Escrito entre el 26 y el 29 de enero de 1893.

["Vorwärts" nº 27, 1 de febrero de 1893]

I

«Italia, Italia, ¿qué canalla tienes?», dice una canción estudiantil alemana sobre las chinches y pulgas italianas. Pero junto a la canalla de seis patas, también la hay de dos patas allí, y la *bella Italia* se empeña en demostrar que, en este aspecto, no es inferior a la *belle France* de Panamá ni a la púdica Germania del temor de Dios, las piadosas costumbres y el fondo de los Welfen.

Italia se hace fabricar su papel moneda por seis bancos, dos toscanos, uno napolitano, uno siciliano y dos romanos: la Banca Romana y la Banca Nazionale. Los billetes de estos seis bancos privilegiados circulan como medio de pago de pleno valor en virtud de una ley que expiró hace algunos años, fue prorrogada luego de año en año hasta el 31 de diciembre de 1892 y, finalmente, por tres meses, hasta el 31 de marzo de 1893.

Ya bajo el ministerio de Crispi, en 1889, en vista de la necesaria renovación de este privilegio bancario y a causa de rumores inquietantes que circulaban, se ordenó una investigación sobre la gestión de estos bancos. La Banca Nazionale fue investigada por el senador Consiglio, la Banca Romana por el senador Alvisi, un hombre honesto, al que se le asignó como perito un competente funcionario del Ministerio de Hacienda, Biagini. Sobre lo que Consiglio ha descubierto, nada se ha sabido hasta ahora; del informe de Alvisi, junto con todos los documentos justificativos, cayó tras la muerte de éste una copia en manos de las que habitualmente se llaman desautorizadas, y de ahí surgió el *Panamino*, el pequeño Panamá, como lo llaman los italianos.

Entonces, el ministerio de Crispi archivó silenciosamente el informe. Alvisi mencionó el asunto un par de veces en el Senado, amenazó con historias de escándalo, pero siempre lograron hacerlo callar. También calló cuando el ministro Miceli, quien había ordenado la investigación, al prorrogar por un año más la ley bancaria siguiente, presentó en la comisión de la Cámara un informe que maquillaba espléndidamente el estado de la Banca Romana y rogó encarecidamente a su amigo Alvisi que no lo comprometiera a él ni al crédito del país con revelaciones. Crispi cayó, Rudini lo reemplazó; Rudini cayó, le sucedió el actual ministerio de Giolitti. La ley bancaria definitiva, que debía reorganizar los bancos y prorrogar su privilegio por seis años, seguía todavía en el aire. Nadie quería morder ese peligroso anzuelo. Como «la chispita aún vive», la brasa en el juego de niños, fue pasando de mano en mano, hasta que, finalmente, el 21 de diciembre, la última chispa fue aplastada cruelmente de manera desautorizada.

Todavía el 6 de diciembre de 1892, Giolitti había hecho presentar un proyecto de ley para prorrogar el privilegio bancario por
seis años
. Pero a consecuencia de los fatales rumores que circulaban desautorizadamente sobre graves irregularidades en las administraciones bancarias, Giolitti ya el 21 de diciembre pidió sólo un plazo de gracia de tres meses —hasta el 31 de marzo. Durante el debate, el diputado Colajanni tomó la palabra y, para sorpresa general, leyó diversos pasajes del informe general de Alvisi sobre la Banca Romana y del informe especial de Biagini sobre los libros y existencias que había examinado. ¡Ahí salieron a la luz cosas muy buenas! Nueve millones de francos en billetes emitidos ilegalmente en exceso; una confusión, contraria a los estatutos, entre la caja del banco y la reserva de oro, sumamente agradable para el gobernador y el cajero del banco; una cartera llena de letras de favor incobrables; de los fondos del banco, 73 millones anticipados a 179 personas favorecidas, de los cuales 33
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millones a sólo 19 personas; entre los deudores del banco figuraban el gobernador Tanlongo, con más de un millón, y el presidente del consejo de administración, el príncipe Giulio Torlonia, con 4 millones, etc., etc. Por lo demás, Colajanni no dio nombres, pero dio a entender que sabía más de lo que decía y exigió una investigación parlamentaria sobre los bancos.

