en Le Perreux

Londres, 3 de nov. de 1892

Mi querido Lafargue:

Estoy metido hasta las orejas en el tomo III de «El Capital», que por fin debe quedar terminado. Estoy trabajando en la parte menos elaborada y más difícil: ¡bancos, crédito, etc.! De ningún modo puedo interrumpir este trabajo, de lo contrario tendría que comenzarlo todo de nuevo desde el principio. Por eso tengo interrumpida toda mi correspondencia y no puedo escribirle más que unas pocas líneas.

«Es muy lamentable que usted haya creído en las promesas de Millevoye, quien, como político astuto, le ha engañado – en el futuro sabrá usted que estos señores, en política, dejan de ser gentlemen.» Recibo cartas y más cartas de Alemania en las que se quejan de su ausencia en el momento crítico, y le predigo que será difícil comprometer a nuestros amigos a preparar discursos de debate cuando el orador principal para quien fueron preparados está ausente. ¡La publicación como folleto?! no tendrá ni la centésima parte del efecto que habría tenido un discurso en el Parlamento; éste es un punto sobre el que nuestros amigos de Berlín pueden juzgar muy bien por experiencia.

Lo mínimo que podría usted hacer sería enviar un delegado a Berlín el día 14; eso contribuiría a un entendimiento con nuestros amigos de allí. Haga usted, pues, lo posible para que ese viaje se realice; valdría la pena.

Habrá leído usted las informaciones de los periódicos sobre el efecto espantoso de los nuevos proyectiles explosivos en Dahomey. Un joven médico? vienés que acaba de llegar aquí (antiguo ayudante de Nothnagel) ha visto las heridas que los proyectiles explosivos austríacos han causado durante la huelga de Nürmitz; nos dice lo mismo. Naturalmente, las personas que se exponen al peligro de ser despedazadas de esta manera quieren saber por qué. Esto es excelente para mantener la paz, así como para mantener a raya los llamados impulsos revolucionarios, cuyo estallido nuestros gobernantes se limitan a aguardar. La era de las barricadas y de las luchas callejeras ha pasado para siempre; si la tropa combate, la resistencia sería una locura. Por tanto, uno está obligado a encontrar una nueva táctica revolucionaria. Llevo algún tiempo reflexionando sobre ello, pero aún no he llegado a ningún resultado.

Empiezo a salir un poco. Durante unos tres meses he sido un prisionero en casa; ahora empiezo a andar, pero poco y despacio; en todo caso, ya se vislumbra el fin. Ya es hora, pues siento que la falta de movimiento al aire libre tiene sus límites. Y cuando esté completamente restablecido, espero que podamos arreglarlo de modo que Laura y usted nos hagan la alegría de pasar unas semanas con nosotros. Tenemos tanto que hablar, y ya es hora de que Laura vuelva a ver Londres.

Saludos de la señora Kautsky.

Suyo amistosamente
F. Engels

Del francés.