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Le Figaro entrevista a Engels

11 de mayo de 1893

... Habiendo conocido el propósito de mi visita, Engels me dijo lo siguiente:

«Alemania está entrando en una de las fases más graves de su historia, pero permítaseme añadir de inmediato que los socialistas nada tenemos que temer de la situación; al contrario, obtendremos de ella importantes beneficios. Es sobre todo gracias a nuestros esfuerzos que se rechazaron los créditos militares. A los diversos partidos en el Parlamento les era imposible ignorarnos, y más aún al gobierno, que sabe perfectamente que somos su enemigo más peligroso. Cuando la moción del gobierno para solicitar nuevos créditos militares se conoció en Alemania, el pueblo se indignó, y el voto del Centro y de los Radicales estuvo ciertamente influido por la presión de la opinión pública.

»Como ve usted —añadió Engels, subrayando deliberadamente su afirmación—, en Alemania el pueblo dijo: “¡Tenemos bastantes soldados; esto tiene que acabar!”»

—¿Y el nuevo Reichstag, señor Engels?

—En el momento en que le hablo, me parece que el próximo Reichstag estará incluso menos inclinado a aprobar los créditos que el anterior. Sin embargo, no cierro los ojos ante la posibilidad de que los diputados recién elegidos, con cinco años de legislatura por delante, negocien con el gobierno, que con un poco de suave presión podría forzar un compromiso. En el caso probable de que el Reichstag rechace los créditos, sería necesario recurrir a una segunda disolución, que estoy convencido daría como resultado la elección de un Reichstag aún más hostil a aceptar las propuestas del gobierno. Entonces el conflicto entraría en una fase crítica, y se trataría de averiguar quién ha de tener el poder, el Parlamento o el emperador. Sería una repetición del conflicto entre Bismarck y la Cámara prusiana en 1864, al que puso fin la guerra con Austria.

Con su propia respuesta, Frederick Engels me incitó a pedirle que considerase las dos eventualidades ya discutidas en la prensa europea: la de un golpe de Estado interno y la de una distracción en el exterior.

—Hoy un golpe de Estado ya no es tan fácil como solía ser —replicó mi interlocutor con energía—. En 1864, en la época del choque de Bismarck con la Cámara prusiana, Prusia era un Estado centralizado, mientras que hoy el Imperio alemán es un Estado federal. El gobierno central correría un riesgo demasiado grande al intentar un golpe de Estado. Para tener la certeza de llevarlo a cabo, necesitaría el consentimiento unánime de estos diferentes gobiernos federales. Si uno de ellos no aceptara el golpe de Estado, quedaría liberado de sus obligaciones hacia el Imperio, y eso significaría la disolución del Estado federal. ¡Y eso no es todo! La constitución federal es la única garantía que tienen los pequeños Estados contra la dominación de Prusia; al violarla ellos mismos, se entregarían, atados de pies y manos, a merced del poder central. ¿Es probable que Baviera capitulase hasta ese punto? No, y para reservarme sobre este punto, le digo esto: “Para llevar a cabo un golpe de Estado en Alemania, el emperador tendría que tener al pueblo de su lado —y no lo tiene— o a todos los gobiernos confederados, y nunca los tendrá todos”.

Como la última afirmación de Engels no logró convencerme, insisto en la posibilidad de un golpe de Estado interno.

—Oh —respondió—, no digo que lo que llamaré la revolución desde arriba no sea una amenaza para el futuro. Bebel y varios de nuestros amigos ya han dicho que preveían un intento de golpe contra el sufragio universal.

—En ese caso, ¿responderían ustedes a la violencia con violencia?

—No seríamos tan insensatos como para caer en la trampa tendida por el gobierno para atraparnos, porque no hay nada que el gobierno alemán desee más que una insurrección, para aplastarnos. Conocemos demasiado bien el estado actual de nuestras fuerzas y de las del gobierno para arriesgarnos a un juego así por puro buen humor. Además, ¿se atrevería Guillermo II a suprimir por completo el sufragio universal? No lo creo. Quizá elevase la edad de voto y nos otorgase el sufragio revisado y corregido —y al pronunciar estas palabras Engels se echó a reír— que Bélgica está a punto de experimentar.