Otro diputado, Gavazzi, leyó luego otro pasaje del informe, según el cual se habían hecho fuertes anticipos de la Banca Romana a abogados, periodistas y personajes políticos, y tales clientes especiales habían recibido fondos por hasta 12 millones, que no figuraban en los balances publicados.

Saltó Miceli, el exministro que bajo Crispi había ordenado la investigación. Saltaron Giolitti, Crispi, Rudini, los tres presidentes del Consejo implicados, uno tras otro, para declarar que estas revelaciones eran fábulas.

¡Y con qué violencia de santa indignación se presentaron! Un viajante de comercio alemán, al que le echaran en cara las mercancías encargadas según buenas muestras y entregadas de mala calidad, no habría desarrollado una cólera más noble.

Ese mismo día, los diputados canjearon en la caja de la Cámara más de 50.000 francos en billetes de la Banca Romana, y las acciones (de valor nominal de 1.000 francos) cayeron 100 francos. Pero, tras los heroicos discursos ministeriales, los bolsistas ya estaban otra vez arriba por la noche. Se creyó que el escándalo estaba sofocado y enterrado.

["Vorwärts" nº 28, 2 de febrero de 1893]

II

Y, sin embargo, cada palabra de las dichas por Colajanni era verdad, y apenas era la tercera parte de lo que contenía el informe de la investigación. El gobernador Tanlongo, el cajero principal Lazzaroni y el presidente del consejo de administración, Torlonia, se habían concedido anticipos por hasta nueve millones de la manera más campante. «Campante» —*patriarcalmente*— así se administraba el banco en general, según la declaración de Tanlongo; tan campantemente que los fondos que debían proporcionar facilidades crediticias al comercio y a la industria se prestaban sobre hipotecas malas, prácticamente inexigibles, o se empeñaban a personas que de la industria no conocían más que la hidalguía, contra letras siempre renovadas o incluso en abierta cuenta corriente. Tan campantemente que, poco a poco, casi todos los periodistas y nada menos que
ciento cincuenta miembros de la actual Cámara de Diputados
, en su mayor parte notoriamente insolventes o gentes que vivían sólo de deudas, figuraban como deudores en los libros del banco. La lista de estos clientes también acompañaba al informe de Alvisi; figuraban en ella, junto a un solo diputado de la derecha, Arbib, casi todas las facciones de la izquierda con sumas de 500.000 a 600.000 francos por cabeza. También un portador de un nombre altamente venerado en todo el mundo |Menotti Garibaldi| se encuentra entre ellos, así como dos de los actuales ministros —Grimaldi y

Martini—; Grimaldi es incluso uno de los asesores jurídicos del banco, con 5.000 francos de sueldo anual. Esto ya es bastante bonito, pero eso era en 1889, eso era sólo el comienzo, eso no era aún ni siquiera un *Panamino*, era apenas un *Panaminetto*, un pequeñísimo Panamá.

Estas pequeñeces y otras, entre ellas, por supuesto, rumores exagerados, fueron llegando poco a poco al público después de que el discurso de Colajanni diera el impulso. El público comenzó a retirar sus depósitos de la Banca Romana —en pocos días, más de 9 millones de un total de 14 millones en depósitos— y a aceptar sus billetes con desconfianza. El gobierno sintió que ahora había que actuar. Lo que durante años un ministerio había pasado a otro —la regulación de los bancos y del papel moneda— debía ahora resolverse a toda prisa. A principios de enero se iniciaron negociaciones para fusionar los dos bancos romanos y los dos toscanos en una sola gran institución de crédito y, al mismo tiempo, el ministerio ordenó una nueva inspección de los bancos. La Banca Nazionale, que debía constituir el núcleo de la nueva institución, se negó, naturalmente, a asumir sin más los pecados de la Banca Romana; puso dificultades y ofertas bajas. Todo esto llegó a la gente; la desconfianza se agravó hasta el pánico. La ciudad de Roma retiró a la Banca Romana su saldo de más de un millón, y la Caja de Ahorros retiró también su depósito de más de 500.000 francos. Las acciones de la Banca Romana, que tras el discurso de Colajanni habían caído a 670, se situaban el 15 de enero en sólo 504 francos por 1.000 de valor nominal. En el norte del país empezaron a rechazarse los billetes de este banco.

