[Entrevista con el corresponsal del periódico “The Daily Chronicle”
a fines de junio de 1893]

Traducido del inglés.

[De “The Daily Chronicle” del 1 de julio de 1893]

 ... Encontré al señor Engels en su casa de Regent's Park Road y, naturalmente, lo hallé entusiasmado por el resultado de las elecciones alemanas al Reichstag.

―Hemos ganado diez escaños —dijo en respuesta a mis preguntas—. En la primera vuelta obtuvimos 24 escaños, y de nuestros 85 hombres que quedaron para la segunda vuelta, 20 resultaron elegidos. Hemos ganado dieciséis escaños y perdido seis, de modo que tenemos una ganancia neta de diez escaños. De los seis escaños de Berlín hemos ganado cinco.

―¿Cuál es el número total de votos?

―Eso lo sabremos cuando el Reichstag se reúna y se presenten los informes electorales, pero puede usted calcular algo más de 2.000.000 de votos. En 1890 obtuvimos 1.427.000 votos. ¡Y hay que tener presente que son votos puramente socialistas! Todos los partidos se coaligaron contra nosotros, con excepción de una pequeña parte del Partido Popular, que es una especie de partido radical-republicano. Nosotros presentamos 391 candidatos y no llegamos a ningún acuerdo con otro partido. Si hubiéramos querido algo semejante, podríamos haber obtenido veinte o treinta escaños más, pero rechazamos firmemente todo compromiso, y eso es justamente lo que hace tan fuerte nuestra posición. Ninguno de los nuestros está obligado a apoyar a partido alguno o medida alguna, excepto nuestro propio programa de partido.

―Pero, en realidad, esos 2.000.000 de electores tendrían que haberle reportado más escaños.

―Eso se debe a la defectuosa distribución de los escaños. Cuando se formó por primera vez el Reichstag, supusimos que tendríamos circunscripciones electorales iguales, con un diputado por cada 100.000 habitantes, pero los errores originarios, el crecimiento de la población, así como las inmigraciones y emigraciones, han llevado a que el número de electores sea muy diferente en las distintas circunscripciones. Eso nos perjudica gravemente. Fíjese en el caso del escaño de Liebknecht en Berlín: recibió 51.000 votos en una circunscripción de aproximadamente 500.000 habitantes.

―¿Y qué sucede con los seis escaños que han perdido?

―Bien, cada uno de esos escaños presenta circunstancias que explican su pérdida. Bremen, en 1890, se consideró siempre una casualidad afortunada. En Lübeck, como acabo de saber por Bebel, faltan muchos obreros, y si las elecciones hubieran sido en invierno, habríamos conservado el escaño. Además, hay que tener en cuenta que las depresiones comerciales nos afectan más que a ustedes, y hemos tenido que luchar contra la amarga hostilidad de todos los empresarios. Aunque la votación es secreta, las gentes interesadas han encontrado medios y maneras de anular y dejar sin efecto el secreto del voto. Nosotros no votamos rellenando una papeleta electoral como ustedes en Inglaterra, sino con papeletas que cada elector trae consigo. Aparte de esto, la depresión comercial y la epidemia de cólera de 1892 obligaron a muchos obreros a aceptar el auxilio público, lo que suspende su derecho de voto por un año.

Pero estoy más orgulloso de nuestras derrotas que de nuestras victorias —continuó el señor Engels—. En la circunscripción de Dresden-Land nos faltaron sólo 100 votos frente al candidato elegido, que recibió los votos de todos los demás partidos, y eso sobre un total de 321.000 votos. En Ottensen, a nuestro candidato le faltaron sólo 500 votos frente al diputado electo, al que se apoyó de la misma manera, sobre un total de 27.000. En Stuttgart nuestro candidato pudo reunir 13.315 votos, tan sólo 128 menos que el diputado electo. En Lübeck nos quedamos rezagados por sólo 154 votos, sobre un total de 19.000. Y todos ésos son, como ya he dicho, votos socialistas frente a una coalición de todos los demás partidos.

―Dígame, ¿cuál es su programa político?

―Nuestro programa es casi idéntico al de la Social Democratic Föderation en Inglaterra, aunque nuestra política es completamente distinta.

―Supongo que se asemeja más a la política de la Fabian Society.

―No, de ningún modo —replicó el señor Engels muy vivamente—. Considero a la Fabian Society nada más que como una filial del Partido Liberal. Aspira a la renovación social sólo con aquellos medios que su partido aprueba. Nosotros estamos en oposición a todos los demás partidos políticos y los combatiremos a todos. La Social Democratic Federation inglesa no es más que una pequeña secta y actúa como tal. Es una asociación exclusivista. No ha sabido asumir la dirección de todo el movimiento obrero y orientarlo hacia el socialismo. Ha convertido el marxismo en una ortodoxia. Así, le exigió a John Burns que izara la bandera roja durante la huelga de los estibadores, cuando una medida semejante habría arruinado todo el movimiento y, en lugar de ganar a los trabajadores portuarios, los habría arrojado de nuevo a los brazos de los capitalistas. Nosotros no hacemos cosas así. Sin embargo, nuestro programa es un programa puramente socialista. Nuestra primera exigencia es la socialización de todos los medios e instrumentos de producción. Cierto es que aceptamos todo lo que nos concede cualquier gobierno, pero sólo como un pago a cuenta por el que no debemos agradecimiento. Votamos siempre contra el presupuesto y contra toda solicitud de dinero o de hombres para el ejército. En las circunscripciones donde no teníamos candidato para la segunda vuelta, se instruyó a nuestros simpatizantes para que votaran sólo a aquellos candidatos que se comprometieran a oponerse al proyecto de ley militar, a toda subida de impuestos y a toda restricción de los derechos populares.

