Friedrich Engels


Escrito entre el 9 y el 11 de noviembre de 1892.

[“Vorwärts” nº 269 del 16 de noviembre de 1892]

El mundo antiguo se hallaba bajo el dominio del fatum, de la héimarmene, del destino ineluctable y misterioso. Así llamaban griegos y romanos a aquella omnipotencia insondable que anulaba todo querer y afán humanos, que hacía que toda acción humana condujera a resultados por completo distintos de los pretendidos; aquella fuerza irresistible a la que desde entonces se ha llamado providencia, elección por gracia, etc. Esta fuerza misteriosa ha adoptado paulatinamente una forma más comprensible, y esto se lo debemos al dominio de la burguesía y del capital, la primera dominación de clase que se esforzó por alcanzar claridad sobre sus propias causas de existencia y condiciones, y que con ello abrió también la puerta al conocimiento de lo ineluctable de su propio y próximo ocaso. El destino, la providencia — ahora lo sabemos — son las condiciones económicas bajo las cuales se produce e intercambia, y éstas se resumen hoy en el
mercado mundial
.

Y ahí reside la significación de la elección presidencial norteamericana: es un acontecimiento de primer orden en el mercado mundial.

Hace cuatro años publiqué en Boston en inglés y en Stuttgart en alemán un
ensayo sobre arancel protector y librecambio
. Mostraba en él que el monopolio industrial de Inglaterra era incompatible con el desarrollo económico de los demás países civilizados; que el arancel protector introducido en América desde la guerra civil atestiguaba la voluntad de los norteamericanos de sacudirse el yugo de ese monopolio; que, gracias a los inmensos recursos naturales y a la dotación intelectual y moral de la raza norteamericana, esa meta se había alcanzado ya y el arancel protector

se había convertido en América, no menos que en Alemania, en una traba para la industria. Y añadía: si América introduce el librecambio, en diez años batirá a Inglaterra en el mercado mundial.

Pues bien. La elección presidencial del 8 de noviembre de 1892 ha abierto la vía al librecambio. El arancel protector en su forma McKinley se ha tornado una traba insoportable; el absurdo encarecimiento de todas las materias primas y medios de subsistencia importados, que repercutía también sobre el precio de muchos productos nacionales, ha cerrado en gran parte a la industria norteamericana el mercado mundial, mientras el mercado interno sufría ya de saturación de productos industriales americanos. Y, de hecho, en los últimos años el arancel protector solo ha servido para arruinar a los productores más pequeños mediante la presión de los grandes, unidos en carteles y trusts, y para entregar a estos últimos, es decir, al monopolio organizado, el mercado, y con ello a la nación consumidora, a la explotación. De esta permanente crisis industrial interna, provocada por el arancel protector, América solo puede escapar abriéndose al mercado mundial, y para ello tiene que emanciparse del arancel protector, cuando menos en su actual forma absurda. Que está decidida a hacerlo lo revela el total vuelco de la opinión pública que se ha manifestado en la elección. Una vez establecida en el mercado mundial, América será impulsada —como
Inglaterra y
a través de
Inglaterra— de manera incontenible por la senda del librecambio.

Y entonces presenciaremos una lucha industrial como no la ha habido hasta ahora. En todos los mercados, los productos ingleses, en particular los textiles y los artículos de hierro, tendrán que combatir con los norteamericanos y finalmente sucumbirán. Ya ahora los tejidos de algodón y lino norteamericanos desbancan a los ingleses. ¿Queréis saber quién ha obrado el milagro de convertir a los obreros algodoneros de Lancashire, en el breve espacio de un año, de furibundos adversarios en entusiastas partidarios de la jornada legal de ocho horas? Consultad el número 2 de octubre del presente año de “Neue Zeit”, página 56, donde podréis ver cómo los tejidos de algodón y lino norteamericanos desplazan paso a paso a los ingleses del mercado interno, cómo la importación inglesa no ha vuelto a alcanzar desde 1881 a la norteamericana y en 1891 representaba solamente alrededor de un tercio de ésta. Y China es, junto a la India, con mucho, el mercado principal de esos tejidos.

He aquí, de nuevo, una prueba de cómo, con el cambio de siglo, todas las relaciones se desplazan. Trasladad el centro de gravedad de la industria textil y del hierro de Inglaterra a América, e Inglaterra se convertirá o en una segunda Holanda, un país cuya burguesía vive de una grandeza pasada

y cuyo proletariado se seca, o bien — se reorganizará socialísticamente. Lo primero no es posible, el proletariado inglés no lo consentirá, es demasiado numeroso y desarrollado para ello. No queda, pues, más que lo segundo.
La caída del arancel protector en América significa la victoria definitiva del socialismo en Inglaterra.

¿Y Alemania? Alemania, que ya en 1878 conquistó una posición en el mercado mundial, posición que hoy, gracias a su insensata política de arancel protector, pierde paso a paso, ¿persistirá en cerrarse obstinadamente, también en el futuro, el camino al mercado mundial mediante la imposición de tributos sobre materias primas y medios de subsistencia, incluso frente a la competencia norteamericana, que apechugará de una manera muy distinta a como lo ha hecho hasta ahora la inglesa? ¿Tendrá la burguesía alemana el entendimiento y el valor de seguir el ejemplo dado por América, o, tan floja como hasta ahora, esperará a que la industria norteamericana, convertida ya en omnipotente, haga saltar por la fuerza el cartel arancelario entre junker y gran fabricante? ¿Y llegarán gobierno y burguesía a comprender por fin lo magníficamente torpe que es el momento elegido para aplastar precisamente ahora las fuerzas económicas de Alemania con nuevas e insoportables cargas militares, cuando se trata de entablar la competencia industrial con la nación más juvenilmente vigorosa del mundo, que en pocos años ha pagado como quien juega su colosal deuda de guerra y cuyo gobierno no sabe qué hacer con los ingresos fiscales?

La burguesía alemana tiene — quizás por última vez — la oportunidad de realizar por fin una gran acción. Contra cien a uno, es demasiado limitada y demasiado cobarde para utilizarla en otra cosa que en probar que definitivamente ha hecho ya su juego.