, al disminuir el capital variable, en la misma proporción en que aumenta el capital constante, es de un asombro que se burla de toda expresión parlamentaria; cierto es que el señor Julius Wolf demuestra en cada línea que no ha entendido absolutamente nada, ni relativa ni absolutamente, ni de la plusvalía absoluta ni de la relativa; cierto es que él mismo dice:

«a primera vista parece realmente hallarse uno aquí en un nido de incongruencias»,

lo cual, dicho sea de paso, es la única palabra verdadera de todo su artículo. Pero ¿qué importa todo eso? El señor Julius Wolf está tan orgulloso de su genial descubrimiento, que no puede dejar de prodigar a Marx, por ello, elogios póstumos y de ensalzar este su propio e insondable desatino como una

«prueba renovada de la agudeza y perspicacia con que está concebido su» (de Marx) «sistema crítico de la economía capitalista».

Pero aún hay más: el señor Wolf dice:

«Ricardo afirmó tanto que a igual desembolso de capital, igual plusvalía (ganancia), como que a igual desembolso de trabajo, igual plusvalía (en cuanto a la masa). Y la cuestión era entonces: cómo se compagina lo uno con lo otro. Marx, empero, no ha reconocido la cuestión en esta forma. Él ha demostrado indudablemente (en el tercer tomo) que la segunda afirmación no es una consecuencia incondicionada de la ley del valor, que incluso contradice su ley del valor y, por tanto, ... tiene que ser directamente rechazada.»

Y ahora investiga quién de nosotros dos se ha equivocado, si yo o Marx. Que es él mismo quien va desencaminado, eso, naturalmente, ni se le ocurre.

Ofendería a mis lectores y desconocería por completo la comicidad de la situación si quisiera gastar una sola palabra sobre esta perla. Sólo añado aún: con la misma osadía con que ya entonces podía decir lo que «Marx ha demostrado indudablemente en el tercer tomo», aprovecha la ocasión para referir un supuesto chismorreo de profesores, según el cual el mencionado escrito de Conrad Schmidt «fue directamente inspirado por Engels». ¡Señor Julius Wolf! En el mundo en que usted vive y teje, puede ser usual que el hombre que plantea públicamente un problema a otros ponga secretamente al corriente de la solución a sus amigos privados. Que usted es capaz de eso, se lo creo de buena gana. Que en el mundo en que yo trato no se necesita rebajarse a semejantes mezquindades, se lo demuestra a usted el presente prólogo.

Apenas había muerto Marx, cuando el señor Achille Loria publicó a toda prisa un artículo sobre él en la «Nuova Antologia» (abril de 1883): primero una biografía rebosante de datos falsos, luego una crítica de la actividad pública, política y literaria. La concepción materialista de la historia de Marx es falseada y tergiversada aquí con una seguridad que deja adivinar un gran propósito. Y este propósito ha sido alcanzado: en 1886 publicó el mismo señor Loria un libro, «La teoria economica della costituzione politica», en el cual proclama ante el atónito mundo contemporáneo como invención propia la teoría marxiana de la historia, tan total y tan intencionadamente desfigurada por él en 1883. Ciertamente, la teoría de Marx queda aquí rebajada a un nivel bastante filisteo; también pululan las pruebas y los ejemplos históricos de gazapos que no se tolerarían a un alumno de cuarto año de bachillerato; pero ¿qué importa todo eso? El descubrimiento de que en todas partes y siempre los estados y acontecimientos políticos encuentran su explicación en las correspondientes condiciones económicas, no fue hecho en modo alguno, como queda así demostrado, por Marx en el año 1845, sino por el señor Loria en 1886. Al menos, ha logrado felizmente encajar esto a sus compatriotas, y, desde que su libro apareció en francés, también a algunos franceses, y ahora puede pavonearse por Italia como autor de una nueva y epocal teoría de la historia, hasta que los socialistas de allí encuentren tiempo para desplumar de sus plumas de pavo real robadas al ínclito Loria.

Pero esto no es más que una pequeña muestra del estilo del señor Loria. Nos asegura que todas las teorías de Marx descansan en un consciente sofisma (un consaputo sofisma); que Marx no retrocedió ante los paralogismos, incluso cuando los reconoció como tales (sapendoli tali), etc. Y después de haber suministrado a sus lectores, con toda una serie de vulgares bufonadas semejantes, lo necesario para que consideren a Marx como un arribista à la Loria, que pone en escena sus pequeños efectos con los mismos mezquinos y falsos recursos de mistificador que nuestro profesor paduano, ya puede revelarles un importante secreto y con ello nos reconduce también a nosotros a la tasa de ganancia.

