El libro, del cual se reedita aquí una traducción inglesa, fue publicado por primera vez en Alemania en 1845. El autor, por aquel entonces, era joven, contaba veinticuatro años de edad, y su obra lleva el sello de su juventud, con sus rasgos buenos y defectuosos, de ninguno de los cuales se avergüenza. Fue traducida al inglés en 1885 por una señora norteamericana, la Sra. F. Kelley Wischnewetzky, y publicada al año siguiente en Nueva York. Hallándose prácticamente agotada la edición norteamericana, y no habiendo circulado nunca extensamente por este lado del Atlántico, la presente edición inglesa, protegida por derechos de autor, ve la luz con el pleno consentimiento de todas las partes interesadas.

Para la edición norteamericana, el autor escribió en inglés un nuevo Prefacio y un Apéndice. El primero poco tenía que ver con el libro mismo; trataba del movimiento obrero norteamericano de la época y, por tanto, se omite aquí por irrelevante; el segundo —el prefacio original— se utiliza ampliamente en las presentes observaciones introductorias.

El estado de cosas descrito en este libro pertenece hoy, en muchos aspectos, al pasado, en lo que a Inglaterra se refiere. Aunque no se declare expresamente en nuestros tratados reconocidos, sigue siendo una ley de la moderna Economía Política que cuanto mayor es la escala en que se realiza la producción capitalista, menos puede soportar esta los mezquinos ardides de estafa y rapiña que caracterizan sus etapas iniciales. Los mezquinos ardides mercantiles del judío polaco, representante en Europa del comercio en su fase más baja, artimañas que tan buenos resultados le dan en su propio país y allí se practican generalmente, resultan anticuados y fuera de lugar cuando llega a Hamburgo o Berlín; y, a su vez, el comisionista oriundo de Berlín o Hamburgo, judío o cristiano, después de frecuentar durante unos meses la Bolsa de Manchester, descubre que, para comprar barato hilaza o telas de algodón, también él haría bien en dejar a un lado esos ardides y subterfugios algo más refinados, pero aún miserables, que en su país natal se consideran el colmo de la habilidad. El hecho es que esos ardides ya no rinden en un gran mercado, donde el tiempo es dinero y donde inevitablemente se desarrolla un cierto nivel de moralidad comercial, como simple medio para ahorrar tiempo y molestias. Y otro tanto ocurre con la relación entre el fabricante y sus “manos”.

El restablecimiento del comercio, después de la crisis de 1847, fue la aurora de una nueva época industrial. La derogación de las Leyes de Cereales[1] y las reformas financieras subsiguientes dieron a la industria y al comercio ingleses todo el campo de acción que habían reclamado. Al descubrimiento de los yacimientos de oro de California y Australia siguieron, en rápida sucesión, otros. Los mercados coloniales desarrollaron a un ritmo creciente su capacidad para absorber las mercancías manufacturadas inglesas. En la India, millones de tejedores manuales fueron aplastados finalmente por el telar mecánico de Lancashire. China fue abriéndose cada vez más. Sobre todo, los Estados Unidos —a la sazón, en términos comerciales, un mero mercado colonial, pero con mucho el mayor de todos— experimentaron un desarrollo económico asombroso incluso para aquel país de tan rápido progreso. Y, por último, los nuevos medios de comunicación introducidos al final del período precedente —ferrocarriles y vapores transoceánicos— se desarrollaron ahora a escala internacional; realizaron efectivamente lo que hasta entonces solo había existido en potencia: un mercado mundial. Este mercado mundial se compuso, al principio, de un conjunto de países predominantemente o enteramente agrícolas agrupados en torno a un centro manufacturero —Inglaterra—, que consumía la mayor parte del excedente de sus materias primas y les suministraba, a cambio, la mayor parte de los artículos manufacturados que necesitaban. No es de extrañar que el progreso industrial de Inglaterra fuera colosal y sin paralelo, y tal que la situación de 1844 nos parezca ahora comparativamente primitiva e insignificante. Y en la misma proporción en que se produjo este incremento, la industria manufacturera se moralizó en apariencia. La competencia entre fabricantes mediante pequeños robos a los obreros ya no resultaba rentable. El comercio había superado tales medios bajos de ganar dinero; ya no valía la pena practicarlos para el fabricante millonario, y solo servían para mantener viva la competencia de los comerciantes más pequeños, agradecidos de recoger un penique dondequiera que pudieran. Así se suprimió el sistema del truck, se promulgó la Ley de las Diez Horas[2] y se introdujeron otras muchas reformas secundarias —muy en contra del espíritu del librecambio y de la competencia desenfrenada, pero muy a favor del capitalista gigante en su competencia con su hermano menos favorecido. Es más, cuanto mayor era la empresa, y con ella el número de brazos, tanto mayores eran la pérdida y los inconvenientes ocasionados por cada conflicto entre el patrono y los obreros; y así, un nuevo espíritu se apoderó de los patronos, sobre todo de los grandes, que les enseñó a evitar rencillas innecesarias, a resignarse a la existencia y el poder de los sindicatos obreros y, por último, hasta a descubrir en las huelgas —en ocasiones oportunas— un medio poderoso de servir a sus propios fines. Los mayores fabricantes, antes adalides de la guerra contra la clase obrera, eran ahora los primeros en predicar la paz y la armonía. Y por una razón muy fundada. El hecho es que todas esas concesiones a la justicia y la filantropía no eran sino medios para acelerar la concentración del capital en manos de unos pocos, para quienes las mezquinas exacciones adicionales de antaño habían perdido toda importancia y se habían convertido en un auténtico estorbo; y para aplastar tanto más rápida como seguramente a sus competidores más pequeños, que no podían equilibrar sus cuentas sin tales gajes. Así pues, el desarrollo de la producción sobre la base del sistema capitalista ha bastado por sí solo —al menos en las industrias principales, pues en las ramas de menor importancia dista mucho de ser así— para eliminar todos esos agravios menores que agravaban la suerte del obrero durante sus primeras etapas. Y de este modo pone cada vez más de relieve el hecho central y decisivo de que la causa de la miserable condición de la clase obrera no debe buscarse en esos agravios menores, sino en el sistema capitalista mismo. El obrero asalariado vende al capitalista su fuerza de trabajo por una suma diaria determinada. Tras unas pocas horas de trabajo ha reproducido el valor de esa suma; pero la esencia de su contrato consiste en que tiene que trabajar otra serie de horas para completar su jornada; y el valor que produce durante esas horas adicionales de trabajo excedente es plusvalía, que nada le cuesta al capitalista pero que va a parar a su bolsillo. Tal es la base del sistema que tiende cada vez más a dividir la sociedad civilizada en unos pocos Rothschilds y Vanderbilts, propietarios de todos los medios de producción y subsistencia, por un lado, y un inmenso número de obreros asalariados, que no poseen más que su fuerza de trabajo, por el otro. Y que este resultado no es causado por tal o cual agravio secundario, sino por el sistema mismo, es un hecho que ha quedado puesto en audaz relieve por el desarrollo del capitalismo en Inglaterra desde 1847.

