Friedrich Engels

[A propósito del último golpe policial parisiense]

Escrito el 10 de enero de 1893.

["Vorwärts" núm. 11 del 13 de enero de 1893]

La prensa burguesa de París anuncia con gran pompa que la policía ha descubierto un complot de lo más infame. Unos cuantos «nihilistas rusos» se habrían conjurado para enviar al otro mundo al manso zar y autócrata de todas las Rusias; pero la policía velaba, los «malhechores y atentadores» fueron detenidos y el magnánimo padre de la patria rusa se salvó.

Visto a la luz, resulta ahora que los «nihilistas rusos» merecen ese nombre en la medida en que con los rusos tienen nihil, nada que ver. Sencillamente son polacos que sólo tienen la desgracia de haber nacido bajo el cetro del padrecito de Petersburgo. Gente que vivía en París muy tranquila y retirada, y que no era tan simple como para urdir complots de atentado (ramo que las personas sensatas dejan hoy en día a la policía). Y la mera necesidad de sacar a la luz pública los nombres polacos de esos «nihilistas rusos» bastó para que todo el pretexto del atentado y del complot se volviera insostenible incluso para la policía. Ésta tuvo que instruir a su agencia Havas-Reuter en el sentido de que esas personas serían simplemente expulsadas de Francia.

¿A qué viene tanto ruido? Muy sencillo.

Los regentes de la república burguesa oportunista-radical —ministros, senadores, diputados— están todos implicados en el escándalo de Panamá, unos como sobornados, los otros como sabedores y encubridores. Pero opinan también que el público ya se ha ocupado bastante tiempo de
este
lado de su sucia existencia. Piensan: el mundo ya ha hablado bastante de que nosotros hemos desacreditado la república con nuestras bribonadas. Demostremos ahora que
también somos capaces de desacreditar políticamente a esta república. Demostremos que, arrastrándonos de vientre ante el zar, batimos al difunto Bismarck por seis largos de reptación. La legación rusa desea examinar los papeles de la emigración polaca; demostremos nuestro ardiente deseo de poner a sus pies todo cuanto ella desee: ¡no sólo los papeles, también a los propios polacos de paso, y, si es preciso, a toda Francia!

A nosotros puede sernos muy conveniente que la república burguesa se arruine a sí misma de este modo. Sus herederos están a la puerta: no los monárquicos, que vuelven a conspirar con gran intensidad pero que, a pesar de ello, no son peligrosos, sino los socialistas serán esos herederos. Pero lo que ya nos resulta demasiado es la estupidez de esta gente, de los actuales gobernantes de Francia. Mendigan el favor y la gracia de la Rusia oficial, le lamen las botas, se humillan ante esa banda de ladrones rusa, erigen al zar en verdadero soberano de Francia y director de la política francesa... y ese zar se halla en una situación de impotencia que le hace absolutamente imposible prestar a Francia ningún servicio real. El presente invierno demuestra que el hambre ha sido declarada permanente en Rusia por años enteros; los recursos del país están agotados por largo tiempo, la situación financiera es sencillamente desesperada. No es Francia la que necesita a Rusia; al contrario, es Rusia la que, sin el apoyo moral francés, quedaría completamente paralizada. Si estos burgueses franceses tuvieran algún entendimiento, podrían obligar a su aliado ruso a todo lo que no costase dinero ni una guerra. En vez de ello, yacen en el polvo ante él y se dejan explotar para fines del Estado ruso, como ni siquiera Prusia en su más profunda humillación. ¡Y encima se creen muy astutos, y no sospechan cómo se ríen de ellos, estos pobres diablos estúpidos, en Petersburgo!

Paris vaut bien une messe — París bien vale una misa, dijo Enrique IV, cuando mediante su conversión al catolicismo obtuvo la capitulación de París. La France vaut bien une Marseillaise — Francia bien vale una Marsellesa, dijo Alejandro III, cuando, en el momento de su mayor desamparo y perplejidad política, el almirante Gervais puso a Francia a sus pies.