[De una carta a Paul Lafargue]

Del francés.

[«Le Socialiste» n.º 51, del 12 de septiembre de 1891]

Londres, 2 de septiembre de 1891

El Congreso de Bruselas

Tenemos todos los motivos para estar satisfechos con el congreso de Bruselas. Se ha hecho bien en votar la exclusión de los anarquistas: con ello ha terminado la vieja Internacional, con ello comienza la nueva. Es, 19 años más tarde, la confirmación clara y sencilla de las resoluciones del Congreso de La Haya.

No menor importancia ha tenido el que se haya abierto de par en par la puerta a las Trade-Unions inglesas. Esta medida demuestra hasta qué punto se ha comprendido la situación. Y las votaciones que han vinculado a las Trade-Unions a «la lucha de clases y la abolición del trabajo asalariado» muestran que no se ha hecho concesión alguna por nuestra parte.

El incidente Domela Nieuwenhuis ha demostrado que los obreros europeos han dejado definitivamente atrás el período del dominio de las frases altisonantes y son conscientes de la responsabilidad que asumen: son una clase que se ha constituido como un partido «de lucha», como un partido que cuenta con los «hechos». Y los hechos toman un giro cada vez más revolucionario,

La situación en Europa

En Rusia reina ya la hambruna; en Alemania se instalará dentro de algunos meses; los demás países padecerán menos sus efectos, he aquí las razones: el déficit de la cosecha de 1891 se estima en 11
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millones de hectolitros de trigo y en 87 ó 100 millones de hectolitros de centeno. Este último déficit afecta, pues, principalmente a los dos países que son consumidores de centeno: Rusia y Alemania.

Esto nos garantiza la paz hasta la primavera de 1892. Rusia no se moverá antes de esa fecha; si en París o en Berlín no se cometen estupideces extraordinarias, no habrá, pues, guerra.

En cambio, ¿logrará el zarismo superar esta crisis? Lo dudo. Hay demasiados elementos rebeldes en las grandes ciudades, y en particular en San Petersburgo, como para que no se intente aprovechar la ocasión para deponer al borracho Alejandro III o, por lo menos, ponerlo bajo el control de una Asamblea Nacional; quizá él mismo se vea obligado a tomar la iniciativa de esa convocatoria. Rusia —es decir, el gobierno y la joven burguesía— ha trabajado enormemente en la creación de una gran industria nacional (véase el artículo de Plechanow en la «Neue Zeit»). Esta industria se verá detenida de golpe en su desarrollo, porque la hambruna le cerrará su único mercado de salida: el mercado interior. El zar verá lo que significa haber convertido a Rusia en un país autosuficiente e independiente del extranjero: tendrá una crisis agrícola duplicada por una crisis industrial.

En Alemania, el gobierno se decidirá, como siempre, demasiado tarde a abolir o suspender temporalmente los derechos sobre los cereales. Esto desbaratará la mayoría proteccionista en el Reichstag [En «Le Socialiste» dice en alemán: Reichstag]. Los grandes terratenientes, los «ruraux», ya no querrán mantener los aranceles sobre los productos industriales, querrán comprar lo más barato posible. Así, probablemente presenciaremos una repetición de lo ocurrido en su día con la votación de la Ley contra los Socialistas: una mayoría proteccionista escindida en sí misma por las contradicciones de intereses surgidas bajo las nuevas condiciones, y que se encuentra ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo sobre los detalles del sistema proteccionista. Todas las propuestas imaginables sólo encuentran minorías; se producirá o bien un retorno al sistema de librecambio, lo que también es imposible, o bien una disolución del Reichstag, lo que tendría como consecuencia para los viejos partidos y la antigua mayoría la pérdida de sus posiciones y llevaría a la formación de una nueva mayoría librecambista que se opondría al gobierno actual. Esto señala el verdadero y definitivo fin de la era de Bismarck y del estancamiento de la política interior —no hablo aquí de nuestro partido, sino de los posibles partidos de gobierno—; se llegará a confrontaciones entre la nobleza terrateniente y la burguesía, y también entre la burguesía industrial, que es proteccionista, y los comerciantes, así como la fracción de la burguesía industrial que aboga por el librecambio; la estabilidad del gobierno y de la política interior quedará destruida; por fin habrá movimiento, lucha, vida, y nuestro partido recogerá todos sus frutos; y si los acontecimientos toman esta dirección, nuestro partido podrá llegar al poder ya hacia el año 1898.

¡Tal es la situación! No hablo de los demás países, porque la crisis agrícola no los afecta tanto. Pero si esta crisis agrícola hace estallar la crisis industrial en Inglaterra que esperamos desde hace 25 años... ¡entonces!

F. Engels