El señor Loria dice: según Marx, la masa de plusvalía producida en un negocio industrial capitalista (que el señor Loria identifica aquí con la ganancia) debería regirse por el capital variable empleado en él, ya que el capital constante no arroja ganancia alguna. Pero esto contradice la realidad. Pues en la práctica la ganancia no se rige por el capital variable, sino por el capital global. Y Marx mismo lo reconoce (I, cap. XI) y admite que, en apariencia, los hechos contradicen su teoría. Pero ¿cómo resuelve la contradicción? Remite a sus lectores a un tomo siguiente, aún no aparecido. De este tomo ya había dicho antes el señor Loria a sus lectores que no creía que Marx hubiese pensado en escribirlo ni un solo instante, y ahora exclama triunfante:

«Con razón he afirmado, pues, que este segundo tomo, con el cual Marx amenaza constantemente a sus adversarios, sin que jamás aparezca, muy bien pudo haber sido un hábil expediente que Marx empleó allí donde se le acababan los argumentos científicos (un ingegnoso spediente ideato dal Marx a sostituzione degli argomenti scientifici).»

Y quien ahora no esté convencido de que Marx se halla a la misma altura del fraude científico que l'illustre Loria, a ése ya no hay quien lo cure.

Esto es, pues, lo que hemos aprendido: según el señor Loria, la teoría marxiana de la plusvalía es absolutamente inconciliable con el hecho de la tasa general igual de ganancia. Luego salió el libro segundo, y con él mi pregunta, planteada públicamente, precisamente sobre este mismo punto. Véase tomo 24, pág. 26. Si el señor Loria hubiese sido uno de nosotros, los torpes alemanes, se habría visto en un cierto aprieto. Pero es un osado meridional, procede de un clima cálido donde, como él puede afirmar, la desfachatez es en cierto modo condición natural. La cuestión de la tasa de ganancia está planteada públicamente. El señor Loria la ha declarado públicamente insoluble. Y precisamente por eso se superará ahora a sí mismo, resolviéndola públicamente.

El milagro acontece en «Conrads Jahrbücher», N. F., tomo XX, pág. 272 y ss., en un artículo sobre el mencionado escrito de Conrad Schmidt. Después de haber aprendido de Schmidt cómo se origina la ganancia comercial, todo le queda claro de repente.

«Puesto que la determinación del valor por el tiempo de trabajo otorga una ventaja a los capitalistas que invierten una parte mayor de su capital en salarios, el capital improductivo» (debe querer decir comercial) «puede arrancar a esos capitalistas favorecidos un interés más elevado» (debe querer decir ganancia) «y producir la igualdad entre los distintos capitalistas industriales [...]. Así, por ejemplo, si los capitalistas industriales A, B, C emplean en la producción 100 jornadas de trabajo cada uno, y, respectivamente, 0, 100, 200 de capital constante, y si el salario por 100 jornadas de trabajo contiene en sí 50 jornadas de trabajo, cada capitalista recibe una plusvalía de 50 jornadas de trabajo, y la tasa de ganancia es del 100% para el primero, del 33,3% para el segundo y del 20% para el tercer capitalista. Pero si un cuarto capitalista D acumula un capital improductivo de 300, que exige un interés» (ganancia) «por el valor de 40 jornadas de trabajo de A, y un interés de 20 jornadas de trabajo de B, entonces la tasa de ganancia de los capitalistas A y B descenderá al 20%, como la de C, y D, con un capital de 300, obtendrá una ganancia de 60, es decir, una tasa de ganancia del 20%, como los demás capitalistas.»