Pero entonces llegaron al público rumores sobre los resultados aún más asombrosos de la nueva inspección de la Banca Romana. Cierto es que el príncipe Giulio Torlonia pagó su deuda: el 13 de enero, 4 millones; el 14, otros 600.000 francos; el 15, los 2 millones restantes. Cierto es que el gobernador Tanlongo y el cajero Lazzaroni hipotecaron a favor del banco toda su gran fortuna contra sus deudas. Cierto es que «una persona de altísimo rango» —el *Corriere di Napoli* señalaba con la sutileza de un portón de granero al rey |Humberto I|— pagó la deuda bancaria del ministro Grimaldi y de sus familiares. Cierto es que el diputado radical-constitucional Fortis hizo declarar que el crédito que se le había abierto se le concedió en su calidad de asesor jurídico del banco. ¿Qué significaba todo esto frente a la noticia de que la nueva inspección había revelado que la Banca Romana, autorizada a emitir 70 millones en billetes,

había puesto en circulación
133 millones
; que, para encubrirlo, figuraban en los libros acreedores falsos por un importe de hasta 49 millones, y que el gobernador Tanlongo había retirado 25 millones contra un simple recibo fechado el 3 de enero de 1893? (*Secolo*, 21-22 de enero.) Sí, se rumoreaba además que la reserva de oro se había encontrado en regla, pero sólo porque el barón Michele Lazzaroni, sobrino del cajero principal, había pedido prestados exprofeso para este fin, por un par de días, varios millones en efectivo a amigos de negocios suizos, bajo la promesa de devolverlos inmediatamente en especie tras la inspección; lo que ciertamente costará algún trabajo, puesto que el gobierno, entretanto, ha embargado todos los fondos de la Banca Romana. Y entonces llovieron revelaciones por todos los rincones, entonces circularon los nombres de los 150 diputados con mayor o menor exactitud y certeza, entonces ya no fue posible negar que, como mínimo, los tres últimos ministerios sabían todo el asunto, que habían puesto regularmente y en masa los fondos del banco a disposición de sus partidarios con fines electorales, que a menudo habían discutido los desfalcos en el consejo de ministros y, con pleno conocimiento de la responsabilidad que con ello asumían, los habían ocultado intencionadamente —es decir, habían aprobado su subsistencia—.

¡Qué pálido resultaba, en comparación, el informe de Biagini, publicado ahora en el *Corriere di Napoli* (19-20 de enero)! El *Panamino* era un hecho.

III

["Vorwärts" nº 29, 3 de febrero de 1893]

La crisis era ya inevitable. De los individuos que habían amañado con el banco y habían derrochado y despilfarrado sus fondos —por la vía del sablazo honrado, se entiende—, una parte disponía del poder público, la otra no. ¿Qué había más claro que, en cuanto todos estuvieran con el agua al cuello, la primera parte sacrificara a la segunda? Un cómplice tomó la sublime resolución de convertirse en verdugo del otro. Exactamente igual que en Francia. También allí los Rouvier, Floquet, Freycinet y compañía sacrificaron a los mismos Lesseps y Fontane, a quienes ellos y sus secuaces, como dice Charles Lesseps, a menudo «pusieron el cuchillo en el cuello» para arrancar del Panamá fondos con fines políticos. Exactamente igual, Giolitti y Grimaldi sacrificaron a su amigo íntimo Tanlongo, después de que ellos y sus predecesores le hubieran ido arrancando los fondos del banco durante tanto tiempo para sus fines electorales y de prensa, hasta que

no quedó más que el crack. Y cuando las deudas de Grimaldi fueron pagadas de aquella consabida manera misteriosa, fue él quien más enérgicamente clamó por la detención de Tanlongo.

Pero Tanlongo es un italiano viejo, curtido en todos los percances, un redomado bribón; no un novato inexperto en el fraude como Charles Lesseps y los demás títeres que tuvieron que hacer el Panamá para los Reinach y compañía. Tanlongo es un hombre piadoso, que cada mañana a las 4 iba a misa, donde despachaba los negociillos cuyos portadores e intermediarios —no me hagas quedar mal, querido hijo mío— no deseaba ver en su despacho bancario. Tanlongo estaba en excelentes relaciones con el Vaticano, y, según se dice, ha puesto a salvo en el Vaticano —intocable para la policía italiana— una cajita que contiene los documentos que lo ponen a cubierto frente a sus poderosos amigos y protectores, aquellos documentos que no desea confiar prematuramente a la justicia. Pues en Italia, con el Panamino, al igual que en Francia con el Panamá, se tiene a la justicia bajo la fuerte sospecha de que sus registros domiciliarios a veces sirven también no para sacar documentos a la luz del día, sino para hacerlos desaparecer por completo. Y Tanlongo consideraba que ciertas piezas documentales, que han de defenderlo y esclarecer el verdadero estado de cosas, no estaban seguras en manos del juez de instrucción italiano, sino únicamente en el Vaticano.

