Friedrich Engels

[Discurso de clausura en el Congreso Internacional Socialista Obrero de Zúrich]

¡Ciudadanos y ciudadanas!

Permítanme que traduzca a mi amado alemán el discurso (que el orador acaba de pronunciar en inglés y en francés). La acogida inesperadamente brillante que me habéis tributado y que sólo he podido recibir con profunda emoción, no la acepto para mi persona, sino como colaborador del gran hombre cuyo retrato se eleva allí arriba (Marx). Hace exactamente cincuenta años que Marx y yo ingresamos en el movimiento, publicando los primeros artículos socialistas en los «Deutsch-Französische Jahrbücher». De pequeñas sectas de entonces, el socialismo ha llegado a ser desde entonces un partido imponente que hace temblar a todo el mundo oficial. Marx ha muerto, pero si aún viviera, no habría un solo hombre en Europa y América que pudiera volver la vista con tan justo orgullo a la obra de su vida. Otro aniversario más hay. 1872 fue el último congreso de la Internacional. Dos cosas ocurrieron en él. Primero, la ruptura absoluta con los anarquistas. ¿Fue o no una resolución superflua? El congreso de París, el de Bruselas, el actual, han tenido que hacer lo mismo. Lo segundo fue la suspensión de la actividad de la Internacional en su antigua forma. Era la época en que la furia de la reacción, ebria de sangre de la gloriosa Comuna, había alcanzado su punto culminante. La continuación de la vieja Internacional no habría conducido más que a sacrificios desproporcionados con los efectos que se hubieran alcanzado; trasladó su sede a América, es decir, se retiró de la escena. Quedó en manos del proletariado de cada país organizarse en su forma propia. Así ha ocurrido, y hoy la Internacional es mucho más fuerte que antes. En este sentido debemos seguir trabajando sobre un terreno común. Debemos permitir la discusión para no convertirnos en una secta, pero el punto de vista común ha de mantenerse.

La conexión laxa, la cohesión voluntaria que se apoya en congresos, basta para obtener la victoria que ninguna potencia del mundo podrá ya arrebatarnos. Me llena de especial satisfacción que los ingleses estén representados aquí en gran número, pues ellos han sido nuestros maestros en la organización de los obreros; pero por mucho que hayamos aprendido de ellos, también habrán visto aquí algunas cosas nuevas de las que ellos a su vez podrán aprender.

He viajado por Alemania y he oído lamentar en muchos aspectos que la ley contra los socialistas haya caído. La lucha con la policía era, según decían, mucho más divertida. Con semejantes luchadores, no hay policía ni gobierno en el mundo que pueda acabar.

A petición de la mesa, declaro clausurado el congreso. ¡Viva el proletariado internacional!

(La asamblea prorrumpe en aclamaciones tempestuosas. Los vítores se prolongan por largo tiempo. Los asistentes se levantan y entonan de pie la «Marsellesa».)