Con tan sorprendente agilidad, en un santiamén, resuelve l'illustre Loria la misma cuestión que diez años antes había declarado insoluble. Lástima que no nos haya revelado el secreto de dónde obtiene el «capital improductivo» el poder no sólo de sisar a los industriales esa ganancia extraordinaria suya que excede la tasa media de ganancia, sino también de conservarla en el bolsillo, exactamente como el propietario de la tierra se embolsa la ganancia excedente del arrendatario en concepto de renta de la tierra. De hecho, según esto, los comerciantes percibirían de los industriales un tributo completamente análogo a la renta de la tierra, y con ello establecerían la tasa media de ganancia. El capital comercial es, sin duda, un factor muy esencial en el establecimiento de la tasa general de ganancia, como casi todo el mundo sabe. Pero sólo un aventurero literario, que en el fondo de su corazón se burla de toda la economía, puede permitirse la afirmación de que posee la fuerza mágica de absorberse toda la plusvalía que exceda la tasa general de ganancia, y además antes de que ésta se haya establecido, y de transformarla en renta de la tierra para sí mismo, sin necesitar para ello propiedad territorial alguna. No menos asombrosa es la afirmación de que el capital comercial sea capaz de descubrir a aquellos industriales cuya plusvalía apenas cubre justo la tasa media de ganancia, y se honre aliviando en cierto modo la suerte de estas desdichadas víctimas de la ley marxiana del valor, al venderles sus productos gratuitamente, incluso sin comisión alguna. ¡Qué prestidigitador se necesita para imaginarse que Marx habría necesitado tan lastimosos jueguecitos!

Pero nuestro ínclito Loria resplandece en toda su gloria cuando lo comparamos con sus competidores nórdicos, por ejemplo, con el señor Julius Wolf, que tampoco es de ayer. ¡Qué pequeño gozquecillo parece éste, incluso en su grueso libro sobre «Sozialismus und kapitalistische Gesellschaftsordnung», al lado del italiano! Con qué torpeza, casi me sentiría tentado a decir con qué modestia está ahí, junto a la noble audacia con que il maestro presenta como cosa de suyo evidente que Marx, ni más ni menos que todos los demás, era un sofista, paralogista, fanfarrón y charlatán, exactamente igual que el propio señor Loria; que Marx, cada vez que se ve en apuros, espejea al público con una conclusión de su teoría en un tomo siguiente, que, como él mismo sabe muy bien, ¡no puede ni quiere entregar! Osadía ilimitada, aunada a una deslizante capacidad para escapulirse de situaciones imposibles, heroico desprecio hacia los puntapiés recibidos, rauda apropiación de prestaciones ajenas, importuna charlatanería de reclamo, organización de la fama mediante la camarilla de compadres: ¿quién le iguala en todo esto?

Italien ist das Land der Klassizität. Seit der großen Zeit, als bei ihm die Morgenröte der modernen Welt aufging, brachte es großartige Charaktere hervor in unerreicht klassischer Vollendung, von Dante bis auf Garibaldi. Aber auch die Zeit der Erniedrigung und Fremdherrschaft hinterließ ihm klassische Charaktermasken, darunter zwei besonders ausgemeißelte Typen: den Sganarell und den Dulcamara. Die klassische Einheit beider sehn wir verkörpert in unserm illustre Loria.

Italia es el país de la clasicidad. Desde la gran época en que despuntó en ella la aurora del mundo moderno, ha producido caracteres grandiosos de insuperable perfección clásica, desde Dante hasta Garibaldi. Pero también la época de la humillación y la dominación extranjera le dejó máscaras de carácter clásicas, entre ellas dos tipos especialmente cincelados: Sganarell y Dulcamara. La unidad clásica de ambos la vemos encarnada en nuestro ilustre Loria.

Zum Schluß muß ich meine Leser über den Ozean führen. In New York hat Herr Dr. med.
George C. Stiebeling
auch eine Lösung des Problems gefunden, und zwar eine äußerst einfache. So einfach, daß kein Mensch weder hüben noch drüben sie anerkennen wollte; worüber er in großen Zorn geriet und in einer endlosen Reihe Broschüren und Zeitungsartikel auf beiden Seiten des großen Wassers sich bitterlichst über diese Unbill beschwerte. Man sagte ihm zwar in der "Neuen Zeit", seine ganze Lösung beruhe auf einem Rechenfehler. Aber das konnte ihn nicht stören; Marx hat auch Rechenfehler gemacht und behält dennoch in vielen Dingen recht. Sehn wir uns also die Stiebelingsche Lösung an.

Para terminar, debo conducir a mis lectores a través del océano. En Nueva York, el Dr. med. George C. Stiebeling ha encontrado también una solución del problema, y además sumamente sencilla. Tan sencilla, que nadie, ni de acá ni del otro lado, quiso reconocerla; por lo cual montó en gran cólera y se quejó amarguísimamente de este agravio en una interminable serie de folletos y artículos de prensa a ambos lados del charco. En la Neue Zeit se le dijo ciertamente que toda su solución descansaba en un error de cálculo. Pero eso no pudo perturbarlo; Marx también ha cometido errores de cálculo y, sin embargo, en muchas cuestiones tiene razón. Veamos, pues, la solución de Stiebeling.