—¿No temen ustedes la detención en masa de los diputados de la oposición?

—¡Oh! —exclamó Engels—, en Alemania nadie considera posible tal eventualidad. Hay gobiernos confederados, como Baviera por ejemplo, que nunca consentirían en sancionar una violación tan flagrante de la constitución. No pierda de vista que, para los pequeños Estados, la constitución imperial y el Reichstag son las únicas armas que pueden impedir su absorción por el gobierno prusiano.

Llegamos a la hipótesis de una distracción en el exterior. Engels dista mucho de ser pesimista.

—Desde luego —me dijo—, una guerra puede ocurrir. Pero ¿quién, hoy, se atrevería a asumir la responsabilidad de provocarla, si no es quizá Rusia, cuyo territorio, debido a su enorme extensión, no puede ser conquistado? Y sin embargo... ¡En este momento Rusia se encuentra en una situación tal que no podría sostener una guerra durante cuatro semanas a menos que recibiese dinero del extranjero.

Aquí mi interlocutor se detuvo un momento, continuando con una nota de ira apenas contenida:

—Realmente no entiendo al gobierno francés. Es Rusia quien necesita a Francia, no Francia a Rusia. Rusia está arruinada, su suelo agotado. Si el gobierno francés viese la situación tal como realmente es, podría obtener de Rusia todo lo que quisiera... todo... excepto dinero y asistencia militar eficaz. Sin Francia, Rusia estaría aislada, completamente aislada. ¡Y no me hable del poderío militar de los rusos! Acuérdese de la guerra turca. Sin los rumanos, los rusos habrían sido impotentes ante Plevna. No, cuanto más lo pienso, menos creo en la guerra. ¡Su fortuna hoy es tan incierta! Los ejércitos se hallan en condiciones totalmente nuevas que desafían todos los cálculos. ¡Hay fusiles que disparan diez tiros por minuto, cuyo alcance se aproxima al de un cañón y cuyas balas están dotadas de una fuerza de percusión inaudita! ¡Hay granadas de melinita y de roburita, etc.! Todas estas terribles armas de destrucción no se han puesto a prueba jamás en tiempo de guerra. Por tanto, no sabemos absolutamente nada del efecto que esta revolución en los armamentos tendrá sobre la táctica y sobre la moral de las tropas.

»Si Guillermo II quisiera lanzarse a una guerra, encontraría resistencia por parte de su propio estado mayor; se le harían sentir los enormes riesgos de la guerra. En tiempos de Napoleón III era posible tener guerras localizadas; hoy la guerra sería general, y Europa estaría a merced de Inglaterra, porque Inglaterra podría matar de hambre a voluntad a uno u otro de los beligerantes. Ni Alemania ni Francia producen bastante trigo dentro de sus fronteras; se ven obligadas a importarlo del extranjero. En particular, obtienen sus provisiones de Rusia. Alemania en guerra con Rusia no podría obtener un solo hectólitro. Por otra parte, Francia se vería privada de los suministros de trigo ruso al entrar en campaña contra ella la Europa central. De modo que solo quedarían abiertas las rutas marítimas. Pero el mar, en tiempo de guerra, estaría más que nunca en manos de los ingleses. A cambio de una subvención concedida a las compañías que explotan los diversos servicios transoceánicos, el gobierno británico dispone de buques construidos bajo su control; de manera que una vez declarada la guerra, Inglaterra poseería, aparte de su poderosa armada, de cincuenta a sesenta cruceros encargados de impedir que las provisiones llegaran a uno o varios de los beligerantes a los que quisiera declarar su oposición. Si permaneciese neutral, seguiría siendo el árbitro supremo de la situación. Mientras los beligerantes se agotasen luchando, Inglaterra acudiría en el momento oportuno para dictar las condiciones de paz. De todos modos, no deben preocuparse por la posibilidad de una guerra provocada por Guillermo II. El emperador alemán ha perdido mucho de su antiguo ardor...

Quedábame por interrogar al señor Engels sobre un asunto importante: las posibilidades de los socialistas alemanes en las próximas elecciones.