Por otra parte, las repetidas visitas del cólera, el tifus, la viruela y otras epidemias han mostrado al burgués británico la necesidad urgente del saneamiento en sus villas y ciudades, si quiere salvarse a sí mismo y a su familia de caer víctimas de esas enfermedades. En consecuencia, los abusos más clamorosos descritos en este libro han desaparecido o se han hecho menos visibles. Se han introducido o mejorado los sistemas de drenaje, se han abierto amplias avenidas a través de muchos de los peores “slums” que me vi obligado a describir. “Little Ireland”[3] ha desaparecido, y los “Seven Dials”[4] son los siguientes en la lista para ser arrasados. Pero ¿qué importa eso? Barrios enteros que en 1844 podía yo describir como casi idílicos han caído ahora, con el crecimiento de las ciudades, en el mismo estado de deterioro, incomodidad y miseria. Solo los cerdos y los montones de basura han dejado de tolerarse. La burguesía ha progresado aún más en el arte de ocultar la miseria de la clase obrera. Pero que, en lo tocante a sus viviendas, no se ha producido ninguna mejora sustancial, lo demuestra ampliamente el Informe de la Comisión Real “sobre la Vivienda de los Pobres”, de 1885. Y lo mismo cabe decir de otros aspectos. Los reglamentos policiales han abundado como moras; pero no pueden sino cercar la miseria de los obreros, no eliminarla.

Pero mientras que Inglaterra ha dejado atrás de este modo el estado juvenil de la explotación capitalista descrito por mí, otros países apenas lo han alcanzado. Francia, Alemania y, sobre todo, América, son los formidables competidores que, en este momento —tal como lo preveía yo en 1844—, están desmoronando cada vez más el monopolio industrial de Inglaterra. Sus manufacturas son jóvenes en comparación con las de Inglaterra, pero crecen a un ritmo mucho más rápido que las de esta; y, cosa bastante curiosa, han llegado en estos momentos aproximadamente a la misma fase de desarrollo que la manufactura inglesa en 1844. Con respecto a América, el paralelo es ciertamente sorprendente. Cierto es que las circunstancias externas en que se halla colocada la clase obrera en América son muy diferentes, pero las mismas leyes económicas actúan, y los resultados, si no idénticos en todos los aspectos, tienen que ser del mismo orden. De ahí que encontremos en América las mismas luchas por una jornada laboral más corta, por una limitación legal del tiempo de trabajo, especialmente de mujeres y niños en las fábricas; encontramos el sistema del truck en plena floración y el sistema de cottages, en los distritos rurales, utilizado por los “bosses” como medio de dominación sobre los obreros. Cuando recibí, en 1886, los periódicos americanos con noticias de la gran huelga de 12.000 mineros del carbón de Pensilvania en el distrito de Connellsville, me pareció estar leyendo mi propia descripción de la huelga de los mineros del Norte de Inglaterra de 1844. El mismo engaño a los obreros con medidas falsas; el mismo sistema del truck; el mismo intento de quebrantar la resistencia de los mineros mediante el recurso último, pero aplastante, de los capitalistas: el desalojo de los hombres de sus viviendas, los cottages propiedad de las compañías.