―¿Y cómo influirán las elecciones en la política alemana?

―El proyecto de ley militar será sacado adelante. La oposición está al borde del colapso total. De hecho, ahora somos nosotros la única oposición real y masiva. Los nacionalliberales se han unido a los conservadores. El Partido Librepensador se ha escindido en dos partes, y las elecciones casi lo han aniquilado. Los católicos y las pequeñas fracciones no se atreven a arriesgar una nueva disolución, y cederán antes que ofrecer resistencia.

―Pasando ahora a la política europea, ¿qué efectos cree usted que tendrán las elecciones sobre ella?

―Bueno, una vez aprobado el proyecto de ley militar, está claro que Francia y Rusia harán algo en el mismo sentido. Francia ha metido ya a toda su población masculina en el ejército, incluso a personas físicamente ineptas, pero sin duda se ocupará del perfeccionamiento de su ejército como maquinaria bélica. Rusia tropezará con dificultades en la búsqueda de oficiales. Austria y Alemania harán naturalmente causa común.

―Así que las perspectivas de paz en Europa son bastante malas.

―Claro que cualquier pequeñez puede desencadenar un conflicto, pero no creo que los gobernantes de esos países quieran una guerra. La precisión y el alcance de tiro de las nuevas armas de fuego rápido y la introducción de la pólvora sin humo significan una revolución tal en la conducción de la guerra, que nadie puede predecir qué táctica será la correcta en una batalla bajo estas nuevas condiciones. Sería un salto a lo desconocido. Y los ejércitos que en el futuro se enfrenten serán tan enormes que, en comparación con la próxima guerra, todas las guerras anteriores habrán sido un juego de niños.

―¿Y qué influencia tendrá, en su opinión, el Partido Socialdemócrata en Europa?

―Nosotros, evidentemente, estamos por la paz. Siempre hemos protestado contra la anexión de Alsacia-Lorena, y después de Sedán, Marx y yo redactamos un mensaje de la Internacional, en el que señalábamos que entre el pueblo alemán y la República Francesa no hay ningún conflicto, exigíamos la paz en condiciones honorables y señalábamos exactamente lo que después ha sucedido: que esta anexión empujaría a Francia a los brazos de Rusia y constituiría una amenaza permanente para la paz en Europa. Nuestro partido siempre ha exigido en el Reichstag que se dé a los alsaciano-lorenos la oportunidad de decidir sobre su destino futuro, si quieren reunificarse con Francia, seguir siendo alemanes, unirse a Suiza o ser independientes.

―¿De modo que usted cuenta con que en un futuro no muy lejano existan los “Estados Unidos de Europa”?

―Ciertamente. Todo conduce a ello. Nuestras ideas se propagan en todos los países de Europa. Aquí está —cogió un voluminoso tomo— nuestra nueva revista para Rumanía. Tenemos otra similar para Bulgaria. Los trabajadores del mundo aprenden rápidamente a unirse.

―¿Puede darme algunas cifras para ilustrar el crecimiento del socialismo en Alemania?

Entonces el señor Engels sacó un diagrama cuidadosamente elaborado que mostraba el número de votos de cada partido en todas las elecciones celebradas desde la constitución del Reichstag en su forma actual.

―En 1877 —dijo— obtuvimos 500.000 votos; en 1881, a causa de la dureza de la ley contra los socialistas, sólo 300.000; en 1884, 550.000, y en 1890, 1.437.000. Esta vez hemos obtenido más de 2.000.000 de votos.

―¿Y a qué atribuye usted este asombroso crecimiento?

―Principalmente a causas económicas. En Alemania, desde 1860, hemos atravesado una revolución industrial tan grande, con todas sus nocivas secuelas, como la que ustedes experimentaron en Inglaterra de 1760 a 1810. Sus empresarios lo saben muy bien. Además, la actual depresión comercial ha afectado a nuestro país, industrialmente joven, más que al suyo, que es un viejo país industrial. Por eso la presión sobre los trabajadores ha sido mayor. Cuando digo trabajadores, entiendo por ello a los que trabajan de todas las clases. El pequeño comerciante, arruinado por la gran empresa comercial; el empleado, el artesano, el obrero de la ciudad y del campo, todos empiezan a sentir la presión de nuestro actual sistema capitalista. Y nosotros les señalamos una salida científicamente fundada, y como todos ellos saben leer y pensar por sí mismos, pronto llegan a las conclusiones correctas y se incorporan a nuestras filas. Nuestra organización es excelente, suscita la admiración y la desesperación de nuestros adversarios. Se ha vuelto excelente gracias a la ley contra los socialistas de Bismarck, que era muy parecida a sus leyes de excepción para Irlanda. Además, nuestra instrucción y disciplina militares tienen un valor incalculable. Los 240.000 electores de Hamburgo recibían nuestras proclamas electorales y literatura en un cuarto de hora. El año pasado, incluso las autoridades de esta ciudad apelaron a nosotros para que les ayudásemos en el envío de las instrucciones para combatir el cólera.

―Así que usted espera ver pronto —cosa que todos aguardan con expectación— un gobierno socialista en el poder.

―¿Por qué no? Si nuestro partido sigue creciendo como hasta ahora, tendremos la mayoría entre 1900 y 1910. Y cuando eso suceda, puede usted estar seguro de que no nos faltarán ni ideas ni hombres para llevarlas a la práctica. Su pueblo, supongo, para entonces tendrá un gobierno en el que el señor Sidney Webb, en sus intentos de penetrar el Partido Liberal, habrá encanecido. Nosotros no creemos en la penetración de los partidos burgueses. Nosotros penetramos al pueblo.