—Estoy convencido —respondió a esta pregunta— de que obtendremos entre 700.000 y un millón de votos más que en 1890. Así, recogeremos en total dos millones y cuarto, si no dos millones y medio de votos. Pero los escaños ganados no corresponderán a esta cifra... Si los escaños se hubieran repartido equitativamente en el último Reichstag, después de las elecciones que nos dieron un millón y medio de votos, habríamos tenido ochenta diputados en lugar de treinta y seis. Desde la fundación del imperio, cuando se establecieron las circunscripciones electorales, la distribución de la población ha cambiado en desventaja nuestra. La regla que rigió la formación de las circunscripciones era esta: un diputado por cada 100.000 habitantes. Ahora Berlín, que todavía solo tiene seis diputados, cuenta actualmente con una población superior al millón y medio. Hoy día Berlín debería elegir regularmente dieciséis diputados. Otro ejemplo: Colonia, que ahora tiene 250.000 habitantes, todavía solo tiene un diputado.

—¿Tendrá el partido socialista candidatos en todas las circunscripciones?

—Sí, tendremos candidatos en las 400 circunscripciones. Es importante para nosotros reunir nuestras fuerzas.

—¿Y cuál es el objetivo final de ustedes como socialistas alemanes?

El señor Engels me mira durante unos instantes y luego dice:

—Pues bien, nosotros no tenemos ningún objetivo final. Somos evolucionistas, no tenemos la intención de dictar leyes definitivas a la humanidad. ¿Prejuicios en lugar de organización detallada de la sociedad del futuro? No encontrará usted el menor rastro de eso entre nosotros. Nos daremos por satisfechos cuando hayamos colocado los medios de producción en manos de la comunidad, y nos damos perfecta cuenta de que esto es del todo imposible con el actual gobierno monárquico y federalista.

Me permito observar que el día en que los socialistas alemanes estén en condiciones de poner en práctica sus teorías me parece todavía muy lejano.

—No tan lejos como usted piensa —respondió el señor Engels—. Para mí se acerca el tiempo en que nuestro partido será llamado a hacerse cargo del gobierno. Hacia finales de siglo quizá vea usted realizarse este acontecimiento.

»En efecto, tome usted la cifra de nuestros partidarios desde el comienzo de nuestras luchas parlamentarias. Hay una progresión constante en cada elección. Personalmente estoy convencido de que, si el último Reichstag hubiera durado todo el término legal, es decir, si las elecciones no se hubieran celebrado hasta 1895, habríamos recogido tres millones y medio de votos. Ahora bien, en Alemania hay diez millones de electores, y por término medio siete millones que votan. Con tres millones y medio de electores de siete millones, el imperio alemán no puede continuar en su forma actual. Y... no olvide usted este hecho, que es muy importante: el número de nuestros electores nos dice el número de nuestros partidarios en el ejército. Con un millón y medio de diez millones de electores ya, eso es aproximadamente una séptima parte de la población a nuestro favor, y por tanto podemos contar con un soldado de cada seis. Cuando tengamos tres millones y medio de votos —lo que no está lejos— tendremos la mitad del ejército.

Cuando expreso dudas sobre la lealtad de las tropas socialistas en el ejército a sus principios en caso de revolución, el señor Engels hace la siguiente declaración, palabra por palabra:

El día en que seamos mayoría, lo que el ejército francés hizo instintivamente al no disparar contra el pueblo se repetirá en nuestro país de manera plenamente consciente. Sí, digan lo que digan los burgueses asustados, estamos en condiciones de calcular el momento en que tendremos tras nosotros a la mayoría del pueblo; nuestras ideas avanzan por doquier, tanto entre maestros, médicos, abogados, etc., como entre los obreros. Si mañana mismo tuviésemos que empezar a ejercer el poder, necesitaríamos ingenieros, químicos, agrónomos. Pues bien, estoy convencido de que ya contaríamos con un buen número de ellos de nuestro lado. En cinco o diez años tendremos más de los que necesitamos.

Y con estas palabras sumamente optimistas de su parte me despedí del señor Engels.