En esta traducción no he intentado poner el libro al día, ni señalar detalladamente todos los cambios acaecidos desde 1844. Y ello por dos razones: en primer lugar, para hacerlo como es debido, habría que duplicar aproximadamente el tamaño del libro; y, en segundo lugar, el primer tomo de «El Capital», de Karl Marx, cuya traducción inglesa está a disposición del público, contiene una descripción muy amplia del estado de la clase obrera británica hacia 1865, es decir, en la época en que la prosperidad industrial británica alcanzó su punto culminante. Me habría visto entonces obligado a recorrer de nuevo el terreno ya cubierto por la célebre obra de Marx.

Apenas será necesario señalar que el punto de vista teórico general de este libro —filosófico, económico, político— no coincide exactamente con mi punto de vista actual. El socialismo moderno internacional, desde que se desarrolló plenamente como ciencia, principal y casi exclusivamente gracias a los esfuerzos de Marx, no existía aún, como tal, en 1844. Mi libro representa una de las fases de su desarrollo embrionario; y así como el embrión humano, en sus etapas tempranas, reproduce aún los arcos branquiales de nuestros antecesores pisciformes, así este libro exhibe por doquier las huellas de la descendencia del socialismo moderno respecto de uno de sus antepasados, la filosofía alemana. Así, se pone gran énfasis en la afirmación de que el comunismo no es una mera doctrina partidaria de la clase obrera, sino una teoría que abarca la emancipación de la sociedad en general, incluida la clase capitalista, de sus actuales condiciones estrechas. Esto es bastante cierto en abstracto, pero absolutamente inútil, y a veces peor, en la práctica. Mientras las clases adineradas no solo no sientan la necesidad de emancipación alguna, sino que se opongan enérgicamente a la autoemancipación de la clase obrera, la revolución social tendrá que ser preparada y combatida por la clase obrera sola. También el burgués francés de 1789 declaró que la emancipación de la burguesía era la emancipación de toda la raza humana; pero la nobleza y el clero no quisieron verlo; la proposición —aunque por el momento, respecto al feudalismo, era una verdad histórica abstracta— se convirtió pronto en un mero sentimentalismo y desapareció por completo de la vista en el fuego de la lucha revolucionaria. Y hoy, las mismas personas que, desde la «imparcialidad» de su punto de vista superior, predican a los obreros un socialismo que se eleva muy por encima de sus intereses de clase y de sus luchas de clases, y que tiende a reconciliar en una humanidad superior los intereses de las dos clases contendientes: esas personas o bien son neófitos, que aún tienen mucho que aprender, o bien son los peores enemigos de los obreros, lobos con piel de oveja.

El período recurrente de la gran crisis industrial se indica en el texto como de cinco años. Este era el período aparentemente señalado por el curso de los acontecimientos de 1825 a 1842. Pero la historia industrial de 1842 a 1868 ha demostrado que el período real es de diez años; que las revulsiones intermedias fueron secundarias y tendieron cada vez más a desaparecer. A partir de 1868, el estado de cosas ha vuelto a cambiar, pero de ello hablaremos más adelante.

He tenido cuidado de no suprimir del texto las muchas profecías, entre ellas la de una inminente revolución social en Inglaterra, que mi juvenil ardor me indujo a aventurar. Lo sorprendente no es que muchas de ellas resultaran erróneas, sino que tantas hayan resultado acertadas, y que la crítica situación del comercio inglés, provocada por la competencia continental y especialmente americana, que yo preveía entonces —aunque en un plazo demasiado corto—, se haya cumplido ahora realmente. A este respecto, puedo, y estoy obligado a hacerlo, poner el libro al día insertando aquí un artículo que publiqué en el London Commonweal del 1 de marzo de 1885, bajo el título: “England in 1845 and in 1885”. Al mismo tiempo, ofrece un breve esbozo de la historia de la clase obrera inglesa durante estos cuarenta años, y dice como sigue:

«Hace cuarenta años, Inglaterra se hallaba frente a una crisis, soluble, según todas las apariencias, solo por la fuerza. El inmenso y rápido desarrollo de las manufacturas había superado la extensión de los mercados extranjeros y el aumento de la demanda. Cada diez años, la marcha de la industria era violentamente interrumpida por un crash comercial general, seguido, tras un largo período de depresión crónica, por unos pocos años cortos de prosperidad, que terminaban siempre en una febril sobreproducción y en el consiguiente colapso renovado. La clase capitalista clamaba por el Libre Comercio de cereales y amenazaba con imponerlo enviando a la población hambrienta de las ciudades de vuelta a los distritos rurales de donde procedían, para invadirlos, como dijo John Bright, no como indigentes que mendigan pan, sino como un ejército acantonado en territorio del enemigo. Las masas obreras de las ciudades exigían su parte de poder político —la Carta del Pueblo—; estaban apoyadas por la mayoría de la pequeña clase comerciante, y la única diferencia entre ambas era si la Carta debía llevarse a cabo por la fuerza física o por la fuerza moral. Luego vinieron el crash comercial de 1847 y el hambre irlandesa, y con ambos, la perspectiva de la revolución.

