Friedrich Engels

[Discurso en una asamblea socialdemócrata en Viena el 14 de septiembre]
[Reportaje periodístico]
["Arbeiter-Zeitung" Nr. 38 del 22 de septiembre de 1893]

¡Estimados camaradas!

No puedo abandonar esta sala sin expresar mi más cordial y profundo agradecimiento por el inmerecido recibimiento que la velada de hoy me ha deparado. Sólo puedo decir que, por desgracia, es mi destino cosechar la gloria de mi difunto amigo. En este sentido acepto sus ovaciones. Si en algo he podido contribuir al movimiento en los cincuenta años que llevo en él, no pido recompensa alguna. ¡La mejor recompensa son ustedes! Tenemos a los nuestros en las cárceles de Siberia, los tenemos en las minas de oro de California, en todas partes, hasta en Australia. No hay país, no hay gran estado donde la socialdemocracia no sea un poder con el que todos han de contar. Todo cuanto sucede en el mundo entero sucede tomándonos en consideración. Somos una gran potencia a la que se teme, de la que depende más que de las demás grandes potencias. ¡Ése es mi orgullo! No hemos vivido en vano y podemos volver la vista atrás hacia nuestro trabajo con orgullo y satisfacción. En Alemania se ha querido sofocar por la fuerza el movimiento, y cada vez la socialdemocracia ha respondido como la burguesía no esperaba.

Las repetidas elecciones, ese seguro e irresistible crecimiento de los votos socialdemócratas, infunde temor a la burguesía, infunde temor a Caprivi, infunde temor a todos los poderes. (Aprobación tempestuosa.) El orador precedente, Leuthner, ha observado que en el extranjero se ha subestimado siempre el movimiento socialdemócrata. Mis estimados camaradas, he recorrido las calles de Viena y he contemplado los magníficos edificios que la burguesía ha tenido la bondad de construir para el proletariado del futuro (hilaridad tempestuosa), y también me han mostrado la espléndida construcción del pórtico del Ayuntamiento, del que ustedes han tomado tan digna posesión. Desde aquella toma de posesión, ya nadie los subestima a ustedes. (Aprobación entusiasta.) Ese día ha hecho época. Yo —me encontraba entonces en Londres— vi el terror de los corresponsales de los periódicos ingleses cuando informaron que el 9 de julio el proletariado dominó Viena, mejor de lo que jamás ha sido dominada. (Aplausos ensordecedores y prolongados, y palmoteo. Vivas a Engels que se renuevan incesantemente.)