Friedrich Engels

Carl Schorlemmer

["Vorwärts" Nr. 153 vom 3. Juli 1892]

No sólo la ciencia de todos los países, también la socialdemocracia alemana está de luto ante la tumba que hoy se ha cerrado en el cementerio municipal del sur de Manchester. El gran químico que allí reposa era comunista antes de que Lassalle hiciera su aparición en Alemania; lejos de hacer ningún secreto de su convicción, fue hasta su muerte miembro activo y cotizante regular del partido socialista de Alemania.

Carl Schorlemmer nació el 30 de septiembre de 1834 en Darmstadt, cursó el bachillerato en su ciudad natal y estudió luego química en Giessen y Heidelberg. Concluidos sus estudios, se trasladó en 1858 a Inglaterra, donde entonces se abría más de una carrera para químicos de talento formados en la escuela de Liebig. Mientras la mayoría de sus jóvenes colegas se lanzaron a la industria, él permaneció fiel a la ciencia, fue primero ayudante del químico privado Angus Smith, luego de Roscoe, que poco antes había sido nombrado profesor de química en el recién fundado Owens College. En 1861, quien hasta entonces había sido ayudante privado de Roscoe, fue contratado por el Owens College como ayudante oficial de laboratorio.

En estos años sesenta se sitúan sus descubrimientos químicos que hicieron época. La química orgánica había llegado por fin a tal punto que, a partir de un cúmulo de datos aislados y más o menos imperfectos sobre la composición de los cuerpos orgánicos, podía transformarse en una verdadera ciencia. Schorlemmer eligió como objeto de investigación los más simples de estos cuerpos, convencido de que en ellos había que echar los cimientos de la nueva ciencia: cuerpos que originariamente sólo constan de carbono e hidrógeno, pero que, al ser sustituida una parte de su hidrógeno por otras sustancias simples o compuestas, se transforman en los más diversos y variados otros cuerpos; eran las parafinas, de las cuales las más conocidas se hallan en el petróleo y de las que se derivan alcoholes, ácidos grasos, éteres, etc. Lo que hoy sabemos de estas parafinas se lo debemos principalmente a Schorlemmer. Investigó los cuerpos existentes pertenecientes a la serie de las parafinas, los separó unos de otros y preparó muchos de ellos por primera vez en estado puro; otros, que según la teoría debían existir pero que de hecho no se conocían aún, los descubrió y asimismo los preparó. Así se convirtió en uno de los cofundadores de la actual química orgánica científica.

Pero, además de esta su especialidad, se ocupó mucho también de la llamada química teórica, es decir, de las leyes fundamentales de su ciencia y de la conexión que ésta guarda con las ciencias limítrofes, o sea, con la física y la fisiología. Y en este terreno estaba especialmente capacitado. Fue probablemente el único investigador de la naturaleza importante de su tiempo que no desdeñó aprender de Hegel, por entonces muy despreciado pero tenido por él en alta estima. Y con razón. Quien quiera realizar algo en el campo de la ciencia natural teórica y de síntesis, no debe considerar los fenómenos naturales como magnitudes inmutables, como hace la mayoría, sino como magnitudes variables y fluidas. Y esto se aprende hoy día todavía con la mayor facilidad en Hegel.

Cuando conocí a Schorlemmer a comienzos de los años sesenta —en poco tiempo Marx y yo trabamos íntima amistad con él—, venía a menudo a verme con la cara magullada y desgarrada. No era cosa de broma, en efecto, con las parafinas; estos cuerpos, en su mayoría aún desconocidos, explotaban a cada momento entre sus manos, y así se ganó más de una herida honrosa. Sólo a sus gafas debió el no haber perdido la vista en ello.

Ya entonces era un comunista cabal, que de nosotros sólo tenía que aprender la fundamentación económica de una convicción ganada desde mucho antes. Cuando luego, a través de nosotros, conoció los progresos del movimiento obrero en los distintos países, los siguió siempre con gran interés; en particular el movimiento en Alemania, desde que éste superó la primera fase del lassalleanismo puro. También cuando a finales de 1870 me trasladé a Londres, la mayor parte de nuestra animada correspondencia giraba en torno a las ciencias naturales y a los asuntos del partido.

Hasta entonces, Schorlemmer, a pesar de su ya generalmente reconocida fama mundial, había seguido siendo en Manchester un hombre de posición tan modesta como fuera posible. Esto cambió a partir de entonces. Propuesto en 1871 como miembro de la Royal Society, la academia inglesa de las ciencias, fue elegido de inmediato, lo que no ocurre a menudo; en 1874, por fin, el Owens College creó expresamente para él una nueva cátedra de química orgánica, y poco después la Universidad de Glasgow le nombró doctor honoris causa. Pero los honores externos no marcaron absolutamente ninguna diferencia. Era el hombre más modesto del mundo, precisamente porque su modestia descansaba en el justo conocimiento de su propio valor. Y justamente por eso aceptaba esos reconocimientos como algo natural y, por tanto, indiferente.

Sus vacaciones las pasaba regularmente en Londres, en casa de Marx y mía, con excepción del tiempo que pasaba en Alemania. Hace aún cuatro años me acompañó en una «gira» a América. Pero ya entonces estaba quebrantada su salud; en 1890 pudimos aún viajar a Noruega y al Cabo Norte, pero en 1891 su salud se quebró ya al comienzo de un intento de viaje en común, y desde entonces no volvió a venir a Londres. Postrado casi por completo en casa desde febrero de este año, y en cama desde mayo, sucumbió el 27 de junio a un tumor en el pulmón.

También este hombre de ciencia tuvo que experimentar en carne propia los efectos de la ley contra los socialistas. Hace seis o siete años viajó de Suiza a Darmstadt. Por aquel entonces cayó en manos de la policía, no sé dónde, una caja con ejemplares del «Sozialdemokrat» de origen zuriqués. ¿Quién podía haberse encargado del contrabando sino el profesor socialdemócrata? Pues, según los conceptos policiales, un químico es en todo caso un contrabandista científicamente adiestrado. En resumen: se practicó un registro domiciliario en casa de su madre, en casa de su hermano; el profesor se encontraba, sin embargo, en Höchst. Se telegrafió inmediatamente; también allí registro domiciliario, pero se encontró algo totalmente inesperado, a saber, un pasaporte inglés. Es que Schorlemmer, después de promulgarse la ley contra los socialistas, se había hecho naturalizar en Inglaterra. Ante este pasaporte inglés se detuvo la policía; después de todo, no se querían complicaciones diplomáticas con Inglaterra. Y así, el final de la canción fue un gran escándalo en Darmstadt que nos valió por lo menos 500 votos en las siguientes elecciones.

En nombre del Comité Ejecutivo del Partido, he depositado sobre la tumba del fiel amigo y camarada de partido una corona con cintas rojas y la inscripción: «From the Executive of the Social-Democratic Party of Germany».

Londres, 1 de julio de 1892

Friedrich Engels