»La Revolución Francesa de 1848 salvó a la clase media inglesa. Las proclamas socialistas de los obreros franceses victoriosos asustaron a la pequeña clase media de Inglaterra y desorganizaron el movimiento más estrecho, pero más apegado a los hechos, de la clase obrera inglesa. En el mismo momento en que el cartismo estaba llamado a afirmarse con toda su fuerza, se derrumbó internamente, incluso antes de derrumbarse externamente el 10 de abril de 1848.[5] La acción de la clase obrera fue relegada a un segundo plano. La clase capitalista triunfó en toda la línea.

»La Ley de Reforma de 1831[6] había sido la victoria de toda la clase capitalista sobre la aristocracia terrateniente. La derogación de las Leyes de los Cereales fue la victoria del capitalista manufacturero no solo sobre la aristocracia terrateniente, sino también sobre aquellos sectores de capitalistas cuyos intereses estaban más o menos vinculados al interés territorial: banqueros, corredores de bolsa, rentistas del Estado, etc. El Libre Comercio significaba el reajuste de toda la política interior y exterior, comercial y financiera de Inglaterra, de acuerdo con los intereses de los capitalistas manufactureros, la clase que ahora representaba a la nación. Y emprendieron esta tarea con voluntad decidida. Todo obstáculo a la producción industrial fue eliminado sin piedad. El arancel aduanero y todo el sistema impositivo fueron revolucionados. Todo se subordinó a un solo fin, pero ese fin de la máxima importancia para el capitalista manufacturero: el abaratamiento de todas las materias primas, y especialmente de los medios de subsistencia de la clase obrera; la reducción del coste de la materia prima y la contención —si no ya la reducción— de los salarios. Inglaterra debía convertirse en el “taller del mundo”; todos los demás países debían llegar a ser para Inglaterra lo que Irlanda ya era: mercados para sus mercancías manufacturadas, suministrándole a cambio materias primas y alimentos. Inglaterra, el gran centro manufacturero de un mundo agrícola, con un número cada vez mayor de Irlandas productoras de cereales y algodón girando alrededor de ella, el sol industrial. ¡Qué perspectiva tan gloriosa!

»Los capitalistas manufactureros se aplicaron a la realización de este su gran objetivo con ese robusto sentido común y ese desprecio por los principios tradicionales que siempre los ha distinguido de sus colegas más estrechos de miras del Continente. El cartismo se extinguía. El renacimiento de la prosperidad comercial, natural después de que la revulsión de 1847 se hubiera agotado, fue atribuido por completo al mérito del Libre Comercio. Ambas circunstancias habían convertido a la clase obrera inglesa, políticamente, en la cola del “gran Partido Liberal”, el partido dirigido por los fabricantes. Esta ventaja, una vez ganada, tenía que ser perpetuada. Y los capitalistas manufactureros, de la oposición cartista, no al Libre Comercio, sino a la transformación del Libre Comercio en la única cuestión nacional vital, habían aprendido, y aprendían cada vez más, que la clase media no puede obtener jamás pleno poder social ni político sobre la nación sino con la ayuda de la clase obrera. Así, un cambio gradual sobrevino en las relaciones entre ambas clases. Las Leyes Fabriles, antaño el terror de todos los fabricantes, no solo fueron aceptadas de buen grado, sino que se toleró su extensión a leyes que regulaban casi todos los oficios. Los sindicatos obreros, hasta entonces considerados invenciones del mismísimo diablo, eran ahora mimados y patrocinados como instituciones perfectamente legítimas y como medios útiles para difundir doctrinas económicas sensatas entre los obreros. Incluso las huelgas, nada más nefando hasta 1848, fueron encontrándose ahora gradualmente como ocasionalmente muy útiles, especialmente cuando eran provocadas por los propios patronos, en el momento que estos elegían. De las disposiciones legales que colocaban al obrero en un nivel inferior o en desventaja respecto al patrono, al menos las más repugnantes fueron derogadas. Y, prácticamente, aquella horrenda “Carta del Pueblo” se convirtió realmente en el programa político de los mismísimos fabricantes que se habían opuesto a ella hasta el final. “La Abolición del Requisito de Propiedad” y el “Voto por Papeleta” son ahora ley del país. Las Leyes de Reforma de 1867 y 1884[7] se aproximan mucho al “sufragio universal”, al menos tal como existe ahora en Alemania; el proyecto de Ley de Redistribución actualmente ante el Parlamento crea “distritos electorales iguales” —en conjunto, no más desiguales que los de Alemania—; el “pago a los diputados” y parlamentos más cortos, si no ya “anuales”, se vislumbran claramente en el horizonte... y aún hay quien dice que el cartismo ha muerto.