Basta. Apenas había el ministerio llevado a término el trato con la Banca Nazionale, por el cual esta última asume todo el activo y el pasivo de la Banca Romana y paga a los accionistas 450 francos por cada acción de 1.000 francos, apenas creía haber asegurado con ello que los nombres de los deudores políticos del banco no se hicieran públicos, cuando el buen Tanlongo hubo de pasar por ello —a saber, por la ingratitud que es la recompensa de la política burguesa. Desde la tarde del 16 de enero se vigiló su casa; el 19 fueron detenidos él y el cajero principal Lazzaroni.

Esto no le cogió en modo alguno de improviso. Ya antes le había dicho a un redactor de "Parlamento":

"Podrán ustedes encerrarme, pero que piensen también entonces que están jugando una mala carta... ¿se me quiere hacer responsable de las deudas de otros?, pues se me obliga a armar un escándalo... ¿Arruinarme es lo que quieren? Entonces arrastraré ante el público los nombres de las personas
que me han exigido millones y más millones
. ¡Cuántas veces he dicho: no puedo darlos, y la única respuesta era: son necesarios (occorrono). Y de esto tengo pruebas... así ocurre siempre; cuantos más servicios he prestado, más patadas me han dado en la cara; pero
si caigo, caigo en buena compañía
."

Y cuando el anciano enfermo, a quien hasta entonces se había mantenido detenido en su palacio, fue trasladado el 25 a la cárcel Regina Coeli, dijo al funcionario que lo acompañaba: "Vengo, pero me reservo hacer revelaciones", y a su familia: "Quisieran que muriera en la cárcel, pero aún tengo fuerzas suficientes para vengarme."

El hombre no parece que vaya a derrumbarse en la audiencia pública, como los directores parisinos del Panamá, quienes, en lugar de aplastar a sus acusadores con los hechos, diez veces más abrumadores, que estaban a su disposición, imploran con su silencio una sentencia leve. Aquejado de gota como está, los periódicos lo describen como un hombre alto y huesudo, "un verdadero coracero de setenta años"; toda su historia pasada es garantía de que sabe que sólo en la lucha más enconada, en la resistencia más tenaz, puede hallar su salvación; y así, una buena mañana, la famosa cassetta d'oro |cajita de oro| saldrá del Vaticano rumbo a la sala de sesiones y desparramará su contenido sobre la mesa del tribunal. ¡Que aproveche!

Entretanto, el mismo día 25 se han reabierto las Cámaras, y también allí ha estallado el escándalo. Giolitti no puede sino gritar a sus 150 lo que Rouvier gritó a sus 104: Si no hubiésemos cogido aquel dinero, no estaríais vosotros sentados aquí. Y así es. Y otro tanto pueden decir Crispi y Rudini. Pero con esto no está zanjado el asunto. Han de seguir nuevas revelaciones, tanto en la Cámara como en el tribunal. El Panamino, al igual que el Panamá, no está más que en los comienzos de su desarrollo.

Y ¿cuál es la moraleja de la historia? Que el Panamá y el Panamino y los fondos de los Welfen demuestran que toda la actual política burguesa, tanto la amena gresca de los partidos burgueses entre sí como su resistencia común contra el avance de la clase obrera, no puede llevarse a cabo sin masas colosales de dinero; que estas masas de dinero se emplean para fines que no pueden confesarse públicamente; y que los gobiernos, dada la avaricia de los burgueses, se ven cada vez más obligados a procurarse, por vías inconfesables, los medios para estos fines inconfesables. "Cogemos el dinero donde lo hallamos", decía Bismarck, que debía saberlo. Y "donde lo hallamos" es lo que acabamos de ver.