"Ich nehme zwei Fabriken an, die mit gleichem Kapital gleiche Zeit arbeiten, aber mit einem verschiednen Verhältnis des konstanten und des variablen Kapitals. Das Gesamtkapital (c + v) setze ich = y, und bezeichne den Unterschied in dem Verhältnis des konstanten zu dem variablen Kapital mit x. In Fabrik I ist y = c + v, in Fabrik II ist y = (c - x) + (v + x). Die Rate des Mehrwerts ist also in Fabrik I = m/v und in Fabrik II = m/(v + x). Profit (p) nenne ich den Gesamtmehrwert (m), um den sich das Gesamtkapital y oder c + v in der gegebnen Zeit vermehrt, also p = m. Die Rate des Profits ist demnach in Fabrik I = p/y oder m/(c + v) , und in Fabrik II ebenfalls p/y oder

«Supongo dos fábricas que trabajan con igual capital durante el mismo tiempo, pero con una proporción distinta de capital constante y variable. El capital total (c + v) lo pongo = y, y designo con x la diferencia en la proporción del capital constante con respecto al variable. En la fábrica I, y = c + v; en la fábrica II, y = (c - x) + (v + x). La tasa de plusvalía es, pues, en la fábrica I = m/v, y en la fábrica II = m/(v + x). Denomino ganancia (p) a la plusvalía total (m), en la que el capital total y, o c + v, se incrementa en el tiempo dado, o sea, p = m. La tasa de ganancia es, por consiguiente, en la fábrica I = p/y o m/(c + v), y en la fábrica II igualmente p/y o

m/((c - x) + (v + x)), d.h. ebenfalls = m/(c + v), Das ... Problem löst sich also derart, daß auf Grundlage des Wertgesetzes, bei Anwendung gleichen Kapitals und gleicher Zeit, aber ungleicher Mengen lebendiger Arbeit, aus der Veränderung der Rate des Mehrwerts eine gleiche Durchschnittsprofitrate hervorgeht." (G. C. Stiebeling, "Das Werthgesetz und die Profitrate", New York, John Heinrich.)

m/((c - x) + (v + x)), es decir, igualmente = m/(c + v). El ... problema se resuelve, pues, de tal manera que, sobre la base de la ley del valor, empleando capitales iguales y el mismo tiempo, pero cantidades desiguales de trabajo vivo, de la variación de la tasa de plusvalía resulta una tasa media de ganancia igual.» (G. C. Stiebeling, Das Werthgesetz und die Profitrate, Nueva York, John Heinrich.)

So schön und einleuchtend auch die obige Rechnung ist, so sind wir doch genötigt,
eine
Frage an Herrn Dr. Stiebeling zu richten: Woher weiß er, daß die Summe des Mehrwerts, den Fabrik I produziert, aufs Haar gleich ist der Summe des in Fabrik II erzeugten Mehrwerts? Von c, v, y und x, also von allen übrigen Faktoren der Rechnung sagt er uns ausdrücklich, daß sie für beide Fabriken gleiche Größe haben, aber von m kein Wort. Daraus aber, daß er beide hier vorkommende Mengen Mehrwert algebraisch mit m bezeichnet, folgt dies keineswegs. Es ist, da Herr Stiebeling auch den Profit p ohne weiteres mit dem Mehrwert identifiziert, vielmehr grade das, was bewiesen werden soll. Nun sind nur zwei Fälle möglich: entweder sind die beiden m gleich, jede Fabrik produziert gleich viel Mehrwert, also bei gleichem Gesamtkapital auch gleich viel Profit, und dann hat Herr Stiebeling von vornherein das schon vorausgesetzt, was er erst beweisen soll. Oder aber, die eine Fabrik produziert eine größere Summe Mehrwert als die andre, und dann fällt seine ganze Rechnung dahin.