»La Revolución de 1848, no menos que muchas de sus predecesoras, ha tenido extraños compañeros de cama y sucesores. Las mismísimas personas que la sofocaron se han convertido, como solía decir Karl Marx, en sus albaceas testamentarios. Luis Napoleón tuvo que crear una Italia independiente y unida, Bismarck tuvo que revolucionar Alemania y restaurar la independencia húngara, y los fabricantes ingleses tuvieron que promulgar la Carta del Pueblo.

»Para Inglaterra, los efectos de esta dominación de los capitalistas manufactureros fueron al principio asombrosos. El comercio revivió y se extendió hasta un grado inaudito incluso en esta cuna de la industria moderna; las pasmosas creaciones anteriores del vapor y la maquinaria empequeñecieron hasta no ser nada comparadas con la inmensa masa de producciones de los veinte años que van de 1850 a 1870, con las abrumadoras cifras de exportaciones e importaciones, de riqueza acumulada en manos de los capitalistas y de fuerza de trabajo humana concentrada en las grandes ciudades. El progreso fue, ciertamente, interrumpido, como antes, por una crisis cada diez años, tanto en 1857 como en 1866; pero estas revulsiones eran consideradas ahora como acontecimientos naturales, inevitables, a los que había que someterse fatalistamente y que siempre se corregían solos al final.

»¿Y la condición de la clase obrera durante este período? Hubo una mejora temporal incluso para la gran masa. Pero esta mejora quedaba siempre reducida al antiguo nivel por la afluencia de la gran masa de la reserva de desempleados, por la sustitución constante de brazos por nueva maquinaria, por la inmigración de la población agrícola, ahora también ella cada vez más desplazada por las máquinas.

»Solo se puede constatar una mejora permanente en dos secciones “protegidas” de la clase obrera. En primer lugar, los obreros fabriles. La fijación por ley del Parlamento de su jornada laboral dentro de límites relativamente racionales ha restaurado su constitución física y les ha dotado de una superioridad moral, realzada por su concentración local. Están indudablemente mejor que antes de 1848. La mejor prueba es que, de cada diez huelgas que hacen, nueve son provocadas por los fabricantes en su propio interés, como único medio para asegurar una producción reducida. Jamás logrará usted que los patronos se pongan de acuerdo para trabajar a “jornada reducida”, por invendibles que estén los productos manufacturados; pero consiga que los obreros vayan a la huelga, y los patronos cierran sus fábricas como un solo hombre.

En segundo lugar, los grandes sindicatos obreros. Son las organizaciones de aquellos oficios en los que predomina, o es el único aplicable, el trabajo de hombres adultos. Aquí, la competencia de mujeres y niños, y la de la maquinaria, no han debilitado hasta ahora su fuerza organizada. Los mecánicos, los carpinteros y ebanistas, los albañiles, constituyen cada uno de ellos un poder tal que, como en el caso de los albañiles y peones de albañil, pueden incluso resistir con éxito la introducción de maquinaria. De que su situación ha mejorado notablemente desde 1848 no cabe duda, y la mejor prueba de ello es el hecho de que, durante más de quince años, no sólo han estado sus patronos en excelentes relaciones con ellos, sino también ellos con sus patronos. Forman una aristocracia dentro de la clase obrera; han logrado conquistar para sí una posición relativamente cómoda, y la aceptan como definitiva. Son los obreros modelo de los señores Leone Levi y Giffen, y, en verdad, hoy día es muy grato tratar con ellos, tanto para cualquier capitalista sensato en particular como para toda la clase capitalista en general.

Pero en cuanto a la gran masa de trabajadores, el estado de miseria e inseguridad en que viven ahora es tan bajo como siempre, si no más bajo. El East End de Londres es un charco siempre creciente de miseria estancada y desolación, de hambre cuando no hay trabajo, y de degradación física y moral cuando lo hay. Y lo mismo ocurre en todas las demás grandes ciudades —hecha abstracción de la minoría privilegiada de los obreros—; y lo mismo en las ciudades más pequeñas y en los distritos agrícolas. La ley que reduce el valor de la fuerza de trabajo al valor de los medios de subsistencia necesarios, y la otra ley que reduce su precio medio, por regla general, al mínimo de esos medios de subsistencia, actúan sobre ellos con la fuerza irresistible de una máquina automática que los tritura entre sus ruedas.

