Friedrich Engels

[Discurso en una asamblea socialdemócrata en Berlín el 22 de septiembre de 1893]

[Informe periodístico]

["Vorwärts", núm. 226, 26 de septiembre de 1893]

¡Camaradas y compañeros de partido!

Les agradezco de corazón el espléndido e inmerecido recibimiento que me han dispensado. Sólo puedo repetir aquí lo que ya dije en Zúrich y en Viena: considero este recibimiento no como dedicado a mí personalmente, sino a mí en tanto que colaborador y copartícipe en la lucha de alguien más grande, como camarada de lucha de Karl Marx, y en este sentido lo acepto agradecido. Ustedes saben que no soy orador popular ni parlamentario; mi labor se encuentra en otro campo: trabajo sobre todo en el gabinete de estudio y con la pluma. Aun así, quisiera decirles todavía algunas palabras. Hace, casi día por día, 51 años que vi por última vez Berlín. Desde entonces, Berlín se ha transformado por completo. Por aquel entonces era una pequeña «residencia», como se la llamaba, de apenas 350.000 habitantes, que vivía de la corte, de la nobleza, de la guarnición y del mundo de los funcionarios. Hoy es una gran capital con casi dos millones de habitantes, que vive de la industria; hoy la corte, la nobleza, la guarnición y los funcionarios podrían buscarse otro lugar de residencia, y Berlín seguiría siendo Berlín. Y el desarrollo industrial de Berlín ha producido aún otra conmoción. Entonces no había un solo socialdemócrata en Berlín; ni siquiera se sabía lo que era la socialdemocracia; hoy, hace pocos meses, se ha pasado revista a la socialdemocracia berlinesa, y ésta ha desfilado con casi 160.000 votos, y Berlín cuenta con cinco diputados socialdemócratas de un total de seis representantes. En este aspecto, Berlín marcha a la cabeza de todas las grandes ciudades europeas, superando con mucho incluso a París.

Pero no sólo Berlín, sino también toda la restante Alemania ha experimentado esta revolución industrial. Durante dieciséis años no he estado en Alemania. Como ustedes saben —y lo han experimentado en su propia persona—, aquí ha imperado, desde 1878, la ley contra los socialistas, con la que ahora han logrado acabar felizmente. Mientras esta ley estuvo en vigor, evité venir a Alemania; quería ahorrar a las autoridades la molestia de expulsarme, cosa que seguramente habría ocurrido. (Risas; voces: «¡Seguro que habría ocurrido!».) Y en mi actual viaje he podido convencerme de lo grandioso de la transformación que se ha operado en las condiciones económicas de Alemania. Hace una generación, Alemania era un país agrícola, con una población rural en sus dos terceras partes; hoy es un país industrial de primer orden, y a todo lo largo del Rin, desde la frontera holandesa hasta la suiza, no he encontrado un solo rincón donde se pueda mirar en torno sin ver chimeneas humeantes. Esto, ciertamente, parece concernir sólo a los capitalistas. Pero los capitalistas, al impulsar la industria, no sólo crean plusvalía, sino que también crean proletarios; destruyen las capas medias pequeño-burguesas y de los pequeños campesinos, llevan al extremo el antagonismo de clase entre burguesía y proletariado, y quien crea proletarios, crea también socialdemócratas. La burguesía queda consternada en cada nueva elección al Reichstag ante el incontenible aumento de los votos socialdemócratas y se pregunta: ¿de dónde viene esto? ¡Pues si tuviera algo de entendimiento, tendría que ver que ésta es su propia obra! Así ha ocurrido que la socialdemocracia alemana es la más unida, la más compacta, la más fuerte del mundo entero, y marcha de victoria en victoria gracias a la calma, la disciplina y el buen humor con que libra sus luchas. Camaradas del partido, estoy convencido de que también en lo sucesivo cumplirán con su deber, y termino, pues, con el grito de:
¡Viva la socialdemocracia internacional!