Por bello y esclarecedor que sea el cálculo anterior, nos vemos sin embargo obligados a dirigir una pregunta al señor Dr. Stiebeling: ¿cómo sabe él que la suma de la plusvalía que produce la fábrica I es exactamente igual a la suma de la plusvalía generada en la fábrica II? Acerca de c, v, y y x, es decir, acerca de todos los demás factores del cálculo, nos dice expresamente que tienen la misma magnitud para ambas fábricas, pero acerca de m ni una palabra. Y el que él designe algebraicamente con m las dos cantidades de plusvalía que aquí aparecen, no se sigue de ningún modo tal cosa. Puesto que el señor Stiebeling identifica también alegremente la ganancia p con la plusvalía, eso es más bien precisamente lo que habría que demostrar. Ahora bien, solo dos casos son posibles: o bien las dos m son iguales, cada fábrica produce la misma cantidad de plusvalía y, por tanto, con igual capital total, también la misma cantidad de ganancia, y entonces el señor Stiebeling ya ha presupuesto de antemano lo que precisamente ha de demostrar; o bien, una fábrica produce una suma de plusvalía mayor que la otra, y entonces todo su cálculo se viene abajo.

Herr Stiebeling hat weder Mühe noch Kosten gescheut, auf diesen seinen Rechenfehler ganze Berge von Rechnungen aufzubauen und dem Publikum zur Schau zu stellen. Ich kann ihm die beruhigende Versicherung geben, daß sie fast alle gleichmäßig unrichtig sind, und daß sie da, wo dies ausnahmsweise nicht der Fall ist, ganz etwas anders beweisen, als er beweisen will. So beweist er aus der Vergleichung der amerikanischen Zensusberichte von 1870 und 1880 tatsächlich den Fall der Profitrate, erklärt ihn aber total falsch und meint, die Marxsche Theorie einer sich immer gleichbleibenden, stabilen Profitrate durch die Praxis berichtigen zu müssen. Nun folgt aber aus dem dritten Abschnitt des vorliegen dritten Buchs, daß diese Marxsche "feststehende Profitrate" ein reines Hirngespinst ist, und daß die fallende Tendenz der Profitrate auf Ursachen beruht, die den von Dr. Stiebeling angegebnen diametral entgegengesetzt sind. Herr Dr. Stiebeling meint es sicher sehr gut, aber wenn man sich mit wissenschaftlichen Fragen beschäftigen will, muß man vor allen Dingen lernen, die Schriften, die man benutzen will, so zu lesen, wie der Verfasser sie geschrieben hat, und vor allem, ohne Dinge hineinzulesen, die nicht darinstehn.

El señor Stiebeling no ha escatimado esfuerzo ni gasto para levantar sobre este error de cálculo suyo montañas enteras de cálculos y exponerlos al público. Puedo darle la tranquilizadora seguridad de que casi todos ellos son uniformemente incorrectos, y de que allí donde excepcionalmente no es el caso, demuestran algo muy distinto de lo que él se propone demostrar. Así, de la comparación de los informes de los censos estadounidenses de 1870 y 1880 demuestra efectivamente la caída de la tasa de ganancia, pero la explica de una manera totalmente falsa y cree tener que corregir mediante la práctica la teoría marxiana de una tasa de ganancia siempre igual, estable. Ahora bien, de la tercera sección del presente libro tercero se sigue que esa «tasa de ganancia fija» de Marx es una pura fantasía cerebral, y que la tendencia decreciente de la tasa de ganancia descansa sobre causas diametralmente opuestas a las aducidas por el Dr. Stiebeling. El señor Dr. Stiebeling tiene sin duda muy buenas intenciones, pero cuando uno quiere ocuparse de cuestiones científicas, tiene que aprender ante todo a leer los escritos que se propone utilizar tal como el autor los ha escrito, y sobre todo sin meter en ellos por vía de interpretación cosas que no contienen.

Resultat der ganzen Untersuchung: auch mit Bezug auf die vorliegende Frage ist es wieder nur die Marxsche Schule, die etwas geleistet hat. Fireman und Conrad Schmidt können, wenn sie dies dritte Buch lesen, mit ihren eignen Arbeiten jeder an seinem Teil ganz zufrieden sein.

Resultado de toda la investigación: también con respecto a la cuestión presente, es una vez más solo la escuela marxiana la que ha aportado algo. Fireman y Conrad Schmidt, cuando lean este libro tercero, podrán quedar cada uno por su parte bien satisfechos con sus propios trabajos.

London, 4. Oktober 1894

F. Engels

Londres, 4 de octubre de 1894

F. Engels