Ésta era, pues, la situación creada por la política librecambista de 1847 y por veinte años de dominio de los capitalistas manufactureros. Pero luego vino un cambio. A la crisis de 1866 le siguió, ciertamente, un leve y breve reavivamiento hacia 1873; pero no duró. No pasamos, en realidad, por la crisis plena en el momento en que tocaba, en 1877 o 1878; pero, desde 1876, hemos padecido un estado crónico de estancamiento en todas las ramas industriales dominantes. Ni llega la crisis plena, ni llega el período de la anhelada prosperidad a la que solíamos tener derecho antes y después de ella. Una depresión sorda, una saturación crónica de todos los mercados en todos los ramos, eso es en lo que vivimos desde hace casi diez años. ¿A qué se debe?

La teoría del librecambio se basaba en un supuesto: que Inglaterra habría de ser el único gran centro manufacturero de un mundo agrícola. Y el hecho real es que ese supuesto ha resultado ser una pura ilusión. Las condiciones de la industria moderna, la fuerza del vapor y la maquinaria, pueden establecerse dondequiera que haya combustible, especialmente carbón. Y otros países además de Inglaterra —Francia, Bélgica, Alemania, América, incluso Rusia— tienen carbón. Y las gentes de allí no vieron la ventaja de convertirse en campesinos pobres irlandeses sólo para mayor riqueza y gloria de los capitalistas ingleses. Se pusieron resueltamente a manufacturar, no sólo para sí mismos, sino para el resto del mundo; y la consecuencia es que el monopolio manufacturero del que disfrutó Inglaterra durante casi un siglo está quebrantado de manera irrecuperable.

Pero el monopolio manufacturero de Inglaterra es el pivote del actual sistema social inglés. Incluso mientras duró ese monopolio, los mercados no podían seguir el ritmo de la creciente productividad de los fabricantes ingleses; las crisis decenales eran la consecuencia. Y los nuevos mercados escasean cada día más, tanto que incluso a los negros del Congo se les obliga ahora a ingresar en la civilización que acompaña a los calicós de Manchester, la cerámica de Staffordshire y la quincallería de Birmingham. ¿Qué ocurrirá cuando los artículos continentales, y en especial los americanos, afluyan en cantidades cada vez mayores, cuando la parte predominante que aún conservan los fabricantes británicos se reduzca de año en año? Contesta, librecambio, panacea universal.

No soy el primero en señalar esto. Ya en 1883, en la reunión de la British Association en Southport,[8] el señor Inglis Palgrave, presidente de la sección de economía, afirmó con claridad que «los días de grandes ganancias comerciales en Inglaterra han terminado, y se ha producido una pausa en el progreso de varias ramas importantes del trabajo industrial. Casi podría decirse que el país está entrando en el estado no progresivo».

Pero ¿cuál ha de ser la consecuencia? La producción capitalista no puede detenerse. Tiene que seguir aumentando y expandiéndose, o morir. Incluso ahora, la mera reducción de la parte del león que Inglaterra posee en el abastecimiento de los mercados mundiales significa estancamiento, penuria, exceso de capital aquí, exceso de trabajadores desempleados allí. ¿Qué ocurrirá cuando el incremento de la producción anual se detenga por completo?

He aquí el punto vulnerable, el talón de Aquiles de la producción capitalista. Su base misma es la necesidad de una expansión constante, y esta expansión constante se torna ahora imposible. Acaba en un punto muerto. Cada año se acerca más Inglaterra a la disyuntiva: o el país se hunde, o la producción capitalista. ¿Cuál de las dos?

¿Y la clase obrera? Si incluso bajo la inigualada expansión comercial e industrial de 1848 a 1868 han tenido que padecer tal miseria; si incluso entonces la gran masa experimentó, en el mejor de los casos, sólo una mejora temporal de su situación, mientras que únicamente una pequeña minoría privilegiada y «protegida» se benefició de modo permanente, ¿qué ocurrirá cuando ese período deslumbrante llegue definitivamente a su fin; cuando la actual y lúgubre estancación no sólo se intensifique, sino que esta, su condición intensificada, se convierta en el estado permanente y normal del comercio inglés?

La verdad es ésta: durante el período del monopolio industrial de Inglaterra, la clase obrera inglesa participó, hasta cierto punto, de los beneficios del monopolio. Estos beneficios se distribuyeron entre ella de modo muy desigual; la minoría privilegiada se embolsó la mayor parte, pero incluso la gran masa obtuvo, al menos, una participación temporal de vez en cuando. Y ésa es la razón por la cual, desde la extinción del owenismo, no ha habido socialismo en Inglaterra. Con el derrumbamiento de ese monopolio, la clase obrera inglesa perderá esa posición privilegiada; se encontrará de un modo general —sin exceptuar a la minoría privilegiada y dirigente— en un mismo nivel con sus compañeros de trabajo del extranjero. Y ésa es la razón por la cual volverá a haber socialismo en Inglaterra.

A esta exposición de la situación, tal como se me presentaba en 1885, poco tengo que añadir. Huelga decir que hoy existe ciertamente «otra vez socialismo en Inglaterra», y en abundancia: socialismo de todos los matices; socialismo consciente e inconsciente, socialismo prosaico y poético, socialismo de la clase obrera y de la clase media, pues, en verdad, esa abominación de las abominaciones, el socialismo, no sólo se ha vuelto respetable, sino que literalmente se ha puesto traje de etiqueta y se recuesta perezosamente en los confidentes de los salones. Lo cual demuestra la incurable veleidad de ese terrible déspota de la «sociedad», la opinión pública de la clase media, y justifica una vez más el desprecio con que nosotros, los socialistas de la pasada generación, consideramos siempre esa opinión pública. Al mismo tiempo, no tenemos motivo alguno para refunfuñar del síntoma en sí.

Lo que considero mucho más importante que esta momentánea moda, entre los círculos burgueses, de afectar una suave dilución del socialismo, e incluso más que el progreso efectivo que el socialismo ha realizado en Inglaterra en general, es el resurgimiento del East End de Londres. Esa inmensa guarida de miseria ya no es el charco estancado de hace seis años. Se ha sacudido la torpe desesperación, ha vuelto a la vida y se ha convertido en la patria del llamado «New Unionism», es decir, de la organización de la gran masa de trabajadores «no cualificados». Esta organización puede, en gran medida, adoptar la forma de los viejos sindicatos de trabajadores «cualificados», pero tiene un carácter esencialmente distinto. Los viejos sindicatos conservan las tradiciones de la época en que fueron fundados y consideran el régimen del salario como un hecho definitivo, establecido de una vez para siempre, que a lo sumo pueden modificar en interés de sus miembros. Los nuevos sindicatos se fundaron en una época en que la fe en la eternidad del régimen del salario estaba severamente quebrantada; sus fundadores y promotores eran socialistas, ya de modo consciente o por sentimiento; las masas, cuya adhesión les dio fuerza, eran rudas, desatendidas, menospreciadas por la aristocracia obrera; pero tenían la inmensa ventaja de que sus mentes eran tierra virgen, enteramente libres de los «respetables» prejuicios burgueses heredados que trababan el cerebro de los mejor situados «viejos» sindicalistas. Y así vemos ahora cómo estos nuevos sindicatos toman la dirección del movimiento obrero en general, y cada vez más llevan a remolque a los ricos y orgullosos «viejos» sindicatos.

Sin duda, los hombres del East End han cometido garrafales desatinos; también los cometieron sus predecesores, y lo mismo hacen los socialistas doctrinarios que los desprecian. Una clase numerosa, como una gran nación, nunca aprende mejor ni más rápido que sufriendo las consecuencias de sus propios errores. Y a pesar de todas las faltas cometidas en el pasado, en el presente y en el porvenir, el resurgimiento del East End de Londres sigue siendo uno de los hechos más grandes y fecundos de este fin de siècle, y me siento contento y orgulloso de haber vivido para verlo.[9]

Notas

1. Corn Laws: Elevados aranceles cerealeros adoptados por el Parlamento británico en 1815 en interés de los terratenientes. Las leyes prohibían la importación de cereales si su precio dentro del país era inferior a 80 chelines por quarter. Carga extremadamente gravosa para los pobres, las Corn Laws perjudicaban también a la burguesía industrial, ya que encarecían la fuerza de trabajo, reducían el mercado interior y obstaculizaban el desarrollo del comercio exterior. Fueron derogadas en 1846.

2. Ten-Hours’ Bill: Adoptada por el Parlamento británico el 8 de junio de 1847. Se aplicaba únicamente a los jóvenes de 13 a 18 años y a las obreras.

3. Little Ireland: Barrio obrero de Manchester durante los años cuarenta del siglo pasado.

4. Seven Dials: Barrio obrero en el centro de Londres.

5. La Convención cartista convocó para el 10 de abril de 1848 una reunión masiva en Londres y una manifestación de los trabajadores con el fin de presentar una nueva petición al Parlamento. En caso de que éste se negara a aprobar la Carta del Pueblo, reivindicación contenida en la petición, la Convención se proponía iniciar una insurrección. Sin embargo, como resultado de las medidas adoptadas por el Gobierno —que había inundado la capital con policías, tropas y destacamentos armados burgueses—, así como de la falta de preparación de los cartistas para una acción decisiva y de la irresolución de sus dirigentes, la manifestación fue un fracaso. La petición, que el líder cartista O’Connor había hecho transportar al Parlamento, ni siquiera fue discutida por la Cámara de los Comunes.

6. El primer proyecto de reforma electoral fue presentado en el Parlamento en marzo de 1831 y aprobado en junio de 1832. Puso fin al monopolio político de la aristocracia terrateniente, los banqueros y los usureros. A consecuencia de la traición de los radicales burgueses, que se sirvieron del movimiento obrero de masas por el sufragio universal meramente para promover sus propios intereses, la ley de 1832 fijó un elevado censo de propiedad en las ciudades (10 libras) y en los condados (50 libras), abriendo así las puertas del Parlamento sólo a los representantes de la burguesía industrial. El proletariado y la pequeña burguesía quedaron privados de derechos electorales.

7. Pese al movimiento de masas de los obreros en pro del sufragio universal, la segunda ley de reforma electoral, debido a la traición de los dirigentes oportunistas de los sindicatos, concedió el derecho de voto únicamente a los propietarios de viviendas, a los inquilinos de casas y a los arrendatarios de pisos que pagaban una renta anual no inferior a 10 libras esterlinas. De este modo, solo la aristocracia obrera obtuvo el derecho de sufragio; la masa de los trabajadores urbanos, los pequeños agricultores y el proletariado rural no recibieron el derecho al voto en virtud de esta medida, adoptada el 15 de agosto de 1867. Una tercera reforma electoral, llevada a cabo en 1884 bajo la presión de las masas en las zonas rurales, se limitó a extender la ley de 1867 a los distritos rurales, sin satisfacer las reivindicaciones de los trabajadores agrícolas. Alrededor de dos millones de hombres y la totalidad de las mujeres seguían estando excluidos de las urnas después de la tercera reforma.

8. The British Association for the Advancement of Science: Sociedad fundada en Gran Bretaña a principios del siglo XIX y que aún existe. Las actas de sus sesiones anuales se publican en forma de informes. En el siglo XIX contó con numerosas figuras progresistas, pero en la actualidad su posición es reaccionaria tanto en política como en ciencia.

9. En su Prefacio a la segunda edición alemana de La situación de la clase obrera en Inglaterra, Engels citó un pasaje del Prefacio inglés arriba mencionado y luego añadió lo siguiente a modo de conclusión:

«Desde que escribí lo anterior, hace seis meses, el movimiento obrero inglés ha dado de nuevo un gran paso adelante. Las elecciones parlamentarias que tuvieron lugar el otro día han notificado formalmente a ambos partidos oficiales, los conservadores y los liberales, que en adelante tendrán que contar con un tercer partido, el partido obrero. Este partido obrero apenas está formándose; sus elementos están todavía ocupados en despojarse de los prejuicios tradicionales de todo tipo —burgueses, del viejo sindicalismo e incluso del socialismo doctrinario— para poder finalmente agruparse sobre una base común a todos ellos. Y aun así, el instinto de unión que siguieron fue ya tan grande que produjo resultados electorales hasta hoy inauditos en Inglaterra. En Londres se presentaron dos obreros como candidatos, y además abiertamente como socialistas; los liberales no se atrevieron a presentar a sus propios hombres contra ellos, y los dos socialistas triunfaron por mayorías aplastantes e inesperadas. En Middlesbrough, un candidato obrero disputó un escaño contra un liberal y un conservador, y fue elegido a pesar de ambos; en cambio, los nuevos candidatos obreros que habían pactado con los liberales fracasaron sin remedio en las elecciones, con una sola excepción. Entre los antiguos llamados representantes obreros, es decir, aquellas personas a quienes se les perdona el ser miembros de la clase obrera porque a ellos mismos les gustaría ahogar su condición de obreros en el océano de su liberalismo, Henry Broadhurst, el representante más importante del viejo sindicalismo, fue completamente aplastado por haberse pronunciado contra la jornada de ocho horas. En dos distritos electorales de Glasgow, uno de Salford y varios otros, se presentaron candidatos obreros independientes contra candidatos de ambos viejos partidos. Fueron derrotados, pero también lo fueron los candidatos liberales. En resumen, en toda una serie de grandes distritos electorales urbanos e industriales, los obreros han roto definitivamente todo vínculo con los dos viejos partidos y de este modo han conseguido triunfos directos o indirectos que superan todo lo visto en elecciones anteriores. E ilimitada es la alegría que ello produce entre la gente trabajadora. Por primera vez han visto y sentido lo que pueden lograr utilizando su sufragio en interés de su clase. El hechizo que la creencia supersticiosa en el “gran Partido Liberal” arrojó sobre los obreros ingleses durante casi 40 años se ha roto. Han visto por la fuerza de ejemplos contundentes que ellos, los obreros, son el poder decisivo en Inglaterra si tan solo quieren y saben lo que quieren; y las elecciones de 1892 marcaron el comienzo de ese saber y querer. El movimiento obrero continental se encargará del resto. Con sus nuevos triunfos, los alemanes y los franceses, que ya están tan numerosamente representados en sus parlamentos y consejos locales, mantendrán el espíritu de emulación de los ingleses a un ritmo bastante adecuado. Y si en un futuro no muy lejano resulta que este nuevo Parlamento no puede llegar a ninguna parte con el señor Gladstone, y el señor Gladstone no puede llegar a ninguna parte con este Parlamento, el partido obrero inglés estará sin duda suficientemente constituido como para poner pronto fin al vaivén de los dos viejos partidos, que han ido sucediéndose en el gobierno y justamente así perpetuando la dominación de la burguesía.»